lunes, 15 de agosto de 2016

Sabaidee Lan Xang (Pakse-Meseta de Bolaven-Si Phan Don)

En Pakse chispea a las 7h. Cuando llegamos al centro (la Road 13) un francés se ofrece a ayudarnos. Le enseñamos el nombre del hostal que teníamos mirado y nos indica que estamos cerca. En la guest house nos atienden pronto, pero nos ofrecen una habitación diferente a la que previamente nos enseñan. Es bastante barata, por lo que acabamos quedándonos.

La ciudad es fácil de ver: está la carretera principal, a la que flanquean los restaurantes, las tiendas de alquiler de motos y las oficinas turísticas con los buses que parten a Camboya, Vietnam o hacia el norte; y hay dos templos: uno en reformas y el otro, rodeado de una especie de cementerio, con pequeños altares de diferentes colores.

Volviendo de la mini-ruta, nos acercamos al francés que nos ayudó al llegar, pues tiene una tienda de alquiler de motos junto con su mujer, que es laosiana. El día posterior queremos visitar la Meseta de Bolaven, una zona conocida por sus cascadas y su café (que dicen que es de los mejores del mundo), y la mejor forma de hacerlo y en un día es alquilando una moto; así que preguntamos precios. El resto del día estuvimos planificando los días siguientes y descansando. Parece que nuestra hospedadora hizo lo contrario esa noche, pues cuando fuimos a pedirle que nos cambiase de habitación (a la mañana siguiente) porque había cucarachas en el baño, nos recibió borracha y molesta por haberle hecho madrugar. Enseguida se acercó el marido para explicarnos sonriendo que habían venido unas amigas suyas de la capital y seguía un poco ebria. Por el mismo precio, la nueva habitación estaba mucho más apañada. Dejamos las cosas y salimos a por la moto.

El trayecto era sencillo, pues a las cuatro cataratas a las que podíamos acceder en un día se llega subiendo la carretera 13 desde Pakse, dirección a Paksong. Subiendo hacia la primera (Tad Pasuam) pudimos reconocer una de las principales factorías de café, a nuestra derecha, por el fuerte olor a café tostado con el que inundaba todo el aire respirable. 

Lo que más llamaba la atención de Tad Pasuam fue el camino hacia la cascada, pues por lo demás, no era nada destacable teniendo el recuerdo de la Tad Kuang Si. Junto a la casaca, un pueblo étnico sobrevive utilizando sus antiguas costumbres. Quizás porque era la hora del trabajo de campo, la mayoría de sus habitantes estaban desaparecidos en ese momento.

La Tad Yuang, por el contrario, con un salto de agua de 40 metros, sí que podía rivalizar con su compañera de Luang Prabang. El día había salido nublado pero no llegó a llover; ahora, acercarse a la base de la Tad Yuang, aun con chubasquero puesto, fue exponernos a la lluvia retenida por las nubes, pues la fuerza con que estampa el agua contra las rocas, propicia el cabreo y la rebelión de una parte considerable de agua que se niega a dejar el aire atrás.

No corrimos la misma suerte con las cataratas Tad Fan (que dicen que son las más espectaculares); la niebla cubría por completo el mirador a las dos cascadas que saltan 120 metros confluyendo abajo y sólo por momentos, un leve soplo de viento dejaba intuir la caída que no cesaba de sonar. Estuvimos media hora esperando pacientemente a que la niebla cediese, pero no fue posible; tuvimos que contentarnos con distinguir el blanco de las dos ramificaciones destacando sobre la niebla; sólo durante un minuto pudimos ver el verde selvático que las acompaña en la parte superior.

Siguiendo las indicaciones de la mujer del francés, dejamos las motos en el parking y andamos los 3 km que separan la Tad Fan de la Tad Champi, pues el camino es embarrado y nuestro control de la moto limitado. La Tad Champi es una versión mejorada de la Tad Pasuam, pero decidimos no disfrutar del merecido baño al comprobar cómo una sanguijuela había elegido un extranjero como huésped.

Volviendo hacia Pakse, tras inmortalizarnos en la moto con el disparador automático y despidiéndonos de ella, quiso que nos acordásemos de sus antepasados pinchando una rueda, a 9 km de la ciudad. Menos mal que encontramos pronto un taller entre los negocios que acompañaban a la carretera. Por 25000 kips la tuvimos reparada en menos de 10 minutos. Felices de nuestra fortuna, sentados ya en el restaurante, disfrutamos de una buena cena rematada con su café local.

