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lunes, 29 de agosto de 2016

Deconstruyendo el paraíso (Krabi-Phi Phi-Krabi-Railay-Bangkok)

Llegamos a Krabi tras coger un ferry, un bus y una minivan; sólo habíamos valorado si hacer Pukhet o Krabi; de hecho, en ningún plan entraba ir a las islas Phi-Phi, porque creíamos que estarían sobreexplotadas; pero tras escuchar los consejos de algunos amigos, readaptamos los planes. Descansamos en Krabi y compramos los billetes para salir al día siguiente a Ko Phi-Phi Don, la única de las islas que ofrece alojamiento.

Llegamos a puerto de mañana; dejamos las mochilas en nuestra guest house y subimos las escaleras que llevaban al mirador que teníamos allí cerca. 

Para poder salir a Phi-Phi Leh, popular por ser el paisaje de la película La Playa, teníamos que comprar los billetes con tiempo para encontrar una buena oferta; y creíamos haberla encontrado, hasta que la mujer que atendía rompió a chillar, furiosa e indignada porque le preguntamos si podía hacernos descuento. Nos batimos en retirada y encontramos otra oficina por el mismo precio pero más cargada de amabilidad y positivismo.

Con los planes ya cerrados para el día siguiente, y cruzando los dedos para que las nubes aguantasen serenas, nos dirigimos paseando hacia Playa Larga, donde pudimos disfrutar de mejores vistas que las del mirador a la isla destino; desde allí vimos atardecer y dimos una vuelta por la ciudad para comprobar que si no tenía más vida por la noche, sí que se soltaba más el pelo que por el día.

Como ocurriese en Laos, la noche anterior a adentrarnos en Tham Kong Lo, el aguacero de la madrugada no auguraba una mañana posterior sin lluvias; sin embargo tuvimos suerte y a las 9h que salíamos del alojamiento, ni caía una gota de agua ni había nubes amenazadoras en el cielo.

El día amaneció soleado contra todo pronóstico y un long tail boat (las barcazas más fotografiadas de Tailandia, con sus telas atadas en cabeza) nos esperaba para partir. Haríamos cuatro paradas, empezando por Maya Beach, una playa de arena blanca y aguas turquesas que descansa frente a dos peñascos calizos llenos de verde. La imagen que uno imaginaría del paraíso.

Entramos por la otra parte de la bahía, viento en popa pero sin vela, y cual piratas, tuvimos que trepar por una red instalada para poder acceder más fácilmente desde el agua, a nado; colocada como ayuda o para reírse del guiri, pues con la marea, los turistas éramos estampados contra la tela de araña a la que la gente trataba, muchas veces en vano, de engancharse antes de poder subirla. Así que, patéticos piratas al abordaje, algunos raspándose con las rocas de coral sobre las que la marea nos mecía, todos tratábamos de conquistar la isla de la forma más digna posible. El día anterior nos habíamos comprado una bolsa estanca para transportar cámara y móvil secos hasta la otra orilla; pero aquí la mala suerte y el agua del mar se nos colaron y perdimos en el asalto los instrumentos testigo de la batalla; así que a partir de ahora, basten de imagen las palabras.

La playa guarda su tono paradisíaco-apartado; y si bien es cierto que las lanchas que atronan intermitentemente con sus motores para evitar quedarse varadas afean la estampa, aún esperábamos una imagen más superpoblada. Quizás favorezcan en este aspecto las pocas expectativas previas de encontrarnos solos, así que compartir esas arenas blancas con lo que podrían ser unas cien personas, no nos molestaba en absoluto.

Tras una hora de contemplación, el barquero nos llevó a hacer snorkel rodeados de arrecifes donde los invitados especiales esta vez fueron los peces globo, que se negaban a mostrarse en todo su esplendor. Habíamos visto la belleza desde la orilla, bajo el agua, y sólo quedaba saborearla in situ, flotando sobre el mar verde-azul, envueltos por peñones llenos de vida vegetal.

Acabamos la ronda haciendo parada en la Monkey Beach, riendo al ver cómo uno de los monos que dan nombre a esta playa asaltaba una barca llevando como botín una bolsa de papas y unas chocolatinas que paladeó, atrevido y desafiante, sentado sobre la cola que sobresale en las barcas, mientras los compañeros de la víctima trataban de impedirlo empuñando el palo de una GoPro.

Justo cuando volvíamos, el mar era agujereado a tiros por la lluvia que había accedido a esperar paciente para no aguar la fiesta. Despedimos las islas Phi-Phi, de vuelta a Krabi, orgullosos de nuestra suerte, la que no corrió nuestra cámara, pero que nos permitió acercarnos al Edén. O eso creíamos, pues Railay puede rivalizar merecidamente.

El día que nos quedaba en Krabi como base, también pintaba borrascoso, pero era un día entero y todo el mundo alababa Railay, por lo que quisimos jugárnosla y conocerlo a pesar de los pronósticos. Debemos tener una flor en el culo, porque volvió a salir el sol. 

Al lugar se llega únicamente en barco, a pesar de ser una península, porque los acantilados kársticos que lo encierran amurallan otra posible vía de acceso. Como paisaje se nos antojaba tan espectacular como Phi-Phi; pero ganaba en autenticidad en la playa Hat Phra Nang, por ofrecer más posibilidades de encontrarse uno a solas bañándose en las aguas verde jade y entre los islotes calizos que surgen a escasos metros de la costa.

