viernes, 28 de julio de 2017

Los matices de la tierra (Ica-Huacachina-Paracas)

Por la ventana del autobús con rumbo a Ica se avistaba un paisaje desértico de pueblos apartados de la civilización, de casitas apretadas unas con otras y de polvo. La propaganda política se sucedía, pintada en los muros orientados a la carretera. Lo que nos llamó la atención fue la cantidad de pintadas exigiendo la libertad de Fujimori.

Contextualicemos: en las elecciones de 1990 vence a un Vargas Llosa que se postulaba a presidente; dos años después, da un autogolpe de estado; en 2000 se presenta a un tercer mandato (lo cual era inconstitucional) y sigue en el poder sin mayoría; ese mismo año se destapa una trama de corrupción en la que está implicado y huye de Perú, regresando arrestado en 2005 y siendo declarado culpable de violación de derechos humanos en 2009, año en que ingresa en prisión. 

Con todo este edulcorado resumen, sorprende que una parte de la población pida su libertad y que su hija Keiko haya estado a punto de ganar las elecciones de 2016; aunque hablando con nuestro guía en Paracas entendimos todo un poco mejor; pero dejemos la historia por el momento pues el bus ha llegado a Ica.

En el hostal nos enteramos que la carretera por la costa a Arequipa está cerrada, por lo que a la mañana siguiente hemos de replanificar. El GPS recalcula destino y nos envía a Puno, donde llegaríamos dos días después.

El mediodía nos sorprendió en la plaza de Armas regateando precios para la excursión a la Reserva Nacional de Paracas de la siguiente jornada. Por horarios del bus a Puno estábamos limitados a contratar una excursión privada, pues queríamos evitar las islas Ballestas que retrasarían nuestros planes. No pudimos haber tenido más suerte, pues esta decisión permitió que visitásemos Paracas casi en exclusiva mientras los tours grupales se entretenían en las islas.

Pero sigamos en el 21 de julio, donde un taxi nos lleva a Huacachina, un oasis en medio de las dunas. El oasis en sí se presenta con una estética más artificial que natural, pero las dunas que lo rodean son dignas de contemplar.

Comenzamos subiendo por una de ellas con el sol de frente y los pies hundiéndose a cada paso como si estuviésemos haciendo step. Nos llevó media hora llegar a lo alto de la montaña de arena desde donde el desierto nos deleitó con sus sinuosas jorobas de camello. Un mar de dunas se extendía ante nuestros ojos como estáticas olas de arena. Parece mentira pensar que esas curvas doradas tan perfectas sean formadas únicamente por el viento.

Las líneas de su espalda eran acariciadas por la brisa, que a su vez nos cubría silenciosa pero constantemente de fina arena, tomándonos por una parte más de la duna.

Bajamos dando saltos, recogiendo en nuestras botas parte de la arena que nos había sostenido en lo alto, para coger un buggy. Estos automóviles que recuerdan a los de la última película de Mad Max son la principal atracción de las dunas. Los areneros, 4x4 descapotables, desafían a las leyes de la gravedad subiendo casi hasta la cima de las dunas para girar en el último momento 180 grados redirigiéndose hacia la falda de las mismas en una suerte de barco pirata de las ferias. Así que en Huacachina el silencio del desierto es sustituido por los gritos de euforia de los turistas cuando el buggy hace una de sus piruetas.

Acabamos el día viendo atardecer desde lo alto de una de las dunas, después de una sesión light de sandboard, que es como el snowboard pero sobre arena como se puede  deducir.

A las 7:15 del 22 de julio, nos recogió en el hostal Carlos Hernández Hernández, nuestro chófer a Paracas. Como hemos adelantado, fue un acierto ir en tour privado. Entre otras razones, por la oportunidad de poder preguntar por la historia, la política, las costumbres... Así que en el camino hicimos un repaso a la historia política de Perú y comprendimos cúal es el denominador común de los dictadores que encuentran la conformidad del pueblo: el populismo. Acércate a los necesitados, dales seguridad y alimento y conseguirás que te defiendan; será más poderosa la imagen que construyas que lo que chirríen tus actos. Es un matiz importante.

Llegando a Paracas visitamos el Obelisco de la Independencia donde la leyenda cuenta que mientras José de San Martín descansaba en su empresa por liberar al Perú, pasaron unos flamencos volando y allí se fraguaron los colores de la bandera: en el blanco y rojo de los flamencos andinos que venían de Chile. Cerca del centro de interpretación, se reunía una colonia y pudimos observar sus extraños bailes y sus tortuosos cuellos de cisne. La siguiente parada fue visitar las playas rodeadas de escarpados acantilados de la reserva.

Primera parada: junto a la playa Supay, la Catedral; un saliente de roca que tras el terremoto de 2007 perdió la forma que le había dado nombre al verse amputado de la tierra a la que permanecía conectado. Frente a este peñasco, observando las manchas blancas que cubren la roca, Carlos nos habló de la Guerra del Guano, un abono natural que resultó ser 30 veces más potente que el de vaca y el motivo de guerra contra Chile a finales del siglo XIX. Menuda cagada...

Segunda parada: playa Yumaque, que en comparación con las siguientes no consiguió destacar.

