miércoles, 9 de agosto de 2023

Las sirenas arrugadas (Islas de Jeju y Udo)

Dejemos al inmenso Seoul alejándose por la ventanilla del avión y entremos de lleno en la bandera surcoreana: cumpliendo con los símbolos de los trigramas que rodean el Yin y el Yang sobre el blanco, nos desplazaremos por aire, tierra y mar dejando que el sol complete sobre nuestras cabezas el cuarto de ellos, fuego. 

Desde el aire, antes de aterrizar, nos topamos con unas vistas privilegiadas al verde promontorio volcánico que domina la isla de Biyangdo, la cual extiende sus aguas azul turquesa luminiscentes para tocar la playa de Hyeopjae (en la vecina Jeju), donde acabaremos nuestra visita.

Desde el primer momento en tierra resuenan ecos oceánicos con los carteles de musgo que dan la bienvenida a modo photocall.

En la tienda Pokémon, un Pikachu convertido en hareubang atrae con cantos de haenyeo a Lara mientras sostiene una mandarina; sintetizando el misticismo volcánico de la isla y la cultura manga.

Jeju es la isla de los hareubang, unas estatuas antropomorfas de basalto coronadas con un sombrero entre el bombín boliviano, el gorro de lana y el bombín del payaso rosa del circo de Playmobil. Estas representaciones petrificadas de la senectud (hareubang en el dialecto de Jeju significa "abuelos"), que sirven de mojones y dan protección a sus habitantes, dominan la isla, y son el símbolo por antonomasia de Jeju. Pero la isla nos ofrecerá más y mejores ejemplos de cómo dar el valor que se merece a la ancianidad.

Para trasladarnos por tierra alquilamos un coche eléctrico. 

El primer día avanzamos mucho menos de lo planeado... entre la llegada, el parón para comer, la velocidad media permitida (unos 45km/h de media) y que muchos lugares turísticos cierran entre las 17h y las 18h, ya solo nos quedaba mojar nuestras espinillas en la playa Hamdeok mientras Lara descubría asqueada el tacto de las algas y se repetía un "no passa res" moviendo la manitas para autoconvencerse, cada vez que el mar las empujaba hacia sus piernas.

Con el sol ya puesto, nos encontramos la puerta del hostal vacía, con un montón de carteles con información exclusivamente en coreano, un número de teléfono, un ascensor, y un teléfono que no funcionaba (que apareció cuando Violeta expresó indignada "¿por qué no ponen un teléfono para llamar?"). Por suerte, en casi toda la isla hay WiFi gratuito, y pudimos mandar un mensaje digital en botella virtual desde el chat de Booking. Apareció una mujer que no hablaba inglés, pero consiguió guiarnos hasta la habitación. Cerramos el día con una barbacoa de black pork, especialidad de Jeju.

Al amanecer del día siguiente subimos los 500 escalones que llevan a la cima del cráter Seongsan Ilchulbong. En la cresta, la mañana estaba nublada, pero un grupo de coreanos posaba para un aficionado que aprovechaba las sombras que crea el contraluz. 

Cuando pedimos una instantánea, el hombre nos convirtió en modelos improvisados y empezó a exigirnos poses Asian style: sonrisa y mano cerrada exceptuando el pulgar sobre el índice (símbolo coreano del corazón); sonrisa y puño en alto, victorioso; choque de puños coronado por un thumbs up; el "fuck you" rapero a la inglesa... Pero el momento álgido fue la cara de situación de Violeta cuando el hombre le pidió que ladease la cabeza, pusiese mirada soñadora mientras me sonreía, y crease un nido para su barbilla juntando las palmas de las manos a las mejillas.

Tras descender la empinada bajada, con las camisetas chopadas de sudor y humedad, probamos el helado de mandarina, la fruta de Jeju.

Ningún visitante puede escapar al cítrico: jabones aromatizados, postres de sabor a mandarina, puestos vendiéndolas a granel, o incluso gorras para vestir de auténticos coreano-mandarinos. 

Con fuerzas repuestas, nos dirigimos a la cercana isla de Udo, la isla de los cacahuetes. Cumpliendo con el tercer trigrama, nos dejamos transportar desde la cubierta de un barco, con la ilusión de estrenarnos conduciendo un sidecar para visitar Udo. Desgraciadamente nos encontramos con las trabas (no sabemos si legales o recelos y excusas por ser extranjeros) de que no teníamos el carnet de conducir coreano (no les servía el internacional), que éramos tres para un automóvil de dos, y que para colmo, aunque nos dejasen, nuestro carnet internacional no tenía sello en "vehículos tipo A".

Sea como fuere, solo nos quedaba la opción de visitar la isla en un hop-on-and-hop-off bus. Así que disfrutamos de las reducidas paradas. Primero, tomando un helado de cacahuete cerca de la Geommeolle Beach, con vistas espectaculares al brazo verde de tierra que la recoge. 

Después, parando en la alfombra blanca de la Hongjodangoe, como cubierta de nieve, radiante por el sol que se refleja sobre los restos de algas coralinas (rodolitos) que sustituyen a la arena.

De vuelta en Jeju, presenciamos cómo en la isla se hacen realidad historias de sirenas, encarnadas en las arrugas de las haenyeo.

