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domingo, 3 de septiembre de 2017

Zàijiàn (Beijing)

Conforme el tren llegaba a la estación de Beijing, recogíamos las alas y volvíamos a la realidad, ebrios de lectura.
La capital nos volvía a dar la bienvenida una vez más bajo un cielo plomizo. Nos costó encontrar el hotel, que de nuevo se camuflaba tras un cartel escrito únicamente en chino; depositamos las mochilas y nos lanzamos a la calle para visitar la ciudad. Decidimos recordar el pasado, y comenzamos en el museo de arte Poly, que tiene una colección de objetos de bronce de la época Shang, unas estatuas de buda, y cuatro cabezas de animales del zodiaco chino que por lo visto fueron robados del Palacio de verano en uno de sus saqueos.

Buscando un pasado que pudiéramos recordar, nos fuimos a la villa Olímpica. La amplia plaza que accede al centro acuático nacional (más conocido como el cubo de agua) y al estadio olímpico (apodado el nido), entre otros, estaba llena de gente que recordaba aquel verano en que fue el epicentro del mundo y escenario de grandes epopeyas y récords.

Entramos en el Nido y tomamos asientos con el estadio vacío, intentando escuchar mientras rebobinábamos en el tiempo, los gritos de emoción que seguramente harían temblar las butacas. Subimos arriba y recorrimos el techo, gozando así de panorámicas de la villa olímpica y vista de pájaro del propio Nido.

Acabamos la tarde volviendo sobre nuestros pasos, (al igual que haríamos el último día) para pasear de nuevo por Nanluoguxiang que se negaba a cerrar sus tiendas, con la noche ya instalada.
El segundo día amaneció lluvioso y como en principio íbamos al Palacio de Verano, pero no queríamos confundirlo con el de invierno, dedicamos la jornada a hacer compras. O al menos intentarlo.
Antes de ello, buscamos un lugar para ver el combate de boxeo que algunos calificaban como la pelea del siglo. El bar que encontramos, abarrotado de extranjeros, se mojaba bajo una lluvia que tampoco quería perderse el evento. Que, aunque curioso, no dejó de ser un experimento con final previsto, que movió mucho dinero.
Las compras, también fueron pasadas por agua; no porque fueran al aire libre, sino porque los precios que nos decían antes de venir a China, eran cosa del pasado. Decidimos olvidarnos del poco productivo día con un delicioso pato pekinés.
Tras lo que podría definirse como una siesta, volvimos a las calles, para visitar la Gran muralla antes que las hordas de turistas la conquistaran.

Los datos alrededor de la muralla no son exactos, pues se comenzó a construir en el silo III A.C y se acabó en el silo XVII. Tiene una longitud de más de 8.000 km y posiblemente sea la construcción humana en la que han trabajado un mayor número de personas, ya que se contabilizan más de 800.000 trabajadores.


Como es de entender, un monumento de estas proporciones no se visita desde un único lugar. Nuestra elección fue Mutianyu que al tener un acceso más complicado que otras secciones, también tiene menos afluencia de visitantes.


Llegamos sobre las 8 de la mañana y pudimos disfrutar recorriéndola con muy poca gente. 
La muralla en sí es impresionante pero lo que realmente cautiva a uno es pensar en sus desorbitantes cifras, en la magnitud del proyecto, y obviamente apoyarse en estos cálculos mientras se ve como la muralla se alarga y zigzaguea sin temor a ser superada por las montañas.

Pasamos la mañana y parte de la tarde explorándola, viendo tramos totalmente reconstruidos y pasando por otros, casi abandonados, donde las plantas habían conquistado el terreno.



Dejamos atrás esta maravilla, votada como una de las siete maravillas del mundo contemporáneo. Y para ello, bajamos de la manera más curiosa: en tobogán. Y es que aprovechando la gran cantidad de turistas que la visitan, a alguien se le ocurrió, la genial idea de construir un tobogán, que parece interminable, y baja la montaña. Subidos pues, en una especie de trineo, dábamos la espalda a este enorme dragón de piedra, orgullo nacional que surca las montañas, sin temor al paso del tiempo ni al temporal. Serpenteando de las maneras más imposibles, y alejándose en la distancia, sumergiéndose en el horizonte.


