Ya comentamos anteriormente la tendencia que tenemos de dicotomizar: playa o montaña; tortilla de patatas con o sin cebolla; Nesquik o Colacao… pero hablamos poco de la obsesión que tenemos por buscar culpables. Y aquí me hayo intentando decidir quién tiene la culpa mientras serpenteo la carretera hacia el sur bordeando la costa ¿Será la combinación de helechos y mar los culpables? Una zarigüella está tumbada en medio de la carretera y me saca de mis pensamientos. Ya van cinco y no creo que despierte de la siesta que se está echando.
Nuestras primeras paradas han sido un mirador y dos cataratas. Ahora llegamos a la Blue Pool track. Caminamos los 3 kilómetros de ruta encontrando todo congelado en el camino. Los helechos parados en el tiempo, esperan que los rayos del sol con sus caricias, conviertan la cobertura blanca en agua para hidratarse. Llegamos a las piscinas azules, cubiertas de sombra, pero cristalinas y de un azul celeste. El color de las aguas marida perfectamente con la temperatura del ambiente por lo que no tardamos en ponernos en marcha para volver a la caravana.“¿Serán los lagos?” Enfilamos la autopista 6 y durante más de media hora tengo que aguantar la respiración. El paisaje se abre eterno, las montañas vestidas de nieve bañan en el lago sus faldas secas por el invierno. Creo que es una de las carreteras más bellas por las que he conducido jamás ¿Quién diría que este sería un pensamiento recurrente los próximos días?
El lago Wanaka es inmenso y está envuelto por montañas escarpadas que se asoman a sus aguas para no perderse su belleza. Contiguo a esta maravilla, se encuentra el lago Hawea, al que se accede por un embudo creado por rocas para que el visitante, de la manera más escénica posible, pase entre ellas y abra su mirada al nuevo lago que se abre a los pies y en la lejanía. Bajamos para comer a sus orillas y así digerir el paisaje que acaban de zamparse nuestros ojos.
A continuación, visitamos una de las bodegas más bonitas del mundo: La bodega Rippon. En lo alto de una colina que mira a los ojos al lago Wanaka, habitan sus viñas. El sol de la tarde las baña en una postal idílica que da por cerrado el día. “¿Serán las montañas?” Ya es viernes y atravesamos una cantidad ingente de montañas que abrazan la carretera. Parece que el marrón impera en este paisaje monocromático. Atravesábamos la región de Central Otago, en la que los viñedos, duermen esperando la llegada de un nuevo ciclo, para acabar así, con la tiranía del marrón. Parecen habitar lo inhóspito, con las montañas que se suceden, cada una única, cada una bella a su manera; y el río que corre alegre y salvaje teñido de un verde grisáceo al que sólo se puede acceder saltando al vacío por un cañón.Pasamos Queenstown de largo y bordeamos el lago Wakatipu. Creo que es una de las carreteras más bellas por las que he conducido jamás. El filtro solar está activado y la motorhome escala por la carretera escénica. De nuevo montañas y lagos en una combinación perfecta. “¿De quién narices será la culpa?” Un kāhu alza el vuelo, observando el paisaje desde la altura, guiñándonos un ojo y pensando para sus adentros “No sabes lo que te pierdes”. Paramos en un mirador y dejamos de contener la respiración, ya podemos disfrutar con calma.
