miércoles, 10 de agosto de 2016

Las huellas de Buda (Chiang Khong-Huay Xai-Río Mekong-Luang Prabang)

Con sólo el Mekong como frontera para acceder a Laos, madrugamos con el propósito de pasar cuanto antes los controles fronterizos, pues el slow boat desde Huay Xai (Laos) sale a las 11:30h. La culturista del restaurante nos había dicho que la oficina de inmigración tailandesa estaba cerca, y eso decía la guía. Nos pusimos los chubasqueros y las mochilas y empezamos a andar con la lluvia de incordio. 20 minutos más tarde nos decían en la oficina de inmigración que el nuevo puesto fronterizo se encontraba a 10 km en la dirección opuesta. Al segundo, un tuk-tukero se ofrecía a llevarnos por 200 bahts cada uno. Nos negamos en rotundo y cuando girábamos sobre nuestros pasos, aceptó los 50 por persona que le proponíamos.

Una vez en la nueva frontera, instalada tras la construcción de un “puente de la amistad”, uno de los funcionarios (primer paso para salir de Tailandia) se ofrecía a cambiarnos 2800 bahts por 70 dólares para pagar el visado, diciendo que en bahts nos pedirían 3000. Como a menudo, en los viajes has de tomar decisiones sin barajar la información completa. ¿Fiarse de que dice la verdad o saldremos perdiendo? Y en estos momentos debes decidir, pues los datos de la guía son limitados. Esta vez preferimos no aceptar el cambio. Con un pie fuera de Tailandia y en tierra de nadie hasta cruzar Laos, otra funcionaria nos hizo una nueva oferta que creíamos mejor: nos cambiaba 2340 bahts por 60 dólares, pues según decía, el visado era 30 cada uno.

Llegados al paso con Laos, el visado resultó ser 70 los dos y el tipo de cambio peor que el que nos proponían; resumen: hubiéramos salido ganado con el primero. Es lo que hay…

10h de la mañana. Estamos a unos cuantos kilómetros del muelle del que parten los slow boats pero el tuk-tuk nos pide 150000 kips a cada uno (unos 17 euros) por salir ya; eso o esperar a que se llene y pagar sólo 20000 cada uno (unos 2 euros). ¿Perder dinero y asegurarse llegar al bote o arriesgarse y esperar? Esta vez decidimos arriesgar. Pasaban muchísimos mochileros, pero todos tenían contratado el “bus turístic laosiano” que les llevaba directos al muelle. ¿Nos habíamos equivocado de decisión? Y en el último momento, 11h de la mañana, a punto de claudicar, aparecieron tres jóvenes que viajaban de forma independiente y querían coger el mismo barco.

A cinco minutos de que zarpase el slow boat, conseguimos comprar los billetes, dos bocatas y una Beerlao para el trayecto, que nos llevaría durante seis horas por el río Mekong, entre Laos y Tailandia hasta Pak Beng, camino de Luang Prabang.

Estábamos en el barco, sí, que era lo importante, pero llegados a la escala nos dijimos que a la mañana siguiente debíamos madrugar para conseguir mejores lugares desde los que poder disfrutar de las vistas y de las ocho horas que quedarían de navegación; pero por lo visto, 30 minutos antes no eran suficiente, pues el barco estaba ya casi lleno el día de después. Por suerte conseguimos dos lugares aceptables.

Las siguientes horas entre los turistas: libros de lectura para la espera y cabezas buscando el viento que regala la navegación. En el paisaje: troncos altísimos e irregulares, con bruma en sus copas; bosque frondoso, lleno de verdes oscuros, fosforescentes y hasta amarillos; árboles que no crecen paralelos sino casi en abanico, disputándose una vista privilegiada a la serpiente embarrada; ramas que crecen hacia abajo a modo sauce llorón y a ratos, calvos de la carne arcillosa de la tierra; bosque virgen. Cada cierto tiempo, una cabaña, una canoa. Hasta que el caudal empezó a ensancharse y llegamos a la antigua capital de Laos. Allí cenamos con vistas a la puesta de sol desde el río que nos había servido de carretera durante dos días. Al día siguiente el despertador sonaría a las 4:50h; era hora de descansar.

A las 5:30h, minutos antes de amanecer, las calles cercanas a los templos se llenan de un río muy diferente; filas de color anaranjado fosforescente: son los monjes, que en silencio hacen su procesión recopilando en sus cestas las ofrendas de los fieles; los cuales les esperan dispuestos en la calle con un cesto del que van sacando su limosna a repartir entre la hilera de monjes descalzos que pasan delante de ellos. “Tak Bat” es el nombre de esta ceremonia diaria, que va perdiendo su belleza con el inapropiado comportamiento de algunos turistas que acercan los objetivos de sus cámaras a la cara de los monjes, cegándolos con sus flashes. La calle desde que lo contemplamos estaba serena, por suerte; sólo paseando más allá podía verse este tipo de conducta.