Nuestro último día lo pasamos en el Palacio de verano, construido por Qianlong como refugio y escapatoria del caluroso verano en la ciudad Prohibida. Esta extensión de colinas y edificios, esta abrazada por el lago Kunming y recuerda a los paisajes idílicos chinos con sus imponentes lotos y sauces llorones que cubren parte de sus 290 hectáreas.

Ultimamos compras, y paseos de a contrarreloj antes de dirigirnos hacia el aeropuerto en el metro, nuestro último tren. Pasamos por la Railway Station, apoderados por una dosis de melancolía recordando flashes del viaje: las esperas en la estación, las interminables horas que sumábamos al contador en los diferentes transportes, los días raros, las dificultades de comunicación, el difícil reto de descifrar día a día y bajo nuestra atenta mirada, el comportamiento de los chinos (los escándalos que montan al teléfono, lo nerviosos que se ponen cuando tienen que pasar por una puerta y sus empujones, las coladas que se meten en todos lados, los escupitajos sin tapujos)… y todas las aventuras, que habíamos ido cargando a la mochila y nos pesaba facturar. Ya en el aeropuerto, nuestros labios sellados, pronunciaban en silencio y por última vez Zaijian (que en mandarín significa hasta la próxima).


lunes, 28 de agosto de 2017

Regreso al futuro (Shanghai-Suzhou)

Entrábamos a Shanghai con el traqueteo del tren y el tamborileo de la lluvia percutiendo sobre el vagón. El reloj de arena ya había comenzado la cuenta atrás para volver a España y teníamos menos de 48 horas en la ciudad, así que tras instalarnos en el hostel, nos fuimos directos al Bund a disfrutar bajo un cielo sorprendentemente despejado para haber llovido. 

Pasear por el Bund es burlarse del tiempo. En el oeste están los edificios antiguos, de las épocas coloniales, que seguro vivieron tiempos mejores.Al Este sin embargo, al otro lado del río se alza el futuro imponente y prometedor, con los rascacielos del distrito de Pudong. 

La Oriental Pearl Tower reclamando protagonismo con sus llamativos colores entre morados y rosas metálicos. La Shanghai Tower sacando el cuello entre todos los edificios con sus 632 metros de altura y el World Financial Center con 492 metros pero presumiendo de tener la medalla  de plata como la más alta de la ciudad y la de bronce en el mirador más alto del mundo.

Hicimos este viaje en el tiempo, sintiéndonos en medio de un bucle temporal que no sólo nos transportaba del futuro al pasado, sino de occidente a oriente en una mezcla perfecta y con alma propia. Al contrario que Hong Kong, Shanghai alardeaba de un pasado colonial que se palpaba en varios edificios.
Llegamos tarde al museo (a las 16:00 es la última entrada al edificio) así que decidimos regresar al futuro pasando por el turístico túnel que va bajo el río. Esta atracción que más bien parecía el tren de la bruja sicodélico, no merecía la pena, más que para ejercitar los músculos faciales, subir las cejas y mirar a otro lado. No se acercaba ni de lejos al Delorean de McFly.

Salíamos del túnel con el sol ya descansando y las luces de los edificios gritando a voces que admiraras su belleza, recordando que las fotos son gratis. 
Para llegar al Shanghai World Trade Center nos paseamos un poco, caminando entre los edificios por una calle peatonal que se alzaba sobre el tráfico para facilitar la vida tanto a los peatones como a los vehículos.
El ascensor futurista del SWTC, que juega con las luces, para dar un aspecto más cool, sube los 480 metros en un minuto aproximadamente. A continuación se coge otro ascensor hasta el piso 100 a 474 metros. 






Ante nosotros, yacía la ciudad, animada a pesar de la noche y entre nosotros jugaban las nubes, que sin embargo, eran más benevolentes que en Huangshan.
Cosas del destino, el edificio celebraba los 30 años de “Dónde está Wally” y el edificio acogía una exhibición. Pudimos buscarlo entre la gente desde lo alto, y con su ayuda.








Bajaríamos a tierra al día siguiente y volveríamos al pasado, al visitar los parques Ming de Yuyuan, que se hallan rodeados por unas calles estrechas que parecen sacadas de una película china de época.




Si bien es cierto que la cantidad de turistas, dificulta la tranquilidad de estos jardines, sus diferentes zonas, con fuentes, piedras decorativas que parecen volcánicas en su diseño, y puentes zigzagueantes para evitarlos malos espíritus, mantiene intacta su belleza con el paso de los años.



