sábado, 10 de junio de 2023

Dancing with the stars (Los Ángeles-Santa Rita Hills-Hearst San Simeon State Park)

Las estrellas sobre nuestras cabezas llevaban toda la noche de fiesta hasta que abrimos los ojos junto con el sol y decidieron continuar bailando en otro lugar del mundo. El lunes amanecíamos de nuevo en el Dodge. Los Ángeles nos esperaba junto con sus atascos y venía bien ser madrugadores. Como no queríamos dedicar mucho más de lo imprescindible en L.A. empezamos por la playa. Visitamos primero el barrio de Venice, llamado así por la presencia de canales que recuerdan a la ciudad italiana. Lejos del glamour que habíamos visto en las series, se respiraba un ambiente decadente. 

A tan solo dos calles del paseo, los indigentes parecían reclamar su derecho a un techo cerca de la playa, acampando y haciendo suyo, el Parking Público. El conocido Pier de Santa Mónica parecía un lugar más acogedor, con sus atracciones y tiendas, que nos hacían interpretar en nuestra cabeza, mil películas diferentes de las que no recordamos sus títulos.

Tras la playa, perseguimos las estrellas terrestres, y nos dirigimos a Hollywood. Nuestros ojos fijaban la vista en las inumerables baldosas estrelladas del suelo e iban a la caza de los nombres de actores, actrices, directores, guionistas y demás personajes del mundo de la farándula. También nos pasamos por el Dolby Theater, sede de los Oscar año tras año. y cómo no, dedicamos un tiempo a comparar nuestras manos y pies con los famosos en el Chinese Theater, lleno de baldosas dedicadas con las huellas de los más célebres. 

Subimos al observatorio Griffith, para seguir con nuestra caza de estrellas, esta vez mirando al cielo. Desafortunadamente estaba cerrado, pero aún así, merecía la pena la visita. Es en este lugar donde James Dean se paseó en "Rebelde sin causa" entre muchas otras escenas del imaginario Holliwodiense. Las vistas de la ciudad también hablaban por sí solas, dominadas por el conocido letrero con el nombre del barrio. El mismo que unos ilumniados quisieron emular en Cullera.

El martes era un día tranquilo en el que queríamos descubrir la región de Santa Barbara County a través del vino. Empezamos por la bodega Tyler en Santa Rita Hills, una denominación dentro del condado de Santa Barbara. Nos atendió un trabajador que nos dijo que no se hacían catas al público pero que como veníamos de muy lejos, podía hacer una excepción. "Pero sólo 30 minutos que lueo tengo una visita privada". Nos contó toda la historia de la bodega y los viñedos en un entorno privilegiado. Nos dio a catar tres vinos, que estaban riquísimos, se habían pasado unos minutos de lo prometido, por lo que preguntamos el precio para no robarle más tiempo. El trabajador quitándole importancia, se negó a cobrarnos y dijo que sólo nos había regalado un momento y hecho una cata muy informal. Por este tipo de personas, bodegas y proyectos, son por los que el mundo del vino me asombra cada día. He visitado bodegas de fama internacional que están lideradas por gente humilde, apasionada y muy accesible.

También fuimos a dos bodegas más, aunque en estas sí se hacían catas oficiales. En la primera, Liquid Room, estuvimos catando al lado de un personaje de esos con vocación de estrella. En un momento acaparó toda la atención del lugar. Era gracioso y dicharachero, pero al rato cargó de incomodidad el ambiente. Cuando se fue, se llevó con él una manta invisible de pesadez en el aire y sólo se respiraba alivio y calma. Disfrutamos de la compañía de la trabajadora neozelandesa, que también estaba más relajada. Era motera y enamorada de los roadtrips, así que nos dió más de un consejo. Los vinos eran el personaje secundario, pero hacían un trabajo excepcional manteniendo toda la escena. Aunque todos los vinos estaban buenos, La Chardonnay estaba espectacular. Acabamos las catas visitando Au bon climat, la bodega que puso en el mapa a Santa Barbara County. Esta fue la más fría de las tres y quizás por ello, la que menos duró. La lluvia caprichosa, decidió que nuestro día llegaba a su fin y nos quedamos sin visitar la ciudad de Santa Barbara. Volvimos al coche, para convertirlo una vez más, en nuestra cama.

El miércoles pasamos la mañana en la carretera, haciendo un alto en el camino en San Luis Obispo y visitando la misión. Las misiones en California abarcan unos 1000 kilómtros a lo largo de la costa y suelen ser iglesias humildes de la época colonial. Si el símbolo en Santiago de Compostela son las vieiras, aquí son campanas, que recorren la carretera, anunciando el "Camino Real" conectando las 21 misiones. 

