domingo, 4 de octubre de 2026

Vivir del cuento (Ullapool-Tain-Inverness-Loch Ness-Nairn-Cullen)


Deambulábamos por la calle principal de Ullapool, deseosos de mover las piernas, recién desembarcados. Los colores vivos de las puertas sobre el fondo blanco de las casas acompañaban el paseo; los bancos, de espaldas al pueblo, miraban al fiordo de Loch Broom, dispuestos a ofrecer sosiego; mientras las gaviotas, con los ojos semicerrados, disfrutaban de la calma y del suave viento que acariciaba sus plumas. La lluvia acababa de cesar, y las luminosas transparencias de un perfecto arcoíris arrancaron alguna voz de asombro aletargando la velocidad de los viandantes.

La autenticidad del pueblo pesquero disonaba al día siguiente en el castillo de Dunrobin. Las habitaciones, dispuestas como si el tiempo las hubiera congelado, eran vigiladas por trabajadores con kilt que velaban sonrientes por mantener intacto cada uno de los salones. La violencia simbólica latía en el circuito que seguíamos ordenadamente, maquillada por el juego de búsqueda de seis piezas de Playmobil que entretenía a los niños; había algo casi escatológico en la admiración de ese escaparate: cabezas de ciervo y retratos al óleo saturaban las paredes de ojos sin vida que seguían cada uno de los movimientos de la plebe, intrusos en un mundo artificioso que no nos pertenecía y que irónicamente contribuíamos a mantener con nuestra visita. 

Por la tarde respiramos el aire pesado de la vuelta al cole en Tain. El curso escolar ya ha empezado por estos lares y el pueblo se recoge a la rutina estudiantil cerrando los comercios antes de lo habitual. Paseamos en busca de algún lugar donde comprar queso local y nos topamos con una tienda de antigüedades. Navegamos entre variopintos restos de naufragio, pecios de vidas de lujo que ahora se exponen con olor a bancarrota, a naftalina, y sabor a mercadillo. En la calle, una mujer nos guía hasta la pescadería de las afueras para encontrar el queso artesanal que andábamos buscando.

Al día siguiente, montones de libros de segunda mano nos resguardan de la lluvia en una antigua iglesia, en la Leakey's Bookshop, en Inverness. El olor a incienso fue sustituido en los 80 por el de la piel del papel viejo y sus arrugas, y desde entonces, fieles (bibliófilos) de todo el mundo acuden para encontrarse, acaso, con la serendipia que les vincule con una de las historias que aguardan adormiladas.

En Comfort Foods, el mismo azar nos lleva a compartir mesa con un hombre de pelo blanco, ojos azules, y mirada transparente. Mientras tratamos de que la rebosante energía de Lara y Pol no le moleste más de la cuenta, rompe el hielo y, cual libro abierto, comparte su historia explicando que es un amante de nuestro país; ha hecho muchos viajes a España como conductor de autocares y le fascina nuestra cultura, que pronto hermana con la escocesa, contraponiendo la primera a la francesa, y la suya a la inglesa. Personaje en carne y hueso extraído de viejas historias de marinos, pronto nos pierde por la ramificación de lugares en los que le esperan hijos, y por su pronunciación local de ciertas ciudades (como Cullen o Culloden), escollos que sorteamos a base de Say again? hasta que termina su plato y pone punto final al capítulo.

El día desemboca en Chanonry Point, tras un agradable paseo por el río Ness. Esta lengua de tierra es conocida por ser mirador de delfines; pero del dicho al hecho, hay un trecho, y aunque pudimos avistar alguna aleta con los prismáticos, lo único que quedó patente fue el arco iris que teníamos frente a nosotros, y la cabeza curiosa de una foca que emergió su periscopio para comprobar cómo aguantábamos, estoicos, el viento.

Al día siguiente, la humedad se resguarda en las tumbas de piedra Clava Cairns, atesorando años, pacientemente, y sepultándolos bajo su montículos, mientras nos dirigimos a Loch Ness. 

En la tienda Nessieland, en Drumnadrochit, nos invade la impresión de haber entrado en uno de esos episodios de Expediente X que mezclaba géneros; una sensación entre lo creep de los pueblos que esconden algo, la mirada furtiva palpitando tras las mirillas y la esquiva de un tendero falsamente distraído cuando es pillado en falta; todo esto potenciado por un merchandising casposo, y lo rancio de un Nessie verde oscuro hecho con papel y cola blanca, reclamo para vivir de una leyenda que ya huele a algas y moho.

Con la idea de comer en el camino, escogemos un punto en el mapa y nos encontramos con el encanto de The Highland Weigh, en Nairn. Nuevamente compartimos mesa; esta vez el ambiente es más relajado y juvenil: un grupo de amigos discuten sentados en sofás, sonriendo al calor de las infusiones que sostienen; un hombre trabaja abstraído en su portátil; y la camarera, antes de acabar su turno, se detiene en nuestra mesa para hablar de lo que nos queda por visitar, enamorada de su país.

Por la tarde, Brodie Castle nos reserva casi la exclusividad en sus extensos terrenos. Como en un plano general, espera rodeado de un verde desnudo que arrastra la mirada hasta esta mansión señorial. Descansando sobre la hierba recién cortada, nos dejamos imbuir por una pausa sin prisas, acariciando el olor de la naturaleza mientras se acicalan los patos en el estanque.

La playa de Cullen nos recibe con un viento salvaje que peina la cresta rocosa de las Three Kings. Despojos gelatinosos, en los que destaca el morado, alfombran la orilla de cadáveres de medusas que han sido irremediablemente abandonadas a su agotada suerte. Bajo el acueducto, el pueblo se refugia de los fuertes vientos que azotan la costa y resiste a las fuerzas persistentes de la naturaleza. Nosotros, nos resguardamos en la motorhome con un fish and chips mientras el viento mece nuestro hogar de cuatro ruedas.

(18 a 21 agosto)

No hay comentarios:

Publicar un comentario