Comimos por los bazares y nos paseamos un rato, escuchando el lejano eco del murmullo de mercaderes, el relinche de caballos, y el tintineo de las armaduras del ejercito Ming que guardaba el viento para quien estuviera atento a mirar hacia atrás.
Cerramos la visita, en el Museo de Shanghai, lleno de cerámica, bronces, monedas, sellos, pinturas... A pesar de ser interesante, cierra tan pronto, que sólo pudimos hacernos una idea general para acabar este Regreso al Pasado.




Suzhou es una ciudad a una horita de Shanghai, así que hicimos noche para verla al día siguiente, antes de volver a Beijing. Es conocida como la Venecia china, pero si algún día lo fue, ha perdido su encanto. No es una ciudad fea ni mucho menos, pero como algunos edificios del Bund, parece haber vivido tiempos mejores. 

Su mayor atractivo son sus parques. por lo que comenzamos por uno de ellos: El parque del administrador humilde. Del mismo estilo que Yuyuan pero más masificados, amplios y en nuestro caso soleado. aunque no se puede negar su belleza, no nos gustó tanto como el de Shanghai.

Nos refrescamos en el museo y nos lanzamos a la calle en busca de esos aires venecianos, entre canales. Quizás fue el calor, quizás las aguas de color chocolate o quizás la ciudad había envejecido y con ella su encanto. Sea como fuere, parecía haber perdido el alma de lo que fue.


El calor bochornoso hacía difícil la visita y ni las Pagodas gemelas de estilo hindú, consiguieron levantarnos el ánimo, que se había secado al sol, por lo que dejamos para el último día el tesoro de Suzhou.



No es lo más conocido, ni lo más turístico, pero quizás por ello, Pan Men Park nos robó el corazón. Fuimos ya con las mochilas, para acudir directamente a la estación en el que sería nuestro último viaje sleeper. Los turistas escaseaban y aunque el sol volvía a pegar fuerte, las pagodas, el lago y sentir la paz de la tranquilidad, nos embelesó y fuimos a la estación, encantados de haber pasado por Suzhou. 
El último tren nos llevaba de vuelta a Beijing y de camino aprovechamos para viajar nosotros también con nuestros eBooks.
     


sábado, 26 de agosto de 2017

La reina blanca y las montañas amarillas (Tangkou-Huangshan)

Dejábamos en pausa la última entrada mientras preparábamos las mochilas para la ascensión al Huangshan, así que démosle al Play y continuemos con la narración:
El hostel nos proveía de tienda de campaña, mochila y sacos de dormir. Vamos, que no había excusa para subir la montaña, así que paseamos por el pueblecito, que se adhería a lo largo de la carretera cuál sanguijuela, hicimos las debidas compras de provisiones y fuimos a descansar.
Empezamos el día pronto, para no sufrir el martilleo del sol de mediodía. Ilusos nosotros. Nos tocó hacer cola cómo no, y enlatarnos en un bus que nos dejaba a los pies de Huangshan, cuya traducción sería montañas amarillas. Aún no teníamos las entradas en la mano y ya estaba lloviendo. Una marea amarilla de chubasqueros inundaba las colas, y pintaría de color las montañas. No sé si la elección del color del chubasquero era casualidad, pero no lo parecía.
Comenzamos la ascensión a buen ritmo y parando poquito con la lluvia yendo y viniendo (al menos nos resguardaba del calor). Cuando parecía que la montaña se deshacía de los árboles que la cubrían, llegó la reina del lugar, la reina blanca. En Huangshan la niebla cubre las montañas dos de cada tres días. Llegamos a la cima en poco más de dos horas y nos acercamos en vano a los diferentes miradores. Lo único que alcanzábamos a ver era la espesa niebla. Empezó a cogerse la lluvia y estábamos sin lugar donde plantar la tienda, así que empapados, nos cobijamos en un hotel a dejar que amainara el temporal.
Dejó de llover pero la opaca niebla se había instalado y amenazaba con no irse, así que continuamos la búsqueda de un lugar donde dormir. Cuando la desesperación empezaba a tocarnos la espalda de manera insistente, vimos el sitio perfecto para acampar: Apartados de todo y en una zona de césped, resguardada de las miradas por unos muros de árboles. Montamos y nos metimos en nuestra cueva para entrar en calor.

