miércoles, 9 de agosto de 2017

Los días raros (Yuanyang-Guiyang)


"Ábrelo, ábrelo despacio.
Di ¿qué ves? Dime, ¿qué ves? ¿si hay algo?"

Los días raros son aquellos en los que pierdes la noción del tiempo por completo, no haces nada en particular, pero son recordados y a pesar de que todo sale del revés, tienes la sensación de haber salido ganando. Esta entrada habla de esos días, y se relatan un total de 50 horas de viaje más o menos, así que no perdamos el tiempo, comencemos buscando una taquilla para sacar el billete, que ya hemos comprado previamente.
La hora de salida del tren Chengdu-Kunming es las 10:30. Llegamos a la estación con una hora de margen y nos ponemos en cola. Cada uno en una, porque somos previsores. Pero como en todas las buenas historias, las cosas se tuercen, parece que hemos elegido las dos peores filas de toda la estación. Las agujas del reloj juegan como niños a tocarse e irse corriendo y nuestras colas se quedan congeladas como encantadas por un conjuro.
Quedan 12 minutos para que salga el tren y por fin me toca. La que nos atiende está invadida por el mismo conjuro y saca los billetes con toda la parsimonia posible. 10 minutos e imitando al reloj, nos lanzamos a la carrera como locos, pero hay que pasar el control de seguridad (aquí los hay en todas las estaciones de metro y tren), quedan 7 minutos, subimos las escaleras apartando a la gente, quedan 5 minutos, la puerta está a la vista pero cerrada. Mireia llama a la mujer y esta señala el reloj y nos chapurrea que 5 minutos antes, se cierran puertas, que cambiemos los billetes. Hemos perdido esta vez.
Volvemos a la cola, refrescados por el sudor de la batalla y pedimos a la mujer impasible que nos cambie los billetes, no solo no nos cobra sino que nos devuelve algo de dinero. Con este cambio nos ahorramos 4 horas de viaje y llegamos a la misma hora. Viajamos 18 horas pero al ver el billete, sospecho que algo no concuerda.
Tras hacer tiempo para ganar la partida al reloj, al fin subimos al tren. Las sospechas se confirman: ¡Tenemos billete sin asiento! Al principio nos toca ir de pie a los dos. No solo todo está ocupado, sino que somos muchos de pie. Conforme pasa el tiempo, conseguimos un asiento. A las dos horas un alma caritativa nos hace señas a Mireia y a mi para que ocupemos su lugar, ya que parece que ella va a otro sitio. A la 1 llega gente a ocupar nuestro puesto, el número de su billete gana y nos levantamos con los ojos hinchados. Esta vez es el revisor el que se apiada y nos busca sitio. Los asientos más duros que el metal, nunca antes supieron a gloria.
Llegamos a Kuinming y buscamos cansados la estación de buses para tomar desde allí el bus a Yuanyang: seis horas que se convirtieron en ocho por una retención producida por la policía, aún no sabemos porqué.
Llueve a raudales y los relámpagos parecen sacados de los efectos especiales de una obra de teatro. Por suerte al llegar a nuestro destino, parece que deja de llover. Es un pueblecito en medio de la montaña y el mapa con la dirección del hotel parece muy claro. Como podréis imaginar, nada más lejos de la realidad. No lo encontrábamos por ningún lado y la noche estaba bien entrada. La desesperación y el cansancio tras 31 horas de viaje nos asfixiaba y pedimos ayuda a un coche de policía, que intentándose aclarar con la dirección nos indicó el camino al cuartelillo. Una vez allí uno se puso a inmortalizar en vídeo lo que ocurría. Tras unas llamadas subíamos al coche patrulla y al rato paró en un hostal donde aseguraban que o el lugar no existía o la dirección estaba cambiada. Nos ofrecía habitación más barata y tras agradecer a la policía la ayuda, nos lanzamos de cabeza a las camas.

Al día siguiente, nuestra anfitriona nos llevaba a ver los bancales de arroz tan populares en esta zona y aunque tuvimos que pagarle por llevarnos, nos escondió cual niños pequeños en la parte trasera de su mono volumen, para evitar pagar la entrada. 



Los arrozales son famosos porque cuando el invierno los cubre de agua, son artífices de hacer magia con la luz del sol y sus reflejos, para dejar al personal con la boca abierta.

Al acabar esta visita dábamos media vuelta, ya que Guiyang nos esperaba. Tres buses después y un tren nocturno, nos ponían de nuevo a prueba, esta vez en litera. No problem.


