lunes, 24 de agosto de 2026

Salir al encuentro (Eilean Donan-Isla de Skye)

El castillo de Eilean Donan nos recibe a las puertas de las Islas Hébridas (las interiores). Varado en una isla mareal, en la confluencia de los lochs Duich, Long y Alsh, se alza señorial sobre un puente de piedra que conecta el buque del siglo XIII con tierra; rodeado de algas que tejen su kilt, y emanando un aroma a castle on the rocks previo a la lluvia, nos recuerda que la belleza es una esencia que se riega y que no marchita con el paso de los años.

El camino a Skye nos acoge pasado por agua: la llovizna cede el testigo a la lluvia, que entrega el relevo al viento hasta llegar al puente de Sligachan donde todo parece calmado. El tiempo da paso a una feroz bienvenida protagonizada por los midges, unas mosquitas milimétricas de aspecto tan inofensivo que uno espera deshacerse fácilmente de ellas en pocos movimientos, pero se organizan en un ataque salvaje más propio de los pictos y los vikingos. Estos insectos, que en lugar de picar como los mosquitos, muerden en agresivas manadas, convierten los erróneamente pronosticados aspavientos en manotazos limpios y continuos contra la cara tratando, inútilmente, de frenar la carnicería. Nos batimos en retirada mientras Pol pide clemencia: "¡Pica!, ¡pica!" La victoria rotunda ante los bárbaros en la batalla del puente de Sligachan, quedará inscrita en la memoria de estas pirañas voladoras.

Al día siguiente, untados y escudados en nuestro Smidges, el repelente local, llegamos a Neist Point, el punto más occidental de Skye: un saliente alfombrado, congelado en una ola de hierba, a punto de romper sobre el faro que la desafía. Ante el mismo, me resonaron ideas del libro "Breve atlas de los faros del fin del mundo"; símbolos de resistencia ante la adversidad, los faros son constancia de que parte de la humanidad persiste en iluminar desde los puntos más recónditos y alejados del mapa para acompañar y guiar a los desorientados. 

En el lado opuesto de la isla, al este, una cascada desemboca al estrecho de Raasay, en el océano Atlántico, en una caída libre de 50 metros. Desde el mirador, la Mealt Falls precede al acantilado de la Kilt Rock, en la retaguardia, en una suerte de cortina de agua que abre la escena, como en las antiguas salas de cine.

Por su parte, en la vanguardia, cuando la lluvia hace su aparición, un chaval de 15 años, vestido con el atuendo nacional, decide dar batalla al mal tiempo; con el distintivo sporran entre las piernas, un ligero contrapposto para resaltar la estética, y la mirada fija en el infinito para mayor trascendencia, empieza a invocar los vientos de la costa con su gaita, reubicándolos en un odre y cuatro tubos para modular el aire y moldearlo en notas. La lluvia, interpelada, amaina, y las nubes se ahuecan momentáneamente para conceder una luz más desnuda.

Aprovechándola, nos dirigimos al norte; una carretera unidireccional de inclinación pronunciada conecta con el aparcamiento de Quiraing. Nos ponemos en cola, pues a pesar de los passing places, ensanchamientos puntuales para ceder el paso al coche que aparece en sentido contrario, la estrechez general es manifiesta, y un paso en falso puede resultar en una caída rodada por la cuesta.

La hilera de coches que queremos subir, esperamos nuestro turno, testigos de cómo otra fila desciende lentamente. Cuando el último coche a la vista ha pasado, ascendemos nosotros. A mitad camino, una caravana de las que esperaba en lo alto pierde la paciencia y arranca. Ocurre lo evidente: se produce un tapón y empieza la fiesta; un cara a cara en pendiente, un enfrentamiento de miradas, el cálculo de posibilidades; los sudores en las temerosas aproximaciones, la danza de neumáticos, el rugido de las revoluciones, el duelo de egos... Finalmente, la caravana consigue apartarse y llegamos al destino sanos y salvos. Nuestros caminos no volverían a cruzarse hasta esa noche, vecinos de parcela.

Como si la ola alfombrada de Neist Point se hubiera multiplicado, un océano de promontorios, montículos, laderas, y sombras verdes se descubre ante nuestros ojos en un paisaje hecho a retazos, en aleatorias capas de estática marejada. Una premonitoria niebla se atrinchera, acechante en la cima, esperando contraatacar.

Acabamos el día en Fairy Glen, una versión más serena del Quiraing, adaptada al tamaño y personalidad de las criaturas que habitan estos lares. Una ruta nos guía entre montañas cónicas engalanadas por ondas de hierba que las rodean como bancales en desniveles, círculos concéntricos de piedras que semejan las ondulaciones generadas por una gota en un lago en calma, y pequeñas puertecitas escondidas en raíces a los pies de algunos árboles que marcan el hogar de las hadas aquí empadronadas. 

