Mostrando entradas con la etiqueta 2016: Islandia en bici (1 agosto - 30 agosto). Mostrar todas las entradas
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lunes, 29 de agosto de 2016

Outside is in (Hjalli-Reykjavík)

Sólo 50km nos separaban de la meta final de nuestro Tour d’Island. Y los primeros 15km fueron todo un reto. Seguimos una carretera que parecía haber sido bombardeada y con nuestras bicis jugamos al buscaminas, intentando evitar caer en los baches. Una vez superada esta prueba, nos sentimos pilotos de aviones, pues las ruedas devoraban el firme asfalto y avanzaban zumbando a toda velocidad. Nos encontrábamos recorriendo los mismos kilómetros que nos habían iniciado en este viaje. Los que nos habían hecho sufrir la primera etapa nos parecían ahora pan comido. Para entrar a Reykjavík sin embargo, decidimos ahorrarnos nuestra primera hazaña y cambiar los 5km de autopista, por un carril bici que había que ir buscando como si de un GR de montaña se tratase.

Llegamos victoriosos a la capital que nos acogía, cómo no nublada, pero nadie estaba esperándonos en el podium ni con el ramo de flores para celebrar nuestros 800km. Aparcadas las bicis de manera definitiva, aprovechamos para descansar y reponer fuerzas en el camping, que a pesar de estar superpoblado y tener un aire de hostel internacional, tiene unas instalaciones increíbles.

Nos hemos hecho asiduos a la piscina contígua de Laugardalslaug. Hemos redescubierto las calles de la ciudad, vuelto a pasear por el lago Tjörnin, que hacía de espejo donde se miraban coquetos el Ráðhús (ayuntamiento), y algunas casas privilegiadas. Hemos descubierto el excepcional Museo Nacional que cuenta la historia de la Isla de manera interactiva y muy completa.

En la faloteca lucen orgullosos, sumergidos en formol, los penes de todas las especies animales que se encuentran en Islandia, excepto uno. Este curioso museo es fruto del duro trabajo de recolección de un profesor fascinado por los órganos de reproducción masculinos. Los hay de todos los tamaños y colores, desde la inmensidad del cachalote hasta la nimiedad (con todos mis respetos) que porta el ratón. No contento con tanto pene, la colección incluye juguetes, reproducciones, fotos, arte... todos ellos dedicados a tan estimado aparato reproductor masculino. El único pene que no se puede ver todavía, es el del Homo Sapiens Sapiens, y digo todavía porque ya hay varias cartas de posibles donantes. 


Hemos visitado también la iglesia que corona la ciudad, con su altura de más de 70 metros y su posición en lo alto de una colina. Su arquitecto, en un arrebato Gaudiano quiso imitar la naturaleza islandesa y a sus columnas de basalto y de ahí que sea escalonada. Esta iglesia luterana impacta desde fuera y contrasta con su humilde interior, sólo adornado por un enorme órgano.
Delante de ella, dándole la espalda, se haya una estatua del primer hombre que pisó Ámerica. No señores, no es el famoso Colón, es Leífur Eríksson, el primer europeo en descubrir las Américas. Este vikingo las bautizó, sin embargo con el nombre de Vinlandia.

Como todo final de temporada que se precie, nuestro viaje también nos reservaba un par de cameos de gente que había formado parte de esta experiencia. Vimos más de una cara conocida y agradecimos con especial ilusión cruzarnos con Guille, compañero de aventuras en Seyðisfjörður, y con el americano de sonrisa a lo John Wayne.

El último día con las compras ya hechas, nos despedimos de la ciudad e hicimos cola para no perdernos una delicia culinaria islandesa: El ¡hot dog! El plato más asequible a los bolsillos. Acabamos con broche de oro nuestra estancia en la isla, yendo a la Blue Lagoon para ver atardecer.

De camino se atraviesa un paisaje lunar cubierto por una alfombra de musgo pálido, que invita a soñar despierto. Islandia tiene algo de mágico. No sé si son sus paisajes, si es la luz ártica arrojada sobre ellos, si son los seres ocultos que lo habitan o el Snæfellsjökull que los vigila a todos y se asoma a lo lejos, recordándonos que está cargado de una energía especial. El caso es que hay un aura mágica característica.

Marinamos nuestros cuerpos en el agua azul claro de la Blue Lagoon, abarrotada de turistas, que expulsa su aliento de 38º al cielo helado recubriéndolo todo de humo. Esta laguna, se nutre de las aguas sobrantes de la central de energía geotérmica de Svartsengi. Su color se debe a unas algas que en ella viven y al sílice que abunda y se deposita en el fondo. Ambos sirven a los turistas para maquillarse de zombies aplicándose una máscara facial. No ha sido la piscina que más nos ha gustado, ya que no ofrece opciones de diferentes temperaturas, pero no se puede negar que su color y sus alrededores, la hacen excepcional. Tanto es así que está entre las 25 maravillas del mundo.

