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viernes, 1 de septiembre de 2017

Memoria oxigenada (Ayacucho-Lima-Amsterdam)

Llegábamos a Ayacucho, penúltimo destino peruano; menos turístico por su ubicación y difícilmente accesible hasta hace poco por su historia. Aquí empezó Sendero Luminoso en los ochenta y esta fue una de las zonas más afectadas; pero paradójicamente su historia la conoceríamos en Lima.

A Ayacucho se le conoce también como "la ciudad de las iglesias", por lo que ni es de extrañar que una de las ciudades peruanas con más renombre para celebrar la Semana Santa sea Ayacucho, ni que los destinos turísticos más representativos sean las mismas.

También son destacables su Plaza de Armas rodeada de arcos coloniales con sus correspondientes fachadas, y su gastronomía; por lo que aprovechamos para probar los deliciosos anticuchos y el cuy (cuya carne nos pareció demasiado escasa y fibrosa).

Quisimos visitar el Museo de la Memoria para enterarnos mejor del conflicto con Sendero Luminoso pero al ser sábado por la tarde estaba cerrado, así que llegados a Lima, con su cielo cenizo y fotografía de película de cine negro por su gris mate permanente, visitar el Lugar de la Memoria era el único must que nos quedaba.

En este ejemplar museo que utiliza la memoria como abono para construir futuro sobre las cicatrices, se entiende lo complejo del conflicto y los patrones de las guerras: aunque hubo bandas, es difícil etiquetarlas como buenos o malos porque todos ensuciaron sus manos de barro; no solo Sendero Luminoso, sino también el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), así como parte de las Fuerzas Armadas y el propio gobierno, que para encubrir las violaciones de civiles a manos de sus soldados encargó llevar a cabo esterilizaciones masivas entre la población para evitar las posibles pruebas.

Tras atrocidades como estas, el único escudo consolador para las víctimas (que fueron muchas y pertenecientes a todos los bandos) es el recuerdo en la sociedad, reivindicar la memoria y que se reconozcan los hechos, pues no hay peor sal para las heridas abiertas que negar la evidencia del sufrimiento perpetrado. 

Salimos del museo habiendo reconocido conexiones entre esta historia, la de Camboya, España y tantos otros países. ¿La historia interminable? Ojalá que no.

Paseamos por Miraflores, como si caminásemos por una ciudad europea; y para que no suene eurocéntrico, hay que matizar que simplemente no coincidía ese barrio con ninguna de las imágenes que nos habíamos encontrado por el país; casi ningún elemento identificable peruano: hasta ahora, ni habíamos visto a familias volando la cometa, ni haciendo picnic en el parque, ni centros comerciales con tiendas de lujo, ni edificios de varias plantas reemplazando a las viviendas familiares inacabadas (en eterna construcción, a falta de plata).

Las últimas horas en suelo peruano las pasamos conversando con Edgard, reviviendo momentos de la Ruta Inca (la memoria...) y escuchando pasmados la facilidad con la que se sacaba ideas de negocio de la nada. Sin duda no podía haber habido mejor broche de oro.

Medio día más tarde pisábamos la Vieja Europa de nuevo, haciendo escala de 20 horas en Amsterdam. La escala era larga, pero el horario no nos permitía llegar a visitar ni el Museo Van Gogh ni el Rijksmuseum, así que volvimos a pasear por sus calles y canales descubriendo las queserías holandesas ¡benditas!, en las que nos pusimos las botas a base de degustar los quesos de muestra de todas las tiendas que veíamos por el camino.

Sorprendentemente conseguimos sobrevivir sin ser atropellados por las bicis que se abalanzaban por la carretera sin ceder el paso a los peatones, mientras bajábamos desde el Bloemenmarkt o Mercado de las Flores hasta el Museumplein, frente a la famosa escultura de letras. 

En el Museo de Ana Frank pudimos volver a palpar la piedra con la que no deja de tropezarse la humanidad, sintiendo el bucle de la violencia absurda, el déjà vu histórico que supone re-conocer (aunque en diferentes culturas, épocas y grados) los mismos errores garrafales. Por eso es tan valiosa e imprescindible la memoria, para poder ver la piedra antes de caer de nuevo (para prever) y para curar las heridas que se abrieron con la caída (para reparar, memoria oxigenada).

Acabamos recogiendo nuestros pasos hacia el aeropuerto, concentrándolos en el Barrio Rojo (como la gran mayoría de turistas que no los reposaba bajo las mesas de un Coffee shop) atraídos por el choque que supone estar ante un escaparate de trabajadoras autónomas "vestidas" haciendo gala de un traje tan escaso y escueto.