El sábado, nuestro último día en Skye, queríamos hacer la caminata hasta el mirador del Old Man of Storr, que ya habíamos aplazado. La ruta completa es de unas 3 horas, y a pesar de ser sencilla, la ida no deja de ser una subida cargando con los niños como sherpas. Al principio todo iba bien. Lara pidió ayuda brevemente, y luego fue subiendo por sí sola casi hasta la cima; pero conforme ascendíamos, el viento empezó a arreciar acompañado de lluvia; las temperaturas empezaron a bajar, y los ánimos de los peques descendieron con ellas; así que hice solo los últimos metros del tramo final. 

Afortunadamente, pude tomar unas pocas fotos, pues mientras disfrutaba de las gratificantes vistas, la niebla ocupó la escena para presentar al Fog Man of Storr. Esperé unos 20 minutos, pero los pináculos más famosos de Skye no volvieron a salir del camerino. Confiando en que se disipase, un lienzo en blanco avivaba mi imaginación con la imagen deseada. Esta vez había que darse por vencido y aceptar una cortina opaca con alguna transparencia momentánea...  

En Portree, la Royal National Lifeboat Institution, una ONG dedicada al rescate y salvamento marítimo, celebraba su evento anual para recaudar fondos; las noticias de los días posteriores aplaudían la recolección de más de 25.000£, un récord histórico para la organización. La ciudad se había volcado por la causa. 

Como los faros, como el adolescente gaitero, incluso como los midges, la respuesta de los lugareños ante la tormenta fue la misma: salir al encuentro y resistir.

(13 a 15 agosto)

viernes, 21 de agosto de 2026

Instrucciones para vencer a la suerte (Kaikoura – Auckland)

La suerte es caprichosa, tanto da como quita y la mayoría de veces sin previo aviso y por la espalda. 

Instrucción nº1: Si se pone de tu lado, sé agradecido e invítala a un café.

Durante casi todo el viaje hemos tenido a la suerte viajando junto a nosotros en la motorhome, poniendo el clima de nuestra parte. Aunque pensándolo bien, quizás era al revés. Sea como fuere, los días de lluvia nos habían tocado en momentos en los que no estábamos a la intemperie y los días de excursión, el filtro solar estaba en modo On.

Pero como hemos dicho anteriormente, la fortuna es voluble y bipolar. Nos tenía un revés preparado al que entraremos en detalle en breve. Por ahora, disfrutemos de su compañía. Hemos llegado a Kaikoura ciudad costera conocida por su variedad de vida marina.

Empezamos el día paseando para ir a un punto de avistamiento de focas. El paisaje es muy bonito, pero mientras caminamos coincidimos los dos: “Hemos visto lugares para ver focas mejores que este”. El azar, que camina un poco rezagado sonríe. Nos cruzamos con una pareja que anuncia que continuemos caminando, que adelante hay muchísimas más focas y se las puede ver de cerca. La suerte ya nos estaba esperando allí con una sonrisa prepotente. 

El paisaje era espectacular, con las rocas dentadas, el verde de la vegetación colonizadora, las olas enfurecidas esperando un poco de protagonismo y las focas que descansan al sol adormiladas y perezosas, estornudando o gimiendo alzando la voz sobre el mar. 

Las hay de todos los tamaños, y todos los marrones; las hay que alzan una ceja a ver quién viene a molestar ahora, las que ni se inmutan y las que nos enseñan los dientes como si fuéramos su dentista.

Tras la visita, nos desviamos unos 20 minutos hacia el norte para hacernos con nuestro festín: Unas langostas frescas que acompañamos con paua, un caracol gigante marino endémico. 

Lo llevamos todo a nuestra parcela con vistas al mar, lo maridamos con buen vino al resguardo de la caravana e invitamos a la dicha a un café antes de pasear por la ciudad.

Instrucción nº2: Si te da la espalda, intenta ignorarla y sigue caminando, llegará un momento que le molestará no tener tu atención y volverá a ti.

Estamos plantados en el pequeño aeropuerto de Kaikoura escuchando cómo un hombre nos anuncia, que nuestro tour en avioneta para ver ballenas se ha cancelado por falta de gente y por mal tiempo. Dicen que este es uno de los mejores lugares del mundo para ver ballenas y no vamos a poder hacerlo. Al principio pataleamos y nos negamos a aceptarlo. Nos repetimos que la suerte se busca y llamamos a las tres compañías restantes. Nada; o están completas o no vuelan con este tiempo ventoso. Una nueva notificación ilumina mi móvil: Nos han cancelado también una cata. Maldita sea la fortuna, ayer era todo risas y hoy nos viene con estas.

Con el regusto amargo decidimos avanzar y volvemos a Marlborough para ahogar las penas en… “Sauvignon Blanc a tu lado, mi futuro será dorado”.

Hacemos un esfuerzo sobrehumano por utilizar la táctica de ignorar a la maldita fortuna, pues el miércoles tenemos billete para la isla norte y hoy martes, todos los ferries han sido cancelados por el temporal. La cosa no pinta bien… Si perdemos el ferry, corremos el riesgo de perder también el vuelo.

Instrucción nº3: Cuando aparezca de nuevo por tu puerta, déjala entrar. No le guardes rencor, por su naturaleza azarosa.

