martes, 23 de agosto de 2016

Los seres ocultos (Laugagerdisskóli-Arnastapi)

Islandia está habitada por seres humanos, animales, y por los seres ocultos.

Dejamos atrás nuestra escuela para viajar hacia el Oeste y a unos 20km, paramos a tomar algo. Casualidades del destino, fuimos a parar al hotel-restaurante de un contacto que nos habían pasado; casualidades del destino, éste estaba precisamente en Valencia por unos días.

Continuamos nuestro camino atravesando las montañas hasta llegar a Grundarfjörður, un pueblecito cobijado a la sombra del Kirkjufell, la montaña más fotogénica de la isla.

La bici de Mireia había dado problemas y ya asentados, fui a ver si encontraba la tienda de bicis marcada por el mapa. En la oficina de turismo pregunté si había alguna tienda y me dijeron que lo más parecido era un hombre que arreglaba bicis. Me dejaron llamar en vano, pues estaba trabajando y no podía ver la bici hasta 3 días más tarde. La mujer no se dio por vencida y empezó a llamar a gente de uno y otro pueblo hasta dar con uno. Me dijo que tardaría unos 30 minutos y como había oído hablar de la puntualidad islandesa, me puse cómodo.

Más de media hora después, apareció un chico joven que se puso a saludar a las de la oficina, cogió un café y se me acercó. Miró todo un poco y detectó el problema: una de las piezas de la cadena estaba demasiado dura y no pasaba bien. Al final con las manos llenas de grasa, pareció conseguir resolverlo. Le ofrecí invitarlo a algo, pero se negó. Afortunadamente aún queda gente que no pone un precio a todo.

Para acabar la tarde como Dios manda, nos calentamos en la piscina del pueblo con fantásticas vistas a las montañas heladas, sólo nubladas por el vaho del agua que abandonaba el calor para unirse al aire .

Al día siguiente la cadena volvió a dar problemas y esta vez fui yo el que se pintó las manos de negro. A falta de aceite, arreglamos el problema con vaselina. Hacía un día estupendo y si Islandia es bonita de por sí, al sol reluce como un piedra preciosa. Llegamos a Ólafsvík y no pudimos resistir la tentación de visitar la Sundlaug. Nos relajamos, tomamos el sol y continuamos el viaje hasta Hellisandur. Si los anteriores eran pueblos, este era una urbanización de cara al mar con poco más que una gasolinera y un camping, en medio de un campo de lava. De instalaciones no hablamos, pero gozábamos de naturaleza pura.

Amanecimos con unas nubes sumidas en la tristeza y vestidas de luto, pero las ignoramos y nos dirigimos a la punta  más Oeste de la península.

Öndverðarnes, es conocida por dos cosas: ser un buen punto de avistamiento de ballenas y albergar un pozo mágico del que se podía sacar agua bendita y en ocasiones cerveza. Ni lo uno ni lo otro, pero lo cierto es que disfrutamos del almuerzo mirando al infinito, deseosos de ver algo que asomara en el horizonte. 

Llegar y salir de este lugar nos costó lo suyo, ya que la carretera muy lejos de estar asfaltada tenía tantos baches que a uno le entraba el hipo. Durante varios kilómetros pudimos tocar la luna, pues el paisaje solo se diferenciaba de uno lunar, en las alfombras de musgo que recubrían las rocas. A lo lejos se escondía el Snæfellsjökull, el volcán de “Viaje al centro de la tierra”, y en un lugar tan mágico uno sentía la presencia de Julio Verne.

La última parada fue la playa de Djúpalóssandur, la cual nos costó encontrar lo suyo, y consiguió nublarnos como el día. En esta playa hay una iglesia élfica pero como las ballenas y la cerveza del pozo, no pudimos ver ni la iglesia ni a sus miembros.
Aquí se hayan, eso sí a la vista, cuatro piedras que servían de examen a pasar por los aspirantes a pescadores si querían entrar en el gremio. La playa además es el cementerio de un barco inglés que naufragó en 1948 y sus restos de óxido cubren la arena negra como si de una fosa común se tratase.
Al final el cielo rompió a llorar, aunque fuese sin ganas y llegamos un poco húmedos a Arnastapi donde fuimos recibidos por un ave de muy mal humor que amenazaba con atacar para proteger a su polluelo que descansaba al lado del camino.
Esa noche fuimos a dormir rodeados de elfos y de un susurro que traía el viento:

 “Desciende al cráter del Yocul de Sneffels,
que la sombra del Scartaris acaricia,
antes de las calendas de julio, audaz viajero,
y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo.”

domingo, 21 de agosto de 2016

Once upon a time… (Mývatn-Laugagerdisskóli)