Tercera parada: playa Roja. Con un lobo marino varado y rodeado de carroñeros nos recibía una de las playas más espectaculares; no tanto por su ubicación sino por la variedad de colores que visten sus tierras. El color granate oxidado de su orilla contrasta con las olas turquesas que lo bañan y con el ocre sulfuroso que cubre el acantilado que termina en ella. La naturaleza, pese a lo que algunos pensarán, no necesita filtros de Instagram para conseguir presumir de colores saturados. Disfrutar de esta maravilla sin estar rodeado de turistas es un privilegio.

Las tres playas que nos quedaban por ver (Lagunillas, la Mina y el Raspón) son un reclamo, más porque en ellas esté permitido el baño que porque puedan rivalizar con las anteriores.

Sin embargo, la primera ofrece la posibilidad de estar prácticamente cara a cara con el pelícano peruano que posó para nosotros durante un buen rato, orgulloso de su plumaje y ladeándose como buen modelo.

Volvimos sintiéndonos afortunados de haber podido disfrutar de la clase magistral de historia ante tales paisajes, prácticamente solos y con el tiempo que nos hizo (a pesar de que aquí es invierno). Pero como en el viaje siempre hay una de cal y otra de arena, y de arena ya íbamos sobrados, terminamos la jornada en la estación de bus, saliendo una hora y media más tarde de lo previsto y con un trayecto por delante que creíamos que era de 18 horas y acabó siendo de 28... pero eso es otra historia que merece ser contada frente a otros paisajes...

lunes, 24 de julio de 2017

Agujetas en las alas (Valencia-Ámsterdam-Lima)

Sucede que tras trece años del viaje iniciático en que se nos inyectó la sed de viajar y recorrer mundo, un virus programado para que quemen agujetas en las alas (como diría Ismael Serrano) cada cierto tiempo y despierte la morriña de explorar paisajes desconocidos, vuelvo con Violeta tras "los pasos perdidos" al continente del realismo mágico, donde Macondo se hace carne, y en especial al país causante de que este blog crezca cada año y de que unos servidores busquen saciar su necesidad intermitente de emigrar.

Pero antes de llegar al país de los incas, nuestro avión (versión modernizada de las carabelas) hacía una larga escala en Ámsterdam. Dieciocho horas dan para mucho, así que aprovechamos para pasear por el Barrio Rojo mientras las cortinas escondían en horario infantil su mayor reclamo.

Conforme el sol se fue poniendo y empezábamos a ubicarnos entre tanto canal, la marea de turistas comenzó a subir y se hicieron más habituales los golpes en los escaparates de las exhibicionistas, indignadas por quienes hacían caso omiso de los carteles que pedían no tomar fotos.

Las luces de neón inundaban la ciudad bipolar, dando paso a la personalidad nocturna que duerme durante el día, cual Jekyll & Hyde.

Y por no alargar, daremos un salto en el tiempo de 24 horas desde que nos recibió el aeropuerto para acostarnos en los pocos sofás que encontramos sin posamanos (o antiviajeros haciendo escalas nocturnas) hasta el momento en que el avión aterrizó en Lima, pues todo lo demás es carne de olvido (tiempo de espera, de lectura, de paseos, de embarque...). Aunque he de decir, que esos tiempos muertos, inicios descargados de responsabilidades, son los que más se recuerdan durante el curso; sobre todo la voz de la máquina que más despierta el sentimiento de libertad y de tantos principios: "Please proceed to gate number..."

El caso es que todo estaba planificado para que al aterrizar nos llevase un taxi contratado hasta el hostal; sin embargo, nunca salen las cosas como se esperan, y tras pasar el control de inmigración, cuando solo quedaba la recogida de maletas (en el último paso de la burocracia migratoria), la cosa empezó a truncarse: no apareció la mochila, ni había taxi para recibirnos con nuestro nombre a la salida. Llamamos al hostal y nos reconocieron que habían olvidado avisar al conductor... Genial. Salimos del aeropuerto... Los taxistas son al turista lo que los periodistas a los famosos: se avalanchan con una única pregunta: "¿Taxi?" ¡Que empiece el regateo! En el hostal pagábamos 70 soles por la recogida y la negociación in situ empezaba en 135; se cerró en 60. ¡Viva el Perú!

A la mañana siguiente, por fin, visitamos Lima. La primera experiencia no fue un chapuzón en la nueva cultura, sino un "embutirse" para poder entrar en el bus metropolitano que nos llevaba a Lima Centro.

Empezamos paseando por la plaza San Martín, siguiendo por la calle Jirón de la Unión, una peatonal que desemboca en la Plaza de Armas: amplia y con una fuente protegida por policías, que aquí se hacen llamar "serenazgo". La plaza alberga palmeras, unos edificios coloniales de color mostaza, la catedral y el palacio de Gobierno.

Tirando hacia el noreste, a la neblina gris-cenizo que cubre toda la ciudad y esconde la luz del sol, las vistas del Cerro de San Cristóbal le sacaban los colores desde el Parque de las Murallas. Las casitas que se esparcen por las faldas, prácticamente unas encima de otras, maquillan y alegran el paisaje desértico y marrón grisáceo que domina Lima. El efecto difuminado recuerda a los dibujos hechos con tizas de colores sobre el suelo gris de un colegio.

