miércoles, 22 de julio de 2026

UPSIDE NMOꓷ (Valencia - Auckland)

“Lo siento mucho, pero me temo que no les podemos dejar volar…” soltaba la azafata con una expresión trabajada de “empatizo con tu frustración, pero no puedo hacer nada”. Nuestro primer viaje con Emma comenzaba patas arriba y todavía no había empezado. El destino se burlaba de nosotros por decidir viajar a New Zealand; literalmente las antípodas.

Nos encontramos en la zona de facturación en Valencia. Nos están poniendo problemas para embarcar porque nuestra ruta pasa por Australia y por lo visto se necesita visado, aunque estemos de tránsito. La noticia cae como un jarro de agua y nos visualizamos todo el verano en Valencia; todavía queda una hora para que cierre el check-in pero pedir el visado puede tardar hasta 4 horas. Intentamos desesperadamente pagar el visado, pero justo antes de introducir el número de la tarjeta, nos informan que han encontrado una excepción con la que podríamos volar. Con la luz verde, dan paso a sacar los billetes, pero el sistema solo perite sacar los billetes de Bea; los míos y los de Emma dan problemas. 

Las manecillas del reloj avanzan devorando segundos y la cara de la azafata, no augura un final feliz. En mi cabeza se forman ecuaciones buscando posibles soluciones al naufragio: La ruta es Valencia-Istanbul-Singapur-Melbourne. Si no podemos volar a Melbourne, no pueden denegarnos volar a Turquía, ya que el problema reside en el vuelo a Melbourne. Quizás un viaje a Turquía no sea tan mala opción: no hace falta vacunas, es bonito y es seguro. 

“¡Decidle que no toque nada! ¡Saúl no toques nada!” Bea y un trabajador salen en carrera para avisar a Saúl que desde la cabina de enfrente se ha apiadado de nuestra situación y está haciendo lo posible para que comamos perdices. 

Algo ha funcionado y ya tenemos el viaje completo de Bea y dos billetes míos y de Emma. Sólo faltan los del destino a Melbourne ya que, por alguna extraña razón, no se imprimen los billetes del vuelo intermedio. El tiempo no perdona y Turquía parece cada vez más, una solución real como parche por perder el vuelo a New Zealand. 

Por detrás nuestro, llega galopando un hombre nervioso y bañado en sudor, suplicando entrar en el avión para asistir a una boda. La facturación está oficialmente cerrada y recibe un rotundo no, (no por ello, menos adornado de empatía.) Se le une una pareja que culpa al tráfico de Valencia y a la aplicación de Turkish Airlines. La cara de pocos amigos de la azafata los hace cambiar de estrategia y de la exigencia pasan a la docilidad y el silencio. 

Al final nos entregan los billetes de Valencia a Istanbul y de Melbourne a Auckland. Los de Istanbul-Melbourne los tendremos que conseguir al aterrizar. Nos cuelan por el control de seguridad y subimos a tiempo al avión. Primera prueba superada; hemos llegado a Istanbul.

Bajamos del avión y tenemos una hora para solucionarlo todo, pero hay que pasar por control de aduanas, el control de seguridad, subir y bajar en ascensores para pasar el carrito de Emma y cambiar de terminal. Esto parece una Escape Room. 

Conseguimos hacernos con mi billete, pero no con el de Emma. Segunda prueba superada.

Nos acercamos rápidamente a la puerta de embarque y la cara de este azafato nos transmite un déjà vu que no pinta nada bien. La frontera australiana no admite el pasaporte de Emma. Todavía no sabemos por qué razón ¿Será posible que Emma sea una criminal? ¿Podría ser posible que tenga antecedentes penales y no lo sabíamos? 

Ya casi no quedan personas por embarcar y el azafato inmune a los soniditos de Emma, teclea sin parar, con la mirada fija en la pantalla, absorto e impertérrito. El tiempo se consume y no hay forma de ganarle la partida. Nos proponen que vuele uno de nosotros mientras el otro se queda con Emma y coge el siguiente vuelo, dos días después. Prueba no superada. La puerta de embarque se cierra permanentemente de manera dramática.


Volvemos a la oficina de Turkish Airlines para que nos den una solución. Por suerte, tras una hora de espera, vemos la luz. Nos cambian la ruta para ir por Dubai y volar desde allí con Emirates en un vuelo directo a Auckland. Es una lástima, pero Turquía tendrá que esperar. 

En el vuelo a Dubai tratamos de reducir la adrenalina acumulada y dormimos a cabezadas. Emirates sube claramente el listón de calidad, pero se hizo un poco cuesta arriba. 15 horas no son tantas… depende de cómo lo mires. Emma tenía clara su opinión al respecto y nos la hizo saber en más de una ocasión durante el trayecto. El tiempo de vuelo era su aliado y le facilitó que nos dejara clara su postura, sin necesidad de mediar palabras ¿Quién las quiere cuando puede pegar gritos con la potencia de una soprano?

Ya en Auckland, repartimos el tiempo restante del día, en recoger la caravana (nuestra casa errante durante el próximo mes), hacer una compra grande para abastecerla, acostumbrarnos a conducir por la izquierda y a dirigirnos al parking con la noche de decorado. A pesar de los malos augurios, habíamos conseguido llegar a Nueva Zelanda. El jetlag, las aventuras y las horas de viaje, se colgaron de nuestros párpados, obligándonos a cerrar los ojos, mientras masticábamos la cena: un vulgar sándwich que sabía a perdices.