Hay un mirador a mitad trayecto entre Railay East y West, cuya base es frecuentada por monos, al que se accede remontando el acantilado prácticamente escalando, agarrándose a una cuerda para evitar resbalarse con el barro del camino. Las vistas quitan el aliento, el poco que quedaba antes de llegar.

Decididos a aprovechar hasta el último momento de nuestra estancia, fuimos hacia Ton Sai Beach, con el tiempo un poco justo. Nos señalaron un camino que subía y bajaba por medio de la jungla y temimos no llegar; pero como digo, la suerte nos acompañaba y con la playa ya frente a nuestros ojos descubrimos un atajo que subía por la roca que separaba la playa de Railay West, decisivo para llegar a la hora en que zarpaba el último barco.

Un avión nos acercó hasta la capital tailandesa, último destino de nuestro viaje, donde sólo pudimos visitar el mercado de fin de semana de Chatuchak, porque nuestros cuerpos pedían reposo.

Ahora esperamos en el aeropuerto para volar a casa, con la mirada re-construida; pues viajar es deconstruir; abandonar los prejuicios culturales y reescribir sobre ellos. Atrás queda mes y medio de cruzar fronteras, de saborear cada lugar mentalmente hasta que va adquiriendo diferentes significados; porque pisar un nuevo país es darle eco al nombre en tu pensamiento para poder llenarlo de la esencia que lo diferencia de los demás; viajar es imbuirte de su cultura, aprender de su historia y empezar a entender cómo se comporta la gente según su pasado; viajar es coger agilidad en el cálculo de los cambios de moneda y aprender a utilizar sus billetes; descubrir los platos típicos, los precios, los horarios, las costumbres... en definitiva, viajar es convertir lo extraño en cercano y hacer del extranjero tu hogar. 


sábado, 27 de agosto de 2016

Rumbo a la Isla Tortuga (Bangkok-Surat Thani-Koh Tao)

Llegamos en vuelo a Bangkok, donde hicimos escala de un día para bajar al sur de Tailandia. La parada más cercana a la guest house nos dejaba a 20 minutos andando; por el camino decidimos parar en una oficina de turismo para preguntar cómo llegar a Koh Tao desde Surat Thani (donde aterrizaría el avión). Una mujer nos recibió con una sonrisa y nos invitó a sentarnos. Ya habíamos buscado opciones antes, así que cuando la vimos teclear en google nuestra duda (Ferries from Surat Thani to Koh Tao), supimos que no sería de gran ayuda. Empezó a decirnos que Koh Tao era precioso y no dejaba de señalar Ko Samui en un mapa renombrándola a lo indio y afirmando: “Koh Tao; Koh Tao”. Luego nos preguntó procedencia; Violeta le dijo “Spain”; se quedó pensativa, frunció el ceño y preguntó “Sapén?”; Violeta repitió “Spain”; la mujer negó con la cabeza sonriente y afirmó repetidamente “Sapén, Sapén”. Pues eso, Sapén. Nos inundó a folletos, cargándonos de consejos para visitar el país y trató de convencernos para que cogiésemos un bus hasta el alojamiento; es cierto que nos quedaba un rato, pero 15 minutos a lo sumo; lo que pasa es que en Tailandia, cada vez que hemos preguntado distancias nos han contestado con un “Ooooooh, so faaaa” (reconvertid la cuarta nota musical en un far). Llegamos a la casa con 15 folletos encima y planificamos el día para seguir conociendo la capital.

Empezamos por el Sri Mariamman, un templo de estilo tamil, con sus torres llenas de coloridos ninots hinduistas. Para llegar hasta esa zona quisimos probar con el autobús. Parecía que nos hubiésemos montado en una discoteca, pues con la música a todo volumen, el cobrador se iba al final del pasillo y a ritmo de rock se pegaba sus bailes mientras reíamos con su reflejo en las puertas abiertas del bus, sin  girar la cabeza para que no advirtiese que tenía público; cuando el rock se hacía balada, el turno era del conductor, que se desvivía cantando como cuando uno conduce solo. El trayecto se hizo breve.

Caminamos hasta el Parque Lumphini, un oasis de calma verde que no parecía cuadrar bien en medio del caos, los pitidos y el humo de Bangkok. En este recinto cerrado residen varanos (unos reptiles gigantes que campan a sus anchas sin necesidad de esconderse).

Seguimos el paseo por el parque, fijando especial atención en tratar de encontrar a estos lagartos, hasta que llegamos a una calzada donde resonaba la música techno y una mujer guiaba con pasos de aerobic al grupo que tenía delante. El grupo estaba compuesto tanto por lugareños como por extranjeros, todos intentando seguir el mismo ritmo con cuestionable resultado.

El atardecer nos encontró visitando los santuarios de Erawan y de Lingam; el primero se construyó para acabar con las desdichas que se sucedieron durante la construcción del hotel del mismo nombre; el segundo, para honrar a una diosa que concede fertilidad, por lo que está rodeado de ofrendas de falos de madera. Tras cenar en Sukhumvit, volvimos en autobús, coincidiendo con nuestro anterior conductor y su gogó, que nos dedicó una sonrisa al reconocernos.

La mañana siguiente llegamos a Surat Thani para empezar el recorrido hacia el sur desde Koh Tao; pero iríamos en el night boat y había que hacer tiempo porque íbamos cargados; nos fuimos a una heladería y probamos el helado de durian, una fruta asiática que desprende un olor tan intenso que en muchos lugares prohíben la entrada al local con ella; el sabor era fuerte y diferente, pero más suave de lo que amenazaba. Cenamos en el night market que había instalado al lado del puerto y zarpamos rumbo a la isla tortuga (que es la traducción de Koh Tao) en un barco con colchones completamente pegados unos a otros, tipo campamento.