Una vez hemos cogido oxígeno, nos sumergimos de nuevo, hasta llegar a la pequeña y fotogénica Glenorchy. Este pequeño pueblo, ha sido utilizado, cómo no, en El Señor de los Anillos. El lago calmado, su transparencia, los troncos desnudos e inertes, el muelle, la casita roja. Todo por sí solo es digno de postal. En conjunto, se torna en un paisaje mágico. Para acabar el día paramos, ahora sí, en Queenstown. Esta ciudad que da al lago, pero tiene alma de estación de ski, es temporalmente el hogar de mi amigo Dorian, con el que compartí sudor, sangre y alguna cerveza, en el campo de rugby. Se vino a Nueva Zelanda hace unos meses para buscarse la vida junto a Amparo. La posibilidad de tener una casa hoy en día se está volviendo una quimera y los gobiernos no están ayudando a que independizarse sea una realidad alcanzable. Por tanto, mi amigo, se armó de valentía para crear oportunidades y superar la utopía. Obviamente, no podíamos desaprovechar verlos y compartir una cerveza.Durante la conversación de puesta al día, Amparo dijo algo que había rondado mi subconsciente durante estos días: “No quiero anestesiarme de estos paisajes”. Mientras Emma sonreía a todos los del local buscando una atención recíproca, yo deseaba poder vivir los paisajes que estábamos recorriendo con su mirada.
El sábado, la carretera nos llevó hasta Dunedin, una ciudad universitaria, que alberga la Otago University. Simulando el día anterior, la pasamos de largo para bordear la península de Otago. La gente corría e iba en bici por un camino contiguo a la carretera. Otros sin embargo, practicaban deportes acuáticos solo unos metros más allá mar adentro. Creo que es una de las carreteras más bellas por las que he conducido jamás.
Llegamos al final, donde se encuentra el Royal Albatross Centre. El único lugar continental del mundo que tiene una colonia de albatros real. La segunda más grande de las especies de albatros. Pudimos ver varias crías que aleteaban al viento preparando sus cuerpos para darse a la mar. Una de ellas, llegó a dar un par de saltitos, entrenando y fortaleciéndose para el futuro. Además, tuvimos la suerte de ver a un albatros adulto; padre o madre de alguno de los susodichos, planeando en círculos buscando el momento perfecto para aterrizar y alimentar a su retoño.
El domingo empezó lluvioso, nublado y muy temprano. Los hábitos monacales de Emma, nos habían llevado a estar tan pronto en el castillo de Lanarch que las puertas se encontraban cerradas a cal y canto. Entre la lluvia, la niebla y la premura por reponer el gas para poder cocinar y calentar nuestra autocaravana, decidimos dar media vuelta y acercarnos a Dunedin.
Desayunamos, aparcamos y nos acercamos a la Emerson’s Brewery. Esta cervecería muy amada por los locales, es toda una institución, ya que marcó el camino de la cerveza artesanal en el país. En 1992, Richard Emerson puso de moda estilos cerveceros que no se llevaban en la isla. Una cata y una comida nos sirvieron para imbuirnos de historia local y sumergirnos en el ambiente previo al segundo partido de rugby que íbamos a presenciar. Otago recibía a Canterbury en el Forsyth Barr. Un estadio moderno y más importante, cerrado, con lo que disfrutamos sin tener que mojarnos. El partido, menos amateur que el anterior, gozaba de un ambiente mucho más animado. El equipo local no pudo llevarse la victoria y perdieron 12-19. Sin embargo, dieron un buen espectáculo animado hasta el final, lleno de duros golpes, jugadas eléctricas y sobre todo de mucho respeto.Mientras volvíamos a la caravana, nos sorprendía cómo esta ciudad tan poco favorecida que acogía a miles de estudiantes y se vestía de una decadencia industrial, podía estar tan cerca del paraíso idílico que era la península de Otago.
No me quedaba claro de quién era la culpa. De alguna manera, tampoco me importaba. La belleza de la isla sur es objetiva: salvaje, agreste, dispar, natural y ante todo, única. Con la lluvia resbalando por mi cara, miraba a Emma, viendo reflejado en sus ojos el hambre por conocer y aprender, la facultad de sorprenderse por las pequeñas cosas. ¿Qué importa de quién sea la culpa? Yo lo que quiero es evitar la anestesia y no asumir como monótono y normal, lo que es excepcional e irrepetible. Lo que quiero no es buscar culpables, es que no se me olvide la capacidad de emocionarme en la vida.
(6 a 9 de agosto)










