Estamos en medio del estrecho de Cook, mareados con el vaivén exagerado de las olas. Emma agotada pone su cabecita en el hombro de Bea como diciendo “Aquí me quedo”. Mientras, papá y mamá hacen de tripas corazón para no soltar por la boca lo que pertenece al estómago. Sin embargo, aún con estas, encontramos las palabras para dar las gracias por no tener que quedarnos en la isla sur a dos días de volver a España. 

Nada más bajar del ferry nos hemos tirado a la carretera. Auckland queda muy lejos y hay que acercarse como sea. Nos esperan seis horas más de conducción.

Instrucción nº4: Cuando siga sin aparecer, no te quedes quieto, laméntate un rato y luego busca soluciones para seguir tu camino. Como ves en la Instrucción nº2, cuando se le ignora, la suerte acaba volviendo a por café.

En Auckland visitamos el All Blacks’ Experience. Teníamos tickets para el principio del viaje y los perdimos, por lo que buscamos un hueco para hacerlo al final. No creo que este equipo necesite presentación. El equipo nacional de rugby de New Zealand se han ganado un huequito en la historia por su aura, sus valores y su rendimiento deportivo. 

Aprendimos más sobre la historia tanto de los All Blacks (el equipo masculino), como de las Black Ferns (el equipo femenino); igual de temidos en el campo. También, pusimos a prueba nuestra técnica y táctica mediante juegos interactivos. 

Por supuesto, también vivimos una Haka en primera persona, potenciando con efectos especiales los golpes, gritos y pateos de los jugadores. A mí se me ponían los pelos de punta y Emma, en lugar de ponerse a llorar o asustarse, empezó a mover sus manos de excitación ¡Que Dios nos pille confesados!

Al acabar, nos dio el tiempo justo de comer muy a gusto, hacer alguna compra y esprintar a la motorhome de vuelta, antes de ser multados por sobrepasar el tiempo establecido de parking.

Originalmente íbamos a devolver la motorhome el mismo día del vuelo, pero decidimos no jugar con la suerte que ya sabemos que igual la pillas a buenas, que igual se levanta con el pie torcido. 

Con tanto kilometro encima, la pobre motorhome había recibido “un besito” en el trasero. Por fortuna, los trabajadores quisieron pasarlo por alto, ayudándonos a enmascarar la pieza faltante, por ser honestos y reconocer injusta la situación. Y es que el lugar exacto en el que se golpeó, estaba previamente “arreglado” con cinta americana. Nos pidieron eso sí, que gastáramos en Emma la cantidad astronómica que hubiéramos tenido que abonar.  

Y así damos carpetazo a una nueva aventura. Escribiendo desde el aeropuerto de Hong Kong nos preguntamos si tendremos que poner en práctica las instrucciones sugeridas, antes de llegar a Valencia; pero el final de la historia querida familia, lo acabaremos mediante lenguaje oral, quizás con un café delante para dar las gracias de paso ¿Por qué no? Hay tanto por lo que estar agradecido… La suerte nos mira de reojo y no tenemos claro si está contenta o furiosa. Qué más da, con todo lo que hemos vivido estamos preparados para sus cambios de humor si han de venir.

(17 a 21 de agosto)


miércoles, 19 de agosto de 2026

Playlist (Paisley-Luss-Glencoe-Glenfinnan)

El cocodrilo se metió en la cueva,

de pronto asomó la cabeza,

miró para un lado y al otro,

¿y qué pasó?, ¿y qué pasó?

Si, como a nosotros, no os interesa ni media qué fue del cocodrilo, preparaos para conducir con una playlist infantil en marcha. Comienza la carretera, y vamos a tratar de extraer lo mejor de cada pequeño infierno repetido hasta la extenuación en temas cuyos cantantes parecen modular sus voces en la cresta de éxtasis orgásmicos. Mientras nos adentramos en las Highlands, he aquí nuestra selección de temazos escanciados con paisajes escoceses.

No tinc por de ser especial,

tothom és especial,

ningú vol tenir por.

La Clika canta a coro con Lara mientras nos acercamos a la abadía de Paisley, del siglo XII, donde dicen que estudió un joven William Wallace antes de pasar a la historia. Nos recibe un hombre mayor que no para de disculparse, apurado, por no poder comunicarse en otro idioma que no sea el inglés; nos explica que los peques pueden jugar a encontrar los seis ratones que hay escondidos en la abadía. Lara acepta el reto encantada mientras Pol la sigue corriendo como un pingüino. En uno de los flancos, una fuente de luz entra lateral atravesando las vidrieras, dando protagonismo al baile de motas que parecen tratar de asir el haz; unas banderas raídas y decoloradas subrayan aún más el paso del tiempo detenido.

Cuando Lara consigue orgullosa su diploma, da comienzo mi treasure hunt, consistente en encontrar la criatura cinematográfica de H. R. Giger que se añadió en una de las reformas en los años 90. Con el ánimo de adaptar las gárgolas a los nuevos monstruos, el diseñador coló un xenomorfo tratando de escapar de la fachada. 

Mientras cubrimos el siguiente trayecto, le toca el turno a Shakira (por enésima vez) con su canción para Zootrópolis 2:

Eoe! The only reason we are here is to celebrate

in a place where anyone can be anything.