Dejadme contaros una historia: Mývatn significa “lago de las moscas enanas “, y mientras nos alejábamos de la región descubrimos el porqué; una nube de moscas nos daba la lata y nos rodeaba sin parecer importarle que fuésemos en movimiento. Sin ningún pudor, alguna se escapaba del pelotón y se aventuraba a practicar espeleología en nuestras orejas o bocas. Para más inri, las desgraciadas parecían ser invencibles y no había manotazo que no acertase otra cosa que no fueran nuestras propias caras. Se reían de nosotros. Por muy graciosa que resulte la imagen, no lo era. La situación era desesperante y nos tuvimos que evadir en nuestros pensamientos para no acabar lanzándonos contra el primer coche que pasara (creo que ni así habríamos conseguido quitárnoslas de encima). Pensé en el porqué de estos malditos seres, cuya única función parece ser dar por saco. No pican, no se alimentan de nuestra sangre, estos dementores que habitan el mundo se alimentan de nuestra desesperación. No hay otra explicación que tenga sentido.
Con el calor, sí el calor, acariciando nuestras caras abarrotadas de moscas nómadas, recordé una anécdota que había leído sobre Mývatn; años atrás a alguien se le ocurrió la genial idea de probar con el cultivo de la patata en los alrededores. Debido a las altas temperaturas bajo tierra, tuvieron que abandonar la idea porque las patatas salían ya cocidas.
Cuando nos habíamos hecho inmunes a las moscas, no tuvieron más motivos para acompañarnos y se fueron en busca y captura de otra víctima.

Un fiordo se abría ante nosotros y Husavík asomaba la cabeza. El sol brillaba orgulloso y maquillaba con sus rayos esta ciudad ya de por sí bonita. Husavík está a solo 50km del círculo polar ártico y es conocida por ser el puerto desde donde embarcan lo turistas para avistar ballenas. Parece sin embargo, que éstas saquen tajada y se lleven parte de la comisión porque los precios están por las nubes, aunque Islandia en sí misma no es conocida por sus gangas. El caso es que nosotros nos contentamos con pasear por la ciudad y con un helado y tomarnos una cerveza celebrando habernos librado de las moscas.

Viajamos al día siguiente a Akureyri en bus para llegar a tiempo salvando la larga distancia entre las dos ciudades. Akureyri es la segunda ciudad más importante de Islandia con unos 18.000 habitantes. Tiene una iglesia moderna y una calle principal llena de tiendas, muy acogedora. Pero nosotros la recordaremos porque aquí, descubrimos los Sundlaug. En España los cotilleos nacen, crecen y evolucionan en los bares, aquí lo hacen en las piscinas. Las piscinas o Sundlaug no son como las conocemos, gracias a Dios. Son todas de agua caliente y con varias opciones de diferentes temperaturas. Como un spa al aire libre, abarrotado de gente poniéndose al día en el chismorreo. Estar en el agua a 38º con el frío azotando en la cara, es todo un placer.

Abandonamos Akureyri bien temprano, rumbo a Borgarnes y fue a tocarnos de chófer un antiguo pescador con muchas historias que contar. Dicen que a los islandeses les encanta contar historias, no me extraña con las largas temporadas que deben pasar en casa, subyugados por el invierno. La historia misma de la isla viene de una laga tradición oral y la influencia de las sagas. Sea como fuere, el chófer cumplía con el tópico y en una parada nos deleitó con varias historias de alta mar, en las que las ballenas no solo eran protagonistas, sino que actuaban como los humanos, comunicándose y vengándose. Porque si haces algo malo a una orca, decía, te lo devolverá en cuanto pueda. Era alucinante escuchar al hombre contar las historias de manera tan apasionada. El bus se había convertido en el escenario de un cuenta cuentos para desesperación de algunos pasajeros que miraban el reloj, pero alegría de otros que prefieren viajar parando el reloj para alimentarse de experiencias.

Llegamos a Borgarnes a la hora de comer y la Península de Snæfellsnes nos acogía con buen tiempo. Pedaleamos disfrutando del día hasta un pueblecito cerca de Eldborg y al llegar al camping sentimos a lo lejos a los dementores alados riéndose de nosotros cuando vimos que el camping estaba cerrado desde hacía dos días. El camping es en verdad la parte trasera de una escuela y aquí la vuelta al cole es a finales de agosto. 
Por suerte, un hombre (el alcalde, el director de la escuela o un simple vecino del pueblo), al vernos las caras de cansados, nos dio permiso para quedarnos esa noche a pesar de que todo estaba cerrado. 
Plantamos en el patio y nos maravillamos con las únicas instalaciones a nuestro haber: las paredes que protegían nuestra casa ambulante.

Continuará… 

sábado, 20 de agosto de 2016

Memoria, para no olvidar (Don Det-Phnom Penh)

Ya éramos conocedores de la corrupción fronteriza entre Laos y Camboya. Buscando información, nos habíamos aprendido de memoria precios y tretas; pero la vida siempre guarda un as en la manga y los agentes encuentran pretextos para añadir lucrativas trampas.

Primera parada: dos dólares por recibir el sello en el pasaporte que reconozca nuestra salida de Laos (estábamos avisados); renegamos un poco pidiendo el recibo, pero obviamente, sirvió de poco.

Segunda parada: esquivamos la caseta “médica” en la que presuntamente el extranjero debe hacerse “obligatoriamente” pruebas que demuestren que no tiene la malaria (1 dólar más), pero casualmente, por lo leído en otros blogs, el termómetro siempre marca la misma temperatura… y tampoco es necesario hacérselas.