Llegamos a Don Det a la mañana siguiente, una de las islas del archipiélago de Si Phan Don, también conocido como las “4000 islas” en el que sería nuestro último día completo en tierra laosiana; y como bienvenida, recién llegados, un perro decidió ponerse a marcar territorio en la mochila de mano que descansaba en el suelo mientras nos situábamos en el mapa para encontrar nuestro hostel.

La parte más visitada del archipiélago, y la habitada, comprende tres islas: Don Khong, Don Det y Don Khone. Disponíamos de un día, por lo que decidimos visitar más profundamente las dos últimas con una bici de alquiler. En Don Det (donde nos alojábamos) no había nada especial a parte de vistas y paisajes: extensas llanuras de arrozales encharcados, coronados por libélulas que planeaban sobre casitas de madera tipo bungalows.

Don Khone es la que atrae mayor número de visitas, entre otras cosas, gracias a sus cataratas Somphamit; una inundación continua, más que un salto de agua. Estando frente a ellas, con su color arcilloso, uno parece estar más frente a un cuadro en movimiento de tormentas y naufragios que frente a un paisaje real. Tenían algo de fantástico, que empezó a conectar con la realidad, a borbotones como el agua, cuando un grupo de chinos empezó a hacerse hueco para conseguir una foto de grupo.


Seguimos paseando, saboreando la parte isleña de Laos, la de los campesinos que siguen utilizando búfalos de agua para los arrozales, la de las mujeres recogiendo el arroz, la de los caminos de tierra y la de los niños que saludan contentos (Sabaidee!) al ver pasar a alguien. Acabamos diciendo adiós en una hamaca, meciéndonos frente al Mekong, viendo nuestro último atardecer en la antigua Lan Xang (la tierra del millón de elefantes).

domingo, 14 de agosto de 2016

Páginas en blanco de historia congeladas (Skaftafell-Höfn)

Después del monzón ártico que nos cayó en Vík, nuevos vientos soplaban alejando las nubes negras y permitiendo al sol saludarnos. Llegamos a Skaftafell por la tarde y tras plantar la tienda nos fuimos a inspeccionar la zona.

Skaftafell forma parte del parque nacional Vatnajökull, el parque nacional más grande de Islandia y el que alberga al glaciar más grande de Europa. Con todo tan grande lo que se espera es espectacularidad y no decepciona.
Nos acercamos en primer lugar a una de las lenguas del glaciar: Skaftafellsjökull.
Una extensión helada se alzaba ante nosotros como si fuera un tobogán enorme que acababa en una laguna. Los colores blancos y azules se entremezclaban con los negros de la ceniza de erupciones volcánicas. Mirando cara a cara a la gigantesca lengua, se notaba el aliento frío del glaciar.

En segundo lugar, visitamos Svartifoss: una cascada famosa por sus columnas basálticas negras. En Islandia, como en todas las islas volcánicas, las desgracias vienen acompañadas de nuevas oportunidades y las erupciones volcánicas han dado muchas maravillas que atraen a miles de turistas.

Al día siguiente hicimos una nueva excursión pero esta vez optamos por la visión de pájaro y subimos la montaña para deleitarnos con unas vistas inolvidables. Las panorámicas de la región eran de un paisaje lunar que no parecía retroceder ante la idea de entrar en contacto con las lenguas de Skaftafellsjökull y Svínafellsjökull. Nos quedamos un rato embobados mirando a la inmensidad helada antes de volver al camping para recogerlo todo y prepararnos para Jökulsárlón.

A menos de una hora de Skaftafell, se haya este lago glaciar que sólo tiene 80 años de edad pero ya tiene más de 200 metros de profundidad. Apareció del deshielo de una de las lenguas del Vatnajökull, el Breidamerkurjökull de nombre impronunciable, sigue haciendo el lago más grande con el paso del tiempo y aporta restos de sí mismo en forma de icebergs.

Todas las guías hablan de este lago que da al mar e incluyen fotos, pero nadie está preparado para su belleza. Cuando llegamos la temperatura parecía haber congelado el tiempo, y los icebergs de todos los tonos azul claro y blanco que uno pueda imaginar, se fundían con un cielo despejado que se empeñaba en salir en las fotografías por todos lados.

Ante nosotros y al alcance de la mano, yacían flotando pedazos de historia milenaria que no eran más que páginas en blanco congeladas y a la deriva, que habían visto tanto y no decían nada; tan solo esperaban que el paso del tiempo las llevara al mar para salir de su monotonía.