Atardecimos a remojo y a las 22h nos fuimos camino al aeropuerto. El bus se adentraba una vez más en el páramo lunar, esta vez cubierto por la negrura de una noche que 30 días después, permitía al sol descansar un poco más de tiempo. El viaje llegaba a su fin y ahora  tocaba reposar los recuerdos, porque cuando se vive tan rápido, no se puede degustar el poso que es lo que da sabor a la infusión. Decimos adiós a un país en el que no hemos necesitado más billete que nuestra tarjeta de crédito y donde hay tanta seguridad que ni siquiera las cajas de bicis que trajimos, habían sido retiradas de su dormitorio durante un mes. Hemos vivido el país de la mejor manera posible: desde fuera, disfrutando y sufriendo el tiempo, saboreando a la gobernadora, la madre naturaleza, que te hace sentir tan pequeño y especial a la vez.

El aeropuerto se acercaba y viendo más cerca el calor del hogar, me vino a la cabeza un anuncio islandés que había visto unos días antes:

“Don’t mind the weather. Discover. Experience. Don’t stay inside. Inside is out. Outside is in.”


miércoles, 24 de agosto de 2016

Paisajes perdidos (Arnastapi-Hjalli)


Empezamos nuestro viaje desde el centro de la tierra. El Snæfellsjökull lucía orgulloso de su grandiosidad y tomaba el sol en un día espléndido.

Mientras preparábamos las bicis el pájaro que nos había amenazado el día anterior, nos regaló la imagen del día cuando se abalanzó sobre una pareja que caminaba muy cerca de su cría. Ver a un pájaro ganando la batalla contra dos humanos que retrocedían y se agachaban gritando, nos hizo llorar de la risa.  Esta escena y el azul del cielo, nos ayudaron a afrontar las subidas todavía sonriendo. 

Nos esperaba un día largo, ya que después de los 50km, en Vegamót cogíamos un bus para ahorrarnos los 60km que lo separan, y ya habíamos recorrido previamente, de Borgarnes.
Una vez llegamos a Vegamót tras unas 4 horas en bici, conocimos a un hombre de unos 60 años americano y con una sonrisa de John Wayne, que también iba en bici. Llevaba 80 días en la isla y era su tercera visita. Era profesor de matemáticas y no podía ocultar sus ganas de hablar, así que nos ayudó a que se hiciera la hora de partir casi sin darnos cuenta.
En Borgarnes soplaba un viento de esos que despeinan y tuvimos el tiempo justo para hacer una visita antes de que cerrasen el Bónus (el supermercado más barato), para reponer víveres y rellenar las alforjas. Con todos los objetivos del día cumplidos, no podíamos fallar a nuestra visita a la Sundlaug. Observé algo que hacían los lugareños: después de estar en remojo a 42º, aguantaban unos tres o cuatro minutos en una bañera de agua helada sumergidos hasta el cuello. Este sufrimiento placentero, que tras dudar un poco probé, te sumía en una relajación tan profunda que te hacía sentir flotar en lugar de andar.

Al día siguiente antes de salir con la bici fuimos a visitar un mercado que marcaba la guía como muy interesante. Se ve que era un mercado de elfos, porque no apareció por ningún lado, excepto por el letrero con el nombre.
Con todo preparado, quien sí apareció fue el americano, exhausto por el día anterior haber hecho 120km y decidido a quedarse descansando, atraído por los placeres de la Sundlaug.
Si el día anterior el viento soplaba fuerte, este día se decidía a subir el nivel y evolucionar en huracán. Borgarnes se hacía pequeño a nuestras espaldas pero sentíamos que pedaleábamos en una bici estática. A unos 20km de la ciudad, nos adentramos en una carretera alejada del tráfico y los turistas y empezamos a recorrer un fiordo camino del camping.

El día se alargó de manera desesperante pero mereció la pena cuando llegamos a Bjarteyjarsandur y vimos lo que nos esperaba: Una granja, encallada en un paisaje maravilloso, con techo donde cocinar, duchas, baños, sillón…el paraíso, alejado del maldito viento que soplaba incansable.

Por la mañana a regañadientes, abandonamos la granja gozando del buen tiempo una vez más, con el sol apagando el viento e iluminando una carretera que serpenteaba a orillas del fiordo. Las recorrimos como si de una montaña rusa se tratara, sin poder evitar mirar el paisaje a cada pedalada.

Almorzamos con unas vistas al fiordo, de las que quita el aliento y le hace a uno dar gracias al cielo, por esconder estas tierras de ensueño del circuito turístico.
Obviamente el camping donde dormiríamos estaba igual de abandonado de las visitas internacionales. Mientras nos preparábamos un suculento arroz blanco, degustamos nuestra soledad rodeados de naturaleza, y del sol, el magnifico sol que alegra el día a cualquiera, solo con dejarse caer por los alrededores. Un pájaro cruzaba el horizonte y se lanzaba en picado, en busca de alguna presa.


martes, 23 de agosto de 2016

Los seres ocultos (Laugagerdisskóli-Arnastapi)

Islandia está habitada por seres humanos, animales, y por los seres ocultos.

