miércoles, 19 de agosto de 2026

Playlist (Paisley-Luss-Glencoe-Glenfinnan)

El cocodrilo se metió en la cueva,

de pronto asomó la cabeza,

miró para un lado y al otro,

¿y qué pasó?, ¿y qué pasó?

Si, como a nosotros, no os interesa ni media qué fue del cocodrilo, preparaos para conducir con una playlist infantil en marcha. Comienza la carretera, y vamos a tratar de extraer lo mejor de cada pequeño infierno repetido hasta la extenuación en temas cuyos cantantes parecen modular sus voces en la cresta de éxtasis orgásmicos. Mientras nos adentramos en las Highlands, he aquí nuestra selección de temazos escanciados con paisajes escoceses.

No tinc por de ser especial,

tothom és especial,

ningú vol tenir por.

La Clika canta a coro con Lara mientras nos acercamos a la abadía de Paisley, del siglo XII, donde dicen que estudió un joven William Wallace antes de pasar a la historia. Nos recibe un hombre mayor que no para de disculparse, apurado, por no poder comunicarse en otro idioma que no sea el inglés; nos explica que los peques pueden jugar a encontrar los seis ratones que hay escondidos en la abadía. Lara acepta el reto encantada mientras Pol la sigue corriendo como un pingüino. En uno de los flancos, una fuente de luz entra lateral atravesando las vidrieras, dando protagonismo al baile de motas que parecen tratar de asir el haz; unas banderas raídas y decoloradas subrayan aún más el paso del tiempo detenido.

Cuando Lara consigue orgullosa su diploma, da comienzo mi treasure hunt, consistente en encontrar la criatura cinematográfica de H. R. Giger que se añadió en una de las reformas en los años 90. Con el ánimo de adaptar las gárgolas a los nuevos monstruos, el diseñador coló un xenomorfo tratando de escapar de la fachada. 

Mientras cubrimos el siguiente trayecto, le toca el turno a Shakira (por enésima vez) con su canción para Zootrópolis 2:

Eoe! The only reason we are here is to celebrate

in a place where anyone can be anything.

Luss se pavonea con las flores en sus puertas, preparada para atraer turistas, pero nuestra vista se dirige hacia las gaviotas que posan sobre la boca de las chimeneas, órganos de calor que comparten espacio ordenados en sus cajetillas de ladrillos (en Paisley llegamos a contar hasta 18 salidas de humo juntas).

Al día siguiente, HUNTR/X cantan "We're going up, up, up, it's our moment" mientras Lara traduce algo así como "wi goi bot, bot, bot, its ande mooore"; nos acercamos a los castillos de Kilchurn y Stalker en dos paradas (separadas por 50 kilómetros de distancia): vestigios de historias idealizadas con la patina del tiempo; ruinas de una época en la que se llamaron fortalezas; hoy en día huelen a etiqueta de whisky por la mañana y a fondo de pantalla saturado al atardecer. 

Que bé despertar-se sense alarmes 

i no saber què passarà demà. 

Cantan los del Club Super 3 mientras nos aproximamos a las últimas paradas del día en el valle de Glencoe, donde descansa la piramidal montaña Buachaille Etive Mòr, un reptil geológico que saca pecho de sus mil metros de altura de pendiente desnuda y rocosa. 

Después de escuchar cómo Rosana desea que todos los días sean Navidad (seguramente no ha tenido que escuchar villancicos 365 días non-stop), de no poder esquivar el "Espresso Macchiato" de Tommy Cash (el taladro de mi amore se repite en bucle como una sofisticada técnica de tortura), y esperando que los de Fórmula V superen de una vez por todas que Eva María les dejó buscando liberarse de una relación tóxica, la serenidad en el muelle de Glencoe Lochan despide la jornada. 

It's time to see what I can do,

to test the limits and break through.

No right, no wrong, no rules for me. I'm free!

Mientras aparcamos la motorhome cerca del viaducto de Glenfinnan el tercer día, el "Let it go" de Frozen se revela como una secuela reinterpretada de la historia del grupo de pop madrileño, desvelando que "su maleta de piel" estaba destinada a soportar las temperaturas del reino de Arendelle.

Esperando el paso del tren de vapor famoso por cubrir el trayecto a Hogwarts, considero la importancia de las ficciones como creadoras de puntos de referencia, de señales con las que guiarse. Para los niños con gafas de toda una generación, Harry Potter fue el héroe al que aspirar cuando Clark Kent se quedó atrás; por ello son necesarias nuevas historias con referentes femeninos y más diversos, para abarcar la riqueza de infancias y romper con estructuras encorsetadas durante mucho tiempo.

La espera es larga. Explicamos a Lara quién es el personaje de Harry Potter para ponerla en contexto. La ladera de la colina está repleta de gente que espera ver el icónico ferrocarril. Cuando Pol, cansado, ajeno a las expectativas que le rodean, se queja de no poder moverse libremente, Lara trata de consolarlo: "Mi amor, eres más bonito que el Hary Potter". 

El bramido de un animal extinguido anuncia la llegada del Jacobite, que avanza impulsado por el movimiento de los pistones. Un tímido aliento de vapor sale por el espiráculo de la locomotora mientras el silbato saluda a los espectadores y a sus smartphones. La magia y el último vagón se alejan.

