jueves, 25 de julio de 2019

Las luces del ocaso (Cañón del río Fish-Solitaire-Walvis Bay-Spitzkoppe)

Finalmente y debido a la larga distancia que nos separaba de Spitzkoppe, decidimos hacer dos escalas tras un alto para comer en medio del camino, a la sombra de un árbol y de nuestra Bushcamper. 

Cuando ya la próxima población grande nos quedaba a dos horas y pronto empezaría a anochecer, paramos a descansar en Keetmanshoop para retomar el camino al día siguiente.

La escala para el segundo día iba a ser Solitaire. Excepto el tramo final, más atractivo, casi toda la carretera era asfaltada, por lo que llegamos antes de lo previsto.  Solitaire es un asentamiento con una gasolinera, relativamente cerca de Sesriem. Se ha hecho famoso por conservar un aire al Lejano Oeste, con coches y camionetas destartalados dejados, o más bien plantados, como decoración.

Aún teníamos dos horas de luz por delante, así que decidimos seguir camino a Swakopmund y descansar en algún camping que encontrásemos a nuestro paso. Los órices volvieron a aparecer junto a un grupo de zebras que se cobijaba a la sombra de un árbol. 

Cuando empezaba a ser un buen momento para buscar alojamiento, nos encontramos con el Rostock Ritz, publicitado como la última oportunidad para detenerse antes de Walvis Bay (muy cerca de Swakopmund). Sin embargo, el campamento ya estaba lleno y solo podían instalarnos en una habitación a un precio que no se ajustaba a nuestro presupuesto, ofreciéndose, eso sí, a llamar al próximo alojamiento, a más de 30km siguiendo la C14. Confirmaron que había sitio y pusimos rumbo sin dilación para llegar antes de que el sol se escondiese.

La carretera hasta el Namib’s Valley of Thousand Hills, donde finalmente dormimos, fue un regalo; porque nos encontramos con las primeras avestruces; por supuesto, por los paisajes que empezaban a anaranjarse con la puesta de sol mientras conducíamos rodeados de colinas revestidas por la luz del ocaso; porque cruzamos de nuevo el Trópico de Capricornio, dirección norte y porque disfrutamos como niños de una montaña rusa de caminos que subían hasta ocultar la bajada, mostrándola de golpe para gozo de nuestra adrenalina que se disparaba en cada descenso y en cada curva al mismo tiempo que el paisaje se mostraba en su máximo esplendor y el camino se estrechaba.

Al llegar al alojamiento, ya anochecido, nos informaron que el camping estaba completo, pero como se habían comprometido por teléfono, nos dejarían un bungalow al mismo precio. Así que esa noche pudimos dormir en cama.

Las vistas al amanecer nos pillaron por sorpresa, y ante nosotros se encendía un paisaje que hacía honor al nombre del alojamiento: un montón de colinas ondulaban el terreno y jugaban con las luces y las sombras mientras se prendían de colores. 

Desayunamos ante las mismas, y recogimos para emprender ruta hacia Walvis Bay.

Conforme nos acercábamos, el desierto volvió a hacerse presente y las dunas nos envolvieron en un marrón árido hasta que a nuestra izquierda, como un espejismo, apareció una charca entre las dunas moteando de verdes, azules y rosas el monocromático terreno. ¡Era una colonia de flamencos! Última parada antes de llegar a nuestro destino. 