Tercera parada (como en todos los videojuegos, el rival final siempre presenta más complicaciones): la visa para entrar en el país debería costar 20 dólares; resulta que ahora son 35; la información de internet informaba que los funcionarios pedían siempre entre 25 y 30 para sacar tajada, pero al decirle que eran 20, el hombre dice sin mirar a los ojos: “That was before”. Vaya… Empieza el tira y afloja, las miradas suplicantes, las mentiras piadosas afirmando que sólo teníamos 23 cada uno, pero los perros del gobierno estaban bien adiestrados. “No money, no tourist”. Tras 15 minutos de intentos, llevo mis dotes interpretativas un paso más allá; desaparezco de escena y hago como que un turista me ha prestado 20 dólares pero que es lo máximo que puedo pedir. “Please”. Conseguimos pasar por 33 dólares cada uno.

Habíamos comprado en Don Det un billete que nos llevaba hasta Phnom Penh, llegando a las 19h, y en un “VIP bus”, según el ticket. Por supuesto no llegamos a la hora prevista sino a las 22h (tras 13 horas y media de viaje) y cambiamos la friolera de cuatro veces (baja mochilas, sube mochilas) de bus (quien dice lo uno, dice minivan, furgoneta o como mucho minibus).

Llegar de noche a una ciudad sin un buen mapa convierte en una odisea tratar de orientarse; el chiste vino cuando preguntamos a un conductor de tuk-tuks por la dirección, sacó la linterna de su móvil para leer mejor y empezó a buscar la calle 23, donde nos alojaríamos; al momento empezó a pedir ayuda pero nadie sabía decirle dónde estaba nuestra guest-house. Ya eran cuatro frente al mapa con sus “móviles-linterna”, uno buscando en googlemaps, hasta que llegó un quinto que reconoció inmediatamente el nombre del alojamiento. ¡Llegamos!

La visita al día siguiente fue conocer una ciudad bastante desarrollada con grumos del sudeste asiático más pobre; una mezcla de ciudad sucia con buenos restaurantes justo en la otra esquina. Empezamos por el Monumento a la Independencia, una stupa de estilo jemer que recuerda a los torreones de Angkor.

El Wat Phnom es el templo más alto de la ciudad; cuenta la leyenda que una mujer llamada Penh encontró cuatro estatuas de Buda en el río Mekong y decidió guardarlas en esta pagoda; Phnom significa “colina” y de ahí el nombre de esta ciudad camboyana (la colina de Penh) y de este templo.

Seguimos el paseo con el mercado central (Phsar Thmey), más atractivo por su fachada art decó que por su interior, al que supera en autenticidad el otro mercado, el ruso (Phsar Tuol Tom Pong), al que iríamos al día siguiente.

Acabamos con el Palacio Real, residencia de la familia real camboyana que alberga la Pagoda de Plata, cuyo suelo está formado por 5000 baldosas de plata, tapadas casi por completo por una alfombra para conservarlas, por lo que a pesar de su belleza, la plata prácticamente la ha de deducir uno conforme pisa… La tarde la reservamos a ponernos al día estudiando la historia de Camboya como aperitivo para poder entender mejor el Museo del Genocidio.

Segundo día en la capital y nos zambullimos en su pasado más turbio, su pesadilla reciente. Entre 1975 y 1979 los jemeres rojos, liderados por Pol Pot exterminaron entre dos y tres millones de  camboyanos. ¡Uno de cada cuatro! La razón para esta masacre era la sospecha de traición; cuando esta existía, que podía existir sólo por llevar gafas (“signo de los intelectuales”), encerraban a los sospechosos y a sus familias en cárceles para torturarlos y “sacarles” la confesión de que las acusaciones eran ciertas. Encerraban a la familia entera para evitar futuros intentos de venganza (uno de sus lemas era: “la mala hierba hay que arrancarla de raíz”). A pesar de que Pol Pot había sido profesor antes de la revolución, la educación era perseguida, y se prohibieron los centros educativos, convirtiendo muchos de ellos en cárceles. Uno de ellos fue Toul Sleng, o conocido también como S-21, un ex instituto de secundaria reconvertido ahora en Museo del Genocidio.

Cuando los jemeres rojos llegaron al poder, marcaron el Año Cero y expulsaron a la gente de las ciudades para mandarlas al campo. En nombre del Angkar (La Organización) había que destruir a todo opositor, pues querían conseguir una sociedad 100% comunista (otro de sus lemas era “Más vale matar a un inocente por error que salvar la vida de un traidor”).

Leyendo las diferentes posturas, incluidas las de soldados de las prisiones (que en realidad eran adolescentes reclutados), sorprende darse cuenta que cuando se diluye la responsabilidad, las personas son capaces de apoyar cualquier atrocidad, no sólo con su inmovilismo y conformismo, sino a veces con sus acciones (“yo sólo hacía las fotos a los prisioneros”, “yo sólo les interrogaba”, “no tenía elección, si no, me mataban a mí”…). No es fácil juzgar a las personas “intermediarias”, pues no deja de ser curioso reconocer cómo, aunque en menor medida, en el día a día mantenemos esa complicidad silenciosa con las medidas que toman nuestros gobiernos o con las injusticias y diferencias de las que somos testigos.

Acompañamos el Museo con la visita al Choeung Ek Memorial, a 15 km de la ciudad, un monumento erigido en uno de los tantos campos de exterminio que había esparcidos por todo el país. El número de víctimas ya es aterrador en sí, pero ver las calaveras encontradas organizadas en pisos y por edades, bebés incluidos, deja entrever la magnitud de la barbaridad que se cometió.

