Mostrando entradas con la etiqueta 2016: Tailandia-Laos-Camboya (25 julio - 29 agosto). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2016: Tailandia-Laos-Camboya (25 julio - 29 agosto). Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de agosto de 2016

Deconstruyendo el paraíso (Krabi-Phi Phi-Krabi-Railay-Bangkok)

Llegamos a Krabi tras coger un ferry, un bus y una minivan; sólo habíamos valorado si hacer Pukhet o Krabi; de hecho, en ningún plan entraba ir a las islas Phi-Phi, porque creíamos que estarían sobreexplotadas; pero tras escuchar los consejos de algunos amigos, readaptamos los planes. Descansamos en Krabi y compramos los billetes para salir al día siguiente a Ko Phi-Phi Don, la única de las islas que ofrece alojamiento.

Llegamos a puerto de mañana; dejamos las mochilas en nuestra guest house y subimos las escaleras que llevaban al mirador que teníamos allí cerca. 

Para poder salir a Phi-Phi Leh, popular por ser el paisaje de la película La Playa, teníamos que comprar los billetes con tiempo para encontrar una buena oferta; y creíamos haberla encontrado, hasta que la mujer que atendía rompió a chillar, furiosa e indignada porque le preguntamos si podía hacernos descuento. Nos batimos en retirada y encontramos otra oficina por el mismo precio pero más cargada de amabilidad y positivismo.

Con los planes ya cerrados para el día siguiente, y cruzando los dedos para que las nubes aguantasen serenas, nos dirigimos paseando hacia Playa Larga, donde pudimos disfrutar de mejores vistas que las del mirador a la isla destino; desde allí vimos atardecer y dimos una vuelta por la ciudad para comprobar que si no tenía más vida por la noche, sí que se soltaba más el pelo que por el día.

Como ocurriese en Laos, la noche anterior a adentrarnos en Tham Kong Lo, el aguacero de la madrugada no auguraba una mañana posterior sin lluvias; sin embargo tuvimos suerte y a las 9h que salíamos del alojamiento, ni caía una gota de agua ni había nubes amenazadoras en el cielo.

El día amaneció soleado contra todo pronóstico y un long tail boat (las barcazas más fotografiadas de Tailandia, con sus telas atadas en cabeza) nos esperaba para partir. Haríamos cuatro paradas, empezando por Maya Beach, una playa de arena blanca y aguas turquesas que descansa frente a dos peñascos calizos llenos de verde. La imagen que uno imaginaría del paraíso.

Entramos por la otra parte de la bahía, viento en popa pero sin vela, y cual piratas, tuvimos que trepar por una red instalada para poder acceder más fácilmente desde el agua, a nado; colocada como ayuda o para reírse del guiri, pues con la marea, los turistas éramos estampados contra la tela de araña a la que la gente trataba, muchas veces en vano, de engancharse antes de poder subirla. Así que, patéticos piratas al abordaje, algunos raspándose con las rocas de coral sobre las que la marea nos mecía, todos tratábamos de conquistar la isla de la forma más digna posible. El día anterior nos habíamos comprado una bolsa estanca para transportar cámara y móvil secos hasta la otra orilla; pero aquí la mala suerte y el agua del mar se nos colaron y perdimos en el asalto los instrumentos testigo de la batalla; así que a partir de ahora, basten de imagen las palabras.

La playa guarda su tono paradisíaco-apartado; y si bien es cierto que las lanchas que atronan intermitentemente con sus motores para evitar quedarse varadas afean la estampa, aún esperábamos una imagen más superpoblada. Quizás favorezcan en este aspecto las pocas expectativas previas de encontrarnos solos, así que compartir esas arenas blancas con lo que podrían ser unas cien personas, no nos molestaba en absoluto.

Tras una hora de contemplación, el barquero nos llevó a hacer snorkel rodeados de arrecifes donde los invitados especiales esta vez fueron los peces globo, que se negaban a mostrarse en todo su esplendor. Habíamos visto la belleza desde la orilla, bajo el agua, y sólo quedaba saborearla in situ, flotando sobre el mar verde-azul, envueltos por peñones llenos de vida vegetal.

Acabamos la ronda haciendo parada en la Monkey Beach, riendo al ver cómo uno de los monos que dan nombre a esta playa asaltaba una barca llevando como botín una bolsa de papas y unas chocolatinas que paladeó, atrevido y desafiante, sentado sobre la cola que sobresale en las barcas, mientras los compañeros de la víctima trataban de impedirlo empuñando el palo de una GoPro.

Justo cuando volvíamos, el mar era agujereado a tiros por la lluvia que había accedido a esperar paciente para no aguar la fiesta. Despedimos las islas Phi-Phi, de vuelta a Krabi, orgullosos de nuestra suerte, la que no corrió nuestra cámara, pero que nos permitió acercarnos al Edén. O eso creíamos, pues Railay puede rivalizar merecidamente.

El día que nos quedaba en Krabi como base, también pintaba borrascoso, pero era un día entero y todo el mundo alababa Railay, por lo que quisimos jugárnosla y conocerlo a pesar de los pronósticos. Debemos tener una flor en el culo, porque volvió a salir el sol. 

Al lugar se llega únicamente en barco, a pesar de ser una península, porque los acantilados kársticos que lo encierran amurallan otra posible vía de acceso. Como paisaje se nos antojaba tan espectacular como Phi-Phi; pero ganaba en autenticidad en la playa Hat Phra Nang, por ofrecer más posibilidades de encontrarse uno a solas bañándose en las aguas verde jade y entre los islotes calizos que surgen a escasos metros de la costa.

Hay un mirador a mitad trayecto entre Railay East y West, cuya base es frecuentada por monos, al que se accede remontando el acantilado prácticamente escalando, agarrándose a una cuerda para evitar resbalarse con el barro del camino. Las vistas quitan el aliento, el poco que quedaba antes de llegar.

Decididos a aprovechar hasta el último momento de nuestra estancia, fuimos hacia Ton Sai Beach, con el tiempo un poco justo. Nos señalaron un camino que subía y bajaba por medio de la jungla y temimos no llegar; pero como digo, la suerte nos acompañaba y con la playa ya frente a nuestros ojos descubrimos un atajo que subía por la roca que separaba la playa de Railay West, decisivo para llegar a la hora en que zarpaba el último barco.