El viaje llegaba a su fin, con la morriña de viajar apaciguada por el momento y la sed calmada. Ahora toca centrar el mono en buscar nuevos objetivos, nuevos paisajes, que quizás lleguen más pronto que tarde; ¿quién sabe? lo que sí es seguro es que aportarán nuevas luces, voces y miradas a nuestra forma de pensar y que seguiremos contando con vosotros. ¡Buen inicio de curso!

sábado, 26 de agosto de 2017

Los delicados trazos de los apus (Montaña de los Siete Colores-Salineras de Maras)

Tras terminar de pasear por Cuzco y organizar los últimos días que nos quedaban en Perú, nos dispusimos a prepararnos para subir la Montaña de los Siete Colores. Esta ubicación multicolor fue descubierta hace relativamente poco (año y medio), y lo siguiente lo diremos con la boca pequeña, pero fue "gracias" al cambio climático que derritió la nieve que cubría este pico, como descubrieron el lienzo montañoso.

Íbamos un poco acobardados, pues mucha gente decía que la subida era muy dura; en el mirador se llega a los 5100 metros, por lo que la falta de oxígeno amenazaba con poner problemas para llegar a la cima. Violeta dudaba si subir a uno de los caballos que se alquilan, pero la mujer del hostal nos expulsó los miedos diciendo que poquito a poco se llegaba sin problemas.

La excursión empezaba a las 3am, cuando vino a recogernos al hostal uno de los guías. Bajamos en busca del bus rodeados de borrachos que celebraban la noche del martes con tanto ímpetu y efusividad que no dudábamos que hubiesen encontrado su propia montaña de colores; aunque a decir verdad, todas las noches las celebraban con la misma pasión que como las del martes.

A las 7 de la mañana, ya cerca del lugar, nos dieron el desayuno y las indicaciones necesarias con el planning detallado de las horas que dedicaríamos. 

Por delante teníamos 6 kilómetros de ascensión que podíamos subir hasta en dos horas. Las nubes de la incertidumbre y la inseguridad empezaban a disiparse. Las alpacas y llamas volvían a aparecer, pues estos camélidos acostumbran a habitar las alturas y nos encontrábamos a cuatro mil y pico metros.

Quizás fue porque las dudas nos habían hecho tener expectativas mucho menos alentadoras, o quizás porque Reyna (la mujer del hostal) había sabido infundarnos el suficiente ánimo; pero el hecho es que llegamos a la cima los primeros del grupo. Si bien es cierto que uno no siente la falta de oxígeno a la hora de respirar, sí que parecen pesar más los músculos, como si la fuerza de la gravedad se hubiese multiplicado y fuese mayor el esfuerzo que había que hacer cada vez que se levantaban las piernas.

Superados los últimos cien metros, la recompensa se abría ante nosotros. Las capas superpuestas de colores que teñían la montaña Winicunca se sucedían haciendo cola ordenadamente para aparecer una tras otra, en pirámide. La luz del día permitía ver los matices de cada capa y los resaltaba, haciendo patente que la clave está en la mezcla. 

A la derecha, las pinceladas seguían pero condensadas con matices de rojos, y habiendo utilizado aquí un pincel de brocha gorda. El premio por haber llegado los primeros estaba en poder disfrutar de la cima sin que estuviese abarrotada. Si Winicunca había sido pintada, sin duda el valle rojo había sido un primer boceto menos sutil.

Es comprensible que en este continente naciese la idea de lo real maravilloso y del realismo mágico. Bien podrían aparecer la cara sonriente del Gato de Cheshire o el Sombrerero Loco y nadie se extrañaría. Verdes, amarillos, ocres, marrones, rojos y turquesas pintaban el pico como si fuesen el escenario de una película futurista ambientada en otro planeta. Sin duda la delicadeza y elegancia con que se superponen las finas capas de colores del Winicunca es realmente seductora. Aquí tejió la Pachamama su awayo más espectacular.

Detrás se alzaba completamente nevado el Ausangate, con más de 6300 metros, y a nuestra derecha, tras el valle encendido, Salkantay. Tres picos nos rodeaban; tres apus para la cultura andina o dioses de la montaña, a los cuáles nuestro guía agradeció su protección juntando tres hojas de coca, símbolo de la trilogía inca (el puma, la serpiente y el cóndor) haciendo un pequeño ritual. Dimos gracias a los apus por su realismo mágico y nos dispusimos a acometer la bajada.

Al día siguiente nos esperaba un paisaje más blanquecino, aunque no exento de tonalidades. Con la compañía de un argentino que se alojaba en nuestro hostal nos dirigimos a las Salineras de Maras, un enjambre salino de pozos secando al sol su contenido. El taxista que nos acercó desde el ramal donde nos dejó el bus, nos explicó que esos pozos eran heredados de generación en generación, por lo que empezaba a suponer un problema si tenías dos en posesión y tres futuribles herederos.