Subimos de vuelta a la motorhome. Encendemos la radio, y conseguimos colar una canción en la playlist del día de la marmota: suena el estribillo de "I'm Gonna Be" de The Proclaimers (But I would walk 500 miles, and I would walk 500 more), por lo que es el momento de que os pongáis en pie (aunque solo sea mentalmente), dejéis a un lado el miedo al ridículo, acompaséis vuestras cabezas y empecéis a cantar el momento culmen con nosotros mientras la motorhome se marcha:

Pa, ra, ra, pa (coro de adultos)

Pa, ra, ra, pa (coro infantil)

Pa, ra, ra, pa (ahora los de delante)

Pa, ra, ra, pa (ahora los de detrás)

(¡y todos juntos!) Dandili, dandili, dandili da ra aa.

(10 a 12 agosto)

Tres pingüinos al rescate del espectáculo (Oamaru – Arthur’s Pass - Waipara)

Estamos en Oamaru esperando el gran momento en que los pingüinos azules vuelven a casa después de todo el día en el mar. Hacer fotos está prohibido para evitar distraerlos (siempre hay alguien que olvida quitar el flash y la lía), y que decidan que al día siguiente se largan con su hatillo en busca de un nuevo hogar. Hay que evitar que se den cuenta de nuestra presencia y tendremos que guardar silencio en cuanto aparezcan; es importante que el Show de Truman siga su curso. Creo que tenemos para largo, por lo que da tiempo a recapitular lo ocurrido durante el día. 

La primera parada ha sido en un terreno privado habitado por ovejas que pastaban plácidamente junto a las Elephant Rocks. Estas formaciones de roca caliza fueron utilizadas en la película de Las Crónicas de Narnia. Las rocas, más que elefantes, parecían un conjunto de boas dibujadas por el Principito, las mismas que los adultos confundían con dibujos de sombreros. Quizás la edad me impedía ver la manada de paquidermos rocosos. Quizás Emma sí era capaz de verlos y por eso movía sus manos al mismo tiempo que elevaba su cuerpecito en un subir y bajar para mostrar su excitación.

Son las 18:00 y los pingüinos no aparecen por ningún lado. Por fortuna, las focas dan juego y posan esperando ser fotografiadas. Nos dan indicaciones para que nos sentemos en las gradas a esperar a los responsables de que nos encontremos a la intemperie. Miramos al horizonte en busca de señales y seguimos esperando.

La segunda parada del día ha sido en el pueblo de Oamaru, capital del mundo del steampunk. Esta estética se basa en un universo paralelo en que la época de vapor y la victoriana, se entremezclan con la ciencia ficción y el toque futurista. Los inventos de Julio Verne o las novelas de H. G. Wells dibujan su realidad. 

Las calles llenas de edificios victorianos te transportan al pasado y para los faltos de imaginación, el Steampunk HQ, una galería de arte/museo interactivo, permite teletransportarse a este mundo con invenciones, relatos, y diferentes esculturas.

Es la hora de comer y decidimos hacerlo en la Scotts Brewery acompañados de una cata de cervezas junto a una comida deliciosa pero contundente. Tanto, que necesitamos dar una vuelta por el parque contiguo, cómo no, de estética steampuk.

¡Un momento! Acaba de aparecer el primer pingüino silencioso, ajeno a su exposición pública, con sus andares cómicos y laterales. Sin embargo, desde el primero que aparece solitario, hasta el primer grupo grande, pasa un rato. Aprovechemos para dar algunos datos sobre estos animales: Los pingüinos azules son los más pequeños del mundo, se les llama así por el aspecto del plumaje y al volver a casa tienen la costumbre de unirse en grupos numerosos a los se les llama balsas para volver a sus madrigueras, y es que esta especie de pingüino excava su hogar y no duerme a la intemperie. El primero en llegar obviamente, no ha querido ser un ejemplo de nada.

Rompamos la línea del tiempo, dejemos el espectáculo en pausa y adelantémonos al futuro. Es viernes y estamos en Kaiapoi donde estaremos un par de horas. ¿Qué hacemos allí? Nuestras cicatrices permiten que la piel cuente historias; pero en ocasiones decidimos que estas, se escriban con tinta para quedarse para siempre. Este proceso es lento, de ahí la espera. 

Previamente habíamos paseado por Christchurch, la segunda ciudad más grande del país, que recibe el nombre de “garden city”.  Visitamos el Hagley Park que nos recordaba a otros parques urbanos como Central Park en NY o Hyde Park en London. El graznido de un pato, me recordó al que hacen los pingüinos al llegar en las balsas.

Llega la primera balsa. Unos 20 ó 30 pingüinos remontan la rampa camino a sus madrigueras. Un grupo va directo a las gradas VIP. Han oído bien. Si se pagaba más dinero, se estaba más cerca del meollo; pero tranquilos que estos pingüinos son comunistas y la mitad, dando la espalda al capitalismo, se acercan a nosotros. El espectáculo ha empezado. Como pequeños enanos de La Palma avanzan, se tropiezan, caen al suelo, cambian de dirección. Todo disfrutado por la grada en silencio para no molestarles. Otra balsa más y nos empieza a dar pena no poder hacer fotos. En el mundo en que vivimos, que te prohíban hacer fotos se llega a agradecer porque te permite anclarte al presente. Sin embargo, la obsesión por inmortalizarlo todo, es contagiosa y adictiva. 