Aprovechando la hora, nos acercamos al mercado matutino, desde el que no sólo se venden frutas, verduras y especies, sino también ranas, larvas de gusano, ratas asadas y jaulas de pájaros que utilizan en las ofrendas.


Tras una breve pausa en el hostal haciendo tiempo a que los templos abriesen, subimos al monte Phu Si, punto más alto desde donde se puede contemplar toda la ciudad.

Luang Prabang aún conserva reminiscencias de su pasado colonial francés; una de las más celebradas, además de la arquitectura, es la existencia de pan y bocadillos por las calles. Los templos también son diferentes con respecto a los tailandeses: son más sencillos en su decoración y más auténticos, pues muchos no están restaurados.

Bajando hacia los templos del sur, que no parecían tener nada de especial, fuimos atraídos por un cántico; y entrando en el Wat Aham nos encontramos con un grupo de monjes rezando al unísono sus oraciones. Nos sentamos detrás de ellos para que nuestras mentes se dejasen llevar por sus melodías. Saliendo renovados, acabamos el día paseando por el mercado nocturno.

A las 7:30 de la mañana del día siguiente, estábamos esperando un tuk tuk que habíamos negociado el día anterior por 40000 kips cada uno, para llevarnos a las cataratas Kuang Si. Cuando llegó, la oferta seguía en pie a pesar de nuestras dudas, pero insistía en ponerse el dedo en la boca indicándonos que era un secreto entre nosotros, pues a los siguientes que viniesen les pediría un precio mayor.

La parte positiva de madrugar es que te adelantas a los grandes grupos de turistas. Al entrar en el parque, nos recibía un centro de rescate de osos tibetanos que son confiscados a cazadores furtivos para mantenerlos allí en cautiverio a salvo de depredadores bípedos. Llegamos a la hora en que les dan de comer, por lo que parecían dar la bienvenida mostrando sus habilidades para encontrar la comida donde se la habían escondido.

Las Tat Kuang Si, unas cataratas de 50 metros de altura, recuerdan a uno la espectacularidad de la naturaleza y la pequeñez del hombre. Pudimos disfrutar de los interminables saltos casi en solitario y las ascendimos y descendimos rodeándolas, comprobando la fuerza del agua que, en estación de lluvias, inunda los caminos para acceder a lo más alto.

Una escalera para llegar era invadida por un torrente que escapaba al caudal central. Pasar por allí notando la fuerza sumativa de las libertades de lo que fueron gotas separadas, no sólo era refrescante sino un aliento natural a seguir subiendo sin saber si podríamos colonizar la cima. Cuando nuestro sudor ya era parte del río que saltaba al vacío desde arriba, descendimos por una cuesta embarrada para comprobar como los que ahora habían colonizado la base, eran los otros turistas.

Nos quedaban unas horas en la ciudad y Shu, el recepcionista del hostal, se ofreció a llevarme en moto hasta la estación, mientras Violeta esperaba, para comprar los billetes del sleeping bus que salía a las 20:30. Gracias a eso, el resto del tiempo pudimos aprovecharlo para ver lo último que nos quedaba de la ciudad: la “huella” de Buda, una huella en la roca del tamaño de una persona tumbada.

Pero la verdadera huella está en la entrada, con los monjes que esperan la llegada del turista para poder conversar y practicar su inglés. Estuvimos charrando con ellos un rato, con vistas al Mekong y descubriendo que quizás no haya tantas cosas que nos unen, pero seguro que son más profundas e importantes que las que nos separan: el deseo de aprender, de conectar, de viajar… en definitiva, de salir de uno mismo y descubrir lo que espera fuera.

lunes, 8 de agosto de 2016

Donde viven los monstruos (Geysir-Landmannalaugar)


Los monstruos deben vivir bajo condiciones infrahumanas.

Nuestro día en bici comenzaba tras disfrutar como niños en un hinchable gigante que había en el camping. La etapa no era muy larga y al principio todo iba sobre ruedas: La carretera era relativamente plana, el sol no pegaba fuerte y las nubes amenazantes se mantenían lejanas. 

De camino vimos una catarata que era sobrevolada por el drone de un ruso que lo manejaba feliz a través de su móvil, al rato un bus apareció y descargó un rebaño de turistas, era hora de volver al pedaleo y mientras nos alejábamos el drone nos despedía sobrevolando nuestras bicis.

Cuando paramos a almorzar las nubes amenazantes habían comenzado a alargar sus brazos para llegar a tocar el suelo y el frío era agotador, así que volvimos una vez más a las bicis. Cuando parecía que no podía hacer más frío, llegó la lluvia subiendo la temperatura del ambiente pero mojando el terreno y a nosotros. La lluvia nos acompañó unos 10km y como para hacernos la puñeta se hizo más violenta al rato de empezar. Una vez llegados a nuestro destino, empapados como sopas, se dio por vencida y se fue a otro lugar.


Lo monstruos deben vivir en un lugar donde todo falla.

