Arrancamos nuestra casa ambulante, dejando atrás nuestra parcela gratis, a orillas del lago Taupo. Es temprano y la carretera todavía está ensombrecida vestida de noche. La caravana avanza danzando entre las curvas. Lo que pensamos que es un halcón vuela por encima nuestro en busca de su desayuno. No son halcones, son aguiluchos laguneros; estas aves rapaces abundan en la isla y ya iba siendo hora de que habláramos de ellas. En maorí se les llama kāhu y se las ve frecuentemente en la carretera ya que se alimentan de animales atropellados. Por su constante presencia y su majestuosidad, esta entrada va por ellas.
Ahí va otra que alza el vuelo mientras pasamos de largo. La caravana rodea el lago y el cielo despejado nos da un adelanto de nuestro próximo destino: dejando ver los volcanes majestuosos del Parque Nacional Tongariro, el Parque Nacional más antiguo del país. Al ser invierno en el hemisferio sur, están vestidos de nieve. El Ngauruhoe les roba el protagonismo con su forma cónica, tan definitoria de lo que todos nos imaginamos por la forma de un volcán.
Conforme avanzábamos y subíamos, la temperatura iba bajando. Se podía observar en los lados de la carretera que iban coleccionando charcos helados, escarcha y algún resto de nieve. Sin embargo las temperaturas no parecían afectar a los kāhus que continuaban asomándose cuando menos lo esperábamos.Estamos llegando al pueblo de Whakapapa, puerta del Parque Nacional y nos hemos dado cuenta que para poder acceder arriba necesitamos cadenas de nieve. Prefiriendo no jugar con nuestra suerte, optamos por coger un shuttle que nos lleva a la entrada de la estación de esquí.
Los kāhu parece que se han quedado esperándonos abajo. Estamos rodeados de nieve y visitantes y nos dirigimos al Sky Waka, un teleférico que te sube al monte Ruapehu a 2.000 metros de altitud. El blanco cubre el paisaje, agujereado por una cantidad ingente de esquiadores, snowboarders y turistas. Las vistas desde la estación de arriba son tan sobrecogedoras como atiborradas de personas haciéndose fotos mientras tiran la nieve al aire, en un intento de inmortalizar su felicidad; retratos modernos de naturaleza muerta.Saturados de tanta gente, volvimos al pueblo de Whakapapa para cambiar el blanco de la montaña por el manto negro de la noche.
El día siguiente comenzó a menos 4 grados, pero ni el frío, ni el madrugón iban a impedir que los kāhus nos acompañaran en nuestro trayecto a Martinborough. Hicimos un alto en el camino para visitar Pukaha National WIldlife Centre. En esta reserva pudimos avistar diferentes aves, casi todas endémicas y en peligro de extinción. Sin ambargo, no pudimos encontrar a los kiwis que, o se escondían muy bien, o habían decidido ponerse en huelga. Pero no todo eran aves en el recinto; nos llamaron mucho la atención las anguilas, a las que también llaman los neozelandeses “atún”. Estos peces endémicos, parecían más bien boas dadas sus dimensiones.
A las 13:30 dio comienzo el espectáculo de la alimentación. Una trabajadora de la reserva apareció, cucharón en mano, para explicarnos más sobre estos animales autóctonos. Mientras daba información y rellenaba el cucharon de potingue, una profesora, que a juzgar por el tatuaje de su barbilla era maorí, matizaba y contaba curiosidades basándose en la voz de la experiencia. Mientras, los peces devoraban el contenido de la cuchara, produciendo con sus dientes un sonido similar al del velcro al arrancarse.Este pueblo es conocido por sus vinos, pero bien podría ser el decorado de una serie americana al estilo Smallville. La única atracción turística que tiene es la Union Square o la plaza del pueblo, que fue diseñada con la forma de la bandera del Reino Unido, la Union Jack. Los alrededores y locales tienen mucho encanto pero realmente, el gran atractivo del pueblo, no se puede visitar; se tiene que beber. Nosotros obedientes, cumplimos con lo mandado.
Fuimos a las bodegas de Escarpment y Ata Rangi para poder entender un poco mejor qué hace que este pueblecito sea conocido internacionalmente. Nos empapamos de cultura líquida y saboreamos el presente con cada giro de copa. Mientras tanto, los omnipresentes kāhus volaban en círculos como si fueran buitres. Deseaban que un mal cálculo al oxigenar el vino, derramara parte de este por el suelo, ofreciéndoles la oportunidad perfecta para beberse los daños colaterales.