Tres horas después, llegábamos al Spitzkoppe Rest Camp, una zona de acampada bajo las faldas y las rocas ocres del Spitzkoppe (1728m). El mayor atractivo es lo apartados que están los lugares de acampada, ofreciendo una sensación de exclusividad. Las rocas, dejadas caer una sobre otra como en equilibrio, con sus surcos, grietas y originales formas curvilíneas que más parecen amasadas, y el atardecer encima de los peñascos observando cómo las tonalidades se hacen incandescentes y se saturan, eran el punto final para esta etapa.


miércoles, 24 de julio de 2019

La lengua burlona del desierto (Sesriem-Lüderitz-Kolmanskop-Cañón del río Fish)

Justo antes de salir del Naukluft National Park, hicimos una breve parada para pasear por el cañón del río Sesriem antes de dirigirnos hacia nuestro siguiente destino: Lüderitz. No obstante, la distancia era grande y no llegaríamos en esta tercera etapa, al no ser recomendable conducir de noche debido a la nula iluminación y la aparición de animales que conquistan los caminos. Así que decidimos tomárnoslo con calma.

Los paisajes de lejanas y cada vez más próximas mesetas con tonalidades rojizas, marrón, cobre, violeta y hasta verde latón, no paraban de sucederse y extasiar nuestra vista. Caminos de polvo que se levantaba tras nuestro paso y traqueteo interminable, amenizados por señales de tráfico atípicas para nosotros: “Advertencia: órices”, “Peligro, zebras”, “¡Ojo jirafas!”. Y una parada de rigor en cada una; con calma, hasta que poco antes de que anocheciese nos encontramos con la Farm Tiras, una granja en medio del desierto, impoluta y verde, regentada por una agradable mujer que al quedarse viuda decidió seguir a solas con la misma.  Tenía el cámping ocupado, por lo que nos ofreció aparcar delante de una de las habitaciones a precio de acampada y pudiendo utilizar los servicios y la cocina. Al anochecer, la vía láctea presumía brillante y luminosa como nunca antes la habíamos visto.

Llegando a Lüderitz a la mañana siguiente, el paisaje cambió drásticamente, quedándose desnudo y exhibiendo únicamente dunas de las cuales el viento vertía su arena sobre la carretera, creando rutas perpendiculares a la misma. De imprevisto, el escenario había dado paso a la imagen del abandono; las señales de advertencia mostraban ahora el perfil de una hiena. Cruzábamos las huellas del pasado y dejábamos para mañana la ciudad de Kolmanskop.

Entrábamos en Lüderitz, y aquí el presente parecía más esperanzador, con casitas pintadas en colores vivos y llamativos. Nos alojamos en el aparcamiento exterior de una antigua casa colonial que conservaba dos puentes de mando de barco intactos como si hubiesen quedado allí varados. 

Esta ciudad costera, antigua colonia alemana, fue fundada para comerciar con el guano que podían extraer de las islas; y proliferó al descubrirse diamantes en las arenas del desierto. La fiebre por este codiciado mineral propició que brotase la ciudad de Kolmanskop de la nada, así como que quedase olvidada y desolada tras su paso, una vez se descubrieron diamantes de mayor tamaño más al sur y la Primera Guerra Mundial hacía sentir sus consecuencias. En 1956 ya no quedaba nadie.

El atractivo de esta ciudad fantasma es adentrarse en sus casas fagocitadas por las dunas, contemplar la mágica elegancia de lo que sobrevive al olvido y la ausencia; cómo de la amnesia que cubre la ciudad, se ha rescatado y se preserva la escondida belleza. Es como si una boa de arena hubiese tratado de engullir las casas para, en última instancia, vomitarlas y abandonar los restos.

Las puertas entreabiertas, encalladas, o invitando a adentrarse en las sugerentes ruinas, o vencidas por la lengua de arena que se burla de la efímera gloria, del esplendor pasajero. Las paredes desconchadas, pero conservando parte de su color pastel original, aún coquetas. Todo este abandono, aún habla desde el silencio.

Con su eco en nuestros sentidos, condujimos hasta el Naute Dam por carreteras que encuentran el horizonte, rodeadas de mesetas y paisajes acuarela. 

Aparcamos en un camping que hay junto a la presa y nos dejamos empapar por la luz del atardecer acompañados por una colonia de roedores a medio camino entre marmota y rata.