El día siguiente amaneció soleado. Nos esperaban únicamente 23km a Selfoss y un bus a Landmannalaugar, esta región de las Tierras Altas de Islandia es conocida por sus termas y por su paisaje, ya que la lava al solidificarse vistió las montañas de diversos colores acaramelados.

En Selfoss abandonamos las bicis en un camping fiándonos de la seguridad islandesa y nos tiramos en los asientos del bus a ver pasar el paisaje sin tener que sudar. Todo iba bien mientras íbamos por la carretera asfaltada, pero al cambiar el bus de rumbo y adentrarse en un camino lleno de baches y tierra volcánica, la situación fue cambiando poco a poco.

Pasamos al lado del volcán Hekla, el paisaje era desolador, podría estar habitado por monstruos, pero cambió radicalmente cuando el negro se convirtió en verde ocupándolo todo. En este paisaje mucho más acogedor, las cosas empezaron a fallar; como una premonición, el bus paró al lado de un 4x4 que había muerto ahogado tras superar un río. Los pasajeros intentaban reanimarlo sin saber muy bien qué hacer. Uno de ellos alzaba los brazos en señal de victoria. A partir de aquí, en cada cuesta medianamente empinada el bus se calaba. Cómo no, el camino fue colonizado por cuestas y ríos que superar, riéndose de nosotros. 
Llegamos a nuestro destino tras varios fallos del motor y caras de circunstancia de la gente, una hora más tarde. Nos encontrábamos rodeados de las peculiares "montañas-caramelo", y la explanada estaba okupada por decenas de tiendas de campaña en lo que parecía un  festival de música. Para reforzar esta visión, tal cual bajábamos del bus, nos dirigíamos todos en fila a pagar y conseguir nuestra ¡pulsera!.

Cuando comenzamos a montar, la maldición del lugar cayó sobre nosotros y las piquetas no se clavaban en el suelo ni golpeándolas. No sólo no se clavaban sino que se doblaban. El palo del avance, decidió que 3 ó 4 días de vida eran suficientes y se partió. La situación era desesperante, así que hicimos lo que pudimos y nos fuimos a dar una vuelta por la zona.

En nuestra excursión, el paisaje nos hizo olvidar todas las desdichas y disfrutamos de un prado verde y una zona con fuerte olor a azufre y nubes de vapor que cubrían todo en una niebla que surgía de las profundidades de la tierra. Ciertamente el lugar podría estar habitado por monstruos. Al volver de la excursión, cenamos nuestra sopa del día y nos resguardamos del frío en nuestros sacos.


Los monstruos deben vivir en un lugar perdido e inhabitable.


Antes de abandonar Landmannalaugar, quisimos hacer una excursión más y mapa en mano nos pusimos en camino. Llevábamos una hora caminando, sin rastro del sendero pero rodeados de las dulces montañas, sólo estábamos nosotros y el viento comenzó a rugir violentamente, enfriando nuestros cuerpos, chillándonos en las orejas. Nadie duda que en este desierto ártico pueden vivir los monstruos. Dimos media vuelta y una guía a caballo nos corroboró lo que ya sabíamos: Nos habíamos perdido. 

Volvimos al camping y tomamos, esta vez sí, el camino correcto. Disfrutamos de unas panorámicas de la región, realmente espectaculares y nos despedimos de Landmannalaugar viendo al viento jugar entre las montañas, la hierba, o la lana de las ovejas.

El bus abandonaba el lugar, superando esta vez sin problema, cada bache, cada cuesta, cada río. Abandonábamos los paisajes acogedores y los desoladores donde podían vivir los monstruos.

Dice una encuesta que el 60% de los islandeses cree en los seres ocultos; esos que habitan las regiones inhabitadas y se esconden por miedo a los humanos: Trolls, elfos… Si existen realmente o no, quizás no lo sepamos nunca. Lo que sí está claro es donde viven los monstruos. Los monstruos no viven bajo condiciones infrahumanas, ni donde todo falla, ni en un lugar perdido e inhabitable. No viven en ninguno de estos lugares pero viven en todos ellos. 
Los monstruos viven en nosotros y sólo nosotros los podemos hacer visibles.



domingo, 7 de agosto de 2016

Bajo el sol de medianoche (Reykjavík-Geysir)


Son las 23h en Islandia y quién lo diría, el sol empieza a esconderse pero aún no se atreve a hacerlo, tiene frío. Estamos en el bar del camping y el ruido de gente nos envuelve como lo haría en medio de la ciudad; a duras penas hemos conseguido mesa, y sin embargo, nos encontramos en medio de la montaña entre Geysir y Gulfoss. Parece que los islandeses de la zona tienen aquí su pub particular.

Vinimos a esta isla hace ya cuatro días vía Düsseldorf sobre esta misma hora. Habíamos pasado por encima de glaciares de nubes que ni el sol de medianoche se decidía a descongelar, excepto por una isla que irónicamente unos vikingos bautizaron como Iceland. La isla desde lo alto era como una colonia de liquen en la que los colores verdes de diferentes tonalidades se mezclaban con marrones en una amalgama muy extraña que parecía irreal.