Viajemos en el tiempo, es sábado y caminamos por Castle Hills otras formaciones similares a las Elephant Rocks pero muchos más colosales, imponentes y laberínticas. Se puede caminar y perderse entre ellas y tienen unas vistas a las montañas que son envidiables. 

Subimos al coche camino a Arthur Pass. Este pase de montaña con su pueblo tocayo, forma parte de un parque nacional en el que pretendíamos dormir hasta que Google Maps nos indica con una voz alegre que parecía reírse de nosotros, borracha de ironía, que todavía quedaban 30 minutos para llegar. El camping que habíamos cogido estaba fuera del parque nacional. Superamos la carretera que tenía una inclinación vertiginosa y nos adentramos en Jackson. El camping era estilo montañero, con cuestas por todas partes y una vegetación alpina, por lo que cesamos nuestras quejas. La noche nos regaló un cielo desnudo y me aventuré al bosque solo. Mi motivación no se debía a un brote psicótico. Iba en busca de unos glow worms que aseguraban en recepción que lo habitaban. No puedo negar que también albergaba la esperanza de toparme con un kiwi. La oscuridad era tan absoluta, que no podría descartar haber pasado al lado del kiwi sin darme cuenta. Llegué a ver unas luces que confundí con otros estúpidos adentrándose en el bosque de noche. Obviamente el único insensato era yo; me encontraba delante de un grupito de “gusiluces”. 
El misticismo de las cuevas fue fagocitado por el miedo al caminar a oscuras y sólo por el bosque, acompañado únicamente por una luz roja que hacía que me sintiera parte de The Blair Witch Project. Aguanté unos 5 minutos más y di media vuelta, acelerando el paso por si aparecía alguna bruja en busca del tonto que se adentra para disfrutar de la naturaleza. Todavía vivo y calentito en la caravana, me arropé con la colcha llena de estrellas.

Ahí va la tercera balsa. No eramos conscientes pero acaban de llegar los protagonistas del evento. Mientras la mitad de integrantes rebeldes se dirigen a nuestra zona, un grupo de tres pingüinos parecen perdidos y no se contentan con acercarse a los que no hemos pagado extra, enfureciendo a la grada VIP, sino que se convierten en los payasos del circo. Se les ocurre desviarse y atravesar el camino en dirección a una foca que, todavía reposando su cuerpo en la roca, abre un ojo, levantando mucho la ceja con una mirada amenazadora. A nuestro grupo de intrépidos pingüinos no parece intimidarles y continúan su camino directos a ella. Esta, molesta al ver que la indirecta no ha sido entendida, levanta su pecho y lanza un ladrido. Ahora sí, el trío calavera, con las alas a los lados bien pegadas al cuerpo huye en desbandada. Uno de ellos intenta escaparse por debajo de la barandilla e intenta pasar desesperadamente mientras su trasero, decidido a hacerle pasar un mal trago por los peces de más que pescó este mes, continua al otro lado. El público rie en silencio pero al fin consiguen ponerse a salvo. Se reúnen los tres y parece que hablan entre ellos apresuradamente “Qué poquito ha faltado hermano” “¿Has visto la loca de la foca qué modales?” “Hoy en día la gente no aguanta nada.” 

Las focas se encargan de tomar el relevo del show. Rugen, ladran y dos empiezan a pelearse. Nuestros tres protagonistas andan cerca y uno de ellos alza el pecho, mostrando su valentía y avisando a sus compañeros que, si hay que ir a la batalla, lo llevan crudo las focas. Un estornudo de la foca vecina, derrumba su valor y se esconde detrás de los otros. 

Con una voz calmada, la trabajadora anuncia que es momento de abandonar el recinto. Nos despedimos de los tres mosqueteros que siguen decidiendo qué hacer si volver a casa o quedarse de parranda. Mientras salimos vemos a varios pingüinos, algunos en la entrada de casa confundidos, otros llegando, otros tomando la fresca mirando las estrellas y alguno perdido sin saber cuál es su portal.

Saltemos en el tiempo por última vez para llegar hasta el domingo. Por la mañana, tenemos una excursión a una catarata y durante toda la caminata, los copos de nieve caen intentando cubrirlo todo a su paso. Mientras varios nos enfrian la cara dulcemente, otros más agresivos, tratan de insertarse en nuestros ojos. Emma duerme plácidamente en el porteo, convirtiendo los copos que le caen en la cara, en gotitas de agua que se quedan como pequeños oasis. 

Es momento de volver a la carretera y la cosa pinta cada vez más peliaguda. Los copos se han reproducido como Gremlins y parecen una plaga. Conforme avanzamos, vemos que la nieve se va adentrando más y más en la carretera. Tanto es así que los coches, temerosos de empezar a patinar sobre ruedas, forman una procesión improvisada. Cuando el negro del asfalto se convierte en una anécdota, los nervios se apoderan de la motorhome. Por suerte, justo en el momento en que la carretera anuncia una rampa con inclinación del 12%, el negro se hace fuerte y consigue alejar la nieve fuera de su camino.