Koh Tao nos recibía amaneciendo, pero no así su gente, o al menos la recepción de nuestra casa, que nos hizo esperar una hora sentados fuera; en la isla las cosas se toman con calma. Ese mismo día quisimos empezar de playa en playa, haciendo snorkel; y es que, como mucha gente dice, aunque la isla tenga su encanto, el verdadero tesoro está bajo la superficie, donde “La tortuga” hace gala de todo su esplendor.


Hicimos tres playas diarias disfrutando de la fauna marina; tan abundante, gracias a la cercanía del arrecife donde se despliega un universo de matices multicolores e infinitas tonalidades: erizos, pepinos de mar, viejas florida, lábridos luna, almejas gigante mostrando sus labios pintados de fosforescente que se retraían tímidas al acercarnos, peces loro, peces estandarte de aleta larga con sus tupés blancos a lo John Travolta, peces anémona jugando al escondite entre los tentáculos de su hospedador, agujones cocodrilo nadando a ras de la superficie, peces lagarto, peces mariposa, píntanos curiosos destacando con su dorso amarillo, gusanos árbol de navidad de diferentes colores que se ocultaban cobardes cuando querías verlos de cerca… y hasta pequeños tiburones de arrecife; la fauna era inagotable.

Lo agotador era llegar a las playas caminando, porque aunque no distaban mucho unas de otras sobre la costa, el camino por el interior era empinadísimo; tenías que subir prácticamente a lo más alto para luego bajar de golpe; es tan abrupto, que se recomienda no alquilar moto si no se es experto, pues si a la inclinación del sendero le sumas gravilla y carreteras con tramos de arena, las caídas están aseguradas; tanto es así que no parábamos de ver heridos y vendados. Y es que el recuerdo de la isla te lo llevas en el cuerpo; si no es por la moto es por el coral, que en más de una ocasión te sorprende, cortante, con un rasguño en la mano o una raspadura en la planta del pie.

El buceo más espectacular fue el de Tanote Bay; y el atardecer, el de Sai Nuan, solos, sentados en una roca frente al mar. El sol, ayudado por las nubes, hizo su truco diario de la desaparición.


Estuvimos tres días en Koh Tao, desde donde planificamos la próxima hoja de ruta; así que el último día cargamos las mochilas sobre los hombros y zarpamos rumbo a Krabi, base para visitar las islas Phi Phi. La Tortuga seguía con la cabeza escondida, guardando su tesoro, celosa, mientras nos alejábamos de su costa.

domingo, 7 de agosto de 2016

Entre el cielo y el infierno (Chiang Rai-Chiang Khong)

El noveno día amanecíamos en Chiang Rai en lo que era el mejor alojamiento hasta la fecha: un hotel con precio de hostal, cortesía de llevar un solo año en funcionamiento. Madrugamos, como de costumbre, para llegar a Mae Salong, un pueblo a unos 70 km, conocido principalmente por dos motivos: uno histórico y el otro comercial.

Esta localidad cerca de la frontera con Myanmar y Laos dio refugio al KMT cuando huía de los comunistas chinos, y fue además la zona que llegó a controlar el comercio del opio mundial; hoy recibe su fama por los tés.

La primera escala para llegar en transporte local era Ban Pasang y de allí coger un sŏrng·tăa·ou (una furgoneta tipo pick-up con dos banquetas en la parte de atrás para pasajeros; es decir, un taxi compartido) a 60 bahts por persona si se llenaba; el problema era que sólo estábamos nosotros y para pagar el precio mencionado debíamos esperar que viniese más gente. Avistamos restaurante y llenamos la espera con nuestro desayuno favorito: pad thai.

A mitad plato apareció una italiana que viajaba sola; las perspectivas de que fuéramos más no eran prometedoras… Cuando acabamos de comer, el conductor se acercó y nos hizo contraoferta: pagábamos cada uno 150 (4 euros) y salíamos ya. Eran las 11h y no parecía que fuese a venir nadie más, así que aceptamos.

A los diez minutos el sŏrng·tăa·ou subía por carreteras empinadísimas y llenas de curvas que superaba contra todo pronóstico, acercándonos a las alturas, bordeadas por las serpentinas plantaciones de té que se disponen como setos recortados en forma de dragones paralelos que entran y salen de la colina al mismo tiempo.

El único lugar que visitar es un templo al que se accede subiendo 718 peldaños, superados los cuales pudimos comprobar con las caras saladas que estaba en reformas, cubierto de andamios.

El principal atractivo de Mae Salong aparte de su influencia china (visible en los templos, en los farolillos rojos colgados de los techos, en los carteles, incluso en la gente) es el paisaje de montaña y su olor a naturaleza, a aire limpio; bueno, eso y el té, que degustamos sentados tranquilamente antes de volver, pues amenazaba con llover. 

En Ban Pasang, justo antes de bajarnos de nuevo, queríamos hacernos una foto con el conductor; un hombre entrañable que no hablaba ni entendía inglés con el que nos comunicábamos por gestos y en el que se notaba la ascendencia norteña en su color más oscuro de piel; pero subió un nuevo cliente y tuvo que partir. 