Por la mañana, tras acabar de completar el tramo que nos faltaba, llegamos al mirador del Cañón del Río Fish; el segundo más grande del mundo tras el del Colorado. Un mastodóntico paisaje de cortados, acantilados, planicies, entrantes y salientes rocosos se desplegaba al óleo y en múltiples colores frente a nosotros conforme nos acercábamos. 550 metros de profundidad a nuestros pies. Estábamos contemplando cómo el paso de los años había ido dejando espacio para que el río fluyese por su actual cauce. Todo un recorrido trazado por un gigantesco reptil de piedra, exclusivamente para que el Fish pueda lucirse a lo grande.

Admirados, dejamos el sur de Namibia para poner rumbo al norte, sin saber todavía cuál sería la siguiente parada de escala hasta Spitzkoppe.

sábado, 20 de julio de 2019

Dunas de azafrán (Barcelona-Windhoek-Sesriem)

Bienvenidos a uno de los países con menor densidad de población del mundo, con tan solo 2 millones y medio de habitantes y una media de tres namibios por kilómetro cuadrado. Os invitamos a desempolvar vuestras imágenes de África y a dejar que sean envueltas por el polvo de las carreteras de grava y arena, infinitas y desiertas, que va dejando la estela de nuestra Toyota Bushcamper. Un viaje en el que los trayectos son parte del destino y la música una pasajera más en los caminos por el namib (“llanura grande y seca” en nama). 

Sin más preámbulos, reclinad vuestros asientos, abrochaos los cinturones, permeabilizad vuestros prejuicios y disfrutad con nosotros de un roadtrip en 4x4 por Namibia y Botswana, con parada en Zimbabwe para visitar las Cataratas Victoria. 

Llegamos a Windhoek tras casi 30 horas de trayecto. Ese primer día estaba reservado a planificar lo poco que quedaba, cambiar euros a NAD (dólares namibios) y descansar. Traíamos abrigo porque aquí es invierno, pero mentalmente estábamos tan poco preparados, que el gerente del hostal se quedó sorprendido ante nuestra pregunta de cómo apagar el aire acondicionado de la habitación. “No tenemos aire acondicionado...”.

La mañana del 17, tras las explicaciones técnicas y los consejos pertinentes, avituallamos nuestra Bushcamper en un supermercado cercano, llenamos el depósito y pusimos rumbo a Sesriem, siempre por la izquierda, por donde se conduce aquí. Maps.Me, una aplicación tipo Google Maps que se puede utilizar offline, marcaba que estábamos a 332 km. ¡Tardamos más de 6 horas en recorrer la distancia! Si al límite máximo de velocidad (que suele ser de 80km/h porque la mayoría de carreteras son como pistas forestales) se le suma que cada poco parábamos a fotografiar a los animales que se cruzaban o pasaban por el camino... Babuinos, facóqueros (o Pumbas) y sobre todo elegantes órices con sus rectos y estilizados cuernos, retrasaban la llegada a nuestra meta.

Al día siguiente, tres horas nos separaron de la entrada al Namib Naukluft Park, por donde se accede a Sossusvlei, recorrido esta vez detenido por una manada de zebras que galoparon delante de nosotros hasta encontrar la salida que les permitió alejarse de la amenaza humana.

En el destino es donde se encuentran las fotogénicas dunas ocres, imagen estandarte del país, algunas de las cuales superan los 300 metros de altura. Empezamos subiendo la Duna 45 acompañados únicamente de una pareja de Israel (escenario muy diferente al que viviríamos la mañana siguiente al amanecer). El tiempo apremiaba, pues las puertas del parque cierran a las 19:15h y a las 18:30h anochece, así que una vez coronada la duna y con las vistas de los alrededores en nuestras retinas, nos acercamos hasta el parking de Sossusvlei, envueltos por un paisaje azafranado.

