lunes, 12 de agosto de 2019

El aliento del Chobe y del Zambeze (Kasane-Cataratas Victoria-Chobe NP)

Cruzar la frontera para llegar a Botswana fue relativamente fácil y rápido: el papeleo de rigor, el pago de tasas y pasar tanto las ruedas de la Bushcamper como las suelas de nuestros zapatos por una solución de sosa para evitar que la fiebre aftosa viniera de polizón (esto era nuevo). 

Encontrar alojamiento fue un poco más complicado que en Namibia, pero preguntando para encontrar zona de acampada llegamos a la que sería nuestra parcela durante tres días. Allí contratamos la excursión a las cataratas Victoria para el día siguiente, pues de haberlo hecho por nuestra cuenta, las tasas del coche para cruzar a Zimbabwe superaban los 200 dólares.

Esta frontera fue la otra cara de la moneda. Esperamos durante más de una hora en una cola que prácticamente no avanzaba y que se engrosaba cada vez que un botswano se colaba con un taco de pasaportes de todos sus compañeros. Unos le echaban morro, otros eran ayudados por los oficiales a pasar por delante, por lo que sin necesidad de justificación ni excusas, si el que estaba en cola no espabilaba, se comía un fajo de pasaportes extra por delante.

Pasada la frontera, lo demás fue rápido, y pronto empezamos el recorrido de miradores que siguen el curso del río Zambeze y sus cataratas. Las cataratas Mosi-oa-Tunya (humo que truena), más conocidas por el nombre que homenajeó a la reina de Inglaterra, están a medio camino entre la frontera de Zambia y Zimbabwe, por lo que estos dos países comparten la gestión del espectáculo.

Una de las primeras imágenes que apareció ante nuestros ojos, escondida en un recodo del mirador, fue el arco iris creado por la luz atravesando el agua pulverizada resultante del rugido de la primera catarata. En la parte oeste, era casi constante la caída de una llovizna traída por el viento, que transportaba el agua en montaña rusa subiendo en vertical desde la glotis del río, para ser escupida en dispersión al cruzar la mandíbula y dejar caer su aliento sobre el público y las cámaras de los despistados, dispuesta a crear una experiencia única y exclusiva. 

Conforme avanzábamos, el vómito de agua era más abundante. El río, pródigo, vertía su contenido con vehemencia, alimentando a su retoño. La fuerza de la caída en algunos tramos provoca que el mirador sea más una ducha con vistas, pero poco a poco se va calmando y ahora en época seca la parte oriental deja de lado su joven ímpetu para dar paso a una serenidad adulta que sacrifica el caudal para regalar unos miradores en corte vertical limpio que compensan y hasta superan, con sus paisajes de mundo perdido, la maravilla. La experiencia es un grado...

Esta última parte final hace sentir a uno algo parecido a lo que debió de sentir el Dr. Livingstone cuando se encontró ante la inmensidad de las cataratas. 

Aquí, dos jóvenes que estaban de excursión con el instituto quisieron tomarse unas fotos con Violeta que pudo ensayar su pose de celebridad instantánea.

El siguiente día queríamos dedicarlo por completo a visitar el Parque Nacional Chobe, pero por la mañana y pese a los comentarios de la Lonely Planet, los avistamientos de animales escaseaban, así que decidimos disfrutar de las aves: ibis, cigüeñas, garzas y una pareja de bee-eaters que descansaban sobre una ramita mostrando su traje de plumas, presumidos y coquetos, con su sombra de ojos preparada para la ocasión.

Pensamos que sería mejor dejar que pasasen las horas de más calor y volver de nuevo por la tarde, así que volvimos a comer al camping, donde un grupo de mangostas de lomo rayado se resguardaba del pesado calor.

Por la tarde entendimos la fama de Chobe. Superado el camino de arena que lleva a la ribera, pudimos ver cómo un grupo de aves carroñeras: buitres y marabúes, se repartían o más bien se disputaban los restos de lo que parecía haber sido un búfalo; los marabúes atacaban con su pico, mientras que los buitres extendían amenazantes sus alas confiando en el respeto que pueda imponer la táctica de hacer creer que el más grande es el más fuerte. 

Siguiendo el río, manadas de elefantes compartían la extensión con algunas jirafas. La imagen de documental era más semejante a aquella con la que esperábamos ser recibidos a primera hora. Aquí estaba reunida la mayor concentración de elefantes que veríamos en todo el viaje.

Una manada que se encontraba especialmente cerca protegía a sus crías, una de las cuáles no tendría más que semanas, pues se mantenía en pie a duras penas y trataba de controlar sin éxito los movimientos de su trompa a imitación de sus mayores.

Con el sol a punto de ponerse y los torpes movimientos iniciales del pequeño elefante pusimos rumbo de vuelta dejándonos despedir por unos kudús que sorprendimos en el camino. La salvaje Botswana despertaba y se dejaba admirar mientras nosotros recogíamos nuestros bártulos y dejábamos atrás el río Chobe.


jueves, 8 de agosto de 2019

Los renglones torcidos (Etosha-Caprivi-Kasane)

No existe aventura sin mini problemas que resolver o bien obstáculos que superar. Esta ha sido la etapa de las pruebas, y observada a distancia creemos habernos convertido en alguno de los personajes del Maniac Mansion por unos días.