Chiang Rai se encuentra a 13 km entre el cielo y el infierno; y es que dos de los must-see  antagónicos son el Wat Rong Khun y el Baan Dum Museum, que distan 13 km de la ciudad, uno por el sur y otro por el norte. Ya era tarde para el horario tailandés, así que decidimos visitar únicamente el Baan Dum Museum que nos pillaba de paso. Se trata de un museo-recinto al aire libre con casas que siguen la estructura de un wat, pero decoradas con motivos satánicos: huesos y esqueletos de animales, habitaciones con sillas hechas de cuernos y pieles, dispuestas alrededor de un cocodrilo disecado… todo muy dantesco. Es una pena que no pudiésemos haberlo disfrutado más, pues llegamos a diez minutos de que cerrasen.

Ya en Chiang Rai, cosas que pasan en los viajes, nos encontramos en la estación de buses con el conductor que nos había dejado en Ban Pasang; como no sabía inglés y para manifestar que nos había reconocido nos señaló riendo y dijo “¡Mae Salong!”. Contentos y riendo con él por el reencuentro, pudimos por fin hacernos la foto.

Acabamos el día con una deliciosa cena callejera con vistas privilegiadas a la Clock tower.

A la mañana siguiente, antes de salir hacia Chiang Khong (puerta de entrada a Laos) teníamos que visitar el Wat Rong Khun o Templo Banco; un templo que comenzó en 1997 y sigue en construcción, hecho casi por completo con cal y espejos blancos para que reluzcan a modo de espejismo.

Se accede al templo por un puente sobre un lago rodeado de manos, calaveras y motivos infernales, para luego pasar por la boca de un demonio pintado en la pared interior y salir renovado al encontrarse con Buda.

Este wat tiene entre sus curiosidades mezclar en sus paredes interiores a Buda (frente a la entrada) y a un demonio en cuyos ojos se reflejan Bush y Bin Laden y al que acompañan en los alrededores desde Harry Potter, los Minions y personajes de Avatar, Matrix o Star Wars, hasta Michael Jackson, Superman o una imagen del avión estrellándose contra las Torres Gemelas. El artista explica que la pintura pone en evidencia que nuestra cultura toma héroes ficticios y actualmente necesitamos héroes y ejemplos de verdad, como Buda. La idea está chula, pero la mezcla resultaba un poco kitsch…

A las 15:30 salimos hacia Chiang Khong, y 2 horas y media después nos estábamos dando un baño en la piscina del hostal que sorprendentemente más barato nos ha salido. Para acabar el día, nos duchamos y fuimos a cenar a la ciudad. Dimos con un restaurante con música inglesa donde alguien le daba mucha importancia al físico, pues en una de las mesas había pesas y en la entrada tenían dos botes de proteínas; lo que no esperábamos es que fueran de una mujer de unos 50 años, que debía ser la dueña, y que con sonrisa tímida se acercó a nosotros para preguntarnos si podíamos corregirle una frase en inglés para subir a su Instagram; frase que quedó de la siguiente manera: “Working out next to the Mekhong river. It was nice weather!”. Sin perder la sonrisa juntó sus manos frente a la cara y repitió varias veces las “gracias” tailandesas ladeando la cabeza: kop khun khrap.

viernes, 5 de agosto de 2016

La lengua de los monjes (Chiang Mai)

Comenzamos nuestra visita a Chiang Mai planificando el recorrido mientras desayunábamos en el Green Tulip, nuestro hostel; y buscando la manera de salir al día siguiente al Wat Phra That Doi Suthep, se nos presentó Stella, una trabajadora del hostal, con la cara maquillada de blanco y una sonrisa perpetua ofreciendo la excursión por 600 bahts cada uno (unos 15 euros). Decidimos esperar, ver qué proponía la ciudad y tomar la decisión más adelante.

La parte antigua de Chinag Mai, donde nos alojábamos, es una ciudad repleta de los típicos templos tailandeses (algunos con chedis incluidas en su recinto), con sus tejas de colores en sus tres tejados superpuestos, a cada cual más pequeño, sus filigranas en forma de llamas, sus nagas (serpientes-dragón que flanquean la entrada), sus Budas y sus monjes. Los colores se intercalan especialmente en puertas, ventanas y pilares interiores de forma caleidoscópica en espejos-celofán azules, verdes, rojos y amarillos, predominando como nexo común el dorado.

En Chiang Mai además, los monjes suelen estar interesados en aprender inglés; así que muchos de estos templos ofrecen charlas con ellos; el único inconveniente es que su marcado acento suele complicar en ciertos momentos lo que podría ser una conversación distendida. En el Wat Chedi Luang nos sentamos a la sombra con un grupo de tres monjes, uno de ellos novicio, a que nos explicaran algunas dudas que teníamos sobre el budismo (las distintas posiciones de la mano de Buda, los méritos, el porqué del color naranja de sus túnicas, etc.). El encuentro fue agradable, pues las ganas de comunicarse, la tranquilidad con la que hablan y el hecho de que no paren de sonreír, anima a seguir preguntando y aprendiendo.

Vistos los templos principales, volvimos a descansar un rato antes de salir de nuevo a visitar el mercado nocturno, siendo bienvenidos por un “Kikaaaaaaa” lleno de efusividad de Stella al vernos llegar, en un intento fallido de pronunciar mi nombre con su sonrisa empolvada.

Como era domingo, se celebraba el mercado más importante de la semana: el Sunday Market; donde las calles se llenan de abundantes puestos de venta, grupos de invidentes actuando a cambio de donativos y mucha, muchísima gente paseando. Se vende de todo: ropa y artesanía; insectos comestibles; jabones tallados en forma de frutas, flores o verduras; arroces con tintes; sushi; heces falsas “como decoración”… casi cualquier cosa.  