Estas salineras funcionan como una cooperativa y redistribuyen los beneficios que aporta el turismo y la venta de sal; lección que podrían aprender en la Isla del Sol. Bordeamos los pozos admirando los diferentes blancos y ocres del agua salada estancada y caminamos los tres hasta Urubamba, desde donde haríamos el retorno a Cuzco, con las retinas impregnadas de tonalidades y matices que solo los apus podrían concebir con sus pinceles y brochas celestiales.

viernes, 25 de agosto de 2017

El ombligo del Perú (Cuzco-Machu Picchu)

Retornábamos a Perú para visitar su destino estrella: Cuzco, que en quechua significa "ombligo". Cuenta la leyenda, que el Sol mandó a Manco Cápac y Mama Ocllo buscar un lugar donde se hundiese la vara de oro que portaban, y que sería allí donde tendrían que fundar la capital del imperio  que se convertiría en el "ombligo del mundo". Desde aquí los incas extendieron sus dominios por la zona que llamaron Tawantinsuyu y que hoy ocupan hasta seis países (sur de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y parte de Chile y Argentina).

Por tanto, así como Sucre fue testigo protagonista de la historia boliviana, Cuzco lo es tanto de la historia del imperio inca como de la ocupación colonial española posterior.

La capital inca estuvo repleta de templos que fueron destruidos por los españoles para construir iglesias en su lugar; pero la religión inca siguió latiendo bajo las baldosas españolas, consiguiendo cambiar la letra de la canción, pues esta vez, bajo los adoquines sí había "arena de playa": la memoria del imperio caído, que con el tiempo consiguió fusionar sus costumbres andinas con las católicas;  por lo que hoy en día, al entrar en los lugares sagrados católicos, puedes sentir al mismo tiempo que estás entrando en los antiguos templos sagrados incas. 

De esta manera, en la ciudad queda memoria de ambas épocas; en las calles Loreto y Hatunrumiyoc todavía sobrevive la exquisita arquitectura inca con sus piedras pulidas y encajadas a la perfección que se mezclan armoniosamente con el pasado colonial.

Quizás el mayor ejemplo de esta mezcla sea el antiguo templo de Qorikancha, que fue el templo más rico del Nuevo Mundo hasta la conquista española, estando recubierto en su momento de oro. Con la llegada de las tropas de Pizarro, se construyó en el mismo lugar el Convento de Santo Domingo, por lo que hoy queda un amplio claustro con sus arcos y sus balcones, bordeados por los antiguos templos que perviven desnudos de su oro.

La Plaza de Armas era y sigue siendo centro neurálgico de Cuzco. Los indígenas la bautizaron como Huacaypata que significa "lugar de lágrimas" porque aquí fue ejecutado Túpac Amaru I (uno de los reyes incas que se rebeló contra los españoles) ante la presencia de numerosos indios. En esta plaza están la catedral, la iglesia del Triunfo, la de la Sagrada Familia y la de la Compañía de Jesús; todas rodeando la fuente del inca Pachacútec.

Las mejores vistas las encontramos subiendo hasta la Iglesia de San Cristóbal. Tanto desde la plaza, como desde su campanario, se puede apreciar todo el centro histórico de la ciudad. Y desde aquí, haríamos un paréntesis de Cuzco, pues Machu Picchu nos esperaba.

Siempre he creído que las vías de tren están revestidas de cierto poder de atracción para el viajero; cierto halo romántico e hipnótico en las líneas paralelas que se pierden en el horizonte convergiendo en un punto de fuga; existe algo atractivo en ir saltando sus tablas de madera como jugando a la rayuela. Por eso no había mejor manera de llegar a Machu Picchu que hacer peregrinaje caminando junto a las vías del tren con las imágenes de "Cuenta conmigo" como flashes o un déjà vu.

El camino desde Hidroeléctrica (donde nos dejaba la combi) hasta Aguas Calientes era dos horas y media de recorrido junto a las vías, y muchos peregrinos como nosotros habían decidido sumarse para evitar pagar el tren por un agradable paseo entre montañas que servían de aperitivo.

Al día siguiente, evitando pagar el precio excesivo del bus, ascendimos hasta la entrada de las ruinas por unos escalones de piedra que atajaban la carretera. La subida fue de hora y media y perló de sudor nuestros rostros mientras los que bajaban animaban con sus "You are almost there!!".

Por fin, el Huayna Picchu aparecía ante nosotros dejando vislumbrar el perfil de la archiconocida montaña.

Entramos al yacimiento arqueológico a las 13h (pues teníamos el turno de la tarde) y algo nos decía que tratásemos de no detenernos hasta subir al mirador de "La Cabaña del Guardián"; algo, como en el mito de Orfeo nos animaba a dar momentáneamente la espalda a la imagen más fotografiada de Perú; no ceder ante la tentación y aguardar hasta dejarnos sorprender de golpe ante el poder visual y magnético de Machu Picchu una vez estuviésemos arriba.

El impacto es inevitable; ante tus ojos quedan los restos de una enorme ciudad, resguardados por la montaña que le concede gran parte de su belleza; imponente y exhuberante, el Huayna Picchu abraza las ruinas incas.