Primera prueba: Conseguir abrir y cerrar la parte de atrás de la Bushcamper, donde dormimos y tenemos todos nuestros enseres.

Desde nuestra visita a Cape Cross y con los últimos días en Etosha, el polvo del camino había ido calando en la cerradura, haciendo finalmente imposible que la llave girase. Contactamos con la compañía de alquiler de coches y nos dieron la dirección de un taller en Tsumeb para que no tuviésemos que desviarnos de la ruta planificada. Por suerte, en una de las ventanas habíamos dejado una ranura abierta para que ventilase, y trepando por la ventanilla, utilizando la manivela de cierre como vía supletoria a la llave, pudimos entrar y salir durante los días que estuvimos en Etosha. 

La mañana en que nos dirigiríamos al taller, mientras tratábamos de dejar la ventanilla entreabierta desde la parte exterior y ya con el cierre de la puerta echado, la ventanilla decidió cerrarse por completo para dar más emoción al asunto. 

En el taller, parece que no llegamos a entendernos cuando le explicamos al mecánico lo que pasaba, así que decidió cambiar la cerradura al completo al ver que con el aceite y el aire a presión no bastaban para abrir la puerta. Como esta estaba cerrada con manivela por dentro, seguía sin abrir. Fue entonces cuando entendió, y nos dijo que la única manera era extrayendo la ventana para meter la mano y desbloquear la puerta. 

Total, que lo que iba a costar quince minutos a lo sumo, se convirtió en más de una hora de reloj mientras el mecánico utilizaba la radial para llegar a los tornillos que debían sujetar la nueva cerradura y eran demasiado pequeños para los agujeros, añadiéndoles tuercas desde un hueco del lateral para que se mantuviesen en su sitio.

Monstruo del primer nivel: De camino al taller, ya habíamos coleccionado un nuevo obstáculo: nos paró un policía para informarnos que la multa por no llevar las luces puestas durante el día era de 250 NAD; que era mejor si los pagábamos en ese momento y en efectivo, ahorrándonos la parada en comisaría y el ser registrados en el sistema. No nos dio recibo y guardó el dinero sospechosamente en su portapapeles. “Please, proceed”.

Bonus points: La cantidad de animales de los que pudimos disfrutar en Etosha.

Resultado: Primera prueba superada con -250 NAD.

Segunda prueba: Conseguir salir del torreón en el que estábamos encerrados con llave.

Pasado el primer nivel, encontramos un camping regentado por una alemana muy habladora y desgreñada que tras darnos conversación y confirmar que normalmente lo de las luces se suele quedar en una simple advertencia para los locales, nos invitó a subir a un torreón que tenían en la zona de acampada. “Ahora lo que haréis será coger vuestra cámara y ver el atardecer desde arriba de la torre”.

Confiados y obedientes, disfrutamos de nuestro bonus point desde lo alto de la torre, para comprobar al bajar ¡que había cerrado la puerta con llave! Subimos escaleras de nuevo para gritar inútilmente “Hello?” “The door is closed!”, “Helloooo?”. De una de catástrofes, a una de terror. El sol ya se había puesto y pronto la luz se atenuaría por completo. En un momento dado, esperando respuesta en vano, comprobé cómo en la trampilla que daba paso al último piso estaba enganchado un murciélago que parecía mirarme. Unos minutos después, se dejó caer para sobrevolar sobre el piso inferior donde estaba Violeta buscando salidas alternativas, ahora buscando escondite.

Oportunamente recibimos respuesta en tono de guasa “Helloooo. We are cooooming!!!” Con un deje de ironía en su voz de bruja maquiavélica, seguido de unas risas que nuestra imaginación interpretó más como el juego macabro que mantiene una desequilibrada con sus víctimas que como el arrepentido entendimiento de que nos había encerrado sin darse cuenta.

No contenta, cuando apareció con el marido (monstruos del segundo nivel junto con el murciélago) y antes de abrirnos la puerta, aún se cachondeaban: “¡Bajad! ¿No conocéis el cuento de Rapunzel?” Aplaudían y reían. Respondimos con la sonrisa forzada de quien no quiere enfadar al enemigo y trata de apaciguarlo mientras salíamos del cautiverio impuesto.

Resultado: Segunda prueba superada por los pelos de Rapunzel.

Tercera prueba: Conseguir sacar el coche del banco de arena en el que estaba encallado.

Durante la mañana siguiente habíamos conducido desde Grootfontein hasta Divundu. Queríamos encontrar acampada en un alojamiento recomendado por muchos de los blogs leídos antes de venir, pero precisamente por eso sabíamos que estaría muy solicitado, por lo que contábamos con un nuevo monstruo: el tiempo que corría a contrarreloj, que decidió aliarse con el banco de arena. 