Esperamos en la enorme estación de trenes de Guiyang que más bien parecía un aeropuerto. Sólo nos separaban de Guilin 2 horas y media más en tren sin asiento. Al final nos sacaremos el VIP.
Antes de que lleguemos a Guilin en este tren rápido y de mejor calidad que el último, demos una cabezadita. Llevamos ya unas 25 horas de viaje, perdemos la orientación temporal y sólo leemos y dormimos tirados en el suelo. Sin embargo una sonrisa emerge entre cabezada y cabezada, acariciamos estos días, nos acurrucamos con ellos por última vez en nuestro suelo numerado. Los dejamos marchar y en cierto modo,  empezamos a echar de menos los días raros. 



"¿Quién iba a decir que sin carbón no hay reyes magos...?"





lunes, 7 de agosto de 2017

Rumbo a La Paz con los Hijos del Sol (Isla del Sol-Copacabana-La Paz)

Cruzar la frontera a Bolivia fue sencillo; no hubo que discutir pagos indebidos ni hacer teatro para que nos dejasen pasar; la cola de rigor para conseguir los sellos estampados en el pasaporte y la espera; eso es todo.

Copacabana era solo un lugar de paso para embarcar a la Isla del Sol, pero no caer en el cambio de hora (una más que en Perú) nos dificultó el regateo del barco, pues las salidas comunes terminaban a la 13:30 y eran las 14:00. Dos horas más tarde conseguimos salir a un precio muy razonable y una hora y media después estábamos subiendo la Escalera del Inca para llegar a Yumani donde dormiríamos. 

La subida con las mochilas y la altura (sobre 4000 metros) fueron agotadoras. Los burros que sirven de transporte en la isla nos adelantaban al igual que unos abuelos que heroicamente cargaban las maletas de otros turistas a su espalda subiendo pasito a pasito. Y es que aquí no exiten automóviles; los caminos empinados y empedrados harían casi imposible la subsistencia de los mismos, así que solo resta tomárselo con calma.

Buscamos alojamiento en varios hospedajes, tomando como referencia para el regateo los precios de Perú, pero aquí dormir es sensiblemente más caro y no hay mucha predisposición a negociar precios; "si no te interesa, ve a buscar otro". 

El día empezaba a caer, así que a regañadientes aceptamos hacer noche en un hostal para seguir a la mañana siguiente la búsqueda, que esa vez dio pronto sus frutos.

Hecha la mudanza en el nuevo hostal, ya más acomodados, tomamos aire para subir hasta el primer mirador, Palla Khasa, que abarcaba la parte sur de la isla que da al Titicaca y al que volveríamos para ver atardecer. El ambiente era tranquilo y animaba a relajarse ante las vistas del lago donde nació el Sol.

Seguimos camino, rumbo hacia el norte de la isla, donde están las ruinas, pero cuando ingresábamos en la parte media, un hombre nos dio el alto y nos explicó que desde hace meses estaba prohibida la entrada de turistas debido a un conflicto económico entre norte y sur. Por lo visto, hasta ahora todo el turismo y por ende el dinero, se lo llevaba el puerto de la parte norte, y como no estaban dispuestos a repartir los beneficios con el resto de la isla, el conflicto estaba cantado. Los del centro y sur reivindican que el turista pague una tasa para toda la isla y se dividan los ingresos, pero los del norte no están muy por la labor (y es allí donde están las ruinas), así que al sur le queda restringir el paso de turistas para que sus vecinos entren en razón; por tanto, tuvimos que volver sobre nuestros pasos y descubrir un segundo mirador en la parte sudeste, con vistas panorámicas de casi toda la isla.

Cuando el sol decidía esconderse de nuevo tras la isla que lo ve nacer día a día desde su concepción, el mirador de Palla Khasa nos brindaba los azules del lago, el paisaje bañado de dorado y los rosados del cielo que hacen tan única esta hora del día. 

A la mañana siguiente regresábamos a Copacabana con el tiempo justo para visitar la catedral antes de tomar un bus hacia La Paz. En la catedral, una cola infinita de coches adornados creaban un atasco sospechosamente silencioso; y es que muchos peruanos y por supuesto bolivianos, peregrinan con sus "carros" hasta aquí para que bendigan sus coches; así que allí estábamos, asistiendo a un bautizo automovilístico, con la familia, el sacerdote y la traca final de rigor, que no falte. Cuanto menos, curioso.

Esa misma noche descansamos ya en La Paz, con planes para quedarnos dos o tres días que se truncaron cuando en el hostal nos dijeron que estaban completos; así que sed todos invitados a una visita rápida y resumida a La Paz, con vistas a volver más adelante a la que comúnmente se confunde  como la capital boliviana. Haremos cuatro paradas. Acomódense.