Un avión nos acercó hasta la capital tailandesa, último destino de nuestro viaje, donde sólo pudimos visitar el mercado de fin de semana de Chatuchak, porque nuestros cuerpos pedían reposo.

Ahora esperamos en el aeropuerto para volar a casa, con la mirada re-construida; pues viajar es deconstruir; abandonar los prejuicios culturales y reescribir sobre ellos. Atrás queda mes y medio de cruzar fronteras, de saborear cada lugar mentalmente hasta que va adquiriendo diferentes significados; porque pisar un nuevo país es darle eco al nombre en tu pensamiento para poder llenarlo de la esencia que lo diferencia de los demás; viajar es imbuirte de su cultura, aprender de su historia y empezar a entender cómo se comporta la gente según su pasado; viajar es coger agilidad en el cálculo de los cambios de moneda y aprender a utilizar sus billetes; descubrir los platos típicos, los precios, los horarios, las costumbres... en definitiva, viajar es convertir lo extraño en cercano y hacer del extranjero tu hogar. 


sábado, 27 de agosto de 2016

Rumbo a la Isla Tortuga (Bangkok-Surat Thani-Koh Tao)

Llegamos en vuelo a Bangkok, donde hicimos escala de un día para bajar al sur de Tailandia. La parada más cercana a la guest house nos dejaba a 20 minutos andando; por el camino decidimos parar en una oficina de turismo para preguntar cómo llegar a Koh Tao desde Surat Thani (donde aterrizaría el avión). Una mujer nos recibió con una sonrisa y nos invitó a sentarnos. Ya habíamos buscado opciones antes, así que cuando la vimos teclear en google nuestra duda (Ferries from Surat Thani to Koh Tao), supimos que no sería de gran ayuda. Empezó a decirnos que Koh Tao era precioso y no dejaba de señalar Ko Samui en un mapa renombrándola a lo indio y afirmando: “Koh Tao; Koh Tao”. Luego nos preguntó procedencia; Violeta le dijo “Spain”; se quedó pensativa, frunció el ceño y preguntó “Sapén?”; Violeta repitió “Spain”; la mujer negó con la cabeza sonriente y afirmó repetidamente “Sapén, Sapén”. Pues eso, Sapén. Nos inundó a folletos, cargándonos de consejos para visitar el país y trató de convencernos para que cogiésemos un bus hasta el alojamiento; es cierto que nos quedaba un rato, pero 15 minutos a lo sumo; lo que pasa es que en Tailandia, cada vez que hemos preguntado distancias nos han contestado con un “Ooooooh, so faaaa” (reconvertid la cuarta nota musical en un far). Llegamos a la casa con 15 folletos encima y planificamos el día para seguir conociendo la capital.

Empezamos por el Sri Mariamman, un templo de estilo tamil, con sus torres llenas de coloridos ninots hinduistas. Para llegar hasta esa zona quisimos probar con el autobús. Parecía que nos hubiésemos montado en una discoteca, pues con la música a todo volumen, el cobrador se iba al final del pasillo y a ritmo de rock se pegaba sus bailes mientras reíamos con su reflejo en las puertas abiertas del bus, sin  girar la cabeza para que no advirtiese que tenía público; cuando el rock se hacía balada, el turno era del conductor, que se desvivía cantando como cuando uno conduce solo. El trayecto se hizo breve.

Caminamos hasta el Parque Lumphini, un oasis de calma verde que no parecía cuadrar bien en medio del caos, los pitidos y el humo de Bangkok. En este recinto cerrado residen varanos (unos reptiles gigantes que campan a sus anchas sin necesidad de esconderse).

Seguimos el paseo por el parque, fijando especial atención en tratar de encontrar a estos lagartos, hasta que llegamos a una calzada donde resonaba la música techno y una mujer guiaba con pasos de aerobic al grupo que tenía delante. El grupo estaba compuesto tanto por lugareños como por extranjeros, todos intentando seguir el mismo ritmo con cuestionable resultado.

El atardecer nos encontró visitando los santuarios de Erawan y de Lingam; el primero se construyó para acabar con las desdichas que se sucedieron durante la construcción del hotel del mismo nombre; el segundo, para honrar a una diosa que concede fertilidad, por lo que está rodeado de ofrendas de falos de madera. Tras cenar en Sukhumvit, volvimos en autobús, coincidiendo con nuestro anterior conductor y su gogó, que nos dedicó una sonrisa al reconocernos.

La mañana siguiente llegamos a Surat Thani para empezar el recorrido hacia el sur desde Koh Tao; pero iríamos en el night boat y había que hacer tiempo porque íbamos cargados; nos fuimos a una heladería y probamos el helado de durian, una fruta asiática que desprende un olor tan intenso que en muchos lugares prohíben la entrada al local con ella; el sabor era fuerte y diferente, pero más suave de lo que amenazaba. Cenamos en el night market que había instalado al lado del puerto y zarpamos rumbo a la isla tortuga (que es la traducción de Koh Tao) en un barco con colchones completamente pegados unos a otros, tipo campamento.

Koh Tao nos recibía amaneciendo, pero no así su gente, o al menos la recepción de nuestra casa, que nos hizo esperar una hora sentados fuera; en la isla las cosas se toman con calma. Ese mismo día quisimos empezar de playa en playa, haciendo snorkel; y es que, como mucha gente dice, aunque la isla tenga su encanto, el verdadero tesoro está bajo la superficie, donde “La tortuga” hace gala de todo su esplendor.


Hicimos tres playas diarias disfrutando de la fauna marina; tan abundante, gracias a la cercanía del arrecife donde se despliega un universo de matices multicolores e infinitas tonalidades: erizos, pepinos de mar, viejas florida, lábridos luna, almejas gigante mostrando sus labios pintados de fosforescente que se retraían tímidas al acercarnos, peces loro, peces estandarte de aleta larga con sus tupés blancos a lo John Travolta, peces anémona jugando al escondite entre los tentáculos de su hospedador, agujones cocodrilo nadando a ras de la superficie, peces lagarto, peces mariposa, píntanos curiosos destacando con su dorso amarillo, gusanos árbol de navidad de diferentes colores que se ocultaban cobardes cuando querías verlos de cerca… y hasta pequeños tiburones de arrecife; la fauna era inagotable.