Un shuttle nos acercó hasta la entrada del Deadvlei, pues nos acobardaron las advertencias de un encallamiento casi seguro para conductores inexpertos de 4x4. Este lugar es un tributo natural a la belleza del paso del tiempo y sus estragos. Aquí se han quedado inmortalizados en danza los troncos de los árboles que un día se abastecían de un lago hoy desecado y reducido a suelo blanquecino que contrasta con el azul claro y limpio del cielo y el anaranjado cálido de las dunas que lo rodean, especialmente la Big Daddy, de 325 metros. 

Acabamos el día viendo atardecer desde lo alto de la Duna Elim, encontrando la foto que atestigua la postal del sol africano de El Rey León; sol que atraía el manto rojizo de las dunas y lo reservaba para devolvérselo al día siguiente, pulido en colores dorados. Y en busca de ese momento de cesión de luces nos despertamos a las 5:30h para encontrar un asiento en el palco de la Duna 45.

Éramos los segundos en cola esperando que las puertas del parque abriesen, y al recorrer los 45 kilómetros hasta la duna que toma su nombre de la distancia que la separa de Sesriem, más de 20 coches nos habían adelantado. Parece que las ansias de llegar nublaban sus cuentakilómetros omitiendo e ignorando los límites de velocidad establecidos, por lo que a nuestra llegada, una hilera de personas que ya simulaban la columna vertebral de la duna, disputaban la meta tratando de suplir con jadeos el hundimiento de sus pies en la arena. Otros, entre los que nos encontrábamos, adelantábamos sin remordimientos a los que se nos habían colado anteriormente. Y en la cresta, llegó el momento. El sol aparecía en el horizonte mientras en nuestras cabezas una voz cantaba los primeros versos de El ciclo de la vida: una despedida redonda para la primera etapa de nuestro viaje. 





sábado, 18 de mayo de 2019

Entre las nubes (Miyajima-Hakone-Tokyo-Naha-Zazami-Barcelona)

De buena mañana, un ferry nos acercaba a la isla de Miyajima. De camino habíamos notado una corriente más potente que la de anteriores días de personas trajeadas yendo a trabajar y de estudiantes uniformados como en los animes: con su falda y calcetines hasta las rodillas ellas; corbata y mirada baja ellos. 

Se había terminado la Golden week y la rutina volvía a reinar en Japón con nuevo emperador en el trono.

Ya en Miyajima, el camino hacia el santuario del Itsukushima-jinja estaba plagado de ciervos y cervatillos que, indiferentes, descansaban al sol o paseaban por la orilla. 

El torii anaranjado, que se ve rodeado de agua según la marea suba o baje, es básicamente el imán que atrae hasta esta isla o hasta Hiroshima, pues los dos destinos suelen combinarse. 

Su posición solitaria en el mar, con los colores azafranados que responden a los cambios de luz, funcionan de entrada al santuario sintoísta y de invitación a la introspección y a la tranquilidad. 


Otro de los lugares que merece la pena visitar es el templo budista Daishō-in, con sus abundantes estatuas de felices Budas de diferentes tamaños y materiales, vestidos con gorros de lana o mantillas que contrastan con el húmedo verde que los recoge. 

El retiro de este templo, más alejado de la costa, permite que se convierta en un verdadero remanso de paz donde rendirse al silencio. 

Decididos a alargar la calma y el reposo, nos dirigimos a Hakone, donde el Japan Rail Pass nos perdía la pista y nos la encontraba el Hakone Free Pass para poder visitar la zona a base de bus, ferry y teleférico.

En esta zona volcánica abundan los onsen de aguas termales. El primer día, tras una rápida exploración, nos dejamos seducir por el reposo de sus baños y nos uniformamos con yukatas, la vestimenta tradicional.

El siguiente día, antes de dejar Hakone y tras reponer energías con el desayuno japonés, subimos por la mañana hasta una zona con fumarolas desde la que el Monte Fuji se alzaba armonioso y simétrico, a pesar de las nubes que amenazaban con ocultarlo y del obstinado viento que insistía en ayudarlas.

