sábado, 20 de agosto de 2022

Omplint de cel els pulmons (Dynjandi-Península Snaefellsnes)

La campervan cabalga por una carretera de tierra rodeada de imágenes atípicas de un verano mediterráneo: montañas nevadas, aire fresco, lagos que brillan con la luz del sol y hacen difícil no desviar la mirada. Suena Txarango, la canción de Lara: "respira fort, empassa’t la vida a glopades, omple de cel els pulmons". Y allá que íbamos, en busca de trozos de cielo que poder consumir a sorbos durante el año, cuando la rutina pesase; a la caza del instante que captase la pasión de viajar.

Dynjandi no puede tener un sobrenombre más acertado: el velo de la novia. Un manto de agua desciende escalonadamente durante 100 metros de saltos contiguos, haciéndose hasta 30 metros más ancha en su base. La cola sigue bajando en sucesivas cascadas hasta desembocar en Arnarfjörður. Respiramos profundamente las vistas que ofrece la protagonista de todos los objetivos y recogimos su brisa.

Habíamos apurado el combustible al no encontrar ninguna gasolinera Olís (las que nos parecían más económicas) y necesitábamos repostar para llegar a la península Snaefellsnes; así que decidimos hacerlo antes de salir, pero nuestras dos tarjetas daban error y no había nadie para atender. Como aquí es requisito pasar la tarjeta antes de poder repostar, tuvimos que seguir 40 kilómetros hasta encontrar otra gasolinera.

Llegamos, a punto de entrar en el rojo reserva, a una N1 perdida en lo que parecía un hotel abandonado. Tampoco aceptaba ninguna de las dos tarjetas, tampoco había nadie para atender.

Al rato, aparecieron dos personas que vivían en el hotel a pesar de notificarse como cerrado. Nos explicaron que el surtidor solo aceptaría tarjetas de crédito, por lo que, valorando la situación, decidimos seguir hasta la siguiente gasolinera con personal.

80 kilómetros nos separaban del destino. Fueron los 40 minutos más largos de todo el viaje. A 50 kilómetros de llegar, un pitido indicaba que comenzábamos a viajar en reserva. Violeta conducía con marchas largas mientras yo miraba el GPS a cada minuto como si la cuenta atrás se fuese a acelerar y la distancia que nos separaba se acortase más rápido.

Como en las escenas en que se desconecta el cable correcto para desactivar la bomba en el último segundo, la camper por fin se acercaba al tercer abrevadero. Mientras la abastecíamos, esta vez sí, unos españoles nos preguntaron si sabíamos por qué no les aceptaba la tarjeta, que venían apurando la reserva por haberse encontrado con el mismo problema en diferentes estaciones. La solución no era otra que comprar tarjetas prepago que vendían en la tienda.

El día siguiente despertamos en Stykkishólmur, un pueblecito costero con una iglesia que de lado parece mantener la posición de una mantis religiosa y de frente parece emular la señal de Batman. Desde la misma, el pueblo mostraba orgulloso sus casas esparcidas como setas de colores sobre la lengua de tierra que invadía al fiordo.

Con la tranquilidad de conducir con carburante suficiente, empezamos visitando dos cascadas. Para acercarse a la primera y más alta, Grundarfoss, hay que andar unos 20 minutos. Un salto de 70 metros se presenta rodeado de columnas basálticas y verde, como de costumbre.

La segunda, Kirkjufellsfoss, presenta una estampa más conocida: la de la montaña Kirkjufell que concede su perfil cónico de sombrero, ese día capado por las nubes, para entrar en el campo de visión del objetivo y contextualizar la cascada.



En Ólafsvík, la origámica iglesia señalizada por un paso de cebras arcoírico nos impulsó a desviarnos, atraídos por la singularidad de su arquitectura. Su interior nos transportó a un paisaje de fotografía matemática. El edificio parece haber sido diseñado haciendo papiroflexia, doblando sus estructuras para crear la figura de un barco o la de un cisne sin cabeza y con las alas plegadas.

