Visitamos el Museo de
la Revolución para sumergirnos de nuevo en la gloriosa historia. Fuimos a la
enorme necrópolis para preguntar a los muertos su punto de vista, pero ni ellos
se atreven a opinar. Mireia y Violeta se iban dos días antes que nosotros, así
que antes de despedirlas, no podíamos faltar al Museo del Ron, donde nos
hidratamos con la bebida hija de la caña de azúcar. El azúcar es el producto
estrella de la isla; su oro dulce, que la ha ayudado a sobrevivir y ha
endulzado su realidad. Por último, perseguidos por el calor, serpenteamos el
interminable malecón, deseosos de recibir una caricia del mar en forma de ola
que nunca llegó.
Durante nuestro viaje
hemos intentado mirar al horizonte con los ojos de este pueblo, y nuestra
mirada se ha ido configurando con la ayuda de nativos anónimos que se han
cruzado en el camino, compartiendo todo menos el nombre: taxistas, gente de la
calle, un falso medallista olímpico… y de personas de la Iglesia de aquí y de
allá, que nos han mostrado su cara más cristiana y caritativa, muy alejada de
la imagen de ostentación y distanciamiento que suele identificarse con “Iglesia”.
Kangue, que desde principio a fin se ha preocupado y nos ha cuidado como si
fuéramos sus sobrinos; Mª Eugenia, que aunque ha estado ausente, se hacía muy
presente en sus correos y en la boca de la gente que la nombra como a una
eminencia y la echa de menos; Emilito, Pablo Emilio, y los cubanos habaneros (Amelia,
Teresa, Ana, Alejandro, Nilka, Dariel, Ana Rosa…), que siempre han estado
dispuestos a tender la mano, a darnos su opinión privilegiada y a tratarnos
como a uno más de su familia.

“Familia” es todo
aquel grupo de gente con quien uno se siente en casa; de ahí que la expresión,
“estamos en familia” no se reduzca tanto a una cuestión de ADN sino al
sentimiento de unión que existe entre las personas. No es arriesgado pues,
decir que en el viaje nos hemos reencontrado con nuestra familia, con la que uno
se siente como en casa, con la que todo se hace fácil de repente. Y es entonces,
cuando sólo nace dar las gracias y mirar al horizonte con esta mirada ya
cambiada y cubana, esperando un nuevo amanecer.
OTIA, QUÉ BONITO TODO, qué escrito, impresionante; en vuestras manos, la pluma se hace de oro. Por cierto, cotilleando, las chicas son vuestras chicas??
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