Rehicimos nuestras mochilas, y por la tarde, el barrio otaku por excelencia de Tokyo, nos readmitía en Akihabara para hacer una parada en un maid cafe y vivir el frikismo de un show en directo con camareras bailando sonrientes, disfrazadas de sirvientas y juntando sus manos en forma de corazón.

Tres horas después de una carrera a contrarreloj para dejar las mochilas grandes en los lockers de la terminal 2 y llegar a la terminal 3 donde estaba nuestra puerta de embarque, un avión nos dejaba esa misma noche en el aeropuerto de Naha, capital de Okinawa. El contraste con el resto del Japón que habíamos vivido era evidente: las actitudes humildes cedían a toscas e imperturbables maneras, las personas trajeadas pasaban a vestir camisas de estampados tropicales y lucían pieles más tostadas. El paisaje también había cambiado: dejábamos atrás el orden y el impecable aspecto de las calles y aterrizábamos en calles más propias del sudeste asiático, más confusas, descuidadas y donde impera la humedad.

Nuestros penúltimo y último día los pasamos en la isla de Zamami. El primero, el tiempo sólo nos permitió obtener unas vistas panorámicas breves antes de descargar una llovizna persistente sobre la isla.

Revólver sonaba mientras escribíamos la anterior entrada con su versión acústica de "Entre las nubes".

El último día, la lluvia cedió momentáneamente y el mar traslucía la suficiente claridad como para poder bucear y descubrir el fondo marino que cobijaba damiselas, arrecifes de coral, contoneantes anémonas, atractivos peces loro, calamares, peces payaso, parejas de elegantes ídolos moro, peces unicornio... un aperitivo de lo que el interior marino custodia.

Sin embargo, el sol reservaba su aparición estelar al momento en que nuestro ferry nos dejaba de nuevo en Naha para tomar otro avión con destino a Tokyo, donde nos quedaba una noche, cerca del aeropuerto de Narita.

El viaje llegaba a su fin y Carlos Goñi sonaba de fondo, preparándonos para la agridulce rutina del regreso:

"Y vuelta a empezar a derribar paredes, a no pisar más charcos, a construir más puentes, a respirar más fuerte, a buscar el sol entre las nubes".

viernes, 10 de mayo de 2019

Bombas cromáticas (Kyoto-Himeji-Hiroshima)

La segunda parte de nuestra estancia en Kyoto la habíamos reservado para utilizar la ciudad de base y hacer mini excursiones a los alrededores. Concretamente dos: el bosque de bambú de Arashiyama y el castillo de Himeji. Dos lugares emblemáticos.

La primera era una de las excursiones en que más expectativas habíamos puesto. Las fotografías que habíamos encontrado emanaban una espiritualidad, una magia y sobre todo una soledad que no se correspondieron con la realidad. Y no es que el sitio no merezca una visita, pero uno ha de saber que a lo que llaman bosque de bambú es a un único pasillo alargado que cruza por el medio del bambusal, por lo que a pesar de que se madrugue, aquí parece difícil ser el único visitante. Los esbeltos troncos de bambú que despliegan sus hojas a una altura considerable, ofrecen una humedad verde que invita al retiro. Lástima que todos queramos disfrutar al mismo tiempo de la misma y el lugar se convierta en un flujo de turistas magnético.

A media mañana dimos dos saltos en la escala de colores: Uno, pasando del verde bambú al rosa chicle en el shinkansen de Hello Kitty, decorado completamente con dibujos de la gatita japonesa que tanto furor causa; y un segundo salto, del rosa al blanco del castillo Himeji-jō, conocido también como "el castillo de la garza blanca", que sobresalía sacando pecho de su pasado samurai, imponente, estético.


Por dentro no hay mucho que ver más que las vistas desde lo alto de su torreón. Merece más la pena pasear por sus alrededores y jardines para encontrar pequeños miradores desde los que descubrir a la garza posando estática. 