Tras unos veinte minutos de paseo desde el parking que lleva a la siguiente parada, Svöðufoss nos recibe sin compañía para que podamos disfrutar con exclusividad de la penúltima cascada que visitaremos en Islandia. Apretamos el paso por si la nube que amenaza sobre nuestras cabezas acaba vomitando; si así ocurre, que nos pille lo más alejados posible.

Así llegamos a la Ingjaldshólskirkja. Desde lejos, el aislamiento, los colores blanco sobre verde y el rojo sombrero de gnomo de la torre principal acicalan el paisaje; sin embargo, como a muchas otras de las edificaciones islandesas, lo que les embellece es el contexto, pues en las distancias cortas suelen perder casi todo el atractivo.

Acabamos el día visitando los dos faros que guían las embarcaciones que navegan el oeste de la isla. Las dos torres parecen una versión naranja abutanada del Gordo y el Flaco.

Un camino accidentado lleva a Öndverðarnes; rollizo y achatado, es la versión cercenada de Svörtuloft, el faro que se encuentra a dos kilómetros y medio de distancia, alejados por la irregular carretera llena de baches.

Svörtuloft, a los pies de un acantilado imponente, se alza larguirucho, cual sombrero de copa naranja amostazado, dispuesto a posar para una película de Wes Anderson con las simetrías que proporcionan sus ventanas.

La niebla comienza a invadir el espacio engulléndolo todo, decolorando el paisaje. Quizás es mejor que continuemos mañana, cuando retrocedan sus miembros y sus pulmones recojan su aliento.

(5-6 agosto)

sábado, 13 de agosto de 2022

Los restos del naufragio (Akureyri-Glaumbær-Península de Vatnsnes-Westfjords)

Empezamos la jornada en Akureyri, la segunda ciudad más importante de Islandia, que nos dejó con la misma sensación que Reykjavík: un "sin más". Visitamos la iglesia de Akureyri, que parece hecha con regletas, y descubriendo las amapolas amarillas, naranjas y azules del jardín botánico me acordé inevitablemente de la tía Lourdes cuidando con paciencia las flores y plantas de la Finca. De camino a la Forest Lagoon, jugamos a capturar con la cámara los corazones rojos que iluminan sus semáforos cuando indican detenerse.

Quizás, uno de los distintivos culturales de Islandia más evidentes sean sus baños termales. Habíamos ido postergando la visita porque en algunos (como la Blue Lagoon) no aceptan bebés; y otros no podíamos compaginarlos con conocer los alrededores. Ese día nos dirigíamos a los de la Forest Lagoon, situada frente a Akureyri.

Entrar al recinto ya fue un viaje al orden, la limpieza y la espiritualidad que nos trajimos de Japón. La Forest Lagoon es una piscina humeante, rodeada de coníferas y diseñada para desconectar de la rutina; un rincón idílico, perfecto para estrenarnos en las aguas que arropan del frío exterior. Lara se convirtió en el bebé más chill, mirada al infinito, preparada para posar, y rompiendo a reír al momento siguiente con un agudo imposible mientras chapoteaba con sus manitas y mostraba sus encías melladas. Apoyados en el borde, que rebasaba agua sin interrupción, el vapor parecía ralentizar o detener el tiempo de esta orilla, que corría al galope para los que estaban en la ciudad, al otro lado del fiordo.

Como con la primera pisada sobre una cinta transportadora de aeropuerto, que desestabiliza la perspectiva de la velocidad, volvimos a habitar de golpe el tiempo galopante, sin paso ni trote, y nos dirigimos 200 kilómetros al oeste, donde dormiríamos. De camino, paramos en Glaumbær para ver las fotogénicas casas de techo de césped que han reconvertido en museo. 

Al día siguiente cogimos la carretera 711 (si se le puede llamar carretera) para recorrer la península de Vatnsnes. Hicimos tres paradas. La primera, para encontrar la afilada roca Ánastaðastapi, que con sus alargadas astillas de piedra recordaba al Trono de Hierro de Game of Thrones. En ese momento estaba coronada por un ave que se resistía a ceder su sitio pese al vendaval; supongo que haciendo honor a la escena que representaba.