Abrimos el apetito en el Mercado, donde el pescado tenía una pinta buenísima, todos ordenados y frescos; y es que ellos son el ingrediente principal del plato estrella peruano: el ceviche. Y rodeados de tanta comida, nos entraron las ganas de comprobar si la fama de la cocina peruana era la merecida, así que buscamos un restaurante donde comer en la Av. Tacna y nos topamos con uno en el que siendo los únicos extranjeros pudimos dejarnos aconsejar para empezar a deleitarnos con la cocina de aquí.

Por la tarde y ya aprovechando las últimas horas, pues al ser invierno anochece a las 18h, dimos un paseo por Barranco, el barrio bohemio de Lima. Cruzamos el Puente de los Suspiros, lugar predilecto de las jóvenes parejas peruanas para sus encuentros románticos, rodeados de nuevo por el color mostaza-colonial y acabamos el día en el mirador que se abre al océano.

El plan del día siguiente era todo una incógnita, pues queríamos salir hacia Paracas, pero dependíamos de la hora en que llegase el equipaje extraviado. Afortunadamente la mochila llegó a las 8h, cuando ya teníamos todo preparado. Durante estos días, en Perú se celebran las Fiestas Patrias, que aunque realmente son el 28 de julio comienzan la semana previa, así que antes de planificar la mañana, teníamos que comprar los billetes de bus para el siguiente destino. Ya no quedaban buses a Paracas, así que readaptamos la ruta para ir primero a Ica.

Nos despedimos de Lima visitando Miraflores, el barrio rico, buscando al Pichulita de Vargas Llosa por sus calles. La diferencia es tan grande que parece casi una ciudad diferente, más desarrollada pero menos auténtica. Eso sí, las vistas al océano desde el mirador de Larcomar, encima de los acantilados, son solo mejoradas cuando uno se acerca al Parque del Amor, subiendo por la costa.

Una escultura de una pareja de barro en pleno escarceo preside el parque, rodeados de bancos decorados con azulejos de colores a lo Gaudí. Los colores, los versos románticos escritos sobre ellos y la brisa oceánica animaban a quedarse allí más tiempo, pero este apremiaba y tuvimos que buscar el bus que nos llevase a la estación de Soyuz, desde donde saldríamos a Ica, una hora más tarde de lo previsto, pues nos lo habían reservado telefónicamente desde el hostal olvidando informarnos de que además de pagarlo, había que confirmar por Internet.

Pero no hay por qué molestarse. Al fin y al cabo, el tiempo no es tan objetivo como pensamos desde Europa, es una medida más que se adapta según culturas y países. Tomen asiento y sean bienvenidos al Perú. 

lunes, 29 de agosto de 2016

Outside is in (Hjalli-Reykjavík)

Sólo 50km nos separaban de la meta final de nuestro Tour d’Island. Y los primeros 15km fueron todo un reto. Seguimos una carretera que parecía haber sido bombardeada y con nuestras bicis jugamos al buscaminas, intentando evitar caer en los baches. Una vez superada esta prueba, nos sentimos pilotos de aviones, pues las ruedas devoraban el firme asfalto y avanzaban zumbando a toda velocidad. Nos encontrábamos recorriendo los mismos kilómetros que nos habían iniciado en este viaje. Los que nos habían hecho sufrir la primera etapa nos parecían ahora pan comido. Para entrar a Reykjavík sin embargo, decidimos ahorrarnos nuestra primera hazaña y cambiar los 5km de autopista, por un carril bici que había que ir buscando como si de un GR de montaña se tratase.

Llegamos victoriosos a la capital que nos acogía, cómo no nublada, pero nadie estaba esperándonos en el podium ni con el ramo de flores para celebrar nuestros 800km. Aparcadas las bicis de manera definitiva, aprovechamos para descansar y reponer fuerzas en el camping, que a pesar de estar superpoblado y tener un aire de hostel internacional, tiene unas instalaciones increíbles.

Nos hemos hecho asiduos a la piscina contígua de Laugardalslaug. Hemos redescubierto las calles de la ciudad, vuelto a pasear por el lago Tjörnin, que hacía de espejo donde se miraban coquetos el Ráðhús (ayuntamiento), y algunas casas privilegiadas. Hemos descubierto el excepcional Museo Nacional que cuenta la historia de la Isla de manera interactiva y muy completa.

En la faloteca lucen orgullosos, sumergidos en formol, los penes de todas las especies animales que se encuentran en Islandia, excepto uno. Este curioso museo es fruto del duro trabajo de recolección de un profesor fascinado por los órganos de reproducción masculinos. Los hay de todos los tamaños y colores, desde la inmensidad del cachalote hasta la nimiedad (con todos mis respetos) que porta el ratón. No contento con tanto pene, la colección incluye juguetes, reproducciones, fotos, arte... todos ellos dedicados a tan estimado aparato reproductor masculino. El único pene que no se puede ver todavía, es el del Homo Sapiens Sapiens, y digo todavía porque ya hay varias cartas de posibles donantes. 


Hemos visitado también la iglesia que corona la ciudad, con su altura de más de 70 metros y su posición en lo alto de una colina. Su arquitecto, en un arrebato Gaudiano quiso imitar la naturaleza islandesa y a sus columnas de basalto y de ahí que sea escalonada. Esta iglesia luterana impacta desde fuera y contrasta con su humilde interior, sólo adornado por un enorme órgano.
Delante de ella, dándole la espalda, se haya una estatua del primer hombre que pisó Ámerica. No señores, no es el famoso Colón, es Leífur Eríksson, el primer europeo en descubrir las Américas. Este vikingo las bautizó, sin embargo con el nombre de Vinlandia.