El coche todavía nos descubriría dos lugares mágicos antes de acabar el día. El primero fue el Hearst Castle. Este castillo, rompecabezas ecléctico de las diferentes épocas y estilos del viejo mundo, rezuma derroche y buen gusto a partes iguales. Para que os hagáis una idea, aquí se puede encontrar una piscina inspirada en el mundo romano, rodeada de columnas corintias. Seguimos subiendo las escaleras para tomarnos con una fuente con esculturas egipcias y un poco más allá, un edificio que recuerda a una catedral europea. Bienvenidos al Hearst Castle. 

William Randolph Hearst, era un hijo único rico, que se embarcó en su sueño de construir un castillo para la eternidad en medio de una colina. Quería que le recordara a los viajes que hacía de pequeño con sus padres (ya fallecidos) y a los días de camping. Obviamente, entendían el camping de un manera muy diferente y glamurosa que la nuestra. El caso es que la construcción de su sueño le duró unos 28 años. Julia Morgan, primera mujer en entrar en la Escuela de Bellas Artes de París, fue la encargada de materializar este sueño y de soportar los continuos cambios de idea durante la construcción, de Hearst. 


Una vez conseguido, lejos de enclaustrarse en su palacio, lo compartió con las estrellas del momento: políticos, actores, actrices,  modelos...decía que de qué servía conseguir algo si no se podía compartir con los demás. Razón no le faltaba.


Por último, compartimos un rato de nuestra vida, con los elefantes marinos. Ellos, dormían, se tiraban arena, montaban escándolo o se peleaban. Nosotros, disfrutábamos del espectáculo de estos curiosos animales y les dábamos compañía (como si a ellos les importara). Caía la noche un día más como tantos otros. El techo del Dodge, nos impedía ver de nuevo a las estrellas con su movimiento nocturno lento pero contínuo. Poco a poco nos quedamos dormidos, nuestros brazos y piernas comenzaron su baile de espasmos. Quizás para acompañar a las estrellas en su fiesta nocturna ¿Quién sabe? Algunos dicen que estás hecho de estrellas. 


martes, 6 de junio de 2023

contrASTES (Carlsbad Caverns Nation Park-San Diego-Palm Springs)

Esta entrada está llena de dicotomías. Comenzamos el día cerca de Fort Davis, en Texas, pero lo acabaremos en New Mexico. Vayamos por partes y dejemos que el lector vaya descubriendo los contrastes como easter eggs en una película.

Nos toca día de carretera. En dos días queremos llegar a San Diego, recorriendo las 900 millas. Sin embargo, el coche nos ha avisado que hay que cambiar el aceite, así que tendremos que gestionarlo por el camino. 

Primero vamos a hacer un viaje al centro de la tierra parando en las Carlsbad Caverns National Park. Estas cavernas bajan a más de 400 metros de profundidad y se pueden visitar unos 4 kilómetros, aunque quedan muchos más por descubrir. Todo un mundo subterráneo y oscuro, resguardado del calor desértico de la superficie.


La paciencia de muchos años trabajando gota a gota, había esculpido miles de formas de arte contemporáneo, que nos dejaron boquiabiertos. Volvimos a la superficie una hora después para seguir nuestro camino cegados por el sol abrasador. Después de cambiar el aceite al coche, nos dirigimos a El Paso, ciudad fronteriza entre Estados Unidos y México y última ciudad de Texas antes de pasar a Nuevo México. Avanzamos unas horas más, antes de parar a descansar nuestros cuerpos a un motel de mala muerte en medio de la carretera.

El siguiente día también fue intenso en millas y asfalto. Fuimos cambiando de paisajes como cuando pasábamos las diapositivas para ver las instantáneas del verano: desiertos de cactus, montañas, desiertos con dunas, bosques, carreteras interminablemente rectas y otras nauseabundamente serpenteantes. Y al fin, llegamos a San Diego.

Empezamos el día visitando el Balboa Park, un parque enorme, de estilo europeo, que está en el centro de la ciudad y alberga museos de todo tipo. Visitamos el museo Comic Con, que tenía una exposición interactiva sobre la animación y despertó a ese niño que todos llevamos dentro, oculto entre capas de responsabilidad adulta.

Caminamos hasta el downtown y nos quedamos de piedra al pasar por unas cuatro calles, llenas de tiendas de campaña y plásticos que daban un techo permeable, a los que ya no lo tenían. El paisaje era desolador y recordaba a escenas apocalípticas. Me sentía dentro de un capítulo de Ensayo sobre la ceguera. Unos metros más allá, todo se transformaba, desaparecían las casas de plástico y la calle se llenaba de turistas, cafés, restaurantes y tiendas. Mientras, unos seguridades pedían a tres mendigos alejarse a una manzana de distancia. No vaya a ser que los turistas vean la cruda realidad.