Es imposible no quedarse contemplando durante unos minutos, embobado, tratando de convencerse de que uno no está soñando y efectivamente tiene ante sí una de las siete maravillas. La propia imagen desde la retina parece que sea la que te pellizque susurrando: "estás vivo y estás aquí". Y una vez nos convencimos de que efectivamente, así era, comenzamos a visitar la ciudad.

Las ruinas se encuentran en perfecto estado, con sus piedras acopladas y ensambladas tan perfectamente que no hubo necesidad de utilizar nada más para mantenerlas unidas y crear bancales, casas, templos y hasta fuentes. El verde del césped y las montañas saturan de vida la fotografía.

Las llamas pastan tranquilamente y aguardan indiferentes a la cola de turistas que hacen turnos para inmortalizarse con ellas. La mayoría, al principio con respeto por no llevarse un escupitajo; pero están tan acostumbradas, que a menudo posan en los selfies con su estática sonrisa.

Tras terminar el recorrido, subimos de nuevo hasta el mirador para dejar pasar el tiempo ante las ruinas, dejando que reposasen en la memoria al tiempo que nuestras miradas seguían sorprediéndose ante la majestuosidad de los vestigios de lo que un día fue un asentamiento y hoy bien puede considerarse el ombligo, como mínimo, del Perú.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El cóndor pasa (Arequipa-Chivay-Cañón del Colca)

Juan Carlos, el dueño del hospedaje donde dormimos en Arequipa, nos facilitó la llegada. El bus hacía presencia en la ciudad a las 4:30 a.m. por lo que detalles sobre precios de taxi, distancia, etc. se hacían fundamentales para evitar esperar hasta que el sol iluminase y la ciudad pareciese más acogedora.

Llegados al hostal hicimos tiempo hasta que la luz aclaró el blanco de las piedras de la que está hecha la llamada "Ciudad Blanca" de Perú, pues el casco antiguo casi al completo fue construido con sillar.

Empezamos el recorrido en el mirador de Yanahuara con vistas a uno de los 7 volcanes que rodean Arequipa; el más impresionante por erigirse imponente ante la ciudad: el Misti. Desde allí el volcán aparece majestuoso, pero a contraluz, a primera hora de la mañana es difícil captar su belleza.

Retomamos nuestro paseo por el casco viejo en el claustro de la iglesia de la Compañía de Jesús donde el azul celeste contrastaba con el blanco casi impoluto del sillar, de la misma manera que ocurre en la Plaza de Armas con la Catedral.

Más adelante, en el mercado, solo contemplar la variedad de colores de las frutas hizo inevitable que se abriese el apetito, saciado en una cevichería que había a pocos metros.

El caer de la tarde estuvo a punto de encontrarnos perdiéndonos por la enorme ciudadela que contiene el Monasterio de Santa Catalina; un laberinto de celdas y claustros coloniales del s. XVI, donde los muros de los patios pintados de azul aciano y rojo coral, compiten por llevarse la instantánea con los geranios que los acompañan. 

Pero antes de que la golden hour tintase el ya de por sí colorido convento, buscamos un hueco en el puente Grau, para ver cómo el atardecer daba profundidad y relieve a los pliegues del Misti, que parecía abrazar la ciudad.

El siguiente día salimos rumbo a Chivay, que nos serviría de ciudad trampolín para visitar el Cañón del Colca (el cuarto más profundo del mundo, con hasta 3200 metros de profundidad).

De camino, el paisaje parecía extraterrestre; la única vegetación era el musgo de las piedras y unos arbustos que crecían espigados como si prendiesen el paisaje, plagado de pelos de Trolls; las llamas, las alpacas y las vicuñas por fin hacían su aparición en grupos reducidos.

En Chivay, fue muy rápido encontrar alojamiento. El pueblo es tranquilo y estábamos listos para acercarnos a la terminal de buses al día siguiente de madrugón. Había dos posibilidades de transporte para ir al mirador de la Cruz del Cóndor: a las 4 y a las 7'30 de la mañana. Según la guía se tardaba dos horas, y teniendo en cuenta que el cóndor empieza a volar con las primeras corrientes de aire caliente (sobre las 8h), decidimos coger la combi que salía a las 4h.

Problema número uno: nos encontramos con las puertas del hostal cerradas a cal y canto y aunque nos supiese mal, tuvimos que jugar al escondite buscando al responsable para que nos abriese ("¿Hola?", "Disculpe", "¿Buenos días?"). Al final tras una puerta se escucha un gruñido, seguido de un carraspeo, un "¿sí?", y por fin un "enseguida les abro".

Problema número dos: la guía había sido muy pesimista con la duración del trayecto y nos encontramos en pleno mirador a las 5h, en plena noche, a 3000 y pico metros de altura. Corría un viento gélido para el que no estábamos preparados, así que haciendo uso de los pijamas como parapeto y buscando una esquina donde resguardarnos, tratamos de matar el tiempo hasta que empezó a salir el sol. Consejo fundamental si alguien decide visitarlo: ¡Venid abrigados!