Resulta increíble que los jemeres rojos continuaran siendo reconocidos como gobierno legítimo por la comunidad internacional hasta 1991, pues el resquemor de la pérdida occidental en la Guerra de Vietnam llevó a que el gobierno genocida fuera visto con mejores ojos que los vietnamitas que les sucedieron.

Es lógico entonces que la cicatriz continúe supurando; la memoria no se deja vencer, sigue viva; tan viva que las tierras que sirvieron de fosas comunes, siguen vomitando recuerdos del horror y si uno mira el suelo aún pueden verse trozos de tela, dientes o huesos saliendo de su entierro, pidiendo a gritos que no se olvide lo que sucedió, que no se escondan ni se maquillen las llagas ni las heridas abiertas.

El Museo en este sentido, y en extensión Camboya, tiene las propiedades que distinguen a la flor de loto de otras plantas: aunque parezca sorprendente, sus semillas pueden germinar incluso después de tres siglos de hibernación y por improbable que parezca, su flor crece incluso en el lodo, donde otras no encuentran modo de enraizar. Toul Sleng es un ejemplo de cómo vengar la memoria: construir desde la destrucción; usar el hedor del pasado como abono para hacer florecer conciencias y pensamiento crítico; retomar la utilidad de la antigua escuela corrompida en prisión y volver a mostrar el camino hacia la libertad que durante tres años fue privada y perseguida en estos muros.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Hiperbóreas (Egilsstadir-Myvatn)

Egilsstadir no es una ciudad bonita pero es una ciudad práctica para visitar los fiordos. Como nuestro tiempo aquí era limitado, elegimos visitar el Seydisfjördur. Menos de 30km nos separaban de él, pero 600 metros de altitud a superar, hacían demasiado grande esa separación. Llovía un poco y el bus no salía hasta tarde, así que decidimos hacer autostop. No pasaron más de 10 minutos cuando un 4x4 paró a nuestro lado invitándonos a subir. Lo conducía un ingeniero checo de unos 40 y pelo enmarañado, al que llamaremos él y le acompañaba una checa de unos 20 con rastas, que estaba haciendo unas prácticas en una galería de arte, a la que llamaremos ella. Ambos residían en la isla y se habían conocido cuando él recogió a ella de la misma manera que hacía ahora con nosotros. Nos dejaron en el pueblecito que recibe el mismo nombre que el fiordo al que planta cara y nos despedimos.

Este pueblo es conocido por la cantidad de artistas que lo habitan y por sus casas que alegran la vista con sus vivos colores, para que la nieve en invierno no las condene a la invisibilidad. En el mismo tiempo que habíamos tardado en conseguir coche, dimos la vuelta al pueblo y sin saber muy bien qué hacer, visitamos la exposición que nos habían recomendado nuestros compañeros de viaje. En la puerta del edificio, estaban él y ella charlando con un chico con pintas de español llamado Guille. A éste, también lo había recogido nuestro conductor, mientras hacia dedo. Nos pusimos a hablar y ella, nos invitó a un café en su estudio. Es curioso lo de los nombres y los viajes; muchas veces te cruzas con gente de la que no conoces ni el nombre y sin embargo, la conversación y las palabras te permiten hacer un dibujo de su alma. En el café todos juntos trazamos un plan: Cuando ella acabara de trabajar a las 18h, iríamos todos en el coche. Ellos a otro fiordo a continuar un viaje que improvisaban sobre la marcha, y nosotros de vuelta a Egilsstadir. Y ahí estábamos los cinco, hablando y haciendo planes, sin conocer nuestros nombres, con él como nexo de unión, imbuidos del aura artística de Seydisfjördum, apoyando nuestras tazas de café sobre una mesa llena de pegotes de pintura como si de una paleta se tratara.

Como quedaba mucho tiempo hasta las 18h fuimos a visitar Tvísöngur, una construcción que había a las afueras de la ciudad, en la que la acústica hacía magia y permitía a dos personas susurrarse al oído, mirando a la pared y dándose la espalda. Al salir vimos a Guille, un madrileño que está viajando durante un mes alrededor de la isla de autostop, y recogiendo arándanos como una cabra montesa, ensimismado en su objetivo, estaba él.
Intentamos hacer autostop de nuevo para recorrer el fiordo, pero esta vez no hubo éxito y después de una hora, con el frío tocándonos los huesos, volvimos a nuestra casa de Seydisfjördum.

La exhibición de arte moderno que acogía, era sobre las Hiperbóreas, un lugar más allá del viento boreal del norte, que el poeta griego Pindar definió como idílico, donde la gente vive en completa felicidad y el sol ilumina 24h. Fotos y vídeos acompañaban a un palé  iluminado que  había sido el escenario de una performance y pedía a gritos ser usado, como banda sonora, un hombre cantaba una y otra vez repitiendo las mismas palabras acompañadas de una pegadiza melodía “Oh why do I keep hurting you” en un loop interminable,. Dimos una vuelta a la exposición y matamos el tiempo. Cuando llegó la hora, subimos al coche; viajábamos juntos sin conocer nuestros nombres, admirando el paisaje recubierto de cascadas y hablando al enfilar la bajada, sobre la superstición islandesa y sus creencias en elfos, espíritus, monstruos…y es que Egisstadir está rodeada por un lago que dicen, es habitado por un monstruo como el del Lago Ness. En el camping se separaban nuestros caminos y nos despedíamos con abrazos de nuestros amigos desconocidos.