Seguimos caminando hasta el museo naval donde una colección de barcos y un submarino, te transportan al pasado y te hacen vivir con los ojos abiertos mil aventuras de piratas o descubrimientos en el fondo del océano.



Después de comer pescado fresco frito a un buen precio, fuimos al barrio de La Jolla para ver cómo los leones marinos nos daban envidia, echándose una siesta al sol. Esta zona era antiguamente una piscina infantil gratuita. Sin embargo un buen día, un grupo de estos animales perezosos y torpones, se alzaron en armas sin necesidad de barco y colonizaron el lugar. Ahora está protegido y parece un resort con su playa privada donde se juntan unos al lado de los otros, a ver la vida pasar.

Paseamos por la playa en un paseo interminable, admirando las casas y a algunos personajes que habitaban el lugar. La poca vergüenza de los americanos se hacía patente en algunos personajes que parecían disfrutar de ser el centro de atención y en otros que estaban tan desconectados del mundo exterior, que parecían parte de una película. Camino de vuelta, paseamos por el otro lado de la península, unas calles más allá. Con vistas a la bahía y un ambiente que parecía dominado por la quietud de sus aguas y estaba mucho más calmado. Despedimos el día pegándonos un banquete de pescado, esta vez a la plancha, en nuestro acogedor coche.

Al día siguiente dejábamos atrás San Diego para ir hacia Palm Springs. Una ciudad en medio del desierto que recordaba a la época de La tribu de los Brady, las celosías en las casas y las mujeres con diademas, cabello a la altura del cuello y las puntas hacia arriba.

Empezamos visitando los Indian Canyons, una reserva natural de la tribu Agua Caliente que comprende varios cañones, varias millas de desierto y muchas palmeras que beben de los arroyos que moldean las gargantas y desfiladero y plantan cara al sol abrasador. 

Hicimos una ruta sencilla (Murray Canyon) de unas dos horitas, que llegaba a una cascada de agua refrescante e hizo más llevadera la vuelta. 


La antítesis entre el calor sofocante del desierto, el arroyo de agua fría y las palmeras como personaje secundario, lo hacían todo muy surreal y apaciguador.

Volvimos a la ciudad para comer y mientras digeríamos, visitamos Sunnylands. La casa de invierno de una familia de filántropos, los Annenbergs, que parece que han contribuido en la sombra a la mediación entre políticos y personajes importantes, ofreciendo su casa como lugar de encuentro. Hoy en día la visita es gratis y el estilo “minimalista” en medio del desierto, recuerda a los oasis del Indian Canyons.

Para cerrar un día completo y ecléctico, subimos al Aerial Tramway. La atracción estrella de la ciudad: El telesilla rotativo más largo del mundo. Su rotación, lejos de marear, ofrecía un espectáculo con vistas de 365 grados que se complementaban con pequeños gritos de todos los pasajeros, cada vez que se pasaba por una de las torres y el estómago daba un vuelco, como cuando subes a la montaña rusa. En la estación de montaña, el desierto parecía un espejismo y la altura del Monte San Jacinto, animaba a abrigarse y disfrutar del fresquito. Es increíble como una ciudad tan árida como Palm Springs podía gozar de una atracción tan refrescante.

Recorrimos el Desert View Trail de unos 3 kilómetros de largo, que asomaba sobre los valles, ofreciendo vistas de escándalo y haciendo valer, los dólares que habíamos pagado para subir.


Esa noche, de nuevo, descansamos en nuestro coche cama, sintiéndonos afortunados por tener un techo en el que dormir.

 

jueves, 1 de junio de 2023

Meiuqèr (Austin-Big Bend-Davis Mountains State Park)

Epílogo.

El inicio de este viaje comienza en Austin, tras el primer año como profesores visitantes superado. Y empieza por el final, con varias despedidas trepidantes, al más puro estilo Jack Bahuer de la serie 24; como dirían en La terreta, a modo de terratrèmol. Todo comienza con una cuenta atrás de tres días: el día 1 (jueves), tuvimos nuestro último día de cole con los niños, lleno de momentos agridulces. Nuestra primera tutoría como maestros en Becker Elementary, llegaba a su fin. El día 2 era el último día en la escuela y teníamos que vaciar toda el aula, dejándola estéril y desnuda, a barbecho preparándola para el curso que viene. Por la tarde noche, nos tocó despedirnos de nuestros queridos compañeros españoles, que zanjaban su aventura como profesores visitantes y como buena despedida española, se alargó hasta altas horas de la noche. El tercer día, nos tocó resucitar, despegar los ojos llenos de legañas y ponernos manos a la obra con la mudanza. Era nuestro último día en el Ranch. Nos pasamos el día haciendo cajas, transportándolas al storage (un búnker blanco inmaculado, lleno de persianas cerradas, gobernadas por un silencio terrorífico que sólo era acallado por la explosión de los focos de luces que se encendían al detectar nuestro paso). Llenamos nuestro habitáculo de recuerdos y muebles, que llenarán nuestra nueva casa cuando volvamos de viaje. Ya con la mudanza hecha, somos homeless hasta dentro de un mes, así que pasamos la noche acogidos por nuestro compañero Mr. Pascual. Una vez más, alargamos la hora de cerrar los ojos y despedir el día.