La primera imagen será desde el autobús: entramos por la zona de El Alto (un municipio aledaño más elevado), y teniendo en cuenta que La Paz está ubicada en un cañón, el primer flash como pueden observar por las ventanas, es un enjambre de viviendas apiladas en la ladera, tan aglutinadas y empalmadas unas con otras que parecen más piezas de Lego perfectamente acopladas entre sí que una ciudad real.

Las calles son tan empinadas y rectas, que desde una parte de la pendiente, a menudo se ve la ladera opuesta, por lo que de noche, en la puerta del hostal, podrán contemplar embobados las luces de la  parte de enfrente, suspendidas en la oscuridad frente a ustedes, allá a lo lejos, cual luciérnagas blancas y amarillas.

Las dos últimas paradas son especialmente recomendables por su peculiaridad: el Mercado de Hechicería y la subida en teleférico (que aquí es transporte público) para admirar la ciudad desde la cumbre.

Con respecto al primero, aquí encontrarán todo lo necesario para hacer sus ofrendas a la Pachamama: amuletos, recetas... pero sin duda el objeto en venta más sugerente son las llamas disecadas, ya sea como fetos o como crías muertas prematuramente, que serán quemadas en ritual como sacrificio, para augurarnos fortuna y buena suerte en nuestro último destino.

Por último, las vistas desde Qhana Pata (una de las paradas de la línea amarilla del teleférico) en El Alto, permiten observar La Paz a ojo de águila. Desde aquí pueden ver clara la idea de una ciudad edificada en una cuenca, que ha rebañado cada centímetro de tierra para completar con viviendas los huecos imposibles que deja la ladera. Absténganse las personas con vértigo; el grado de inclinación es elevado.

Y eso ha sido todo por el momento. Esperemos que hayan disfrutado del tour. Para los interesados, el bus sale en unas horas hacia Uyuni. ¡Reserven sus asientos, hay sitio para todos!

sábado, 5 de agosto de 2017

Lost in translation, o máster en mímica para sobrevivir en China (Chengdu-Leshan)

Con diferencia lo que más está costando en este viaje es la comunicación. No sólo porque no nos entendamos en nuestros idiomas, sino porque a veces, ni la expresión corporal es suficiente.

Nuestra primera noche en bus comenzaba el día 30 destino a Chengdu, con un hombre dándonos bolsitas por si vomitábamos. Por suerte el viaje fue tranquilo y sobre las 6 de la mañana bajábamos del bus abordados por chinos queriéndonos subir a su taxi. Haciendo caso omiso intentamos orientarnos en vano: No había ningún cartel que no hablase chino y hacerse entender con los locales era casi imposible. Así que tuvimos que ceder y subimos a un taxi que como podréis imaginar, no hablaba otra cosa que no fuera que chino. Nos pedía de inicio 30 yuanes (unos 4 euros) pero al negarnos, acepto poner el taxímetro. Imaginad todo esto como en una película de Chaplin, al piano suena “The Entertainer” y nosotros y el taxista gesticulamos mucho acompañándolo de sonidos incomprensibles. Tal que así fue en la realidad. Al llegar al hostel empenzó a hablarnos en chino y hacer ruidos raros mientras se reía; viendo la cuenta final (13 yuanes) dedujimos que tenía que ver con que no hubiésemos aceptado pagar los 30 iniciales.

Dejamos las mochilas, desayunamos y nos fuimos al Centro de investigación y cría de osos panda. La suerte nos sonrío y conseguimos llegar por nuestra cuenta subiendo a un bus que iba gratis. Supimos que habíamos llegado cuando vimos a una cantidad importante de vendedores con toda clase de artilugios basados en este carismático animal. Este centro es el más grande del mundo y aloja a pandas rojos y osos panda con el objetivo de que se reproduzcan.

Volvía a llover y los osos se escondían. El tiempo cambió una hora más tarde y el sol exigió protagonismo por ser su estación del año, pero los pandas prefieren el frío así que se quedaron en el interior. Aún así pudimos ver pandas rojos, que parecen un mix entre oso panda y zorro. 

Antes de abandonar el centro, visitamos la enfermería donde pudimos ver a dos bebés panda. Las crías de panda son 100 veces más pequeñas que la estatura en edad adulta por lo que parecen ratas, pero todo el mundo se rinde a sus encantos y cada movimiento producía admiración entre los espectadores. 

Ya de vuelta a la ciudad nos perdimos por sus calles que inexplicablemente cambiaban de nombre a cada rato como si de las escaleras de Hogwarts se tratara. Nos sentamos en un restaurante agotados para recibir una carta 100% chino.

Con los estómagos llenos volvimos a perdernos en las calles camaleónicas de Chengdu y ni los mapas que teníamos ni los locales se aclaraban. Cuatro horas después volvíamos al hotel sin haber visto ningún punto de interés, pero con la sensación de haber respirado el ambiente de la ciudad.