El día siguiente empezó con lluvia una vez más. El bus abarrotado de gente de caras conocidas hacía su primera parada. Detifoss es una cascada de 44 metros que alberga el título de “cascada de mayor volumen de Europa”, cada segundo se precipitan 193 m³ de agua al vacío. Ver tal espectáculo era ver el poder de la naturaleza, su belleza mezclada con la brutalidad de la fuerza cruda.

Selfoss, sin embargo era más suave pero a lo lejos, extremadamente bella por el paisaje con el que se vestía. Tenía ese velo de irrealidad que tienen algunas obras de arte de la naturaleza. Islandia es un museo repleto de este tipo de obras.

La región de Myvatn es geológicamente rica, llena de campos de lava, pseudo cráteres, pozas de barro, fumarolas y cómo no, el característico olor a huevo podrido del azufre.

Antes de acampar, visitamos Hverir, un lugar repleto de fumarolas, con algún que otro lodo burbujeante, rodeados todos ellos por un paisaje de tonos ocres y amarillos. Nos hubiéramos quedado un poco más de no ser por la temperatura y la amenaza de lluvia. Fue montar la tienda, y empezar a llover, así que comimos y esperamos con los dedos cruzados a que parase. Afortunadamente a las 17h nos dio un respiro y pudimos visitar la zona. 

Paseamos por los campos de lava de Dimmuborgir con sus formaciones oscuras y su césped verde claro; subimos el volcán Hverfjall, un cráter casi simétrico de 2700 años de edad en el que nos visitó la golden hour. Sólo nos quedaba visitar la cueva en la que John Snow pierde la virginidad en Game of Thrones, y entonces empezó a lloviznar, regalándonos un atardecer coronado por un arco iris completo que cubría el Hverfjall. 

Mientras nos alejábamos con las bicis una familia se abrazaba feliz viendo el regalo que nos hacían la lluvia y el sol. El cielo quiso aportar algo y se tiñó de una naranja que efectivamente contagiaba felicidad y plenitud. Debíamos andar cerca de las Hiperbóreas.


“Neither by land nor by water, will you find the road to the Hyperboreans” Friedrich Nietzsche.


lunes, 15 de agosto de 2016

Sabaidee Lan Xang (Pakse-Meseta de Bolaven-Si Phan Don)

En Pakse chispea a las 7h. Cuando llegamos al centro (la Road 13) un francés se ofrece a ayudarnos. Le enseñamos el nombre del hostal que teníamos mirado y nos indica que estamos cerca. En la guest house nos atienden pronto, pero nos ofrecen una habitación diferente a la que previamente nos enseñan. Es bastante barata, por lo que acabamos quedándonos.

La ciudad es fácil de ver: está la carretera principal, a la que flanquean los restaurantes, las tiendas de alquiler de motos y las oficinas turísticas con los buses que parten a Camboya, Vietnam o hacia el norte; y hay dos templos: uno en reformas y el otro, rodeado de una especie de cementerio, con pequeños altares de diferentes colores.

Volviendo de la mini-ruta, nos acercamos al francés que nos ayudó al llegar, pues tiene una tienda de alquiler de motos junto con su mujer, que es laosiana. El día posterior queremos visitar la Meseta de Bolaven, una zona conocida por sus cascadas y su café (que dicen que es de los mejores del mundo), y la mejor forma de hacerlo y en un día es alquilando una moto; así que preguntamos precios. El resto del día estuvimos planificando los días siguientes y descansando. Parece que nuestra hospedadora hizo lo contrario esa noche, pues cuando fuimos a pedirle que nos cambiase de habitación (a la mañana siguiente) porque había cucarachas en el baño, nos recibió borracha y molesta por haberle hecho madrugar. Enseguida se acercó el marido para explicarnos sonriendo que habían venido unas amigas suyas de la capital y seguía un poco ebria. Por el mismo precio, la nueva habitación estaba mucho más apañada. Dejamos las cosas y salimos a por la moto.

El trayecto era sencillo, pues a las cuatro cataratas a las que podíamos acceder en un día se llega subiendo la carretera 13 desde Pakse, dirección a Paksong. Subiendo hacia la primera (Tad Pasuam) pudimos reconocer una de las principales factorías de café, a nuestra derecha, por el fuerte olor a café tostado con el que inundaba todo el aire respirable. 

Lo que más llamaba la atención de Tad Pasuam fue el camino hacia la cascada, pues por lo demás, no era nada destacable teniendo el recuerdo de la Tad Kuang Si. Junto a la casaca, un pueblo étnico sobrevive utilizando sus antiguas costumbres. Quizás porque era la hora del trabajo de campo, la mayoría de sus habitantes estaban desaparecidos en ese momento.