Después de comer fuimos a dar una vuelta, un poco desesperanzados por la presencia omnipotente de la reina blanca y al rato de caminar, surgió la magia; como con una sonrisa pilla, la niebla muy despacito se fue alejando, destapando un paisaje alucinante de montañas que parecían pintadas en blanco y negro y perfiladas por la niebla que oscurecía las cordilleras dándoles profundidad con carboncillo.

La nota de color la daban riscos que recordaban a los de Zhangjiajie pero que los superaban en belleza a nuestros ojos. La golden hour, los teñía de un tono dorado, majestuosos y de una presencia irreal a la vista. 


Vimos atardecer mirando a las montañas. Disfrutando de la vista que se nos regalaba y agradeciendo a la niebla, no sólo por haberse ido de paseo sino por habernos permitido llenar la brevedad de la visibilidad, con la intensidad de lo que se sabe que es fugaz y caduco.

Amanecimos antes que el sol y subimos 200 metros de desnivel para coger sitio en el espectáculo del amanecer.
Por si alguien tenía todavía alguna duda, toda la montaña se sube y se baja con escaleras. Así que escaleras arriba en procesión, íbamos subiendo en busca del sol. 
Al llegar al mirador se nos cayó el alma a los pies: Parecía un centro comercial y no quedaba sitio ni en segunda fila. Nos apartamos un poco y conseguimos sitio en segundo plano. Todos mirábamos expectantes al horizonte viendo las montañas dormitando arropadas por una sábana de nubes, cuando volvió ella; la reina del lugar a fastidiarlo, o eso parecía, porque se alejó justo en el momento oportuno. Algunos habían perdido la fe y conseguíamos acercarnos al palco. 

Entonces un punto como una chispa, asomó tras el velo de niebla y el ambiente se lleno de gritos de asombro tan exagerados que más bien parecía un burdel en la happy hour. La niebla como si fuera un telón, se había ido descorriendo y ya dejaba ver el espectáculo al completo. Gratis y en primera fila, nos quedamos hasta los créditos.
Al acabar, recogimos la tienda y no pusimos en camino. El inicio del descenso estaba más lleno de gente, pues un teleférico lleva a los perezosos casi a la cima, pero conforme bajábamos tímidamente parecía descender el número de visitantes.

Tomamos el camino largo para subir al Celestial Capital Peak a 1864 metros. Era tan escarpado que más de uno lo subía a gatas. En la cima, los chinos se hacían fotos en el cartel que prometía las mejores vistas de toda la montaña. De nuevo, el blanco impoluto lo cubría todo.
Bajamos junto con una familia, paso a paso, pues el camino se estrechaba y se transformaba a tramos, casi en un camino de espeleólogos.
Tras cinco horas de bajada, con las piernas quejándose a voz en grito, descansábamos nuestros machacados cuerpos en el bus que nos llevaba a Tangkou, donde el resto del día lo pasaríamos recuperándonos hasta la tarde noche, que cogeríamos un tren con destino a Shanghai.

Atrás quedaban las montañas amarillas todavía tristes por vivir en una prisión blanca casi a diario, con sus lágrimas decolorando las cimas, como si de una acuarela mojada se tratase. La reina blanca había estado presente más de lo que nos hubiera gustado, pero había dotado de momentos mágicos, los breves espacios de tiempo en que se desnudaba y las montañas amarillas se incendiaba en colores.  

miércoles, 23 de agosto de 2017

Telenovelas y pinturas chinas (Zhangjiajie-Tangkou)

"Arriba está el cielo, pero en la tierra están Hanzhou y Suzhou" Refrán chino 

Dejar la ciudad de Zhangjiajie, aunque no lo supiéramos, supondría volver a vivir uno de esos días raros.
De buena mañana íbamos a la estación para comprar billetes con destino Hangzhou. Nos confiamos y en taquilla pronunciamos el nombre. El precio tan bajo que nos dijeron nos hizo sospechar que la comunicación no había sido ni fluida, ni acertada; así que volvimos a taquilla con el nombre escrito en chino. Efectivamente nuestra pronunciación todavía deja mucho que desear.
Por delante nos quedaban unas 20 horas de viaje, así que hicimos tiempo hasta la hora indicada. Cuando entramos en la estación en busca del bus (algo sencillo, si enseñas el billete), un hombre nos indicó que le siguiéramos y nos llevó a la calle, donde esperaba el bus con el motor encendido y casi lleno. Por los pelos.
El ambiente del bus es casi más caótico que el del tren. La gente escoge el asiento que le apetece aunque estén numerados, escupe en el suelo, tira las pipas a la basura pero siempre falla, ponen los pies en el asiento... Realmente todo esto lo hacen en el tren, pero quizás más comedidos por estar vigilados por el revisor. Cuando el de detrás nuestro se puso a fumar tan tranquilamente, alucinamos.
Estábamos cansados y pasamos el día entre lecturas y cabezadas. Entrada la noche el bus hizo una de sus paradas para hacer pis y/o comer, o eso creíamos, ya que cuando muertos de calor y sin encontrar la postura nos despertamos, vimos cómo faltaba la mitad de los pasajeros.