Al día siguiente no había transporte a nuestro siguiente destino, porque los chinos viajan mucho o porque son muchos y los pocos que viajan son nombrosos. Al caso es lo mismo, improvisar viajando a estas alturas del año, se hace tarea difícil. Así que alargamos la estancia un día y lo pasamos en Leshan.

En esta ciudad donde confluyen dos ríos, un monje decidió construir un buda enorme de unos 70 metros de altura para que calmase la bravura de las aguas. Viendo lo mansas que son hoy en día estas aguas parece que el buda de 1200 años de antigüedad consiguió su cometido. Las malas lenguas quitan mérito al coloso y explican que los restos de su creación son los que hicieron que las aguas se tranquilizaran. La visita la verdad es que nos hizo sentir muy pequeños al pasar por su cabeza con unas orejas de 7 metros.

Nos tocó hacer cola para bajar por las escarpadas y estrechas escaleras a los pies para empequeñecernos aún más, y sufrimos el choque cultural del concepto “estar la cola”, porque aquí la cola no es más que un método para evitar avalanchas y no para respetar el turno de llegada. 

Si hay un hueco y cabe un chino, chino que se mete sin la más mínima vergüenza. A este echo, se le sumó el ir esquivando paraguas, porque para el que no lo sepa, aquí el paraguas se usa casi más como protector solar que de lluvia. Aprovechamos estos momentos para trabajar la paciencia y nos ahorramos tener que gesticular o hacer aspavientos. A los pies del buda nos costó poco trabajo.

Para acabar el día de vuelta en Chengdu, paseamos en búsqueda y captura de un restaurante con buena pinta para ir a dormir como buenos pandas y el destino nos hizo entrar en un restaurante especializado en Hot pots que vienen a ser como fondues enormes con un caldo lleno de guindillas, en la que sumergen de todo para sacarlo bien picante. Nos costó un cuarto de hora hacernos entender, pues el camarero por no decir, no decía ni “Hello” en inglés. Ni los gestos ni señalar palabras en chino parecía funcionar. Vuelve a sonar “The Entertainer” y mientras gesticulamos y nos echamos las manos a la cara, Aparece uno en escena moviendo la boca exgaredamente y a continuación el título en pantalla negra “¿Hay alguien en la sala que hable inglés?” y allí estaba nuestro salvador, muy vergonzoso él, para que nos aclarásemos.

Al fin, conseguimos cenar con nuestro Hot pot acompañados por patatas, huevos, carne de ternera, y tripas e intestino de cerdo. Todo un manjar que ayudó a que nuestras fosas nasales se liberarán, nuestras glándulas sudoríparas se pusieran a trabajar y nuestros paladares viajaran con nosotros por este país donde el mandarín o la mímica son fundamentales para sobrevivir.

Para los que os iniciáis en este máster sabed que para decir “no” se realiza un gesto de saludo como el que hacemos a los niños. Abstenedse de sonreír en ese instante. Para la numeración, el signo surfer del “buen rollo” es un seis y la cruz como si alejásemos a Satanás, sirve para el diez. No olvidar nunca que si la comunicación se hace costosa, lo mejor es armarse de paciencia y de una buena sonrisa.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El cóndor pasa (Arequipa-Chivay-Cañón del Colca)

Juan Carlos, el dueño del hospedaje donde dormimos en Arequipa, nos facilitó la llegada. El bus hacía presencia en la ciudad a las 4:30 a.m. por lo que detalles sobre precios de taxi, distancia, etc. se hacían fundamentales para evitar esperar hasta que el sol iluminase y la ciudad pareciese más acogedora.

Llegados al hostal hicimos tiempo hasta que la luz aclaró el blanco de las piedras de la que está hecha la llamada "Ciudad Blanca" de Perú, pues el casco antiguo casi al completo fue construido con sillar.

Empezamos el recorrido en el mirador de Yanahuara con vistas a uno de los 7 volcanes que rodean Arequipa; el más impresionante por erigirse imponente ante la ciudad: el Misti. Desde allí el volcán aparece majestuoso, pero a contraluz, a primera hora de la mañana es difícil captar su belleza.

Retomamos nuestro paseo por el casco viejo en el claustro de la iglesia de la Compañía de Jesús donde el azul celeste contrastaba con el blanco casi impoluto del sillar, de la misma manera que ocurre en la Plaza de Armas con la Catedral.

Más adelante, en el mercado, solo contemplar la variedad de colores de las frutas hizo inevitable que se abriese el apetito, saciado en una cevichería que había a pocos metros.

El caer de la tarde estuvo a punto de encontrarnos perdiéndonos por la enorme ciudadela que contiene el Monasterio de Santa Catalina; un laberinto de celdas y claustros coloniales del s. XVI, donde los muros de los patios pintados de azul aciano y rojo coral, compiten por llevarse la instantánea con los geranios que los acompañan. 