Llegamos al valle de Waipara sanos y salvos. Hacemos una visita a Pegasus Bay para catar y respiramos hondo. Los nombres de las referencias inspirados en la Ópera sirven de nana y sus vinos dulces son el postre perfecto justo antes de dormir. Esa noche tengo un sueño extraño en el que el grupo Tricicle se encarna en la piel de tres pequeños e hiperactivos pingüinos azules. 

(13 a 16 de agosto)


lunes, 17 de agosto de 2026

Constelaciones en cuevas, cementerios glaciares y sábanas estrelladas (Te Anau - Milford Sound - Tekapo)

Nos encontramos en medio del lago Te Anau, en un barco camino a la segunda cueva de glow worms que visitamos durante el viaje. La calma del lago permite que el paisaje se vea reflejado. La quietud sólo es rota por pequeñas ondas concéntricas que se forman a nuestro paso, permitiéndonos distinguir entre la realidad y la ilusión; entre el espejo de agua y el cielo azul. 

Al llegar a las cuevas nos separan en grupos y nos adentramos en su oscuridad acompañados del ruido ensordecedor del agua que desesperada, pretende escapar de las tinieblas en busca de la luz. Al igual que en la última visita, tras un rato explorando la cueva a pie, llega el momento de la barquita. Guiados por una luz roja, nos sentimos transportados al pasado a punto de subir al tren de la bruja. La barca se adentra hacia el reino de Hades y como por arte de magia, se hace el silencio. El ruido atronador del río subterráneo se transforma en gotas de agua que toman turnos para tener el protagonismo generando ecos en la negrura absoluta. Y de nuevo aparecen ellos; un techo estrellado se refleja en las aguas mientras la barca se acerca más y más hasta que casi podemos tocar los puntitos luminosos que iluminan nuestros rostros de azul. Emma guarda silencio, como hipnotizada. El guía, que no era tan místico como el anterior, con su mutismo, hechizó el ambiente usando el silencio de sus palabras para que los gusanos se pudieran comunicar con sus luces y su magnificencia.

Al salir de la cueva, el guía nos dio un paseo por el bosque dando nombre a los árboles que nos rodeaban y ayudándonos a volver a la realidad. También recibimos una explicación didáctica sobre los gusanos. Estas criaturas tan peculiares tienen el cuerpo casi translúcido pero consiguen resplandecer en el reino de las sombras para hacerse con el menú diario y catarlo a ciegas. 



El martes seguimos la carretera para adentramos en el parque nacional Fiordland y así llegar a Milford Sound. Mientras avanzábamos, seguíamos coleccionando más espejos de agua y bosques frondosos de árboles jurásicos. Fuimos víctimas de un intento fallido de abordaje de la motorhome por unos piratas con pico de loro. Estas criaturas autóctonas, son conocidos como kea en la isla y son un tipo de loro alpino.



Los bucaneros, intentaron hacerse con el interior de la caravana conquistando el techo primero, nada más aparcamos. Por suerte no lo consiguieron y pudimos continuar el viaje solos los tres. 


Para llegar al destino, también tuvimos que cruzar un túnel. Pero no cualquier túnel; este, atraviesa una enorme pared vertical de la montaña como si se tratara de la puerta fortificada de un castillo. 

Y por fin, llegamos a Milford Sound, un fiordo desde el que salen cruceros llenos de turistas, entre los que nos encontraríamos nosotros en breve. Todos con los objetivos de las cámaras desenfundados, preparados para disparar y congelar la belleza del fiordo “in eternum”. 


Puede que alguno se esté preguntando qué es un fiordo, pues bien, se trata de un valle esculpido por un glaciar que es conquistado por el mar. En otras palabras, un cementerio glaciar anegado por las lágrimas marinas.


Una vez más el buen tiempo nos sonreía y los rayos del sol bañaban el paisaje. Aún a riesgo de avergonzar a los piratas, abordamos el barco cambiando el machete entre los dientes por una entrada pagada religiosamente. Sonaba la banda sonora de Jurassic Park en nuestras cabezas mientras el barco se adentraba mar adentro; imponentes promontorios de frondosa vegetación, nos miraban impasibles mientras avanzábamos lentamente, dejándonos las cervicales. 

Navegamos bordeando el lado oeste hasta llegar prácticamente a la salida al mar abierto. Pasamos al lado de una foca que jugaba sola en el agua ignorando nuestra presencia, bordeamos acantilados y sorteamos el agua de alguna que otra cascada. De pronto, una ola nos escupió en la cara y zarandeó el barco anunciando que ese terreno era del mar y que si por lo que habíamos pagado era por un crucero en el fiordo, era momento de dar media vuelta y volver a la calma. 

Más acantilados, promontorios, montañas nevadas y una cascada impresionante, se sucedían en el lado este. Las palabras de agradecimiento se amontonaban en nuestros pensamientos por tener la suerte de grabar en nuestra retina todas estas maravillas. El broche final lo puso un pingüino que nadaba de vuelta a casa, rezagado y con tanta prisa, que fue un visto y no visto. 

Al día siguiente el asfalto pidió paso para ser el protagonista. Tuvimos que conducir casi 6 horas hasta nuestro siguiente destino. Por suerte la isla no permite a la carretera que se vista de fea y disfrutamos atravesando montañas, lagos, ríos y hasta granjas de salmones para dar a parar a Tekapo. 



