lunes, 10 de agosto de 2026

Mar i muntanya (Nelson-Abel Tasman NP-Franz Josef)

Esta entrada no trata sobre platos de comida, pero marida a la perfección los dos paisajes que más polarizan las decisiones veraniegas. En tan solo una publicación visitaremos los dos para dejar a todo el mundo contento sin necesidad de enfrentamiento ¨¿Y tu qué prefieres?¨ Preparen sus bañadores, pero no olviden sus botas, gorro, chaqueta y guantes. Abríguense bien porque empezamos:


“Yo soy más de playa”.

Iniciamos el día en Nelson, paseando por sus calles un sábado de invierno. Al ser fin de semana, aprovechamos y nos damos una vuelta por su mercado. No tenemos prisa, es un día tranquilo cuyo único fin es llenar los pulmones de olor a mar. Nos ponemos rumbo a Mapua donde paseamos un rato por el puerto disfrutando del sol y las temperaturas templadas. Dormiremos en Motueka al lado del mar para llegar a las puertas de Abel Tasman National Park. 

Este Parque Nacional, es el más pequeño del país y, aun así, se tarda de 3 a 6 días en atravesarlo. Se trata de un frondoso bosque escarpado que mira de frente al mar de Tasmania, combinando a la perfección las palmeras de helechos con playas paradisíacas, de tierra beige. 

Para acceder hay que coger un Aqua Taxi; los turistas se sientan en una lancha que es arrastrada por un tractor, hasta que se llega a la rampa de desembarco. El tractor se deshace de la embarcación y empieza la ruta marítima. Se visita primero la “Split apple rock”. Una roca que como su nombre indica está partida en dos mitades perfectas y que se ha hecho famosa por formar parte de una campaña publicitaria turística.  A continuación, se para en las playas de Torrent Bay y Bark Bay. En esta última iniciamos nuestra ruta de 4 horas. 

Hacía un día espléndido que se había calzado el filtro solar. Sin embargo, los helechos parecían sombrillas de playa apiladas un agosto en Benidorm y su sombra era una alfombra que nos negaba la luz del día en gran parte del camino. Con Emma durmiendo en el porteo, atravesamos el bosque sintiendo que recorríamos el escenario de “Jurassic Park”, pero cada vez que un claro dejaba entrever el mar, cambiaba el escenario de la película por “Naufrago” y vuelta a empezar a la vuelta de la esquina. Un zapping en directo en el que la película la elegía el mismo parque.  

Estar caminando al lado de playas idílicas arropadas por un mar azul turquesa, mientras llevábamos gorro y guantes, parecía incongruente y casi reafirmaba la sospecha de caminar por un set de película. 13 kilómetros más allá de Bark Bay, se asomaba esplendorosa la playa de Anchorage, nuestro destino donde esperaríamos al Aqua Taxi de vuelta a la autocaravana. 

Mientras esperábamos, un weka se acercó a ver si conseguía algo. Estas aves tan comunes aquí, son como los monos. La comparativa no es por sus andares, más similares a un Velociraptor, sino por sus hábitos cleptómanos. Es por ello que hay que andar con cuidado, ya que el menor descuido es aprovechado por el weka para usar su pico en el arte de la prestidigitación.

Hemos prometido un maridaje y seguimos en la orilla así que dirijámonos a las montañas. Sólo un párrafo bastará para superar varias horas de carretera en las que hemos atravesado la isla sur de este a oeste siguiendo el Buller River. Hemos dormido en su regazo y le hemos acompañado hasta su desembocadura en Westport. 

Es lunes por la mañana y empieza a diluviar mientras recorremos el camino hasta el mirador de la colonia de leones marinos del cabo Foulwind. El paisaje es tropical a un lado y oceánico al otro en una nueva incongruencia preciosa. A los leones marinos no parece importarles la lluvia y el viento, pero a nosotros estando con Emma sí, así que nos despedimos rápido de ellos y conducimos siguiendo la costa a las Pancake Rocks. 

Este trocito de litoral es realmente mágico. Su nombre se debe a la sensación de observar tortitas de roca, amontonadas una encima de la otra. Más que unas tortitas, parecen cartulinas apiladas que ha esculpido el viento usando el mar de cincel. El paisaje mejoraba porque había dejado de llover. El mar, sin embargo, continuaba rugiendo. Las olas expulsaban chorros de agua al chocar contra las rocas. Estas en cambio, nos dejaban escuchar los horribles alaridos del mar, esperando que nos pusiéramos de su lado por recibir tremenda paliza.


“Yo soy más de montaña”.

El martes, al fin, llegamos a las prometidas montañas que complementan la dicotomía veraniega. Estamos en Franz Josef, pueblecito de montaña a tan solo 150 metros sobre el nivel del mar. El pueblo es conocido por tener de telón de fondo dos glaciares: El Franz Josef y el Fox Glacier. Aquí estaremos hasta el miércoles por la tarde que nos iremos camino a Wanaka.