Dejamos atrás nuestra escuela para viajar hacia el Oeste y a unos 20km, paramos a tomar algo. Casualidades del destino, fuimos a parar al hotel-restaurante de un contacto que nos habían pasado; casualidades del destino, éste estaba precisamente en Valencia por unos días.

Continuamos nuestro camino atravesando las montañas hasta llegar a Grundarfjörður, un pueblecito cobijado a la sombra del Kirkjufell, la montaña más fotogénica de la isla.

La bici de Mireia había dado problemas y ya asentados, fui a ver si encontraba la tienda de bicis marcada por el mapa. En la oficina de turismo pregunté si había alguna tienda y me dijeron que lo más parecido era un hombre que arreglaba bicis. Me dejaron llamar en vano, pues estaba trabajando y no podía ver la bici hasta 3 días más tarde. La mujer no se dio por vencida y empezó a llamar a gente de uno y otro pueblo hasta dar con uno. Me dijo que tardaría unos 30 minutos y como había oído hablar de la puntualidad islandesa, me puse cómodo.

Más de media hora después, apareció un chico joven que se puso a saludar a las de la oficina, cogió un café y se me acercó. Miró todo un poco y detectó el problema: una de las piezas de la cadena estaba demasiado dura y no pasaba bien. Al final con las manos llenas de grasa, pareció conseguir resolverlo. Le ofrecí invitarlo a algo, pero se negó. Afortunadamente aún queda gente que no pone un precio a todo.

Para acabar la tarde como Dios manda, nos calentamos en la piscina del pueblo con fantásticas vistas a las montañas heladas, sólo nubladas por el vaho del agua que abandonaba el calor para unirse al aire .

Al día siguiente la cadena volvió a dar problemas y esta vez fui yo el que se pintó las manos de negro. A falta de aceite, arreglamos el problema con vaselina. Hacía un día estupendo y si Islandia es bonita de por sí, al sol reluce como un piedra preciosa. Llegamos a Ólafsvík y no pudimos resistir la tentación de visitar la Sundlaug. Nos relajamos, tomamos el sol y continuamos el viaje hasta Hellisandur. Si los anteriores eran pueblos, este era una urbanización de cara al mar con poco más que una gasolinera y un camping, en medio de un campo de lava. De instalaciones no hablamos, pero gozábamos de naturaleza pura.

Amanecimos con unas nubes sumidas en la tristeza y vestidas de luto, pero las ignoramos y nos dirigimos a la punta  más Oeste de la península.

Öndverðarnes, es conocida por dos cosas: ser un buen punto de avistamiento de ballenas y albergar un pozo mágico del que se podía sacar agua bendita y en ocasiones cerveza. Ni lo uno ni lo otro, pero lo cierto es que disfrutamos del almuerzo mirando al infinito, deseosos de ver algo que asomara en el horizonte. 

Llegar y salir de este lugar nos costó lo suyo, ya que la carretera muy lejos de estar asfaltada tenía tantos baches que a uno le entraba el hipo. Durante varios kilómetros pudimos tocar la luna, pues el paisaje solo se diferenciaba de uno lunar, en las alfombras de musgo que recubrían las rocas. A lo lejos se escondía el Snæfellsjökull, el volcán de “Viaje al centro de la tierra”, y en un lugar tan mágico uno sentía la presencia de Julio Verne.

La última parada fue la playa de Djúpalóssandur, la cual nos costó encontrar lo suyo, y consiguió nublarnos como el día. En esta playa hay una iglesia élfica pero como las ballenas y la cerveza del pozo, no pudimos ver ni la iglesia ni a sus miembros.
Aquí se hayan, eso sí a la vista, cuatro piedras que servían de examen a pasar por los aspirantes a pescadores si querían entrar en el gremio. La playa además es el cementerio de un barco inglés que naufragó en 1948 y sus restos de óxido cubren la arena negra como si de una fosa común se tratase.
Al final el cielo rompió a llorar, aunque fuese sin ganas y llegamos un poco húmedos a Arnastapi donde fuimos recibidos por un ave de muy mal humor que amenazaba con atacar para proteger a su polluelo que descansaba al lado del camino.
Esa noche fuimos a dormir rodeados de elfos y de un susurro que traía el viento:

 “Desciende al cráter del Yocul de Sneffels,
que la sombra del Scartaris acaricia,
antes de las calendas de julio, audaz viajero,
y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo.”

domingo, 21 de agosto de 2016

Once upon a time… (Mývatn-Laugagerdisskóli)