Como todo final de temporada que se precie, nuestro viaje también nos reservaba un par de cameos de gente que había formado parte de esta experiencia. Vimos más de una cara conocida y agradecimos con especial ilusión cruzarnos con Guille, compañero de aventuras en Seyðisfjörður, y con el americano de sonrisa a lo John Wayne.

El último día con las compras ya hechas, nos despedimos de la ciudad e hicimos cola para no perdernos una delicia culinaria islandesa: El ¡hot dog! El plato más asequible a los bolsillos. Acabamos con broche de oro nuestra estancia en la isla, yendo a la Blue Lagoon para ver atardecer.

De camino se atraviesa un paisaje lunar cubierto por una alfombra de musgo pálido, que invita a soñar despierto. Islandia tiene algo de mágico. No sé si son sus paisajes, si es la luz ártica arrojada sobre ellos, si son los seres ocultos que lo habitan o el Snæfellsjökull que los vigila a todos y se asoma a lo lejos, recordándonos que está cargado de una energía especial. El caso es que hay un aura mágica característica.

Marinamos nuestros cuerpos en el agua azul claro de la Blue Lagoon, abarrotada de turistas, que expulsa su aliento de 38º al cielo helado recubriéndolo todo de humo. Esta laguna, se nutre de las aguas sobrantes de la central de energía geotérmica de Svartsengi. Su color se debe a unas algas que en ella viven y al sílice que abunda y se deposita en el fondo. Ambos sirven a los turistas para maquillarse de zombies aplicándose una máscara facial. No ha sido la piscina que más nos ha gustado, ya que no ofrece opciones de diferentes temperaturas, pero no se puede negar que su color y sus alrededores, la hacen excepcional. Tanto es así que está entre las 25 maravillas del mundo.

Atardecimos a remojo y a las 22h nos fuimos camino al aeropuerto. El bus se adentraba una vez más en el páramo lunar, esta vez cubierto por la negrura de una noche que 30 días después, permitía al sol descansar un poco más de tiempo. El viaje llegaba a su fin y ahora  tocaba reposar los recuerdos, porque cuando se vive tan rápido, no se puede degustar el poso que es lo que da sabor a la infusión. Decimos adiós a un país en el que no hemos necesitado más billete que nuestra tarjeta de crédito y donde hay tanta seguridad que ni siquiera las cajas de bicis que trajimos, habían sido retiradas de su dormitorio durante un mes. Hemos vivido el país de la mejor manera posible: desde fuera, disfrutando y sufriendo el tiempo, saboreando a la gobernadora, la madre naturaleza, que te hace sentir tan pequeño y especial a la vez.

El aeropuerto se acercaba y viendo más cerca el calor del hogar, me vino a la cabeza un anuncio islandés que había visto unos días antes:

“Don’t mind the weather. Discover. Experience. Don’t stay inside. Inside is out. Outside is in.”


Deconstruyendo el paraíso (Krabi-Phi Phi-Krabi-Railay-Bangkok)

Llegamos a Krabi tras coger un ferry, un bus y una minivan; sólo habíamos valorado si hacer Pukhet o Krabi; de hecho, en ningún plan entraba ir a las islas Phi-Phi, porque creíamos que estarían sobreexplotadas; pero tras escuchar los consejos de algunos amigos, readaptamos los planes. Descansamos en Krabi y compramos los billetes para salir al día siguiente a Ko Phi-Phi Don, la única de las islas que ofrece alojamiento.

Llegamos a puerto de mañana; dejamos las mochilas en nuestra guest house y subimos las escaleras que llevaban al mirador que teníamos allí cerca. 

Para poder salir a Phi-Phi Leh, popular por ser el paisaje de la película La Playa, teníamos que comprar los billetes con tiempo para encontrar una buena oferta; y creíamos haberla encontrado, hasta que la mujer que atendía rompió a chillar, furiosa e indignada porque le preguntamos si podía hacernos descuento. Nos batimos en retirada y encontramos otra oficina por el mismo precio pero más cargada de amabilidad y positivismo.

Con los planes ya cerrados para el día siguiente, y cruzando los dedos para que las nubes aguantasen serenas, nos dirigimos paseando hacia Playa Larga, donde pudimos disfrutar de mejores vistas que las del mirador a la isla destino; desde allí vimos atardecer y dimos una vuelta por la ciudad para comprobar que si no tenía más vida por la noche, sí que se soltaba más el pelo que por el día.

Como ocurriese en Laos, la noche anterior a adentrarnos en Tham Kong Lo, el aguacero de la madrugada no auguraba una mañana posterior sin lluvias; sin embargo tuvimos suerte y a las 9h que salíamos del alojamiento, ni caía una gota de agua ni había nubes amenazadoras en el cielo.

El día amaneció soleado contra todo pronóstico y un long tail boat (las barcazas más fotografiadas de Tailandia, con sus telas atadas en cabeza) nos esperaba para partir. Haríamos cuatro paradas, empezando por Maya Beach, una playa de arena blanca y aguas turquesas que descansa frente a dos peñascos calizos llenos de verde. La imagen que uno imaginaría del paraíso.