Con los pies hinchados como globos, decidimos ver qué ocurría. Nos encontrábamos en medio de la nada en una caseta llena de gente viendo una especie de novela. Imaginamos que era una parada para que el conductor descansara, así que decidimos unirnos a los chinos y ver la telenovela para matar el sueño.Volvimos al bus al amanecer y caímos roques.
En teoría aún quedaban 5 horas de viaje, cuando un hombre nos indicó que bajáramos. Estábamos en medio de la carretera, y había un chico joven con coche al que pagaron. Subimos cuatro personas detrás un poco apretujados, y recorrimos los últimos kilómetros a Hangzhou.

Ese día hicimos poco más que asomarnos al lago, ya que entre el agotamiento y la lluvia torrencial que se abalanzó sobre nosotros al empezar la visita, vimos que lo mejor era descansar y planear las siguientes etapas. Eso sí, salimos a cenar a una cadena de restaurantes locales, llamada Grandma’s kitchen que tiene a precio bajo una cocina deliciosa, incluyendo obviamente, las rarezas nacionales. Para tener mesa hay que esperar cogiendo turno poniendo el móvil. Como no tenemos móvil chino, nos plantamos delante de la recepcionista y al poco tiempo nos dio mesa.

A la mañana siguiente descansados, nos pusimos a patear la ciudad. Hangzhou es conocida por el West Lake, un lago de 8km² que la convierte en el paisaje que todo chino asocia en su mente con lo idílico, el cielo en la tierra.
Las flores de loto flotan tranquilamente, todas juntas para no perderse en la inmensidad del lago; los barquitos y barcas lo cruzaban, tranquilas pero seguras de lo que se hacen; los sauces llorones refrescan su cabellera en el agua y las montañas se alzan como telón de fondo. Una pintura china salido del lienzo y anclada en la realidad.
Viendo el calor que nos azotaba la cara y ponía a trabajar nuestras glándulas sudoríparas, envidiábamos a los sauces.

Entramos en el templo budista de Jingci, un oasis de tranquilidad en medio del bullicio turístico, ya que Hangzhou está entre los destinos chinos más populares y atrae a ingentes cantidades de visitantes que rivalizan con el loto por poblar el lago.
Nos pasamos el día paseando por la orilla del lago a excepción de una incursión fallida en busca de cualquier lugar refrescante que nos evitara comer sin acabar cocidos.

Cenamos de nuevo en el Grandma’s kitchen pero esta vez estaba lleno de gente y calculamos una espera de una hora. Pusimos un número chino al azar, por si acaso y haciéndonos los tontos, repetimos la acción del otro día, esperando pacientemente. La que daba las mesas (que era una mujer distinta), imaginó que no sabríamos o no podríamos coger número y nos coló a los 15 minutos de espera. Nos pegamos un banquete de ánguila, tofu picante, loto con miel y vieiras entre otros.