La segunda parada fue Illugastaðir. Un lugar donde avistar focas. Mientras recorría el camino hasta la cabaña, instalada para no molestarlas, un charrán ártico sobrevolaba insistentemente sobre mi cabeza produciendo sonidos claramente amenazadores. Estas aves son conocidas por llegar a ponerse violentas y atacar a los humanos cuando consideran que sus crías están en peligro, por lo que apreté el paso recordando la película de Hitchcock y temiendo por mi cabellera. Las focas, desgraciadamente, estaban suficientemente lejos como para poder verlas si no era a través del zoom de la cámara.

La última parada fue Hvítserkur, la roca rinoceronte. Esta es la atracción más famosa de la zona; sin embargo, ni preserva la soledad de Ánastaðastapi, ni por tanto el impacto; así que el frío glacial que traía el viento pronto nos animó a poner la campervan rumbo al camping que nos esperaba en Flókalundur, a otros 200 kilómetros.

El primer día en la zona de Westfjords fue de lo más intenso. Un sol que no habíamos visto hasta ahora alumbraba el camino de playas de un azul turquesa que no creíamos que existiesen con este clima. Paisajes evocadores del aislamiento y el retiro aparecieron durante el camino, empezando por el que ofrecía el Garðar BA 64, un barco ballenero encallado, dirigido hacia las montañas, dispuesto a arremeterlas. Garðar, estoico, hace frente a la herrumbre que lo va despellejando lentamente. 

Playas de diferentes colores rodean esta parte de la región de Vestfirðir; la iglesia de Breiðavík, encarada al mar, miraba solitaria al pueblo y al horizonte de arena amarilla; muy cerca, la playa de Hvallátur destacaba su blanco con la alfombra de casas con techos pintados de verde, morado, rojo y azul claro.

Llegamos hasta el extremo noroeste de Islandia: los acantilados Látrabjarg. De pronto nos topamos con un baile aéreo de aves; gaviotas haciendo break dance en el aire, desafiando los embates del viento, impulsándose hacia arriba para zambullirse desde lo más alto, acantilado abajo, y lanzándose al vacío de cabeza, como llevadas por un columpio invisible. 

La sensación de vértigo está asegurada en unos acantilados que pueden llegar a medir más de 400 metros de altura. Paseamos por el filo, que solo mostraba su base en algunos tramos donde se vislumbraba el abismo bajo nuestros pies. Durante el resto del camino, por la forma del saliente, la profundidad solo se intuía.

De vuelta a Flókalundur, hicimos una parada en Hnjótur, donde descansan los restos de un avión de la armada estadounidense cuya carcasa sigue el mismo destino que el Garðar BA 64. Curiosamente, continua relacionado con los altos vuelos, pero se ha centrado en los orígenes de una manera más pacífica y ecológica: hoy guarda en su interior pequeños nidos, cobijando a los futuros aprendices de piloto.

Por último, antes de acabar el día nos acercamos hasta la playa Rauðasandur, que según las guías es de arena roja, pero aparecía ante nosotros dorada y reluciente por el agua que había quedado atrapada conforme la marea había cedido. La retirada del mar creaba ondulantes riachuelos que rebeldes se negaban a abandonar la orilla. Paseando por la misma, cerramos el día con broche de oro.

(2-3-4 agosto)

martes, 9 de agosto de 2022

Cicatrices (Detifoss-Mývatn-Goðafoss)

Llegamos a Detifoss con el día nublado y un viento gélido que bajaba la sensación térmica hasta los -3°C. Con este tiempo, nada pronosticaba que la catarata fuera a captar mucho espacio del día; sin embargo, Detifoss, la más caudalosa de Europa, aparece descomunal. Cientos de minas explotan sobre el lomo del río, justo antes de volver a reventar, en el momento en que se zambulle al vacío, en una caída abarrotada de las figuras que crean el humo y los escombros justo después de una explosión; misiles y setas de agua vaporizada salen al aire disparados como fluidas bombas de fuegos artificiales acompañadas por el rugido del agua.

Empezamos en el mirador de la parte oeste y retomamos la carretera para llegar al opuesto, más alto y desde donde podríamos visitar Selfoss. Río arriba, Selfoss se emplaza en un circo en la ribera este, que se enfrenta a otro, creando entre los dos, casi 360° si no fuera por el río que los parte.