El camino estaba lleno de tierra y la conducción se complicaba, pero nos sentíamos confiados; hasta el punto de tomar la decisión errónea cuando el camino se dividió en dos opciones: una para 2x4 y otra para 4x4. El espejismo de no haber tenido ningún problema hasta entonces en la conducción nos empujó a aceptar el reto de la ruta más complicada, así que poco a poco, el coche fue frenándose, y las ruedas empezaron, a girar sin, agarrarse, al, suelo. Fue entonces cuando nos acordamos de que no habíamos bajado la presión de los neumáticos; total, que sacamos la pala para cavar y el medidor de presión para desinflar las ruedas.

Pocos minutos después, paró un coche con una pareja de sudafricanos que venía en dirección contraria y se ofreció a echar una mano. La mujer alegó que su marido era un experto en ese tipo de situaciones, así que el experto, con un pareo y descalzo, se puso manos al volante y trató de sacarnos del entuerto sin más éxito que el de llenar de arena el asiento del conductor que estaba con la ventanilla bajada. Visto lo visto, él se puso con la pala y nosotros a deshinchar ruedas para dejarlas a 1’2. Hecho esto, decidió intentar arrastrarnos con su coche, aparcando el suyo delante. ¿Éxito? Ninguno. Ahora éramos dos coches encallados el uno delante del otro.

Fue entonces cuando aparecieron los negros para ayudar a los blanquitos. Eran un grupo de siete y lo primero que hicieron fue analizar la situación mientras hablaban entre ellos. Después de cavar un poco, decidieron que lo mejor era empujar nuestro coche por delante para sacarlo marcha atrás. Et voilà! La Bushcamper ya estaba fuera de peligro. Ahora quedaba el segundo. Intentaron la misma maniobra sin éxito, así que después de volver a sopesar la situación, a uno se le ocurrió que lo mejor sería levantar el coche por la parte trasera y poner arena bajo la rueda para alzarlo del nivel en el que se encontraba. Dicho y hecho; sólo quedó empujar para sacar por fin el segundo coche. ¡Menos mal que nos tocó la negra!

Al llegar al camping, aún quedaban dos zonas de acampada libres.

Resultado: Tercera prueba superada a(l) tiempo con el comodín negro.

Bonus points: El campamento está situado frente a la ribera del río Okavango, por lo que nuestros vecinos de enfrente eran una manada de hipopótamos que se encontraba lo suficientemente lejos como para no temer y lo suficiente cerca como para poder conocer sus rasgos y escuchar sus chapuzones y rugidos. 

La mañana del día siguiente visitamos el Mahango Game Reserve. Un camino que lleva hasta un baobab gigante rodeado de un paisaje otoñal sirve de escenario para buscar oportunidades de encuentro con la fauna. Pudimos ver nuevas especies de aves, encontrarnos más cerca de la carraca lila (un pajarito de plumaje vistoso y multicolor) y hacer migas con los monos que se sentaban bajo los árboles.

Por la tarde nos dieron un paseo en mokoro (canoa) y tuvimos un encuentro más cercano con el hipopótamo. Cuando descansábamos de la ida en una isla, un hipopótamo que quedaba escondido decidió darse a conocer y acercarse al río para darse un baño. Una leyenda cuenta que sus bostezos no son sino una forma de enseñar sus fauces vacías al Creador demostrando que siguen cumpliendo la promesa primigenia (que hicieron para conquistar el agua) de no comerse a ninguna criatura. 

En el camino de vuelta disfrutamos de un atardecer anaranjado que se reflejaba en movimiento sobre las aguas del río Okavango.  

Al día siguiente, camino hacia Botswana, nuestro coche tuvo que convertirse en un tendedero improvisado para poder secar toda la ropa interior que habíamos dejado a lavar en el camping.

Una familia de elefantes se acercó a la cuneta para despedirnos de nuestra primera incursión por Namibia.


(Al cruzar la frontera a Botswana, suena la musiquilla de Mario Bros y los oficiales miran con asombro y cara de póquer el escaparate de calcetines, bragas y calzoncillos que cubren cada rincón de la parte delantera de la Bushcamper. -Ideas del norte...- y ladean sus cabezas pensando que no tenemos solución).

viernes, 2 de agosto de 2019

El rugido circular (Etosha National Park)

Estos tres últimos días en Etosha han sido todo un festín de fauna salvaje para nuestros ávidos ojos. Ni esperábamos ver tanta, ni desde luego tan cerca. Pero contextualicemos un poco: el Parque Nacional de Etosha es una reserva de unos 23000 kilómetros cuadrados de los cuales casi 5000 pertenecen al salar que da nombre al parque, pues “etosha” significa “lugar blanco y grande”. Aquí residen la mitad de los leones del país y es fácil poder ver al rinoceronte negro, ya en peligro de extinción. 

Por lo que habíamos leído, era accesible visitarla con vehículo propio, pero era nuestro primer safari y no estábamos seguros de si sabríamos encontrar a los animales o si merecía la pena pagar por un día de safari privado. Decidimos probar por nuestra cuenta el primer día y decidir según el resultado; pronto entendimos la táctica: primero, el principal destino son las charcas que se esparcen por el parque, la mayoría accesibles desde la carretera y de las cuales las artificiales son las más concurridas ya que están siempre llenas; segundo, fijarse en lo que hace el de delante, pues si frena, en general es que ha visto algo y sólo habrá que comprobar hacia dónde mira; tercero, seguir a un coche de safari es asegurarse avistamientos más difíciles como el de leones o rinocerontes.