(17 a 19 de julio)

lunes, 23 de diciembre de 2024

El mal de aventura (Uvita-Austin)

Es consabido que no hay Yin sin Yan, que la luz implica sombras y oscuridad, que el Delta muere en el inicio del océano, que no hay principio sin final. Nuestro viaje languidecía y tocaba su fin. Y como siempre, una sensación agridulce se introducía en la mochila como un polizón. La maldición del viajero empezaba a palpitar; el sabor agrio de acabar las aventuras y volver a la inmutabilidad del día a día, se mezclaba con el dulzor de volver a casa y reposar lo vivido. La eterna dicotomía del viajero. La maldición del trotamundos. 

Pero pausemos estos pensamientos por un momento porque hemos decidido acabar el viaje buscando el sol entre las nubes; resueltos a secar en la playa, las experiencias pasadas por agua de Corcovado. 

Amanecimos en Uvita y antes de desayunar, nos acercamos al Parque Nacional Marino Ballena. Esta playa protegida, tiene la forma de la cola de una ballena cuando la marea está baja. 
La fina capa de agua marina, sobre la arena forma un espejo que da extensión al cielo y da permiso para caminar sobre él. Para acabar de decorar el paisaje, la selva está instalada en primera línea de playa ofreciendo prestigiosas vistas a sus inquilinos que pueden ver como la cola de la ballena se sumerge y resurge siguiendo los caprichos de la marea.
Desayunamos antes de lanzarnos a la carretera y nos llevamos puesto un paraguas de nubes que parecían obsesionarse en protegernos del sol. Por suerte, alguno de los rayos consiguió agujerearlas y decidimos hacer parada en la playa Biesanz, muy cerquita del famoso Parque Nacional Manuel Antonio que decidimos esquivar por falta de tiempo y por evitar masificaciones.
Este pedacito de costa que es más bien una cala, resguardada por rocas y vegetación selvática, nos sirvió de refugio de las sombras durante un rato y nos ofreció la oportunidad de disfrutar del sol y reposar lo vivido. 

El mar tiene esa virtud; quizás sea la sal que potencia las vivencias al igual que con la comida, o quizás sean las olas que mecen y adormecen. Quizás está en nuestra piel, que siente la proximidad al mar. Puede ser que la conexión que se forjó desde nuestro nacimiento en la costa levantina, siga calmando nuestros cuerpos cuando sienten la cercanía marina.
La vuelta de las nubes nos sacó del ensimismamiento y nos puso de nuevo en el coche para recorrer los últimos kilómetros hasta San José. 
Pasaban las horas e impaciente, el sol se fue a dormir, entre montañas cubiertas de nubes que ocultaban su belleza. La noche se instaló en Costa Rica antes de que llegáramos a la capital y aparcáramos tras más de 1500 kilómetros de aprendizaje durante esta semana larga.
Celebramos el final del viaje en Café Rojo, un restaurante que mezcla los sabores nacionales, con la gastronomía vietnamita. Saboreando la fusión de nuestro último "Casado" con sabores asiáticos, acompañado con un vino de Chile, sentimos los efectos de la enfermedad del viajero o mal de aventura. Esta maldición se agrava cuando el viaje se convierte en monotonía y uno vive en el extranjero.
Con cada experiencia internacional, el viajero añade una pieza del puzzle que va completando su persona; pero al mismo tiempo pierde el eje de rotación, se desorienta y va desapareciendo su sentimiento de pertenencia a un único lugar. 
En la cotidianidad lo embelesa el olor a aventuras y en el viaje ansía el calor del hogar. Sin embargo, su concepto de hogar se ha multiplicado, y el calor se va dividiendo en cada uno de esos destinos en los que ha vivido. Cuando se está quieto, el espíritu siente ganas de partir y cuando se está en movimiento, las raíces tiran de uno mismo para permanecer en un lugar. Se crea una dicotomía imposible de resolver. Sólo hay una manera de reducir los efectos: no parar de caminar, descubrir, desaprender, vivir; En definitiva, viajar.
Veía volar los pensamientos mientras el avión aterrizaba en uno de nuestros hogares, Austin. Consciente que pronto volvería a sentir los efectos y no quedaría más remedio que lanzarse a la aventura.

"Es más fácil enamorarse de los espíritus aventureros que convivir con ellos. No necesitan a nadie ni entienden que nadie los necesite. Tampoco pertenecen a ningún sitio. Y, cuanto más te esfuerzas por retenerlos, más se alejan. Necesitan volar cuando están en casa y regresar a casa cuando han volado. Se aburren de los demás con facilidad, pero más aún de sí mismos. Atrapados en su libertad, terminan encadenados a ella." David Jiménez.

(1 a 2 de diciembre)

Desde la distancia pero sintiendo el calor de La Terreta cerca, ¡Feliz Navidad familia!

domingo, 8 de diciembre de 2024

Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Puerto Jiménez-Parque Nacional de Corcovado)

La lluvia parecía haberse instalado toda la noche sobre nosotros y nos costó pegar ojo con el repicar de las gotas percutiendo el tejado. Nos despertamos antes que el sol y preparamos todo para nuestra aventura en Corcovado ya que a las 5:00 habíamos quedado con nuestro guía Mauricio. 