Lo agotador era llegar a las playas caminando, porque aunque no distaban mucho unas de otras sobre la costa, el camino por el interior era empinadísimo; tenías que subir prácticamente a lo más alto para luego bajar de golpe; es tan abrupto, que se recomienda no alquilar moto si no se es experto, pues si a la inclinación del sendero le sumas gravilla y carreteras con tramos de arena, las caídas están aseguradas; tanto es así que no parábamos de ver heridos y vendados. Y es que el recuerdo de la isla te lo llevas en el cuerpo; si no es por la moto es por el coral, que en más de una ocasión te sorprende, cortante, con un rasguño en la mano o una raspadura en la planta del pie.

El buceo más espectacular fue el de Tanote Bay; y el atardecer, el de Sai Nuan, solos, sentados en una roca frente al mar. El sol, ayudado por las nubes, hizo su truco diario de la desaparición.


Estuvimos tres días en Koh Tao, desde donde planificamos la próxima hoja de ruta; así que el último día cargamos las mochilas sobre los hombros y zarpamos rumbo a Krabi, base para visitar las islas Phi Phi. La Tortuga seguía con la cabeza escondida, guardando su tesoro, celosa, mientras nos alejábamos de su costa.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Las raíces de la tierra (Siem Reap)

Todo parecía más sencillo (siempre lo parece); google maps marcaba dos minutos andando desde donde nos dejaba el sleeping bus que habíamos cogido en Phnom Penh hasta nuestro hostal; las fotocopias que llevábamos de Camboya no incluían mapa de Siem Reap, así que nos habíamos hecho un croquis de cómo llegar. El problema, que aún no habíamos descubierto, es que no estábamos donde creíamos, por lo que los dos minutos se convirtieron en una hora y media dando vueltas, preguntando aquí y allá. El segundo obstáculo venía por parte del hotel, pues muy pocas personas parecían conocerlo; por suerte, los camboyanos son muy amables y un hombre que usó su GPS nos hizo llegar a la calle en cuestión; pero la subimos y bajamos, y no había cartel por ningún lado. En una gasolinera, un chaval trató de echar un cable llamando al hotel, pero nadie lo cogía; subió a la moto siguiendo la señal de GPS; había un restaurante. Se disculpó por no ser de más ayuda pero no entendía nada; si habíamos reservado en Booking el hotel debería existir. Nos señaló el lugar donde debería de estar (entre una escuela y un orfanato) y entramos a preguntar en “otro” hotel. Resulta que habían cambiado el nombre en la web pero seguía siendo la señalización antigua; muy útil…

Dejamos las cosas y fuimos a alquilar unas bicis para recorrer Angkor. Regateamos el precio y en seguida estábamos pedaleando sobre unas mountain bike, acercándonos al tercer inconveniente: tras 20 minutos en bicicleta, en el check point nos informan que a 8 km en la otra dirección es donde se compran las entradas. “¿No habéis visto la señal?”, parece sorprenderse el policía al tiempo que nos ofrece un tuk-tuk para llevarnos hasta allí. Efectivamente, la venta de entradas estaba a tomar viento; menos mal que aceptamos dejar las bicis allí y hacer uso del fortuito taxista que esperaba; eso sí, no había rastro de “la señal”.

Por fin, a las 10h entrábamos en el recinto de Angkor, ruinas de lo que fue el reino jemer entre los siglos IX y XVI, cuando fue abandonado, engullido por la jungla que lo rodea permaneciendo tres siglos escondido hasta su redescubrimiento. La visita a los templos principales se divide en dos circuitos: uno de aproximadamente 15 kilómetros y otro de unos 26. Pudimos aprovechar el tiempo y hacer el circuito corto antes de que se hiciese de noche.

Las dimensiones de Angkor Wat son espectaculares; primero se cruza por un paso elevado que atraviesa el foso, y al entrar en el templo, las tres torres erigidas en honor a Visnu reciben al viajero imprimiendo en su retina, ahora en vivo y en directo, la famosa imagen que tantas veces había soñado con tener delante.

Y no se malinterprete, el templo es impresionante, pero su fotografía de entrada está tan manida que sorprende poco; da más sensación de reencontrarse con un viejo conocido que de descubrir una maravilla. Lo que llama la atención sobremanera es su detallado interior; los bajorrelieves de apsaras (bailarinas celestiales) y motivos florales que decoran casi cualquier rincón.

Bayón, sin embargo, sí que tiene la magia de la sorpresa (al menos para nosotros); ubicada en el centro de Angkor Thom (una ciudad fortificada), el templo está regado de 54 torres talladas con 200 rostros de Avalokiteshvara que observan el recinto desde todos los ángulos posibles como si de cámaras de seguridad se tratasen. Las caras, cubiertas algunas de ellas de un verde óxido adquirido con el tiempo, dan una idea del poder que llegó a concentrar el reino.

Por la noche, parece que está habitado por monos, porque tanto al amanecer como al atardecer los encontramos por la carretera volviendo o viniendo de los árboles que rodean al templo.

Disfrutamos brevemente de la puesta de sol frente a Angkor Wat y emprendimos el camino de vuelta. Alquilamos una moto para hacer el circuito largo al día siguiente y nos fuimos pronto a descansar para poder empezar nuestro segundo día viendo amanecer sobre Angkor Wat.

El sol se daba paso entre las nubes, convirtiendo las tres largas sombras difusas, en las tres conocidas torres dándoles nitidez. Nuestro mirador desde las 5h era perfecto hasta que una pareja de guiris decidió fastidiarnos a todos la foto y plantarse en medio, sonrientes, inmóviles y sin importarles que todo el mundo hubiese respetado el turno de llegada. Amaneció nublado y con las primeras luces tenues comenzamos nuestro circuito para poder visitar Ta Prohm relativamente solos.

Antes de la colonización francesa, los templos de esta parte sufrieron una colonización más lenta pero también más bella: la perpetrada por los ficus y los árboles que hunden sus raíces entre las piedras y los muros; esta imparable conquista silenciosa puede disfrutarse sobre todo en los templos Ta Prohm, Ta Som y Preah Khan.

En el primero están los más populares pero no los más fotogénicos; pues la afluencia de visitantes ha supuesto que haya cuerdas que separen al viajero del árbol. Caminando por estos parajes, mientras muchos de los turistas vuelven a desayunar a Siem Reap, uno se siente Indiana Jones; incluso parece que vaya a salir Tomb Raider de alguna de las puertas adornadas de raíces-liana. 

Los árboles estrangulan a su presa con calma, sin prisa, como boas constrictor.