El bus paraba una hora escasamente en esta laguna helada y para nosotros el tiempo parecía ir más deprisa de lo normal. Aún así, tuvimos tiempo de admirar los icebergs que habían conseguido huir de la laguna y tomaban el sol en la playa, así como a una foca que jugaba al escondite con nosotros y sacaba y metía la cabeza para ver si la habíamos visto bañarse.
Dejamos atrás con tristeza Jökulsárlón, deseando haber alargado el tiempo un poco más y nos dirigimos a Höfn para pasar la noche y el día siguiente.

Esta ciudad pesquera es a ojos de cualquier europeo un pueblecito, eso sí, con mucho encanto por sus vistas al glaciar. El tiempo que hemos estado aquí ha sido un oasis de tranquilidad; una calma absoluta lo inundaba todo: la temperatura agradable, el silencio del viento, el impasible sol que lucía espléndido y el cielo, que de nuevo se empeñaba por salir en las fotos por partida doble.


sábado, 13 de agosto de 2016

La sonrisa escrita (Vientiane-Kong Lor-Tha Khaek)

El siguiente destino era Kong Lor; lugar al que había que llegar haciendo escala en Vientiane, actual capital de Laos. Cogimos un sleeping bus para matar el trayecto de diez horas que empezó prometiendo marcha: luces supersónicas de estilo prostíbulo, una mujer que se encerró en el baño 30 minutos ignorando los porrazos del encargado y un niño que entró obligado por su padre con el lloro al borde de la arcada. Afortunadamente, todo acabó calmándose.

Al amanecer, ya en la gran ciudad, teníamos que desplazarnos de nuevo a otra estación de buses, pues en Laos casi todas las ciudades tienen dos estaciones (como mínimo); una para las salidas hacia el norte y sus llegadas, y otra al sur con el mismo cometido pero dirigido, obviamente, al sur. Allí, tras tres horas de espera, cogimos el bus a Kong Lor.

Al hacer el trayecto por el día pudimos contemplar los verdes paisajes, que no cesan en este país; y casi a la llegada, los baches, que hacían tambalear al bus, propiciaban las expresivas risas de los nativos. La carretera se iba adentrando entre dos cordilleras hasta que consiguió enrocarnos, y los pueblos-aldea que iban pasando eran cada vez más básicos, más “Libro de la selva”. Y así nos sentíamos al llegar.

Habíamos leído que una de las experiencias más chulas de esta zona es alojarse en una homestay o casa de locales para poder vivir más de cerca el país. Así que cuando nos apeamos tras casi 20 horas de viajes en bus, desubicados por no saber cómo encontraríamos casa, empezamos a andar por el pueblo, preguntando en el inglés más gesticular y primigenio posible: “Homestay?”; los lugareños señalaban con sus dedos el camino; “Mowglis” sin taparrabos correteaban por los senderos embarrados; gallos y gallinas corrían a esconderse al paso de cualquiera, cruzando espantados; y mientras tanto, la tormenta acechaba.

Al fin nuestros pasos toparon con la mirada de un abuelito sonriente que desde su puesto de vigía nos hacía señas para subir. Si el conductor de Mae Salong entendía poco, este no entendía nada; eso sí, asentía y se reía continuamente; con lo que acabamos entrando en su juego y sonreíamos también.

A los diez minutos nos trajo un cesto con cuatro pulseras blancas; se sentó frente a nosotros y empezó una especie de ritual, que más tarde averiguaríamos que se llama bąasǐi. La ceremonia se hace para atar a los espíritus guardianes a las muñecas de los invitados; su nombre es traducido como “llamada del alma” y suele celebrarse para desear salud y un viaje seguro. Nuestro anfitrión empezó a recitar una oración mientras acariciaba nuestras muñecas con las pulseras y cuando nos las ató, abrió el cesto, que contenía kòw něeo (un arroz especialmente apelotonado para ser comido con la mano) esperando que empezásemos a comer. El abuelito nos miraba y sonreía.

La noche ya era cerrada a las 19:30h y el hombre nos hizo señas de que se iba a descansar; con la poca luz que había en el pueblo tampoco había muchas más posibilidades, así que nos unimos. A las 22h empezó a llover torrencialmente hasta las 6h; tanto, que daba la sensación de que la ducha de lluvia que parece exagerada en las películas, era completamente real y por lo que oíamos, ocurría en ese momento. Nada hacía sospechar que la mañana siguiente haría bueno y estaría despejado, pero así fue.

A las 6:30h nuestros cuerpos ya estaban descansados, desayunando y una hora después salíamos a visitar Tham Kong Lo, una cueva de 7km traspasada por un río por el que puede cruzarse a la otra parte de la montaña.