Empezamos con mejor pie imposible. A la entrada de Okaukuejo descansaban un león y una leona, ajenos a los espectadores que disputaban por un hueco con vistas. La leona se relamía y bostezaba, mientras el macho permanecía espatarrado con los ojos cerrados. A la orden de la hembra, el león se levantó, la montó durante menos de 10 segundos y volvió a su letargo, holgazán como su cargo de rey le permite.

Durante la mañana se fueron sucediendo los momentos en que los animales desfilaban ante nuestros ojos: jirafas por doquier, siempre acompañadas, que comían tranquilamente sacando sus largas lenguas y moviendo su boca de lado a lado como desencajando sus mandíbulas cada vez que masticaban; springboks desperdigados por todo el parque preparados para mostrar sus saltos de ballet disponiendo sus cuerpos en el aire en un arco perfecto si se sentían intimidados; chacales de lomo negro que paseaban buscando algo que llevarse a la boca, igual que el azor lagartijero claro que oteaba el horizonte desde lo alto de los arbustos con su pico naranja y su plumaje gris claro; avestruces cuyas cabezas asemejan marionetas de calcetín en mano, moviendo sus cuellos continuamente en posiciones inimitables, vigilantes, inseguras; tocos piquigualdos (los inspiradores de Zazú) que planeaban elegantes, o la avutarda kori que cesaba el movimiento pendular de su cabeza para escapar a paso ligero cuando se acercaba el coche. Y a cada nuevo avistamiento, la expectación por conocer sus sonidos, comprobar sus movimientos y familiarizarnos con sus colores y sus formas.

Y a pesar de todo, aún faltaban los dos momentos más especiales de la jornada. A mediodía, en una de las charcas descansaba una manada de zebras. Algunas estaban tan cerca de la carretera que si hubiésemos extendido la mano las podríamos haber tocado. Contemplamos la sucesión perfecta de rayas, coherentes en su trazo hasta la crin, peinada en cepillo cual punkis. Descansaban en posición estratégica: si una cabeza miraba al este apoyada sobre el lomo de su compañera, esta apoyaría la suya mirando al oeste, entrelazándose en un abrazo sin extremidades. 

El otro momento fue cuando, advertidos por la velocidad con la que nos adelantó un safari privado, decidimos acercarnos para encontrar lo que buscaba. Dos rinocerontes, uno de ellos ya en retirada, pastaban a campo abierto. El sol empezaba a ponerse y el rinoceronte exhibía su cuerno frontal con orgullo, afilado, esperemos que a salvo ya de los cazadores furtivos. Su cabeza, prácticamente idéntica a la de un estegosaurio, masticaba paciente, segura. Pensábamos que sería el broche del día, sin embargo, de camino a la salida, nos acercamos con curiosidad a comprobar qué atraía la atención de tanto coche: otro rinoceronte, esta vez más cerca, pastaba pegado a nuestra ventanilla. Alzó la mirada brevemente y siguió con lo suyo, indiferente, mostrando los pliegues que se forman al comienzo de sus patas y que parece que le vistan de armadura.

El segundo día empezamos la búsqueda en la charca Neubrowni. Varios safaris ya estaban acomodados, por lo que habíamos dado en el clavo. Efectivamente: manadas de springboks bebían en la charca, compartiendo espacio con zebras, gacelas y avestruces. Las primeras y las últimas horas del día parecían ser las más solicitadas.

De allí partimos hacia la parte oeste, en busca de nuevos encuentros. Durante varios kilómetros sólo hubo suerte en la primera charca, en la que unas hienas moteadas se disputaban los restos de una presa. Sus risas macabras eran coherentes con el paisaje que aparecía seco y en el que solamente encontramos restos de animales desechados con las cuencas de los ojos vacías y la dentadura mostrándose bajo el cuero desgarrado. 

Cuando ya estábamos planteándonos volver al este, aparecieron los primeros elefantes africanos, que nos animaron a probar suerte en una charca más. ¡Y qué acierto! Un buen racimo de animales se congregaba junto a la charca. A los habituales, se les unían las jirafas, una manada de antílopes eland y el invitado sorpresa: un solitario rinoceronte que se acercó tímido y en son de paz. Había merecido la pena la espera. Los sonidos de las zebras que parecen chillidos de mono, los de los springboks que suenan como los cerdos y los de los cuernos de estos mismos entrechocando mientras se enfrentaban, bandadas de pájaros que se acercaban y alejaban según intuyesen el peligro... Aquello era una explosión de animales. Todo un espectáculo.