Pero antes de que la golden hour tintase el ya de por sí colorido convento, buscamos un hueco en el puente Grau, para ver cómo el atardecer daba profundidad y relieve a los pliegues del Misti, que parecía abrazar la ciudad.

El siguiente día salimos rumbo a Chivay, que nos serviría de ciudad trampolín para visitar el Cañón del Colca (el cuarto más profundo del mundo, con hasta 3200 metros de profundidad).

De camino, el paisaje parecía extraterrestre; la única vegetación era el musgo de las piedras y unos arbustos que crecían espigados como si prendiesen el paisaje, plagado de pelos de Trolls; las llamas, las alpacas y las vicuñas por fin hacían su aparición en grupos reducidos.

En Chivay, fue muy rápido encontrar alojamiento. El pueblo es tranquilo y estábamos listos para acercarnos a la terminal de buses al día siguiente de madrugón. Había dos posibilidades de transporte para ir al mirador de la Cruz del Cóndor: a las 4 y a las 7'30 de la mañana. Según la guía se tardaba dos horas, y teniendo en cuenta que el cóndor empieza a volar con las primeras corrientes de aire caliente (sobre las 8h), decidimos coger la combi que salía a las 4h.

Problema número uno: nos encontramos con las puertas del hostal cerradas a cal y canto y aunque nos supiese mal, tuvimos que jugar al escondite buscando al responsable para que nos abriese ("¿Hola?", "Disculpe", "¿Buenos días?"). Al final tras una puerta se escucha un gruñido, seguido de un carraspeo, un "¿sí?", y por fin un "enseguida les abro".

Problema número dos: la guía había sido muy pesimista con la duración del trayecto y nos encontramos en pleno mirador a las 5h, en plena noche, a 3000 y pico metros de altura. Corría un viento gélido para el que no estábamos preparados, así que haciendo uso de los pijamas como parapeto y buscando una esquina donde resguardarnos, tratamos de matar el tiempo hasta que empezó a salir el sol. Consejo fundamental si alguien decide visitarlo: ¡Venid abrigados!

Por suerte los rayos de sol empezaron a clarear y calentar el ambiente y el cañón empezó a latir: un peruano nos señaló una especie de conejo que resultó ser una vizcacha, tres colibríes aparecieron volando intentando quitar protagonismo al cóndor, aún escondido, y las golondrinas comenzaron también a alardear de su vuelo ligero. 

Las vistas del cañón eran asombrosas y acompañados por los primeros rayos de luz, los cóndores empezaron a asomar a lo lejos. Tardaron casi una hora en acercarse, pero poco a poco, conforme el mirador se iba llenando de público, el cóndor iba rondando más y más cerca, planeando orgulloso y presumido. Por fin, hacia las 9h, algunos se atrevieron a sobrevolar nuestras cabezas, alardeando de sus tres metros de envergadura, acompasados por los gritos de admiración del púbico que trataba de seguirlos con sus cámaras ("OOOh", "hermoooso", "bendisióóón"). Estuvimos contemplando el espectáculo hasta las 10h, cuando retornamos a Chivay, para volver a Arequipa; desde allí viajaríamos hasta Puno y de aquí a Copacabana (Bolivia), así que nos despedimos de Perú por el momento viendo pasar a uno de sus símbolos nacionales, el ave más grande del mundo: el cóndor andino.


martes, 1 de agosto de 2017

Silencio sepulcral (Pingyao-Xi’an)

El tren entraba en Pingyao somnoliento pero se despejó poco a poco con la lluvia, que madrugadora, acaparaba todo alrededor. De tanto hablar de la marea en la última entrada, las nubes se nos pegaron cual lapas y nos pasamos los dos días siguientes bajo la sombra del paragüas.

Pingyao tuvo su apogeo en la época Qing, cuando los mercaderes crearon los primeros bancos y comenzaron a hacer uso de los cheques para posibilitar el flujo de plata en la ciudad. Y claro con la plata llega esplendor y la ciudad ha sabido parar el tiempo y conservarlo.

Esta ciudad mantiene su muralla y sus torres casi intactas y el casco antiguo en perfecto estado. Ni el agua fue capaz de evitar que exploráramos sus calles llenas de casas tradicionales y templos. La lluvia conseguía sin embargo acallar el silencio de los callejones vacíos y a esta guerra sonora, se sumaban los chinos. De todos es sabido que en España hablamos fuerte, pero los chinos no se quedan cortos en armar escándalo. Ni los chinos, ni los grillos; que pedían a gritos ser liberados de sus jaulas. Porque aquí señoras y señores, los grillos son mascotas enjauladas.
Empapados por la desesperación y soñando con nuestra litera de tren seca; abandonamos esta bonita ciudad, que ni el gris del cielo ni sus gotas penetrantes consiguieron empañar su belleza.