Dejadme contaros una historia: Mývatn significa “lago de las moscas enanas “, y mientras nos alejábamos de la región descubrimos el porqué; una nube de moscas nos daba la lata y nos rodeaba sin parecer importarle que fuésemos en movimiento. Sin ningún pudor, alguna se escapaba del pelotón y se aventuraba a practicar espeleología en nuestras orejas o bocas. Para más inri, las desgraciadas parecían ser invencibles y no había manotazo que no acertase otra cosa que no fueran nuestras propias caras. Se reían de nosotros. Por muy graciosa que resulte la imagen, no lo era. La situación era desesperante y nos tuvimos que evadir en nuestros pensamientos para no acabar lanzándonos contra el primer coche que pasara (creo que ni así habríamos conseguido quitárnoslas de encima). Pensé en el porqué de estos malditos seres, cuya única función parece ser dar por saco. No pican, no se alimentan de nuestra sangre, estos dementores que habitan el mundo se alimentan de nuestra desesperación. No hay otra explicación que tenga sentido.
Con el calor, sí el calor, acariciando nuestras caras abarrotadas de moscas nómadas, recordé una anécdota que había leído sobre Mývatn; años atrás a alguien se le ocurrió la genial idea de probar con el cultivo de la patata en los alrededores. Debido a las altas temperaturas bajo tierra, tuvieron que abandonar la idea porque las patatas salían ya cocidas.
Cuando nos habíamos hecho inmunes a las moscas, no tuvieron más motivos para acompañarnos y se fueron en busca y captura de otra víctima.

Un fiordo se abría ante nosotros y Husavík asomaba la cabeza. El sol brillaba orgulloso y maquillaba con sus rayos esta ciudad ya de por sí bonita. Husavík está a solo 50km del círculo polar ártico y es conocida por ser el puerto desde donde embarcan lo turistas para avistar ballenas. Parece sin embargo, que éstas saquen tajada y se lleven parte de la comisión porque los precios están por las nubes, aunque Islandia en sí misma no es conocida por sus gangas. El caso es que nosotros nos contentamos con pasear por la ciudad y con un helado y tomarnos una cerveza celebrando habernos librado de las moscas.

Viajamos al día siguiente a Akureyri en bus para llegar a tiempo salvando la larga distancia entre las dos ciudades. Akureyri es la segunda ciudad más importante de Islandia con unos 18.000 habitantes. Tiene una iglesia moderna y una calle principal llena de tiendas, muy acogedora. Pero nosotros la recordaremos porque aquí, descubrimos los Sundlaug. En España los cotilleos nacen, crecen y evolucionan en los bares, aquí lo hacen en las piscinas. Las piscinas o Sundlaug no son como las conocemos, gracias a Dios. Son todas de agua caliente y con varias opciones de diferentes temperaturas. Como un spa al aire libre, abarrotado de gente poniéndose al día en el chismorreo. Estar en el agua a 38º con el frío azotando en la cara, es todo un placer.

Abandonamos Akureyri bien temprano, rumbo a Borgarnes y fue a tocarnos de chófer un antiguo pescador con muchas historias que contar. Dicen que a los islandeses les encanta contar historias, no me extraña con las largas temporadas que deben pasar en casa, subyugados por el invierno. La historia misma de la isla viene de una laga tradición oral y la influencia de las sagas. Sea como fuere, el chófer cumplía con el tópico y en una parada nos deleitó con varias historias de alta mar, en las que las ballenas no solo eran protagonistas, sino que actuaban como los humanos, comunicándose y vengándose. Porque si haces algo malo a una orca, decía, te lo devolverá en cuanto pueda. Era alucinante escuchar al hombre contar las historias de manera tan apasionada. El bus se había convertido en el escenario de un cuenta cuentos para desesperación de algunos pasajeros que miraban el reloj, pero alegría de otros que prefieren viajar parando el reloj para alimentarse de experiencias.

Llegamos a Borgarnes a la hora de comer y la Península de Snæfellsnes nos acogía con buen tiempo. Pedaleamos disfrutando del día hasta un pueblecito cerca de Eldborg y al llegar al camping sentimos a lo lejos a los dementores alados riéndose de nosotros cuando vimos que el camping estaba cerrado desde hacía dos días. El camping es en verdad la parte trasera de una escuela y aquí la vuelta al cole es a finales de agosto. 
Por suerte, un hombre (el alcalde, el director de la escuela o un simple vecino del pueblo), al vernos las caras de cansados, nos dio permiso para quedarnos esa noche a pesar de que todo estaba cerrado. 
Plantamos en el patio y nos maravillamos con las únicas instalaciones a nuestro haber: las paredes que protegían nuestra casa ambulante.