 

Capítulo 1. Inicio del viaje.

Para acabar este inicio apoteósico, nos quedan unas últimas gestiones, antes de salir definitivamente de Austin sobre las 15:00 del domingo 28 de mayo.

 

Preludio

¡Qué vergüenza! Con tanto trasiego, todavía no he presentado a nuestro personaje principal: es un Dodge Journey rojo de 7 plazas, que nos ofrecieron por el mismo precio que un coche de 5 plazas. Quizás no sea el coche más pintón, pero él será el encargado de recorrer todas las millas que nos quedan por delante y también hará las veces de casa en más de una ocasión.

 

Capítulo 2. Una noche más en vela.

Poco habíamos avanzado con tantas cabos por atar antes de echarnos a la carretera, y la primera noche, fuimos a parar un motel de esos que más que ofrecer descanso, ofrecen largas horas de sobresaltos nocturnos por ruidos extraños. Y es que el motel podía haber sido fácilmente el escenario de una adaptación de Stephen King.

 

Capítulo 3. Everything’s BIG.

Nuestro segundo día en la carretera, nos llevaría hasta el Big Bend National Park. Un parque nacional que, como todo en Texas, es ENORME. Aquí se conjugan la montaña, los cañones, el río y el desierto, en un paisaje ecléctico, interminable y dominado por un cielo despejado y un sol tirano. Llegamos por la tarde y decidimos explorar la parte este. Llegamos a un mirador desde el que se observaba el Río Grande, que hace frontera con México. Era surrealista pensar que un país como Estados Unidos, tenía una frontera a priori tan accesible y apacible. Al otro lado del río, una familia disfrutaba de la brisa en la orilla. En este lado del río se vendían artesanías sin nadie presente para asegurar la honestidad del comprador.

Por la noche, el Dodge se convirtió en casa, aparcados en un camping en medio del desierto y velados por una noche estrellada.

 

Capítulo 4. Deep in the heart of Texas.

El martes, amanecimos temprano con la idea de huir del calor insoportable de mediodía y nos dirigimos al Chisos Basin Visitor Center, para iniciar desde ahí una ruta de unos 20km que rodeaba las montañas circundantes (el South Rim). El inicio de la ruta aconsejaba de cómo actuar ante el avistamiento de un oso negro o un puma. Si la cafeína no había hecho efecto, las advertencias fueron suficientes para abrir nuestras pupilas de par en par. Vimos varios animales, pero ninguno letal: conejos, ciervos, ranas, un colibrí… La ruta, muy mal señalizada, nos perdió en más de una ocasión, pero también nos regaló unas vistas del Parque espectaculares. En medio del éxtasis panorámico, aparece un hombre como Dios lo trajo al mundo, ataviado con mochila. Nuestras caras, junto con las de otra pareja que estaba por ahí, escribieron un poema que hizo eco entre las montañas. Tardamos unos 7 horas en recorrer la ruta, y este personaje estrambótico que antes nos había enseñado sus vergüenzas, se volvió a cruzar por el camino como por arte de magia, esta vez, con su mochila y un bañador. A día de hoy, seguimos dando explicación a este fenómeno paranormal.

Pasamos la tarde en un bar de Terlingua, un pueblo fantasma que ha sabido vender su marca para sobrevivir. El bar en cuestión (Starlight Theater), parecía el setting de Abierto hasta el amanecer y era el antiguo teatro. Nos alimentó y nos hidrató con unas margaritas, que no fueron suficientes, para adormilarnos y superar la calurosa segunda noche en el Dodge.

 

Prólogo. Atardeceres.

El miércoles volvió a ser un día lleno de acontecimientos vertiginosos; Nos despertamos antes que el sol, para poder hacer una última ruta, antes de abandonar el Big Bend. La ruta en cuestión, Mule Ear’s Trail recorría 4 millas de desierto adentrándose hasta un manantial, que sólo dejaba entrever su presencia de agua por estar rodeado de vegetación. Por el camino, tuvimos la suerte de cruzarnos con dos Correcaminos, unas aves rapidísimas que como imaginaréis, inspiraron al personaje de los dibujos animados. Por suerte, el Coyote, no andaba al acecho.