La siguiente charca tampoco defraudó: dos elefantes tomaban el sol llenos de barro mientras una manada de ñus azules y alcéfalos rojos esperaban su turno, resignados y temerosos de acercarse ante tamaña compañía. Las gallinas de Guinea, o eran las únicas que se atrevían o eran más insensatas que sus compañeros, pero el caso es que corrían peligrosamente cerca de las patas de los elefantes que por momentos levantaban en el aire para dejarlas caer como si estuviesen practicando gimnasia rítmica.

Paramos en la zona de picnic para comer, ¡y a la vuelta se habían multiplicado los animales! Se habían unido unas ocho jirafas, avestruces, zebras, gacelas órice y los elefantes eran ya más de diez. Como comprenderéis, el baño lo copaban estos últimos y la cola para acceder al agua era más que evidente. 

Retomamos nuestro espíritu voyeur, pues el safari no deja de ser sino meterse en la piel de un mirón que asiste intrusivo con cámara y prismáticos al día a día íntimo y desnudo de la fauna: mientras observas, ellos comen, duermen, descansan, cagan, mean, se cortejan, se montan...

Esta vez, tocaba ser espectadores del cortejo entre dos jirafas que bailaban acompasadas y en perfecta simetría la una junto a la otra. A ratos, una cogía impulso con el cuello hacia atrás y lo lanzaba como un látigo hacia el de su pareja, mientras la segunda acometía un esquive hacia abajo en perfecta coordinación. Con el tiempo justo para salir del parque antes de que cerrasen las puertas, nos fuimos sin conocer el final de la historia, aunque parece evidente cuál era el siguiente paso de baile.

El último día teníamos que hacer la parte este al completo para tomar la salida que nos dejaba ya encarados hacia la zona de Caprivi, el siguiente destino. Nada más entrar, una flota de coches nos atrajo hacia la función: tres leonas cruzaban la carretera y nosotros, como jugadores de Pokémon Go, nos arremolinábamos buscando cazar la foto que inmortalizase el momento.

En esta etapa, la cantidad de animales que vimos fue menor, pero la mayoría fueron nuevos. Por el camino nos encontramos con kudús, reconocibles por sus jorobas, sus rayas blancas en el lomo, sus enormes orejas y sus cuernos rizados; impalas, asustadizos y esquivos con su cornamenta en forma de tenedor de dos dientes; mangostas de lomo rayado que escarbaban sin descanso y deslumbrantes dicdics con sus miradas alienígenas y sus cuerpecitos de steenboks reducidos.

Y justo antes de salir, cuando creíamos que el día estaba acabado, un león que echaba la siesta bajo la sombra de unos arbustos, atrapó nuestra última hora en Etosha mientras esperábamos algún tipo de reacción desde un lugar cada vez más privilegiado conforme la paciencia de los demás espectadores se iba agotando y abandonaban la escena.

Nuestra perseverancia obtuvo recompensa cuando el león despertó de su letargo para regalarnos un bostezo que se asemejaba mucho a la imagen mundialmente famosa del rugido y sello de la Metro Goldwyn Mayer, pero esta vez la imagen no marcaba el inicio de la película, sino su final.

miércoles, 31 de julio de 2019

Mensajes del pasado (Swakopmund-Skeleton Coast-Twyfelfontein)

La primera sensación de Swakopmund fue el frío viento que provenía de la costa enviado por el océano Atlántico, y el olor a mar que tanto rememora a vacaciones y a libertad. La ciudad transpira calma, con edificios bien cuidados y reminiscencias europeas en su arquitectura. Dimos un agradable paseo por la ciudad, que acabó frente al Atlántico, el cual se mostraba salvaje e indomable: libre. Acampamos en un alojamiento muy apañado, con parcelas de césped bien cuidadas, cada una anexionada a un cuarto de baño privado y con ducha.

El día siguiente estuvo predominado por la niebla. Una niebla densa y misteriosa que cubría todo lo que no fuese nuestro espacio más inmediato. Una niebla que se disipó momentáneamente mientras visitábamos Cape Cross: una reserva de lobos marinos.

Al aparcar, nos sorprendió lo cerca que estaban de los coches, pero es que literalmente invadían el camino que llevaba a la pasarela de madera desde donde se les puede observar. Ni las focas se cortaban campando a sus anchas, ni algún turista que les plantaba el móvil delante obteniendo como respuesta un bramido amenazador por parte de alguna.

No esperábamos la siguiente escena: invasiva para el olfato, con un hedor acre, persistente y penetrante; los sonidos, a medio camino entre balido, mugido y llanto de bebé; y los leones marinos, aletargados y dejados caer sobre la arena, despertando solo para marcar su territorio, agresivos, cuando otra foca buscaba hueco cerca del lugar donde descansaban ellas. Los cachorros mamaban mientras sus madres yacían inertes y algún otro buscaba a la suya haciéndose escuchar mientras avanzaba de lado a lado tras un baño rápido.

Ya en la carretera de nuevo, el escenario de niebla era perfecto para adentrarnos en el tramo permitido de la Skeleton Coast. Paisajes blanquecinos, a veces cubiertos de un negro cenizo; paisajes desolados, casi piratas; imagen acentuada por algún barco varado junto a la orilla, pero sobre todo por las historias de naufragios, de barcos que no pudieron ganar la batalla contra la marea y fueron empujados por el viento a esta Costa de los Esqueletos, convirtiendo su presencia en mensaje de advertencia.