Por la noche aprovechamos nuestro último día paseando por las calles de Ninen-zaka y Sannen-zaka, a estas horas inundadas por un silencio poético.


En estas dos callejuelas o cuestas del barrio de Higashiyama, todavía se respira el perfume del Kyoto tradicional, especialmente por la noche, cuando las tiendas están cerradas, las luces ténues de las farolas son la única iluminación, el tiempo ralentizado desprende el aroma del pasado, y las calles están desérticas.


La mañana siguiente, un shinkansen nos dejaba en Hiroshima. Dejamos las mochilas y empezamos nuestra visita en la "Cúpula de la Bomba Atómica".


Este edificio ha sido restaurado para que permanezca tal cual quedó tras la bomba, como testimonio de aquel incidente tan lamentable y prehistórico.

Pero como ya comprobamos en Camboya, a veces el ser humano es capaz, no solo de superar las tragedias, sino de convertirlas en origen de algo constructivo y positivo. Este es un ejemplo de una de esas veces: la cúpula se encuentra en el Parque Conmemorativo de la Paz, transformando así el lugar donde se halla un vestigio bélico, en símbolo pacífico.

En ese mismo parque, un grupo de estudiantes de Primaria nos paró para entrevistarnos porque estaban haciendo un proyecto con el colegio para practicar su inglés; iban acompañados de los catalizadores del arma más poderosa: sus padres y profesores. Acabamos inmortalizando el momento, y cómo no, la mayoría posó con el símbolo de la paz, también conocido como el "patata" a lo asiático.

Por último visitamos el revelador Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima donde se ofrecen, entre otras explicaciones, el origen de la historia de las guirnaldas de grullas multicolores de origami que invaden la ciudad: Sadako tenía dos años cuando cayó la bomba atómica sobre Hiroshima en 1945 y años después enfermó de leucemia por los efectos de la radiación. Empezó a crear grullas de papel con la esperanza de recuperarse si conseguía llegar a mil, como aseguraba una leyenda japonesa. A los doce, Sadako falleció y sus compañeras decidieron hacer mil grullas de papel para que fuesen enterradas con ella. Desde entonces, se convirtieron en símbolo de esperanza y de paz, resignificando este suceso dramático.

En momentos conflictivos, violentos o de desgracia, nadie piensa que haya posibilidad de reconstrucción. Sin embargo, la experiencia demuestra que el perdón, la búsqueda de reconciliación y asentar los cimientos en una nueva convivencia sanadora, son la clave para la reinvención de una nueva sociedad en la que paradójicamente, y contra todo pronóstico, solo se usarán las armas retóricas y las bombas cromáticas.


martes, 7 de mayo de 2019

La elegancia del instante (Kyoto)

Un shinkansen (o tren bala) nos disparaba hacia Kyoto a 300 km/h dejando atrás la gran ciudad asiática "a la americana" para dejarnos caer en un Japón más cercano a la cultura tradicional. Tratando de simplificar, mientras que Tokyo es el Nueva York japonés, Kyoto tiene un aire más recogido, menos urbanita, de tradición modernizada, en el que parece más posible toparte con el señor Miyagi haciéndote una reverencia, sonriente.

Llegábamos a primera hora de la tarde. El plan era dejar las mochilas en el hotel y aprovechar hasta las 17h, que es cuando cierran prácticamente todos los templos. 

Empezamos el reconocimiento de la nueva ciudad por el Higashi Hongan-ji. Un trozo grueso de cuerda, con el que transportaron los troncos para reconstruir el templo, se exhibe aquí con orgullo por haber sido hecho con cabellos femeninos donados para la causa.

En el templo, la armonía, la pulcritud y la calma se desprendían del olor a tatami y se tentaban en el suave caminar por los suelos de madera mientras la gente paseaba discreta, en silencio. 