En Ta Som, los pasadizos desembocan en una salida con sombrero vegetal. Parece que las apsaras talladas de estos templos muevan sus caderas y manos en imágenes congeladas, pintadas de verdes, grises y morados; y parece también que la jungla esté dormida, posando para la foto; pero aunque controlada, avanza extendiendo sus enmarañados músculos.

En un muro olvidado, derruido de Preah Khan, un árbol teje su telaraña de madera en abstractas figuras, posándose paciente cual pulpo; abrazando a la roca que le obstaculiza el camino hacia los nutrientes, esquivándola y alargando sus tentáculos hasta llegar a tierra firme.


Y ésta es la magia de Angkor: el ver cómo la vida se abre paso ante lo olvidado; cómo recupera, vencedora, su espacio. No había mejor manera de despedirnos de Camboya que comprobando que sus raíces, como sus gentes, se comportan igual.

sábado, 20 de agosto de 2016

Memoria, para no olvidar (Don Det-Phnom Penh)

Ya éramos conocedores de la corrupción fronteriza entre Laos y Camboya. Buscando información, nos habíamos aprendido de memoria precios y tretas; pero la vida siempre guarda un as en la manga y los agentes encuentran pretextos para añadir lucrativas trampas.

Primera parada: dos dólares por recibir el sello en el pasaporte que reconozca nuestra salida de Laos (estábamos avisados); renegamos un poco pidiendo el recibo, pero obviamente, sirvió de poco.

Segunda parada: esquivamos la caseta “médica” en la que presuntamente el extranjero debe hacerse “obligatoriamente” pruebas que demuestren que no tiene la malaria (1 dólar más), pero casualmente, por lo leído en otros blogs, el termómetro siempre marca la misma temperatura… y tampoco es necesario hacérselas.

Tercera parada (como en todos los videojuegos, el rival final siempre presenta más complicaciones): la visa para entrar en el país debería costar 20 dólares; resulta que ahora son 35; la información de internet informaba que los funcionarios pedían siempre entre 25 y 30 para sacar tajada, pero al decirle que eran 20, el hombre dice sin mirar a los ojos: “That was before”. Vaya… Empieza el tira y afloja, las miradas suplicantes, las mentiras piadosas afirmando que sólo teníamos 23 cada uno, pero los perros del gobierno estaban bien adiestrados. “No money, no tourist”. Tras 15 minutos de intentos, llevo mis dotes interpretativas un paso más allá; desaparezco de escena y hago como que un turista me ha prestado 20 dólares pero que es lo máximo que puedo pedir. “Please”. Conseguimos pasar por 33 dólares cada uno.

Habíamos comprado en Don Det un billete que nos llevaba hasta Phnom Penh, llegando a las 19h, y en un “VIP bus”, según el ticket. Por supuesto no llegamos a la hora prevista sino a las 22h (tras 13 horas y media de viaje) y cambiamos la friolera de cuatro veces (baja mochilas, sube mochilas) de bus (quien dice lo uno, dice minivan, furgoneta o como mucho minibus).

Llegar de noche a una ciudad sin un buen mapa convierte en una odisea tratar de orientarse; el chiste vino cuando preguntamos a un conductor de tuk-tuks por la dirección, sacó la linterna de su móvil para leer mejor y empezó a buscar la calle 23, donde nos alojaríamos; al momento empezó a pedir ayuda pero nadie sabía decirle dónde estaba nuestra guest-house. Ya eran cuatro frente al mapa con sus “móviles-linterna”, uno buscando en googlemaps, hasta que llegó un quinto que reconoció inmediatamente el nombre del alojamiento. ¡Llegamos!

La visita al día siguiente fue conocer una ciudad bastante desarrollada con grumos del sudeste asiático más pobre; una mezcla de ciudad sucia con buenos restaurantes justo en la otra esquina. Empezamos por el Monumento a la Independencia, una stupa de estilo jemer que recuerda a los torreones de Angkor.

El Wat Phnom es el templo más alto de la ciudad; cuenta la leyenda que una mujer llamada Penh encontró cuatro estatuas de Buda en el río Mekong y decidió guardarlas en esta pagoda; Phnom significa “colina” y de ahí el nombre de esta ciudad camboyana (la colina de Penh) y de este templo.

Seguimos el paseo con el mercado central (Phsar Thmey), más atractivo por su fachada art decó que por su interior, al que supera en autenticidad el otro mercado, el ruso (Phsar Tuol Tom Pong), al que iríamos al día siguiente.

Acabamos con el Palacio Real, residencia de la familia real camboyana que alberga la Pagoda de Plata, cuyo suelo está formado por 5000 baldosas de plata, tapadas casi por completo por una alfombra para conservarlas, por lo que a pesar de su belleza, la plata prácticamente la ha de deducir uno conforme pisa… La tarde la reservamos a ponernos al día estudiando la historia de Camboya como aperitivo para poder entender mejor el Museo del Genocidio.

Segundo día en la capital y nos zambullimos en su pasado más turbio, su pesadilla reciente. Entre 1975 y 1979 los jemeres rojos, liderados por Pol Pot exterminaron entre dos y tres millones de  camboyanos. ¡Uno de cada cuatro! La razón para esta masacre era la sospecha de traición; cuando esta existía, que podía existir sólo por llevar gafas (“signo de los intelectuales”), encerraban a los sospechosos y a sus familias en cárceles para torturarlos y “sacarles” la confesión de que las acusaciones eran ciertas. Encerraban a la familia entera para evitar futuros intentos de venganza (uno de sus lemas era: “la mala hierba hay que arrancarla de raíz”). A pesar de que Pol Pot había sido profesor antes de la revolución, la educación era perseguida, y se prohibieron los centros educativos, convirtiendo muchos de ellos en cárceles. Uno de ellos fue Toul Sleng, o conocido también como S-21, un ex instituto de secundaria reconvertido ahora en Museo del Genocidio.

Cuando los jemeres rojos llegaron al poder, marcaron el Año Cero y expulsaron a la gente de las ciudades para mandarlas al campo. En nombre del Angkar (La Organización) había que destruir a todo opositor, pues querían conseguir una sociedad 100% comunista (otro de sus lemas era “Más vale matar a un inocente por error que salvar la vida de un traidor”).