Las dos primeras noches dormimos en el “Galaxy Pod Hostel”, un Hostel con toques futuristas, que en lugar de literas tenía cabinas espaciales individuales para transportarte hasta la luna.
Algo curioso de Islandia, que choca con nuestra cultura, es su seguridad. Este es el país más seguro del mundo y aunque dejes la mochila en medio de un parque y te vayas a dar una vuelta, ahí seguirá tu mochila. Para este viaje con bicis es por descontado una gran ventaja. Acostumbrados a España es raro no tener que desconfiar de que te roben algo por dejarlo inatendido o dejar comida en una nevera común y que no desaparezca sin dejar rastro.


El segundo día lo dedicamos a preparar el viaje y dar un paseo por Reykjavík, un pueblecito vestido de capital. Tras el paseo nos convertimos en mecánicos para poner nuestras bicis a punto.

La primera etapa comenzaba con el caos de salida de la capital, rodeados por un tráfico infernal. Parecía mentira que una ciudad tan pequeña tuviera tanto tráfico. No es que aquí se reproduzcan los coches pero si la isla tiene una población d 360.000 habitantes, acoge al año la friolera de 1.000.000 de turistas y no todos deciden ir en bici. La etapa tenía como destino el Parque nacional de Þingvellir que tiene, por un lado los restos del primer parlamento democrático del mundo y por otro, la separación de las placas tectónicas Europa y Ámerica del Norte. Llevábamos en la bici unas 4 horas y pico y no sé si por el cansancio, el frío o el despiste, pasamos de largo el AlÞing (Parlamento) y vimos de casualidad lo segundo, sin saber qué era lo que veíamos.

La segunda etapa en bici ha sido más completa y hemos tenido como compañeros de viaje paisajes espectaculares que hacían más llevadero el esfuerzo.

La primera parada estaba a 60km de Pingvellir, en Geysir. Una zona con alta concentración geotermal, que alberga al famoso Geysir, el geiser primigénio que da nombre a todos los demás. Su fama sin embargo ha decaído y la gente visita en su lugar al fiable Strokkur cuya puntualidad y buen hacer (5-10 minutos entre una erupción y otra), ha conseguido que los turistas den la espalda al genuino.
La llegada al camping la hemos hecho acompañados de una lluvia que se empeñaba sin muchas ganas en mojar el suelo que recorrían nuestras cansadas bicis.


Para rematar el día, nos hemos acercado a las cataratas de Gullfoss que imponentes, escupían agua a borbotones a 32 metros de altura acicalándose con un arco iris como diadema. Son las 24h, al fin ha caído el sol de medianoche, pero en este camping en medio de la montaña, los islandeses se niegan a ponerse el pijama y pretenden empalmar con el sol, aunque no sea muy complicado teniendo en cuenta que a las 3h vuelve a ser de día.

Entre el cielo y el infierno (Chiang Rai-Chiang Khong)

El noveno día amanecíamos en Chiang Rai en lo que era el mejor alojamiento hasta la fecha: un hotel con precio de hostal, cortesía de llevar un solo año en funcionamiento. Madrugamos, como de costumbre, para llegar a Mae Salong, un pueblo a unos 70 km, conocido principalmente por dos motivos: uno histórico y el otro comercial.

Esta localidad cerca de la frontera con Myanmar y Laos dio refugio al KMT cuando huía de los comunistas chinos, y fue además la zona que llegó a controlar el comercio del opio mundial; hoy recibe su fama por los tés.

La primera escala para llegar en transporte local era Ban Pasang y de allí coger un sŏrng·tăa·ou (una furgoneta tipo pick-up con dos banquetas en la parte de atrás para pasajeros; es decir, un taxi compartido) a 60 bahts por persona si se llenaba; el problema era que sólo estábamos nosotros y para pagar el precio mencionado debíamos esperar que viniese más gente. Avistamos restaurante y llenamos la espera con nuestro desayuno favorito: pad thai.

A mitad plato apareció una italiana que viajaba sola; las perspectivas de que fuéramos más no eran prometedoras… Cuando acabamos de comer, el conductor se acercó y nos hizo contraoferta: pagábamos cada uno 150 (4 euros) y salíamos ya. Eran las 11h y no parecía que fuese a venir nadie más, así que aceptamos.

A los diez minutos el sŏrng·tăa·ou subía por carreteras empinadísimas y llenas de curvas que superaba contra todo pronóstico, acercándonos a las alturas, bordeadas por las serpentinas plantaciones de té que se disponen como setos recortados en forma de dragones paralelos que entran y salen de la colina al mismo tiempo.

El único lugar que visitar es un templo al que se accede subiendo 718 peldaños, superados los cuales pudimos comprobar con las caras saladas que estaba en reformas, cubierto de andamios.