Estas mujeres, que tienen entre 50 y 80 años, descienden en apnea hasta 10 metros de profundidad para pescar abulones y caracolas. Decididos a conocerlas y atraídos por un cartel que anunciaba performance a las 14h, fuimos a comer al restaurante que tienen a pie de playa. Nos sirvieron jeonbokjuk, unas gachas de arroz con abulón. A la hora prometida, y guiados por la voz que salía de un altavoz, nos unimos a la reunión de turistas que esperaban.

Dos haenyeo comenzaron a cortar a rodajas, a demanda para los que iban pidiendo previo acuerdo de pago, piñas de mar o meongge (un corazón de espinosa coraza), caracolas y abulones que se retorcían mientras los cortaban a juliana.

Nos quedamos sin escuchar el sumbisori, el canto que emiten estas vetustas sirenas al llegar a la superficie mientras intercambian el dióxido de carbono acumulado por oxígeno. La piel de estas sirenas, su neopreno, no se arruga con el agua, sino que gana flexibilidad con la experiencia.

Por la tarde nos dirigimos a Seongeup Folk Village, donde paseamos por las casas tradicionales de techo de paja. A diferencia de otras aldeas tradicionales, aquí los habitantes de Seongeup pararon el tiempo preservando el estilo de sus antepasados. Acabamos la tarde cenando una barbacoa en Seogwipo-si.

El día siguiente se hace algo corto, pues la mañana la tenemos que dedicar a hacer la colada y organizar los siguientes pasos. Como el horario de comida es reducido, a las 17h empiezan a cerrar todo, y la velocidad de conducción es tan mínima, nos da el tiempo justo para visitar tres lugares. 

Primero, las cascadas vecinas Sojeongbang y Jeongbang; la segunda es la única en Corea que cae directamente al mar, por lo que esperábamos una imagen más espectacular; sin embargo, el viento y la acumulación de gente la desmejoraban considerablemente. 

La siguiente parada fue un agradable paseo hasta la cascada Cheonjiyeon. Junto al río, los hareubang y otros diferentes objetos dispuestos en el camino servían de descanso y atracción al posado para selfis. De vuelta, una garza real paseaba en la otra orilla, disimulando su presencia.

Nos atardeció con vistas a Oedolgae, una roca de 20 metros que sobresale como un índice señalando el cielo. El oleaje mostraba su intensidad intentando superar el listón marcado por la roca, como si estuviera compitiendo a salto de altura con su propia sombra.

Al día siguiente el oleaje seguía picado, mostrándose fiero y juguetón a partes iguales en el Jusangjeollidae, motivo por el cuál no pudimos visitar la costa de Yongmeori que habían cerrado por motivos de seguridad.

Pero desde el signo de "cerrado" divisamos un templo cuyo Buda destacaba en la falda de la montaña, así que nos acercamos hasta allí. Recorrimos las escaleras de la parte externa del Sangbangsan Bomunsa custodiados por un lado por figuras que representaban los animales del horóscopo chino, y escoltados por el otro por Budas vestidos de diferentes colores festivos que echaban su plácida mirada sobre nuestros pasos. 

Tras comer, nos dimos un baño baby friendly en Hyeopjae beach, donde Lara era la única a la que cubría mínimamente el agua cuando las olas venían más altas, puesto que el área de baño estaba acotada y el agua no nos cubría más que la cintura. Eso sí, los niños coreanos iban preparados con la protección full equip: chaleco salvavidas, manguitos y flotador; a lo Transformer acuático.

Ya en el avión, sobrevolando Jeju y mirando por la ventanilla, nos despedimos de la isla de las sirenas arrugadas, que consiguen modificar la imagen de estas criaturas, demostrando que un cuerpo con estrías puede estar más capacitado que uno definido y que la belleza puede tener pliegues y continuar seduciendo con su canto.

(1 a 4 de agosto)

sábado, 5 de agosto de 2023

Viajar: Reflexiones de un chinchetero (Barcelona-Seoul)

El concepto de “chinchetero” lo escuché por primera vez de mi amigo Guille Gironés. Lo escuchó a su vez de unos compañeros de viaje que utilizaban la idea para criticar la fijación coleccionista de los viajeros que se centran en acumular países en la mochila. Quizás sea cierto que haya cierta obsesión en mi sed de recorrer el mundo; pero creo que hay algo más en ese hambre. 

Por ejemplo, el anhelo de entender. Los primeros días al pisar tierra extraña, me descubro intentando clasificar y encajar lo nuevo: empieza la observación. Al principio uno está atento, abriendo todos los poros de la piel para captar y registrar las diferencias que encuadren la esencia de la cultura visitada. Al empezar un nuevo viaje, uno trata de auscultar la cultura que late bajo el país, pues, como en medicina, el diagnóstico suele deducirse de una exploración. 

Pero no puedo negar la fijación por seguir viajando. Durante las primeras noches de jet lag, me preguntaba qué provoca exactamente ese síndrome de abstinencia, y lo reconocí en la misma fiebre impulsiva de los buscadores de oro: nos mueve la necesidad de responder a la llamada de la fiebre (que siempre seduce con la promesa de encontrar). Unos, atraídos por la del oro, buscando fortuna; otros, perseguimos el Grial del encuentro con lo exótico, lo diferente.