Visitamos primero el West coast wildlife centre en el que se alojan tuataras (una especie de reptiles endémicos de tamaño medio), pingüinos azules, y kiwis rowi. Los pingüinos azules son de tamaño pequeño y espectacularmente hiperactivos. En la piscina iban de un lado a otro nadando a toda velocidad y teniendo loquita a Emma que veía seres cuya energía se equiparaba a la suya. En el refugio de kiwis no se podían sacar fotos ni hacer ruido. Era una sala oscura con luz roja en la que se alojaban dos especímenes de kiwi rowi, el kiwi más raro por su escasa población (actualmente sólo suman 700 ejemplares). Verlos de cerca en la oscuridad, haciendo ruiditos y buscando comida con su largo pico, ya valía la visita por sí sola. 

Ese mismo día visitamos el Sentinel Rock desde el que se podía observar la lengua del glaciar Franz Josef. Desgraciadamente más tímido cada año por culpa del calentamiento global. Si seguimos siendo tan poco responsables con la naturaleza, en poco tiempo guardará su lengua para siempre. 

El miércoles bien temprano fuimos al Peter Pool walk, un paseo de 15 minutos ida y vuelta que nos regaló un reflejo perfecto del glaciar. Pero para reflejos el que ofrece el Lago Matheson a media horita en coche. En él se miran orgullosos los Alpes Neozelandeses y se pavonea con especial prepotencia el Monte Cook, alzando su barbilla por encima del resto.

Con esta postal cerramos la armonía comiendo ahora sí, un plato típico de por aquí que combinaba a la perfección con las bajas temperaturas: una deliciosa pierna de cordero que se deshacía en la boca y nos calentaba por dentro. Quedará como guinda del pastel y hará las veces de postre para esta entrada.

¨¿Y tu qué prefieres?¨ 



(1 a 5 de agosto)


viernes, 7 de agosto de 2026

El filtro solar (Wellington-Marlborough-Nelson)

Todo aquel que ha pasado un tiempo en algún lugar del mundo por el que el sol parece no querer pasearse, conocerá de primera mano el impacto que tiene la luz solar en nuestro estado de ánimo. Apartemos por un momento esta reflexión mientras encaramos las montañas Remutaka camino a Wellington. Esa mañana nos habíamos vuelto a despertar sobre un suelo cubierto de perlas brillantes y gélidas, a unas temperaturas que mejor no contar sabiendo la que está cayendo por España. El día estaba nublado y maquillaba el paisaje con un filtro de gris de invierno. La capital del país nos acogía como casi todas las capitales del mundo, con tráfico.

Empezamos visitando el museo nacional, más conocido como el Te Papa Museum. Destaca principalmente la exhibición “Gallipoli: The scale of our war” En la que el visitante se ve inmerso en la Primera Guerra Mundial, rodeado de figuras hiperrealistas, testimonios en primera persona, recreaciones de trincheras… La exhibición tiene varias partes interactivas; en una de ellas se puede observar los efectos de diferentes proyectiles sobre el cuerpo humano, usando como víctima una silueta en rayos X.

Al acabar la visita al museo, quisimos coger el funicular, pero estaba cerrado por obras, así que tuvimos que conformarnos con caminar por el paseo marítimo recibiendo el viento de cara y la brisa marina. Es sabido por el viajero, que la combinación de ambos, llena los pulmones de un anhelo de libertad y ganas de viajar. Esta sensación ni siquiera se puede evitar con la ausencia del sol.

Al día siguiente bien temprano, nos poníamos en fila, para entrar en el ferry camino al sur. Dejábamos atrás la isla norte, caracterizada por su actividad geotérmica y por ser el corazón de la cultura maorí. El estrecho de Cook, nos separaba de la isla sur, más salvaje y agreste. 


El pueblecito de Picton nos acogió conservando todavía el filtro de gris de invierno como intentando pasar desapercibido. Hicimos la compra, aparcamos cerca de un campo de rugby y disfrutamos de la tranquilidad y de la vida contemplativa mientras fuera las gotas de lluvia llamaban insistentes a la puerta, las ventanas y el techo, pidiendo unirse a la calma de nuestro hogar ambulante.

La lluvia pasó de largo con la salida del sol y amanecimos con un filtro nuevo: el filtro solar. Como era de esperar, lo vimos todo de un color diferente y si el sol no era suficiente, los viñedos de la región de Marlborough iban a encargarse de iluminar nuestro día.

Escuchábamos cantar a Rosalía como sirenas arrastrándonos hacia las rocas: “Sauvignon Blanc a tu lado, mi futuro será dorado…”. Para el que no lo sepa, la uva predilecta de Rosalía, es la más producida en la isla, pero no es necesariamente la más querida entre los winelovers. Siguiendo a Ulises nos atamos al mástil y evitamos caer en la tentación. Para hacer justicia, catamos una Sauvignon Blanc en la primera bodega: Hans Herzog. Aquí nos introdujeron a una viticultura ecléctica en la que cada vino era de una uva diferente y casi todas ellas, poco comunes en el país. Todo estaba riquísimo, pero la experiencia mejoraba gracias a toda la información que nos dio la chica que dirigía la cata, que además era trabajadora de la bodega. Nos fuimos de allí pensando que podríamos recrear el vino nosotros mismos.

“Ya no tengo miedo del pasado, está en el fondo de mi copa de Sauvignon Blanc”. Pasamos de largo viñedos y viñedos centrados en esta uva y cambiamos el eclecticismo de uvas por el monotema en Framingham donde nos centramos en la Riesling. 