El principal atractivo de Mae Salong aparte de su influencia china (visible en los templos, en los farolillos rojos colgados de los techos, en los carteles, incluso en la gente) es el paisaje de montaña y su olor a naturaleza, a aire limpio; bueno, eso y el té, que degustamos sentados tranquilamente antes de volver, pues amenazaba con llover. 

En Ban Pasang, justo antes de bajarnos de nuevo, queríamos hacernos una foto con el conductor; un hombre entrañable que no hablaba ni entendía inglés con el que nos comunicábamos por gestos y en el que se notaba la ascendencia norteña en su color más oscuro de piel; pero subió un nuevo cliente y tuvo que partir. 

Chiang Rai se encuentra a 13 km entre el cielo y el infierno; y es que dos de los must-see  antagónicos son el Wat Rong Khun y el Baan Dum Museum, que distan 13 km de la ciudad, uno por el sur y otro por el norte. Ya era tarde para el horario tailandés, así que decidimos visitar únicamente el Baan Dum Museum que nos pillaba de paso. Se trata de un museo-recinto al aire libre con casas que siguen la estructura de un wat, pero decoradas con motivos satánicos: huesos y esqueletos de animales, habitaciones con sillas hechas de cuernos y pieles, dispuestas alrededor de un cocodrilo disecado… todo muy dantesco. Es una pena que no pudiésemos haberlo disfrutado más, pues llegamos a diez minutos de que cerrasen.

Ya en Chiang Rai, cosas que pasan en los viajes, nos encontramos en la estación de buses con el conductor que nos había dejado en Ban Pasang; como no sabía inglés y para manifestar que nos había reconocido nos señaló riendo y dijo “¡Mae Salong!”. Contentos y riendo con él por el reencuentro, pudimos por fin hacernos la foto.

Acabamos el día con una deliciosa cena callejera con vistas privilegiadas a la Clock tower.

A la mañana siguiente, antes de salir hacia Chiang Khong (puerta de entrada a Laos) teníamos que visitar el Wat Rong Khun o Templo Banco; un templo que comenzó en 1997 y sigue en construcción, hecho casi por completo con cal y espejos blancos para que reluzcan a modo de espejismo.

Se accede al templo por un puente sobre un lago rodeado de manos, calaveras y motivos infernales, para luego pasar por la boca de un demonio pintado en la pared interior y salir renovado al encontrarse con Buda.

Este wat tiene entre sus curiosidades mezclar en sus paredes interiores a Buda (frente a la entrada) y a un demonio en cuyos ojos se reflejan Bush y Bin Laden y al que acompañan en los alrededores desde Harry Potter, los Minions y personajes de Avatar, Matrix o Star Wars, hasta Michael Jackson, Superman o una imagen del avión estrellándose contra las Torres Gemelas. El artista explica que la pintura pone en evidencia que nuestra cultura toma héroes ficticios y actualmente necesitamos héroes y ejemplos de verdad, como Buda. La idea está chula, pero la mezcla resultaba un poco kitsch…

A las 15:30 salimos hacia Chiang Khong, y 2 horas y media después nos estábamos dando un baño en la piscina del hostal que sorprendentemente más barato nos ha salido. Para acabar el día, nos duchamos y fuimos a cenar a la ciudad. Dimos con un restaurante con música inglesa donde alguien le daba mucha importancia al físico, pues en una de las mesas había pesas y en la entrada tenían dos botes de proteínas; lo que no esperábamos es que fueran de una mujer de unos 50 años, que debía ser la dueña, y que con sonrisa tímida se acercó a nosotros para preguntarnos si podíamos corregirle una frase en inglés para subir a su Instagram; frase que quedó de la siguiente manera: “Working out next to the Mekhong river. It was nice weather!”. Sin perder la sonrisa juntó sus manos frente a la cara y repitió varias veces las “gracias” tailandesas ladeando la cabeza: kop khun khrap.

viernes, 5 de agosto de 2016

La lengua de los monjes (Chiang Mai)

Comenzamos nuestra visita a Chiang Mai planificando el recorrido mientras desayunábamos en el Green Tulip, nuestro hostel; y buscando la manera de salir al día siguiente al Wat Phra That Doi Suthep, se nos presentó Stella, una trabajadora del hostal, con la cara maquillada de blanco y una sonrisa perpetua ofreciendo la excursión por 600 bahts cada uno (unos 15 euros). Decidimos esperar, ver qué proponía la ciudad y tomar la decisión más adelante.

La parte antigua de Chinag Mai, donde nos alojábamos, es una ciudad repleta de los típicos templos tailandeses (algunos con chedis incluidas en su recinto), con sus tejas de colores en sus tres tejados superpuestos, a cada cual más pequeño, sus filigranas en forma de llamas, sus nagas (serpientes-dragón que flanquean la entrada), sus Budas y sus monjes. Los colores se intercalan especialmente en puertas, ventanas y pilares interiores de forma caleidoscópica en espejos-celofán azules, verdes, rojos y amarillos, predominando como nexo común el dorado.