Y por eso aterrizó nuestra chincheta en Corea: por el deseo de encontrarnos con lo exótico. El primer día hábil (pues el anterior ya habíamos llegado por la tarde), la búsqueda resultó así: no encontramos lo exótico paseando por el arroyo Cheonggyecheon (quitando la escultura cromática de una caracola gigante); tampoco en el City Hall (si no es por albergar un jardín vertical en su interior); encontramos un destello delante del palacio Deoksugung al presenciar el cambio de guardia (y solo un destello, pues la artificialidad contaminaba el efecto). En el Mercado Namdaemun, el bulgogi que comimos empezó a desafiar los sentidos, pero grupos de scouts, que están celebrando un encuentro mundial por estas fechas, plagaban cada rincón (restando autenticidad a un escenario lleno de extras).

La primera confrontación a la idea de lo exótico llegó en el barrio Myeong-dong con una mujer que paró en la calle para ofrecernos un paraguas que aplacara el inclemente sol. En el primer momento nos sobrevino el pudor a dejarse ayudar, pero su insistencia y su explicación (it's for the baby) levantaron las defensas. Protegidos ahora bajo el parasol, una idea comenzó a brotar: ¿no será lo exótico un espejismo? Al fin y al cabo, ¿no es cada cultura sino la adaptación y respuesta de cada ser humano a su entorno?, ¿realmente somos tan diferentes?

Con estas ideas germinando, un teleférico nos llevó hasta los pies de la Namsan Tower. Allí, una abrumadora cantidad de hechizos de amor "eterno" se amontonaban en las barandillas como hormigas de caramelos multicolores caminando unas sobre otras. Algunos candados habían perdido su encantamiento, pues Lara iba comprobando uno a uno y conseguía cazar entre sus manitas varios amores frustrados reconvertidos en trofeos que mostraba orgullosa.

Tras recrearnos con las vistas de Seoul desde arriba, llenamos nuestros estómagos con una barbacoa coreana en el restaurante 853. 

Al día siguiente, el templo Jogyesa nos recibió engalanado con flores de loto que permitían un paseo entre macetas que entibiaba el ambiente con la imaginación de estar atravesando un estanque.

En el Palacio Gyeongbokgung, los hanboks (el traje tradicional coreano) sobreimprimían el entorno con un recuerdo, una transparencia temporal pintada con los colores de la dinastía Joseon. 

Un gran porcentaje de turistas (coreanos, foráneos y scouts) vestían con los ropajes alquilados para posar ante las cámaras de sus móviles. De caderas para abajo, destacaban los colores pastel de las faldas de ellas; arriba, despuntaban las semitransparencias negras de las copas de los gat (sombreros) de ellos; en las pieles, se heterogeneizaba lo que en la dinastía Joseon hubiera sido parte del "uniforme" de todos. En el cambio de turno de la guardia real, los colores pastel dieron paso a los estridentes trajes de los guardianes.

Tras un descanso, subimos la cuesta que lleva a Ihwa, conocido por los murales con que varios artistas dieron nueva vida al barrio, que estaba deteriorándose. A los pocos minutos de pasear por la calle principal, las corrientes monzónicas nos dieron la bienvenida y tuvimos que refugiarnos bajo un toldo. Al rato, amainó un poco y salimos. Entonces, una pareja apretujada bajo su paraguas se acercó a explicarnos que nos habían visto desde los edificios de enfrente y venían a traernos un paraguas. Lo cierto es que las varillas del regalado el día anterior por la coreana amenazaban con voltearlo por completo y dejarlo inservible si no se usaba exclusivamente como parasol, pero el pudor a ser ayudados se impuso de nuevo, y tras agradecer el ofrecimiento con rubor, dijimos que no podíamos aceptarlo porque ya teníamos uno y esperábamos que dejase de llover pronto. La cultura individualista chocando con la colectivista. 

El tiempo empeoró, y por suerte, el empeño coreano por ayudar volvió a insistir. Esta vez, un hombre conduciendo una moto bajo la lluvia se acercó hasta el toldo, y enseñándonos su paraguas, casi sin frenar, nos interpeló un "take it" y aceleró alejándose de nuevo, cual rider con prisas que ha entregado su paquete, dejándonos el paraguas. Refugiados, caminamos hasta una cafetería para dejar que pasase el agua al calor de un café latte.

Ya de vuelta en Insadong, el barrio donde nos alojamos, los coreanos volvieron a agasajarnos con una sopa de noodles de regalo para Lara.

Al día siguiente, el templo Bongeunsa nos recibía adornado con un techo de farolillos blancos dispuestos de manera tan simétrica, que cuando las nubes dejaban asomar el sol, la luz que pasaba entre los espacios que dejaban libres los farolillos creaba armónicas calles y avenidas de luz, azulejos radiantes y efímeros; aluzejos, vaya…

Antes de comer, Lara se marcó varios intentos imitando a una joven que seguía los pasos del Gangnam Style frente a la estatua que conmemora el hit que menciona el barrio. La joven, inciándola en la cultura TikTok, consiguió que Lara aprendiese a poner las manos como PSY, cual jinete cabalgando alegre y confuso.