Apareció cuando desayunábamos en la panadería y nos fuimos juntos hacia el muelle para tomar una barca que nos llevaría navegando a la entrada del Parque Nacional. 

Las olas no daban tregua y la barca iba avanzando entre saltando sobre ellas o esquivándolas. Después de 1 hora y media de viaje, llegamos a la costa. Sabíamos que íbamos a mojarnos, pero un par de olas que reventaron contra la barca, paralela a la marea, se aseguraron de darnos la bienvenida empapándome de arriba a abajo. De perdidos al mar, saltamos al agua y como si del desembarco de Normandía se tratara, nos fuimos acercando a la costa, avanzando junto a las olas hasta llegar a tierra firme. 

El grupo de turistas nos fuimos separando cada uno con su guía y Bea y yo, nos quedamos con Mauricio. De camino a la estación Sirena, que nos daría cobijo en la noche, pudimos tener una pequeña introducción a la fauna. Avistamos un pájaro carpintero que se asemejaba al Pájaro loco y un trogón, que es un pájaro de la familia de los Quetzales y comparte colores resplandecientes en su plumaje. Además, nos topamos con los restos de un avión accidentado que se había ido camuflando con el tiempo rodeándose de musgo y vegetación.

Una vez en la estación, dejamos las mochilas y nos equipamos de botas de lluvia para poder recorrer los caminos sin preocupaciones. Nos adentramos en un territorio de animales peculiares y algunos, totalmente desconocidos. Vimos monos aulladores, monos araña y monos ardilla. En el caso de los primeros, nos topamos con una manada que parecía estar de paseo entre los árboles y vimos embobados cómo pasaban de rama en rama sin la menor preocupación de caer al vacío. Una de ellas llevaba a su cría agarrada y no parecía ver peligro absoluto. Al contrario, pasaba de un árbol a otro saltando y columpiándose.


En la lista de animales avistados también se encontraban murciélagos, halcones cangrejeros, tucanes, un búho, cocodrilos y otras bestias fascinantes. Pero los que más nos emocionaron en la mañana, fueron el encuentro con un oso hormiguero que lanzaba su lengua en forma de látigo fustigando a termitas que acababan en su interior mientras con sus garras se aseguraba en crear el caos para que salieran despavoridas en dirección a su estómago. 

Otro descubrimiento especial nos tuvo haciendo cola en medio de la jungla, para acercarnos a ver al Tapir. Estas criaturas de la familia del cabello y el rinoceronte, realmente parecen de ficción, con sus mini trompas de elefante y cuerpos de hipopótamo. La que pudimos ver estaba durmiendo apaciblemente mientras su cría de unos seis meses se amamantaba en silencio. 

Con tanta emoción, habíamos olvidado que era la hora de comer, pero Mauricio, ducho en el arte de guiar, nos llevó a la estación para comer y descansar un rato. Negándonos a hacer la siesta, nos acercamos al porche con vistas a un antiguo aeródromo que ahora parece más una llanura. El cielo había vuelto a romperse y esta vez como por la noche, no parecía estar dispuesto a dar tregua. Un coatí, una especie de tejón de cola larga, cruzó delante de nosotros dando saltos para resguardarse de la lluvia. 


También aparecieron en busca de refugio unos pecarís, que son como unos cerdos de monte. Y con todo el mundo buscando resguardarse de la lluvia, llegó la hora de salir en expedición. 

Mauricio, Bea y yo, nos zambullimos en la lluvia y nos pusimos a caminar. Los caminos estaban inundados y las botas de lluvia dejaron de tener sentido cuando el agua las inundó por dentro. Vimos pocos animales esta vez: un cangrejo anaranjado que azul parecía ir en busca de una nueva casa tras ser afectado por la inundación; y un cabrito de monte, que se asemeja bastante a un ciervo, se alimentaba ajeno a nosotros, sacando su kilométrica lengua relamiéndose a cada bocado. 

A pesar de los pocos avistamientos estuvimos caminando en busca de suerte hasta que se hizo de noche y volvimos a la estación para cenar. Mauricio nos informó que al día siguiente podría estar con nosotros hasta el desayuno pero que el guía que tendríamos iba a hacer una ruta larga y que si nos apetecía, separaríamos nuestros caminos desde el inicio del día. Algo entristecidos porque ya teníamos confianza con Mauricio, le dijimos que preferíamos poder hacer la caminata larga. Nos dimos las buenas noches, y fuimos a nuestras literas con toda nuestra ropa y mochilas empapadas de cielo.

Volvimos a adelantarnos al sol cuando empezamos a caminar al día siguiente. Nuestro guía se llamaba Dani y también venían dos franceses que habían caminado con él durante los dos días anteriores. Eran unos friquis de los pájaros hasta el punto en que el francés identificaba las especies por el canto. Tenían una lista de aves que querían avistar y cada dos por tres se paraban para sacar los prismáticos en busca de movimiento entre las copas de los árboles. 