En Chiang Mai además, los monjes suelen estar interesados en aprender inglés; así que muchos de estos templos ofrecen charlas con ellos; el único inconveniente es que su marcado acento suele complicar en ciertos momentos lo que podría ser una conversación distendida. En el Wat Chedi Luang nos sentamos a la sombra con un grupo de tres monjes, uno de ellos novicio, a que nos explicaran algunas dudas que teníamos sobre el budismo (las distintas posiciones de la mano de Buda, los méritos, el porqué del color naranja de sus túnicas, etc.). El encuentro fue agradable, pues las ganas de comunicarse, la tranquilidad con la que hablan y el hecho de que no paren de sonreír, anima a seguir preguntando y aprendiendo.

Vistos los templos principales, volvimos a descansar un rato antes de salir de nuevo a visitar el mercado nocturno, siendo bienvenidos por un “Kikaaaaaaa” lleno de efusividad de Stella al vernos llegar, en un intento fallido de pronunciar mi nombre con su sonrisa empolvada.

Como era domingo, se celebraba el mercado más importante de la semana: el Sunday Market; donde las calles se llenan de abundantes puestos de venta, grupos de invidentes actuando a cambio de donativos y mucha, muchísima gente paseando. Se vende de todo: ropa y artesanía; insectos comestibles; jabones tallados en forma de frutas, flores o verduras; arroces con tintes; sushi; heces falsas “como decoración”… casi cualquier cosa.  

Para acabar la noche, nos topamos con el Wat Phan Tao iluminado, un templo de madera de teca que junto con el ambiente que confería el mercado nocturno se convertía sin duda en lo mejor de la ciudad.

Al día siguiente nos dispusimos a hacer la excursión al Doi Suthep por nuestra cuenta, ¡y menos mal!, pues de los 600 bahts que nos pedía Stella, ¡se redujo a 160! (unos 4 euros). La furgoneta compartida nos dejó a los pies de 306 escalones que nos llevarían a lo alto del wat, templo que guarda unas reliquias de Buda y cuya ubicación fue elegida donde el elefante blanco que las transportaba murió.

El templo es chulo, pero cuando ya has visto varios parecidos, no tiene nada de especial más que las vistas panorámicas de Chiang Mai y poder presenciar cómo las familias suben a presentarle sus plegarias o agradecimientos a Buda, por intercesión de algún monje, para luego ser rociados de agua con unos ramilletes de algo parecido al esparto.

Al bajar, negociamos con la conductora que nos acercase al Talat Warorot, un mercado de dos edificios cerca del barrio chino, cuyos alrededores están flanqueados por más puestos, la mayoría de comida; para luego seguir desde allí nuestra ruta.

Lo último que nos quedaba ese día era visitar el Wat Suan Dok (un templo que no tiene nada remarcable en comparación con los demás), apartado al oeste de la zona antigua; pero antes quisimos refrescarnos con un smoothie de mango que nos vino que ni pintado, pues justo en el momento en que entrábamos en el local, empezó a llover.

El último día en Chiang Mai, tras hacer el check-out y dejar las mochilas en el hostel, por fin nos fuimos a dar un capricho tailandés con las presas del correccional, que tiene un programa de reinserción chulísimo para mujeres que están a punto de acabar su condena. Para poder hacerlo a la misma hora, pues están muy solicitadas, Violeta se hizo un masaje tailandés y yo uno de pies. Como ya había probado anteriormente el dolor del masaje nacional, disfruté del mío mientras veía a la pobre Violeta siendo torturada “dulcemente”.

Para acabar nuestra estancia y antes de coger el bus a Chiang Rai, visitamos, con los músculos más relajados, el Wat Sisuphan; un templo al sur de la ciudad que está cubierto por completo de plata; eso sí, Violeta tuvo que conformarse con las vistas exteriores, pues la tradición budista Lanna no permite mujeres en el interior del templo. Quedaba el consuelo de poderlo ver a través de las fotos.

Una vez en Chiang Rai, sólo nos quedaba la llegada a nuestra nueva guest house, pero como no todo puede salir a pedir de boca, tras 4 horas de bus y 20 minutos de caminata hacia el nuevo hostel, nos vimos ante las puertas cerradas del mismo, Violeta proyectando sus “Excuse meeee?” “helloooooo?” hacia las ventanas superiores buscando que algún huésped se compadeciese y nos ayudase, y yo tocando a la puerta sin parar. Por suerte, a los 5 minutos de hacer el paripé para el vecindario (pero sin recibir respuesta de ningún vecino), aparecieron en una moto los encargados del hostal pidiendo disculpas por la demora y sonriendo. Así que seguimos el consejo de los pingüinos de Madagascar: “Sonreíd y saludad”. 

martes, 2 de agosto de 2016

Cuando la vejez no es la ruina (Bangkok-Ayutthaya-Sukhotai)


Los vestigios de la Tailandia poderosa, con sus antiguas capitales-reinos de Ayutthaya (s. XIV) y Sukhotai (s. XIII), se encuentran yendo hacia el norte del país; y siguiendo este orden, queríamos ir retrocediendo hacia el pasado en la historia del antiguo Siam. Nuestro plan era salir bien temprano para coger la primera furgoneta que saliese de Bangkok hacia nuestro destino; pero como siempre que existe un plan, aguarda un imprevisto, tras madrugar, tuvimos que esperar dos horas a que llegase la de recepción para poder hacer el check-out. Debió de darse cuenta de nuestra espera, pues al llegar, tras disculparse, nos sacó unos donuts de “reconciliación” que parece que estaban reservados a los trabajadores. Tomamos el donut de la paz y nos pusimos en camino.