La comida en el Gwangjang Market, rodeados de tiendas de tela y comiendo sentados en taburetes, fue la más auténtica de todas; fue también el preludio de una nueva tanda de lluvia que nos pilló, esta vez, bajo techo. 

Por la tarde, mientras el sol se ponía, exhausto de reflejarse en superficies tan distintas y variopintas, dimos un salto adelante en el tiempo para pasear por las instalaciones futuristas y sinuosas de Zaha Hadid, en la Dongdaemun Design Plaza.

Y volviendo al presente, dejadme retomar la reflexión inicial: reivindico la figura del explorador tan denostada tras la colonización, aunque tan alejada de su idea: colonizar es imponer una visión foránea a un pueblo; lo que busca el explorador es, precisamente, escuchar otras visiones, enriquecerse de ellas, ser mil veces "colonizado".

Antes explicaba que me identificaba con los buscadores de oro, y es que no solo comparto la fiebre que les mueve a buscar aventura, sino el procedimiento para buscar el tesoro: la técnica del bateo; el filtrar a través de la observación. Con la técnica, uno se va dando cuenta de que el intento de catalogar, no es sino simplificar y eso sólo puede acabar reduciendo la cultura a un holograma, un reflejo, una caricatura. Igual que en el proceso de destilar uno no se queda con la diferencia sino con la esencia, para el viajero, encontrar el oro es la revelación de que aunque la cultura nos diferencie, la esencia no cambia. Quizás ese sea el tuétano del viajero, quizás ahí resida la emoción de la búsqueda: en el bateo para tamizar las diferencias en busca de lo más valioso, lo que nos une. Desvelar, descubrir el “espejismo” de la diferencia es el ocaso del chinchetero y la ventura de quien busca.


(27 a 31 de julio)

lunes, 3 de julio de 2023

Hopeless Wanderer (Monument Valley-Antelope Canyon-Santa Fe-San Angelo-Austin)

En esta entrada vamos a visitar 4 estados y recorrer las últimas millas del viaje, así que no perdamos el tiempo; abrocharos los cinturones y bebed un sorbo de café que nos lanzamos a la carretera. Estamos en Utah y no nos podemos ir sin visitar Monument Valley. Esta reserva de los indios Navajos, es una imagen imperecedera de la cultura pop de los 50 y 60; una postal de las películas western. El rojo de los promontorios que todos conocemos, impera en el paisaje y parece atraer los atardeceres antes de dar paso a los créditos de la película mientras John Wayne cabalga hacia el infinito.

Cambiamos de estado y nos adentramos en Arizona. Allí nos espera el Antelope Canyon. Antiguamente pasaban por esta reserva, que también es de los Navajos, los antílopes en su migración. La creación de una presa en los alrededores, desvió el recorrido anual de estos animales, aunque el nombre permaneció impregnado en el desolado cañón. El agua y las tormentas de arena, siguen visitando el lugar y han moldeado con el tiempo unas formas sedosas y atractivas que se asemejan a olas petrificadas. El color de las paredes, sus formas ondulantes y la luz solar, se combinan aquí para ofrecer un paisaje de lo más Instagramer. 

Nuestro guía, que parecía estar obsesionado por la fotografía y poco interesado en contar historias, nos obligaba a hacer cola para tomarnos fotos en los puntos que conocía a la perfección. Nos sentíamos como si estuviéramos en un Fotomatón o en la cola del Empire State esperando que te hagan la foto antes de subir.

Se acaba el día y el sol se pone a nuestras espaldas mientras huimos hacia el Este. El color de las piedras que hemos visitado, parece haber conquistado el cielo y ya va siendo hora de hacer un alto en el camino. Mañana seguiremos sumando kilómetros.

Nuevo México nos acoge con sus paisajes áridos y despoblados. Pretendemos visitar Acoma Pueblo, la población habitada de manera permanentemente, más antigua de EEUU. Por desgracia, parece que desde el COVID todo se ha complicado y las visitas requieren de reserva previa. Nos tenemos que contentar con comer con vistas al pueblo, que se asienta encima de una prominencia rocosa como si se tratase de un castillo natural.

Llegamos a la capital del estado, Santa Fe, al atardecer. Aún así, nos da tiempo a pasear por sus calles que parecen conquistadas por el espíritu mexicano: las casas están edificadas con adobe y una arquitectura muy nativa y particular; el papel picado viste de colores los callejones; la vida relajada cierra los negocios pronto y el calor manda a la gente a beber margaritas. Acabábamos de llegar y no queríamos ser maleducados, así que fuimos al conocido restaurante La Choza, para hidratarnos y degustar comida mexicana acompañada de chile verde y rojo.

Cruzamos al último estado en el viaje y la Texas profunda nos acoge con sus planicies infinitas que demuestran que la tierra es plana. Las vacas parecen las únicas habitantes además de las máquinas de petróleo y gas que rotan monstruosamente en circunferencias monótonas y lo invaden todo mientras en algunos puntos unas chimeneas escupen fuego iluminando la tormenta de arena que atravesamos.