Estaba algo secuestrado por los pensamientos previendo un día poco productivo para divisar nuevos animales que no volaran, cuando de repente di el alto al equipo. Había visto un tapir a escasos metros, tumbado tranquilamente. 

Nos fuimos acercando poco a poco y el tapir en lugar de sentirse intimidado, se levantó y empezó a alimentarse. Observábamos y hacíamos fotos admirando al tranquilo animal cuando empezó a aproximarse más y más. Se sentía tan cómodo, que empezó a olerme con su pequeña trompa mientras alucinaba con la suerte de vivir algo tan único.

Dejamos al tapir atrás y seguimos caminando. La experiencia me había librado de mis pensamientos negativos y vi la ruta con otros colores. Atravesamos pantanales, plantas a la altura del pecho y caminos de película agujereados por rayos de sol. En un punto del camino, estaba todo tan inundado e íbamos tan lentos, que el guía vio innecesario seguir más allá y tener que nadar. Así que desayunamos y dimos media vuelta. Además de incontables aves, nos encontramos con mariposas morfo del tamaño de una cabeza, una piara de pecarís que cruzaron el camino y hasta un cabro de monte que hizo el amago de repetir la experiencia del tapir hasta que su corazón hiperactivo y su miedo, le hicieron dar media vuelta.

Volvimos a la estación 6 horas más tarde, agarramos todo, nos despedimos de Mauricio y volvimos sobre nuestros pasos para embarcarnos hacia Puerto Jiménez donde nos esperaba el coche. Todavía nos quedaban unas dos horas largas de carretera. Por el camino, unos loros rojos que confundimos con aves Fénix se encargaron de finalizar el avistamiento de Animales Fantásticos. Si queréis saber dónde encontrarlos, sólo tenéis que empezar a buscar en el Parque de Corcovado, regido por el maravilloso Tapir.   

(29 a 30 de noviembre)

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Acción de gracias (Cahuita-San Gerardo de Dota-Puerto Jiménez)

A las 7 de la mañana, estábamos puntuales en el puente que da acceso al Parque Nacional Cahuita. Cuando entramos, nos dimos cuenta que éramos los primeros en llegar. A los pocos metros de caminar por un sendero de playa colonizado por la jungla, un aguti, cruzó como si lo persiguiera el demonio. 


Al aguti lo habíamos visto por primera vez el día anterior, cuando al ir al baño me encontré con un animal que tenía cara de rata y el cuerpo de ciervo en miniatura. 

Caminando por el Parque, también nos cruzamos con unas cuantas mariposas Morfo que con sus colores azul esmeralda y su tamaño descomunal, nos hacían pensar que estábamos en un cuento de hadas. El camino abovedado por las platas y con las goteras de los rayos del sol, ayudaba a sentirse en territorio de ninfas.

El hechizo se empezó a torcer cuando vimos que había que cruzar un río justo al lado de una señal de cocodrilos. Para evitar sustos, nos acercamos lo máximo posible al mar y fuimos cruzando lentamente pensando que el agua sólo llegaría hasta las rodillas. Al llegar al otro lado del río, estábamos a salvo de cocodrilos, pero el agua nos había llegado hasta los muslos. 

Continuamos caminando, tras calzarnos, para ver que a los pocos metros el camino salía al mar para volver a entrar. A duras penas evité mojarme los pies, saltando de tronco en tronco cuando el agua de la ola retrocedía. Bea no tuvo tanta suerte y acabó caminando resignada, con los zapatos haciendo snorkel. Para colmo, unos metros más allá, se repetía la situación y esta vez eran mis zapatillas las que decidieron bucear. Empapados hasta más allá de las rodillas con nuestros pies dando un festival de sonidos acuosos, decidimos dar media vuelta para evitar llegar al siguiente destino de noche. 

La soda Kawe nos había dado de cenar el día anterior y queríamos que nos siguiera alimentando.


Pero antes de volver, nos pasamos por una palmera que el día anterior hacía la función de hamaca para un perezoso. Fiel a su nombre, ahí seguía un día después; profundamente dormido y con su particular sonrisa bobalicona que parece más propia de una persona bajo los efectos de estupefacientes. 


Tras el desayuno, nos lanzamos a la carretera para recorrer las 5 horas que nos separaban de San Gerardo de Dota. Al llegar al hotel, en un enclave montañoso, el clima estaba nublado y frío. Sin darnos cuenta nos habíamos plantado a 2200 metros de altura. Teníamos un objetivo claro: ver Quetzales. Nuestro plan era ir el jueves temprano al Parque Nacional que lleva el nombre de estas aves. En el Miriam’s Quetzals, en frente de nuestras cabañas, Miriam, con su sonrisa perenne, nos aconsejó ir a Casa Monge. Decía que los Quetzales buscaban el aguacatillo para comerlo y que en el Parque Nacional había poco. “Si quieren caminar, vayan al parque. Si quieren ver Quetzales vayan a las 6:00 a Casa Monge”.

Así que nos tomamos la tarde con calma, cenamos en el restaurante de Miriam y nos dimos un festín gastronómico maridado con salsa Lizano, una salsa nacional que nos encantó y que se volvería con nosotros a Texas en la mochila. Estaba todo bueno pero el postre hecho con papaya en mermelada, parecía ser un pedacito recolectado del cielo.

