El pueblecito de Picton nos acogió conservando todavía el filtro de gris de invierno como intentando pasar desapercibido. Hicimos la compra, aparcamos cerca de un campo de rugby y disfrutamos de la tranquilidad y de la vida contemplativa mientras fuera las gotas de lluvia llamaban insistentes a la puerta, las ventanas y el techo, pidiendo unirse a la calma de nuestro hogar ambulante.
La lluvia pasó de largo con la salida del sol y amanecimos con un filtro nuevo: el filtro solar. Como era de esperar, lo vimos todo de un color diferente y si el sol no era suficiente, los viñedos de la región de Marlborough iban a encargarse de iluminar nuestro día.
Escuchábamos cantar a Rosalía como sirenas arrastrándonos hacia las rocas: “Sauvignon Blanc a tu lado, mi futuro será dorado…”. Para el que no lo sepa, la uva predilecta de Rosalía, es la más producida en la isla, pero no es necesariamente la más querida entre los winelovers. Siguiendo a Ulises nos atamos al mástil y evitamos caer en la tentación. Para hacer justicia, catamos una Sauvignon Blanc en la primera bodega: Hans Herzog. Aquí nos introdujeron a una viticultura ecléctica en la que cada vino era de una uva diferente y casi todas ellas, poco comunes en el país. Todo estaba riquísimo, pero la experiencia mejoraba gracias a toda la información que nos dio la chica que dirigía la cata, que además era trabajadora de la bodega. Nos fuimos de allí pensando que podríamos recrear el vino nosotros mismos.
“Ya no tengo miedo del pasado, está en el fondo de mi copa de Sauvignon Blanc”. Pasamos de largo viñedos y viñedos centrados en esta uva y cambiamos el eclecticismo de uvas por el monotema en Framingham donde nos centramos en la Riesling.
Una mujer con un acento bien marcado y unos modales de abuela británica nos acogió, anotándose nuestros nombres para poder dirigirse a nosotros. Aunque los vinos no llegaban a la misma calidad que la anterior, ni la información igualaba a la bodega predecesora, disfrutamos de un buen rato catando. Al acabar, la mujer nos insistió en bajar abajo para ver la bodega y que Emma tocara el tambor y el piano. Como podréis imaginar, el concierto que dio Emma era más similar al Fantasma de la Ópera que no a una pieza refinada. Sin embargo, valió la pena bajar para poder ver las botellas guardadas, junto a medallas, diplomas, fotografías profesionales, instrumentos de música y carteles imitando a los pósteres de cine clásico.Salimos de Framingham y pudimos ver como varios coches, eran engañados por los cantos de Rosalía y naufragaban en su Sauvignon Blanc. Nosotros nos dirigimos a Nelson. Por si hay alguien que está preocupado en este punto, matizaremos para que nadie se asuste: nadie condujo bajo los efectos del alcohol. Las cata fueron compartidas y se dejó un tiempo prudencial antes de lanzarnos a la carretera, para que la conducción no fuera ni en slalom ni con la necesidad del uso de gafas 3D. Aclarado esto, toca abrocharse los cinturones para disfrutar de un paisaje bucólico.
Las montañas moteadas de ganado en libertad, se multiplicaban colosales, cubiertas de un verde esmeralda que se transformaba en fosforito con el filtro solar. Mientras éramos abrazados por las montañas a cada curva, nos sentíamos liliputienses bordeando a un Gulliver que dormía plácidamente. Los paisajes nos pintaron una sonrisa en la cara ¿Eran los paisajes los que nos hacían sonreír o era el filtro solar el responsable?
Una vez en Nelson, aparcamos la autocaravana en el camping, y nos fuimos a cenar pronto para llegar a tiempo al partido de rugby; los Tasman Mako iniciaban la temporada contra North Harbour. Habíamos conseguido entradas cerca del campo y tuvimos la suerte de haber elegido un partido disputado y lleno de acción. Los gritos de la grada en cada ensayo, los placajes que suenan en la distancia, las camisetas manchadas de barro, el sudor de los delanteros que subía en forma nubes en cada mêlée, el respeto al árbitro aun cuando se equivoca…Todas estas pequeñas escenas me removieron; sentí nostalgia por mis años de rugby pero también me sentí agradecido por la oportunidad de haberlo vivido junto a un grupo de personas que se convirtieron en whānau. Esta palabra maorí se podría traducir como familia pero realmente define un concepto más amplio en el que incluye a los lazos de sangre, los ancestros y a los lazos emocionales que vamos creando en nuestro camino, nuestras amistades. Tú que estás leyendo esto; tú también eres whānau.Salimos del campo con el frío envolviéndonos y Emma dormida. Los Tasman Mako habían ganado 31 a 29 en un partido muy disputado. La gente local estaba satisfecha mientras volvían a sus casas. En nuestro horario de padres parecía que volvíamos a altas horas de la madrugada, pero todavía eran las 22:00. El reflejo de un escaparate me devolvió la mirada y me di cuenta que tenía todavía una sonrisa pintada en la cara.
(29 a 31 de julio)
