Bea tiene que examinarse para sacarse el carnet de conducir americano, pero el destino no está de nuestro lado esta vez; en un pueblo perdido, aun habiendo pedido cita, nos dicen que no da tiempo a hacer el examen y en San Angelo, nos ponen problemas porque el seguro del coche alquilado no está a su nombre, así que decidimos aparcar el carnet de Bea hasta agosto y seguimos adelante con lo poco que queda de viaje.

San Angelo es la última ciudad que pisamos, antes de volver a Austin. Paseamos por sus calles desérticas pero elegantes, de edificios bajos, amplios y que guardan las distancias entre ellos haciendo pesado caminar por la acera. La calle principal podría ser el escenario de Smallville o cualquier película ambientada en la américa profunda. Con negocios y bares de una estética muy USA. Recorremos también el cauce del río que cruza la ciudad y parece mitigar el calor que nos acompaña en todo momento.

Antes de volver a Austin, vamos a llenar nuestros estómagos de barbacoa de la buena en Salt Lick. Este restaurante rodeado por retorcidos robles, recubierto de madera, y decorado con bombillas como si fuera un anuncio de Estrella Damm, sirve carne a la brasa al estilo tejano, en platos de cartón y es acompañada por salsa barbacoa casera, habichuelas, col y ensalada de patata.

Más gorditos, fuimos a las Hamilton Pools, con la ilusión de refrigerar la piel y el alma, cocidas a fuego lento cada segundo que pasábamos en el exterior. Estas piscinas naturales, forman parte de un Parque Estatal y están embellecidas por una cascada que cae gota a gota, pausadamente. Por culpa de una colonia de E.Colli, nos quedamos con las ganas de entrar al agua y sólo pudimos hacer fotos y seguir adelante. Todavía con el gusanillo dentro, nos dirigimos a otra reserva: Pace Bend Park, creada por el río Colorado; el mismo que pasa por Austin, pero diferente al que crea el Gran Cañón. La redundancia en este país, es un arte.

El viaje daba sus últimos coletazos y no encontramos mejor forma de acabarlo que yendo al estreno de Indiana Jones 5, para llenarnos los pulmones de aventuras y nostalgia. El día siguiente lo dedicábamos por completo a hacer la mudanza de nuestra nueva casa, en nuestra actual ciudad, Austin y tras casi 13.500 kilómetros, devolveríamos nuestra casa con ruedas.

Como todos los viajeros, una pequeña parte de nosotros se quedaba en el coche, en los moteles de mala muerte, los caminos llenos de polvo y sudor de los parques nacionales, en el Océano Pacífico y en cada milla recorrida. Pero también se quedaba en nosotros una pequeña parte de cada lugar y experiencia vivida. El viaje llegaba a su fin y en nuestro corazón de nómadas, resonaban las palabras que el personaje Sallah decía a Indiana:

“Echo de menos el desierto, echo de menos el mar y echo de menos despertarme cada mañana preguntándome qué maravillosa aventura nos deparará el nuevo día”.

¡Hasta la próxima!



miércoles, 28 de junio de 2023

Aquí y ahora (Horseshoe Bend-Bryce Canyon NP-Moab)



"El himno de mi corazón, planea por el universo. Sin principio ni final..."

Dejamos el Grand Canyon atrás para seguir remontando el Colorado siguiendo ríos de asfalto, hasta llegar al Horseshoe Bend. Este meandro es conocido porque la curvatura del Colorado se asemeja a la herradura de un caballo. La perspectiva desde los altos acantilados, lo hacen visible y justifica que tantas veces se haya fotografiado e infiltrado en Instagram. Apartémonos de las masas y dediquemos un minuto a disfrutar del momento y venir al presente.

"...Hoy voy a dejarme llevar, sí..."

Las distancias de los mapas son engañosas en un país tan grande como los EEUU, por lo que la carretera decide que el alto en el camino sea de nuevo en la pequeña ciudad de Kanab, situada a las puertas de dos Parques Nacionales: Zion y Bryce Canyon. Aprovechamos para recargar pilas, disfrutar de la piscina y las vacaciones desde la calma del descanso.

Bryce Canyon NP nos acoge con los brazos abiertos de buena mañana, ofreciéndonos la oportunidad de quedarnos en el Sunset campground por un módico precio. Una vez asegurada la “cama” nos vamos de visita. Este Parque Nacional curiosamente no se trata de un cañón, ya que no está esculpido por la erosión. Sin embargo, está gobernado por los peculiares “hoodoos”. Estas cicatrices de la tierra sí que están creadas por la erosión del agua. Configuran bosques de chimeneas de hadas que emergen en diferentes y creativas formaciones verticales de colores anaranjados, rojizos y blancos.

Paseamos mirando hacia arriba entre los hoodoos, como si lo hiciéramos en una ciudad llena de rascacielos. También miramos hacia abajo con las vistas que ofrece el camino que bordea el “Cañón”, también conocido como el anfiteatro. Obviamente también miramos hacia el frente desde el Bryce Point. Un mirador que ofrece las mejores panorámicas de esta ciudad encantada. Las vistas lo merecen: dediquemos un minuto a venir al presente.

"…Siempre he querido estar aquí y ahora..."