Luss se pavonea con las flores en sus puertas, preparada para atraer turistas, pero nuestra vista se dirige hacia las gaviotas que posan sobre la boca de las chimeneas, órganos de calor que comparten espacio ordenados en sus cajetillas de ladrillos (en Paisley llegamos a contar hasta 18 salidas de humo juntas).

Al día siguiente, HUNTR/X cantan "We're going up, up, up, it's our moment" mientras Lara traduce algo así como "wi goi bot, bot, bot, its ande mooore"; nos acercamos a los castillos de Kilchurn y Stalker en dos paradas (separadas por 50 kilómetros de distancia): vestigios de historias idealizadas con la patina del tiempo; ruinas de una época en la que se llamaron fortalezas; hoy en día huelen a etiqueta de whisky por la mañana y a fondo de pantalla saturado al atardecer. 

Que bé despertar-se sense alarmes 

i no saber què passarà demà. 

Cantan los del Club Super 3 mientras nos aproximamos a las últimas paradas del día en el valle de Glencoe, donde descansa la piramidal montaña Buachaille Etive Mòr, un reptil geológico que saca pecho de sus mil metros de altura de pendiente desnuda y rocosa. 

Después de escuchar cómo Rosana desea que todos los días sean Navidad (seguramente no ha tenido que escuchar villancicos 365 días non-stop), de no poder esquivar el "Espresso Macchiato" de Tommy Cash (el taladro de mi amore se repite en bucle como una sofisticada técnica de tortura), y esperando que los de Fórmula V superen de una vez por todas que Eva María les dejó buscando liberarse de una relación tóxica, la serenidad en el muelle de Glencoe Lochan despide la jornada. 

It's time to see what I can do,

to test the limits and break through.

No right, no wrong, no rules for me. I'm free!

Mientras aparcamos la motorhome cerca del viaducto de Glenfinnan el tercer día, el "Let it go" de Frozen se revela como una secuela reinterpretada de la historia del grupo de pop madrileño, desvelando que "su maleta de piel" estaba destinada a soportar las temperaturas del reino de Arendelle.

Esperando el paso del tren de vapor famoso por cubrir el trayecto a Hogwarts, considero la importancia de las ficciones como creadoras de puntos de referencia, de señales con las que guiarse. Para los niños con gafas de toda una generación, Harry Potter fue el héroe al que aspirar cuando Clark Kent se quedó atrás; por ello son necesarias nuevas historias con referentes femeninos y más diversos, para abarcar la riqueza de infancias y romper con estructuras encorsetadas durante mucho tiempo.

La espera es larga. Explicamos a Lara quién es el personaje de Harry Potter para ponerla en contexto. La ladera de la colina está repleta de gente que espera ver el icónico ferrocarril. Cuando Pol, cansado, ajeno a las expectativas que le rodean, se queja de no poder moverse libremente, Lara trata de consolarlo: "Mi amor, eres más bonito que el Hary Potter". 

El bramido de un animal extinguido anuncia la llegada del Jacobite, que avanza impulsado por el movimiento de los pistones. Un tímido aliento de vapor sale por el espiráculo de la locomotora mientras el silbato saluda a los espectadores y a sus smartphones. La magia y el último vagón se alejan.

Subimos de vuelta a la motorhome. Encendemos la radio, y conseguimos colar una canción en la playlist del día de la marmota: suena el estribillo de "I'm Gonna Be" de The Proclaimers (But I would walk 500 miles, and I would walk 500 more), por lo que es el momento de que os pongáis en pie (aunque solo sea mentalmente), dejéis a un lado el miedo al ridículo, acompaséis vuestras cabezas y empecéis a cantar el momento culmen con nosotros mientras la motorhome se marcha:

Pa, ra, ra, pa (coro de adultos)

Pa, ra, ra, pa (coro infantil)

Pa, ra, ra, pa (ahora los de delante)

Pa, ra, ra, pa (ahora los de detrás)

(¡y todos juntos!) Dandili, dandili, dandili da ra aa.

(10 a 12 agosto)

Tres pingüinos al rescate del espectáculo (Oamaru – Arthur’s Pass - Waipara)

Estamos en Oamaru esperando el gran momento en que los pingüinos azules vuelven a casa después de todo el día en el mar. Hacer fotos está prohibido para evitar distraerlos (siempre hay alguien que olvida quitar el flash y la lía), y que decidan que al día siguiente se largan con su hatillo en busca de un nuevo hogar. Hay que evitar que se den cuenta de nuestra presencia y tendremos que guardar silencio en cuanto aparezcan; es importante que el Show de Truman siga su curso. Creo que tenemos para largo, por lo que da tiempo a recapitular lo ocurrido durante el día. 

La primera parada ha sido en un terreno privado habitado por ovejas que pastaban plácidamente junto a las Elephant Rocks. Estas formaciones de roca caliza fueron utilizadas en la película de Las Crónicas de Narnia. Las rocas, más que elefantes, parecían un conjunto de boas dibujadas por el Principito, las mismas que los adultos confundían con dibujos de sombreros. Quizás la edad me impedía ver la manada de paquidermos rocosos. Quizás Emma sí era capaz de verlos y por eso movía sus manos al mismo tiempo que elevaba su cuerpecito en un subir y bajar para mostrar su excitación.