La Lonely marcaba que en Victoria Monument encontraríamos las furgonetas que salen hacia Ayutthaya, y así fue. Respiramos… Parece tontería, pero cuando uno viaja y quiere evitar tres horas en tren (que en furgoneta se hacen en una), o pagar cuatro veces menos, debe fiarse de encontrar el lugar marcado como salida alternativa y que el precio siga siendo el mismo. Una vez hecho, resulta fácil, pero en el momento es una cuestión de confianza “a ciegas”, pues uno intenta manejar los conocimientos y ventajas de los locales sin serlo (síndrome de camuflaje del turista); así que sólo queda creerse las aportaciones de la guía, que ya se sabe que no siempre son precisas.

El viaje fue una hora breve; quedaba lo peor: otra hora eterna andando bajo el sol con la mochila a cuestas para llegar al hostal evitando pagar el doble de lo que había costado llegar hasta Ayutthaya; menos mal que nos sirvió de bálsamo cruzarnos en el camino con unos elefante-taxis que paseaban a los turistas por las ruinas cuya base estaba en nuestro recorrido, y que las vistas caminando junto a las ruinas se hacían más llevaderas. Cuando el sudor empapaba nuestras camisetas, llegamos al hostal: estilo casita de madera junto al río, con baño compartido y vistas selváticas en contrapicado a falta de techo.

Tras 15 minutos de descanso, emprendimos marcha con nuestras bicicletas alquiladas hacia las ruinas. La que fue antigua capital de Siam en 1350 se ha convertido en un Bagan reducido, de templos esparcidos regados de chedis o stupas (figuras en forma de campanas plantadas en el suelo con una aguja final) a las que se les ha descascarillado con el paso del tiempo, pero muy dignamente, la capa de maquillaje que revela la estructura interior de ladrillos. Aún queda algún Buda sedente contemplando con tranquilidad el paso del tiempo, meditando eternamente, algunos que han sufrido la decapitación tras invasiones… 

pero hay uno, cuya suerte irónicamente los supera pues tras perder su cabeza, se hizo la más famosa y fotografiada de entre las ruinas del antiguo reino gracias a la historia de amor de un árbol cuyas raíces protectoras se apiadaron del rostro abandonado y quiso consolarlo en un abrazo.

De vuelta a nuestro refugio de madera, tuvimos que hacer una parada ante la extrañeza de lo que veíamos. Lo que parecía un equipo de rescate había atrapado a un lado del arcén algo ante lo que se apelotonaban; así que retrocedimos curiosos sobre nuestras ruedas para descubrir con sorpresa el motivo de su amontonamiento: ¡habían atrapado a un cocodrilo y ahora posaban orgullosos ante su presa! 

Seguimos pedaleando con la impresión del encuentro y nos acercamos a despedir las ruinas viendo atardecer ante la Wat Phra Ram.

El día siguiente también madrugamos en vano. Los imprevistos y la espera en los viajes son el pan de cada día; pero con paciencia todo llega. Cinco horas de espera para coger el bus y seis de recorrido eran el precio por llegar a las ruinas del antiguo reino de Sukhotai. Pero total, un día de viaje para retroceder un siglo en la historia del país creíamos que era un precio justo.

El quinto día por fin mereció la pena madrugar, pues las horas, junto con el día que amaneció nublado, aletargaron a los turistas y pudimos empezar el recorrido sin aglomeraciones. Si Ayutthaya impacta por la belleza melancólica de sus ruinas y su buena conservación considerando su longevidad, Sukhotai, aún más vieja, no sólo se preserva mejor, sino que impresiona más por las lagunas que rodean sus templos y por la personalidad de sus Budas: 

el imponente Buda de Wat Sri Chum (15m), cuyas curvas en su mano dorada transmiten la calma y la espiritualidad; el Buda andante y estilizado de Wat Sa Si; o el Buda del espectacular Wat Mahathat, con su fotogénico estanque con flores de loto presidiéndolo; son los mejores ejemplos de cómo resistir al paso del tiempo despreciando dignamente la palabra ruina.