Por la mañana amanecimos en el coche a -5 grados centígrados. Como intuiréis los que habéis ido siguiendo esta aventura, en unas horitas, el termómetro subiría hasta 38 grados. Después de unas horas de carretera, el Arches NP nos esperaba con una cola de coches tratando de entrar y exigía una reserva de hora. Era el primer Parque que funcionaba así, pero por suerte, no fue un problema y pudimos explorar durante todo el día las diferentes formaciones de la tierra. 

Si el Bryce está gobernado por “hoodoos”, Arches, como imaginaréis, lo está por arcos. Alrededor de 2000 puentes pétreos habitan el lugar. Uno de los más conocidos es el Delicate Arch, al que se accede tras recorrer unos 2 kilómetros bajo un sol punzante y puñetero. Aquí cominos, tomamos una inspiración y durante un minuto, venimos al momento presente antes de ir a dormir a Moab.

"…siempre he querido estar así..."

La ciudad de Moab fue nuestro campamento base, por su proximidad a los diferentes Parques. Por error reservamos dos noches en el único camping en el que sólo se permite acampar con tienda, así que nuestro coche estubo "acampado" dos días en el parking y el sitio de la tienda de campaña, vacío.

Amanecimos muy pronto, sin necesidad de desmontar ni quitar piquetas del suelo. Teníamos que visitar dos destinos. El primero, Deadhorse State Park, ha sido escenario de varias películas y su nombre viene de una leyenda en la que los Cowboys, acorralaban a los caballos salvajes al borde de este precipicio, para elegir a los que quisieran, dejando morir de hambre y sed al resto. Al menos, morían con estas vistas increíbles del paso del Colorado. Visitamos el mirador de buena mañana, con el sol apenas desperezándose. Entendimos el porqué elegir este lugar como escenario de películas. Las panorámicas eran espectaculares, pero lo mejor estaba por venir.

Canyonlands era el segundo lugar a visitar. Es peculiar porque está dividido en 4 distritos separados por los caprichos del río Colorado y el Río Green que convergen en este Parque Nacional. Visitamos el distrito “Island in the sky” y con el nombre se hace uno a la idea de lo que esperar. Da la sensación de que se esté literalmente en una isla, pero el océano son las tremendas extensiones de cañones. Uno tenía la sensación de gobernarlo todo a sus pies, de ser Rafiki a punto de levantar a Simba, con todo el reino debajo.

Las fotografías no hacen justicia al paisaje. Solo el concepto “panorámica” explica la inmensidad, que se tragaba incluso al horizonte. Con tal grandiosidad, decidimos inspirar una vez más y venir a disfrutar, aquí y ahora.

"…siempre, siempre, un segundo al fin."



lunes, 26 de junio de 2023

Las cicatrices de la tierra (Grand Canyon NP)

Las cicatrices son marcas que se nos quedan en el cuerpo de manera permanente, historias tatuadas en la piel que hablan de nuestro poder de adaptación y aprendizaje. Son recuerdos dolorosos que definen quiénes somos. También la tierra tiene sus cicatrices.

El lunes 19, llegamos al Grand Canyon National Park después de una larga jornada de carretera y dedicamos la tarde a comprar previsiones, descansar y brindar con un espumoso, dando “gracias por los días que vendrán” desde el corazón del South Rim. Para que nos entendamos, los 446 kilómetros de largo que recorre el Parque Nacional, están divididos en dos grandes mitades: El North Rim y el South Rim.

Teníamos la suerte de haber conseguido plaza en el camping Mather Campground, para la primera y tercera noche, pero nos faltaba la segunda; así que el segundo día, nos tocó madrugar para conseguir una plaza “first come, first serve”. A las 6:30 de la mañana, ya  estábamos una pareja de moteros y nosotros haciendo cola. Para cuando abrieron la oficina, el número de madrugadores esperando conseguir una de las 15 plazas, se había multiplicado exponelcialmente.

Con el triunfo en el bolsillo, nos fuimos en autobús hacia el oeste para recorrer el "Hermit Trail", adentrándonos en las entrañas del cañón. Encontrar lugar donde dormir, nos había obligado a empezar a caminar con el sol implacable sobre nuestras cabezas. La bajada fue sencilla, aunque prometía ser un reto volver sobre nuestros pasos por el gran desnivel. Siguiendo el camino serpenteante, el cañón ofrecía intermitentes vistas de primera que hacían olvidar lo que vendría más adelante. 

El destino de nuestra caminata era "Dripping Springs", un pequeño manantial sin mucha más gracia que la refrescante sombra y un goteo perenne de agua que daba vida a la vegetación alrededor, contrastando con el paisaje desértico. El poder del agua sacaba pecho dando vida gota a gota.

Tras descansar un rato, comenzamos la vuelta y la verdad es que se nos complicó bastante. Cuando quedaba una milla aproximadamente, pero todavía todo el desnivel por desandar, a Bea se le apagaron las luces. Por suerte las nubes y un árbol mostraron su benevolencia, permitiendo la existencia de sombras para que pudiéramos reposar y coger fuerzas, hasta retomar el camino cuesta arriba hasta el final.

Nos tomamos el resto del día con calma, reponiendo energías, agua y nutrientes. Aunque también hubo tiempo para recorrer el “Trail of time”; un camino de unas 3 millas que muestra, de manera didáctica el paso del tiempo. Cada metro recorrido, representa 1 millón de años de historia geológica con muestras de rocas de dicha edad. Una colección petrificada de historias silenciosas.