Volvemos al asfalto hasta llegar a la zona que rodea el lago Mývatn. Pegada a la Ring Road, el paisaje que presenta Hverir, que nos recibe embarrada por la lluvia, hace inevitable detenerse aunque sea tarde. Antes de ir al camping, damos una vuelta rápida confiando en que al día siguiente haya mejor tiempo para poder perdernos tranquilamente.

Efectivamente, el día mejora. Empezamos alrededor de Stakhólstjörn, recorriendo los pseudocráteres que se formaron hace más de dos mil años. Estas formaciones, a diferencia de los cráteres, no se crearon de la expulsión de magma, sino que son fruto del disparo de vapor que produjo el agua atrapada bajo la colada de lava que había entrado en contacto con el lago.

Seguimos de ruta, paseando por los senderos que navegan los campos de lava de Dimmuborgir. Aquí exploramos los vómitos de lava solidificada y las reptilianas figuras que crea y encontramos las huellas de los Yule Lads, los 13 hijos traviesos de los ogros Grýla y Leppalúði que habitan Dimmuborgir y en Navidad reparten regalos o patatas podridas a los niños islandeses, según haya sido su comportamiento.

Después subimos los 450 metros que llevan al cráter Hverfjall, que destaca por su magnética y desoladora oscuridad de 2700 años. Recorrimos su cresta admirando las formas que deja a su paso el cataclismo y lo que parece la escena de la fecundación de un óvulo; recordatorio, quizás, de que toda catástrofe establece un nuevo origen. Desde esta altura obtenemos vistas panorámicas de los campos de lava de Dimmuborgir y de la Námafjall, la montaña que corona Hverir, la zona geotermal hacia donde nos dirigimos por segunda vez.

Nos encontramos contemplando las vísceras de la Tierra. Una herida abierta que invade con su olor a azufre un paisaje amontonado de marrones, ocres, rojizos, blancos y grises azulados. Los vapores de las fumarolas y las pozas de lodo hirviendo marcan la respiración de la Tierra, un animal en duermevela. 

Pero lo que más le concede el aire extraterrestre al terreno es lo abrupto de la unión de sus colores; como si estuviera pintado a la vez con una mezcla tosca de brocha gorda, trazos finos y delicados difuminados.

Una caminata de hora y media recorre el lomo de la Námafjall, desde donde el revuelto de colores se observa a vista de pájaro. Desde aquí se aprecian claramente las desolladuras de la Tierra; y aunque suene sádico, el aislamiento del mirador aporta una belleza hipnótica al lienzo traumatizado del terreno magullado.

Al día siguiente, subimos por la carretera que lleva a la estación geotérmica para visitar Víti. Este cráter guarda en su interior una laguna de azul intenso cuyos bordes parecen estar delineados por un arcoiris descolorido por las nubes que acechan.

La última visita en la zona del lago Mývatn fue la ruta por Leirhnjúkur. Esta otra zona geotermal condensa casi todo lo que habíamos visto hasta ahora pero con menos turistas: campos de lava, fumarolas, cicatrices, dos lagos de un azul lechoso y de nuevo los colores, que más parecen contusiones y heridas supurantes del terreno regadas con sombras de mercromina y yodo.

Nos alejamos del lago Mývatn y nos despedimos de sus entrañas terrestres para seguir tirando hacia el noroeste. Cerramos el día en Goðafoss. Esta catarata, a diferencia de la furiosa Detifoss, se muestra más amable y menos turbulenta; más "para todos los públicos". Sus aguas azul turquesa nos conectan con la despreocupación veraniega que tan bien combina con el espíritu de viajar. Nos quedamos un rato dejándonos asperjar por el rocío resultante del salto, y tratando de saborear el sosiego y el fresco que aún tardarán en llegar a casa.

(30-31 julio y 1 agosto)

domingo, 7 de agosto de 2022

Baldosas arcoíris (Seyðisfjörður-Borgarfjörður Eystri-Möðrudalur)

Los días pasan fugaces, los lugares se acumulan en el kilometraje, y encontramos pocos huecos para recapitular y escribir lo vivido hasta ahora. Permitidnos pues pisar el acelerador de nuestra camper y adelantar juntos lo rezagado condensando la carretera cuanto podamos para ponernos al día.