Este pueblo es dominado por un lago cuyas aguas azul turquesa casi le robaban el protagonismo a la cordillera de montañas blancas que se alzaban como telón de fondo.
Por si esto fuera poco, la iglesia The Good Shepard, que más bien parece una capilla por su reducido tamaño, tenía un asiento de primera con vistas al lago. Su ubicación privilegiada la convertía en un jugoso cebo para las redes sociales. Con su humilde fachada de piedra nos recordaba que mirar de cara a la naturaleza, eleva más el espíritu que cualquier edificio adornado de oro y piedras preciosas; que son las cosas pequeñas, las que engrandecen el alma. 

Las nubes parecían haberse apuntado a admirar la belleza del lago y nos preocupaba de cara a la noche. Dormimos bajo techo en la caravana sí, pero nos habíamos acercado a Tekapo también, porque forma parte de la reserva Aoraki Mackenzie dark sky: uno de los mejores lugares del mundo para ver las estrellas. 

Aparcamos la motorhome y nos acomodamos en nuestra parcela con fecha de caducidad. Cuando la noche invadió los alrededores, decidimos salir sin mucha esperanza, preparados para culpar a las nubes por nuestra mala suerte. Sin embargo, la fortuna o las bondadosas nubes, permitieron que el firmamento se mostrara orgulloso y más desnudo que nunca. 

El cielo era tan cristalino que la vía láctea se exhibía completamente definida. Como si Dios hubiese decidido parar el tiempo en el momento justo en que la leche se derramaba por el fluido estelar evitando que se expandiera conquistando todo el cosmos. Con tremendo espectáculo es inevitable no hacerse humilde y tomar consciencia de nuestra pequeñez. El cielo moteado de millones y millones de puntos, se reía de la comparativa que había hecho previamente con las cuevas de glow worms. Pasó una estrella fugaz y al rato, volvieron las nubes cerrando la función. Fue como cuando estás en el pub dándolo todo y te encienden las luces, pero no podíamos culparlas cuando nos habían permitido asistir al show aunque sólo fuera por unos instantes. Al ir a la cama cerré los ojos pensando en una frase del periodista y bloggero Robert Braul: “Disfruta de las pequeñas cosas, porque tal vez un día vuelvas la vista atrás y te des cuenta de que eran las grandes.” Tras las nubes la actuación estelar continuaba como cualquier otra noche más desde hace una eternidad. De la misma manera que seguirá ocurriendo, cuando nosotros nos convirtamos en polvo de estrellas y sólo sobrevivan las palabras.

(10 a 12 de agosto)


sábado, 15 de agosto de 2026

Lento ternura (Barcelona-Edinburgh-Glasgow)

La bocina, insistente, que nos pisa los talones, adelanta furiosa a nuestra recién estrenada motorhome sin dejar atrás su rabia; se oye un mudo "FUCK OFF" en el gesto del anónimo conductor, que descarga su ira mientras se aleja en una estela de claxon y humo, manteniendo bien firme y visible su dedo corazón. En mi mente, a 20 millas por hora, en una carretera de doble sentido dirección Glasgow, solo se repite un mantra: "Recuerda conducir por la izquierda".

Disclaimer: Sacudidos por el ritmo que marcan dos niños de 1 y 4 años, estas entregas se irán dando más en diferido que de costumbre. Además, los reducidos intervalos de atención infantil, seguidos por intensos golpes de energía que brotan repentinos, a saltos cuánticos, tomarán la forma de estampas por las que iremos viajando; posiblemente con menos coherencia entre ellas de la acostumbrada, más que la que impone el fluir del presente.

El segundo día, el centro de Glasgow nos recibe con sus sangrantes diferencias, como una ciudad recién levantada de una resaca después de una pelea, con su mezcla de gente obrera, ciudadanos que disfrutan de las ventajas y servicios de una gran ciudad, y habitantes que viven despeinados y gritando a sus fantasmas con sus voces melladas, espolsándose el frío mientras piden una limosna.

Pese a todo, la disidencia se respira en su diversidad y en su historia. Sin ir más lejos, uno de los símbolos más irreverentes de la ciudad es la estatua del duque de Wellington que, desde la década de los 80 preside la Galería de Arte Moderno con un cono de tráfico en la cabeza que los residentes se han ido encargando de reponer cada vez que las autoridades lo hacían desaparecer; tres décadas de juego del gato y el ratón después, la campaña "Keep the Cone" consiguió que los gobernantes cediesen ante la presión popular y asumiesen el cono como parte indisoluble de la estatua.

Las calles y edificios sirven de lienzo para decenas de murales escondidos por la ciudad, donde artistas grafiteros de todo el mundo han ido dejando su huella efímera gracias a una iniciativa del ayuntamiento para revitalizar espacios grises y desnudos. 

En uno de ellos, de Smug, la delicadeza posa en el dedo de un barbudo reconocido por los locales como San Mungo, patrón y fundador de Glasgow, al que se le atribuye el milagro de haber resucitado un petirrojo (Here is the bird that never flew). La ternura en el gesto dibuja la belleza de la mirada del que cuida.

Ese mismo día por la tarde, suenan las gaitas en la necrópolis de Glasgow, con su lamento romántico y roto; suenan a la afinación previa, sin orden ni concierto, de una orquesta; llevan la cadencia de la música atrapada en miel, y en el tiempo, meciéndose en timbres que transportan pasado. Mientras, sopla un ligero viento, antes de que la lluvia empiece a caer, humedeciendo las tumbas, despertando a los vivos.