Para acabar la noche, nos topamos con el Wat Phan Tao iluminado, un templo de madera de teca que junto con el ambiente que confería el mercado nocturno se convertía sin duda en lo mejor de la ciudad.

Al día siguiente nos dispusimos a hacer la excursión al Doi Suthep por nuestra cuenta, ¡y menos mal!, pues de los 600 bahts que nos pedía Stella, ¡se redujo a 160! (unos 4 euros). La furgoneta compartida nos dejó a los pies de 306 escalones que nos llevarían a lo alto del wat, templo que guarda unas reliquias de Buda y cuya ubicación fue elegida donde el elefante blanco que las transportaba murió.

El templo es chulo, pero cuando ya has visto varios parecidos, no tiene nada de especial más que las vistas panorámicas de Chiang Mai y poder presenciar cómo las familias suben a presentarle sus plegarias o agradecimientos a Buda, por intercesión de algún monje, para luego ser rociados de agua con unos ramilletes de algo parecido al esparto.

Al bajar, negociamos con la conductora que nos acercase al Talat Warorot, un mercado de dos edificios cerca del barrio chino, cuyos alrededores están flanqueados por más puestos, la mayoría de comida; para luego seguir desde allí nuestra ruta.

Lo último que nos quedaba ese día era visitar el Wat Suan Dok (un templo que no tiene nada remarcable en comparación con los demás), apartado al oeste de la zona antigua; pero antes quisimos refrescarnos con un smoothie de mango que nos vino que ni pintado, pues justo en el momento en que entrábamos en el local, empezó a llover.

El último día en Chiang Mai, tras hacer el check-out y dejar las mochilas en el hostel, por fin nos fuimos a dar un capricho tailandés con las presas del correccional, que tiene un programa de reinserción chulísimo para mujeres que están a punto de acabar su condena. Para poder hacerlo a la misma hora, pues están muy solicitadas, Violeta se hizo un masaje tailandés y yo uno de pies. Como ya había probado anteriormente el dolor del masaje nacional, disfruté del mío mientras veía a la pobre Violeta siendo torturada “dulcemente”.

Para acabar nuestra estancia y antes de coger el bus a Chiang Rai, visitamos, con los músculos más relajados, el Wat Sisuphan; un templo al sur de la ciudad que está cubierto por completo de plata; eso sí, Violeta tuvo que conformarse con las vistas exteriores, pues la tradición budista Lanna no permite mujeres en el interior del templo. Quedaba el consuelo de poderlo ver a través de las fotos.

Una vez en Chiang Rai, sólo nos quedaba la llegada a nuestra nueva guest house, pero como no todo puede salir a pedir de boca, tras 4 horas de bus y 20 minutos de caminata hacia el nuevo hostel, nos vimos ante las puertas cerradas del mismo, Violeta proyectando sus “Excuse meeee?” “helloooooo?” hacia las ventanas superiores buscando que algún huésped se compadeciese y nos ayudase, y yo tocando a la puerta sin parar. Por suerte, a los 5 minutos de hacer el paripé para el vecindario (pero sin recibir respuesta de ningún vecino), aparecieron en una moto los encargados del hostal pidiendo disculpas por la demora y sonriendo. Así que seguimos el consejo de los pingüinos de Madagascar: “Sonreíd y saludad”. 

martes, 2 de agosto de 2016

Cuando la vejez no es la ruina (Bangkok-Ayutthaya-Sukhotai)


Los vestigios de la Tailandia poderosa, con sus antiguas capitales-reinos de Ayutthaya (s. XIV) y Sukhotai (s. XIII), se encuentran yendo hacia el norte del país; y siguiendo este orden, queríamos ir retrocediendo hacia el pasado en la historia del antiguo Siam. Nuestro plan era salir bien temprano para coger la primera furgoneta que saliese de Bangkok hacia nuestro destino; pero como siempre que existe un plan, aguarda un imprevisto, tras madrugar, tuvimos que esperar dos horas a que llegase la de recepción para poder hacer el check-out. Debió de darse cuenta de nuestra espera, pues al llegar, tras disculparse, nos sacó unos donuts de “reconciliación” que parece que estaban reservados a los trabajadores. Tomamos el donut de la paz y nos pusimos en camino.

La Lonely marcaba que en Victoria Monument encontraríamos las furgonetas que salen hacia Ayutthaya, y así fue. Respiramos… Parece tontería, pero cuando uno viaja y quiere evitar tres horas en tren (que en furgoneta se hacen en una), o pagar cuatro veces menos, debe fiarse de encontrar el lugar marcado como salida alternativa y que el precio siga siendo el mismo. Una vez hecho, resulta fácil, pero en el momento es una cuestión de confianza “a ciegas”, pues uno intenta manejar los conocimientos y ventajas de los locales sin serlo (síndrome de camuflaje del turista); así que sólo queda creerse las aportaciones de la guía, que ya se sabe que no siempre son precisas.

El viaje fue una hora breve; quedaba lo peor: otra hora eterna andando bajo el sol con la mochila a cuestas para llegar al hostal evitando pagar el doble de lo que había costado llegar hasta Ayutthaya; menos mal que nos sirvió de bálsamo cruzarnos en el camino con unos elefante-taxis que paseaban a los turistas por las ruinas cuya base estaba en nuestro recorrido, y que las vistas caminando junto a las ruinas se hacían más llevaderas. Cuando el sudor empapaba nuestras camisetas, llegamos al hostal: estilo casita de madera junto al río, con baño compartido y vistas selváticas en contrapicado a falta de techo.