Son las 18:00 y los pingüinos no aparecen por ningún lado. Por fortuna, las focas dan juego y posan esperando ser fotografiadas. Nos dan indicaciones para que nos sentemos en las gradas a esperar a los responsables de que nos encontremos a la intemperie. Miramos al horizonte en busca de señales y seguimos esperando.

La segunda parada del día ha sido en el pueblo de Oamaru, capital del mundo del steampunk. Esta estética se basa en un universo paralelo en que la época de vapor y la victoriana, se entremezclan con la ciencia ficción y el toque futurista. Los inventos de Julio Verne o las novelas de H. G. Wells dibujan su realidad. 

Las calles llenas de edificios victorianos te transportan al pasado y para los faltos de imaginación, el Steampunk HQ, una galería de arte/museo interactivo, permite teletransportarse a este mundo con invenciones, relatos, y diferentes esculturas.

Es la hora de comer y decidimos hacerlo en la Scotts Brewery acompañados de una cata de cervezas junto a una comida deliciosa pero contundente. Tanto, que necesitamos dar una vuelta por el parque contiguo, cómo no, de estética steampuk.

¡Un momento! Acaba de aparecer el primer pingüino silencioso, ajeno a su exposición pública, con sus andares cómicos y laterales. Sin embargo, desde el primero que aparece solitario, hasta el primer grupo grande, pasa un rato. Aprovechemos para dar algunos datos sobre estos animales: Los pingüinos azules son los más pequeños del mundo, se les llama así por el aspecto del plumaje y al volver a casa tienen la costumbre de unirse en grupos numerosos a los se les llama balsas para volver a sus madrigueras, y es que esta especie de pingüino excava su hogar y no duerme a la intemperie. El primero en llegar obviamente, no ha querido ser un ejemplo de nada.

Rompamos la línea del tiempo, dejemos el espectáculo en pausa y adelantémonos al futuro. Es viernes y estamos en Kaiapoi donde estaremos un par de horas. ¿Qué hacemos allí? Nuestras cicatrices permiten que la piel cuente historias; pero en ocasiones decidimos que estas, se escriban con tinta para quedarse para siempre. Este proceso es lento, de ahí la espera. 

Previamente habíamos paseado por Christchurch, la segunda ciudad más grande del país, que recibe el nombre de “garden city”.  Visitamos el Hagley Park que nos recordaba a otros parques urbanos como Central Park en NY o Hyde Park en London. El graznido de un pato, me recordó al que hacen los pingüinos al llegar en las balsas.

Llega la primera balsa. Unos 20 ó 30 pingüinos remontan la rampa camino a sus madrigueras. Un grupo va directo a las gradas VIP. Han oído bien. Si se pagaba más dinero, se estaba más cerca del meollo; pero tranquilos que estos pingüinos son comunistas y la mitad, dando la espalda al capitalismo, se acercan a nosotros. El espectáculo ha empezado. Como pequeños enanos de La Palma avanzan, se tropiezan, caen al suelo, cambian de dirección. Todo disfrutado por la grada en silencio para no molestarles. Otra balsa más y nos empieza a dar pena no poder hacer fotos. En el mundo en que vivimos, que te prohíban hacer fotos se llega a agradecer porque te permite anclarte al presente. Sin embargo, la obsesión por inmortalizarlo todo, es contagiosa y adictiva. 

Viajemos en el tiempo, es sábado y caminamos por Castle Hills otras formaciones similares a las Elephant Rocks pero muchos más colosales, imponentes y laberínticas. Se puede caminar y perderse entre ellas y tienen unas vistas a las montañas que son envidiables. 

Subimos al coche camino a Arthur Pass. Este pase de montaña con su pueblo tocayo, forma parte de un parque nacional en el que pretendíamos dormir hasta que Google Maps nos indica con una voz alegre que parecía reírse de nosotros, borracha de ironía, que todavía quedaban 30 minutos para llegar. El camping que habíamos cogido estaba fuera del parque nacional. Superamos la carretera que tenía una inclinación vertiginosa y nos adentramos en Jackson. El camping era estilo montañero, con cuestas por todas partes y una vegetación alpina, por lo que cesamos nuestras quejas. La noche nos regaló un cielo desnudo y me aventuré al bosque solo. Mi motivación no se debía a un brote psicótico. Iba en busca de unos glow worms que aseguraban en recepción que lo habitaban. No puedo negar que también albergaba la esperanza de toparme con un kiwi. La oscuridad era tan absoluta, que no podría descartar haber pasado al lado del kiwi sin darme cuenta. Llegué a ver unas luces que confundí con otros estúpidos adentrándose en el bosque de noche. Obviamente el único insensato era yo; me encontraba delante de un grupito de “gusiluces”. 
El misticismo de las cuevas fue fagocitado por el miedo al caminar a oscuras y sólo por el bosque, acompañado únicamente por una luz roja que hacía que me sintiera parte de The Blair Witch Project. Aguanté unos 5 minutos más y di media vuelta, acelerando el paso por si aparecía alguna bruja en busca del tonto que se adentra para disfrutar de la naturaleza. Todavía vivo y calentito en la caravana, me arropé con la colcha llena de estrellas.