Callan las gaitas, suenan las gotas; un solo de tambores sobre papel. Un instante de pausa... 

El cielo se despeja; las gaitas reanudan su melancólica respiración y las gaviotas alzan sus quejidos salinos para acompañar nuestro paseo.

Al día siguiente, visitamos la Universidad de Glasgow, fundada cuatro siglos antes que la necrópolis, en 1451; un oasis de sosiego enclaustrado entre sus piedras. El paisaje sonoro se viste de campanadas con sabor universitario; las que huelen a examen, a cultura y privilegio, a ecos de pasos y de silencios decretados con mirada reprobatoria y un índice sobre los labios.

Otro mural, de Rogue-One, nos despide de la ciudad. Un bulldog francés desconcertado, a un lado del callejón, es rodeado de pompas de jabón por dos niñas que se divierten al otro lado. La niña que sopla concentra sus deseos mientras cierra los ojos, reteniendo su aliento infantil en cápsulas de colores que flotan oleosos en una fina capa sobre la superficie de las esferas de sueños que nacen.

(7 a 9 agosto)

viernes, 14 de agosto de 2026

¿Quién tiene la culpa? (Wanaka-Queenstown -Dunedin)

Ya comentamos anteriormente la tendencia que tenemos de dicotomizar: playa o montaña; tortilla de patatas con o sin cebolla; Nesquik o Colacao… pero hablamos poco de la obsesión que tenemos por buscar culpables. Y aquí me hayo intentando decidir quién tiene la culpa mientras serpenteo la carretera hacia el sur bordeando la costa ¿Será la combinación de helechos y mar los culpables? Una zarigüella está tumbada en medio de la carretera y me saca de mis pensamientos. Ya van cinco y no creo que despierte de la siesta que se está echando. 

Nuestras primeras paradas han sido un mirador y dos cataratas. Ahora llegamos a la Blue Pool track. Caminamos los 3 kilómetros de ruta encontrando todo congelado en el camino. Los helechos parados en el tiempo, esperan que los rayos del sol con sus caricias, conviertan la cobertura blanca en agua para hidratarse. 

Llegamos a las piscinas azules, cubiertas de sombra, pero cristalinas y de un azul celeste. El color de las aguas marida perfectamente con la temperatura del ambiente por lo que no tardamos en ponernos en marcha para volver a la caravana.

“¿Serán los lagos?” Enfilamos la autopista 6 y durante más de media hora tengo que aguantar la respiración. El paisaje se abre eterno, las montañas vestidas de nieve bañan en el lago sus faldas secas por el invierno. Creo que es una de las carreteras más bellas por las que he conducido jamás ¿Quién diría que este sería un pensamiento recurrente los próximos días?  

El lago Wanaka es inmenso y está envuelto por montañas escarpadas que se asoman a sus aguas para no perderse su belleza. Contiguo a esta maravilla, se encuentra el lago Hawea, al que se accede por un embudo creado por rocas para que el visitante, de la manera más escénica posible, pase entre ellas y abra su mirada al nuevo lago que se abre a los pies y en la lejanía. Bajamos para comer a sus orillas y así digerir el paisaje que acaban de zamparse nuestros ojos.  

A continuación, visitamos una de las bodegas más bonitas del mundo: La bodega Rippon. En lo alto de una colina que mira a los ojos al lago Wanaka, habitan sus viñas. El sol de la tarde las baña en una postal idílica que da por cerrado el día. 

“¿Serán las montañas?” Ya es viernes y atravesamos una cantidad ingente de montañas que abrazan la carretera. Parece que el marrón impera en este paisaje monocromático. Atravesábamos la región de Central Otago, en la que los viñedos, duermen esperando la llegada de un nuevo ciclo, para acabar así, con la tiranía del marrón. Parecen habitar lo inhóspito, con las montañas que se suceden, cada una única, cada una bella a su manera; y el río que corre alegre y salvaje teñido de un verde grisáceo al que sólo se puede acceder saltando al vacío por un cañón.  

Pasamos Queenstown de largo y bordeamos el lago Wakatipu. Creo que es una de las carreteras más bellas por las que he conducido jamás. El filtro solar está activado y la motorhome escala por la carretera escénica. De nuevo montañas y lagos en una combinación perfecta. “¿De quién narices será la culpa?” Un kāhu alza el vuelo, observando el paisaje desde la altura, guiñándonos un ojo y pensando para sus adentros “No sabes lo que te pierdes”. Paramos en un mirador y dejamos de contener la respiración, ya podemos disfrutar con calma. 

Una vez hemos cogido oxígeno, nos sumergimos de nuevo, hasta llegar a la pequeña y fotogénica Glenorchy. Este pequeño pueblo, ha sido utilizado, cómo no, en El Señor de los Anillos. El lago calmado, su transparencia, los troncos desnudos e inertes, el muelle, la casita roja. Todo por sí solo es digno de postal. En conjunto, se torna en un paisaje mágico. 