Sin embargo, aquí en Namibia el paisaje cambia continuamente, como nos dijo más adelante una guía, y tal cual entramos en Damaraland, ocuparon la vista los rojos, marrones y verdes, con mesetas y montes en forma de embudo inverso. 

Tras una noche de descanso en un camping cercano, visitamos el yacimiento arqueológico de Twyfelfontein, donde se preservan petroglifos de más de 6000 años de antigüedad. Parece que se atribuye la autoría a la tribu de los san y que utilizarían los mismos como medio de comunicación intergeneracional. Quizás el más original de todos es un avestruz con cuatro cabezas que en realidad no son sino cuatro posiciones diferentes de la misma, pudiéndose considerar con poco error de margen, la primera animación de la historia.

Muy cerca se encuentra el lugar conocido como Organ Pipes; una zona donde se suceden en simétrico paralelismo columnas de rocas como tubos; de ahí que sean comparadas con el mecanismo de un órgano: la música mineral.

A pocos metros se alza la Burnt Mountain, bautizada así por los colores que le confiere el manto amoratado de sus rocas volcánicas, que contrasta con los amarillos del monte contiguo.

Ya pensando que la etapa había terminado, nos dirigimos camino a Etosha para dormir en las proximidades. De pronto, yendo de copiloto, sólo pude dar un respingo ante la imagen que vi junto a la ventanilla de Violeta, y vocalizar un “uooo” de admiración, incapaz de decir algo más coherente y avisarla de que parase. ¡Teníamos al lado una jirafa! 

El camino nos proporcionaba un aperitivo de lo que encontraríamos en Etosha. Pero es hora de dejar aquí el relato, buscar alojamiento y descansar para mañana. Tres largos días llenos de respingos nos esperaban por delante.

jueves, 25 de julio de 2019

Las luces del ocaso (Cañón del río Fish-Solitaire-Walvis Bay-Spitzkoppe)

Finalmente y debido a la larga distancia que nos separaba de Spitzkoppe, decidimos hacer dos escalas tras un alto para comer en medio del camino, a la sombra de un árbol y de nuestra Bushcamper. 

Cuando ya la próxima población grande nos quedaba a dos horas y pronto empezaría a anochecer, paramos a descansar en Keetmanshoop para retomar el camino al día siguiente.

La escala para el segundo día iba a ser Solitaire. Excepto el tramo final, más atractivo, casi toda la carretera era asfaltada, por lo que llegamos antes de lo previsto.  Solitaire es un asentamiento con una gasolinera, relativamente cerca de Sesriem. Se ha hecho famoso por conservar un aire al Lejano Oeste, con coches y camionetas destartalados dejados, o más bien plantados, como decoración.

Aún teníamos dos horas de luz por delante, así que decidimos seguir camino a Swakopmund y descansar en algún camping que encontrásemos a nuestro paso. Los órices volvieron a aparecer junto a un grupo de zebras que se cobijaba a la sombra de un árbol. 

Cuando empezaba a ser un buen momento para buscar alojamiento, nos encontramos con el Rostock Ritz, publicitado como la última oportunidad para detenerse antes de Walvis Bay (muy cerca de Swakopmund). Sin embargo, el campamento ya estaba lleno y solo podían instalarnos en una habitación a un precio que no se ajustaba a nuestro presupuesto, ofreciéndose, eso sí, a llamar al próximo alojamiento, a más de 30km siguiendo la C14. Confirmaron que había sitio y pusimos rumbo sin dilación para llegar antes de que el sol se escondiese.

La carretera hasta el Namib’s Valley of Thousand Hills, donde finalmente dormimos, fue un regalo; porque nos encontramos con las primeras avestruces; por supuesto, por los paisajes que empezaban a anaranjarse con la puesta de sol mientras conducíamos rodeados de colinas revestidas por la luz del ocaso; porque cruzamos de nuevo el Trópico de Capricornio, dirección norte y porque disfrutamos como niños de una montaña rusa de caminos que subían hasta ocultar la bajada, mostrándola de golpe para gozo de nuestra adrenalina que se disparaba en cada descenso y en cada curva al mismo tiempo que el paisaje se mostraba en su máximo esplendor y el camino se estrechaba.

Al llegar al alojamiento, ya anochecido, nos informaron que el camping estaba completo, pero como se habían comprometido por teléfono, nos dejarían un bungalow al mismo precio. Así que esa noche pudimos dormir en cama.

Las vistas al amanecer nos pillaron por sorpresa, y ante nosotros se encendía un paisaje que hacía honor al nombre del alojamiento: un montón de colinas ondulaban el terreno y jugaban con las luces y las sombras mientras se prendían de colores. 

Desayunamos ante las mismas, y recogimos para emprender ruta hacia Walvis Bay.