A pesar de que el despertador sonara a las 5, ya era jueves, día de acción de gracias. Era el día perfecto para dar las gracias por poder ver al ave sagrada de los mayas y aztecas y Thanksgiving, no defraudó. Sin embargo querido lector, a partir de aquí tendrá que hacer un esfuerzo de imaginación porque las fotos las hicimos con la cámara, que desgraciadamente, agotada de trabajar, se quedó dormida en el avión de vuelta, se despistó y no bajó cuando tocaba. Queremos pensar que está feliz viajando de un destino a otro de manera gratuita. Quién sabe.

El caso es que al aparcar en Casa Monge, una persona nos indicó el lugar anunciándonos que había dos Quetzales machos. Nos costó avistarlos hasta que los ojos se hicieron al verde esmeralda intenso. Uno de los machos descansaba escondido en un árbol, pero iba cambiando de lugar cada dos por tres. Por momentos se acercaba, con movimientos poco fluidos, recordando al vuelo de una mariposa, mostrando los rojos del pecho y la cola larga. 

Durante las dos horas que nos mantuvimos estoicos al frío, disfrutamos viendo al Quetzal revoloteando, y descubrimos otros dos machos y una hembra. Llegamos a estar bastante cerca de uno de ellos. Cuando el sol reflejó sus plumas entendimos porqué se trataba del ave sagrada. Los colores reflectantes parecían colores de piedras preciosas y su cola bífida y larga junto a sus movimientos lo alejaban del mundo real y lo acercaba al mitológico. 

Algo agarrotados y dándonos por vencidos al esperar que el último Quetzal alzara el vuelo para poner la guinda al pastel, nos fuimos a desayunar al restaurante de Miriam. 

Mientras llegaba el desayuno fuimos al balcón, en el que un sol calentaba nuestros huesos y una cantidad sinfín de colibríes y otras aves, se daban cita para disfrutar de los comederos que tenían. 

La estampa colmaba a cualquier de paz interior y este instante de pura vida, junto a la oportunidad de ver Quetzales, nos llenó el pecho de agrademiento por lo afortunados qué éramos. Toda esta gratitud, nos la llevamos en el maletero de camino a Puerto Jiménez, donde al día siguiente nos esperaba la siguiente aventura: la visita al Parque Nacional de Corcovado.  Quién nos hubiera dicho que el coche pesaría todavía más, a la vuelta de Corcovado…

(27 a 28 de noviembre)

sábado, 30 de noviembre de 2024

Más allá del verde (Puerto Viejo-Cahuita)

Amanecimos con calma, degustando una taza de café desde la calidez de la cama, con vistas al ventanal que nos protegía de la lluvia y la niebla, pero nos ofrecía intimidad para observar las diferentes aves que se acercaban a pasar la mañana. Tras un rato de contemplación, nos pusimos en marcha, parando primero en una soda cercana para rellenar el vacío de nuestros estómagos antes de encaminarnos hacia Puerto Viejo. 

Tres horas más tarde, parábamos en Frogs Heaven, un centro de recuperación animal iniciado por un agricultor que, ahogado por las grandes empresas, decidió repoblar de vegetación una finca para que los animales tuvieran un espacio en el que habitar. El precio algo elevado, nos tenía expectantes por ver si valía la pena. Lo cierto es que, el guía, con sus explicaciones y su savoir faire, nos dejó satisfechos, descubriéndonos una cantidad de animales importantes y dándonos información sobre estos.

El highlight fue ver a la rana de ojos rojos que dormía camuflada hasta que el guía la despertó. Abrió los ojos rojos chillones, separó las patas y como si se tratara de un abanico al abrirse, nos ofreció una gama de hasta 7 colores diferentes. 

Vimos también, un basilisco y dos especies de ranas venenosas: la rana flecha o rana blue jeans, que es diminuta y se acercó dando saltitos al escuchar el vídeo de la llamada de otra blue jeans reproducido por el guía. Otra rana venenosa que avistamos, fue la rana verdinegra. 

Además, descubrimos tres especies de murciélagos, los murciélagos blancos, apelotonados bajo la hoja de una Strelitzia, que usaban de tienda de campaña. Parecían ratitas que se apretaban buscando el calor murciélago y apetecía agarrar de los mofletes y estrujarlos. Por lo que nos contó el guía, el 50% de los mamíferos del país, son murciélagos.

Al acabar el tour, todavía teníamos que hacer algo de tiempo antes del check in, por lo que aprovechamos para ir a la soda Magallanes para comer. Mientras esperábamos la comida, disfrutamos viendo unos tucanes llamados Aracari, darse un festín con las bananas que colgaban cerca nuestro.


Chilamate Rainforest Eco Retreat, nuestro alojamiento, superó las expectativas con una habitación limpia en medio de la jungla, vigilada por una enorme iguana inmutable a nuestros gritos de asombro. Pasamos la tarde paseando por los senderos privados del alojamiento, ataviados de botas impermeables que evitaban que nos llenaramos de fango. Conseguimos llamar a las ranas flecha usando el truco del canto en Youtube, pero no pudimos dar con las ranas de ojos rojos. Al caer la noche, nos fuimos a cenar a una soda antes de volver a nuestra habitación para entregarnos al sueño mientras una lluvia insistente taladraba el techo acallando los colores de la jungla.