La Tad Yuang, por el contrario, con un salto de agua de 40 metros, sí que podía rivalizar con su compañera de Luang Prabang. El día había salido nublado pero no llegó a llover; ahora, acercarse a la base de la Tad Yuang, aun con chubasquero puesto, fue exponernos a la lluvia retenida por las nubes, pues la fuerza con que estampa el agua contra las rocas, propicia el cabreo y la rebelión de una parte considerable de agua que se niega a dejar el aire atrás.

No corrimos la misma suerte con las cataratas Tad Fan (que dicen que son las más espectaculares); la niebla cubría por completo el mirador a las dos cascadas que saltan 120 metros confluyendo abajo y sólo por momentos, un leve soplo de viento dejaba intuir la caída que no cesaba de sonar. Estuvimos media hora esperando pacientemente a que la niebla cediese, pero no fue posible; tuvimos que contentarnos con distinguir el blanco de las dos ramificaciones destacando sobre la niebla; sólo durante un minuto pudimos ver el verde selvático que las acompaña en la parte superior.

Siguiendo las indicaciones de la mujer del francés, dejamos las motos en el parking y andamos los 3 km que separan la Tad Fan de la Tad Champi, pues el camino es embarrado y nuestro control de la moto limitado. La Tad Champi es una versión mejorada de la Tad Pasuam, pero decidimos no disfrutar del merecido baño al comprobar cómo una sanguijuela había elegido un extranjero como huésped.

Volviendo hacia Pakse, tras inmortalizarnos en la moto con el disparador automático y despidiéndonos de ella, quiso que nos acordásemos de sus antepasados pinchando una rueda, a 9 km de la ciudad. Menos mal que encontramos pronto un taller entre los negocios que acompañaban a la carretera. Por 25000 kips la tuvimos reparada en menos de 10 minutos. Felices de nuestra fortuna, sentados ya en el restaurante, disfrutamos de una buena cena rematada con su café local.

Llegamos a Don Det a la mañana siguiente, una de las islas del archipiélago de Si Phan Don, también conocido como las “4000 islas” en el que sería nuestro último día completo en tierra laosiana; y como bienvenida, recién llegados, un perro decidió ponerse a marcar territorio en la mochila de mano que descansaba en el suelo mientras nos situábamos en el mapa para encontrar nuestro hostel.

La parte más visitada del archipiélago, y la habitada, comprende tres islas: Don Khong, Don Det y Don Khone. Disponíamos de un día, por lo que decidimos visitar más profundamente las dos últimas con una bici de alquiler. En Don Det (donde nos alojábamos) no había nada especial a parte de vistas y paisajes: extensas llanuras de arrozales encharcados, coronados por libélulas que planeaban sobre casitas de madera tipo bungalows.

Don Khone es la que atrae mayor número de visitas, entre otras cosas, gracias a sus cataratas Somphamit; una inundación continua, más que un salto de agua. Estando frente a ellas, con su color arcilloso, uno parece estar más frente a un cuadro en movimiento de tormentas y naufragios que frente a un paisaje real. Tenían algo de fantástico, que empezó a conectar con la realidad, a borbotones como el agua, cuando un grupo de chinos empezó a hacerse hueco para conseguir una foto de grupo.


Seguimos paseando, saboreando la parte isleña de Laos, la de los campesinos que siguen utilizando búfalos de agua para los arrozales, la de las mujeres recogiendo el arroz, la de los caminos de tierra y la de los niños que saludan contentos (Sabaidee!) al ver pasar a alguien. Acabamos diciendo adiós en una hamaca, meciéndonos frente al Mekong, viendo nuestro último atardecer en la antigua Lan Xang (la tierra del millón de elefantes).

domingo, 14 de agosto de 2016

Páginas en blanco de historia congeladas (Skaftafell-Höfn)

Después del monzón ártico que nos cayó en Vík, nuevos vientos soplaban alejando las nubes negras y permitiendo al sol saludarnos. Llegamos a Skaftafell por la tarde y tras plantar la tienda nos fuimos a inspeccionar la zona.

Skaftafell forma parte del parque nacional Vatnajökull, el parque nacional más grande de Islandia y el que alberga al glaciar más grande de Europa. Con todo tan grande lo que se espera es espectacularidad y no decepciona.
Nos acercamos en primer lugar a una de las lenguas del glaciar: Skaftafellsjökull.
Una extensión helada se alzaba ante nosotros como si fuera un tobogán enorme que acababa en una laguna. Los colores blancos y azules se entremezclaban con los negros de la ceniza de erupciones volcánicas. Mirando cara a cara a la gigantesca lengua, se notaba el aliento frío del glaciar.

En segundo lugar, visitamos Svartifoss: una cascada famosa por sus columnas basálticas negras. En Islandia, como en todas las islas volcánicas, las desgracias vienen acompañadas de nuevas oportunidades y las erupciones volcánicas han dado muchas maravillas que atraen a miles de turistas.

Al día siguiente hicimos una nueva excursión pero esta vez optamos por la visión de pájaro y subimos la montaña para deleitarnos con unas vistas inolvidables. Las panorámicas de la región eran de un paisaje lunar que no parecía retroceder ante la idea de entrar en contacto con las lenguas de Skaftafellsjökull y Svínafellsjökull. Nos quedamos un rato embobados mirando a la inmensidad helada antes de volver al camping para recogerlo todo y prepararnos para Jökulsárlón.