Después, mientras el sol caía, aprovechamos las vistas que ofrecen los ventanales acristalados del decimoprimer piso de la estación de trenes, para otear la ciudad y reconocer sus calles.

Tomando la torre de Kyoto como referencia para orientarnos, volvimos sobre nuestros pasos para dejarnos recomendar por los dependientes del hotel una izakaya en la que experimentar la gastronomía japonesa. Esa noche, degustamos bocados de erizo de mar, aletas de raya y almejas al vapor con sake, para pasear, de vuelta, en nuestra primera expedición por el barrio de Gion.

El segundo día empezamos por el mercado de Nishiki, donde los más variados ingredientes culinarios eran expuestos a los objetivos fotográficos y a las pupilas hambrientas de nuevos retos (esta vez, no las nuestras): pulpos rellenos de huevo, anguilas, verduras encurtidas, carpas o incluso gorriones asados. 

A mediodía, el Kinkaku-ji duplicaba su imagen dorada en el estanque, vibrante, rodeado por los diversos tonos verdáceos que revestían el entorno pigmentados con alguna pincelada de rojos, amarillos, marrones y violetas.

Al color, le siguió la calma en el Ryōan-ji, contemplando sus jardines budistas zen de piedras rastrilladas en líneas paralelas que parecían convivir con las ondas, nacidas pero inertes, de las rocas varadas en el jardín, como si estas fueran gotas caídas en la grava, o al contrario acabasen de surgir, flotantes, a la blanca superficie. La reproducción de un instante.

Nuestro recorrido desembocó en el Yasaka-jinja, para acabar la tarde observando la transformación de colores que la caída del sol imponía sobre el rojo, pero ahora anaranjado, templo. Esta degradación era contraatacada por la invasión de kimonos multicolores que posaban insumisos ante sus Smartphones, combatiendo la atenuación del día mientras capturaban alegres los instantes de luz que quedaban.

El tercer día, el jet lag por fin cedió y nos permitió madrugar, adaptando nuestro horario al japonés y pudiendo disfrutar de la relativa soledad que ofrecen las primeras horas del día al visitar uno de los lugares más fotografiados de Kyoto.

Llegamos sobre las 7:30h a Fushimi Inari-Taisha, un complejo de santuarios conocido por sus fotogénicos pasillos de toriis anaranjados. Al estar estos dispuestos creando un pasillo curvado sin respetar la armonía del orden, los rayos de sol que se colaban por los huecos restantes creaban la sensación de encontrarnos ante un boceto coloreado de la realidad. 

Paseamos bajo los serpenteantes caminos que subían hacia el monte Inari dejándonos calar por la luz anaranjada que nos cubría, la vegetación que los rodeaba y el aire místico sintoísta que emanaba de cada grafía grabada en sus pilares.


Volvimos a Kyoto para visitar el Ginkaku-ji, que inicialmente iba a ser un templo de plata, pero se quedó en el intento y paseamos por sus jardines, donde hay unas formaciones de grava rastrillada en forma de cono partido limpiamente que nos recordaban al santuario Ryōan-ji. 

Bajamos paseando para acabar la tarde por el Sendero de la filosofía, que transcurre paralelo a un canal bajo las sombras de los cerezos. De camino nos encontramos con varios templos, a destacar el último, el Nanzen-ji en el que nos volvimos a encontrar con japonesas retratándose con sus mejores trajes tradicionales. 

De nuevo el anhelo por captar el momento (lo mismo sucede con la escritura o el arte en general); el intento de atrapar la eternidad en la imagen o en la palabra: la búsqueda por retener la elegancia del instante.


sábado, 4 de mayo de 2019

Una nueva era (Barcelona-Tokyo)

El viaje hasta Tokyo no pudo ser más fugaz, a pesar de los pronósticos. El cansancio acumulado de los días previos a la boda, junto con la carrera en el aeropuerto de París para embarcar a tiempo a las 23:30, hicieron mella y funcionaron como narcótico durante el tiempo suficiente para llevarnos en volandas hasta la última hora y media de vuelo.