Entramos por la otra parte de la bahía, viento en popa pero sin vela, y cual piratas, tuvimos que trepar por una red instalada para poder acceder más fácilmente desde el agua, a nado; colocada como ayuda o para reírse del guiri, pues con la marea, los turistas éramos estampados contra la tela de araña a la que la gente trataba, muchas veces en vano, de engancharse antes de poder subirla. Así que, patéticos piratas al abordaje, algunos raspándose con las rocas de coral sobre las que la marea nos mecía, todos tratábamos de conquistar la isla de la forma más digna posible. El día anterior nos habíamos comprado una bolsa estanca para transportar cámara y móvil secos hasta la otra orilla; pero aquí la mala suerte y el agua del mar se nos colaron y perdimos en el asalto los instrumentos testigo de la batalla; así que a partir de ahora, basten de imagen las palabras.

La playa guarda su tono paradisíaco-apartado; y si bien es cierto que las lanchas que atronan intermitentemente con sus motores para evitar quedarse varadas afean la estampa, aún esperábamos una imagen más superpoblada. Quizás favorezcan en este aspecto las pocas expectativas previas de encontrarnos solos, así que compartir esas arenas blancas con lo que podrían ser unas cien personas, no nos molestaba en absoluto.

Tras una hora de contemplación, el barquero nos llevó a hacer snorkel rodeados de arrecifes donde los invitados especiales esta vez fueron los peces globo, que se negaban a mostrarse en todo su esplendor. Habíamos visto la belleza desde la orilla, bajo el agua, y sólo quedaba saborearla in situ, flotando sobre el mar verde-azul, envueltos por peñones llenos de vida vegetal.

Acabamos la ronda haciendo parada en la Monkey Beach, riendo al ver cómo uno de los monos que dan nombre a esta playa asaltaba una barca llevando como botín una bolsa de papas y unas chocolatinas que paladeó, atrevido y desafiante, sentado sobre la cola que sobresale en las barcas, mientras los compañeros de la víctima trataban de impedirlo empuñando el palo de una GoPro.

Justo cuando volvíamos, el mar era agujereado a tiros por la lluvia que había accedido a esperar paciente para no aguar la fiesta. Despedimos las islas Phi-Phi, de vuelta a Krabi, orgullosos de nuestra suerte, la que no corrió nuestra cámara, pero que nos permitió acercarnos al Edén. O eso creíamos, pues Railay puede rivalizar merecidamente.

El día que nos quedaba en Krabi como base, también pintaba borrascoso, pero era un día entero y todo el mundo alababa Railay, por lo que quisimos jugárnosla y conocerlo a pesar de los pronósticos. Debemos tener una flor en el culo, porque volvió a salir el sol. 

Al lugar se llega únicamente en barco, a pesar de ser una península, porque los acantilados kársticos que lo encierran amurallan otra posible vía de acceso. Como paisaje se nos antojaba tan espectacular como Phi-Phi; pero ganaba en autenticidad en la playa Hat Phra Nang, por ofrecer más posibilidades de encontrarse uno a solas bañándose en las aguas verde jade y entre los islotes calizos que surgen a escasos metros de la costa.

Hay un mirador a mitad trayecto entre Railay East y West, cuya base es frecuentada por monos, al que se accede remontando el acantilado prácticamente escalando, agarrándose a una cuerda para evitar resbalarse con el barro del camino. Las vistas quitan el aliento, el poco que quedaba antes de llegar.

Decididos a aprovechar hasta el último momento de nuestra estancia, fuimos hacia Ton Sai Beach, con el tiempo un poco justo. Nos señalaron un camino que subía y bajaba por medio de la jungla y temimos no llegar; pero como digo, la suerte nos acompañaba y con la playa ya frente a nuestros ojos descubrimos un atajo que subía por la roca que separaba la playa de Railay West, decisivo para llegar a la hora en que zarpaba el último barco.

Un avión nos acercó hasta la capital tailandesa, último destino de nuestro viaje, donde sólo pudimos visitar el mercado de fin de semana de Chatuchak, porque nuestros cuerpos pedían reposo.

Ahora esperamos en el aeropuerto para volar a casa, con la mirada re-construida; pues viajar es deconstruir; abandonar los prejuicios culturales y reescribir sobre ellos. Atrás queda mes y medio de cruzar fronteras, de saborear cada lugar mentalmente hasta que va adquiriendo diferentes significados; porque pisar un nuevo país es darle eco al nombre en tu pensamiento para poder llenarlo de la esencia que lo diferencia de los demás; viajar es imbuirte de su cultura, aprender de su historia y empezar a entender cómo se comporta la gente según su pasado; viajar es coger agilidad en el cálculo de los cambios de moneda y aprender a utilizar sus billetes; descubrir los platos típicos, los precios, los horarios, las costumbres... en definitiva, viajar es convertir lo extraño en cercano y hacer del extranjero tu hogar. 


sábado, 27 de agosto de 2016

Rumbo a la Isla Tortuga (Bangkok-Surat Thani-Koh Tao)