Nuestro bus a Chiang Mai, por el contrario, aún estaba en el camino de aprenderlo, pues literalmente hacía aguas (no sabemos si por el aire acondicionado o porque llovía); pero es que ya se sabe, en diners, torrons…

viernes, 29 de julio de 2016

Bautizo monzónico (Valencia-Bangkok)


Parece que Asia engancha, pues tres años después de nuestro viaje al sureste asiático, uno de los dos vuelve; cambiamos compañero por compañeras de aventuras (pobres…). Este verano, el blog tendrá que dividirse en dos etiquetas: una para el viaje de Pablo y Mireia a Islandia; y otra para Violeta y para mí al segundo acercamiento al sureste asiático (Tailandia-Laos-Camboya). Y todo predice que este sí que será un “Tú a Londres y yo a California”, pues las entradas asiáticas prometen estar marcadas por el caos y la multitud de su gente, sus regateos, su calor sofocante estival… seguro que nada que ver con lo que pasará en la otra punta, al norte, ¡cerca del Polo!

Dejadme que empiece intentando transmitir las sensaciones o impresiones que pone Bangkok en juego cuando se pisan sus calles: la selva parece invadir la ciudad por momentos; las zonas verdes, casi más que un retal, son un pedazo de jungla vivo incrustado en el cemento de sus callejones; tan vivo que traspasa sus propiedades a las madejas y enredaderas de cables que ocupan una primera capa de techo sobre nuestras cabezas; el tráfico es una constante, decorada por los taxis de color rosa chillón y los tuk-tuk (que en algunos tramos son los únicos que dan movimiento al estancamiento de luces rojas y pitos);  el calor, húmedo de sauna, pegadizo, se abraza cual mochila dejando arrastrar sus pies, como el humo de los coches; el tacto de los pies descalzos pisando el suelo sagrado de un wat (templo); los olores penetrantes a especias y cloaca de las calles a los que pronto se acostumbra el olfato; o el bofetón de aire acondicionado en los buses que obliga a preparar en la mochila de mano un abrigo de supervivencia… Welcome back to Asia!

El primer día llegábamos a las 00h de España, 5 de la madrugada en Bangkok, por lo que el jet lag y el cansancio de cargar con las mochilas en busca del hostal se apoderó de nosotros y dejamos reposar nuestros cuerpos antes de ponernos en marcha para ver el Wat Traimit, que alberga un Buda de oro macizo. Nos impactó más por ser el primero que por el metal, pues para alivio de Buda, todos son prácticamente iguales (salvando los materiales).

Después, nuestros pasos se perdieron buscando las calles de Chinatown. Digo se perdieron porque no encontraban el abarrotado barrio chino que prometía la guía, pues en Tailandia, a partir de las 16h todo empieza a cerrar; así que sólo veíamos una calle de puestos con persianas bajadas o en proceso de hacerlo. Tan tarde parecía ser para sus horarios, que tuvimos dificultad en encontrar abierto algún restaurante asequible donde cenar.

El segundo día, tratando de adaptarnos ya al horario, visitamos la vieja Bangkok, donde se concentran las mayores atracciones, a la que llegamos en barca subiendo el río Chao Phraya. Paseamos por la famosa Khao San Road y nos dejamos atrapar en la medida de lo posible por el Wat Kaew y el Wat Pho; pues no contentos con el calor sofocante, el "decoro en la vestimenta" que exigen estos templos resulta asfixiante a estas temperaturas… 

El premio llegó con el Wat Pho, donde un Buda reclinado de 46 metros de largo parecía disfrutar con su eterna sonrisa del diluvio repentino que comenzó a caer y que nos retiró a todos los turistas que estábamos a punto de entrar, a buscar resguardo en su templo. Juro que no miento; a los dos minutos de empezar a llover (lo cual no parecía predecible en el cielo azul y sin nubes de hacía media hora), aparecían de la nada y sospechosamente oportunas, sonrientes tailandesas vendiendo sus chubasqueros y paraguas a precios muy superiores a su valor (y es que ellos lo tienen claro: el precio viene marcado por la necesidad de la adquisición; eso es lo que le da su valía, pues los tuk-tuk que esperaban a las puertas también multiplicaban sus precios). Es más, su sonrisa crecía conforme el turista entendía que la lluvia no remitía y se resignaba a pagar por un chubasquero/bolsa de plástico.  “Acabaréis cayendo vosotros también” decían sus labios en perfecto thai.


¡Pero no!, decidimos dejarnos empapar por la cortina de lluvia monzónica para buscar el camino de vuelta al hostal antes de que cerrasen todo. ¡Y menos mal! El primer intento de coger barco fue fallido pues nos llevó en dirección opuesta; el segundo, por los pelos; pues era el último barco del día, que casualmente nos llevó a buen puerto: al “Oriental Pier” (casualidades de la vida), Desde allí retomamos las calles que faltaban al hostal y compramos en un puesto de comida callejera la cena para llevar (en una bolsita de plástico). Ahora sí, empapados, Asia nos recibía con un bautizo en toda regla. Dicen que viajar no es cambiar de sitio sino cambiar de piel; quizás por eso era tan necesaria la lluvia incesante, para bautizarnos con nuevos nombres y sobre todo con nuevos ojos con los que aprender de este rincón del mundo.