Conforme nos acercábamos, el desierto volvió a hacerse presente y las dunas nos envolvieron en un marrón árido hasta que a nuestra izquierda, como un espejismo, apareció una charca entre las dunas moteando de verdes, azules y rosas el monocromático terreno. ¡Era una colonia de flamencos! Última parada antes de llegar a nuestro destino. 

Tres horas después, llegábamos al Spitzkoppe Rest Camp, una zona de acampada bajo las faldas y las rocas ocres del Spitzkoppe (1728m). El mayor atractivo es lo apartados que están los lugares de acampada, ofreciendo una sensación de exclusividad. Las rocas, dejadas caer una sobre otra como en equilibrio, con sus surcos, grietas y originales formas curvilíneas que más parecen amasadas, y el atardecer encima de los peñascos observando cómo las tonalidades se hacen incandescentes y se saturan, eran el punto final para esta etapa.


miércoles, 24 de julio de 2019

La lengua burlona del desierto (Sesriem-Lüderitz-Kolmanskop-Cañón del río Fish)

Justo antes de salir del Naukluft National Park, hicimos una breve parada para pasear por el cañón del río Sesriem antes de dirigirnos hacia nuestro siguiente destino: Lüderitz. No obstante, la distancia era grande y no llegaríamos en esta tercera etapa, al no ser recomendable conducir de noche debido a la nula iluminación y la aparición de animales que conquistan los caminos. Así que decidimos tomárnoslo con calma.

Los paisajes de lejanas y cada vez más próximas mesetas con tonalidades rojizas, marrón, cobre, violeta y hasta verde latón, no paraban de sucederse y extasiar nuestra vista. Caminos de polvo que se levantaba tras nuestro paso y traqueteo interminable, amenizados por señales de tráfico atípicas para nosotros: “Advertencia: órices”, “Peligro, zebras”, “¡Ojo jirafas!”. Y una parada de rigor en cada una; con calma, hasta que poco antes de que anocheciese nos encontramos con la Farm Tiras, una granja en medio del desierto, impoluta y verde, regentada por una agradable mujer que al quedarse viuda decidió seguir a solas con la misma.  Tenía el cámping ocupado, por lo que nos ofreció aparcar delante de una de las habitaciones a precio de acampada y pudiendo utilizar los servicios y la cocina. Al anochecer, la vía láctea presumía brillante y luminosa como nunca antes la habíamos visto.

Llegando a Lüderitz a la mañana siguiente, el paisaje cambió drásticamente, quedándose desnudo y exhibiendo únicamente dunas de las cuales el viento vertía su arena sobre la carretera, creando rutas perpendiculares a la misma. De imprevisto, el escenario había dado paso a la imagen del abandono; las señales de advertencia mostraban ahora el perfil de una hiena. Cruzábamos las huellas del pasado y dejábamos para mañana la ciudad de Kolmanskop.

Entrábamos en Lüderitz, y aquí el presente parecía más esperanzador, con casitas pintadas en colores vivos y llamativos. Nos alojamos en el aparcamiento exterior de una antigua casa colonial que conservaba dos puentes de mando de barco intactos como si hubiesen quedado allí varados. 

Esta ciudad costera, antigua colonia alemana, fue fundada para comerciar con el guano que podían extraer de las islas; y proliferó al descubrirse diamantes en las arenas del desierto. La fiebre por este codiciado mineral propició que brotase la ciudad de Kolmanskop de la nada, así como que quedase olvidada y desolada tras su paso, una vez se descubrieron diamantes de mayor tamaño más al sur y la Primera Guerra Mundial hacía sentir sus consecuencias. En 1956 ya no quedaba nadie.

El atractivo de esta ciudad fantasma es adentrarse en sus casas fagocitadas por las dunas, contemplar la mágica elegancia de lo que sobrevive al olvido y la ausencia; cómo de la amnesia que cubre la ciudad, se ha rescatado y se preserva la escondida belleza. Es como si una boa de arena hubiese tratado de engullir las casas para, en última instancia, vomitarlas y abandonar los restos.

Las puertas entreabiertas, encalladas, o invitando a adentrarse en las sugerentes ruinas, o vencidas por la lengua de arena que se burla de la efímera gloria, del esplendor pasajero. Las paredes desconchadas, pero conservando parte de su color pastel original, aún coquetas. Todo este abandono, aún habla desde el silencio.

Con su eco en nuestros sentidos, condujimos hasta el Naute Dam por carreteras que encuentran el horizonte, rodeadas de mesetas y paisajes acuarela. 

Aparcamos en un camping que hay junto a la presa y nos dejamos empapar por la luz del atardecer acompañados por una colonia de roedores a medio camino entre marmota y rata.

Por la mañana, tras acabar de completar el tramo que nos faltaba, llegamos al mirador del Cañón del Río Fish; el segundo más grande del mundo tras el del Colorado. Un mastodóntico paisaje de cortados, acantilados, planicies, entrantes y salientes rocosos se desplegaba al óleo y en múltiples colores frente a nosotros conforme nos acercábamos. 550 metros de profundidad a nuestros pies. Estábamos contemplando cómo el paso de los años había ido dejando espacio para que el río fluyese por su actual cauce. Todo un recorrido trazado por un gigantesco reptil de piedra, exclusivamente para que el Fish pueda lucirse a lo grande.