Por suerte los rayos de sol empezaron a clarear y calentar el ambiente y el cañón empezó a latir: un peruano nos señaló una especie de conejo que resultó ser una vizcacha, tres colibríes aparecieron volando intentando quitar protagonismo al cóndor, aún escondido, y las golondrinas comenzaron también a alardear de su vuelo ligero. 

Las vistas del cañón eran asombrosas y acompañados por los primeros rayos de luz, los cóndores empezaron a asomar a lo lejos. Tardaron casi una hora en acercarse, pero poco a poco, conforme el mirador se iba llenando de público, el cóndor iba rondando más y más cerca, planeando orgulloso y presumido. Por fin, hacia las 9h, algunos se atrevieron a sobrevolar nuestras cabezas, alardeando de sus tres metros de envergadura, acompasados por los gritos de admiración del púbico que trataba de seguirlos con sus cámaras ("OOOh", "hermoooso", "bendisióóón"). Estuvimos contemplando el espectáculo hasta las 10h, cuando retornamos a Chivay, para volver a Arequipa; desde allí viajaríamos hasta Puno y de aquí a Copacabana (Bolivia), así que nos despedimos de Perú por el momento viendo pasar a uno de sus símbolos nacionales, el ave más grande del mundo: el cóndor andino.


lunes, 31 de julio de 2017

Entre quechuas y aimaras (Puno-Isla de los Uros-Taquile)


El 23 cambiamos el paisaje costero por la montaña peruana. Como ya adelantamos, el bus duró más de lo esperado, pues la carretera a Arequipa estaba destrozada y en obras; así que el trayecto daba más vueltas que de normal para evitarla. ¡Y vaya vueltas! Como teníamos que ascender casi 4000 metros, no parábamos de dar giros. Algunas personas venían desde Lima por lo que estaban ya desesperadas, así que el panorama era el siguiente: niñas vomitando, mujeres rezando en voz alta para que se acabase el calvario (pues estando en el segundo piso, el movimiento era mayor y realmente incómodo) ¡y aún quedaban doce horas por delante! Un infierno, sobre todo la subida hasta Cuzco, porque después era más o menos línea recta; nuestros salvavidas fueron el e-reader y los paisajes andinos. Eso sí, fue un buen medio para ir aclimatándonos a la altura y evitar sufrir soroche (como llaman aquí al mal de altura) teniendo en cuenta que Puno está a 3800 metros sobre el nivel del mar. Llegamos de noche y la diferencia de temperatura era notable, pero estábamos derrotados y fue fácil conciliar el sueño.

Por la mañana repusimos fuerzas con un desayuno que incluía, cómo no, mate de coca. El día fue tranquilo. En Puno, los trajes de las mujeres recuerdan que estás en un pueblo de cordillera: mujeres con bombín, coloridos awayus (la tela que se atan a la espalda para cargar objetos o niños), anchas faldas, zapatos hechos con neumáticos, largas trenzas y unas arrugas que llevan escritas la experiencia de los años en el frío clima. 

El centro de Puno es pequeño y se condensa junto al lago Titicaca, por lo que las vistas desde el mirador Huajsapata daban de pleno con el legendario lago, donde cuenta la mitología inca que nacieron el Sol, Manco Cápac y Mama Ocllo (los hijos del Sol). El lago es además frontera para el idioma quechua y aimara. En la parte norte de Puno y en las islas flotantes predomina el aimara, mientras que en la sur y Taquile se habla quechua. Una reunión de culturas que solo podía conseguir el Sol.

Puno es entrañable y la zona de piedras del arco Deustua recuerda a algunos pueblos españoles. Comimos en un restaurante por 5 soles, los platos estrella de Perú: ceviche y chicharrón de pollo, raciones generosas y sabrosas. Una vez más, tuvimos la suerte de encontrar un local frecuentado únicamente por peruanos.

Que conste, no es que huyamos de ser calificados turistas, pues lo somos; pero para encontrar la mejor gastronomía local, un indicio bastante fiable es fijarse dónde comen los lugareños; además de ser una ayuda para meterse de lleno en la cultura del país y evitar las burbujas turísticas que nos creamos como protección a tanto cambio. Acabamos el día paseando por el lago dispuestos a visitarlo al día siguiente.

El 25 embarcamos temprano rumbo a las islas de los Uros. Estas son islas flotantes hechas de totora, una especie de juncos que crecen en las partes más superficiales del lago.

Creo que en el extranjero nunca había sentido de manera tan palpable que estaba en un parque de atracciones hasta que nos recibieron las mujeres de los Uros, ondeando los brazos y chillando en aimara: "Kamisaraki" para que todos los turistas contestásemos al unísono la palabra que nos habían enseñado previamente y tenían escrita detrás: "¡¡¡Waliky!!!" Perdón la comparación, pero entre los coloridos trajes y el momento "¿Cómo están ustedes?" uno no sabía si estaba ante el grupo Parchís peruano o ante una cámara oculta.