Llegamos en vuelo a Bangkok, donde hicimos escala de un día para bajar al sur de Tailandia. La parada más cercana a la guest house nos dejaba a 20 minutos andando; por el camino decidimos parar en una oficina de turismo para preguntar cómo llegar a Koh Tao desde Surat Thani (donde aterrizaría el avión). Una mujer nos recibió con una sonrisa y nos invitó a sentarnos. Ya habíamos buscado opciones antes, así que cuando la vimos teclear en google nuestra duda (Ferries from Surat Thani to Koh Tao), supimos que no sería de gran ayuda. Empezó a decirnos que Koh Tao era precioso y no dejaba de señalar Ko Samui en un mapa renombrándola a lo indio y afirmando: “Koh Tao; Koh Tao”. Luego nos preguntó procedencia; Violeta le dijo “Spain”; se quedó pensativa, frunció el ceño y preguntó “Sapén?”; Violeta repitió “Spain”; la mujer negó con la cabeza sonriente y afirmó repetidamente “Sapén, Sapén”. Pues eso, Sapén. Nos inundó a folletos, cargándonos de consejos para visitar el país y trató de convencernos para que cogiésemos un bus hasta el alojamiento; es cierto que nos quedaba un rato, pero 15 minutos a lo sumo; lo que pasa es que en Tailandia, cada vez que hemos preguntado distancias nos han contestado con un “Ooooooh, so faaaa” (reconvertid la cuarta nota musical en un far). Llegamos a la casa con 15 folletos encima y planificamos el día para seguir conociendo la capital.

Empezamos por el Sri Mariamman, un templo de estilo tamil, con sus torres llenas de coloridos ninots hinduistas. Para llegar hasta esa zona quisimos probar con el autobús. Parecía que nos hubiésemos montado en una discoteca, pues con la música a todo volumen, el cobrador se iba al final del pasillo y a ritmo de rock se pegaba sus bailes mientras reíamos con su reflejo en las puertas abiertas del bus, sin  girar la cabeza para que no advirtiese que tenía público; cuando el rock se hacía balada, el turno era del conductor, que se desvivía cantando como cuando uno conduce solo. El trayecto se hizo breve.

Caminamos hasta el Parque Lumphini, un oasis de calma verde que no parecía cuadrar bien en medio del caos, los pitidos y el humo de Bangkok. En este recinto cerrado residen varanos (unos reptiles gigantes que campan a sus anchas sin necesidad de esconderse).

Seguimos el paseo por el parque, fijando especial atención en tratar de encontrar a estos lagartos, hasta que llegamos a una calzada donde resonaba la música techno y una mujer guiaba con pasos de aerobic al grupo que tenía delante. El grupo estaba compuesto tanto por lugareños como por extranjeros, todos intentando seguir el mismo ritmo con cuestionable resultado.

El atardecer nos encontró visitando los santuarios de Erawan y de Lingam; el primero se construyó para acabar con las desdichas que se sucedieron durante la construcción del hotel del mismo nombre; el segundo, para honrar a una diosa que concede fertilidad, por lo que está rodeado de ofrendas de falos de madera. Tras cenar en Sukhumvit, volvimos en autobús, coincidiendo con nuestro anterior conductor y su gogó, que nos dedicó una sonrisa al reconocernos.

La mañana siguiente llegamos a Surat Thani para empezar el recorrido hacia el sur desde Koh Tao; pero iríamos en el night boat y había que hacer tiempo porque íbamos cargados; nos fuimos a una heladería y probamos el helado de durian, una fruta asiática que desprende un olor tan intenso que en muchos lugares prohíben la entrada al local con ella; el sabor era fuerte y diferente, pero más suave de lo que amenazaba. Cenamos en el night market que había instalado al lado del puerto y zarpamos rumbo a la isla tortuga (que es la traducción de Koh Tao) en un barco con colchones completamente pegados unos a otros, tipo campamento.

Koh Tao nos recibía amaneciendo, pero no así su gente, o al menos la recepción de nuestra casa, que nos hizo esperar una hora sentados fuera; en la isla las cosas se toman con calma. Ese mismo día quisimos empezar de playa en playa, haciendo snorkel; y es que, como mucha gente dice, aunque la isla tenga su encanto, el verdadero tesoro está bajo la superficie, donde “La tortuga” hace gala de todo su esplendor.


Hicimos tres playas diarias disfrutando de la fauna marina; tan abundante, gracias a la cercanía del arrecife donde se despliega un universo de matices multicolores e infinitas tonalidades: erizos, pepinos de mar, viejas florida, lábridos luna, almejas gigante mostrando sus labios pintados de fosforescente que se retraían tímidas al acercarnos, peces loro, peces estandarte de aleta larga con sus tupés blancos a lo John Travolta, peces anémona jugando al escondite entre los tentáculos de su hospedador, agujones cocodrilo nadando a ras de la superficie, peces lagarto, peces mariposa, píntanos curiosos destacando con su dorso amarillo, gusanos árbol de navidad de diferentes colores que se ocultaban cobardes cuando querías verlos de cerca… y hasta pequeños tiburones de arrecife; la fauna era inagotable.

Lo agotador era llegar a las playas caminando, porque aunque no distaban mucho unas de otras sobre la costa, el camino por el interior era empinadísimo; tenías que subir prácticamente a lo más alto para luego bajar de golpe; es tan abrupto, que se recomienda no alquilar moto si no se es experto, pues si a la inclinación del sendero le sumas gravilla y carreteras con tramos de arena, las caídas están aseguradas; tanto es así que no parábamos de ver heridos y vendados. Y es que el recuerdo de la isla te lo llevas en el cuerpo; si no es por la moto es por el coral, que en más de una ocasión te sorprende, cortante, con un rasguño en la mano o una raspadura en la planta del pie.