Leyendo las diferentes posturas, incluidas las de soldados de las prisiones (que en realidad eran adolescentes reclutados), sorprende darse cuenta que cuando se diluye la responsabilidad, las personas son capaces de apoyar cualquier atrocidad, no sólo con su inmovilismo y conformismo, sino a veces con sus acciones (“yo sólo hacía las fotos a los prisioneros”, “yo sólo les interrogaba”, “no tenía elección, si no, me mataban a mí”…). No es fácil juzgar a las personas “intermediarias”, pues no deja de ser curioso reconocer cómo, aunque en menor medida, en el día a día mantenemos esa complicidad silenciosa con las medidas que toman nuestros gobiernos o con las injusticias y diferencias de las que somos testigos.

Acompañamos el Museo con la visita al Choeung Ek Memorial, a 15 km de la ciudad, un monumento erigido en uno de los tantos campos de exterminio que había esparcidos por todo el país. El número de víctimas ya es aterrador en sí, pero ver las calaveras encontradas organizadas en pisos y por edades, bebés incluidos, deja entrever la magnitud de la barbaridad que se cometió.

Resulta increíble que los jemeres rojos continuaran siendo reconocidos como gobierno legítimo por la comunidad internacional hasta 1991, pues el resquemor de la pérdida occidental en la Guerra de Vietnam llevó a que el gobierno genocida fuera visto con mejores ojos que los vietnamitas que les sucedieron.

Es lógico entonces que la cicatriz continúe supurando; la memoria no se deja vencer, sigue viva; tan viva que las tierras que sirvieron de fosas comunes, siguen vomitando recuerdos del horror y si uno mira el suelo aún pueden verse trozos de tela, dientes o huesos saliendo de su entierro, pidiendo a gritos que no se olvide lo que sucedió, que no se escondan ni se maquillen las llagas ni las heridas abiertas.

El Museo en este sentido, y en extensión Camboya, tiene las propiedades que distinguen a la flor de loto de otras plantas: aunque parezca sorprendente, sus semillas pueden germinar incluso después de tres siglos de hibernación y por improbable que parezca, su flor crece incluso en el lodo, donde otras no encuentran modo de enraizar. Toul Sleng es un ejemplo de cómo vengar la memoria: construir desde la destrucción; usar el hedor del pasado como abono para hacer florecer conciencias y pensamiento crítico; retomar la utilidad de la antigua escuela corrompida en prisión y volver a mostrar el camino hacia la libertad que durante tres años fue privada y perseguida en estos muros.

lunes, 15 de agosto de 2016

Sabaidee Lan Xang (Pakse-Meseta de Bolaven-Si Phan Don)

En Pakse chispea a las 7h. Cuando llegamos al centro (la Road 13) un francés se ofrece a ayudarnos. Le enseñamos el nombre del hostal que teníamos mirado y nos indica que estamos cerca. En la guest house nos atienden pronto, pero nos ofrecen una habitación diferente a la que previamente nos enseñan. Es bastante barata, por lo que acabamos quedándonos.

La ciudad es fácil de ver: está la carretera principal, a la que flanquean los restaurantes, las tiendas de alquiler de motos y las oficinas turísticas con los buses que parten a Camboya, Vietnam o hacia el norte; y hay dos templos: uno en reformas y el otro, rodeado de una especie de cementerio, con pequeños altares de diferentes colores.

Volviendo de la mini-ruta, nos acercamos al francés que nos ayudó al llegar, pues tiene una tienda de alquiler de motos junto con su mujer, que es laosiana. El día posterior queremos visitar la Meseta de Bolaven, una zona conocida por sus cascadas y su café (que dicen que es de los mejores del mundo), y la mejor forma de hacerlo y en un día es alquilando una moto; así que preguntamos precios. El resto del día estuvimos planificando los días siguientes y descansando. Parece que nuestra hospedadora hizo lo contrario esa noche, pues cuando fuimos a pedirle que nos cambiase de habitación (a la mañana siguiente) porque había cucarachas en el baño, nos recibió borracha y molesta por haberle hecho madrugar. Enseguida se acercó el marido para explicarnos sonriendo que habían venido unas amigas suyas de la capital y seguía un poco ebria. Por el mismo precio, la nueva habitación estaba mucho más apañada. Dejamos las cosas y salimos a por la moto.

El trayecto era sencillo, pues a las cuatro cataratas a las que podíamos acceder en un día se llega subiendo la carretera 13 desde Pakse, dirección a Paksong. Subiendo hacia la primera (Tad Pasuam) pudimos reconocer una de las principales factorías de café, a nuestra derecha, por el fuerte olor a café tostado con el que inundaba todo el aire respirable. 

Lo que más llamaba la atención de Tad Pasuam fue el camino hacia la cascada, pues por lo demás, no era nada destacable teniendo el recuerdo de la Tad Kuang Si. Junto a la casaca, un pueblo étnico sobrevive utilizando sus antiguas costumbres. Quizás porque era la hora del trabajo de campo, la mayoría de sus habitantes estaban desaparecidos en ese momento.

La Tad Yuang, por el contrario, con un salto de agua de 40 metros, sí que podía rivalizar con su compañera de Luang Prabang. El día había salido nublado pero no llegó a llover; ahora, acercarse a la base de la Tad Yuang, aun con chubasquero puesto, fue exponernos a la lluvia retenida por las nubes, pues la fuerza con que estampa el agua contra las rocas, propicia el cabreo y la rebelión de una parte considerable de agua que se niega a dejar el aire atrás.

No corrimos la misma suerte con las cataratas Tad Fan (que dicen que son las más espectaculares); la niebla cubría por completo el mirador a las dos cascadas que saltan 120 metros confluyendo abajo y sólo por momentos, un leve soplo de viento dejaba intuir la caída que no cesaba de sonar. Estuvimos media hora esperando pacientemente a que la niebla cediese, pero no fue posible; tuvimos que contentarnos con distinguir el blanco de las dos ramificaciones destacando sobre la niebla; sólo durante un minuto pudimos ver el verde selvático que las acompaña en la parte superior.

Siguiendo las indicaciones de la mujer del francés, dejamos las motos en el parking y andamos los 3 km que separan la Tad Fan de la Tad Champi, pues el camino es embarrado y nuestro control de la moto limitado. La Tad Champi es una versión mejorada de la Tad Pasuam, pero decidimos no disfrutar del merecido baño al comprobar cómo una sanguijuela había elegido un extranjero como huésped.