Una mujer con un acento bien marcado y unos modales de abuela británica nos acogió, anotándose nuestros nombres para poder dirigirse a nosotros. Aunque los vinos no llegaban a la misma calidad que la anterior, ni la información igualaba a la bodega predecesora, disfrutamos de un buen rato catando. Al acabar, la mujer nos insistió en bajar abajo para ver la bodega y que Emma tocara el tambor y el piano. Como podréis imaginar, el concierto que dio Emma era más similar al Fantasma de la Ópera que no a una pieza refinada. Sin embargo, valió la pena bajar para poder ver las botellas guardadas, junto a medallas, diplomas, fotografías profesionales, instrumentos de música y carteles imitando a los pósteres de cine clásico.

Salimos de Framingham y pudimos ver como varios coches, eran engañados por los cantos de Rosalía y naufragaban en su Sauvignon Blanc. Nosotros nos dirigimos a Nelson. Por si hay alguien que está preocupado en este punto, matizaremos para que nadie se asuste: nadie condujo bajo los efectos del alcohol. Las cata fueron compartidas y se dejó un tiempo prudencial antes de lanzarnos a la carretera, para que la conducción no fuera ni en slalom ni con la necesidad del uso de gafas 3D. Aclarado esto, toca abrocharse los cinturones para disfrutar de un paisaje bucólico. 

Las montañas moteadas de ganado en libertad, se multiplicaban colosales, cubiertas de un verde esmeralda que se transformaba en fosforito con el filtro solar. Mientras éramos abrazados por las montañas a cada curva, nos sentíamos liliputienses bordeando a un Gulliver que dormía plácidamente. Los paisajes nos pintaron una sonrisa en la cara ¿Eran los paisajes los que nos hacían sonreír o era el filtro solar el responsable?

Una vez en Nelson, aparcamos la autocaravana en el camping, y nos fuimos a cenar pronto para llegar a tiempo al partido de rugby; los Tasman Mako iniciaban la temporada contra North Harbour. Habíamos conseguido entradas cerca del campo y tuvimos la suerte de haber elegido un partido disputado y lleno de acción. Los gritos de la grada en cada ensayo, los placajes que suenan en la distancia, las camisetas manchadas de barro, el sudor de los delanteros que subía en forma nubes en cada mêlée, el respeto al árbitro aun cuando se equivoca…Todas estas pequeñas escenas me removieron; sentí nostalgia por mis años de rugby pero también me sentí agradecido por la oportunidad de haberlo vivido junto a un grupo de personas que se convirtieron en whānau. Esta palabra maorí se podría traducir como familia pero realmente define un concepto más amplio en el que incluye a los lazos de sangre, los ancestros y a los lazos emocionales que vamos creando en nuestro camino, nuestras amistades. Tú que estás leyendo esto; tú también eres whānau.

Salimos del campo con el frío envolviéndonos y Emma dormida. Los Tasman Mako habían ganado 31 a 29 en un partido muy disputado. La gente local estaba satisfecha mientras volvían a sus casas. En nuestro horario de padres parecía que volvíamos a altas horas de la madrugada, pero todavía eran las 22:00. El reflejo de un escaparate me devolvió la mirada y me di cuenta que tenía todavía una sonrisa pintada en la cara.

(29 a 31 de julio) 


lunes, 3 de agosto de 2026

Viajando con kahus (Tongariro-Martinborough)āori Dictionary

Arrancamos nuestra casa ambulante, dejando atrás nuestra parcela gratis, a orillas del lago Taupo. Es temprano y la carretera todavía está ensombrecida vestida de noche. La caravana avanza danzando entre las curvas. Lo que pensamos que es un halcón vuela por encima nuestro en busca de su desayuno. No son halcones, son aguiluchos laguneros; estas aves rapaces abundan en la isla y ya iba siendo hora de que habláramos de ellas. En maorí se les llama kāhu y se las ve frecuentemente en la carretera ya que se alimentan de animales atropellados. Por su constante presencia y su majestuosidad, esta entrada va por ellas. 

Ahí va otra que alza el vuelo mientras pasamos de largo. La caravana rodea el lago y el cielo despejado nos da un adelanto de nuestro próximo destino: dejando ver los volcanes majestuosos del Parque Nacional Tongariro, el Parque Nacional más antiguo del país. Al ser invierno en el hemisferio sur, están vestidos de nieve. El Ngauruhoe les roba el protagonismo con su forma cónica, tan definitoria de lo que todos nos imaginamos por la forma de un volcán.

Conforme avanzábamos y subíamos, la temperatura iba bajando. Se podía observar en los lados de la carretera que iban coleccionando charcos helados, escarcha y algún resto de nieve. Sin embargo las temperaturas no parecían afectar a los kāhus que continuaban asomándose cuando menos lo esperábamos.


Hicimos una primera parada en la cascada Tawhai Falls, también conocida como la piscina de Gollum. Otra atracción turística más de la saga del Señor de los anillos. Escrita curiosamente por un británico nacido en Sudáfrica pero adoptada como neozelandesa gracias al cine. De hecho, el volcán tan fotogénico antes mencionado, es el Monte del Destino en la trilogía de Peter Jackson. Se alzaba imponente ante nosotros vestido de novia y no pudimos evitar la tentación de parar a admirarlo. 

Estamos llegando al pueblo de Whakapapa, puerta del Parque Nacional y nos hemos dado cuenta que para poder acceder arriba necesitamos cadenas de nieve. Prefiriendo no jugar con nuestra suerte, optamos por coger un shuttle que nos lleva a la entrada de la estación de esquí. 