En la isla que visitamos vivían cinco familias; todas (al menos en ese momento) orquestadas para que los que estábamos nos dejásemos los soles: el jefe dedicado a pasear en barca a unos cuantos; las mujeres vendiendo artesanías; los niños, pulseras y la abuela posando a cámara.

Desde luego es recomendable visitarlos por su singularidad, pero (y quizás sea solo por cómo estaba organizado) uno se va más con la sensación de haber estado en Port Aventura que acercándose a una cultura indígena.

Taquile, sin embargo, parecía más natural. Antes de llegar al pueblo hay que subir una cuesta por un camino empedrado que no parece acabar. Claro, las vistas lo merecen: por orden de cercanía, las terrazas incas de la isla, Titicaca dominando y la cordillera detrás.

Al llegar a la plaza de Armas nos encontramos con el pueblo al completo de celebración y las bebidas (presumiblemente alcohólicas al percibir movimientos sospechosos en los bailes), no paraban de intercambiar de manos (incluyendo las más viejas).

Los colores casi fosforescentes de los trajes de los que bailaban inundaban la plaza en un caos multicolor celebrando las fiestas de San Santiago. Rodeados de trajes regionales, el guía nos buscó un lugar apartado para almorzar (comer) una sopa de quinoa riquísima y media trucha a la parrilla.

Afortunadamente no hizo falta hacer el mismo camino de ida, pues un camino cercano bajaba hasta el puerto donde los arcos que reciben al visitante nos despedían engalanados. Volvimos a Puno donde acabamos el día como de costumbre en la terminal de buses preparados para el nuevo destino: Arequipa.

viernes, 28 de julio de 2017

Los matices de la tierra (Ica-Huacachina-Paracas)

Por la ventana del autobús con rumbo a Ica se avistaba un paisaje desértico de pueblos apartados de la civilización, de casitas apretadas unas con otras y de polvo. La propaganda política se sucedía, pintada en los muros orientados a la carretera. Lo que nos llamó la atención fue la cantidad de pintadas exigiendo la libertad de Fujimori.

Contextualicemos: en las elecciones de 1990 vence a un Vargas Llosa que se postulaba a presidente; dos años después, da un autogolpe de estado; en 2000 se presenta a un tercer mandato (lo cual era inconstitucional) y sigue en el poder sin mayoría; ese mismo año se destapa una trama de corrupción en la que está implicado y huye de Perú, regresando arrestado en 2005 y siendo declarado culpable de violación de derechos humanos en 2009, año en que ingresa en prisión. 

Con todo este edulcorado resumen, sorprende que una parte de la población pida su libertad y que su hija Keiko haya estado a punto de ganar las elecciones de 2016; aunque hablando con nuestro guía en Paracas entendimos todo un poco mejor; pero dejemos la historia por el momento pues el bus ha llegado a Ica.

En el hostal nos enteramos que la carretera por la costa a Arequipa está cerrada, por lo que a la mañana siguiente hemos de replanificar. El GPS recalcula destino y nos envía a Puno, donde llegaríamos dos días después.

El mediodía nos sorprendió en la plaza de Armas regateando precios para la excursión a la Reserva Nacional de Paracas de la siguiente jornada. Por horarios del bus a Puno estábamos limitados a contratar una excursión privada, pues queríamos evitar las islas Ballestas que retrasarían nuestros planes. No pudimos haber tenido más suerte, pues esta decisión permitió que visitásemos Paracas casi en exclusiva mientras los tours grupales se entretenían en las islas.

Pero sigamos en el 21 de julio, donde un taxi nos lleva a Huacachina, un oasis en medio de las dunas. El oasis en sí se presenta con una estética más artificial que natural, pero las dunas que lo rodean son dignas de contemplar.

Comenzamos subiendo por una de ellas con el sol de frente y los pies hundiéndose a cada paso como si estuviésemos haciendo step. Nos llevó media hora llegar a lo alto de la montaña de arena desde donde el desierto nos deleitó con sus sinuosas jorobas de camello. Un mar de dunas se extendía ante nuestros ojos como estáticas olas de arena. Parece mentira pensar que esas curvas doradas tan perfectas sean formadas únicamente por el viento.

Las líneas de su espalda eran acariciadas por la brisa, que a su vez nos cubría silenciosa pero constantemente de fina arena, tomándonos por una parte más de la duna.

Bajamos dando saltos, recogiendo en nuestras botas parte de la arena que nos había sostenido en lo alto, para coger un buggy. Estos automóviles que recuerdan a los de la última película de Mad Max son la principal atracción de las dunas. Los areneros, 4x4 descapotables, desafían a las leyes de la gravedad subiendo casi hasta la cima de las dunas para girar en el último momento 180 grados redirigiéndose hacia la falda de las mismas en una suerte de barco pirata de las ferias. Así que en Huacachina el silencio del desierto es sustituido por los gritos de euforia de los turistas cuando el buggy hace una de sus piruetas.