Ahí va la tercera balsa. No eramos conscientes pero acaban de llegar los protagonistas del evento. Mientras la mitad de integrantes rebeldes se dirigen a nuestra zona, un grupo de tres pingüinos parecen perdidos y no se contentan con acercarse a los que no hemos pagado extra, enfureciendo a la grada VIP, sino que se convierten en los payasos del circo. Se les ocurre desviarse y atravesar el camino en dirección a una foca que, todavía reposando su cuerpo en la roca, abre un ojo, levantando mucho la ceja con una mirada amenazadora. A nuestro grupo de intrépidos pingüinos no parece intimidarles y continúan su camino directos a ella. Esta, molesta al ver que la indirecta no ha sido entendida, levanta su pecho y lanza un ladrido. Ahora sí, el trío calavera, con las alas a los lados bien pegadas al cuerpo huye en desbandada. Uno de ellos intenta escaparse por debajo de la barandilla e intenta pasar desesperadamente mientras su trasero, decidido a hacerle pasar un mal trago por los peces de más que pescó este mes, continua al otro lado. El público rie en silencio pero al fin consiguen ponerse a salvo. Se reúnen los tres y parece que hablan entre ellos apresuradamente “Qué poquito ha faltado hermano” “¿Has visto la loca de la foca qué modales?” “Hoy en día la gente no aguanta nada.” 

Las focas se encargan de tomar el relevo del show. Rugen, ladran y dos empiezan a pelearse. Nuestros tres protagonistas andan cerca y uno de ellos alza el pecho, mostrando su valentía y avisando a sus compañeros que, si hay que ir a la batalla, lo llevan crudo las focas. Un estornudo de la foca vecina, derrumba su valor y se esconde detrás de los otros. 

Con una voz calmada, la trabajadora anuncia que es momento de abandonar el recinto. Nos despedimos de los tres mosqueteros que siguen decidiendo qué hacer si volver a casa o quedarse de parranda. Mientras salimos vemos a varios pingüinos, algunos en la entrada de casa confundidos, otros llegando, otros tomando la fresca mirando las estrellas y alguno perdido sin saber cuál es su portal.

Saltemos en el tiempo por última vez para llegar hasta el domingo. Por la mañana, tenemos una excursión a una catarata y durante toda la caminata, los copos de nieve caen intentando cubrirlo todo a su paso. Mientras varios nos enfrian la cara dulcemente, otros más agresivos, tratan de insertarse en nuestros ojos. Emma duerme plácidamente en el porteo, convirtiendo los copos que le caen en la cara, en gotitas de agua que se quedan como pequeños oasis. 

Es momento de volver a la carretera y la cosa pinta cada vez más peliaguda. Los copos se han reproducido como Gremlins y parecen una plaga. Conforme avanzamos, vemos que la nieve se va adentrando más y más en la carretera. Tanto es así que los coches, temerosos de empezar a patinar sobre ruedas, forman una procesión improvisada. Cuando el negro del asfalto se convierte en una anécdota, los nervios se apoderan de la motorhome. Por suerte, justo en el momento en que la carretera anuncia una rampa con inclinación del 12%, el negro se hace fuerte y consigue alejar la nieve fuera de su camino.

Llegamos al valle de Waipara sanos y salvos. Hacemos una visita a Pegasus Bay para catar y respiramos hondo. Los nombres de las referencias inspirados en la Ópera sirven de nana y sus vinos dulces son el postre perfecto justo antes de dormir. Esa noche tengo un sueño extraño en el que el grupo Tricicle se encarna en la piel de tres pequeños e hiperactivos pingüinos azules. 

(13 a 16 de agosto)


lunes, 17 de agosto de 2026

Constelaciones en cuevas, cementerios glaciares y sábanas estrelladas (Te Anau - Milford Sound - Tekapo)

Nos encontramos en medio del lago Te Anau, en un barco camino a la segunda cueva de glow worms que visitamos durante el viaje. La calma del lago permite que el paisaje se vea reflejado. La quietud sólo es rota por pequeñas ondas concéntricas que se forman a nuestro paso, permitiéndonos distinguir entre la realidad y la ilusión; entre el espejo de agua y el cielo azul. 

Al llegar a las cuevas nos separan en grupos y nos adentramos en su oscuridad acompañados del ruido ensordecedor del agua que desesperada, pretende escapar de las tinieblas en busca de la luz. Al igual que en la última visita, tras un rato explorando la cueva a pie, llega el momento de la barquita. Guiados por una luz roja, nos sentimos transportados al pasado a punto de subir al tren de la bruja. La barca se adentra hacia el reino de Hades y como por arte de magia, se hace el silencio. El ruido atronador del río subterráneo se transforma en gotas de agua que toman turnos para tener el protagonismo generando ecos en la negrura absoluta. Y de nuevo aparecen ellos; un techo estrellado se refleja en las aguas mientras la barca se acerca más y más hasta que casi podemos tocar los puntitos luminosos que iluminan nuestros rostros de azul. Emma guarda silencio, como hipnotizada. El guía, que no era tan místico como el anterior, con su mutismo, hechizó el ambiente usando el silencio de sus palabras para que los gusanos se pudieran comunicar con sus luces y su magnificencia.