Los kāhu parece que se han quedado esperándonos abajo. Estamos rodeados de nieve y visitantes y nos dirigimos al Sky Waka, un teleférico que te sube al monte Ruapehu a 2.000 metros de altitud. El blanco cubre el paisaje, agujereado por una cantidad ingente de esquiadores, snowboarders y turistas. Las vistas desde la estación de arriba son tan sobrecogedoras como atiborradas de personas haciéndose fotos mientras tiran la nieve al aire, en un intento de inmortalizar su felicidad; retratos modernos de naturaleza muerta. 

Saturados de tanta gente, volvimos al pueblo de Whakapapa para cambiar el blanco de la montaña por el manto negro de la noche.

El día siguiente comenzó a menos 4 grados, pero ni el frío, ni el madrugón iban a impedir que los kāhus nos acompañaran en nuestro trayecto a Martinborough. Hicimos un alto en el camino para visitar Pukaha National WIldlife Centre. En esta reserva pudimos avistar diferentes aves, casi todas endémicas y en peligro de extinción. Sin ambargo, no pudimos encontrar a los kiwis que, o se escondían muy bien, o habían decidido ponerse en huelga. Pero no todo eran aves en el recinto; nos llamaron mucho la atención las anguilas, a las que también llaman los neozelandeses “atún”. Estos peces endémicos, parecían más bien boas dadas sus dimensiones. 

A las 13:30 dio comienzo el espectáculo de la alimentación. Una trabajadora de la reserva apareció, cucharón en mano, para explicarnos más sobre estos animales autóctonos. Mientras daba información y rellenaba el cucharon de potingue, una profesora, que a juzgar por el tatuaje de su barbilla era maorí, matizaba y contaba curiosidades basándose en la voz de la experiencia. Mientras, los peces devoraban el contenido de la cuchara, produciendo con sus dientes un sonido similar al del velcro al arrancarse.  



Una hora de carretera más tarde, llegábamos a Martinborough. Nos asentamos en nuestra nuevo solar cedido y vimos atardecer con unas vistas de cinco estrellas. El cielo esta vez no era ocupado por aguiluchos sino por patos que graznaban anunciando el fin del día.


Despertamos cubiertos de un manto de rocío congelado y cristalino que daba un aspecto mágico al entorno. Vimos amanecer, desayunamos y nos unimos al vuelo de los kahus una vez más, para acercarnos a Martinborough y dar una vuelta por el centro. 

Este pueblo es conocido por sus vinos, pero bien podría ser el decorado de una serie americana al estilo Smallville. La única atracción turística que tiene es la Union Square o la plaza del pueblo, que fue diseñada con la forma de la bandera del Reino Unido, la Union Jack. Los alrededores y locales tienen mucho encanto pero realmente, el gran atractivo del pueblo, no se puede visitar; se tiene que beber. Nosotros obedientes, cumplimos con lo mandado. 

Fuimos a las bodegas de Escarpment y Ata Rangi para poder entender un poco mejor qué hace que este pueblecito sea conocido internacionalmente. Nos empapamos de cultura líquida y saboreamos el presente con cada giro de copa. Mientras tanto, los omnipresentes kāhus volaban en círculos como si fueran buitres. Deseaban que un mal cálculo al oxigenar el vino, derramara parte de este por el suelo, ofreciéndoles la oportunidad perfecta para beberse los daños colaterales.

(26 a 28 de julio)


miércoles, 29 de julio de 2026

El ciclo del agua (Rotorua-Taupo-Napier)

 -El agua se evapora creando nubes-

Una niebla misteriosa sube del interior de la tierra. Es vapor de agua, pero huele muy raro… Que nadie piense que por falta de educación me he relajado o llegado a coger demasiadas confianzas. Lo que se puede oler no es una flatulencia, es el olor característico de las zonas geotermales, que recuerda también al huevo podrido o las añoradas bombas fétidas.  

Nos encontramos en el parque geotermal de Wai-o-tapu ante Lady Knox, que recibe su ración matutina de jabón biodegradable. Es alimentada por un trabajador del parque, que ha volcado el ¨desayuno¨. Mientras, otra trabajadora nos hace una introducción del parque.  El Geyser contento por el desayuno, comienza haciendo gárgaras que danzan al ritmo de una música que parece salida de la banda sonora de Moana y suena mientras esperamos a ver el espectáculo. Un minuto después,  escupe un chorro de agua que llega hasta los 20 metros. Una lluvia invertida es expulsada desde el centro de la tierra mientras los visitantes aplaudimos. Empieza nuestro día, visitando este conocido geyser que entra en erupción de manera artificial únicamente una vez al día, siempre a las 10:15. 

Continúa nuestro viaje cerca de la ciudad de Rotorua. Esta región es conocida por su gran cantidad de geyseres y aguas geotermales, pero también por su arraigo a la cultura maorí. En Te Puia nos adentramos más en la cultura indígena de la isla, visitamos una escuela artesanal en la que trabajan con madera, piedra y huesos de ballena. Algunos de los trabajadores, dejándose llevar por la inspiración, cantan una canción maorí que suena a mantra; absortos en el arte de crear.