Tras la caminata, subimos al coche para recorrer unas 100 millas hasta Alpine y sacarnos el carnet de conducir texano, después de dos largas horas de papeleos. Por último, quemamos un poco más de gasolina para llegar hasta Davis Mountains State Park, en Fort Davis; donde descansaremos, o eso esperamos, esta noche.

Empezábamos el blog al revés, por el final, y ahora toca acabar por el inicio.

Escribo estas líneas desde un mirador, con un sol de atardecer en lo alto de la montaña. Doce años después vuelvo a recorrer USA en roadtrip, con mi otra alma gemela. Casi todo es diferente: la ciudad, el coche, mi acompañante, yo mismo. Pero hay algo que no ha cambiado; el sol, espectador imperecedero, que moja de naranja, nuestros rostros una vez más, dando inicio a un nuevo viaje persiguiendo atardeceres.

domingo, 28 de agosto de 2022

Puntos suspensivos... (Península Snaefellsnes-Reykholt-Hraunfossar-Reykjavík-Barcelona)

Los últimos cuatro días, los elementos decidieron mostrar su lado más salvaje. Empezamos el día en el cráter del Saxhóll. Un vendaval violento dificultaba la subida. Peldaño, a peldaño, el viento, entorpecía, cada paso. Levantar los pies del suelo parecía un riesgo y cada pierna que subía un escalón era desestabilizada y obligada a retomar suelo rápidamente aunque fuera con torpeza. Tanto era así, que una chica bajaba a cuatro patas bocarriba tratando de pegar todo su cuerpo a los escalones cual oruga. La sonrisa ante la imagen fue vengada a la vuelta, cuando descendía sintiendo que mi cuerpo y el suelo creaban 45 grados y me preparaban para practicar wingfly.

Por ahora solo chispeaba, y ya resguardados por la camper que nos llevaba hasta Djúpalónssandur, el tiempo nos obsequió con un arcoíris completo. Pero la ilusión de calma creada por el fenómeno óptico pronto se rompió y el parabrisas comenzó a trabajar sin descanso como Chaplin en Tiempos Modernos, hasta que dejó de dar abasto.

Una cortina de agua como la de las exageradas lluvias de las películas que caen en ráfagas intermitentes empapaba el camino de piedras que lleva a Djúpalónssandur. Las escamas negras del camino parecían custodiadas por las placas de un Estegosaurio. El escenario de Juego de Tronos continuaba hasta la playa, donde la cortina de agua impedía ver de lejos las formaciones rocosas (o troles petrificados) que costean la orilla.

La lluvia nos siguió hasta los acantilados de Arnarstapi donde las olas rompían con fuerza modelando con tesón las torres de basalto. El aguacero era tan persistente que paramos a comer para ver si se calmaba. En la puerta de los baños del bar (lugares donde se registran más verdades de las admitidas) un mensaje rezaba el "juramento islandés": I will be prepared for all weathers, all possibilities and all adventures.

Así que seguimos con los ánimos renovados. El temporal amainó y nos permitió despojarnos del chubasquero para visitar la Búðakirkja y la Ytri Tunga, un buen lugar desde donde contemplar la imperturbable pachorra de las focas. Desde esta playa es fácil ver de cerca a la foca común y a la foca gris, que descansan despanzurradas sin pudor, ajenas a la curiosidad de los presentes; interrumpiendo su duermevela exclusivamente para cotillear con desgana o recolocar su cuerpo a base de pesados y esforzados saltos.

Antes de buscar un camping cercano para cerrar el día, hicimos una visita breve a la ciudad de Borgarnes, donde retomamos la carretera de la Ring Road.

Al día siguiente visitamos en Reykholt la que se considera la fuente termal más antigua utilizada por humanos en Islandia (desde el siglo XII): la piscina de Snorri Sturluson o Snorralaug. Desgraciadamente, hoy hay que contentarse con tomar la temperatura con los dedos, ya que el baño, que permitiría sentirse un pequeño habitante de la Comarca, está prohibido.

La última parada del día era también la última cascada que visitaríamos en nuestro viaje.

La Hraunfossar desciende sobre bloques de roca volcánica regando un río gris turquesa. El mirador concede una vista panorámica en picado de las barbas de agua que nacen de la tierra para incorporarse al río Hvitá, alimentado a su vez por la menos ostentosa Barnafoss.

Hacía unos días el volcán Fagradalsfjall había comenzado a escupir lava, sumándose inevitablemente a la lista de "lugares que visitar antes de volver a España". Con el paso del tiempo, la información oficial nos iba dando alas para acercarnos: existía el sendero para ver el espectáculo con relativa seguridad y en una web iban actualizando si había o no peligro de intoxicación por gases; por lo que nos decidimos a bajar hasta Grindavík, convirtiéndola en base de operaciones. Sin embargo, la promesa de fuego quedó apagada por la lluvia y la niebla que desaconsejaban la visita al volcán, y los senderos quedaron cerrados durante los días siguientes para nuestra decepción.