Tanto nos entregamos al descanso que por poco nos perdemos el desayuno. Por suerte, vinieron a confirmar si estábamos interesados en comer y nos acercamos justo a tiempo.

Con energías renovadas, convencí a Bea para explorar la jungla, en busca de la rana de ojos rojos que me tenía obsesionado. Poco a poco nos adentramos más y más. 


Avistamos una cantidad importante de blue jeans, que impregnaban el suelo de puntitos rojo intenso. El verde estaba presente pero el color arcilloso y las coloridas ranas se negaban a darse por vencidos en la batalla cromática. Cuando llevábamos una hora de caminata, nos dimos cuenta de que el camino no iba a regresar hacia el hotel y se nos estaba haciendo tarde.

Deseando que las dotes de scout funcionasen, fui guiándonos caminando sobre nuestros pasos sin la ayuda de miguitas de pan. Utilizando en su lugar, las imágenes vívidas de lo que acabábamos de explorar. La lluvia era intensa y los nervios subieron la temperatura de nuestro cuerpo hasta hacernos sudar a mares. La posibilidad de habernos perdido no era muy confortable. 

Por suerte, la adrenalina, la suerte y la experiencia en caminatas, nos llevó de vuelta al hotel sanos y salvos.


Para acabar con buen sabor de boca, justo cuando íbamos a dejar las botas e irnos, una rana venenosa verdinegra apareció para alegrarnos el final de nuestra estancia. Mientras, un par de blue jeans hinchaban sus sacos vocales, marcando territorio y despidiéndose de nosotros, aportando su granito de arena a la banda sonora de la jungla.

Subimos al coche para dirigirnos al este con dirección a Cahuita en la costa del Caribe. Google quiso ponernos a prueba y nos mandó por carreteras terciarias, casi sin asfaltar y llenas de baches y socavones rellenados por agua. 

A la hora en que llegamos, nos quedaban pocas opciones para aprovechar el día, así que optamos por dar un paseo en Playa negra. Caminamos sobre la arena negra que nos transportaba a La Palma, rodeados de vegetación y acariciados por un mar más embravecido de lo que esperábamos del Caribe. Amparados por unas nubes que se fueron tintando de colores rojizos, anaranjados y rosáceos, el cielo se fue mimetizando con la arena de la playa, acabando en un fundido en negro. En nuestra retina, como si se tratara de fosfenos, todavía seguían presentes los colores chillones que se esconden más allá del eterno verde.     

(25 a 26 de noviembre)

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Pura vida (San José-La Fortuna)

En Costa Rica el dicho “Pura vida” engloba muchos significados que van desde un simple saludo, a una contestación de cómo va todo. Desde un canto agradecido a la vida, hasta un grito de aceptación a los contratiempos. Durante los siguientes dos días íbamos a ir descubriendo sus matices mientras nuestros pulmones se llenaban de aire puro. 

“Pura vida” como bienvenida.

El avión aterrizaba en San José tras un día entero esperando nuestra conexión desde Houston. Ya era noche cerrada cuando nuestros pies conquistaron el suelo costarriqueño. Gestionamos el papeleo para hacernos con nuestro coche de alquiler y nos dirigimos al centro de la capital con el único objetivo de descansar y empezar la aventura con energías renovadas. La hora de ir a dormir se hizo de rogar por culpa de la cena. Con todos los locales cerrados, sólo quedaba depender de aplicaciones de comida como Uber Eats y la espera nos dejó salivando más de la cuenta. 

“Pura vida” como señal de aceptación de lo que llega.

Nuestra primera jornada consistía en viajar de la capital hacia el norte, al distrito de La Fortuna. El viaje de tres horas, se alargó debido a los atascos y nos impidió llegar a nuestro destino antes de las 5 horas. Con nuestro nuevo horario de llegada, la barrera bajada del Parque Nacional del volcán Arenal, indicaba que quedaba descartada la visita para ese día. Despagados, nos fuimos directos al hotel, acompañados todavía por un cielo plomizo que se había subido al asiento trasero desde San José y se negaba en apearse. 

Mientras aparcábamos y bajábamos las mochilas, con la lentitud de un perezoso, el cielo gris, se dio por vencido y continuó el viaje en solitario sin despedirse siquiera. Nos recibió Sergio con una sonrisa y cómo no, con un “Pura vida”, el gerente del hotel nos anunció que había habido complicaciones con nuestra reserva pero que nos había compensado con su habitación favorita.


Cuando abrimos la puerta, la pared de ventanales dejaban entrar el paisaje como Pedro por su casa, y el sol, liberado al fin del cielo gris, dejó escapar todos sus rayos para que invadieran la habitación y sobrestimularan nuestros sentidos. 

¿Qué tal va todo? “Pura vida”. 

Siguiendo los consejos de Sergio, nos sacudimos la pena por no poder visitar el Parque, yendo al Mirador del silencio; siendo según él una mejor opción. El mirador, prometía vistas al volcán, que continua activo, y senderos selváticos más exigentes. Armados de un mapa y de ganas de explorar, nos adentramos en la selva, avistando colibrís, pavas, tucanes de pico iris y hasta dos “momotas”, que son unas coloridas aves de larga cola azul, que acaba en forma de péndulo. 