La visita sigue por el centro de conservación de Kiwis.  Aquí viven tres ejemplares. Por primera vez, podemos observar a esta ave endémica tan peculiar, que se alimenta usando el largo pico en busca de insectos, como si fuera un oso hormiguero. Como son aves nocturnas, el centro está a oscuras y no se puede hacer fotos. Emma empieza a protestar por la oscuridad, es hora de mover. 

El Parque también alberga entre otros, al geyser Pohutu, el más grande del hemisferio sur que se mantiene activo. Paseamos llenando nuestros pulmones de aroma sulfuroso y disfrutando de las formas y colores tan singulares que se forman en estas aperturas al averno. Amarillos chillones, piscinas de lodo burbujeantes, vaho permanente y de vez en cuando un escupitajo del centro de la tierra.

Cerramos el día sintiéndonos ewoks en el Redwoods Treewalk. En medio de un bosque de secuoyas gigantes, se alza un recorrido de 700 metros de puentes colgantes unidos alrededor de los troncos de estas prominentes coníferas. Aunque no son tan antiguas, ni tan altas como las de California, mirarlas a los ojos, produce tortícolis. Un artista neozelandés diseñó una iluminación que hace el recorrido más atractivo, aunque nosotros preferimos la luz del día para caminar entre ellas.   

-Las nubes precipitan creando lagos y ríos. 

El Lago Taupo es el más extenso del país. A él nos dirigimos dejando atrás la ciudad de Rotorua. Hicimos una parada en las Huka Falls, un salto espectacular en la ruta del Waikato River, el río más largo de Nueva Zelanda. Lo que hace tan asombrosas a estas cascadas es la potencia de los rápidos debido el efecto embudo: 220.000 litros de agua atraviesan un cañón estrecho y revienta desintegrándose y creando una espuma blanca que les da su nombre, y es que ¨Huka¨ significa espuma en maorí.  


Paseamos el resto del día alrededor del lago, disfrutando de la calma del sol de invierno y atreviéndonos a probar el ¨Hole in one challenge¨. Esta atracción local, consiste en meter una pelota de golf en una plataforma en medio del lago a 102 metros de distancia, quién lo consigue gana 10.000 dólares. Lo único que ganamos fue hacer el ridículo y reírnos un rato.

-Los ríos desembocan en el mar-

Con las primeras horas del sol, nos dirigimos al Este hasta llegar a Napier. Esta ciudad supo resurgir de sus cenizas como el ave Fénix. En 1931 un terremoto de magnitud 7.8 destrozó la ciudad causando cientos de muertos. Sin embargo, de las crisis y los desastres, surgen nuevas oportunidades y un grupo de ciudadanos tuvo la brillante idea de reconstruir la ciudad basándose en la arquitectura Art Decó de la época. 

La genialidad todavía queda patente hoy en día. Recorriendo sus calles sientes que cada paso te acerca al pasado. Los tonos pastel de los edificios parecen suavizar los colores y de pronto lo vemos todo en blanco y negro; Greta Garbo enamora en las pantallas de cine a un grupo de hombres con sombrero de ala corta y trajes con hombreras acolchadas. De los discos de vinilo que giran hipnóticamente en el gramófono, se escapan nota de Swing y dos jóvenes empiezan a bailar Lindy Hop. La calle desemboca en el Marine Parade, un paseo marítimo de 3 kilómetros con vistas al cabo Kidnappers. Al ver el azul del mar, nuestras pupilas se recuperan del encantamiento, volvemos al presente y todo recupera su color original. 

La noche del sábado, dormimos en un camping en primera línea de mar, en el que vimos atardecer con una copa en mano, que cambiamos el domingo por la taza de café calentita, para ver amanecer. Rociados por la Golden hour, bebiéndonos el presente a cada sorbo, nos preparamos para subir al pico Te Mata en la caravana. 399 metros de altura son suficientes para dominar Hawk’s Bay, regalando unas vistas espectaculares. 

Embadurnados por tantas bellezas naturales de buena mañana, decidimos reposar catando, antes de volver a Taupo. Hawk’s Bay es una región vinícola de reconocido nombre internacional y con mucha historia. Aquí se encuentran las bodegas más longevas del país que se remontan a finales de 1800. Comenzamos por Te Mata Estate, la segunda más antigua del país que cuenta con 130 años y acabamos el recorrido vinícola en Elephant Hill, mucho más moderna y joven con 20 años de historia; una piscina infinita daba a los viñedos y aunque estamos en pleno invierno, me pareció que el agua de la superficie se evaporaba lentamente, cerrando su ciclo para volver a empezar en un ciclo infinito.

 -El agua se evapora creando nubes-

(22 a 25 de julio)




sábado, 25 de julio de 2026

FantasIA (Auckland-Matamata)

¨Es un negocio peligroso, Frodo, salir por tu puerta. Pisas el Camino, y si no cuidas tus pasos, no hay forma de saber a dónde podrías ser arrastrado.¨

En este presente subyugado por la Inteligencia Artificial, ¨La Nada¨ ha ido ganando terreno al mundo de “Fantasía”. Cada vez es menos necesaria la creatividad y la imaginación está en peligro de extinción. Los habitantes de ¨Fantasía¨ necesitan desesperadamente nuestra ayuda. Eso es lo que se pretende con esta entrada en la que visitaremos cuevas estrelladas y casas de seres diminutos en el interior de las colinas. Queridos, queridas, espero que estéis preparados porque dentro de la autocaravana en la que hemos pasado la noche, ya suena el despertador.