Acabamos el día viendo atardecer desde lo alto de una de las dunas, después de una sesión light de sandboard, que es como el snowboard pero sobre arena como se puede  deducir.

A las 7:15 del 22 de julio, nos recogió en el hostal Carlos Hernández Hernández, nuestro chófer a Paracas. Como hemos adelantado, fue un acierto ir en tour privado. Entre otras razones, por la oportunidad de poder preguntar por la historia, la política, las costumbres... Así que en el camino hicimos un repaso a la historia política de Perú y comprendimos cúal es el denominador común de los dictadores que encuentran la conformidad del pueblo: el populismo. Acércate a los necesitados, dales seguridad y alimento y conseguirás que te defiendan; será más poderosa la imagen que construyas que lo que chirríen tus actos. Es un matiz importante.

Llegando a Paracas visitamos el Obelisco de la Independencia donde la leyenda cuenta que mientras José de San Martín descansaba en su empresa por liberar al Perú, pasaron unos flamencos volando y allí se fraguaron los colores de la bandera: en el blanco y rojo de los flamencos andinos que venían de Chile. Cerca del centro de interpretación, se reunía una colonia y pudimos observar sus extraños bailes y sus tortuosos cuellos de cisne. La siguiente parada fue visitar las playas rodeadas de escarpados acantilados de la reserva.

Primera parada: junto a la playa Supay, la Catedral; un saliente de roca que tras el terremoto de 2007 perdió la forma que le había dado nombre al verse amputado de la tierra a la que permanecía conectado. Frente a este peñasco, observando las manchas blancas que cubren la roca, Carlos nos habló de la Guerra del Guano, un abono natural que resultó ser 30 veces más potente que el de vaca y el motivo de guerra contra Chile a finales del siglo XIX. Menuda cagada...

Segunda parada: playa Yumaque, que en comparación con las siguientes no consiguió destacar.

Tercera parada: playa Roja. Con un lobo marino varado y rodeado de carroñeros nos recibía una de las playas más espectaculares; no tanto por su ubicación sino por la variedad de colores que visten sus tierras. El color granate oxidado de su orilla contrasta con las olas turquesas que lo bañan y con el ocre sulfuroso que cubre el acantilado que termina en ella. La naturaleza, pese a lo que algunos pensarán, no necesita filtros de Instagram para conseguir presumir de colores saturados. Disfrutar de esta maravilla sin estar rodeado de turistas es un privilegio.

Las tres playas que nos quedaban por ver (Lagunillas, la Mina y el Raspón) son un reclamo, más porque en ellas esté permitido el baño que porque puedan rivalizar con las anteriores.

Sin embargo, la primera ofrece la posibilidad de estar prácticamente cara a cara con el pelícano peruano que posó para nosotros durante un buen rato, orgulloso de su plumaje y ladeándose como buen modelo.

Volvimos sintiéndonos afortunados de haber podido disfrutar de la clase magistral de historia ante tales paisajes, prácticamente solos y con el tiempo que nos hizo (a pesar de que aquí es invierno). Pero como en el viaje siempre hay una de cal y otra de arena, y de arena ya íbamos sobrados, terminamos la jornada en la estación de bus, saliendo una hora y media más tarde de lo previsto y con un trayecto por delante que creíamos que era de 18 horas y acabó siendo de 28... pero eso es otra historia que merece ser contada frente a otros paisajes...

lunes, 24 de julio de 2017

Agujetas en las alas (Valencia-Ámsterdam-Lima)

Sucede que tras trece años del viaje iniciático en que se nos inyectó la sed de viajar y recorrer mundo, un virus programado para que quemen agujetas en las alas (como diría Ismael Serrano) cada cierto tiempo y despierte la morriña de explorar paisajes desconocidos, vuelvo con Violeta tras "los pasos perdidos" al continente del realismo mágico, donde Macondo se hace carne, y en especial al país causante de que este blog crezca cada año y de que unos servidores busquen saciar su necesidad intermitente de emigrar.

Pero antes de llegar al país de los incas, nuestro avión (versión modernizada de las carabelas) hacía una larga escala en Ámsterdam. Dieciocho horas dan para mucho, así que aprovechamos para pasear por el Barrio Rojo mientras las cortinas escondían en horario infantil su mayor reclamo.

Conforme el sol se fue poniendo y empezábamos a ubicarnos entre tanto canal, la marea de turistas comenzó a subir y se hicieron más habituales los golpes en los escaparates de las exhibicionistas, indignadas por quienes hacían caso omiso de los carteles que pedían no tomar fotos.

Las luces de neón inundaban la ciudad bipolar, dando paso a la personalidad nocturna que duerme durante el día, cual Jekyll & Hyde.