Continuará… 

miércoles, 17 de agosto de 2016

Hiperbóreas (Egilsstadir-Myvatn)

Egilsstadir no es una ciudad bonita pero es una ciudad práctica para visitar los fiordos. Como nuestro tiempo aquí era limitado, elegimos visitar el Seydisfjördur. Menos de 30km nos separaban de él, pero 600 metros de altitud a superar, hacían demasiado grande esa separación. Llovía un poco y el bus no salía hasta tarde, así que decidimos hacer autostop. No pasaron más de 10 minutos cuando un 4x4 paró a nuestro lado invitándonos a subir. Lo conducía un ingeniero checo de unos 40 y pelo enmarañado, al que llamaremos él y le acompañaba una checa de unos 20 con rastas, que estaba haciendo unas prácticas en una galería de arte, a la que llamaremos ella. Ambos residían en la isla y se habían conocido cuando él recogió a ella de la misma manera que hacía ahora con nosotros. Nos dejaron en el pueblecito que recibe el mismo nombre que el fiordo al que planta cara y nos despedimos.

Este pueblo es conocido por la cantidad de artistas que lo habitan y por sus casas que alegran la vista con sus vivos colores, para que la nieve en invierno no las condene a la invisibilidad. En el mismo tiempo que habíamos tardado en conseguir coche, dimos la vuelta al pueblo y sin saber muy bien qué hacer, visitamos la exposición que nos habían recomendado nuestros compañeros de viaje. En la puerta del edificio, estaban él y ella charlando con un chico con pintas de español llamado Guille. A éste, también lo había recogido nuestro conductor, mientras hacia dedo. Nos pusimos a hablar y ella, nos invitó a un café en su estudio. Es curioso lo de los nombres y los viajes; muchas veces te cruzas con gente de la que no conoces ni el nombre y sin embargo, la conversación y las palabras te permiten hacer un dibujo de su alma. En el café todos juntos trazamos un plan: Cuando ella acabara de trabajar a las 18h, iríamos todos en el coche. Ellos a otro fiordo a continuar un viaje que improvisaban sobre la marcha, y nosotros de vuelta a Egilsstadir. Y ahí estábamos los cinco, hablando y haciendo planes, sin conocer nuestros nombres, con él como nexo de unión, imbuidos del aura artística de Seydisfjördum, apoyando nuestras tazas de café sobre una mesa llena de pegotes de pintura como si de una paleta se tratara.

Como quedaba mucho tiempo hasta las 18h fuimos a visitar Tvísöngur, una construcción que había a las afueras de la ciudad, en la que la acústica hacía magia y permitía a dos personas susurrarse al oído, mirando a la pared y dándose la espalda. Al salir vimos a Guille, un madrileño que está viajando durante un mes alrededor de la isla de autostop, y recogiendo arándanos como una cabra montesa, ensimismado en su objetivo, estaba él.
Intentamos hacer autostop de nuevo para recorrer el fiordo, pero esta vez no hubo éxito y después de una hora, con el frío tocándonos los huesos, volvimos a nuestra casa de Seydisfjördum.

La exhibición de arte moderno que acogía, era sobre las Hiperbóreas, un lugar más allá del viento boreal del norte, que el poeta griego Pindar definió como idílico, donde la gente vive en completa felicidad y el sol ilumina 24h. Fotos y vídeos acompañaban a un palé  iluminado que  había sido el escenario de una performance y pedía a gritos ser usado, como banda sonora, un hombre cantaba una y otra vez repitiendo las mismas palabras acompañadas de una pegadiza melodía “Oh why do I keep hurting you” en un loop interminable,. Dimos una vuelta a la exposición y matamos el tiempo. Cuando llegó la hora, subimos al coche; viajábamos juntos sin conocer nuestros nombres, admirando el paisaje recubierto de cascadas y hablando al enfilar la bajada, sobre la superstición islandesa y sus creencias en elfos, espíritus, monstruos…y es que Egisstadir está rodeada por un lago que dicen, es habitado por un monstruo como el del Lago Ness. En el camping se separaban nuestros caminos y nos despedíamos con abrazos de nuestros amigos desconocidos.

El día siguiente empezó con lluvia una vez más. El bus abarrotado de gente de caras conocidas hacía su primera parada. Detifoss es una cascada de 44 metros que alberga el título de “cascada de mayor volumen de Europa”, cada segundo se precipitan 193 m³ de agua al vacío. Ver tal espectáculo era ver el poder de la naturaleza, su belleza mezclada con la brutalidad de la fuerza cruda.

Selfoss, sin embargo era más suave pero a lo lejos, extremadamente bella por el paisaje con el que se vestía. Tenía ese velo de irrealidad que tienen algunas obras de arte de la naturaleza. Islandia es un museo repleto de este tipo de obras.

La región de Myvatn es geológicamente rica, llena de campos de lava, pseudo cráteres, pozas de barro, fumarolas y cómo no, el característico olor a huevo podrido del azufre.