Tras 15 minutos de descanso, emprendimos marcha con nuestras bicicletas alquiladas hacia las ruinas. La que fue antigua capital de Siam en 1350 se ha convertido en un Bagan reducido, de templos esparcidos regados de chedis o stupas (figuras en forma de campanas plantadas en el suelo con una aguja final) a las que se les ha descascarillado con el paso del tiempo, pero muy dignamente, la capa de maquillaje que revela la estructura interior de ladrillos. Aún queda algún Buda sedente contemplando con tranquilidad el paso del tiempo, meditando eternamente, algunos que han sufrido la decapitación tras invasiones… 

pero hay uno, cuya suerte irónicamente los supera pues tras perder su cabeza, se hizo la más famosa y fotografiada de entre las ruinas del antiguo reino gracias a la historia de amor de un árbol cuyas raíces protectoras se apiadaron del rostro abandonado y quiso consolarlo en un abrazo.

De vuelta a nuestro refugio de madera, tuvimos que hacer una parada ante la extrañeza de lo que veíamos. Lo que parecía un equipo de rescate había atrapado a un lado del arcén algo ante lo que se apelotonaban; así que retrocedimos curiosos sobre nuestras ruedas para descubrir con sorpresa el motivo de su amontonamiento: ¡habían atrapado a un cocodrilo y ahora posaban orgullosos ante su presa! 

Seguimos pedaleando con la impresión del encuentro y nos acercamos a despedir las ruinas viendo atardecer ante la Wat Phra Ram.

El día siguiente también madrugamos en vano. Los imprevistos y la espera en los viajes son el pan de cada día; pero con paciencia todo llega. Cinco horas de espera para coger el bus y seis de recorrido eran el precio por llegar a las ruinas del antiguo reino de Sukhotai. Pero total, un día de viaje para retroceder un siglo en la historia del país creíamos que era un precio justo.

El quinto día por fin mereció la pena madrugar, pues las horas, junto con el día que amaneció nublado, aletargaron a los turistas y pudimos empezar el recorrido sin aglomeraciones. Si Ayutthaya impacta por la belleza melancólica de sus ruinas y su buena conservación considerando su longevidad, Sukhotai, aún más vieja, no sólo se preserva mejor, sino que impresiona más por las lagunas que rodean sus templos y por la personalidad de sus Budas: 

el imponente Buda de Wat Sri Chum (15m), cuyas curvas en su mano dorada transmiten la calma y la espiritualidad; el Buda andante y estilizado de Wat Sa Si; o el Buda del espectacular Wat Mahathat, con su fotogénico estanque con flores de loto presidiéndolo; son los mejores ejemplos de cómo resistir al paso del tiempo despreciando dignamente la palabra ruina.

Nuestro bus a Chiang Mai, por el contrario, aún estaba en el camino de aprenderlo, pues literalmente hacía aguas (no sabemos si por el aire acondicionado o porque llovía); pero es que ya se sabe, en diners, torrons…

viernes, 29 de julio de 2016

Bautizo monzónico (Valencia-Bangkok)


Parece que Asia engancha, pues tres años después de nuestro viaje al sureste asiático, uno de los dos vuelve; cambiamos compañero por compañeras de aventuras (pobres…). Este verano, el blog tendrá que dividirse en dos etiquetas: una para el viaje de Pablo y Mireia a Islandia; y otra para Violeta y para mí al segundo acercamiento al sureste asiático (Tailandia-Laos-Camboya). Y todo predice que este sí que será un “Tú a Londres y yo a California”, pues las entradas asiáticas prometen estar marcadas por el caos y la multitud de su gente, sus regateos, su calor sofocante estival… seguro que nada que ver con lo que pasará en la otra punta, al norte, ¡cerca del Polo!

Dejadme que empiece intentando transmitir las sensaciones o impresiones que pone Bangkok en juego cuando se pisan sus calles: la selva parece invadir la ciudad por momentos; las zonas verdes, casi más que un retal, son un pedazo de jungla vivo incrustado en el cemento de sus callejones; tan vivo que traspasa sus propiedades a las madejas y enredaderas de cables que ocupan una primera capa de techo sobre nuestras cabezas; el tráfico es una constante, decorada por los taxis de color rosa chillón y los tuk-tuk (que en algunos tramos son los únicos que dan movimiento al estancamiento de luces rojas y pitos);  el calor, húmedo de sauna, pegadizo, se abraza cual mochila dejando arrastrar sus pies, como el humo de los coches; el tacto de los pies descalzos pisando el suelo sagrado de un wat (templo); los olores penetrantes a especias y cloaca de las calles a los que pronto se acostumbra el olfato; o el bofetón de aire acondicionado en los buses que obliga a preparar en la mochila de mano un abrigo de supervivencia… Welcome back to Asia!

El primer día llegábamos a las 00h de España, 5 de la madrugada en Bangkok, por lo que el jet lag y el cansancio de cargar con las mochilas en busca del hostal se apoderó de nosotros y dejamos reposar nuestros cuerpos antes de ponernos en marcha para ver el Wat Traimit, que alberga un Buda de oro macizo. Nos impactó más por ser el primero que por el metal, pues para alivio de Buda, todos son prácticamente iguales (salvando los materiales).