Dejar atrás Hangzhou para ir a Huangshan obviamente no iba a estar exento de desventuras, aunque esta vez no fuera por culpa de nuestra mala pronunciación. Google nos indicaba en el mapa, no sólo la estación del oeste, sino qué bus coger, dónde hacerlo y dónde bajar. Allá que fuimos confiando en “El que todo lo sabe” hasta que perdimos la fe tras dar una vuelta a la manzana y no encontrar nada parecido a una estación. Preguntamos a la gente, pero ninguno parecía entender nuestras preguntas. Desesperados, desayunamos, pensando que al final nos tocaría tirar de taxi aunque fuese más caro. Afortunadamente aprender ciertas palabras en el idioma del país es una ventaja, y con el estómago lleno, buscamos en una parada de bus la unión de palabras oeste, bus y estación y…¡Bingo!
Compramos billetes y esperamos la salida del bus.
Un trayecto de cinco horas, hoy por hoy, se nos pasa volando y llegar a Tangkou fue sencillo; pero Google nos tenía otra preparada con la ubicación del hostel.
La mujer del bus nos había preguntado dónde dormíamos y al bajar en Tangkou, viendo la dirección que tomábamos nos insistía en ir en el sentido contrario. Como no nos entendíamos muy bien y pensábamos que nos indicaba un restaurante, hicimos caso omiso. Al ver esto, la mujer me pegó en el brazo como una madre que te quiere remarcar que no seas cabezón, y volvió a marcar el sentido contrario. Al fin le hicimos caso. Buena elección.
Aún así, llegamos al hostel de pura suerte, pues entramos a preguntar por la dirección, ya que el nombre del lugar estaba en chino únicamente.

Ya instalados pasamos el día haciendo los preparativos para subir a la montaña al día siguiente. Pero eso amigos es otra historia...

sábado, 19 de agosto de 2017

Stairway to heaven (Shenzhen-Zhangjiajie)

Dicen que para llegar al cielo hay que pasar por el infierno. No afirmaré que experimentamos tremenda hipérbole, sin embargo sí que puedo asegurar que la vuelta al hard seat fue muy dura (nunca mejor dicho). Esta vez teníamos sitio asegurado, pero el problema es el dolor del culo, de tortícolis al día siguiente y sobre todo sufrir los individualismos de algunos chinos que deciden hablar levantado la voz o poner la música en el móvil para compartirla con el vagón de madrugada, cuando menos te lo esperas.
Pasamos la noche entre cabezadas y dos trenes para llegar a Zhangjiajie desde Shenzhen.
Esta ciudad de difícil acceso tiene cerca la zona paisajística de Wulingyuan, declarada patrimonio mundial por la UNESCO. A este increíble lugar se accede por el Parque Nacional de Zhangjiajie a unos 30 km de la ciudad.
Llegamos agotados como se podrá entender y descansamos hasta la comida, que al ser de calle resultó extremadamente barata, a la par que buena. Como no daba tiempo a ir al Parque Nacional fuimos a Tianshan, una montaña que no estaba en nuestras guías y ¡qué gran acierto!

Un bus nos subió a las puertas de la imponente montaña. De camino puso a prueba nuestra capacidad de aguantar el mareo, mientras subía temerario por una carretera que serpenteaba como si de una anaconda reptando se tratase.
Tras el viajecito y con la cabeza dándonos vueltas todavía, pensamos que las escaleras que teníamos ante nosotros, se trataba de un espejismo: 

Incontables escalones subían escalando la montaña.
Los subimos con la idea firme de no mirar hacia atrás por si el vértigo nos visitaba para complicar la ascensión. Al llegar arriba, vimos como las escaleras que acabábamos de subir, daban el relevo a una serie de escaleras mecánicas que parecían querer rivalizar con la longitud de la carretera.
Tardamos unos 20 minutos para llegar a la cima sin ningún esfuerzo y gozamos de unas vistas inmejorables. La carretera parecía ahora un ciempiés retorciéndose y las escaleras que tanto nos había costado subir, no eran más inofensivas que piezas de lego
.
La niebla apareció cubriendo la montaña por un velo que le daba un toque misterioso, pero poco a poco este velo se tornó opaco negándonos las vistas y nos encontrábamos en medio de la nube, así que al rato decidimos volver.
Si el paisaje del Tianshan nos pareció espectacular, al día siguiente, descubriríamos que no podía rivalizar con el de Wulingyuan con sus frondosos bosques y sus escarpadas formaciones kársticas que sirvieron de inspiración a James Cameron para los paisajes de Avatar.

Recorrimos casi todo a pie, disfrutando no sólo del paisaje, sino de los divertidos monos que lo habitan, que aunque dóciles, se han acostumbrado a que la gente les dé de comer y en ocasiones se abalanzaban. A una mujer le tiraron la bolsa al suelo y empezaron a robar la comida. Mientras unos abrían el envoltorio de los bollitos con la boca, y se ponían a comer, otro se apresuraba a acercarse a ver si quedaba algo. Mientras la mujer intentaba rescatar algo, su hija lloraba desconsolada y la abuela se encaraba con los simios.