Ya en tierra firme y habiendo cruzado la frontera, el primer choque fue el silencio que reinaba, teniendo en cuenta el trajín que suele contener un aeropuerto. Tras cambiar monedas de euros a yenes, y en la cola para retirar nuestro Japan Rail Pass, vimos a un robot interactuando con un niño que no cabía en sí de asombro. Habíamos aterrizado sin saberlo en un escenario de Blade Runner, lo cual constatamos al día siguiente.

Desde el tren que cruzaba la ciudad, nuestros ojos trataban de pescar las primeras imágenes, viajando incontrolados de lado a lado y de arriba a abajo. Y es que estábamos comprobando que Tokyo, a diferencia de la mayoría de ciudades, se descubre desde arriba y a diferentes niveles. En algunas zonas la calle casi se puede afirmar que tiene pisos y desde el suelo los negocios anuncian en qué planta se ubican para que no haya pérdida llegando a ellos. 

Unos farolillos, ligados al imaginario occidental de Asia, iluminados con letras japonesas,  marcaban la ruta hacia el hostal Origami, que cruzaba el templo Sensō-ji, dragón rojo que dormía sin hacer caso a los focos que destacaban su belleza legendaria. La lluvia comenzaba a salir discretamente a escena.

Al día siguiente, en el barrio de Shinjuku, tuvimos una mezcla de flashforward y déjà vu al sentirnos en un futuro ya reconocido en la ciencia ficción de las películas de los '80: carteles con caracteres coloridos anunciando restaurantes robotizados o espectáculos de autómatas; todo ello tras una cortina de lluvia, una luz gris apagada y alguna que otra luz de neón.

Así que para escapar de los tonos grisáceos, como la ciudad también esconde remansos donde la naturaleza despliega sus colores más vivos, nos dirigimos al Shinjuku Gyoen. La fiesta del hanami ya pasó, pero algún cerezo todavía conservaba sus flores y el viento aún no había barrido su muda rosa.

Este Central Park nipón es una muestra de cómo la ciudad comparte su ritmo urbanita con el compás zen y clorofílico. Todo en esta cultura parece limpio, ordenado y en su sitio. Suponemos que por pura supervivencia, pues en la ciudad habita casi el mismo número de personas que el de toda la población española junta. Quizás por ello han tenido que encontrar la manera de poner lógica y eficiencia en todo: desde señalizar por dónde subir o bajar las escaleras para conseguir movimientos más fluidos y evitar congestiones, hasta crear puestos de trabajo cuya responsabilidad es controlar las filas y colas de los metros, buses o trenes. 

La marabunta a la que ahora pertenecíamos, como en un día de mascletà, tenía una inteligencia superior y ordenaba el caos de paraguas que se cruzaban, subiéndolos, bajándolos o ladeándolos instintivamete como en un baile de Mary Poppins consiguiendo así que el movimiento no cesase. El gentío nos acompañó en el mercado de Tsukiji (donde nos iniciamos en el sushi y el sashimi) y en Akihabara. 

Este último barrio es una especie de Las Vegas para frikis. Aquí se pueden comprar mangas (tanto libros como cualquier tipo de merchandising), jugar a antiguos videojuegos en salas de recreativos que venden incluso Game Boys o cumplir fantasías fetichistas en un Maid Café siendo servido por una camarera que se refiere a ti como su dueño.

Y aunque fue fugaz no solo el viaje sino también nuestra visita a Tokyo, resulta que coincidió con que históricamente terminaba una era, la del emperador Akihito que abdicaba ese mismo día en Naruhito. Empezaba la era Reiwa, que significa "bella armonía", no solo para los japoneses, sino también (ojalá) para nosotros. Bienvenidos a un nuevo viaje: ¡Irasshaimase!