Antes de acampar, visitamos Hverir, un lugar repleto de fumarolas, con algún que otro lodo burbujeante, rodeados todos ellos por un paisaje de tonos ocres y amarillos. Nos hubiéramos quedado un poco más de no ser por la temperatura y la amenaza de lluvia. Fue montar la tienda, y empezar a llover, así que comimos y esperamos con los dedos cruzados a que parase. Afortunadamente a las 17h nos dio un respiro y pudimos visitar la zona. 

Paseamos por los campos de lava de Dimmuborgir con sus formaciones oscuras y su césped verde claro; subimos el volcán Hverfjall, un cráter casi simétrico de 2700 años de edad en el que nos visitó la golden hour. Sólo nos quedaba visitar la cueva en la que John Snow pierde la virginidad en Game of Thrones, y entonces empezó a lloviznar, regalándonos un atardecer coronado por un arco iris completo que cubría el Hverfjall. 

Mientras nos alejábamos con las bicis una familia se abrazaba feliz viendo el regalo que nos hacían la lluvia y el sol. El cielo quiso aportar algo y se tiñó de una naranja que efectivamente contagiaba felicidad y plenitud. Debíamos andar cerca de las Hiperbóreas.


“Neither by land nor by water, will you find the road to the Hyperboreans” Friedrich Nietzsche.


domingo, 14 de agosto de 2016

Páginas en blanco de historia congeladas (Skaftafell-Höfn)

Después del monzón ártico que nos cayó en Vík, nuevos vientos soplaban alejando las nubes negras y permitiendo al sol saludarnos. Llegamos a Skaftafell por la tarde y tras plantar la tienda nos fuimos a inspeccionar la zona.

Skaftafell forma parte del parque nacional Vatnajökull, el parque nacional más grande de Islandia y el que alberga al glaciar más grande de Europa. Con todo tan grande lo que se espera es espectacularidad y no decepciona.
Nos acercamos en primer lugar a una de las lenguas del glaciar: Skaftafellsjökull.
Una extensión helada se alzaba ante nosotros como si fuera un tobogán enorme que acababa en una laguna. Los colores blancos y azules se entremezclaban con los negros de la ceniza de erupciones volcánicas. Mirando cara a cara a la gigantesca lengua, se notaba el aliento frío del glaciar.

En segundo lugar, visitamos Svartifoss: una cascada famosa por sus columnas basálticas negras. En Islandia, como en todas las islas volcánicas, las desgracias vienen acompañadas de nuevas oportunidades y las erupciones volcánicas han dado muchas maravillas que atraen a miles de turistas.

Al día siguiente hicimos una nueva excursión pero esta vez optamos por la visión de pájaro y subimos la montaña para deleitarnos con unas vistas inolvidables. Las panorámicas de la región eran de un paisaje lunar que no parecía retroceder ante la idea de entrar en contacto con las lenguas de Skaftafellsjökull y Svínafellsjökull. Nos quedamos un rato embobados mirando a la inmensidad helada antes de volver al camping para recogerlo todo y prepararnos para Jökulsárlón.

A menos de una hora de Skaftafell, se haya este lago glaciar que sólo tiene 80 años de edad pero ya tiene más de 200 metros de profundidad. Apareció del deshielo de una de las lenguas del Vatnajökull, el Breidamerkurjökull de nombre impronunciable, sigue haciendo el lago más grande con el paso del tiempo y aporta restos de sí mismo en forma de icebergs.

Todas las guías hablan de este lago que da al mar e incluyen fotos, pero nadie está preparado para su belleza. Cuando llegamos la temperatura parecía haber congelado el tiempo, y los icebergs de todos los tonos azul claro y blanco que uno pueda imaginar, se fundían con un cielo despejado que se empeñaba en salir en las fotografías por todos lados.

Ante nosotros y al alcance de la mano, yacían flotando pedazos de historia milenaria que no eran más que páginas en blanco congeladas y a la deriva, que habían visto tanto y no decían nada; tan solo esperaban que el paso del tiempo las llevara al mar para salir de su monotonía.


El bus paraba una hora escasamente en esta laguna helada y para nosotros el tiempo parecía ir más deprisa de lo normal. Aún así, tuvimos tiempo de admirar los icebergs que habían conseguido huir de la laguna y tomaban el sol en la playa, así como a una foca que jugaba al escondite con nosotros y sacaba y metía la cabeza para ver si la habíamos visto bañarse.
Dejamos atrás con tristeza Jökulsárlón, deseando haber alargado el tiempo un poco más y nos dirigimos a Höfn para pasar la noche y el día siguiente.