El verde de los campos, luminoso e inmaculado tras la limpieza a fondo nocturna, nos daba la bienvenida con su refrescante olor a recién regado; su color alfombraba la cordillera de montañas, una de las cuales, exhibicionista, deja sus entrañas a la vista de quien quiera cruzarla.

Llegamos tan pronto, que íbamos guiados por el camino a la entrada de la cueva por los barqueros que empezaban su jornada; laosianos que conocen a la perfección cada recoveco del ojo de la aguja que enhebran de turistas, día a día, con sus barcas.

Nos adentramos con una italiana que viajaba sola y con la que volveríamos a coincidir en Pakse; las linternas iluminaban las paredes de la garganta, abierta incansablemente en un “aaah” cuya voz era la corriente del río. La cueva escondía las agallas, pudorosa, con su oscuridad, y sólo las luces podían explorar las dimensiones de catedral subterránea de las que podía presumir.

A la ida, la barcaza paró en un islote para apearnos a descubrir en tierra firme los órganos creados con caliza y tesón. Columnas de estalactitas y estalagmitas construidas gota a gota; un paisaje sobrecargado de gotelé en el techo; velas y cirios ya desgastados y petrificados como exposición.

La vuelta fue más movida; quizás porque al barquero le costó más readaptarse a la oscuridad tras salir a la luz exterior, quizás porque la corriente del río iba ahora a nuestro favor y la velocidad de la barca era mayor; el caso es que hubo un momento en que tras chocarnos con una de las paredes, nos acercábamos peligrosa y rápidamente al hueco que había entre un tronco clavado verticalmente con la pared derecha; había calculado mal la ruta y nos preparó con un “oh oooh…” para lo peor. Afortunadamente, como en las películas de acción cuando un coche utiliza sus dos ruedas laterales para salvar el obstáculo, la barca se ladeó lo suficiente como para pasar sin volcar y sin tirarnos. Los cuatro empezamos a reír mientras reencontraba la ruta y sólo quedó por pagar el precio del chaparrón que producía pasar por debajo de las venas abiertas de ríos subterráneos y acuíferos que vierten su lluvia vertical sobre el río de la cueva.

Una vez en tierra exterior, en la orilla opuesta a la salida, solo quedaba remar; pero en algún momento el barquero había perdido su remo. Su primer intento de remedio fue probar utilizando sus dos chanclas, lo cual, por supuesto, no tuvo éxito; la segunda fue probar un pedazo de bambú seco que partió para la ocasión y que se rompió a la primera remada, desatando la risa del barquero; al tercer intento, justo a tiempo para que no probase con un palo, un compañero le prestó su remo. Se despidió de nosotros riendo y rehicimos el camino a la homestay para despedirnos del abuelito antes de salir empalmando tuk-tuks hasta Tha Khaek desde donde salían los buses a Pakse.


En Tha Khaek teníamos cinco horas de espera para poder coger el sleeping bus a Pakse y evitarnos aparecer allí a las 3 de la mañana. Para que no fuese interminable decidimos acercarnos al pueblo a cenar algo, aunque la guía marcase que estaba a 3km, pues normalmente, de camino, siempre hay algún puestecito de comida callejera. Pero en esta ciudad no cayó esa breva. Empezaba a anochecer y estábamos en una carretera rodeada de garajes para camiones y perros ladrando. Tras tres cuartos de hora con las mochilas a cuestas, apareció un restaurante de paso; no esperamos ni a comprobar el menú. Absolutamente nadie hablaba un mínimo de inglés, así que volvimos a los gestos. Nos enseñaron un cesto de kòw něeo, asentimos; nos señalaron un plato de verduras en una imagen de google desde el móvil, tenía buena pinta, volvimos a asentir; y para beber, una Beerlao, que eso se entiende.

La comida estaba buenísima (especialmente las verduras), pero estaba tan repleta de guindillas que parecía un plato de guindillas con verduras en salsa de soja. Al acabar les preguntamos si podían llamarnos a un tuk-tuk porque ya era noche cerrada y el camino por carretera estaba inundado de camiones. Menos mal que algunos gestos son universales… Eso sí, la mujer seguía hablando en laosiano como si le entendiésemos y ella sonreía, toda feliz.

Una vez en el tuk-tuk, a punto de dejar atrás Tha Khaek, descubrimos cómo usar las luces de posición cuando tu moto no dispone de ellas: pide a un compañero que suba y que aguante la linterna por ti.