Comenzamos a conducir en dirección a los fiordos del este con el regusto de la cena en Höfn: hamburguesa de reno, humar (cigalas) a la mantequilla con ajillo y una cerveza Vatnajökull hecha con agua del glaciar.

El camino hasta Seyðisfjörður serpentea acompañando a los fiordos por los que pasamos y en el último paso de montaña se muestra en su esplendor más espectacular; sobre todo en la bajada, cuando, oportunamente, la niebla empieza a retirar su velo para dejar al descubierto un pueblo de costa al fondo del valle. Haciéndonos protagonistas con la camper, es inevitable no recordar la escena de Walter Mitty descendiendo por esta carretera en longboard. Mientras suena "Wake up" de Arcade Fire en nuestras cabezas y el viento de la libertad sopla de cara para hacer más épica la bajada, dejamos Gufufoss a nuestra derecha y se pierde en la siguiente curva, esperando una visita a la vuelta.

A pesar de ser un pueblo pequeño para los estándares europeos, Seyðisfjörður consigue tener su atractivo turístico aparte del que ofrece su bello enclave. En el pasado, este pueblo se benefició de la pesca del arenque. Por lo visto, los miércoles ha cambiado el arenque por las sardinas en lata, pues al salir el ferry a Europa los jueves, el camping se abarrota el día de antes. Por suerte, encontramos el último hueco.

A la mañana siguiente, con el pueblo más desahogado, seguimos las baldosas arcoíris. Quién sabe... quizás conecten con la Ciudad Esmeralda; lo cierto es que en seguida nos encontramos admirando la creatividad de una casa-ludoteca donde han ido reciclando objetos cotidianos para reconvertirlos en el atrezzo de un delirio de fantasía: el hogar de una isla pirata regida por la imaginación, o el belén de mi padre (partes de neumáticos pintados de verde como hojas de palmera, boyas de colores como globos, o una red que sirve de hamaca para pescar sueños).

Dejando atrás Seyðisfjörður, y tras la visita pactada a Gufufoss, la siguiente parada exige un poco de ejercicio. Una hora de subida para acercaremos hasta Hengifoss, una catarata de 128 metros recogida por una garganta dividida en capas de sabores minerales amarillos y rojos sobre negro. Antes de llegar a ella, Litlanesfoss se lanza al vacío rodeada por barbas basálticas de ballena volcánica que parecen provocarla a saltar más lejos.

De nuevo nos echamos a la carretera, que nos lleva a Borgarfjörður Eystri. Allí, vimos desde fuera la Lindarbakki, una casa construida en 1899, y la que más llama la atención. Podría pasar desapercibida por estar agazapada entre el césped y casi camuflada entre musgo; pero su rojo anaranjado y la bandera nacional se encargan de atrapar las miradas.

Mientras volvíamos del paseo, encontramos un parque infantil libre. ¿Qué nos atrajo? Muchos de ellos tienen instaladas colchonetas elásticas... Y Lara simplemente nos marcó el camino para encontrarnos saltando y riendo como niños dos minutos más tarde.

Al día siguiente nos esperaba un día largo de conducción hasta nuestro destino: Möðrudalur. Por la mañana nos acercamos a un islote a 5 kilómetros de Borgarfjörður donde anidan bandadas de frailecillos. Con planta orgullosa, como posada para un cuadro, dejaban fotografiarse a menos de un metro. Cientos de pájaros, maquillados en exceso como para un espectáculo circense, pecho fuera y cabeza bien alta e inquieta, miraban al horizonte mientras sus crías los llamaban con graznidos graves que más parecían propios de una foca.

Con la imagen de los payasos volvía la de las baldosas y la de la colchoneta elástica. Quizás tendemos a olvidar la ruta a las Tierras de Oz porque el día a día engulle su luz y solo algunas noches descubrimos la fluorescencia de sus baldosas. Convivir o trabajar con niños ayuda a tener frescas las señales. Quizás siempre sea un buen momento para reencontrar el atajo y mirar todo sin complejos, como si fuera la primera vez, dispuestos a disfrutar como enanos de la aventura de vivir.