Para acabar el día paramos, ahora sí, en Queenstown. Esta ciudad que da al lago, pero tiene alma de estación de ski, es temporalmente el hogar de mi amigo Dorian, con el que compartí sudor, sangre y alguna cerveza, en el campo de rugby. Se vino a Nueva Zelanda hace unos meses para buscarse la vida junto a Amparo. La posibilidad de tener una casa hoy en día se está volviendo una quimera y los gobiernos no están ayudando a que independizarse sea una realidad alcanzable. Por tanto, mi amigo, se armó de valentía para crear oportunidades y superar la utopía. Obviamente, no podíamos desaprovechar verlos y compartir una cerveza.

Durante la conversación de puesta al día, Amparo dijo algo que había rondado mi subconsciente durante estos días: “No quiero anestesiarme de estos paisajes”. Mientras Emma sonreía a todos los del local buscando una atención recíproca, yo deseaba poder vivir los paisajes que estábamos recorriendo con su mirada. 

El sábado, la carretera nos llevó hasta Dunedin, una ciudad universitaria, que alberga la Otago University. Simulando el día anterior, la pasamos de largo para bordear la península de Otago. La gente corría e iba en bici por un camino contiguo a la carretera. Otros sin embargo, practicaban deportes acuáticos solo unos metros más allá mar adentro. Creo que es una de las carreteras más bellas por las que he conducido jamás. 

Llegamos al final, donde se encuentra el Royal Albatross Centre. El único lugar continental del mundo que tiene una colonia de albatros real. La segunda más grande de las especies de albatros. Pudimos ver varias crías que aleteaban al viento preparando sus cuerpos para darse a la mar. Una de ellas, llegó a dar un par de saltitos, entrenando y fortaleciéndose para el futuro. Además, tuvimos la suerte de ver a un albatros adulto; padre o madre de alguno de los susodichos, planeando en círculos buscando el momento perfecto para aterrizar y alimentar a su retoño.  

El domingo empezó lluvioso, nublado y muy temprano. Los hábitos monacales de Emma, nos habían llevado a estar tan pronto en el castillo de Lanarch que las puertas se encontraban cerradas a cal y canto. Entre la lluvia, la niebla y la premura por reponer el gas para poder cocinar y calentar nuestra autocaravana, decidimos dar media vuelta y acercarnos a Dunedin.

Desayunamos, aparcamos y nos acercamos a la Emerson’s Brewery. Esta cervecería muy amada por los locales, es toda una institución, ya que marcó el camino de la cerveza artesanal en el país. En 1992, Richard Emerson  puso de moda estilos cerveceros que no se llevaban en la isla. Una cata y una comida nos sirvieron para imbuirnos de historia local y sumergirnos en el ambiente previo al segundo partido de rugby que íbamos a presenciar. 

Otago recibía a Canterbury en el Forsyth Barr. Un estadio moderno y más importante, cerrado, con lo que disfrutamos sin tener que mojarnos. El partido, menos amateur que el anterior, gozaba de un ambiente mucho más animado. El equipo local no pudo llevarse la victoria y perdieron 12-19. Sin embargo, dieron un buen espectáculo animado hasta el final, lleno de duros golpes, jugadas eléctricas y sobre todo de mucho respeto. 

Mientras volvíamos a la caravana, nos sorprendía cómo esta ciudad tan poco favorecida que acogía a miles de estudiantes y se vestía de una decadencia industrial, podía estar tan cerca del paraíso idílico que era la península de Otago.

No me quedaba claro de quién era la culpa. De alguna manera, tampoco me importaba. La belleza de la isla sur es objetiva: salvaje, agreste, dispar, natural y ante todo, única. Con la lluvia resbalando por mi cara, miraba a Emma, viendo reflejado en sus ojos el hambre por conocer y aprender, la facultad de sorprenderse por las pequeñas cosas. ¿Qué importa de quién sea la culpa? Yo lo que quiero es evitar la anestesia y no asumir como monótono y normal, lo que es excepcional e irrepetible. Lo que quiero no es buscar culpables, es que no se me olvide la capacidad de emocionarme en la vida.

(6 a 9 de agosto)


lunes, 10 de agosto de 2026

Mar i muntanya (Nelson-Abel Tasman NP-Franz Josef)

Esta entrada no trata sobre platos de comida, pero marida a la perfección los dos paisajes que más polarizan las decisiones veraniegas. En tan solo una publicación visitaremos los dos para dejar a todo el mundo contento sin necesidad de enfrentamiento ¨¿Y tu qué prefieres?¨ Preparen sus bañadores, pero no olviden sus botas, gorro, chaqueta y guantes. Abríguense bien porque empezamos:


“Yo soy más de playa”.

Iniciamos el día en Nelson, paseando por sus calles un sábado de invierno. Al ser fin de semana, aprovechamos y nos damos una vuelta por su mercado. No tenemos prisa, es un día tranquilo cuyo único fin es llenar los pulmones de olor a mar. Nos ponemos rumbo a Mapua donde paseamos un rato por el puerto disfrutando del sol y las temperaturas templadas. Dormiremos en Motueka al lado del mar para llegar a las puertas de Abel Tasman National Park. 

Este Parque Nacional, es el más pequeño del país y, aun así, se tarda de 3 a 6 días en atravesarlo. Se trata de un frondoso bosque escarpado que mira de frente al mar de Tasmania, combinando a la perfección las palmeras de helechos con playas paradisíacas, de tierra beige. 