Y es que a veces nos complicamos mucho. Viajando uno entiende que para comunicarse sólo son necesarias cuatro cosas. Las tres primeras se aprenden y son universales aunque cambie el envoltorio: se aprende a saludar, a despedirse y a dar las gracias. La cuarta es lo que quizás trataba de atarnos nuestro anfitrión la primera noche; se lleva escrita en el alma y es la sonrisa, que aquí de eso son ricos.

jueves, 11 de agosto de 2016

Contra viento y marea (Selfoss-Vík i Mýrdal)

La etapa de Selfoss a Hvolsvöllur fue como la seda. Empezamos tarde tras rellenar nuestras alforjas con provisiones en el Bonus, el supermercado más barato de la isla. Todo el camino fue relativamente plano y llegamos a nuestro destino sobre las 17:00. Con buena temperatura las ideas fluyen y en un momento teníamos nuestra tienda arreglada, y como el ave Fénix, se alzaba orgullosa y acogedora.

El camping en el que íbamos a dormir era pequeño pero muy tranquilo y lo más importante, tenía una caseta que pedía a gritos que la ocuparan para compartir su calor. Nos calentamos en la caseta, repasamos etapas, cenamos y nos acurrucamos en nuestra renacida tienda para dejar paso a la noche. 
Los alrededores de Hvolsvöllur fueron el escenario de una de las grandes sagas de Islandia: La sangrienta saga de venganzas y desamores conocida como Njál. Las sagas son obras literarias que cuentan la historia de la isla con ciertos toques fantásticos. Son tan importantes, que la historia islandesa se recoge a través de las diversas sagas.

La siguiente etapa parecía larga, pero gracias al madrugón, llegamos a Skógar a la hora de comer y hasta la temperatura era agradable. El camping aquí tenía poca intimidad, ya que era invadido por hordas de turistas,  sin embargo, gozábamos de un salón 5 estrellas, que daba a la cascada de Skógafoss, nutrida sobre todo por el glaciar de Mýrdalsjökull, escupe sus aguas a una altura de 60 metros.

Ni reyes ni presidentes; Islandia está gobernada por la Naturaleza y ésta muestra a su antojo lo mejor y peor de sí misma. La etapa a Vík iba a estar marcada por su cara menos agraciada. Empezamos el día desayunando muertos de frío. Mientras entrábamos en calor, ya en la bici, como si de una nube se tratara, Mýrdalsjökull se quedaba a nuestro lado durante unos cuantos kilómetros, impasible con su helada mirada. Pasamos también ante un gran conocido, aunque no sea por su nombre, el volcán Eyjafjallajökull que dejó en 2010 incomunicada a media Europa en su efectiva acción patriótica por dar a conocer su tierra.

Nos acercábamos a Vík y el camino se complicaba y nos lo ponía difícil. Entonces apareció ella y se cubrió de gloria. La gobernadora de Islandia empezó a soplar violentamente, impidiendo no solo nuestro avance, sino que las bicis se mantuvieran en pie.

A duras penas llegamos a la playa de Reynisfjara. Esta playa es conocida por sus formaciones de basalto en el corte de una montaña, inundada por frailecillos, y por una oscura leyenda, que dice que las formaciones rocosas son en realidad tres trolls que quedaron petrificados por la luz del sol. El sol parecía haber abandonado la isla desde la maña y nos acercamos a la playa mirando de reojo las formaciones rocosas.

Todo recelo desapareció con la visión de unas pequeñas aves cuyo vuelo recordaba al de los murciélagos. Los frailecillos aunque desde lo alto, hacían acto de presencia y solo empañaban la experiencia una ola de turistas que apareció modo The Walking Dead de la nada, cámara en mano y ocupando cada metro cuadrado como intentando expresamente aparecer en nuestras fotos.

Nos hicimos un café para entrar en calor, sólo quedaban 10km pero el día había sido duro. Al salir del café, la naturaleza nos recordó quién mandaba en la región y a los vientos huracanados agregó unos bofetones de agua que nos regaban indistintamente a las plantas y a nosotros. Entrábamos en Vík i Mýrdal viendo su cara más bonita: ésta es la ciudad más lluviosa de Islandia y nosotros no podíamos más que verla en su estado habitual. Dan lluvias ininterrumpidas hasta el viernes, y la common room del camping se ha convertido en un campo de refugiados, con caras de indecisión y resignación ante la idea de montar la tienda bajo el agua o simplemente ir a dormir empapado. La madre naturaleza sonríe socarrona a través de las oscuras nubes.       

miércoles, 10 de agosto de 2016

Las huellas de Buda (Chiang Khong-Huay Xai-Río Mekong-Luang Prabang)

Con sólo el Mekong como frontera para acceder a Laos, madrugamos con el propósito de pasar cuanto antes los controles fronterizos, pues el slow boat desde Huay Xai (Laos) sale a las 11:30h. La culturista del restaurante nos había dicho que la oficina de inmigración tailandesa estaba cerca, y eso decía la guía. Nos pusimos los chubasqueros y las mochilas y empezamos a andar con la lluvia de incordio. 20 minutos más tarde nos decían en la oficina de inmigración que el nuevo puesto fronterizo se encontraba a 10 km en la dirección opuesta. Al segundo, un tuk-tukero se ofrecía a llevarnos por 200 bahts cada uno. Nos negamos en rotundo y cuando girábamos sobre nuestros pasos, aceptó los 50 por persona que le proponíamos.