(27-28-29 julio)

jueves, 4 de agosto de 2022

Las doce (Vatnajökull)

De camino a Vatnajökull, el glaciar más grande de Islandia, la campervan nos acerca hasta el cañón Fjaðrárgljúfur. Sobre el mirador, tras unos minutos de ruta, nos encontramos con bloques de roca espolvoreados de verde, algunos de 100 metros de profundidad, enfrentados y tallados de manera natural por agua y viento. Un trabajo constante de orfebrería para conseguir pulir las figuras más escarpadas y convertirlas en sinuosas formas, paralizadas en continuos regates fallidos al río que las moldea haciéndose espacio.


Este movimiento entre elementos que parecen estáticos también se observa en Vatnajökull, evidenciado en las morrenas que ensombrecen la lengua ante la que nos encontramos, el Skaftafellsjökull. Asomados al frío, cambiamos los tonos verdes por la paleta de azules luminiscentes que se desvanecen, derretidos con blancos agrisados por el día que se oscurece amenazante.

Tras la lluvia, que remite mientras comemos, nos acercamos en una caminata hasta Svartifoss, reconocible por el manto de saltos petrificados que la recogen; una catarata de columnas basálticas abrigando a la cascada de agua.

El día siguiente encontramos un mirador con vistas más espectaculares a Vatnajökull desde la lengua Svínafellsjökull. Desde aquí uno se deja sentir explorador para observar cómo el hielo fue conquistando espacios como una masa amorfa que avanzaba, extendiendo los múltiples tentáculos que ahora se retraen y encogen por el aumento de temperatura que conlleva el calentamiento global. 

Pero la naturaleza, artista de lo efímero, crea belleza incluso de lo lamentable y catastrófico. Este incremento de temperatura ha ido produciendo pequeñas lagunas en los dedos goteantes del glaciar en las que flotantes icebergs, antiguos miembros, navegan a la deriva hasta fusionarse con el lago.

Lo triste (quizá también lo bello) es saber que lo que se está admirando es finito. Gota a gota, los icebergs van mudando forma y color, dejando atrás los azules para pasar a los cristalinos regalando las últimas finas transparencias antes de romperse y desaparecer. Fjallsárlón fue la primera laguna donde asistimos a la bella instantánea de lo caduco. ¿Acaso no es eso la vida? La cantidad de pequeños icebergs casi amontonados y el color de lodazal del agua daban a la estampa una belleza más decadente de los últimos momentos de un glaciar.

En Jökulsárlón, sin embargo, el azul luminoso del lago, su tamaño y el de sus islotes de hielo, hacen olvidar por momentos lo penoso de la situación. Cada curva de hielo es fotográfica a rabiar, cada cambio de color es hipnótico y uno se descubre embobado bañando su vista de ese azul helado. Como recordatorio de lo urgente, sobre el silencio se sobrepone cada cierto tiempo el lamento de algún iceberg partiéndose, como el de un árbol cayendo, como la campanada decimosegunda que anunciaba a Cenicienta la irrealidad de su sueño; la hora de despertar. Y el encanto se destruye...


Para cerrar el día, mientras Violeta cantaba una nana para preservar el hechizo y conseguir que el profundo gris azulado de la mirada de nuestra hija descansase, un animal se acercó nadando hasta ellas; sacó su cabecita a modo periscopio, atenta, y empezó a moverla juguetona tras un tiempo prudencial. Una foca había acudido, quizás atraída por los cantos de sirena, y saludaba a Lara, acercándose con curiosidad mientras despedíamos el día.

(25-26 julio)

domingo, 31 de julio de 2022

Destellos naturales (Hella-Vík)


Los paisajes de postal se suceden al volante, acompañados por los acordes contemplativos y oníricos de Sigur Rós, cuando aparece a nuestra izquierda la Seljalandsfoss; un salto de agua de 60 metros que riega el verde que la envuelve, y cubre con su cortina vertical la cueva que la recoge. Seljalandsfoss mantiene su boca abierta para dejarse explorar; de modo que uno pueda pasearse por su deslizante dentadura para rodear 360 grados su lengua de agua. Resguardados bajo el paladar, recibíamos su aliento pulverizado que cambiaba de dirección al son del viento. Empapados de arriba a abajo, pero con una sonrisa tonta en la cara, nos dirigimos a la cascada vecina creyendo que ya habíamos visto lo mejor.

