“Lo siento mucho, pero me temo que no les podemos dejar volar…” soltaba la azafata con una expresión trabajada de “empatizo con tu frustración, pero no puedo hacer nada”. Nuestro primer viaje con Emma comenzaba patas arriba y todavía no había empezado. El destino se burlaba de nosotros por decidir viajar a New Zealand; literalmente las antípodas.
Nos encontramos en la zona de facturación en Valencia. Nos están poniendo problemas para embarcar porque nuestra ruta pasa por Australia y por lo visto se necesita visado, aunque estemos de tránsito. La noticia cae como un jarro de agua y nos visualizamos todo el verano en Valencia; todavía queda una hora para que cierre el check-in pero pedir el visado puede tardar hasta 4 horas. Intentamos desesperadamente pagar el visado, pero justo antes de introducir el número de la tarjeta, nos informan que han encontrado una excepción con la que podríamos volar. Con la luz verde, dan paso a sacar los billetes, pero el sistema solo perite sacar los billetes de Bea; los míos y los de Emma dan problemas.
Las manecillas del reloj avanzan devorando segundos y la cara de la azafata, no augura un final feliz. En mi cabeza se forman ecuaciones buscando posibles soluciones al naufragio: La ruta es Valencia-Istanbul-Singapur-Melbourne. Si no podemos volar a Melbourne, no pueden denegarnos volar a Turquía, ya que el problema reside en el vuelo a Melbourne. Quizás un viaje a Turquía no sea tan mala opción: no hace falta vacunas, es bonito y es seguro.
“¡Decidle que no toque nada! ¡Saúl no toques nada!” Bea y un trabajador salen en carrera para avisar a Saúl que desde la cabina de enfrente se ha apiadado de nuestra situación y está haciendo lo posible para que comamos perdices.
Algo ha funcionado y ya tenemos el viaje completo de Bea y dos billetes míos y de Emma. Sólo faltan los del destino a Melbourne ya que, por alguna extraña razón, no se imprimen los billetes del vuelo intermedio. El tiempo no perdona y Turquía parece cada vez más, una solución real como parche por perder el vuelo a New Zealand.
Por detrás nuestro, llega galopando un hombre nervioso y bañado en sudor, suplicando entrar en el avión para asistir a una boda. La facturación está oficialmente cerrada y recibe un rotundo no, (no por ello, menos adornado de empatía.) Se le une una pareja que culpa al tráfico de Valencia y a la aplicación de Turkish Airlines. La cara de pocos amigos de la azafata los hace cambiar de estrategia y de la exigencia pasan a la docilidad y el silencio.
Al final nos entregan los billetes de Valencia a Istanbul y de Melbourne a Auckland. Los de Istanbul-Melbourne los tendremos que conseguir al aterrizar. Nos cuelan por el control de seguridad y subimos a tiempo al avión. Primera prueba superada; hemos llegado a Istanbul.
Bajamos del avión y tenemos una hora para solucionarlo todo, pero hay que pasar por control de aduanas, el control de seguridad, subir y bajar en ascensores para pasar el carrito de Emma y cambiar de terminal. Esto parece una Escape Room.
Conseguimos hacernos con mi billete, pero no con el de Emma. Segunda prueba superada.
Nos acercamos rápidamente a la puerta de embarque y la cara de este azafato nos transmite un déjà vu que no pinta nada bien. La frontera australiana no admite el pasaporte de Emma. Todavía no sabemos por qué razón ¿Será posible que Emma sea una criminal? ¿Podría ser posible que tenga antecedentes penales y no lo sabíamos?
Ya casi no quedan personas por embarcar y el azafato inmune a los soniditos de Emma, teclea sin parar, con la mirada fija en la pantalla, absorto e impertérrito. El tiempo se consume y no hay forma de ganarle la partida. Nos proponen que vuele uno de nosotros mientras el otro se queda con Emma y coge el siguiente vuelo, dos días después. Prueba no superada. La puerta de embarque se cierra permanentemente de manera dramática.
En el vuelo a Dubai tratamos de reducir la adrenalina acumulada y dormimos a cabezadas. Emirates sube claramente el listón de calidad, pero se hizo un poco cuesta arriba. 15 horas no son tantas… depende de cómo lo mires. Emma tenía clara su opinión al respecto y nos la hizo saber en más de una ocasión durante el trayecto. El tiempo de vuelo era su aliado y le facilitó que nos dejara clara su postura, sin necesidad de mediar palabras ¿Quién las quiere cuando puede pegar gritos con la potencia de una soprano?
Ya en Auckland, repartimos el tiempo restante del día, en recoger la caravana (nuestra casa errante durante el próximo mes), hacer una compra grande para abastecerla, acostumbrarnos a conducir por la izquierda y a dirigirnos al parking con la noche de decorado. A pesar de los malos augurios, habíamos conseguido llegar a Nueva Zelanda. El jetlag, las aventuras y las horas de viaje, se colgaron de nuestros párpados, obligándonos a cerrar los ojos, mientras masticábamos la cena: un vulgar sándwich que sabía a perdices.
(17 a 19 de julio)