Al salir de la cueva, el guía nos dio un paseo por el bosque dando nombre a los árboles que nos rodeaban y ayudándonos a volver a la realidad. También recibimos una explicación didáctica sobre los gusanos. Estas criaturas tan peculiares tienen el cuerpo casi translúcido pero consiguen resplandecer en el reino de las sombras para hacerse con el menú diario y catarlo a ciegas. 



El martes seguimos la carretera para adentramos en el parque nacional Fiordland y así llegar a Milford Sound. Mientras avanzábamos, seguíamos coleccionando más espejos de agua y bosques frondosos de árboles jurásicos. Fuimos víctimas de un intento fallido de abordaje de la motorhome por unos piratas con pico de loro. Estas criaturas autóctonas, son conocidos como kea en la isla y son un tipo de loro alpino.



Los bucaneros, intentaron hacerse con el interior de la caravana conquistando el techo primero, nada más aparcamos. Por suerte no lo consiguieron y pudimos continuar el viaje solos los tres. 


Para llegar al destino, también tuvimos que cruzar un túnel. Pero no cualquier túnel; este, atraviesa una enorme pared vertical de la montaña como si se tratara de la puerta fortificada de un castillo. 

Y por fin, llegamos a Milford Sound, un fiordo desde el que salen cruceros llenos de turistas, entre los que nos encontraríamos nosotros en breve. Todos con los objetivos de las cámaras desenfundados, preparados para disparar y congelar la belleza del fiordo “in eternum”. 


Puede que alguno se esté preguntando qué es un fiordo, pues bien, se trata de un valle esculpido por un glaciar que es conquistado por el mar. En otras palabras, un cementerio glaciar anegado por las lágrimas marinas.


Una vez más el buen tiempo nos sonreía y los rayos del sol bañaban el paisaje. Aún a riesgo de avergonzar a los piratas, abordamos el barco cambiando el machete entre los dientes por una entrada pagada religiosamente. Sonaba la banda sonora de Jurassic Park en nuestras cabezas mientras el barco se adentraba mar adentro; imponentes promontorios de frondosa vegetación, nos miraban impasibles mientras avanzábamos lentamente, dejándonos las cervicales. 

Navegamos bordeando el lado oeste hasta llegar prácticamente a la salida al mar abierto. Pasamos al lado de una foca que jugaba sola en el agua ignorando nuestra presencia, bordeamos acantilados y sorteamos el agua de alguna que otra cascada. De pronto, una ola nos escupió en la cara y zarandeó el barco anunciando que ese terreno era del mar y que si por lo que habíamos pagado era por un crucero en el fiordo, era momento de dar media vuelta y volver a la calma. 

Más acantilados, promontorios, montañas nevadas y una cascada impresionante, se sucedían en el lado este. Las palabras de agradecimiento se amontonaban en nuestros pensamientos por tener la suerte de grabar en nuestra retina todas estas maravillas. El broche final lo puso un pingüino que nadaba de vuelta a casa, rezagado y con tanta prisa, que fue un visto y no visto. 

Al día siguiente el asfalto pidió paso para ser el protagonista. Tuvimos que conducir casi 6 horas hasta nuestro siguiente destino. Por suerte la isla no permite a la carretera que se vista de fea y disfrutamos atravesando montañas, lagos, ríos y hasta granjas de salmones para dar a parar a Tekapo. 



Este pueblo es dominado por un lago cuyas aguas azul turquesa casi le robaban el protagonismo a la cordillera de montañas blancas que se alzaban como telón de fondo.
Por si esto fuera poco, la iglesia The Good Shepard, que más bien parece una capilla por su reducido tamaño, tenía un asiento de primera con vistas al lago. Su ubicación privilegiada la convertía en un jugoso cebo para las redes sociales. Con su humilde fachada de piedra nos recordaba que mirar de cara a la naturaleza, eleva más el espíritu que cualquier edificio adornado de oro y piedras preciosas; que son las cosas pequeñas, las que engrandecen el alma. 

Las nubes parecían haberse apuntado a admirar la belleza del lago y nos preocupaba de cara a la noche. Dormimos bajo techo en la caravana sí, pero nos habíamos acercado a Tekapo también, porque forma parte de la reserva Aoraki Mackenzie dark sky: uno de los mejores lugares del mundo para ver las estrellas. 

Aparcamos la motorhome y nos acomodamos en nuestra parcela con fecha de caducidad. Cuando la noche invadió los alrededores, decidimos salir sin mucha esperanza, preparados para culpar a las nubes por nuestra mala suerte. Sin embargo, la fortuna o las bondadosas nubes, permitieron que el firmamento se mostrara orgulloso y más desnudo que nunca. 