Xi’an esperaba tras el velo de la noche, con una muralla todavía más grande, pero sin poder presumir de parar el reloj como Pingyao. Al contrario, Xi’an había dejado correr el tiempo orgullosa de sí misma y así volvían las multitudes, los edificios que medían su valía comparando tamaño y el tráfico.

Haré un inciso en esto del tráfico porque es algo sorprendente. En China tiene preferencia el vehículo. Si está en verde para los coches, pasan ellos y si está en verde para el peatón, también pasan ellos si les apetece. Como además el pito se usa como medio de comunicación; te sientes atacado por diferentes cláxones mientras intentas cruzar en verde esquivando coches, motos y bicis. Pero es más, si vas por la acera también puedes ser invitado por el grito de un timbre o claxon a que te apartes para no ser atropellado. Y lo mejor es que si un vehículo está apunto de atropellar un peatón, ambos sonríen de manera nerviosa y siguen su camino.

El primer día en Xi’an, nos perdimos (literalmente) por sus calles. Aún así, nos encontramos para poder ver lo más destacado: Las murallas kilométricas que abrazan el centro con sus 14km de perímetro y el barrio musulmán que alberga a los hui (como podréis adivinar, los musulmanes chinos) desde antes incluso de la época Ming. Este barrio es como un Chinatown pero más auténtico por ser autóctono: Puestos de comida de los olores y texturas más extraños, tenderetes de venta de todos los productos que uno se pueda imaginar, desde mochilas y pañuelos, hasta relojes y grillos; calles estrechas y por supuesto, gente, mucha gente.

El último día en Xi’an, visitamos los famosos guerreros de terracota. Este ejercito fue descubierto en 1974 por unos campesinos y se ha convertido en uno de los yacimientos arqueológicos más conocidos.
Quin Shi Huang fue un déspota que reino hace 2000 años pero que como todos los déspotas tuvo sus aciertos: unificó China. Pues bien, queriendo huir de la soledad eterna y el olvido por sus acciones, mandó construir un ejercito entero de más de seis mil soldados que le acompañarían al más allá o como mínimo guardarían su tumba.


Cada soldado se construyó a tamaño natural y todas sus caras son diferentes. Como todo ejercito tiene sus rangos y aquí están los soldados rasos, los arqueros, los de caballería y cómo no los caballos. Se visitan tres fosas a cada cual más grande. Siguiendo el consejo de la guía las visitamos al revés. En la fosa tres se respira una tranquilidad de ultratumba con sus guerreros casi a oscuras guardando el terreno. La fosa dos no está en tan buen estado pero hace que la tres parezca pequeña. 

La última (o la primera según se mire) es la que te deja sin aliento, por su magnitud (más de 100 metros de larga) y su majestuosidad (6000 guerreros en formación silenciosa sin mover una pestaña). Sólo hablaban los vivos y los flashes de las cámaras. Tras más de 2000 años ahí seguían en pie la mayoría. Unos pocos hacían cola en enfermería para ser recompuestos (el paso de los años es demoledor). Pero el resto, en formación y en silencio sepulcral.

Volviendo a la ciudad y antes de coger el bus nocturno a Chengdú, observé a la gente con los móviles. Aquí tanto la calidad del móvil como la adicción y su uso, juega en otra liga. La gran mayoría de móviles son de grandes marcas como Apple o Samsung, sin importar el aspecto económico del portador; la gente usa el móvil para pagar en las tiendas y supermercados e incluso cogen las bicis haciendo uso del código QR (acercan el móvil a la bici y arreglado). Quizás de esta necesidad vino la adicción o quizás la adicción creo la necesidad. Sea como fuere la gente anda por la calle y conduce sus vehículos, pendientes del móvil. Viendo este ensimismamiento, recordé a los guerreros, solemnes y callados, sonriendo al ver que el eco de su silencio sepulcral, se escuchaba todavía dos milenios después.


lunes, 31 de julio de 2017

Entre quechuas y aimaras (Puno-Isla de los Uros-Taquile)


El 23 cambiamos el paisaje costero por la montaña peruana. Como ya adelantamos, el bus duró más de lo esperado, pues la carretera a Arequipa estaba destrozada y en obras; así que el trayecto daba más vueltas que de normal para evitarla. ¡Y vaya vueltas! Como teníamos que ascender casi 4000 metros, no parábamos de dar giros. Algunas personas venían desde Lima por lo que estaban ya desesperadas, así que el panorama era el siguiente: niñas vomitando, mujeres rezando en voz alta para que se acabase el calvario (pues estando en el segundo piso, el movimiento era mayor y realmente incómodo) ¡y aún quedaban doce horas por delante! Un infierno, sobre todo la subida hasta Cuzco, porque después era más o menos línea recta; nuestros salvavidas fueron el e-reader y los paisajes andinos. Eso sí, fue un buen medio para ir aclimatándonos a la altura y evitar sufrir soroche (como llaman aquí al mal de altura) teniendo en cuenta que Puno está a 3800 metros sobre el nivel del mar. Llegamos de noche y la diferencia de temperatura era notable, pero estábamos derrotados y fue fácil conciliar el sueño.