El viaje llegaba a su fin, dispuesto siempre a seguir sorprendiendo... Cuando nos encontrábamos en la cola del restaurante donde comeríamos en Reykjavík, una voz preguntó a nuestras espaldas: "¿Sois los chicos que nos ayudaron en la gasolinera perdida?" Coincidíamos de nuevo con los españoles que nos encontramos buscando, como nosotros, la manera de poner gasolina; y parece que habían decidido repostar sus estómagos en el mismo lugar y coger el mismo vuelo de vuelta a casa.

Nuestra última visita, antes de pasear de nuevo por la plaza donde está la Hallgrímskirkja, fue a la escultura Sun Voyager. Sus grises metálicos y luminosos encajan a la perfección con el escenario. Este escalopéndrico barco futurista con las patas bien aferradas a tierra mira al horizonte, esperando zarpar a un nuevo destino, pendiente como los puntos suspensivos...

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"Last call for passengers..." La última carrera que nos pegábamos por el aeropuerto (esta a pie) estaba totalmente fuera de lugar. Seamos honestos. Soy consciente de que la fama que me precede manchará la veracidad del relato que sigue, pero nadie puede poner en duda la puntualidad de Violeta.

Llevábamos tres horas en el aeropuerto y Lara no nos había retrasado, pero por lo visto habían decidido tener a todos los pasajeros a bordo antes de la hora en que comenzaba el embarque según lo acordado. Así que, cuando miramos la pantalla para descubrir a qué puerta de embarque nos teníamos que dirigir, el texto que la acompañaba era ya un closing. Escuchando interrumpidamente el torpe mensaje de megafonía ("...and Enwricue...") y celebrando la ausencia de cintas transportadoras en el aeropuerto ("...please proceed urgently to gate number... ") corrimos con Lara en brazos hasta la caprichosa puerta, a tiempo de evitar el inminente y temido cierre.

Sobrevolando ya la isla, la altura fue inmisericorde negándonos las vistas del volcán, a pesar de nuestras perennes aspiraciones por encontrarlo. Quizás ya se escondía bajo las nubes o quizás se oculta tras la línea de puntos suspensivos de una futura aventura que nos acercará a la lava en otra oportunidad...

Por el momento, nos quedamos con la vuelta, con la renovada sed de viaje y el recuperado mono por seguir conociendo los recovecos de este apasionante planeta. Como canta Vetusta Morla, nos quedamos con la promesa de un continuará...

(7-8-9-10 agosto)

sábado, 20 de agosto de 2022

Omplint de cel els pulmons (Dynjandi-Península Snaefellsnes)

La campervan cabalga por una carretera de tierra rodeada de imágenes atípicas de un verano mediterráneo: montañas nevadas, aire fresco, lagos que brillan con la luz del sol y hacen difícil no desviar la mirada. Suena Txarango, la canción de Lara: "respira fort, empassa’t la vida a glopades, omple de cel els pulmons". Y allá que íbamos, en busca de trozos de cielo que poder consumir a sorbos durante el año, cuando la rutina pesase; a la caza del instante que captase la pasión de viajar.

Dynjandi no puede tener un sobrenombre más acertado: el velo de la novia. Un manto de agua desciende escalonadamente durante 100 metros de saltos contiguos, haciéndose hasta 30 metros más ancha en su base. La cola sigue bajando en sucesivas cascadas hasta desembocar en Arnarfjörður. Respiramos profundamente las vistas que ofrece la protagonista de todos los objetivos y recogimos su brisa.

Habíamos apurado el combustible al no encontrar ninguna gasolinera Olís (las que nos parecían más económicas) y necesitábamos repostar para llegar a la península Snaefellsnes; así que decidimos hacerlo antes de salir, pero nuestras dos tarjetas daban error y no había nadie para atender. Como aquí es requisito pasar la tarjeta antes de poder repostar, tuvimos que seguir 40 kilómetros hasta encontrar otra gasolinera.

Llegamos, a punto de entrar en el rojo reserva, a una N1 perdida en lo que parecía un hotel abandonado. Tampoco aceptaba ninguna de las dos tarjetas, tampoco había nadie para atender.

Al rato, aparecieron dos personas que vivían en el hotel a pesar de notificarse como cerrado. Nos explicaron que el surtidor solo aceptaría tarjetas de crédito, por lo que, valorando la situación, decidimos seguir hasta la siguiente gasolinera con personal.