Cogimos un bus para continuar nuestra excursión y nos dispusimos a subir el monte Tianzi cuándo vimos de nuevo…¡Escaleras! Así es, aquí en China las montañas se suben, fortaleciendo glúteos y subiendo muchos escalones.
Nos costó 2 horas subir a la cima y litros de sudor que fueron reconfortados por vistas panorámicas de postal.
Por el camino conocimos a dos valencianas y nos volvimos a encontrar con una pareja con la que ya nos habíamos cruzado en otras ciudades; ella de familia pakistaní pero nacida en Inglaterra lo cual quedaba clarísimo por su marcado acento, era extremadamente social. Antítesis de ella él, que ni nos saludó al cruzarse con nosotros. En los viajes, esto de cruzarse con la gente es algo común, pero claro, en los países tan grandes el azar juega un papel más importante y la alegría es mayor. Cuando te cruzas con viajeros conocidos se crea un vínculo especial nacido de la grata casualidad, el rostro  familiar, la comunión de ideas y la experiencia compartida. Si te cruzas más de dos veces, la alegría es enorme como si fuesen viejos conocidos y es inevitable no detenerse a intercambiar alguna batallita.

Una vez en la cima, cogimos otro bus para intentar explorar otra zona del parque, pero era tarde y estábamos cansados, así que decidimos que era hora de volver.
Teníamos que bajar en funicular y pagar un precio por el que podríamos haber comido una semana (la entrada a Wulingyuan ya es desorbitante en sí), nos picaron los bolsillos solo hasta que subimos definitivamente a la cabina. Ante nosotros se abría un paisaje magnífico, que realmente recordaba a Avatar.

El funicular acristalado nos hacía sentir que viajábamos en pompas de jabón, sobrevolando uno de esos paisajes que parecen irreales de lo extraordinarios que son. El silencio reinaba en la cabina, a la que habíamos tenido que subir a empujones (como todos los lugares estrechos en China en los que hay cola), pero las vistas, el silencio y la música clásica que acompañaba el descenso, nos hacían intercambiar sonrisas espontáneas.

La noche cayó cuando estábamos en el bus, y como sucede cuando miras al sol, que puedes verlo al cerrar los ojos durante un largo periodo de tiempo; las vistas desde el funicular, todavía estaban grabadas en nuestras pupilas y ahí continuarían acompañándonos a la cama y deseándonos felices sueños.

martes, 15 de agosto de 2017

Esto son un chino, un indio, un camerunés y dos españoles en un ascensor… (Shenzhen-Hong Kong)

No es un chiste no, es una escena común de la Chumking Mansion, pero primero lleguemos a Hong Kong porque aún estamos en nuestra querida Hard Sleeper (litera dura) rumbo a Shenszhen, una ciudad fronteriza con Hong Kong.
Por si alguien se ha perdido, Hong Kong es una región administrativa independiente de China, por ello hay que cruzar la frontera. Y como podréis ver más adelante, esta frontera no es únicamente una separación física.
Pues bien, una vez bajamos del tren tuvimos que recorrer pasillos, escaleras mecánicas y más pasillos para conseguir salir de China y poder entrar en Hong Kong.
Cambiamos yuanes por dólares de Hong Kong y nos fuimos en busca del hostel. Al salir del metro nos sentíamos en “otro país”: El claxon de los coches se escondía tímido como con miedo a molestar, la mascarilla en la boca y nariz parecía la nueva moda, los mogotes de Yangshuo eran remplazados por gigantes de hierro y éramos abordados por piratas de diferentes nacionalidades que nos ofrecían alojamiento, trajes a medida o relojes ¡en inglés!
Lo más desconcertante fue entrar en la Chumking Mansion, donde estaba nuestro hostel. A este conjunto de edificios se accede por una laberíntica galería con puestos de comidas del mundo, relojes, cambio de divisas… añadid lo que se os ocurra; el crisol de nacionalidades es tan variado, que parece que hubieran ido sacando las bolas de la lotería con las nacionalidades, y tal cual leían la bola, plantaban esa persona en tan peculiar galería.
Comunica bloques de unos 10 pisos como mínimo, que albergan a dos o tres hostels por piso. Baratos todos, pero los que vimos, a cada cual más cutre y cochambroso. El blanco había desaparecido de la gama de colores colonizado por el amarillo o el marrón. Teníamos reserva en un hostel y nos recibió un africano, que nos puso en contacto con un chino. Este vino a cambiarnos de bloque y hostel para acabar en uno regentado por una india.
Se hace cola en el ascensor ya que son muy lentos y precarios. Mientras esperas en la cola te entretienes viendo la cámara del interior de los ascensores que suben y bajan. Cómo decía antes se juntan tantas nacionalidades, que subir en ascensor parece un chiste.
Después de instalarnos, decidimos dar un paseo por Kowloon que es el sur de la península. Salir de la Chumking Mansion al mundo exterior, fue un contraste: rascacielos que se alzaban imponentes, coches de lujo que ni siquiera conocíamos, tiendas de todas las marcas caras con el aire acondicionado al máximo… Hong Kong, Hong Kong.