Volviendo hacia Pakse, tras inmortalizarnos en la moto con el disparador automático y despidiéndonos de ella, quiso que nos acordásemos de sus antepasados pinchando una rueda, a 9 km de la ciudad. Menos mal que encontramos pronto un taller entre los negocios que acompañaban a la carretera. Por 25000 kips la tuvimos reparada en menos de 10 minutos. Felices de nuestra fortuna, sentados ya en el restaurante, disfrutamos de una buena cena rematada con su café local.

Llegamos a Don Det a la mañana siguiente, una de las islas del archipiélago de Si Phan Don, también conocido como las “4000 islas” en el que sería nuestro último día completo en tierra laosiana; y como bienvenida, recién llegados, un perro decidió ponerse a marcar territorio en la mochila de mano que descansaba en el suelo mientras nos situábamos en el mapa para encontrar nuestro hostel.

La parte más visitada del archipiélago, y la habitada, comprende tres islas: Don Khong, Don Det y Don Khone. Disponíamos de un día, por lo que decidimos visitar más profundamente las dos últimas con una bici de alquiler. En Don Det (donde nos alojábamos) no había nada especial a parte de vistas y paisajes: extensas llanuras de arrozales encharcados, coronados por libélulas que planeaban sobre casitas de madera tipo bungalows.

Don Khone es la que atrae mayor número de visitas, entre otras cosas, gracias a sus cataratas Somphamit; una inundación continua, más que un salto de agua. Estando frente a ellas, con su color arcilloso, uno parece estar más frente a un cuadro en movimiento de tormentas y naufragios que frente a un paisaje real. Tenían algo de fantástico, que empezó a conectar con la realidad, a borbotones como el agua, cuando un grupo de chinos empezó a hacerse hueco para conseguir una foto de grupo.


Seguimos paseando, saboreando la parte isleña de Laos, la de los campesinos que siguen utilizando búfalos de agua para los arrozales, la de las mujeres recogiendo el arroz, la de los caminos de tierra y la de los niños que saludan contentos (Sabaidee!) al ver pasar a alguien. Acabamos diciendo adiós en una hamaca, meciéndonos frente al Mekong, viendo nuestro último atardecer en la antigua Lan Xang (la tierra del millón de elefantes).

sábado, 13 de agosto de 2016

La sonrisa escrita (Vientiane-Kong Lor-Tha Khaek)

El siguiente destino era Kong Lor; lugar al que había que llegar haciendo escala en Vientiane, actual capital de Laos. Cogimos un sleeping bus para matar el trayecto de diez horas que empezó prometiendo marcha: luces supersónicas de estilo prostíbulo, una mujer que se encerró en el baño 30 minutos ignorando los porrazos del encargado y un niño que entró obligado por su padre con el lloro al borde de la arcada. Afortunadamente, todo acabó calmándose.

Al amanecer, ya en la gran ciudad, teníamos que desplazarnos de nuevo a otra estación de buses, pues en Laos casi todas las ciudades tienen dos estaciones (como mínimo); una para las salidas hacia el norte y sus llegadas, y otra al sur con el mismo cometido pero dirigido, obviamente, al sur. Allí, tras tres horas de espera, cogimos el bus a Kong Lor.

Al hacer el trayecto por el día pudimos contemplar los verdes paisajes, que no cesan en este país; y casi a la llegada, los baches, que hacían tambalear al bus, propiciaban las expresivas risas de los nativos. La carretera se iba adentrando entre dos cordilleras hasta que consiguió enrocarnos, y los pueblos-aldea que iban pasando eran cada vez más básicos, más “Libro de la selva”. Y así nos sentíamos al llegar.

Habíamos leído que una de las experiencias más chulas de esta zona es alojarse en una homestay o casa de locales para poder vivir más de cerca el país. Así que cuando nos apeamos tras casi 20 horas de viajes en bus, desubicados por no saber cómo encontraríamos casa, empezamos a andar por el pueblo, preguntando en el inglés más gesticular y primigenio posible: “Homestay?”; los lugareños señalaban con sus dedos el camino; “Mowglis” sin taparrabos correteaban por los senderos embarrados; gallos y gallinas corrían a esconderse al paso de cualquiera, cruzando espantados; y mientras tanto, la tormenta acechaba.

Al fin nuestros pasos toparon con la mirada de un abuelito sonriente que desde su puesto de vigía nos hacía señas para subir. Si el conductor de Mae Salong entendía poco, este no entendía nada; eso sí, asentía y se reía continuamente; con lo que acabamos entrando en su juego y sonreíamos también.

A los diez minutos nos trajo un cesto con cuatro pulseras blancas; se sentó frente a nosotros y empezó una especie de ritual, que más tarde averiguaríamos que se llama bąasǐi. La ceremonia se hace para atar a los espíritus guardianes a las muñecas de los invitados; su nombre es traducido como “llamada del alma” y suele celebrarse para desear salud y un viaje seguro. Nuestro anfitrión empezó a recitar una oración mientras acariciaba nuestras muñecas con las pulseras y cuando nos las ató, abrió el cesto, que contenía kòw něeo (un arroz especialmente apelotonado para ser comido con la mano) esperando que empezásemos a comer. El abuelito nos miraba y sonreía.

La noche ya era cerrada a las 19:30h y el hombre nos hizo señas de que se iba a descansar; con la poca luz que había en el pueblo tampoco había muchas más posibilidades, así que nos unimos. A las 22h empezó a llover torrencialmente hasta las 6h; tanto, que daba la sensación de que la ducha de lluvia que parece exagerada en las películas, era completamente real y por lo que oíamos, ocurría en ese momento. Nada hacía sospechar que la mañana siguiente haría bueno y estaría despejado, pero así fue.

A las 6:30h nuestros cuerpos ya estaban descansados, desayunando y una hora después salíamos a visitar Tham Kong Lo, una cueva de 7km traspasada por un río por el que puede cruzarse a la otra parte de la montaña.

El verde de los campos, luminoso e inmaculado tras la limpieza a fondo nocturna, nos daba la bienvenida con su refrescante olor a recién regado; su color alfombraba la cordillera de montañas, una de las cuales, exhibicionista, deja sus entrañas a la vista de quien quiera cruzarla.

Llegamos tan pronto, que íbamos guiados por el camino a la entrada de la cueva por los barqueros que empezaban su jornada; laosianos que conocen a la perfección cada recoveco del ojo de la aguja que enhebran de turistas, día a día, con sus barcas.