Una vez en la nueva frontera, instalada tras la construcción de un “puente de la amistad”, uno de los funcionarios (primer paso para salir de Tailandia) se ofrecía a cambiarnos 2800 bahts por 70 dólares para pagar el visado, diciendo que en bahts nos pedirían 3000. Como a menudo, en los viajes has de tomar decisiones sin barajar la información completa. ¿Fiarse de que dice la verdad o saldremos perdiendo? Y en estos momentos debes decidir, pues los datos de la guía son limitados. Esta vez preferimos no aceptar el cambio. Con un pie fuera de Tailandia y en tierra de nadie hasta cruzar Laos, otra funcionaria nos hizo una nueva oferta que creíamos mejor: nos cambiaba 2340 bahts por 60 dólares, pues según decía, el visado era 30 cada uno.

Llegados al paso con Laos, el visado resultó ser 70 los dos y el tipo de cambio peor que el que nos proponían; resumen: hubiéramos salido ganado con el primero. Es lo que hay…

10h de la mañana. Estamos a unos cuantos kilómetros del muelle del que parten los slow boats pero el tuk-tuk nos pide 150000 kips a cada uno (unos 17 euros) por salir ya; eso o esperar a que se llene y pagar sólo 20000 cada uno (unos 2 euros). ¿Perder dinero y asegurarse llegar al bote o arriesgarse y esperar? Esta vez decidimos arriesgar. Pasaban muchísimos mochileros, pero todos tenían contratado el “bus turístic laosiano” que les llevaba directos al muelle. ¿Nos habíamos equivocado de decisión? Y en el último momento, 11h de la mañana, a punto de claudicar, aparecieron tres jóvenes que viajaban de forma independiente y querían coger el mismo barco.

A cinco minutos de que zarpase el slow boat, conseguimos comprar los billetes, dos bocatas y una Beerlao para el trayecto, que nos llevaría durante seis horas por el río Mekong, entre Laos y Tailandia hasta Pak Beng, camino de Luang Prabang.

Estábamos en el barco, sí, que era lo importante, pero llegados a la escala nos dijimos que a la mañana siguiente debíamos madrugar para conseguir mejores lugares desde los que poder disfrutar de las vistas y de las ocho horas que quedarían de navegación; pero por lo visto, 30 minutos antes no eran suficiente, pues el barco estaba ya casi lleno el día de después. Por suerte conseguimos dos lugares aceptables.

Las siguientes horas entre los turistas: libros de lectura para la espera y cabezas buscando el viento que regala la navegación. En el paisaje: troncos altísimos e irregulares, con bruma en sus copas; bosque frondoso, lleno de verdes oscuros, fosforescentes y hasta amarillos; árboles que no crecen paralelos sino casi en abanico, disputándose una vista privilegiada a la serpiente embarrada; ramas que crecen hacia abajo a modo sauce llorón y a ratos, calvos de la carne arcillosa de la tierra; bosque virgen. Cada cierto tiempo, una cabaña, una canoa. Hasta que el caudal empezó a ensancharse y llegamos a la antigua capital de Laos. Allí cenamos con vistas a la puesta de sol desde el río que nos había servido de carretera durante dos días. Al día siguiente el despertador sonaría a las 4:50h; era hora de descansar.

A las 5:30h, minutos antes de amanecer, las calles cercanas a los templos se llenan de un río muy diferente; filas de color anaranjado fosforescente: son los monjes, que en silencio hacen su procesión recopilando en sus cestas las ofrendas de los fieles; los cuales les esperan dispuestos en la calle con un cesto del que van sacando su limosna a repartir entre la hilera de monjes descalzos que pasan delante de ellos. “Tak Bat” es el nombre de esta ceremonia diaria, que va perdiendo su belleza con el inapropiado comportamiento de algunos turistas que acercan los objetivos de sus cámaras a la cara de los monjes, cegándolos con sus flashes. La calle desde que lo contemplamos estaba serena, por suerte; sólo paseando más allá podía verse este tipo de conducta.