El tercer día, nos levantamos a las 4:30, para evitar al máximo el punitivo sol y ser capaces de bañarnos en el Colorado, que se esconde a una milla de profundidad, bravo y tentador. Esta ruta se desaconseja realizar en una sola jornada por la dureza de la misma; la combinación de desnivel acumulado junto con los kilómetros recorridos, aseguran una larga caminata. Doce años atrás, Enrique y yo realizamos la hazaña por el "Bright Angel Trail". 

Esta vez, decidimos seguir el "South Kaibab Trail" y medir nuestras fuerzas. A mitad bajada, el sol todavía estaba perezoso, y nosotros teníamos energía, agua y provisiones suficientes como para soñar con el espejismo que se hacía real río abajo. Así que continuamos bajando hasta llegar al Colorado. 

Durante la bajada, nos dimos cuenta que la mejor opción sería atacar la subida por el Bright Angel para ganar algo de sombra durante el recorrido, así que cruzamos el Colorado, conquistando los dos puentes que conectan el camino y sobrevuelan el río impasibles a la fiereza de su corriente.  

Almorzamos, nos bañamos, hidratamos nuestra ropa y sobre las 10 de la mañana comenzábamos la ascensión. La decisión que habíamos tomado demostraba ser todo un acierto, cada vez que cruzábamos por puntos de agua o penumbra intermitente donde poder refrescarnos y llenar nuestros pulmones de humedad. El sol justiciero, sin embargo, no nos abandonó en todo el camino complicando cada paso. Tras recorrer 26 kilómetros, acumular más de 1400 metros de desnivel y caminar durante 8 horas y media, nos colgamos la medalla de campeones y alimentamos nuestros cuerpos y nuestro orgullo, mirando al Gran Cañón y dando una palmadita a nuestras mundanas piernas, a las que tantas veces infravaloramos su poder.

Para completar el día, después de quitarnos todo el polvo de los huesos con una refrescante ducha, fuimos a despedirnos del Parque Nacional admirando la puesta de sol. Encontramos un hueco en primera fila, lejos del bullicio y nos regalamos una botella fresquita de rosado mientras nos bebíamos poco a poco el atardecer, mirando al río, invisible en lo más hondo del cañón.

El Gran Cañón impresiona por su monumental presencia. El agua, el viento y el tiempo han ido agrietando la tierra. Cuesta mucho explicar con palabras algo tan grandioso. El Cañón del Colorado es una verdadera obra de arte en 3D, con anchura, altura y profundidad, que además, huele a historia, huele a Jurásico. Es un testigo mudo de la historia de la humanidad y todas y cada una de sus cicatrices, al igual que las nuestras, lo definen y hacen tan bello.

jueves, 22 de junio de 2023

Una serie de catastróficas desdichas (Death Valley NP-Las Vegas-Zion NP)

A pesar de no ser esta la historia de los tres huérfanos de la familia Baudelaire, sí es cierto que relata una serie de catástroficas desdichas ocurridas en nuestro camino por el suroeste estadounidense. A diferencia de la serie de libros de Lemony Snicket, sin embargo, estas desventuras sí tienen un final feliz.

Acompañádnos en nuestro viaje a través de California mientras despertamos en un camping con unas vistas de ensueño. El coche está aparcado mirando a un lago que refleja las montañas nevadas y la temperatura es menor de 10 grados centígrados, pero no tiritéis, en una hora será multiplicada por cuatro. Mientras desempañamos el cristal, cubierto por los vahos producidos por nuestros sueños, asoma el primer infortunio: aparece un nuevo personaje, al inicio tímido, materializándose como una grieta en el parabrisas. Ahora sólo es de unos pocos centímetros pero como todos con el paso del tiempo crecerá y al final de esta entrada, será todo un adulto y será nuestro compañero en lo que queda de viaje. Con la aparición agrietando nuestro Dodge, pegamos un salto en el tiempo y cambiamos de escenario. 

Las ruedas del coche giran frenéticas y recorren el desierto, desafiando a las altas temperaturas mientras la carrocería nos protege con el aire acondicionado aislándonos en una burbuja. El calor del desierto parece impedir la señal de los móviles y no permite que escuchemos música. Es entonces, cuando ocurre; un estrépito monstruoso estalla sobre nuestras cabezas erizándonos la piel. Al momento, un caza aparece y se aleja, maniobrando muy cerca del suelo. Nuestras mentes rezan porque no se estrelle delante nuestro, cuando un segundo rugido nos para el corazón. En un abrir y cerrar de ojos, aparece y desaparece un segundo caza. El desierto se queda en silencio y nosotros con el pulso congelado, no atrevemos a romperlo. Sin embargo, fruto de la adrenalina o de la emoción, un grito se escapa sin permiso de mi boca.

Ya estamos cerca del último destino en California: Death Valley. Detrás de unas elevadas montañas, vemos el desolador y desértico "Panamint Valley", antesala de "Death Valley". Antes de llegar, una nueva cordillera reta de nuevo al coche, a través de pendientes que nos protegen del famoso Valle de la Muerte. Las temperaturas abajo, llegan a ser de las más elevadas del mundo; de ahí su mortuario nombre. 