80 kilómetros nos separaban del destino. Fueron los 40 minutos más largos de todo el viaje. A 50 kilómetros de llegar, un pitido indicaba que comenzábamos a viajar en reserva. Violeta conducía con marchas largas mientras yo miraba el GPS a cada minuto como si la cuenta atrás se fuese a acelerar y la distancia que nos separaba se acortase más rápido.

Como en las escenas en que se desconecta el cable correcto para desactivar la bomba en el último segundo, la camper por fin se acercaba al tercer abrevadero. Mientras la abastecíamos, esta vez sí, unos españoles nos preguntaron si sabíamos por qué no les aceptaba la tarjeta, que venían apurando la reserva por haberse encontrado con el mismo problema en diferentes estaciones. La solución no era otra que comprar tarjetas prepago que vendían en la tienda.

El día siguiente despertamos en Stykkishólmur, un pueblecito costero con una iglesia que de lado parece mantener la posición de una mantis religiosa y de frente parece emular la señal de Batman. Desde la misma, el pueblo mostraba orgulloso sus casas esparcidas como setas de colores sobre la lengua de tierra que invadía al fiordo.

Con la tranquilidad de conducir con carburante suficiente, empezamos visitando dos cascadas. Para acercarse a la primera y más alta, Grundarfoss, hay que andar unos 20 minutos. Un salto de 70 metros se presenta rodeado de columnas basálticas y verde, como de costumbre.

La segunda, Kirkjufellsfoss, presenta una estampa más conocida: la de la montaña Kirkjufell que concede su perfil cónico de sombrero, ese día capado por las nubes, para entrar en el campo de visión del objetivo y contextualizar la cascada.



En Ólafsvík, la origámica iglesia señalizada por un paso de cebras arcoírico nos impulsó a desviarnos, atraídos por la singularidad de su arquitectura. Su interior nos transportó a un paisaje de fotografía matemática. El edificio parece haber sido diseñado haciendo papiroflexia, doblando sus estructuras para crear la figura de un barco o la de un cisne sin cabeza y con las alas plegadas.

Tras unos veinte minutos de paseo desde el parking que lleva a la siguiente parada, Svöðufoss nos recibe sin compañía para que podamos disfrutar con exclusividad de la penúltima cascada que visitaremos en Islandia. Apretamos el paso por si la nube que amenaza sobre nuestras cabezas acaba vomitando; si así ocurre, que nos pille lo más alejados posible.

Así llegamos a la Ingjaldshólskirkja. Desde lejos, el aislamiento, los colores blanco sobre verde y el rojo sombrero de gnomo de la torre principal acicalan el paisaje; sin embargo, como a muchas otras de las edificaciones islandesas, lo que les embellece es el contexto, pues en las distancias cortas suelen perder casi todo el atractivo.

Acabamos el día visitando los dos faros que guían las embarcaciones que navegan el oeste de la isla. Las dos torres parecen una versión naranja abutanada del Gordo y el Flaco.

Un camino accidentado lleva a Öndverðarnes; rollizo y achatado, es la versión cercenada de Svörtuloft, el faro que se encuentra a dos kilómetros y medio de distancia, alejados por la irregular carretera llena de baches.

Svörtuloft, a los pies de un acantilado imponente, se alza larguirucho, cual sombrero de copa naranja amostazado, dispuesto a posar para una película de Wes Anderson con las simetrías que proporcionan sus ventanas.

La niebla comienza a invadir el espacio engulléndolo todo, decolorando el paisaje. Quizás es mejor que continuemos mañana, cuando retrocedan sus miembros y sus pulmones recojan su aliento.

(5-6 agosto)

sábado, 13 de agosto de 2022

Los restos del naufragio (Akureyri-Glaumbær-Península de Vatnsnes-Westfjords)

Empezamos la jornada en Akureyri, la segunda ciudad más importante de Islandia, que nos dejó con la misma sensación que Reykjavík: un "sin más". Visitamos la iglesia de Akureyri, que parece hecha con regletas, y descubriendo las amapolas amarillas, naranjas y azules del jardín botánico me acordé inevitablemente de la tía Lourdes cuidando con paciencia las flores y plantas de la Finca. De camino a la Forest Lagoon, jugamos a capturar con la cámara los corazones rojos que iluminan sus semáforos cuando indican detenerse.

Quizás, uno de los distintivos culturales de Islandia más evidentes sean sus baños termales. Habíamos ido postergando la visita porque en algunos (como la Blue Lagoon) no aceptan bebés; y otros no podíamos compaginarlos con conocer los alrededores. Ese día nos dirigíamos a los de la Forest Lagoon, situada frente a Akureyri.