Después de comer unos deliciosos dim sum (son como unas empanadillas de masa blanda y jugosas por dentro), paseamos por el Star Garden, que dedica a los célebres chinos, su paseo de la fama particular.
Nos quedamos sin ver el Museo de Historia al confundirlo con el de Ciencias, que estaba al lado. Pero nos contentamos jugando y experimentando en este museo interactivo, junto con los niños que iban de exposición en exposición tocándolo todo como si de hormigas buscando el camino se tratase. 

Al caer el día, fuimos al Victoria Harbour para ir tomando posición para ver el espectáculo de luces y música. Ya era de noche y enfrente nuestro, los rascacielos de la isla de Hong Kong, se vestían de gala con sus trajes de luces, orgullosos de su presencia.
Empezaba el espectáculo y a los 5 minutos, imitando al claxón de los coches, la megafonía quedó muda y nos tocó ver el insipido espectáculo sin música ni voz.
Para olvidarnos del chafón fuimos a Temple Street, conocida por su mercado nocturno, que como Chumkig Mansion tiene de todo, excepto el mix de nacionalidades: karaokes, adivinos, ropa, accesorios para el móvil, cuadros…

Al día siguiente cogíamos el mítico Star Ferry rumbo a la isla.
Hong Kong, Hong Kong recordaba un poco a la gran manzana. Eso sí en cuanto a relieve del terreno gana de goleada, es por eso que abundan las escaleras mecánicas en medio de la calle para evitar a sus transeúntes, sudar demasiado. Comenzamos en la tranquilidad del templo de Man Mo, que fue clave en el pasado de la isla cuando convivían colonos británicos y lugareños, separados por la “frontera” de Aberdeen Street.
No pudimos resistir volver a comer dim sum para olvidarnos del calor que abrasaba las calles. 
Hicimos la digestión dando un largo paseo por el Hong Kong Park, con sus lagos, cascadas, un aviario y 8 Hectáreas, que en definitiva dan para mucho; y acabamos el paseo poniéndonos en cola para subir al Victoria Peak.
Esta montaña de unos 500 metros, vigila Hong Kong desde lo alto, de día y de noche sin descanso. Los visitantes le podemos hacer compañía durante un buen rato; después de hacer una cola que ni las del Dragon Khan, para subir en el funicular.
Subimos al icónico funicular, tras dos horas de espera, y vimos como no era un mero transporte, sino que hacía las veces de show: sube en un ángulo tan acentuado que la gente que va de pie, se tiene que agarrar. Permitidme la exageración, pero a tramos se confundía con un ascensor de lo vertical que se ponía. Obviamente los gritos de asombro y las risas, algunas nerviosas, hacían de música ambiente

Arriba las vistas eran espectaculares. Hong Kong, Hong Kong.
La isla no dormía y parecía reviscolar después del día tan caluroso que habíamos sufrido, como si se hubiese puesto aftersun, echado la siesta y ya estuviera preparada para la fiesta. La gente se amontonaba y era difícil hacer fotos sin sacar a otras personas. El silencio que reinaba desde las alturas de aquel mirador, solo era roto por el sonido de las cámaras empeñadas en inmortalizar esa postal nocturna.
Entrada la noche volvíamos a hacer cola para volver a Kowloon, revivir los chistes de de ascensor y descansar.
Un escritor dijo de esta isla:”Es un espejismo de Manhatan emergiendo del mar de China”
(El apoteosis final de la canción de Frank Sinatra cierra estas líneas) 
It´s up to you Hong Kong, Hong Kooooong!.