Aprovechando la hora, nos acercamos al mercado matutino, desde el que no sólo se venden frutas, verduras y especies, sino también ranas, larvas de gusano, ratas asadas y jaulas de pájaros que utilizan en las ofrendas.


Tras una breve pausa en el hostal haciendo tiempo a que los templos abriesen, subimos al monte Phu Si, punto más alto desde donde se puede contemplar toda la ciudad.

Luang Prabang aún conserva reminiscencias de su pasado colonial francés; una de las más celebradas, además de la arquitectura, es la existencia de pan y bocadillos por las calles. Los templos también son diferentes con respecto a los tailandeses: son más sencillos en su decoración y más auténticos, pues muchos no están restaurados.

Bajando hacia los templos del sur, que no parecían tener nada de especial, fuimos atraídos por un cántico; y entrando en el Wat Aham nos encontramos con un grupo de monjes rezando al unísono sus oraciones. Nos sentamos detrás de ellos para que nuestras mentes se dejasen llevar por sus melodías. Saliendo renovados, acabamos el día paseando por el mercado nocturno.

A las 7:30 de la mañana del día siguiente, estábamos esperando un tuk tuk que habíamos negociado el día anterior por 40000 kips cada uno, para llevarnos a las cataratas Kuang Si. Cuando llegó, la oferta seguía en pie a pesar de nuestras dudas, pero insistía en ponerse el dedo en la boca indicándonos que era un secreto entre nosotros, pues a los siguientes que viniesen les pediría un precio mayor.

La parte positiva de madrugar es que te adelantas a los grandes grupos de turistas. Al entrar en el parque, nos recibía un centro de rescate de osos tibetanos que son confiscados a cazadores furtivos para mantenerlos allí en cautiverio a salvo de depredadores bípedos. Llegamos a la hora en que les dan de comer, por lo que parecían dar la bienvenida mostrando sus habilidades para encontrar la comida donde se la habían escondido.

Las Tat Kuang Si, unas cataratas de 50 metros de altura, recuerdan a uno la espectacularidad de la naturaleza y la pequeñez del hombre. Pudimos disfrutar de los interminables saltos casi en solitario y las ascendimos y descendimos rodeándolas, comprobando la fuerza del agua que, en estación de lluvias, inunda los caminos para acceder a lo más alto.

Una escalera para llegar era invadida por un torrente que escapaba al caudal central. Pasar por allí notando la fuerza sumativa de las libertades de lo que fueron gotas separadas, no sólo era refrescante sino un aliento natural a seguir subiendo sin saber si podríamos colonizar la cima. Cuando nuestro sudor ya era parte del río que saltaba al vacío desde arriba, descendimos por una cuesta embarrada para comprobar como los que ahora habían colonizado la base, eran los otros turistas.

Nos quedaban unas horas en la ciudad y Shu, el recepcionista del hostal, se ofreció a llevarme en moto hasta la estación, mientras Violeta esperaba, para comprar los billetes del sleeping bus que salía a las 20:30. Gracias a eso, el resto del tiempo pudimos aprovecharlo para ver lo último que nos quedaba de la ciudad: la “huella” de Buda, una huella en la roca del tamaño de una persona tumbada.

Pero la verdadera huella está en la entrada, con los monjes que esperan la llegada del turista para poder conversar y practicar su inglés. Estuvimos charrando con ellos un rato, con vistas al Mekong y descubriendo que quizás no haya tantas cosas que nos unen, pero seguro que son más profundas e importantes que las que nos separan: el deseo de aprender, de conectar, de viajar… en definitiva, de salir de uno mismo y descubrir lo que espera fuera.

lunes, 8 de agosto de 2016

Donde viven los monstruos (Geysir-Landmannalaugar)


Los monstruos deben vivir bajo condiciones infrahumanas.

Nuestro día en bici comenzaba tras disfrutar como niños en un hinchable gigante que había en el camping. La etapa no era muy larga y al principio todo iba sobre ruedas: La carretera era relativamente plana, el sol no pegaba fuerte y las nubes amenazantes se mantenían lejanas. 

De camino vimos una catarata que era sobrevolada por el drone de un ruso que lo manejaba feliz a través de su móvil, al rato un bus apareció y descargó un rebaño de turistas, era hora de volver al pedaleo y mientras nos alejábamos el drone nos despedía sobrevolando nuestras bicis.