Por la mañana repusimos fuerzas con un desayuno que incluía, cómo no, mate de coca. El día fue tranquilo. En Puno, los trajes de las mujeres recuerdan que estás en un pueblo de cordillera: mujeres con bombín, coloridos awayus (la tela que se atan a la espalda para cargar objetos o niños), anchas faldas, zapatos hechos con neumáticos, largas trenzas y unas arrugas que llevan escritas la experiencia de los años en el frío clima. 

El centro de Puno es pequeño y se condensa junto al lago Titicaca, por lo que las vistas desde el mirador Huajsapata daban de pleno con el legendario lago, donde cuenta la mitología inca que nacieron el Sol, Manco Cápac y Mama Ocllo (los hijos del Sol). El lago es además frontera para el idioma quechua y aimara. En la parte norte de Puno y en las islas flotantes predomina el aimara, mientras que en la sur y Taquile se habla quechua. Una reunión de culturas que solo podía conseguir el Sol.

Puno es entrañable y la zona de piedras del arco Deustua recuerda a algunos pueblos españoles. Comimos en un restaurante por 5 soles, los platos estrella de Perú: ceviche y chicharrón de pollo, raciones generosas y sabrosas. Una vez más, tuvimos la suerte de encontrar un local frecuentado únicamente por peruanos.

Que conste, no es que huyamos de ser calificados turistas, pues lo somos; pero para encontrar la mejor gastronomía local, un indicio bastante fiable es fijarse dónde comen los lugareños; además de ser una ayuda para meterse de lleno en la cultura del país y evitar las burbujas turísticas que nos creamos como protección a tanto cambio. Acabamos el día paseando por el lago dispuestos a visitarlo al día siguiente.

El 25 embarcamos temprano rumbo a las islas de los Uros. Estas son islas flotantes hechas de totora, una especie de juncos que crecen en las partes más superficiales del lago.

Creo que en el extranjero nunca había sentido de manera tan palpable que estaba en un parque de atracciones hasta que nos recibieron las mujeres de los Uros, ondeando los brazos y chillando en aimara: "Kamisaraki" para que todos los turistas contestásemos al unísono la palabra que nos habían enseñado previamente y tenían escrita detrás: "¡¡¡Waliky!!!" Perdón la comparación, pero entre los coloridos trajes y el momento "¿Cómo están ustedes?" uno no sabía si estaba ante el grupo Parchís peruano o ante una cámara oculta.

En la isla que visitamos vivían cinco familias; todas (al menos en ese momento) orquestadas para que los que estábamos nos dejásemos los soles: el jefe dedicado a pasear en barca a unos cuantos; las mujeres vendiendo artesanías; los niños, pulseras y la abuela posando a cámara.

Desde luego es recomendable visitarlos por su singularidad, pero (y quizás sea solo por cómo estaba organizado) uno se va más con la sensación de haber estado en Port Aventura que acercándose a una cultura indígena.

Taquile, sin embargo, parecía más natural. Antes de llegar al pueblo hay que subir una cuesta por un camino empedrado que no parece acabar. Claro, las vistas lo merecen: por orden de cercanía, las terrazas incas de la isla, Titicaca dominando y la cordillera detrás.

Al llegar a la plaza de Armas nos encontramos con el pueblo al completo de celebración y las bebidas (presumiblemente alcohólicas al percibir movimientos sospechosos en los bailes), no paraban de intercambiar de manos (incluyendo las más viejas).

Los colores casi fosforescentes de los trajes de los que bailaban inundaban la plaza en un caos multicolor celebrando las fiestas de San Santiago. Rodeados de trajes regionales, el guía nos buscó un lugar apartado para almorzar (comer) una sopa de quinoa riquísima y media trucha a la parrilla.