A menos de una hora de Skaftafell, se haya este lago glaciar que sólo tiene 80 años de edad pero ya tiene más de 200 metros de profundidad. Apareció del deshielo de una de las lenguas del Vatnajökull, el Breidamerkurjökull de nombre impronunciable, sigue haciendo el lago más grande con el paso del tiempo y aporta restos de sí mismo en forma de icebergs.

Todas las guías hablan de este lago que da al mar e incluyen fotos, pero nadie está preparado para su belleza. Cuando llegamos la temperatura parecía haber congelado el tiempo, y los icebergs de todos los tonos azul claro y blanco que uno pueda imaginar, se fundían con un cielo despejado que se empeñaba en salir en las fotografías por todos lados.

Ante nosotros y al alcance de la mano, yacían flotando pedazos de historia milenaria que no eran más que páginas en blanco congeladas y a la deriva, que habían visto tanto y no decían nada; tan solo esperaban que el paso del tiempo las llevara al mar para salir de su monotonía.


El bus paraba una hora escasamente en esta laguna helada y para nosotros el tiempo parecía ir más deprisa de lo normal. Aún así, tuvimos tiempo de admirar los icebergs que habían conseguido huir de la laguna y tomaban el sol en la playa, así como a una foca que jugaba al escondite con nosotros y sacaba y metía la cabeza para ver si la habíamos visto bañarse.
Dejamos atrás con tristeza Jökulsárlón, deseando haber alargado el tiempo un poco más y nos dirigimos a Höfn para pasar la noche y el día siguiente.

Esta ciudad pesquera es a ojos de cualquier europeo un pueblecito, eso sí, con mucho encanto por sus vistas al glaciar. El tiempo que hemos estado aquí ha sido un oasis de tranquilidad; una calma absoluta lo inundaba todo: la temperatura agradable, el silencio del viento, el impasible sol que lucía espléndido y el cielo, que de nuevo se empeñaba por salir en las fotos por partida doble.


sábado, 13 de agosto de 2016

La sonrisa escrita (Vientiane-Kong Lor-Tha Khaek)

El siguiente destino era Kong Lor; lugar al que había que llegar haciendo escala en Vientiane, actual capital de Laos. Cogimos un sleeping bus para matar el trayecto de diez horas que empezó prometiendo marcha: luces supersónicas de estilo prostíbulo, una mujer que se encerró en el baño 30 minutos ignorando los porrazos del encargado y un niño que entró obligado por su padre con el lloro al borde de la arcada. Afortunadamente, todo acabó calmándose.

Al amanecer, ya en la gran ciudad, teníamos que desplazarnos de nuevo a otra estación de buses, pues en Laos casi todas las ciudades tienen dos estaciones (como mínimo); una para las salidas hacia el norte y sus llegadas, y otra al sur con el mismo cometido pero dirigido, obviamente, al sur. Allí, tras tres horas de espera, cogimos el bus a Kong Lor.

Al hacer el trayecto por el día pudimos contemplar los verdes paisajes, que no cesan en este país; y casi a la llegada, los baches, que hacían tambalear al bus, propiciaban las expresivas risas de los nativos. La carretera se iba adentrando entre dos cordilleras hasta que consiguió enrocarnos, y los pueblos-aldea que iban pasando eran cada vez más básicos, más “Libro de la selva”. Y así nos sentíamos al llegar.

Habíamos leído que una de las experiencias más chulas de esta zona es alojarse en una homestay o casa de locales para poder vivir más de cerca el país. Así que cuando nos apeamos tras casi 20 horas de viajes en bus, desubicados por no saber cómo encontraríamos casa, empezamos a andar por el pueblo, preguntando en el inglés más gesticular y primigenio posible: “Homestay?”; los lugareños señalaban con sus dedos el camino; “Mowglis” sin taparrabos correteaban por los senderos embarrados; gallos y gallinas corrían a esconderse al paso de cualquiera, cruzando espantados; y mientras tanto, la tormenta acechaba.

Al fin nuestros pasos toparon con la mirada de un abuelito sonriente que desde su puesto de vigía nos hacía señas para subir. Si el conductor de Mae Salong entendía poco, este no entendía nada; eso sí, asentía y se reía continuamente; con lo que acabamos entrando en su juego y sonreíamos también.

A los diez minutos nos trajo un cesto con cuatro pulseras blancas; se sentó frente a nosotros y empezó una especie de ritual, que más tarde averiguaríamos que se llama bąasǐi. La ceremonia se hace para atar a los espíritus guardianes a las muñecas de los invitados; su nombre es traducido como “llamada del alma” y suele celebrarse para desear salud y un viaje seguro. Nuestro anfitrión empezó a recitar una oración mientras acariciaba nuestras muñecas con las pulseras y cuando nos las ató, abrió el cesto, que contenía kòw něeo (un arroz especialmente apelotonado para ser comido con la mano) esperando que empezásemos a comer. El abuelito nos miraba y sonreía.

La noche ya era cerrada a las 19:30h y el hombre nos hizo señas de que se iba a descansar; con la poca luz que había en el pueblo tampoco había muchas más posibilidades, así que nos unimos. A las 22h empezó a llover torrencialmente hasta las 6h; tanto, que daba la sensación de que la ducha de lluvia que parece exagerada en las películas, era completamente real y por lo que oíamos, ocurría en ese momento. Nada hacía sospechar que la mañana siguiente haría bueno y estaría despejado, pero así fue.