El primer amanecer en New Zealand, nos levantamos en primera línea de playa, con una orilla incendiada por la aurora. Nos hemos adelantado un poco al sol para poder ver la final del Mundial durante el desayuno, pero este parece haberse levantado con el ruido de nuestro despertador, receloso por no ser el primero en pie. 
Si tú también viste el partido entenderás que el asiento se sintiera frío y abandonado, al vernos al borde del infarto y sin posibilidad de descansar las posaderas. Pero ya conocemos el resultado, así que no nos pongamos nerviosos y sigamos adelante. 
Tras la victoria de España, nos lanzamos a la carretera, con el mantra ¨se conduce por la izquierda¨ para evitar estamparnos en la primera rotonda o cambio de dirección. Fuimos a nuestra primera cata en la isla en la bodega de Kumeu Rivers. Allí disfrutamos de las Chardonnays y las Pinots mientras Emma gateaba por la tasting room hasta que se le acabaron las pilas y se quedó dormidita en la cama vertical que son los brazos de mamá.

La idea inicial era continuar el viaje hacia la Península de Coromandel al Noreste. Sin embargo, nos quedaban compras pendientes y el jetlag se extendía como un virus sobre nuestros cuerpos a la misma velocidad que la noche invernal cubría el cielo. Avanzar por carreteras panorámicas no tenía sentido a esas alturas y cambiamos la ruta, para poder visitar al día siguiente las conocidas Waitamo Caves. 

Recuerdo que de pequeño tenía unos juguetes que brillaban mágicamente en la oscuridad: Los Gusiluz. Quién me diría que treinta años más tarde, visitaría su hogar en las antípodas. Antes de que se haga ideas erróneas, no se confundan: Los gusanos de luz no son lo mismo que las luciérnagas; las luciérnagas vuelan, los ¨gusiluz¨ no. 

Las cuevas de Waitomo acogen a una colonia de estos mágicos insectos que utilizan la luminiscencia para atraer a sus presas y alimentarse. Ahora que sabemos de qué hablamos, encontrémonos en la puerta de la cueva, para que nos adentremos en sus profundidades. Desde la negrura somos guiados por un maorí que ameniza las explicaciones con bromas y lanza reflexiones profundas, como si quisiera ofrecernos antorchas con las que iluminar nuestras vidas. 

En las cuevas no se permiten hacer fotos por tratarse de un lugar sagrado para los maorís. Pero no se desanimen ustedes, véase como una oportunidad para generar imágenes de paisajes nunca vistos.

Nos encontramos ante una barca. No se trata de una representación onírica, ni de una atracción de Disney World. El final del tour incluye un paseo subterráneo. Subimos y lentamente la barca se adentra en las misteriosas aguas negras y ante nuestros ojos, se alza un techo estrellado. Es un cielo perenne, en el que nunca dominan las nubes; perforado por estalactitas que se ocultan en la oscuridad. Algunas maravillas de la naturaleza son difíciles de explicar sin acudir a la magia. La bóveda de la caverna estaba habitada por miles de gusanos que derrotaban las tinieblas con el azul característico de los astros. El universo estrellado que se extendía ante nosotros, se reflejaba en las aguas y parecía hacer levitar nuestra barca como si se tratara de una nave espacial. El silencio sólo fue roto por el sonido del agua meciendo la barca y los quejidos de Emma saturada por tanta oscuridad. La luz al final de la gruta, nos sacó del ensimismamiento. Meneamos las cabezas y nos sacudimos el hechizo de las sirenas gusiluz. 

La vuelta a la realidad fue momentánea, pues la siguiente parada era Hobbiton. La familia propietaria de la granja en la que se rodó El Señor de los anillos, tuvo un ojo empresarial cuando se les pidió de nuevo la granja para las películas del Hobbit y consiguieron negociar que tras el rodaje, se mantuviera el decorado. Gracias a esta decisión, hoy nos podemos adentrar en el mundo de Frodo, Bilbo y todos sus habitantes.

Un autobús atraviesa colinas verdes en las que las ovejas son las que mandan. En un giro cinematográfico, aparece el cartel de “Welcome to Hobbiton” y el mundo de Fantasía, cobra realidad. En cada colina, se enmarcan puertas y ventanas. Agujeros hobbit donde viven estos diminutos habitantes que son un 40% más pequeños que los seres humanos. Disfrutamos como ¨hobbits¨haciendo fotos a Emma apoyándose en las puertas como si fueran sus casas. Nuestro guía era un entusiasta absoluto del mundo de Tolkien: conocía cada detalle de los libros y era capaz de recitar fragmentos de diálogos; un frikazo vamos.

El momento culmen, fue poder entrar a uno de los agujeros hobbits y poder ver cómo viven y experimentar lo acogedor que resulta vivir en el interior de una colina. Llevábamos unas dos horas viviendo en Hobbiton y no estábamos preparados para volver a la realidad, pero arrastrando los pies volvimos al autobús dejando atrás ¨La Comarca¨. Recorrimos los montículos verdes donde la emperatriz seguro que es una oveja, a juzgar por la cantidad de bóvidos que nos miraban fijamente. Las ruedas del autobús dejaban atrás una nube de polvo observada por el rebaño mientras descolocaban sus mandíbulas; ignorantes de la existencia de una Inteligencia Artificial que amenazaba con quitarles el trabajo. 