Nos adentramos con una italiana que viajaba sola y con la que volveríamos a coincidir en Pakse; las linternas iluminaban las paredes de la garganta, abierta incansablemente en un “aaah” cuya voz era la corriente del río. La cueva escondía las agallas, pudorosa, con su oscuridad, y sólo las luces podían explorar las dimensiones de catedral subterránea de las que podía presumir.

A la ida, la barcaza paró en un islote para apearnos a descubrir en tierra firme los órganos creados con caliza y tesón. Columnas de estalactitas y estalagmitas construidas gota a gota; un paisaje sobrecargado de gotelé en el techo; velas y cirios ya desgastados y petrificados como exposición.

La vuelta fue más movida; quizás porque al barquero le costó más readaptarse a la oscuridad tras salir a la luz exterior, quizás porque la corriente del río iba ahora a nuestro favor y la velocidad de la barca era mayor; el caso es que hubo un momento en que tras chocarnos con una de las paredes, nos acercábamos peligrosa y rápidamente al hueco que había entre un tronco clavado verticalmente con la pared derecha; había calculado mal la ruta y nos preparó con un “oh oooh…” para lo peor. Afortunadamente, como en las películas de acción cuando un coche utiliza sus dos ruedas laterales para salvar el obstáculo, la barca se ladeó lo suficiente como para pasar sin volcar y sin tirarnos. Los cuatro empezamos a reír mientras reencontraba la ruta y sólo quedó por pagar el precio del chaparrón que producía pasar por debajo de las venas abiertas de ríos subterráneos y acuíferos que vierten su lluvia vertical sobre el río de la cueva.

Una vez en tierra exterior, en la orilla opuesta a la salida, solo quedaba remar; pero en algún momento el barquero había perdido su remo. Su primer intento de remedio fue probar utilizando sus dos chanclas, lo cual, por supuesto, no tuvo éxito; la segunda fue probar un pedazo de bambú seco que partió para la ocasión y que se rompió a la primera remada, desatando la risa del barquero; al tercer intento, justo a tiempo para que no probase con un palo, un compañero le prestó su remo. Se despidió de nosotros riendo y rehicimos el camino a la homestay para despedirnos del abuelito antes de salir empalmando tuk-tuks hasta Tha Khaek desde donde salían los buses a Pakse.


En Tha Khaek teníamos cinco horas de espera para poder coger el sleeping bus a Pakse y evitarnos aparecer allí a las 3 de la mañana. Para que no fuese interminable decidimos acercarnos al pueblo a cenar algo, aunque la guía marcase que estaba a 3km, pues normalmente, de camino, siempre hay algún puestecito de comida callejera. Pero en esta ciudad no cayó esa breva. Empezaba a anochecer y estábamos en una carretera rodeada de garajes para camiones y perros ladrando. Tras tres cuartos de hora con las mochilas a cuestas, apareció un restaurante de paso; no esperamos ni a comprobar el menú. Absolutamente nadie hablaba un mínimo de inglés, así que volvimos a los gestos. Nos enseñaron un cesto de kòw něeo, asentimos; nos señalaron un plato de verduras en una imagen de google desde el móvil, tenía buena pinta, volvimos a asentir; y para beber, una Beerlao, que eso se entiende.

La comida estaba buenísima (especialmente las verduras), pero estaba tan repleta de guindillas que parecía un plato de guindillas con verduras en salsa de soja. Al acabar les preguntamos si podían llamarnos a un tuk-tuk porque ya era noche cerrada y el camino por carretera estaba inundado de camiones. Menos mal que algunos gestos son universales… Eso sí, la mujer seguía hablando en laosiano como si le entendiésemos y ella sonreía, toda feliz.

Una vez en el tuk-tuk, a punto de dejar atrás Tha Khaek, descubrimos cómo usar las luces de posición cuando tu moto no dispone de ellas: pide a un compañero que suba y que aguante la linterna por ti.

Y es que a veces nos complicamos mucho. Viajando uno entiende que para comunicarse sólo son necesarias cuatro cosas. Las tres primeras se aprenden y son universales aunque cambie el envoltorio: se aprende a saludar, a despedirse y a dar las gracias. La cuarta es lo que quizás trataba de atarnos nuestro anfitrión la primera noche; se lleva escrita en el alma y es la sonrisa, que aquí de eso son ricos.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Las huellas de Buda (Chiang Khong-Huay Xai-Río Mekong-Luang Prabang)

Con sólo el Mekong como frontera para acceder a Laos, madrugamos con el propósito de pasar cuanto antes los controles fronterizos, pues el slow boat desde Huay Xai (Laos) sale a las 11:30h. La culturista del restaurante nos había dicho que la oficina de inmigración tailandesa estaba cerca, y eso decía la guía. Nos pusimos los chubasqueros y las mochilas y empezamos a andar con la lluvia de incordio. 20 minutos más tarde nos decían en la oficina de inmigración que el nuevo puesto fronterizo se encontraba a 10 km en la dirección opuesta. Al segundo, un tuk-tukero se ofrecía a llevarnos por 200 bahts cada uno. Nos negamos en rotundo y cuando girábamos sobre nuestros pasos, aceptó los 50 por persona que le proponíamos.

Una vez en la nueva frontera, instalada tras la construcción de un “puente de la amistad”, uno de los funcionarios (primer paso para salir de Tailandia) se ofrecía a cambiarnos 2800 bahts por 70 dólares para pagar el visado, diciendo que en bahts nos pedirían 3000. Como a menudo, en los viajes has de tomar decisiones sin barajar la información completa. ¿Fiarse de que dice la verdad o saldremos perdiendo? Y en estos momentos debes decidir, pues los datos de la guía son limitados. Esta vez preferimos no aceptar el cambio. Con un pie fuera de Tailandia y en tierra de nadie hasta cruzar Laos, otra funcionaria nos hizo una nueva oferta que creíamos mejor: nos cambiaba 2340 bahts por 60 dólares, pues según decía, el visado era 30 cada uno.