A las 6:30h nuestros cuerpos ya estaban descansados, desayunando y una hora después salíamos a visitar Tham Kong Lo, una cueva de 7km traspasada por un río por el que puede cruzarse a la otra parte de la montaña.

El verde de los campos, luminoso e inmaculado tras la limpieza a fondo nocturna, nos daba la bienvenida con su refrescante olor a recién regado; su color alfombraba la cordillera de montañas, una de las cuales, exhibicionista, deja sus entrañas a la vista de quien quiera cruzarla.

Llegamos tan pronto, que íbamos guiados por el camino a la entrada de la cueva por los barqueros que empezaban su jornada; laosianos que conocen a la perfección cada recoveco del ojo de la aguja que enhebran de turistas, día a día, con sus barcas.

Nos adentramos con una italiana que viajaba sola y con la que volveríamos a coincidir en Pakse; las linternas iluminaban las paredes de la garganta, abierta incansablemente en un “aaah” cuya voz era la corriente del río. La cueva escondía las agallas, pudorosa, con su oscuridad, y sólo las luces podían explorar las dimensiones de catedral subterránea de las que podía presumir.

A la ida, la barcaza paró en un islote para apearnos a descubrir en tierra firme los órganos creados con caliza y tesón. Columnas de estalactitas y estalagmitas construidas gota a gota; un paisaje sobrecargado de gotelé en el techo; velas y cirios ya desgastados y petrificados como exposición.

La vuelta fue más movida; quizás porque al barquero le costó más readaptarse a la oscuridad tras salir a la luz exterior, quizás porque la corriente del río iba ahora a nuestro favor y la velocidad de la barca era mayor; el caso es que hubo un momento en que tras chocarnos con una de las paredes, nos acercábamos peligrosa y rápidamente al hueco que había entre un tronco clavado verticalmente con la pared derecha; había calculado mal la ruta y nos preparó con un “oh oooh…” para lo peor. Afortunadamente, como en las películas de acción cuando un coche utiliza sus dos ruedas laterales para salvar el obstáculo, la barca se ladeó lo suficiente como para pasar sin volcar y sin tirarnos. Los cuatro empezamos a reír mientras reencontraba la ruta y sólo quedó por pagar el precio del chaparrón que producía pasar por debajo de las venas abiertas de ríos subterráneos y acuíferos que vierten su lluvia vertical sobre el río de la cueva.

Una vez en tierra exterior, en la orilla opuesta a la salida, solo quedaba remar; pero en algún momento el barquero había perdido su remo. Su primer intento de remedio fue probar utilizando sus dos chanclas, lo cual, por supuesto, no tuvo éxito; la segunda fue probar un pedazo de bambú seco que partió para la ocasión y que se rompió a la primera remada, desatando la risa del barquero; al tercer intento, justo a tiempo para que no probase con un palo, un compañero le prestó su remo. Se despidió de nosotros riendo y rehicimos el camino a la homestay para despedirnos del abuelito antes de salir empalmando tuk-tuks hasta Tha Khaek desde donde salían los buses a Pakse.


En Tha Khaek teníamos cinco horas de espera para poder coger el sleeping bus a Pakse y evitarnos aparecer allí a las 3 de la mañana. Para que no fuese interminable decidimos acercarnos al pueblo a cenar algo, aunque la guía marcase que estaba a 3km, pues normalmente, de camino, siempre hay algún puestecito de comida callejera. Pero en esta ciudad no cayó esa breva. Empezaba a anochecer y estábamos en una carretera rodeada de garajes para camiones y perros ladrando. Tras tres cuartos de hora con las mochilas a cuestas, apareció un restaurante de paso; no esperamos ni a comprobar el menú. Absolutamente nadie hablaba un mínimo de inglés, así que volvimos a los gestos. Nos enseñaron un cesto de kòw něeo, asentimos; nos señalaron un plato de verduras en una imagen de google desde el móvil, tenía buena pinta, volvimos a asentir; y para beber, una Beerlao, que eso se entiende.

La comida estaba buenísima (especialmente las verduras), pero estaba tan repleta de guindillas que parecía un plato de guindillas con verduras en salsa de soja. Al acabar les preguntamos si podían llamarnos a un tuk-tuk porque ya era noche cerrada y el camino por carretera estaba inundado de camiones. Menos mal que algunos gestos son universales… Eso sí, la mujer seguía hablando en laosiano como si le entendiésemos y ella sonreía, toda feliz.

Una vez en el tuk-tuk, a punto de dejar atrás Tha Khaek, descubrimos cómo usar las luces de posición cuando tu moto no dispone de ellas: pide a un compañero que suba y que aguante la linterna por ti.

Y es que a veces nos complicamos mucho. Viajando uno entiende que para comunicarse sólo son necesarias cuatro cosas. Las tres primeras se aprenden y son universales aunque cambie el envoltorio: se aprende a saludar, a despedirse y a dar las gracias. La cuarta es lo que quizás trataba de atarnos nuestro anfitrión la primera noche; se lleva escrita en el alma y es la sonrisa, que aquí de eso son ricos.