Después, nuestros pasos se perdieron buscando las calles de Chinatown. Digo se perdieron porque no encontraban el abarrotado barrio chino que prometía la guía, pues en Tailandia, a partir de las 16h todo empieza a cerrar; así que sólo veíamos una calle de puestos con persianas bajadas o en proceso de hacerlo. Tan tarde parecía ser para sus horarios, que tuvimos dificultad en encontrar abierto algún restaurante asequible donde cenar.

El segundo día, tratando de adaptarnos ya al horario, visitamos la vieja Bangkok, donde se concentran las mayores atracciones, a la que llegamos en barca subiendo el río Chao Phraya. Paseamos por la famosa Khao San Road y nos dejamos atrapar en la medida de lo posible por el Wat Kaew y el Wat Pho; pues no contentos con el calor sofocante, el "decoro en la vestimenta" que exigen estos templos resulta asfixiante a estas temperaturas… 

El premio llegó con el Wat Pho, donde un Buda reclinado de 46 metros de largo parecía disfrutar con su eterna sonrisa del diluvio repentino que comenzó a caer y que nos retiró a todos los turistas que estábamos a punto de entrar, a buscar resguardo en su templo. Juro que no miento; a los dos minutos de empezar a llover (lo cual no parecía predecible en el cielo azul y sin nubes de hacía media hora), aparecían de la nada y sospechosamente oportunas, sonrientes tailandesas vendiendo sus chubasqueros y paraguas a precios muy superiores a su valor (y es que ellos lo tienen claro: el precio viene marcado por la necesidad de la adquisición; eso es lo que le da su valía, pues los tuk-tuk que esperaban a las puertas también multiplicaban sus precios). Es más, su sonrisa crecía conforme el turista entendía que la lluvia no remitía y se resignaba a pagar por un chubasquero/bolsa de plástico.  “Acabaréis cayendo vosotros también” decían sus labios en perfecto thai.


¡Pero no!, decidimos dejarnos empapar por la cortina de lluvia monzónica para buscar el camino de vuelta al hostal antes de que cerrasen todo. ¡Y menos mal! El primer intento de coger barco fue fallido pues nos llevó en dirección opuesta; el segundo, por los pelos; pues era el último barco del día, que casualmente nos llevó a buen puerto: al “Oriental Pier” (casualidades de la vida), Desde allí retomamos las calles que faltaban al hostal y compramos en un puesto de comida callejera la cena para llevar (en una bolsita de plástico). Ahora sí, empapados, Asia nos recibía con un bautizo en toda regla. Dicen que viajar no es cambiar de sitio sino cambiar de piel; quizás por eso era tan necesaria la lluvia incesante, para bautizarnos con nuevos nombres y sobre todo con nuevos ojos con los que aprender de este rincón del mundo.

lunes, 2 de septiembre de 2013

La ciudad mayúscula (Bangkok-Dubai-Düsseldorf/Frankfurt-Madrid)

El viaje llegaba a su fin y con una traca final de desplazamientos, como cualquier valenciano esperaría. En Bangkok, donde los monjes volvían a tener priority seat, pasamos únicamente la noche, siendo víctimas del mareo que nos producía el cambio de moneda; así, la habitación que conseguimos orgullosos por cuatro dólares resultó ser de 40!! lo cuál en Tailandia son palabras mayores para un alojamiento. Descansamos lo poco que nos restó de tiempo tras cenar y dar un paseo por el mercado, ¡menudo descanso en una cama "de verdad"!, y despedimos Bangkok amaneciendo en un taxi camino del aeropuerto. 

El siguiente destino fue Abu Dhabi, donde un autobús nos llevó hasta Dubai; allí nos esperaba nuestro primo Diego sufriendo el calor sofocante y desértico que según nos dijo estaba "rebajado" estos días.

La visita de ocho horas a la ciudad empezó en un ferry que nos acercó un poquito al hotel más lujoso del mundo (de 7 estrellas inventadas exclusivamente para la ocasión) y a algunos de los edificios más impresionantes cuyas formas desafían tanto las leyes naturales que han tenido que parar varias veces su construcción. La isla en forma de palmera creada artificialmente estuvo frente a nuestras miradas pero la forma tuvimos que adivinarla pues la figura sólo puede verse desde arriba.

Entre el paseo por los frescos oasis de los centros comerciales y todas las anécdotas que nos contó Diego sobre la cultura y su trabajo como azafato de vuelo de Emirates se nos echó encima el tiempo, y viendo desde el metro el edificio más alto del mundo (el Burj Khalifa) llegamos al mercado de oro, donde el brillo del lujo nos rodeó mientras la luz caía. No hay nada como que te acoja alguien de la familia; un placer.

Acabamos el día disfrutando del centro comercial más grande del mundo (aquí todo se hace con mayúsculas) que alberga una pista de hielo y un acuario gigante y descansando con el espectáculo de agua, luces y sonido que se hace a los pies del Burj Khalifa. 


Dubai es una mezcla árabe-internacional (nos sorprendió ver más rostros occidentales que orientales); es una ciudad-temática rodeada de lujos y locuras que sólo pueden gestarse en la imparable mente de jeques que sueñan con dejar huella en la historia. Sin duda levantar la vista para ver dónde acaba el Burj Khalifa y tratar de calibrar la distancia real es una pasada.