Llegados al paso con Laos, el visado resultó ser 70 los dos y el tipo de cambio peor que el que nos proponían; resumen: hubiéramos salido ganado con el primero. Es lo que hay…

10h de la mañana. Estamos a unos cuantos kilómetros del muelle del que parten los slow boats pero el tuk-tuk nos pide 150000 kips a cada uno (unos 17 euros) por salir ya; eso o esperar a que se llene y pagar sólo 20000 cada uno (unos 2 euros). ¿Perder dinero y asegurarse llegar al bote o arriesgarse y esperar? Esta vez decidimos arriesgar. Pasaban muchísimos mochileros, pero todos tenían contratado el “bus turístic laosiano” que les llevaba directos al muelle. ¿Nos habíamos equivocado de decisión? Y en el último momento, 11h de la mañana, a punto de claudicar, aparecieron tres jóvenes que viajaban de forma independiente y querían coger el mismo barco.

A cinco minutos de que zarpase el slow boat, conseguimos comprar los billetes, dos bocatas y una Beerlao para el trayecto, que nos llevaría durante seis horas por el río Mekong, entre Laos y Tailandia hasta Pak Beng, camino de Luang Prabang.

Estábamos en el barco, sí, que era lo importante, pero llegados a la escala nos dijimos que a la mañana siguiente debíamos madrugar para conseguir mejores lugares desde los que poder disfrutar de las vistas y de las ocho horas que quedarían de navegación; pero por lo visto, 30 minutos antes no eran suficiente, pues el barco estaba ya casi lleno el día de después. Por suerte conseguimos dos lugares aceptables.

Las siguientes horas entre los turistas: libros de lectura para la espera y cabezas buscando el viento que regala la navegación. En el paisaje: troncos altísimos e irregulares, con bruma en sus copas; bosque frondoso, lleno de verdes oscuros, fosforescentes y hasta amarillos; árboles que no crecen paralelos sino casi en abanico, disputándose una vista privilegiada a la serpiente embarrada; ramas que crecen hacia abajo a modo sauce llorón y a ratos, calvos de la carne arcillosa de la tierra; bosque virgen. Cada cierto tiempo, una cabaña, una canoa. Hasta que el caudal empezó a ensancharse y llegamos a la antigua capital de Laos. Allí cenamos con vistas a la puesta de sol desde el río que nos había servido de carretera durante dos días. Al día siguiente el despertador sonaría a las 4:50h; era hora de descansar.

A las 5:30h, minutos antes de amanecer, las calles cercanas a los templos se llenan de un río muy diferente; filas de color anaranjado fosforescente: son los monjes, que en silencio hacen su procesión recopilando en sus cestas las ofrendas de los fieles; los cuales les esperan dispuestos en la calle con un cesto del que van sacando su limosna a repartir entre la hilera de monjes descalzos que pasan delante de ellos. “Tak Bat” es el nombre de esta ceremonia diaria, que va perdiendo su belleza con el inapropiado comportamiento de algunos turistas que acercan los objetivos de sus cámaras a la cara de los monjes, cegándolos con sus flashes. La calle desde que lo contemplamos estaba serena, por suerte; sólo paseando más allá podía verse este tipo de conducta.

Aprovechando la hora, nos acercamos al mercado matutino, desde el que no sólo se venden frutas, verduras y especies, sino también ranas, larvas de gusano, ratas asadas y jaulas de pájaros que utilizan en las ofrendas.


Tras una breve pausa en el hostal haciendo tiempo a que los templos abriesen, subimos al monte Phu Si, punto más alto desde donde se puede contemplar toda la ciudad.

Luang Prabang aún conserva reminiscencias de su pasado colonial francés; una de las más celebradas, además de la arquitectura, es la existencia de pan y bocadillos por las calles. Los templos también son diferentes con respecto a los tailandeses: son más sencillos en su decoración y más auténticos, pues muchos no están restaurados.

Bajando hacia los templos del sur, que no parecían tener nada de especial, fuimos atraídos por un cántico; y entrando en el Wat Aham nos encontramos con un grupo de monjes rezando al unísono sus oraciones. Nos sentamos detrás de ellos para que nuestras mentes se dejasen llevar por sus melodías. Saliendo renovados, acabamos el día paseando por el mercado nocturno.

A las 7:30 de la mañana del día siguiente, estábamos esperando un tuk tuk que habíamos negociado el día anterior por 40000 kips cada uno, para llevarnos a las cataratas Kuang Si. Cuando llegó, la oferta seguía en pie a pesar de nuestras dudas, pero insistía en ponerse el dedo en la boca indicándonos que era un secreto entre nosotros, pues a los siguientes que viniesen les pediría un precio mayor.

La parte positiva de madrugar es que te adelantas a los grandes grupos de turistas. Al entrar en el parque, nos recibía un centro de rescate de osos tibetanos que son confiscados a cazadores furtivos para mantenerlos allí en cautiverio a salvo de depredadores bípedos. Llegamos a la hora en que les dan de comer, por lo que parecían dar la bienvenida mostrando sus habilidades para encontrar la comida donde se la habían escondido.

Las Tat Kuang Si, unas cataratas de 50 metros de altura, recuerdan a uno la espectacularidad de la naturaleza y la pequeñez del hombre. Pudimos disfrutar de los interminables saltos casi en solitario y las ascendimos y descendimos rodeándolas, comprobando la fuerza del agua que, en estación de lluvias, inunda los caminos para acceder a lo más alto.

Una escalera para llegar era invadida por un torrente que escapaba al caudal central. Pasar por allí notando la fuerza sumativa de las libertades de lo que fueron gotas separadas, no sólo era refrescante sino un aliento natural a seguir subiendo sin saber si podríamos colonizar la cima. Cuando nuestro sudor ya era parte del río que saltaba al vacío desde arriba, descendimos por una cuesta embarrada para comprobar como los que ahora habían colonizado la base, eran los otros turistas.

Nos quedaban unas horas en la ciudad y Shu, el recepcionista del hostal, se ofreció a llevarme en moto hasta la estación, mientras Violeta esperaba, para comprar los billetes del sleeping bus que salía a las 20:30. Gracias a eso, el resto del tiempo pudimos aprovecharlo para ver lo último que nos quedaba de la ciudad: la “huella” de Buda, una huella en la roca del tamaño de una persona tumbada.

Pero la verdadera huella está en la entrada, con los monjes que esperan la llegada del turista para poder conversar y practicar su inglés. Estuvimos charrando con ellos un rato, con vistas al Mekong y descubriendo que quizás no haya tantas cosas que nos unen, pero seguro que son más profundas e importantes que las que nos separan: el deseo de aprender, de conectar, de viajar… en definitiva, de salir de uno mismo y descubrir lo que espera fuera.