Admirados, dejamos el sur de Namibia para poner rumbo al norte, sin saber todavía cuál sería la siguiente parada de escala hasta Spitzkoppe.

sábado, 20 de julio de 2019

Dunas de azafrán (Barcelona-Windhoek-Sesriem)

Bienvenidos a uno de los países con menor densidad de población del mundo, con tan solo 2 millones y medio de habitantes y una media de tres namibios por kilómetro cuadrado. Os invitamos a desempolvar vuestras imágenes de África y a dejar que sean envueltas por el polvo de las carreteras de grava y arena, infinitas y desiertas, que va dejando la estela de nuestra Toyota Bushcamper. Un viaje en el que los trayectos son parte del destino y la música una pasajera más en los caminos por el namib (“llanura grande y seca” en nama). 

Sin más preámbulos, reclinad vuestros asientos, abrochaos los cinturones, permeabilizad vuestros prejuicios y disfrutad con nosotros de un roadtrip en 4x4 por Namibia y Botswana, con parada en Zimbabwe para visitar las Cataratas Victoria. 

Llegamos a Windhoek tras casi 30 horas de trayecto. Ese primer día estaba reservado a planificar lo poco que quedaba, cambiar euros a NAD (dólares namibios) y descansar. Traíamos abrigo porque aquí es invierno, pero mentalmente estábamos tan poco preparados, que el gerente del hostal se quedó sorprendido ante nuestra pregunta de cómo apagar el aire acondicionado de la habitación. “No tenemos aire acondicionado...”.

La mañana del 17, tras las explicaciones técnicas y los consejos pertinentes, avituallamos nuestra Bushcamper en un supermercado cercano, llenamos el depósito y pusimos rumbo a Sesriem, siempre por la izquierda, por donde se conduce aquí. Maps.Me, una aplicación tipo Google Maps que se puede utilizar offline, marcaba que estábamos a 332 km. ¡Tardamos más de 6 horas en recorrer la distancia! Si al límite máximo de velocidad (que suele ser de 80km/h porque la mayoría de carreteras son como pistas forestales) se le suma que cada poco parábamos a fotografiar a los animales que se cruzaban o pasaban por el camino... Babuinos, facóqueros (o Pumbas) y sobre todo elegantes órices con sus rectos y estilizados cuernos, retrasaban la llegada a nuestra meta.

Al día siguiente, tres horas nos separaron de la entrada al Namib Naukluft Park, por donde se accede a Sossusvlei, recorrido esta vez detenido por una manada de zebras que galoparon delante de nosotros hasta encontrar la salida que les permitió alejarse de la amenaza humana.

En el destino es donde se encuentran las fotogénicas dunas ocres, imagen estandarte del país, algunas de las cuales superan los 300 metros de altura. Empezamos subiendo la Duna 45 acompañados únicamente de una pareja de Israel (escenario muy diferente al que viviríamos la mañana siguiente al amanecer). El tiempo apremiaba, pues las puertas del parque cierran a las 19:15h y a las 18:30h anochece, así que una vez coronada la duna y con las vistas de los alrededores en nuestras retinas, nos acercamos hasta el parking de Sossusvlei, envueltos por un paisaje azafranado.

Un shuttle nos acercó hasta la entrada del Deadvlei, pues nos acobardaron las advertencias de un encallamiento casi seguro para conductores inexpertos de 4x4. Este lugar es un tributo natural a la belleza del paso del tiempo y sus estragos. Aquí se han quedado inmortalizados en danza los troncos de los árboles que un día se abastecían de un lago hoy desecado y reducido a suelo blanquecino que contrasta con el azul claro y limpio del cielo y el anaranjado cálido de las dunas que lo rodean, especialmente la Big Daddy, de 325 metros. 

Acabamos el día viendo atardecer desde lo alto de la Duna Elim, encontrando la foto que atestigua la postal del sol africano de El Rey León; sol que atraía el manto rojizo de las dunas y lo reservaba para devolvérselo al día siguiente, pulido en colores dorados. Y en busca de ese momento de cesión de luces nos despertamos a las 5:30h para encontrar un asiento en el palco de la Duna 45.

Éramos los segundos en cola esperando que las puertas del parque abriesen, y al recorrer los 45 kilómetros hasta la duna que toma su nombre de la distancia que la separa de Sesriem, más de 20 coches nos habían adelantado. Parece que las ansias de llegar nublaban sus cuentakilómetros omitiendo e ignorando los límites de velocidad establecidos, por lo que a nuestra llegada, una hilera de personas que ya simulaban la columna vertebral de la duna, disputaban la meta tratando de suplir con jadeos el hundimiento de sus pies en la arena. Otros, entre los que nos encontrábamos, adelantábamos sin remordimientos a los que se nos habían colado anteriormente. Y en la cresta, llegó el momento. El sol aparecía en el horizonte mientras en nuestras cabezas una voz cantaba los primeros versos de El ciclo de la vida: una despedida redonda para la primera etapa de nuestro viaje.