El cielo era tan cristalino que la vía láctea se exhibía completamente definida. Como si Dios hubiese decidido parar el tiempo en el momento justo en que la leche se derramaba por el fluido estelar evitando que se expandiera conquistando todo el cosmos. Con tremendo espectáculo es inevitable no hacerse humilde y tomar consciencia de nuestra pequeñez. El cielo moteado de millones y millones de puntos, se reía de la comparativa que había hecho previamente con las cuevas de glow worms. Pasó una estrella fugaz y al rato, volvieron las nubes cerrando la función. Fue como cuando estás en el pub dándolo todo y te encienden las luces, pero no podíamos culparlas cuando nos habían permitido asistir al show aunque sólo fuera por unos instantes. Al ir a la cama cerré los ojos pensando en una frase del periodista y bloggero Robert Braul: “Disfruta de las pequeñas cosas, porque tal vez un día vuelvas la vista atrás y te des cuenta de que eran las grandes.” Tras las nubes la actuación estelar continuaba como cualquier otra noche más desde hace una eternidad. De la misma manera que seguirá ocurriendo, cuando nosotros nos convirtamos en polvo de estrellas y sólo sobrevivan las palabras.

(10 a 12 de agosto)


sábado, 15 de agosto de 2026

Lento ternura (Barcelona-Edinburgh-Glasgow)

La bocina, insistente, que nos pisa los talones, adelanta furiosa a nuestra recién estrenada motorhome sin dejar atrás su rabia; se oye un mudo "FUCK OFF" en el gesto del anónimo conductor, que descarga su ira mientras se aleja en una estela de claxon y humo, manteniendo bien firme y visible su dedo corazón. En mi mente, a 20 millas por hora, en una carretera de doble sentido dirección Glasgow, solo se repite un mantra: "Recuerda conducir por la izquierda".

Disclaimer: Sacudidos por el ritmo que marcan dos niños de 1 y 4 años, estas entregas se irán dando más en diferido que de costumbre. Además, los reducidos intervalos de atención infantil, seguidos por intensos golpes de energía que brotan repentinos, a saltos cuánticos, tomarán la forma de estampas por las que iremos viajando; posiblemente con menos coherencia entre ellas de la acostumbrada, más que la que impone el fluir del presente.

El segundo día, el centro de Glasgow nos recibe con sus sangrantes diferencias, como una ciudad recién levantada de una resaca después de una pelea, con su mezcla de gente obrera, ciudadanos que disfrutan de las ventajas y servicios de una gran ciudad, y habitantes que viven despeinados y gritando a sus fantasmas con sus voces melladas, espolsándose el frío mientras piden una limosna.

Pese a todo, la disidencia se respira en su diversidad y en su historia. Sin ir más lejos, uno de los símbolos más irreverentes de la ciudad es la estatua del duque de Wellington que, desde la década de los 80 preside la Galería de Arte Moderno con un cono de tráfico en la cabeza que los residentes se han ido encargando de reponer cada vez que las autoridades lo hacían desaparecer; tres décadas de juego del gato y el ratón después, la campaña "Keep the Cone" consiguió que los gobernantes cediesen ante la presión popular y asumiesen el cono como parte indisoluble de la estatua.

Las calles y edificios sirven de lienzo para decenas de murales escondidos por la ciudad, donde artistas grafiteros de todo el mundo han ido dejando su huella efímera gracias a una iniciativa del ayuntamiento para revitalizar espacios grises y desnudos. 

En uno de ellos, de Smug, la delicadeza posa en el dedo de un barbudo reconocido por los locales como San Mungo, patrón y fundador de Glasgow, al que se le atribuye el milagro de haber resucitado un petirrojo (Here is the bird that never flew). La ternura en el gesto dibuja la belleza de la mirada del que cuida.

Ese mismo día por la tarde, suenan las gaitas en la necrópolis de Glasgow, con su lamento romántico y roto; suenan a la afinación previa, sin orden ni concierto, de una orquesta; llevan la cadencia de la música atrapada en miel, y en el tiempo, meciéndose en timbres que transportan pasado. Mientras, sopla un ligero viento, antes de que la lluvia empiece a caer, humedeciendo las tumbas, despertando a los vivos.

Callan las gaitas, suenan las gotas; un solo de tambores sobre papel. Un instante de pausa... 

El cielo se despeja; las gaitas reanudan su melancólica respiración y las gaviotas alzan sus quejidos salinos para acompañar nuestro paseo.

Al día siguiente, visitamos la Universidad de Glasgow, fundada cuatro siglos antes que la necrópolis, en 1451; un oasis de sosiego enclaustrado entre sus piedras. El paisaje sonoro se viste de campanadas con sabor universitario; las que huelen a examen, a cultura y privilegio, a ecos de pasos y de silencios decretados con mirada reprobatoria y un índice sobre los labios.

Otro mural, de Rogue-One, nos despide de la ciudad. Un bulldog francés desconcertado, a un lado del callejón, es rodeado de pompas de jabón por dos niñas que se divierten al otro lado. La niña que sopla concentra sus deseos mientras cierra los ojos, reteniendo su aliento infantil en cápsulas de colores que flotan oleosos en una fina capa sobre la superficie de las esferas de sueños que nacen.

(7 a 9 agosto)