Cuando paramos a almorzar las nubes amenazantes habían comenzado a alargar sus brazos para llegar a tocar el suelo y el frío era agotador, así que volvimos una vez más a las bicis. Cuando parecía que no podía hacer más frío, llegó la lluvia subiendo la temperatura del ambiente pero mojando el terreno y a nosotros. La lluvia nos acompañó unos 10km y como para hacernos la puñeta se hizo más violenta al rato de empezar. Una vez llegados a nuestro destino, empapados como sopas, se dio por vencida y se fue a otro lugar.


Lo monstruos deben vivir en un lugar donde todo falla.

El día siguiente amaneció soleado. Nos esperaban únicamente 23km a Selfoss y un bus a Landmannalaugar, esta región de las Tierras Altas de Islandia es conocida por sus termas y por su paisaje, ya que la lava al solidificarse vistió las montañas de diversos colores acaramelados.

En Selfoss abandonamos las bicis en un camping fiándonos de la seguridad islandesa y nos tiramos en los asientos del bus a ver pasar el paisaje sin tener que sudar. Todo iba bien mientras íbamos por la carretera asfaltada, pero al cambiar el bus de rumbo y adentrarse en un camino lleno de baches y tierra volcánica, la situación fue cambiando poco a poco.

Pasamos al lado del volcán Hekla, el paisaje era desolador, podría estar habitado por monstruos, pero cambió radicalmente cuando el negro se convirtió en verde ocupándolo todo. En este paisaje mucho más acogedor, las cosas empezaron a fallar; como una premonición, el bus paró al lado de un 4x4 que había muerto ahogado tras superar un río. Los pasajeros intentaban reanimarlo sin saber muy bien qué hacer. Uno de ellos alzaba los brazos en señal de victoria. A partir de aquí, en cada cuesta medianamente empinada el bus se calaba. Cómo no, el camino fue colonizado por cuestas y ríos que superar, riéndose de nosotros. 
Llegamos a nuestro destino tras varios fallos del motor y caras de circunstancia de la gente, una hora más tarde. Nos encontrábamos rodeados de las peculiares "montañas-caramelo", y la explanada estaba okupada por decenas de tiendas de campaña en lo que parecía un  festival de música. Para reforzar esta visión, tal cual bajábamos del bus, nos dirigíamos todos en fila a pagar y conseguir nuestra ¡pulsera!.

Cuando comenzamos a montar, la maldición del lugar cayó sobre nosotros y las piquetas no se clavaban en el suelo ni golpeándolas. No sólo no se clavaban sino que se doblaban. El palo del avance, decidió que 3 ó 4 días de vida eran suficientes y se partió. La situación era desesperante, así que hicimos lo que pudimos y nos fuimos a dar una vuelta por la zona.

En nuestra excursión, el paisaje nos hizo olvidar todas las desdichas y disfrutamos de un prado verde y una zona con fuerte olor a azufre y nubes de vapor que cubrían todo en una niebla que surgía de las profundidades de la tierra. Ciertamente el lugar podría estar habitado por monstruos. Al volver de la excursión, cenamos nuestra sopa del día y nos resguardamos del frío en nuestros sacos.


Los monstruos deben vivir en un lugar perdido e inhabitable.


Antes de abandonar Landmannalaugar, quisimos hacer una excursión más y mapa en mano nos pusimos en camino. Llevábamos una hora caminando, sin rastro del sendero pero rodeados de las dulces montañas, sólo estábamos nosotros y el viento comenzó a rugir violentamente, enfriando nuestros cuerpos, chillándonos en las orejas. Nadie duda que en este desierto ártico pueden vivir los monstruos. Dimos media vuelta y una guía a caballo nos corroboró lo que ya sabíamos: Nos habíamos perdido. 

Volvimos al camping y tomamos, esta vez sí, el camino correcto. Disfrutamos de unas panorámicas de la región, realmente espectaculares y nos despedimos de Landmannalaugar viendo al viento jugar entre las montañas, la hierba, o la lana de las ovejas.

El bus abandonaba el lugar, superando esta vez sin problema, cada bache, cada cuesta, cada río. Abandonábamos los paisajes acogedores y los desoladores donde podían vivir los monstruos.

Dice una encuesta que el 60% de los islandeses cree en los seres ocultos; esos que habitan las regiones inhabitadas y se esconden por miedo a los humanos: Trolls, elfos… Si existen realmente o no, quizás no lo sepamos nunca. Lo que sí está claro es donde viven los monstruos. Los monstruos no viven bajo condiciones infrahumanas, ni donde todo falla, ni en un lugar perdido e inhabitable. No viven en ninguno de estos lugares pero viven en todos ellos. 
Los monstruos viven en nosotros y sólo nosotros los podemos hacer visibles.