Una hora más tarde, llegábamos al mirador. El sol arropaba al volcán Arenal con unas sábanas anaranjadas que se extendía por el cielo y se doblaban en el horizonte. El volcán adormilado, se anclaba a la vida y no dejaba de suspirar nubes grises que demostraban que el dragón podría cerrar los ojos, pero continuaría despierto.

Antes de volver a nuestra habitación, cenamos en Jalapas, un restaurante a espaldas del Arenal, que domina el lugar desde un cerro con unas vistas espectaculares. La noche, sin embargo, tapó con un velo impenetrable el paisaje y nos obligó a tirar de imaginación llenando el negro de colores.

“Pura vida” como canto a la vida. 

Por la mañana del domingo, la cafeína recorría nuestro flujo sanguíneo, despertando cada músculo mientras nos adentrábamos en Místico Park, un parque en medio de la selva que regentan puentes colgantes que desean ser fotografiados, mientras emulan la marea con sus balanceos ondulantes. El paisaje era dominado por el verde, que tomaba diferentes tonalidades y formas. Algunos seres con delirios de grandeza, pretendían ningunearlo con vistosos colores. Una esterlicia por aquí, un tucán por allá. Sin embargo, por muy vistosos que fueran, la dominancia del verde era abrumadora. 

Nuestra siguiente visita fue precedida por una parada para reponer café. Llenos de energía, nos dispusimos a bajar los 500 escalones, que nos llevaban a la catarata La Fortuna. 

Con una caída de unos 75 metros, el agua revienta la calma del lago creando pequeños maremotos. La crudeza del salto junto al imponente verde que adornaba todo alrededor, hacía difícil ahogar el grito “pura vida” que nacía en lo más profundo del alma y pretendía ver la luz a través de nuestras gargantas.

Empapados de vida, subimos las escaleras encontrándonos de camino, con una víbora de pestañas de color amarillo chillón, que se abrigaba de la humedad hecha un ovillo descansando plácidamente. Un poco más arriba, una manada de hormigas nos recordó con sus picaduras porqué hay que llevar calzado cerrado en la selva y nos hicieron bailar claqué para que no se nos olvidara.

El día era perfecto y no lo empañaba ni la lluvia perenne. Un perezoso, ajeno al festival del agua avanzaba lentamente entre los árboles, dejándonos una imagen más para el recuerdo. 

Con el frío en los huesos, nos dirigimos al río Choyin para calentarnos en sus aguas termales, rodeados de locales y de vegetación que ni el vapor lograba empañar. 

Comimos en la soda Las hormigas, haciendo las paces con los insectos, que lo único que pretendía era proteger su vida y hacernos bailar. Las sodas, son restaurantes familiares en los que se suele servir comida tradicional a precios más asequibles. Nuestro estómago se llenó de “casado”, un plato típico a base de carne, frijoles, arroz y plátano frito.

“Pura vida” como despedida.

Con la esperanza de ver la puesta de sol desde las espectaculares panorámicas de nuestra habitación, volvimos al hotel provistos de comida y una botella de vino para celebrar la vida. La noche despidió al día con una puesta de niebla que no permitió al cielo engalanarse de colores esta vez. Aquí en Costa Rica, sin embargo, la naturaleza busca la manera de darle la vuelta a la tortilla y cuando la oscuridad lo invadía todo, unas tímidas luciérnagas obraron el milagro y consiguieron bajar las estrellas a la selva en medio de un cielo encapotado. 

¡Pura vida!  

(22 a 24 de noviembre)

sábado, 31 de agosto de 2024

Filtros (Keelung-Jeliu-Taipéi)

Nos encontramos en Heping Island, ante el Scenic Pavilion. Unas escaleras llevan a un pabellón que se asoma al mar de la China Oriental, con vistas al islote Keelung; el escenario está preparado para la postal.

Unas jóvenes (presumiblemente) taiwanesas con vestidos poco acordes a la temperatura, pero llamativos para el retrato, esperan pacientemente a que nos vayamos. Sus móviles reproducen música (que ellas tararean) disimulando un aislamiento inexistente, mientras sus dedos se deslizan en movimientos repetitivos golpeando suavemente la pantalla, antes de empezar su book de pretendida exclusividad, tan pronto como nos apartemos.

Para mitigar el calor, nos damos un breve chapuzón en la piscina de agua marina que hay en el geoparque; aunque el alivio dura poco, pues el socorrista utiliza pronto su silbato para izar la bandera roja que nos expulsa a todos del agua.

Por la tarde, un bus nos acerca hasta Jiufen. Salimos a visitar la ciudad, que parece tranquila hasta que una calle desemboca donde un río de gente, más bien una cascada, fluye por los escalones devorando Shuqi Road. La marabunta describe con sus móviles en alto el concepto de "turismo de masas". El hormigueo de gente es incontenible: unos esquivan; otros apresuran el paso excusándose al saberse en medio; algunos esperan, en fila, con una sonrisa; otros empujan impacientes; mientras el resto, o posa, o hace abiertamente photobombing en instantáneas ajenas con tal de captar, en las propias, su idea proyectada. El enjambre, vivo, busca huecos sin cesar.