Esta ciudad pesquera es a ojos de cualquier europeo un pueblecito, eso sí, con mucho encanto por sus vistas al glaciar. El tiempo que hemos estado aquí ha sido un oasis de tranquilidad; una calma absoluta lo inundaba todo: la temperatura agradable, el silencio del viento, el impasible sol que lucía espléndido y el cielo, que de nuevo se empeñaba por salir en las fotos por partida doble.


jueves, 11 de agosto de 2016

Contra viento y marea (Selfoss-Vík i Mýrdal)

La etapa de Selfoss a Hvolsvöllur fue como la seda. Empezamos tarde tras rellenar nuestras alforjas con provisiones en el Bonus, el supermercado más barato de la isla. Todo el camino fue relativamente plano y llegamos a nuestro destino sobre las 17:00. Con buena temperatura las ideas fluyen y en un momento teníamos nuestra tienda arreglada, y como el ave Fénix, se alzaba orgullosa y acogedora.

El camping en el que íbamos a dormir era pequeño pero muy tranquilo y lo más importante, tenía una caseta que pedía a gritos que la ocuparan para compartir su calor. Nos calentamos en la caseta, repasamos etapas, cenamos y nos acurrucamos en nuestra renacida tienda para dejar paso a la noche. 
Los alrededores de Hvolsvöllur fueron el escenario de una de las grandes sagas de Islandia: La sangrienta saga de venganzas y desamores conocida como Njál. Las sagas son obras literarias que cuentan la historia de la isla con ciertos toques fantásticos. Son tan importantes, que la historia islandesa se recoge a través de las diversas sagas.

La siguiente etapa parecía larga, pero gracias al madrugón, llegamos a Skógar a la hora de comer y hasta la temperatura era agradable. El camping aquí tenía poca intimidad, ya que era invadido por hordas de turistas,  sin embargo, gozábamos de un salón 5 estrellas, que daba a la cascada de Skógafoss, nutrida sobre todo por el glaciar de Mýrdalsjökull, escupe sus aguas a una altura de 60 metros.

Ni reyes ni presidentes; Islandia está gobernada por la Naturaleza y ésta muestra a su antojo lo mejor y peor de sí misma. La etapa a Vík iba a estar marcada por su cara menos agraciada. Empezamos el día desayunando muertos de frío. Mientras entrábamos en calor, ya en la bici, como si de una nube se tratara, Mýrdalsjökull se quedaba a nuestro lado durante unos cuantos kilómetros, impasible con su helada mirada. Pasamos también ante un gran conocido, aunque no sea por su nombre, el volcán Eyjafjallajökull que dejó en 2010 incomunicada a media Europa en su efectiva acción patriótica por dar a conocer su tierra.

Nos acercábamos a Vík y el camino se complicaba y nos lo ponía difícil. Entonces apareció ella y se cubrió de gloria. La gobernadora de Islandia empezó a soplar violentamente, impidiendo no solo nuestro avance, sino que las bicis se mantuvieran en pie.

A duras penas llegamos a la playa de Reynisfjara. Esta playa es conocida por sus formaciones de basalto en el corte de una montaña, inundada por frailecillos, y por una oscura leyenda, que dice que las formaciones rocosas son en realidad tres trolls que quedaron petrificados por la luz del sol. El sol parecía haber abandonado la isla desde la maña y nos acercamos a la playa mirando de reojo las formaciones rocosas.

Todo recelo desapareció con la visión de unas pequeñas aves cuyo vuelo recordaba al de los murciélagos. Los frailecillos aunque desde lo alto, hacían acto de presencia y solo empañaban la experiencia una ola de turistas que apareció modo The Walking Dead de la nada, cámara en mano y ocupando cada metro cuadrado como intentando expresamente aparecer en nuestras fotos.

Nos hicimos un café para entrar en calor, sólo quedaban 10km pero el día había sido duro. Al salir del café, la naturaleza nos recordó quién mandaba en la región y a los vientos huracanados agregó unos bofetones de agua que nos regaban indistintamente a las plantas y a nosotros. Entrábamos en Vík i Mýrdal viendo su cara más bonita: ésta es la ciudad más lluviosa de Islandia y nosotros no podíamos más que verla en su estado habitual. Dan lluvias ininterrumpidas hasta el viernes, y la common room del camping se ha convertido en un campo de refugiados, con caras de indecisión y resignación ante la idea de montar la tienda bajo el agua o simplemente ir a dormir empapado. La madre naturaleza sonríe socarrona a través de las oscuras nubes.       

lunes, 8 de agosto de 2016

Donde viven los monstruos (Geysir-Landmannalaugar)


Los monstruos deben vivir bajo condiciones infrahumanas.

Nuestro día en bici comenzaba tras disfrutar como niños en un hinchable gigante que había en el camping. La etapa no era muy larga y al principio todo iba sobre ruedas: La carretera era relativamente plana, el sol no pegaba fuerte y las nubes amenazantes se mantenían lejanas. 

De camino vimos una catarata que era sobrevolada por el drone de un ruso que lo manejaba feliz a través de su móvil, al rato un bus apareció y descargó un rebaño de turistas, era hora de volver al pedaleo y mientras nos alejábamos el drone nos despedía sobrevolando nuestras bicis.