Si Seljalandsfoss exhibía sus 60 metros desvergonzada con la lengua fuera, Gljúfrafoss esconde sus 40 metros para revalorizar sus medidas y dejar claro que el tamaño no importa cuando se sabe engalanar. Gljúfrafoss se asegura de que uno tenga que bajar la mirada para prestar atención a las piedras que pisa y evitar caer al río que hay que cruzar hasta llegar a ella; así consigue impactar con la escena que despliega, cual pavo real. Conforme uno alza la mirada, se encuentra con un rincón espiritual: una cascada que se lanza dividida, por altas paredes cubiertas de musgo que se abren a un cielo que baña de luz y sombras una enorme piedra que hace de altar cubierto de focos naturales.

Salimos más chopados aún si cabe y con una sonrisa más amplia, pensando de nuevo que una tercera cascada no podría sorprendernos, pero nos esperaba Skógafoss, que juega sus cartas enseñándolas todas boca arriba: una cascada de 60 metros, de mucho mayor caudal y accesible a pie de orilla donde rompe la caída en rugido. Skógafoss es monumental. Unos escalones en la colina lateral llevan hasta el inicio del salto y marcan el comienzo de una ruta de senderismo que seguimos durante unos minutos río arriba.

Mientras comíamos en un merendero, con vistas al gigante de agua, volvía a asaltarnos la misma idea: "vista una, vistas todas. La siguiente catarata no nos sorprenderá ya..." Pero llegó Kvernufoss.

Y es que la belleza no está solo en el salto, sino en el paisaje que lo envuelve, en los detalles; Kvernufoss cae cubriendo una cueva que se encuentra recogida por un verde valle que conecta con épocas remotas de dragones y leyendas, caballeros, druidas, y otros seres mitológicos que bien podrían esconderse en estos parajes donde parece más plausible que la magia y la poesía, tan palpables aquí como los destellos de luz que se cuelan en la risa de Lara, puedan camuflarse en las tripas de la naturaleza.

Con la tarde ya empezada nos acercamos a los miradores de Dyrhólafjara, con la firme convicción de que el día ya nos había dado lo mejor. Cuando de repente, en lo alto del acantilado que sirve de mirador, un pájaro del tamaño de una paloma aterrizaba con sus coloridas patas y se plantaba ante nosotros mostrando su pico naranja incandescente. El frailecillo movía su inquieta cabeza continuamente, como posando brevemente para diferentes cámaras, sabiéndose el protagonista del momento.

Cerramos el día en Reynisfjara, una playa de arena negra famosa por las fotogénicas columnas de basalto que casi besan el agua del mar. Paseando hacia el este, dos dramáticos e incisivos promontorios preceden al horizonte. Cuenta la leyenda que son los restos de dos troles petrificados por la luz del día, a los que esta sorprendió mientras trataban de llevarse un barco a tierra. ¿Serán verdaderamente troles? Quién sabe... En estos parajes, cualquier literatura presuntamente fantástica bien podría ser una fiel descripción de las maravillas naturales que despliega Islandia.

(24 julio)

miércoles, 27 de julio de 2022

La belleza de los contrarios (Reykjavík-Þingvellir-Kerið-Golden Circle)

Las luces de cabina se atenúan. Son dos horas menos, las cuatro de la madrugada para el lector que nos acompañe. Un cielo suspendido en atardecer de incendio anaranjado da nueva luz a la escena. Mientras se produce el aterrizaje, los ojos van cediendo intermitentes batallas al cansancio y graban retales del descenso en la memoria. Lara duerme. Las luces de cabina vuelven a encenderse, y al rato suena el sonido que anuncia que podemos desabrochar nuestros cinturones. Bienvenidos a Islandia, la tierra de hielo y fuego, donde los contrarios se encuentran para construir la belleza peculiar de sus paisajes. Una fría madrugada pausada en los últimos momentos de la puesta de sol nos recibe desnuda de estrellas. 