Para acceder hay que coger un Aqua Taxi; los turistas se sientan en una lancha que es arrastrada por un tractor, hasta que se llega a la rampa de desembarco. El tractor se deshace de la embarcación y empieza la ruta marítima. Se visita primero la “Split apple rock”. Una roca que como su nombre indica está partida en dos mitades perfectas y que se ha hecho famosa por formar parte de una campaña publicitaria turística.  A continuación, se para en las playas de Torrent Bay y Bark Bay. En esta última iniciamos nuestra ruta de 4 horas. 

Hacía un día espléndido que se había calzado el filtro solar. Sin embargo, los helechos parecían sombrillas de playa apiladas un agosto en Benidorm y su sombra era una alfombra que nos negaba la luz del día en gran parte del camino. Con Emma durmiendo en el porteo, atravesamos el bosque sintiendo que recorríamos el escenario de “Jurassic Park”, pero cada vez que un claro dejaba entrever el mar, cambiaba el escenario de la película por “Naufrago” y vuelta a empezar a la vuelta de la esquina. Un zapping en directo en el que la película la elegía el mismo parque.  

Estar caminando al lado de playas idílicas arropadas por un mar azul turquesa, mientras llevábamos gorro y guantes, parecía incongruente y casi reafirmaba la sospecha de caminar por un set de película. 13 kilómetros más allá de Bark Bay, se asomaba esplendorosa la playa de Anchorage, nuestro destino donde esperaríamos al Aqua Taxi de vuelta a la autocaravana. 

Mientras esperábamos, un weka se acercó a ver si conseguía algo. Estas aves tan comunes aquí, son como los monos. La comparativa no es por sus andares, más similares a un Velociraptor, sino por sus hábitos cleptómanos. Es por ello que hay que andar con cuidado, ya que el menor descuido es aprovechado por el weka para usar su pico en el arte de la prestidigitación.

Hemos prometido un maridaje y seguimos en la orilla así que dirijámonos a las montañas. Sólo un párrafo bastará para superar varias horas de carretera en las que hemos atravesado la isla sur de este a oeste siguiendo el Buller River. Hemos dormido en su regazo y le hemos acompañado hasta su desembocadura en Westport. 

Es lunes por la mañana y empieza a diluviar mientras recorremos el camino hasta el mirador de la colonia de leones marinos del cabo Foulwind. El paisaje es tropical a un lado y oceánico al otro en una nueva incongruencia preciosa. A los leones marinos no parece importarles la lluvia y el viento, pero a nosotros estando con Emma sí, así que nos despedimos rápido de ellos y conducimos siguiendo la costa a las Pancake Rocks. 

Este trocito de litoral es realmente mágico. Su nombre se debe a la sensación de observar tortitas de roca, amontonadas una encima de la otra. Más que unas tortitas, parecen cartulinas apiladas que ha esculpido el viento usando el mar de cincel. El paisaje mejoraba porque había dejado de llover. El mar, sin embargo, continuaba rugiendo. Las olas expulsaban chorros de agua al chocar contra las rocas. Estas en cambio, nos dejaban escuchar los horribles alaridos del mar, esperando que nos pusiéramos de su lado por recibir tremenda paliza.


“Yo soy más de montaña”.

El martes, al fin, llegamos a las prometidas montañas que complementan la dicotomía veraniega. Estamos en Franz Josef, pueblecito de montaña a tan solo 150 metros sobre el nivel del mar. El pueblo es conocido por tener de telón de fondo dos glaciares: El Franz Josef y el Fox Glacier. Aquí estaremos hasta el miércoles por la tarde que nos iremos camino a Wanaka.

Visitamos primero el West coast wildlife centre en el que se alojan tuataras (una especie de reptiles endémicos de tamaño medio), pingüinos azules, y kiwis rowi. Los pingüinos azules son de tamaño pequeño y espectacularmente hiperactivos. En la piscina iban de un lado a otro nadando a toda velocidad y teniendo loquita a Emma que veía seres cuya energía se equiparaba a la suya. En el refugio de kiwis no se podían sacar fotos ni hacer ruido. Era una sala oscura con luz roja en la que se alojaban dos especímenes de kiwi rowi, el kiwi más raro por su escasa población (actualmente sólo suman 700 ejemplares). Verlos de cerca en la oscuridad, haciendo ruiditos y buscando comida con su largo pico, ya valía la visita por sí sola. 

Ese mismo día visitamos el Sentinel Rock desde el que se podía observar la lengua del glaciar Franz Josef. Desgraciadamente más tímido cada año por culpa del calentamiento global. Si seguimos siendo tan poco responsables con la naturaleza, en poco tiempo guardará su lengua para siempre. 

El miércoles bien temprano fuimos al Peter Pool walk, un paseo de 15 minutos ida y vuelta que nos regaló un reflejo perfecto del glaciar. Pero para reflejos el que ofrece el Lago Matheson a media horita en coche. En él se miran orgullosos los Alpes Neozelandeses y se pavonea con especial prepotencia el Monte Cook, alzando su barbilla por encima del resto.

Con esta postal cerramos la armonía comiendo ahora sí, un plato típico de por aquí que combinaba a la perfección con las bajas temperaturas: una deliciosa pierna de cordero que se deshacía en la boca y nos calentaba por dentro. Quedará como guinda del pastel y hará las veces de postre para esta entrada.

¨¿Y tu qué prefieres?¨ 



(1 a 5 de agosto)