Cuando paramos a almorzar las nubes amenazantes habían comenzado a alargar sus brazos para llegar a tocar el suelo y el frío era agotador, así que volvimos una vez más a las bicis. Cuando parecía que no podía hacer más frío, llegó la lluvia subiendo la temperatura del ambiente pero mojando el terreno y a nosotros. La lluvia nos acompañó unos 10km y como para hacernos la puñeta se hizo más violenta al rato de empezar. Una vez llegados a nuestro destino, empapados como sopas, se dio por vencida y se fue a otro lugar.


Lo monstruos deben vivir en un lugar donde todo falla.

El día siguiente amaneció soleado. Nos esperaban únicamente 23km a Selfoss y un bus a Landmannalaugar, esta región de las Tierras Altas de Islandia es conocida por sus termas y por su paisaje, ya que la lava al solidificarse vistió las montañas de diversos colores acaramelados.

En Selfoss abandonamos las bicis en un camping fiándonos de la seguridad islandesa y nos tiramos en los asientos del bus a ver pasar el paisaje sin tener que sudar. Todo iba bien mientras íbamos por la carretera asfaltada, pero al cambiar el bus de rumbo y adentrarse en un camino lleno de baches y tierra volcánica, la situación fue cambiando poco a poco.

Pasamos al lado del volcán Hekla, el paisaje era desolador, podría estar habitado por monstruos, pero cambió radicalmente cuando el negro se convirtió en verde ocupándolo todo. En este paisaje mucho más acogedor, las cosas empezaron a fallar; como una premonición, el bus paró al lado de un 4x4 que había muerto ahogado tras superar un río. Los pasajeros intentaban reanimarlo sin saber muy bien qué hacer. Uno de ellos alzaba los brazos en señal de victoria. A partir de aquí, en cada cuesta medianamente empinada el bus se calaba. Cómo no, el camino fue colonizado por cuestas y ríos que superar, riéndose de nosotros. 
Llegamos a nuestro destino tras varios fallos del motor y caras de circunstancia de la gente, una hora más tarde. Nos encontrábamos rodeados de las peculiares "montañas-caramelo", y la explanada estaba okupada por decenas de tiendas de campaña en lo que parecía un  festival de música. Para reforzar esta visión, tal cual bajábamos del bus, nos dirigíamos todos en fila a pagar y conseguir nuestra ¡pulsera!.

Cuando comenzamos a montar, la maldición del lugar cayó sobre nosotros y las piquetas no se clavaban en el suelo ni golpeándolas. No sólo no se clavaban sino que se doblaban. El palo del avance, decidió que 3 ó 4 días de vida eran suficientes y se partió. La situación era desesperante, así que hicimos lo que pudimos y nos fuimos a dar una vuelta por la zona.

En nuestra excursión, el paisaje nos hizo olvidar todas las desdichas y disfrutamos de un prado verde y una zona con fuerte olor a azufre y nubes de vapor que cubrían todo en una niebla que surgía de las profundidades de la tierra. Ciertamente el lugar podría estar habitado por monstruos. Al volver de la excursión, cenamos nuestra sopa del día y nos resguardamos del frío en nuestros sacos.


Los monstruos deben vivir en un lugar perdido e inhabitable.


Antes de abandonar Landmannalaugar, quisimos hacer una excursión más y mapa en mano nos pusimos en camino. Llevábamos una hora caminando, sin rastro del sendero pero rodeados de las dulces montañas, sólo estábamos nosotros y el viento comenzó a rugir violentamente, enfriando nuestros cuerpos, chillándonos en las orejas. Nadie duda que en este desierto ártico pueden vivir los monstruos. Dimos media vuelta y una guía a caballo nos corroboró lo que ya sabíamos: Nos habíamos perdido. 

Volvimos al camping y tomamos, esta vez sí, el camino correcto. Disfrutamos de unas panorámicas de la región, realmente espectaculares y nos despedimos de Landmannalaugar viendo al viento jugar entre las montañas, la hierba, o la lana de las ovejas.

El bus abandonaba el lugar, superando esta vez sin problema, cada bache, cada cuesta, cada río. Abandonábamos los paisajes acogedores y los desoladores donde podían vivir los monstruos.

Dice una encuesta que el 60% de los islandeses cree en los seres ocultos; esos que habitan las regiones inhabitadas y se esconden por miedo a los humanos: Trolls, elfos… Si existen realmente o no, quizás no lo sepamos nunca. Lo que sí está claro es donde viven los monstruos. Los monstruos no viven bajo condiciones infrahumanas, ni donde todo falla, ni en un lugar perdido e inhabitable. No viven en ninguno de estos lugares pero viven en todos ellos. 
Los monstruos viven en nosotros y sólo nosotros los podemos hacer visibles.