Al día siguiente, amanecimos (si se le puede llamar así con este sol que casi no se esconde...) dispuestos a encontrarnos con nuestra campervan y visitar Reykjavík. La ciudad no captó mucho nuestra atención más allá de un ayuntamiento curioso asentado en el lago Tjörnin, cuyo edificio se abriga de musgo; una comida deliciosa en Messinn; y la ascendente Hallgrímskirkja, construida como si de un edificio de columnas basálticas surgido de la tierra se tratase, que se hace más fotográfica o más "Instagrammable", al principio de la calle Skólavörðustígur, donde un arcoiris peatonal la alfombra.

El segundo día, tras dormir al sur de Reykjavík, nos dirigimos a Þingvellir National Park, desde donde se observa el enfrentamiento entre las placas tectónicas euroasiática y noramericana que irremediablemente se alejan. En contadas ocasiones, donde la naturaleza separa, el hombre une, y paradójicamente, en este mismo lugar de desencuentros, hace un milenio se decidió reconducir el conflicto de las diferencias en acuerdos celebrando las primeras asambleas nacionales. 

Por el camino, nos estrenamos con Öxarárfoss, nuestra primera cascada islandesa, de entre las 10000 que riegan el país, acompañados por unas moscas tirando a mosquitos que persistían en posarse sobre ojos y oídos mientras tratábamos de abstraernos. Su insistencia es conocida; tanto, que en las tiendas venden una redecilla para cubrir la cabeza a modo apicultor. Mientras intentábamos disfrutar del paisaje obviando la pelea constante, algún turista se paseaba extravagante, tranquilo y orgulloso con su velo particular.

Cerramos el día visitando Kerið, un lago ocupando un cráter volcánico. Y tanto aquí como en los paisajes del camino, descubrimos cómo el contraste parece saturar los colores en Islandia: azul turquesa luminoso sobre negro, verdes clorofílicos sobre granates oxidados, tonos violáceo volcánicos sobre amarillos que rozan la fosforescencia... Uno asiste a una sensación de artificiosidad comparable a la que ofrece el visionado de celuloide que ha sido coloreado sobre su original en blanco y negro.

El tercer día nos acercamos hasta la zona geotérmica Haukadalur donde se encuentra el géiser Strokkur. Este es el pariente pequeño del ahora inactivo Geysir, que dio nombre al resto de su especie. Strokkur erupciona cada cinco minutos más o menos, lo que facilita fotografiar su escupitajo a la superficie. El chorro de agua, que va de los 15 a los 30 metros, expulsa el agua cual ballena terrestre que saliese a tomar aire. La escena se ambienta con vapores que emanan del interior de la Tierra; tonos blancos y ocres que rodean sus opérculos; olores a azufre, y aguas en ebullición que recuerdan la temperatura que esconde el suelo que pisamos. 

La siguiente parada es en la inmensa catarata Gullfoss, que por su accesibilidad y magnificencia recuerda a las del Niágara. Cuenta la leyenda que su nombre (cascada de oro) se debe a que un avaro granjero que había acumulado muchas riquezas, decidió antes de morir que nadie más disfrutaría de ellas, por lo que escondió todo su oro en un cofre y lo lanzó a las profundidades de la catarata. Desde entonces, Gullfoss ruge celosa de su tesoro.




Para acabar el día y poder planificar los siguientes pasos, paramos a comer en Friðheimar, una granja con invernadero de tomates que se ha reinventado en restaurante con temática "tomatil". La especialidad de la casa es la sopa de tomate que te puedes servir a gusto junto con el pan casero. La acompañamos con una ensalada (de tomate) y una cerveza (también de tomate).

Acabado el día y tras las primeras tres jornadas, en la parte trasera de nuestra campervan, donde tenemos montada la cama, las luces de cabina no se atenúan, pues, como ya hemos dicho, en Islandia se encuentran los contrarios, y la noche se ha fusionado con el día. 

(21-22-23 julio)