El Dodge empieza a adentrarse en este Parque Nacional, recorriendo una carretera que parece infinita. La alianza entre la fuerte pendiente y el asfalto lleno de baches, convierten el camino en una montaña rusa permanente; un vaivén que produce vuelcos en el estómago hasta llegar a las entrañas del valle.


Durante el día dedicamos tiempo a explorar Death Valley, visitamos las dunas, que parecen traídas del lejano Oriente y depositadas en medio del valle; nos adentramos en el Gold Canyon soportando los 43 grados centígrados que marca el termómetro; recorremos la "Artist Drive", protegidos por el vehículo y admirando la paleta de colores que tiene la tierra para los que se aventuraban a pasar por ahí plantando cara a la deshidratación; caminamos por la cuenca Badwater, el punto más profundo, a 86 metros por debajo del nivel del mar; donde un camino de sal llega hasta el río Amargosa que aparece y desaparece de manera fantasmagórica. 

A lo largo de todo este recorrido, alimentada por los cambios de temperatura entre el exterior y el interior, nuestra amiga la grieta va creciendo a pasos agigantados y entre tanto, la noche se nos echa encima y viene acompañada de una tormenta que por suerte, parece quedarse de turismo en el valle mientras nos alejamos respirando tranquilos, ilusos de nosotros.

Estamos bajo la carpa en la que dormimos esta noche; un viento atronador amenaza con llevársela de paseo mientras dentro encontramos cuatro ojos abiertos de búho. Sí, somos nosotros incapaces de dormir entre el sonido ensordecedor del viento, la sesión de flashes continua e incansable de los rayos que rasgan el cielo y amenazan con destruir el planeta. Buenas noches.

Abrimos un ojo, la tormenta ha pasado y estamos a salvo en los futones de la carpa. Ahora son unos sonido guturales los que rompen con la calma. Me aventuro a apostar por jabalíes, pero unos rebuznos parecen indicar que se trata de algún tipo de équido. Sea como fuere, los Jinetes de la Muerte parecen haber dejado libres a sus animales para que pasten en la oscuridad de la noche.  


El calor del nuevo día derrite todas las pesadillas y seres del averno. Estamos vivos, y queremos celebrarlo huyendo rápidamente antes de que sea demasiado tarde. Aún así, nos queda subir a 1600 metros sobre el nivel del mar para verlo todo con perspectiva desde el mirador "Dante´s view". Las vistas como imaginaréis, son escalofriantemente impresionantes.




Nuestro siguiente destino está en Nevada y no es otro que Las Vegas. La ciudad de las luces de neón, de la fiesta, el derroche, el pecado y el lujo, sólo tiene una divisa. El pasaporte que aumentará la diversión es diversamente proporcional al agujero que se creará en tu bolsillo conforme se quemen los dólares. Como queríamos mantener vivo nuestro presupuesto, la ciudad nos regaló poco más que un escaparate tras el que ver y no tocar. No obstante, para no ser unos aburridos y decepcionaros, aludiremos a la conocida expresión "Lo que pasa en Las Vegas...", mientras el Dodge le da la espalda al famoso cartel "Welcome to Fabulous Las Vegas".  


En busca de nuevos horizontes, cruzamos al estado de Utah. Damos una vuelta más larga para recorrer los pasos del pasado y volver a conducir por la Route 66 recordando que lo importante no siempre es el destino. Con la añoranza superada y las notas de Rock and Roll acompañándonos, nos ponemos en ruta camino a Zion National Park. 


En esta reserva natural, el Cañón Zion ha esculpido en piedra roja, que parece arcilla, altos y fotogénicos acantilados. Una flota de autocares conecta frecuentemente los senderos para facilitar las excursiones. Los autobuses, de dos vagones, presentan el Parque Nacional a través de grabaciones, mientras lo atraviesan, al más puro estilo Jurassic Park.   




Como sabéis por el título de la entrada, la suerte no parece caminar junto a nosotros estos días y una de las rutas más conocidas está cerrada por inundaciones. Nos inclinamos por hacer la caminata de unos dos horas a las "Emerald pools". En este trail, se llega a unas piscinas naturales, que aunque no tienen mucho interés, gozan de unas vistas del Parque que valen la pena. Al final del camino, cómo no, la fortuna nos tenía preparado una sorpresa y nos obligó a tomar una decisión: volver por el mismo camino o atravesar el río. Descalzos y arremangados tomamos la determinación de seguir el camino del agua. 

El último día en Zion, madrugamos con la ilusión de tocar el cielo. Fuimos recorriendo el "Angels landing trail" sin parar de subir hasta llegar a unos 1700 metros. El nombre de la caminata se debe a que un pastor metodista dijo que únicamente los ángeles podían aterrizar al final de este camino. 




A tan sólo media milla para acabar, tuvimos que parar, ya que se requiere permiso, y dejar que nuestra imaginación subiera a lo más alto de la cima. Nos contentamos con las vistas desde el mirador Scout, desde las que el sol mañanero revestía las montañas rojas de un naranja esperanzador que auguraba el inicio de un nuevo día y con suerte, el final de una serie de catastróficas desdichas