¨Don’t adventures have an end? I suppose not. Someone else always has to carry on the story.¨



(20 a 21 de julio)

miércoles, 22 de julio de 2026

UPSIDE NMOꓷ (Valencia - Auckland)

“Lo siento mucho, pero me temo que no les podemos dejar volar…” soltaba la azafata con una expresión trabajada de “empatizo con tu frustración, pero no puedo hacer nada”. Nuestro primer viaje con Emma comenzaba patas arriba y todavía no había empezado. El destino se burlaba de nosotros por decidir viajar a New Zealand; literalmente las antípodas.

Nos encontramos en la zona de facturación en Valencia. Nos están poniendo problemas para embarcar porque nuestra ruta pasa por Australia y por lo visto se necesita visado, aunque estemos de tránsito. La noticia cae como un jarro de agua y nos visualizamos todo el verano en Valencia; todavía queda una hora para que cierre el check-in pero pedir el visado puede tardar hasta 4 horas. Intentamos desesperadamente pagar el visado, pero justo antes de introducir el número de la tarjeta, nos informan que han encontrado una excepción con la que podríamos volar. Con la luz verde, dan paso a sacar los billetes, pero el sistema solo perite sacar los billetes de Bea; los míos y los de Emma dan problemas. 

Las manecillas del reloj avanzan devorando segundos y la cara de la azafata, no augura un final feliz. En mi cabeza se forman ecuaciones buscando posibles soluciones al naufragio: La ruta es Valencia-Istanbul-Singapur-Melbourne. Si no podemos volar a Melbourne, no pueden denegarnos volar a Turquía, ya que el problema reside en el vuelo a Melbourne. Quizás un viaje a Turquía no sea tan mala opción: no hace falta vacunas, es bonito y es seguro. 

“¡Decidle que no toque nada! ¡Saúl no toques nada!” Bea y un trabajador salen en carrera para avisar a Saúl que desde la cabina de enfrente se ha apiadado de nuestra situación y está haciendo lo posible para que comamos perdices. 

Algo ha funcionado y ya tenemos el viaje completo de Bea y dos billetes míos y de Emma. Sólo faltan los del destino a Melbourne ya que, por alguna extraña razón, no se imprimen los billetes del vuelo intermedio. El tiempo no perdona y Turquía parece cada vez más, una solución real como parche por perder el vuelo a New Zealand. 

Por detrás nuestro, llega galopando un hombre nervioso y bañado en sudor, suplicando entrar en el avión para asistir a una boda. La facturación está oficialmente cerrada y recibe un rotundo no, (no por ello, menos adornado de empatía.) Se le une una pareja que culpa al tráfico de Valencia y a la aplicación de Turkish Airlines. La cara de pocos amigos de la azafata los hace cambiar de estrategia y de la exigencia pasan a la docilidad y el silencio. 

Al final nos entregan los billetes de Valencia a Istanbul y de Melbourne a Auckland. Los de Istanbul-Melbourne los tendremos que conseguir al aterrizar. Nos cuelan por el control de seguridad y subimos a tiempo al avión. Primera prueba superada; hemos llegado a Istanbul.

Bajamos del avión y tenemos una hora para solucionarlo todo, pero hay que pasar por control de aduanas, el control de seguridad, subir y bajar en ascensores para pasar el carrito de Emma y cambiar de terminal. Esto parece una Escape Room. 

Conseguimos hacernos con mi billete, pero no con el de Emma. Segunda prueba superada.

Nos acercamos rápidamente a la puerta de embarque y la cara de este azafato nos transmite un déjà vu que no pinta nada bien. La frontera australiana no admite el pasaporte de Emma. Todavía no sabemos por qué razón ¿Será posible que Emma sea una criminal? ¿Podría ser posible que tenga antecedentes penales y no lo sabíamos? 

Ya casi no quedan personas por embarcar y el azafato inmune a los soniditos de Emma, teclea sin parar, con la mirada fija en la pantalla, absorto e impertérrito. El tiempo se consume y no hay forma de ganarle la partida. Nos proponen que vuele uno de nosotros mientras el otro se queda con Emma y coge el siguiente vuelo, dos días después. Prueba no superada. La puerta de embarque se cierra permanentemente de manera dramática.


Volvemos a la oficina de Turkish Airlines para que nos den una solución. Por suerte, tras una hora de espera, vemos la luz. Nos cambian la ruta para ir por Dubai y volar desde allí con Emirates en un vuelo directo a Auckland. Es una lástima, pero Turquía tendrá que esperar. 

En el vuelo a Dubai tratamos de reducir la adrenalina acumulada y dormimos a cabezadas. Emirates sube claramente el listón de calidad, pero se hizo un poco cuesta arriba. 15 horas no son tantas… depende de cómo lo mires. Emma tenía clara su opinión al respecto y nos la hizo saber en más de una ocasión durante el trayecto. El tiempo de vuelo era su aliado y le facilitó que nos dejara clara su postura, sin necesidad de mediar palabras ¿Quién las quiere cuando puede pegar gritos con la potencia de una soprano?