Nuestra despedida acabó con los tres corriendo por los pasillos del centro comercial (damos fe de que es el más grande...) para no perder el bus que nos llevaba al aeropuerto de vuelta a Abu Dabhi. Lo perdimos... ¡Menos mal que los taxis son baratos!

Y así acababa nuestra aventura, alargada unas horas más hasta llegar a Valencia, pero con poco más que destacar. Ya volvíamos a casa.

Ahora queda empezar a pensar en el siguiente y seguir aprendiendo; al fin y al cabo (y robándole unos versos a Ismael Serrano) si se viaja es "para recordar que aún seguimos vivos; si no ves más allá de tu horizonte, estaremos perdidos".


jueves, 22 de agosto de 2013

No hay dos sin tres (Bangkok)


Cambio de país y qué cambio. Nada más subir al Skytrain camino al hostel, una oleada de aire acondicionado bien fuerte nos empañó las gafas. Era una buena metáfora para expresar el shock cultural que nos produjo. Habíamos cruzado la frontera y parecía un nuevo continente. Gente a la moda, rascacielos, discotecas, centros comerciales...Bienvenidos a Bangkok.
Llegamos al Hostel aún flipando por el cambio de cultura, y fue lo que faltaba para dejarnos con la boca abierta. Estábamos ante el mejor hostel en el que hayamos estado nunca. El primer día lo dedicamos a descansar, que nos hacía falta, y el segundo paseamos por la parte más turística de la ciudad.

En la orilla este del río Chao Phraya se alza el templo Wat Arun, pero en la Oeste es donde se concentran la mayoría de lugares que piden foto a gritos. Lo más destacable son el Wat Po (Un templo budista enorme que alberga la mayor colección de budas de toda Tailandia y el Buda recostado mas grande del país), el Grand Palace (Antigua residencia de los reyes) y el Wat Phra Kaew (un templo dentro del recinto del Grand Palace que se regocija de tener el Buda Esmeralda, aunque realmente es de Jade). Estos tres lugares merecen una visita a fondo y un álbum de fotos sólo para ellos. Por desgracia ese día teníamos la cámara estropeada y nos tuvimos que contentar con fotografiar estas maravillas con nuestros ojos.
Por indicación de María Sebastián que vivió en la ciudad, fuimos en busca del mercado vintage, que sólo abría los domingos. Pero el tiempo se alió con los imprevistos, y cuando llegamos al barrio era demasiado tarde como para ponerse a buscar, así que nos contentamos con visitar el mercado más grande de Tailandia (Chatuchak). No fue una mala solución. 

El tercer y último día en Bangkok, apareció el tercer mosquetero Guille, para unirse a la aventura.
Siete años después, nos encontrábamos de nuevo con la mochila sobre nuestros hombros. Y la aventura empezó a tope, como cuando viajamos juntos. En un día hicimos un recorrido bastante aceptable por la ciudad y resucitamos a nuestra cámara,  que volvió a ser feliz cazando instantes y congelándolos hasta la eternidad.

Intentamos ir al hotel Sirocco, quizá el hotel mas conocido de la ciudad, que aparece en la parte final de la secuela de Resacón en Las Vegas. Y digo intentamos, porque nos dijeron que había un código de etiqueta que exigía ir en pantalones largos y zapatillas. Nosotros íbamos en chanclas y nos quedamos con las ganas.

Cenamos en Chinatown, sumergidos en sus luces de neón, puestos callejeros y letras chinas por todos lados. A pesar de que al llegar el ambiente estaba decayendo por la hora que era, no se podía decir que la gente de por allí estuviese durmiendo. Cenamos pato y sopa a la rica aleta de tiburón  enfrentándonos a unos precios de europeos más que tailandeses. Aunque claro, pedimos exquisiteces.

Antes de volver a intentar subir al Sirocco, nos "relajamos" en una sesión de masaje tailandés de 2 horas. Nos relajamos entre comillas, porque en este tipo de masajes no es tarea fácil, ya que detrás del aspecto inocente de las tailandesas que dan los masajes, se esconden corpulentas mujeres que estiran todo tu cuerpo, en algunos casos hasta el dolor. Eso sí, se acaba con una buena tacita de té caliente riquísimo y un masaje facial en el que gracias a Dios, no utilizan las fuerza de la que antes habían hecho alarde.

De camino al Sirocco, tomamos un aperitivo tailandés: Gusanos, grillos y langostas. Y a pesar de su aspecto asqueroso, es un "plato" que nos acabó gustando. En especial las langostas, que era lo que más asco nos daba por su tamaño y parecido con el bicho original.

Para cerrar la noche, conquistamos la terraza del Sirocco. Curiosamente lo único que había cambiado en nuestra vestimenta eran las zapatillas. No íbamos bien vestidos, no íbamos elegantes, pero el código de etiqueta lo cumplíamos: pantalones largos y zapatillas. Un código un tanto extraño. 
Disfrutamos de unos cocktails a precios tan desorbitados como la altura del hotel. Las vistas que ofrecía sobre la gran urbe, ni que decir queda que eran espectaculares. Y desde allí, en silencio, nos enfondamos en nuestros pensamientos y disfrutamos hasta bien entrada la noche, de nuestra última jornada de excesos occidentales. Al día siguiente empezaba el recorrido por el tercer país, Vietnam, y como nos conocemos sabíamos que a partir de entonces, nuestro código de etiqueta estaría marcado por la mochila y el presupuesto diario se acercaría al precio de las copas que bebíamos lentamente. Mientras Bangkok bajo nuestros pies, fluía a su ritmo, al igual que el Chao Phraya.