Entrar al recinto ya fue un viaje al orden, la limpieza y la espiritualidad que nos trajimos de Japón. La Forest Lagoon es una piscina humeante, rodeada de coníferas y diseñada para desconectar de la rutina; un rincón idílico, perfecto para estrenarnos en las aguas que arropan del frío exterior. Lara se convirtió en el bebé más chill, mirada al infinito, preparada para posar, y rompiendo a reír al momento siguiente con un agudo imposible mientras chapoteaba con sus manitas y mostraba sus encías melladas. Apoyados en el borde, que rebasaba agua sin interrupción, el vapor parecía ralentizar o detener el tiempo de esta orilla, que corría al galope para los que estaban en la ciudad, al otro lado del fiordo.

Como con la primera pisada sobre una cinta transportadora de aeropuerto, que desestabiliza la perspectiva de la velocidad, volvimos a habitar de golpe el tiempo galopante, sin paso ni trote, y nos dirigimos 200 kilómetros al oeste, donde dormiríamos. De camino, paramos en Glaumbær para ver las fotogénicas casas de techo de césped que han reconvertido en museo. 

Al día siguiente cogimos la carretera 711 (si se le puede llamar carretera) para recorrer la península de Vatnsnes. Hicimos tres paradas. La primera, para encontrar la afilada roca Ánastaðastapi, que con sus alargadas astillas de piedra recordaba al Trono de Hierro de Game of Thrones. En ese momento estaba coronada por un ave que se resistía a ceder su sitio pese al vendaval; supongo que haciendo honor a la escena que representaba.

La segunda parada fue Illugastaðir. Un lugar donde avistar focas. Mientras recorría el camino hasta la cabaña, instalada para no molestarlas, un charrán ártico sobrevolaba insistentemente sobre mi cabeza produciendo sonidos claramente amenazadores. Estas aves son conocidas por llegar a ponerse violentas y atacar a los humanos cuando consideran que sus crías están en peligro, por lo que apreté el paso recordando la película de Hitchcock y temiendo por mi cabellera. Las focas, desgraciadamente, estaban suficientemente lejos como para poder verlas si no era a través del zoom de la cámara.

La última parada fue Hvítserkur, la roca rinoceronte. Esta es la atracción más famosa de la zona; sin embargo, ni preserva la soledad de Ánastaðastapi, ni por tanto el impacto; así que el frío glacial que traía el viento pronto nos animó a poner la campervan rumbo al camping que nos esperaba en Flókalundur, a otros 200 kilómetros.

El primer día en la zona de Westfjords fue de lo más intenso. Un sol que no habíamos visto hasta ahora alumbraba el camino de playas de un azul turquesa que no creíamos que existiesen con este clima. Paisajes evocadores del aislamiento y el retiro aparecieron durante el camino, empezando por el que ofrecía el Garðar BA 64, un barco ballenero encallado, dirigido hacia las montañas, dispuesto a arremeterlas. Garðar, estoico, hace frente a la herrumbre que lo va despellejando lentamente. 

Playas de diferentes colores rodean esta parte de la región de Vestfirðir; la iglesia de Breiðavík, encarada al mar, miraba solitaria al pueblo y al horizonte de arena amarilla; muy cerca, la playa de Hvallátur destacaba su blanco con la alfombra de casas con techos pintados de verde, morado, rojo y azul claro.

Llegamos hasta el extremo noroeste de Islandia: los acantilados Látrabjarg. De pronto nos topamos con un baile aéreo de aves; gaviotas haciendo break dance en el aire, desafiando los embates del viento, impulsándose hacia arriba para zambullirse desde lo más alto, acantilado abajo, y lanzándose al vacío de cabeza, como llevadas por un columpio invisible. 

La sensación de vértigo está asegurada en unos acantilados que pueden llegar a medir más de 400 metros de altura. Paseamos por el filo, que solo mostraba su base en algunos tramos donde se vislumbraba el abismo bajo nuestros pies. Durante el resto del camino, por la forma del saliente, la profundidad solo se intuía.

De vuelta a Flókalundur, hicimos una parada en Hnjótur, donde descansan los restos de un avión de la armada estadounidense cuya carcasa sigue el mismo destino que el Garðar BA 64. Curiosamente, continua relacionado con los altos vuelos, pero se ha centrado en los orígenes de una manera más pacífica y ecológica: hoy guarda en su interior pequeños nidos, cobijando a los futuros aprendices de piloto.

Por último, antes de acabar el día nos acercamos hasta la playa Rauðasandur, que según las guías es de arena roja, pero aparecía ante nosotros dorada y reluciente por el agua que había quedado atrapada conforme la marea había cedido. La retirada del mar creaba ondulantes riachuelos que rebeldes se negaban a abandonar la orilla. Paseando por la misma, cerramos el día con broche de oro.

(2-3-4 agosto)