Los farolillos empiezan a encenderse; da comienzo la función. La pendiente de escalones permite que al alzar la mirada uno pueda encuadrar imágenes solitarias de la A-Mei Teahouse con su negra madera, el verde que decora al caer, su amarillo marco en las ventanas, el rojo anaranjado de los farolillos y su regusto a cuento de hadas asiático.

Un chaval asoma medio cuerpo por un balcón, tratando de esconder la cantidad, posando "casual". Mira al infinito unos segundos, ajeno a la cola que espera su turno, y luego busca al compañero para que le enseñe la foto que repetirá una, y otra, y veinte veces más hasta que se aproxime a la perfección deseada que aparecerá con filtros en la red, cumpliendo con los estándares de felicidad encapsulada posteable, y que a su vez actuará de efecto llamada para nuevos tábanos.

Me pregunto hasta qué punto no soy yo parte de ese clan masivo. Me digo que no, que busco la autenticidad de cada lugar. Pero dudo si eso nos diferencia sustancialmente... ¿acaso no persigo la sublimación en cada imagen, escondido tras el objetivo de la cámara y lo subjetivo del lenguaje?

Volveremos por la mañana, cuando la marea humana baje y nos demos cuenta que parte del encanto, paradójicamente, se ha desvanecido. Mientras recogemos para volver a Taipéi, los autobuses ya están reincorporando colonias de turistas guiados por astas con señuelos, que, pantalla en mano, nutren la corriente de nuevo.

Nosotros, ya en Taipéi, aconsejados por el recepcionista del hotel que, halagado, meditó bien qué recomendar, nos nutrimos de xiaolongbaos y de la mejor sopa de setas que hayamos probado nunca, tras una hora de cola, en el Din Tai Fung.

Al día siguiente, la sincronización de pasos perfectamente coordinados del cambio de guardia en un baile fragmentado (tres pasos, pause, dos pasos, pausa) reúne a una pequeña masa de turistas en el Salón Conmemorativo de Chiang Kai-shek. 

El calor sofocante no parece obstáculo para la limpieza y precisión de cada movimiento ante la estatua de bronce del exdictador (y primer presidente de la República de China en Taiwán) que mira hacia el oeste, sonriente, bajo el sol del Kuomintang, con la vana esperanza de reconquistar, algún día, la China continental. 

Por la tarde empieza a llover, así que el recorrido histórico lo hacemos paraguas en mano: desde principios del siglo XX, en la Red House, caminando hacia atrás hasta la mitad del siglo XVIII en el Tianhou Temple, para dar un salto hacia delante en la dinastía Qing hasta el Bopiliao Historic Block, y otro salto hacia atrás, en el Longshan Temple, que nos coloca, con los cantos de monjes y fieles, de vuelta al presente.

La mañana siguiente es lunes, día en que muchos lugares turísticos y museos permanecen cerrados, al igual que las puertas del Confucius Temple. Paseamos tranquilamente por el Dalongdong Baoan Temple y, antes de comer, resguardados bajo un cruce de carretera, vemos de lejos el Grand Hotel, con sus distintivas tejas ocre y sus icónicos 87 metros de columnas rojas. 

Por la tarde paseamos la zona de Dihua Street buceando entre los pórticos de los edificios de ladrillo caravista del siglo XIX que lucen renovados.

Conforme cae la noche buscamos un lugar para disfrutar de las vistas del Taipei 101, el rascacielos más alto del mundo hasta 2009 (cuando fue superado por el Burj Khalifa). Sonando en los altavoces del centro comercial aledaño, reconocemos, desubicados, la letra de "La lluna, la pruna". 

Otra canción nos acerca a Occidente en el Zhongshan Park; un grupo de mujeres ponen pasos de zumba al Wannabe de las Spice Girls, mientras un hombre practica, concentrado, taichí, y otro da vueltas sobre sí mismo añadiendo saltitos, cual derviche, en una imagen demente de libertad.

El viaje llega a su fin. El Taipéi 101, iluminado en el reflejo de una fuente, hunde sus raíces de bambú en el agua; al otro lado, el Sun Yat-sen Memorial Hall, con su figura de mantarraya, despliega sus aleros para nadar reflejada en su espejo. 

Al día siguiente salimos hacia Barcelona con la mirada más rasgada que en julio. Los colores fluorescentes de "Millenium Mambo" se suceden en la retina a cámara lenta, mezclados con imágenes de lo vivido; lo vivido pasado por el filtro cultural, reinterpretado acaso en una aproximación fiel a la realidad. 

Ahora que el turismo insaciable despierta movilizaciones en contra, la sintonía del FamilyMart se repite amortiguada, en un eco con sordina mientras los pensamientos se suceden rumiantes: ¿Podemos mantener la democratización del viaje y a la vez huir de las dinámicas turísticas? ¿Podemos preservar la magia de un encuentro relativamente solitario, conservando las singularidades de nuestro trozo de planeta, y que el viaje no impacte negativamente en su autenticidad? ¿Podemos, como viajeros, escapar de la velocidad hiperactiva para tratar de conocer en profundidad y con-vivir sin filtros?

(9 a 13 agosto)