El buceo más espectacular fue el de Tanote Bay; y el atardecer, el de Sai Nuan, solos, sentados en una roca frente al mar. El sol, ayudado por las nubes, hizo su truco diario de la desaparición.


Estuvimos tres días en Koh Tao, desde donde planificamos la próxima hoja de ruta; así que el último día cargamos las mochilas sobre los hombros y zarpamos rumbo a Krabi, base para visitar las islas Phi Phi. La Tortuga seguía con la cabeza escondida, guardando su tesoro, celosa, mientras nos alejábamos de su costa.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Paisajes perdidos (Arnastapi-Hjalli)


Empezamos nuestro viaje desde el centro de la tierra. El Snæfellsjökull lucía orgulloso de su grandiosidad y tomaba el sol en un día espléndido.

Mientras preparábamos las bicis el pájaro que nos había amenazado el día anterior, nos regaló la imagen del día cuando se abalanzó sobre una pareja que caminaba muy cerca de su cría. Ver a un pájaro ganando la batalla contra dos humanos que retrocedían y se agachaban gritando, nos hizo llorar de la risa.  Esta escena y el azul del cielo, nos ayudaron a afrontar las subidas todavía sonriendo. 

Nos esperaba un día largo, ya que después de los 50km, en Vegamót cogíamos un bus para ahorrarnos los 60km que lo separan, y ya habíamos recorrido previamente, de Borgarnes.
Una vez llegamos a Vegamót tras unas 4 horas en bici, conocimos a un hombre de unos 60 años americano y con una sonrisa de John Wayne, que también iba en bici. Llevaba 80 días en la isla y era su tercera visita. Era profesor de matemáticas y no podía ocultar sus ganas de hablar, así que nos ayudó a que se hiciera la hora de partir casi sin darnos cuenta.
En Borgarnes soplaba un viento de esos que despeinan y tuvimos el tiempo justo para hacer una visita antes de que cerrasen el Bónus (el supermercado más barato), para reponer víveres y rellenar las alforjas. Con todos los objetivos del día cumplidos, no podíamos fallar a nuestra visita a la Sundlaug. Observé algo que hacían los lugareños: después de estar en remojo a 42º, aguantaban unos tres o cuatro minutos en una bañera de agua helada sumergidos hasta el cuello. Este sufrimiento placentero, que tras dudar un poco probé, te sumía en una relajación tan profunda que te hacía sentir flotar en lugar de andar.

Al día siguiente antes de salir con la bici fuimos a visitar un mercado que marcaba la guía como muy interesante. Se ve que era un mercado de elfos, porque no apareció por ningún lado, excepto por el letrero con el nombre.
Con todo preparado, quien sí apareció fue el americano, exhausto por el día anterior haber hecho 120km y decidido a quedarse descansando, atraído por los placeres de la Sundlaug.
Si el día anterior el viento soplaba fuerte, este día se decidía a subir el nivel y evolucionar en huracán. Borgarnes se hacía pequeño a nuestras espaldas pero sentíamos que pedaleábamos en una bici estática. A unos 20km de la ciudad, nos adentramos en una carretera alejada del tráfico y los turistas y empezamos a recorrer un fiordo camino del camping.

El día se alargó de manera desesperante pero mereció la pena cuando llegamos a Bjarteyjarsandur y vimos lo que nos esperaba: Una granja, encallada en un paisaje maravilloso, con techo donde cocinar, duchas, baños, sillón…el paraíso, alejado del maldito viento que soplaba incansable.

Por la mañana a regañadientes, abandonamos la granja gozando del buen tiempo una vez más, con el sol apagando el viento e iluminando una carretera que serpenteaba a orillas del fiordo. Las recorrimos como si de una montaña rusa se tratara, sin poder evitar mirar el paisaje a cada pedalada.

Almorzamos con unas vistas al fiordo, de las que quita el aliento y le hace a uno dar gracias al cielo, por esconder estas tierras de ensueño del circuito turístico.
Obviamente el camping donde dormiríamos estaba igual de abandonado de las visitas internacionales. Mientras nos preparábamos un suculento arroz blanco, degustamos nuestra soledad rodeados de naturaleza, y del sol, el magnifico sol que alegra el día a cualquiera, solo con dejarse caer por los alrededores. Un pájaro cruzaba el horizonte y se lanzaba en picado, en busca de alguna presa.


Las raíces de la tierra (Siem Reap)

Todo parecía más sencillo (siempre lo parece); google maps marcaba dos minutos andando desde donde nos dejaba el sleeping bus que habíamos cogido en Phnom Penh hasta nuestro hostal; las fotocopias que llevábamos de Camboya no incluían mapa de Siem Reap, así que nos habíamos hecho un croquis de cómo llegar. El problema, que aún no habíamos descubierto, es que no estábamos donde creíamos, por lo que los dos minutos se convirtieron en una hora y media dando vueltas, preguntando aquí y allá. El segundo obstáculo venía por parte del hotel, pues muy pocas personas parecían conocerlo; por suerte, los camboyanos son muy amables y un hombre que usó su GPS nos hizo llegar a la calle en cuestión; pero la subimos y bajamos, y no había cartel por ningún lado. En una gasolinera, un chaval trató de echar un cable llamando al hotel, pero nadie lo cogía; subió a la moto siguiendo la señal de GPS; había un restaurante. Se disculpó por no ser de más ayuda pero no entendía nada; si habíamos reservado en Booking el hotel debería existir. Nos señaló el lugar donde debería de estar (entre una escuela y un orfanato) y entramos a preguntar en “otro” hotel. Resulta que habían cambiado el nombre en la web pero seguía siendo la señalización antigua; muy útil…