Y por no alargar, daremos un salto en el tiempo de 24 horas desde que nos recibió el aeropuerto para acostarnos en los pocos sofás que encontramos sin posamanos (o antiviajeros haciendo escalas nocturnas) hasta el momento en que el avión aterrizó en Lima, pues todo lo demás es carne de olvido (tiempo de espera, de lectura, de paseos, de embarque...). Aunque he de decir, que esos tiempos muertos, inicios descargados de responsabilidades, son los que más se recuerdan durante el curso; sobre todo la voz de la máquina que más despierta el sentimiento de libertad y de tantos principios: "Please proceed to gate number..."

El caso es que todo estaba planificado para que al aterrizar nos llevase un taxi contratado hasta el hostal; sin embargo, nunca salen las cosas como se esperan, y tras pasar el control de inmigración, cuando solo quedaba la recogida de maletas (en el último paso de la burocracia migratoria), la cosa empezó a truncarse: no apareció la mochila, ni había taxi para recibirnos con nuestro nombre a la salida. Llamamos al hostal y nos reconocieron que habían olvidado avisar al conductor... Genial. Salimos del aeropuerto... Los taxistas son al turista lo que los periodistas a los famosos: se avalanchan con una única pregunta: "¿Taxi?" ¡Que empiece el regateo! En el hostal pagábamos 70 soles por la recogida y la negociación in situ empezaba en 135; se cerró en 60. ¡Viva el Perú!

A la mañana siguiente, por fin, visitamos Lima. La primera experiencia no fue un chapuzón en la nueva cultura, sino un "embutirse" para poder entrar en el bus metropolitano que nos llevaba a Lima Centro.

Empezamos paseando por la plaza San Martín, siguiendo por la calle Jirón de la Unión, una peatonal que desemboca en la Plaza de Armas: amplia y con una fuente protegida por policías, que aquí se hacen llamar "serenazgo". La plaza alberga palmeras, unos edificios coloniales de color mostaza, la catedral y el palacio de Gobierno.

Tirando hacia el noreste, a la neblina gris-cenizo que cubre toda la ciudad y esconde la luz del sol, las vistas del Cerro de San Cristóbal le sacaban los colores desde el Parque de las Murallas. Las casitas que se esparcen por las faldas, prácticamente unas encima de otras, maquillan y alegran el paisaje desértico y marrón grisáceo que domina Lima. El efecto difuminado recuerda a los dibujos hechos con tizas de colores sobre el suelo gris de un colegio.

Abrimos el apetito en el Mercado, donde el pescado tenía una pinta buenísima, todos ordenados y frescos; y es que ellos son el ingrediente principal del plato estrella peruano: el ceviche. Y rodeados de tanta comida, nos entraron las ganas de comprobar si la fama de la cocina peruana era la merecida, así que buscamos un restaurante donde comer en la Av. Tacna y nos topamos con uno en el que siendo los únicos extranjeros pudimos dejarnos aconsejar para empezar a deleitarnos con la cocina de aquí.

Por la tarde y ya aprovechando las últimas horas, pues al ser invierno anochece a las 18h, dimos un paseo por Barranco, el barrio bohemio de Lima. Cruzamos el Puente de los Suspiros, lugar predilecto de las jóvenes parejas peruanas para sus encuentros románticos, rodeados de nuevo por el color mostaza-colonial y acabamos el día en el mirador que se abre al océano.

El plan del día siguiente era todo una incógnita, pues queríamos salir hacia Paracas, pero dependíamos de la hora en que llegase el equipaje extraviado. Afortunadamente la mochila llegó a las 8h, cuando ya teníamos todo preparado. Durante estos días, en Perú se celebran las Fiestas Patrias, que aunque realmente son el 28 de julio comienzan la semana previa, así que antes de planificar la mañana, teníamos que comprar los billetes de bus para el siguiente destino. Ya no quedaban buses a Paracas, así que readaptamos la ruta para ir primero a Ica.

Nos despedimos de Lima visitando Miraflores, el barrio rico, buscando al Pichulita de Vargas Llosa por sus calles. La diferencia es tan grande que parece casi una ciudad diferente, más desarrollada pero menos auténtica. Eso sí, las vistas al océano desde el mirador de Larcomar, encima de los acantilados, son solo mejoradas cuando uno se acerca al Parque del Amor, subiendo por la costa.

Una escultura de una pareja de barro en pleno escarceo preside el parque, rodeados de bancos decorados con azulejos de colores a lo Gaudí. Los colores, los versos románticos escritos sobre ellos y la brisa oceánica animaban a quedarse allí más tiempo, pero este apremiaba y tuvimos que buscar el bus que nos llevase a la estación de Soyuz, desde donde saldríamos a Ica, una hora más tarde de lo previsto, pues nos lo habían reservado telefónicamente desde el hostal olvidando informarnos de que además de pagarlo, había que confirmar por Internet.

Pero no hay por qué molestarse. Al fin y al cabo, el tiempo no es tan objetivo como pensamos desde Europa, es una medida más que se adapta según culturas y países. Tomen asiento y sean bienvenidos al Perú.