Ya en Auckland, repartimos el tiempo restante del día, en recoger la caravana (nuestra casa errante durante el próximo mes), hacer una compra grande para abastecerla, acostumbrarnos a conducir por la izquierda y a dirigirnos al parking con la noche de decorado. A pesar de los malos augurios, habíamos conseguido llegar a Nueva Zelanda. El jetlag, las aventuras y las horas de viaje, se colgaron de nuestros párpados, obligándonos a cerrar los ojos, mientras masticábamos la cena: un vulgar sándwich que sabía a perdices.

(17 a 19 de julio)

lunes, 23 de diciembre de 2024

El mal de aventura (Uvita-Austin)

Es consabido que no hay Yin sin Yan, que la luz implica sombras y oscuridad, que el Delta muere en el inicio del océano, que no hay principio sin final. Nuestro viaje languidecía y tocaba su fin. Y como siempre, una sensación agridulce se introducía en la mochila como un polizón. La maldición del viajero empezaba a palpitar; el sabor agrio de acabar las aventuras y volver a la inmutabilidad del día a día, se mezclaba con el dulzor de volver a casa y reposar lo vivido. La eterna dicotomía del viajero. La maldición del trotamundos. 

Pero pausemos estos pensamientos por un momento porque hemos decidido acabar el viaje buscando el sol entre las nubes; resueltos a secar en la playa, las experiencias pasadas por agua de Corcovado. 

Amanecimos en Uvita y antes de desayunar, nos acercamos al Parque Nacional Marino Ballena. Esta playa protegida, tiene la forma de la cola de una ballena cuando la marea está baja. 
La fina capa de agua marina, sobre la arena forma un espejo que da extensión al cielo y da permiso para caminar sobre él. Para acabar de decorar el paisaje, la selva está instalada en primera línea de playa ofreciendo prestigiosas vistas a sus inquilinos que pueden ver como la cola de la ballena se sumerge y resurge siguiendo los caprichos de la marea.
Desayunamos antes de lanzarnos a la carretera y nos llevamos puesto un paraguas de nubes que parecían obsesionarse en protegernos del sol. Por suerte, alguno de los rayos consiguió agujerearlas y decidimos hacer parada en la playa Biesanz, muy cerquita del famoso Parque Nacional Manuel Antonio que decidimos esquivar por falta de tiempo y por evitar masificaciones.
Este pedacito de costa que es más bien una cala, resguardada por rocas y vegetación selvática, nos sirvió de refugio de las sombras durante un rato y nos ofreció la oportunidad de disfrutar del sol y reposar lo vivido. 

El mar tiene esa virtud; quizás sea la sal que potencia las vivencias al igual que con la comida, o quizás sean las olas que mecen y adormecen. Quizás está en nuestra piel, que siente la proximidad al mar. Puede ser que la conexión que se forjó desde nuestro nacimiento en la costa levantina, siga calmando nuestros cuerpos cuando sienten la cercanía marina.
La vuelta de las nubes nos sacó del ensimismamiento y nos puso de nuevo en el coche para recorrer los últimos kilómetros hasta San José. 
Pasaban las horas e impaciente, el sol se fue a dormir, entre montañas cubiertas de nubes que ocultaban su belleza. La noche se instaló en Costa Rica antes de que llegáramos a la capital y aparcáramos tras más de 1500 kilómetros de aprendizaje durante esta semana larga.
Celebramos el final del viaje en Café Rojo, un restaurante que mezcla los sabores nacionales, con la gastronomía vietnamita. Saboreando la fusión de nuestro último "Casado" con sabores asiáticos, acompañado con un vino de Chile, sentimos los efectos de la enfermedad del viajero o mal de aventura. Esta maldición se agrava cuando el viaje se convierte en monotonía y uno vive en el extranjero.
Con cada experiencia internacional, el viajero añade una pieza del puzzle que va completando su persona; pero al mismo tiempo pierde el eje de rotación, se desorienta y va desapareciendo su sentimiento de pertenencia a un único lugar. 
En la cotidianidad lo embelesa el olor a aventuras y en el viaje ansía el calor del hogar. Sin embargo, su concepto de hogar se ha multiplicado, y el calor se va dividiendo en cada uno de esos destinos en los que ha vivido. Cuando se está quieto, el espíritu siente ganas de partir y cuando se está en movimiento, las raíces tiran de uno mismo para permanecer en un lugar. Se crea una dicotomía imposible de resolver. Sólo hay una manera de reducir los efectos: no parar de caminar, descubrir, desaprender, vivir; En definitiva, viajar.
Veía volar los pensamientos mientras el avión aterrizaba en uno de nuestros hogares, Austin. Consciente que pronto volvería a sentir los efectos y no quedaría más remedio que lanzarse a la aventura.

"Es más fácil enamorarse de los espíritus aventureros que convivir con ellos. No necesitan a nadie ni entienden que nadie los necesite. Tampoco pertenecen a ningún sitio. Y, cuanto más te esfuerzas por retenerlos, más se alejan. Necesitan volar cuando están en casa y regresar a casa cuando han volado. Se aburren de los demás con facilidad, pero más aún de sí mismos. Atrapados en su libertad, terminan encadenados a ella." David Jiménez.

(1 a 2 de diciembre)

Desde la distancia pero sintiendo el calor de La Terreta cerca, ¡Feliz Navidad familia!