Dejamos las cosas y fuimos a alquilar unas bicis para recorrer Angkor. Regateamos el precio y en seguida estábamos pedaleando sobre unas mountain bike, acercándonos al tercer inconveniente: tras 20 minutos en bicicleta, en el check point nos informan que a 8 km en la otra dirección es donde se compran las entradas. “¿No habéis visto la señal?”, parece sorprenderse el policía al tiempo que nos ofrece un tuk-tuk para llevarnos hasta allí. Efectivamente, la venta de entradas estaba a tomar viento; menos mal que aceptamos dejar las bicis allí y hacer uso del fortuito taxista que esperaba; eso sí, no había rastro de “la señal”.

Por fin, a las 10h entrábamos en el recinto de Angkor, ruinas de lo que fue el reino jemer entre los siglos IX y XVI, cuando fue abandonado, engullido por la jungla que lo rodea permaneciendo tres siglos escondido hasta su redescubrimiento. La visita a los templos principales se divide en dos circuitos: uno de aproximadamente 15 kilómetros y otro de unos 26. Pudimos aprovechar el tiempo y hacer el circuito corto antes de que se hiciese de noche.

Las dimensiones de Angkor Wat son espectaculares; primero se cruza por un paso elevado que atraviesa el foso, y al entrar en el templo, las tres torres erigidas en honor a Visnu reciben al viajero imprimiendo en su retina, ahora en vivo y en directo, la famosa imagen que tantas veces había soñado con tener delante.

Y no se malinterprete, el templo es impresionante, pero su fotografía de entrada está tan manida que sorprende poco; da más sensación de reencontrarse con un viejo conocido que de descubrir una maravilla. Lo que llama la atención sobremanera es su detallado interior; los bajorrelieves de apsaras (bailarinas celestiales) y motivos florales que decoran casi cualquier rincón.

Bayón, sin embargo, sí que tiene la magia de la sorpresa (al menos para nosotros); ubicada en el centro de Angkor Thom (una ciudad fortificada), el templo está regado de 54 torres talladas con 200 rostros de Avalokiteshvara que observan el recinto desde todos los ángulos posibles como si de cámaras de seguridad se tratasen. Las caras, cubiertas algunas de ellas de un verde óxido adquirido con el tiempo, dan una idea del poder que llegó a concentrar el reino.

Por la noche, parece que está habitado por monos, porque tanto al amanecer como al atardecer los encontramos por la carretera volviendo o viniendo de los árboles que rodean al templo.

Disfrutamos brevemente de la puesta de sol frente a Angkor Wat y emprendimos el camino de vuelta. Alquilamos una moto para hacer el circuito largo al día siguiente y nos fuimos pronto a descansar para poder empezar nuestro segundo día viendo amanecer sobre Angkor Wat.

El sol se daba paso entre las nubes, convirtiendo las tres largas sombras difusas, en las tres conocidas torres dándoles nitidez. Nuestro mirador desde las 5h era perfecto hasta que una pareja de guiris decidió fastidiarnos a todos la foto y plantarse en medio, sonrientes, inmóviles y sin importarles que todo el mundo hubiese respetado el turno de llegada. Amaneció nublado y con las primeras luces tenues comenzamos nuestro circuito para poder visitar Ta Prohm relativamente solos.

Antes de la colonización francesa, los templos de esta parte sufrieron una colonización más lenta pero también más bella: la perpetrada por los ficus y los árboles que hunden sus raíces entre las piedras y los muros; esta imparable conquista silenciosa puede disfrutarse sobre todo en los templos Ta Prohm, Ta Som y Preah Khan.

En el primero están los más populares pero no los más fotogénicos; pues la afluencia de visitantes ha supuesto que haya cuerdas que separen al viajero del árbol. Caminando por estos parajes, mientras muchos de los turistas vuelven a desayunar a Siem Reap, uno se siente Indiana Jones; incluso parece que vaya a salir Tomb Raider de alguna de las puertas adornadas de raíces-liana. 

Los árboles estrangulan a su presa con calma, sin prisa, como boas constrictor.

En Ta Som, los pasadizos desembocan en una salida con sombrero vegetal. Parece que las apsaras talladas de estos templos muevan sus caderas y manos en imágenes congeladas, pintadas de verdes, grises y morados; y parece también que la jungla esté dormida, posando para la foto; pero aunque controlada, avanza extendiendo sus enmarañados músculos.

En un muro olvidado, derruido de Preah Khan, un árbol teje su telaraña de madera en abstractas figuras, posándose paciente cual pulpo; abrazando a la roca que le obstaculiza el camino hacia los nutrientes, esquivándola y alargando sus tentáculos hasta llegar a tierra firme.


Y ésta es la magia de Angkor: el ver cómo la vida se abre paso ante lo olvidado; cómo recupera, vencedora, su espacio. No había mejor manera de despedirnos de Camboya que comprobando que sus raíces, como sus gentes, se comportan igual.