Afortunadamente no hizo falta hacer el mismo camino de ida, pues un camino cercano bajaba hasta el puerto donde los arcos que reciben al visitante nos despedían engalanados. Volvimos a Puno donde acabamos el día como de costumbre en la terminal de buses preparados para el nuevo destino: Arequipa.

viernes, 28 de julio de 2017

La marea (Beijing)

Pisábamos la capital China tras 12 horas de vuelo y de buena mañana. El cansancio se lastraba en nuestras mochilas y se aliaba con las dificultades de comunicación chinas para que llegáramos al Hostel tres horas después. Los primeros olores nos empalagaron nada más dejar el metro con una mezcla de tabaco y polución que se adhirieron a nuestras narices. Desde el inicio la marea de gente nos dejó sin aliento como una ola que rompe encima de ti de manera inesperada. Y es que aquí todos los días son día de mascletà.
Pretendimos descansar un rato y el Jet lag (hasta ahora un desconocido para mi) se rió en nuestra cara y nos arrastró a la deriva hasta que despertamos cinco horas más tarde en el océano de nuestra cama. De perdidos al río, decidimos dedicar el día a preparar las siguientes etapas del viaje.
El día siguiente no amanecía mucho mejor; el cielo gris pekinés hacía pucheros y rompió a llorar cuando entrábamos en la Plaza Tiananmen, la mayor plaza pública del mundo con 440.000 m², imaginaros todas las opciones que ofrece el lugar para cubrirse de la lluvia… exacto, ninguna en todos sus metros cuadrados.
La idea inicial era ir a la ciudad prohibida, pero verla con los ojos llorosos no nos pareció buena idea y volvimos al Hostel esperando que amainara. Allí nos volvió a picar el Jet lag y la cama nos engulló una vez más.
Decididos a luchar por nuestra cordura y salud, nadamos a contracorriente y salimos por la tarde a visitar el Templo del cielo, también llamado Tian Tan. Emocionado porque visitábamos su templo, el cielo se puso el traje de gala local de gris plomizo. Habían pasado apenas 24 horas y ya distinguíamos nuevos aromas en las calles, como el de la salsa de soja y el de los noodles de microondas.
En el templo disfrutamos viendo a los locales jugando a las cartas y estampándolas con fuerza contra la piedra con sus fonemas característicos, mientras otro grupo prefería jugar con un volante más grande que el de badminton a que no tocara el suelo mientras lo pateaban de maneras imposibles.

De Tian Tan destaca el “Templo de las rogativas por las buenas cosechas”; un templo que se posa sobre una plataforma de mármol y se compone por tres techados en forma de paraguas a modo de matrioska abierta. Como su nombre indica, aquí el emperador pedía por las buenas cosechas. Para proseguir nuestra adaptación, nos fuimos a cenar pato pekinés a un restaurante al lado del Hostel que por sus colas invitaba a sentarse y disfrutar de un buen manjar.

El tercer día ya ganada la batalla al cansancio y dejándonos llevar por la marea, visitamos al fin la ciudad prohibida. Antaño quien entrase sin invitación era ejecutado. Hoy en día esa invitación se compra con unos cuantos yuanes (la moneda nacional).


Este complejo de edificaciones antiguas es todo un laberinto que deja sin aliento a cualquiera y asusta por su enormidad. Los amplios patios, las balaustradas de mármol y los tejados acampanados, te transportarían a la época de los emperadores si no fuera por los cientos de visitantes que te rodean como un día de rebajas.

Al mediodía subimos las empinadas escaleras de la torre del tambor para ver los hutongs (casas con patio tradicionales) desde arriba, con la suerte de asistir al toque de tambores (cuatro veces al día salen 5 personas y tocan los antiguos y enormes tambores de la dinastía Ming) y a un show que parecía salido de Humor amarillo, en el que un hombre hinchaba con su nariz un flotador con una voluntaria encima; el presentador cómo no, estaba emocionado y lo animaba de manera estridente.

Para acabar nuestra primera estancia en Beijing nos paseamos atónitos sin saber dónde mirar por Nanlougu Xiang y alrededores (dicen que ha perdido su alma y solo es un destello de lo que fue, pero para nosotros que estamos en periodo de adaptación a esta cultura era formar parte de una película en directo), casas tradicionales, tiendas de animales con toboganes, churros con nata con un torero publicitándolos…No sabíamos si estábamos en China o rodeados por frikismo japonés, pero al ser tan diferente nos alucinaba.
Como buenos chinos nos empezamos a dejar llevar por la marea y empezamos a acostumbrarnos a los escupitajos arrancados desde el alma; a los niños con el pantalón agujereado en el culo para poder hacer sus necesidades de manera efectiva si es necesario; a que la gente nos pare por la calle para hacerse una foto con nosotros; a los baños turcos que nos hacen sudar la gota gorda por el esfuerzo de la posición y el apuro de tener buena puntería mientras se aguanta la respiración…

Cerrando el día, un tren nocturno nos mecía hasta el sueño camino a Pingyao.