sábado, 5 de agosto de 2017

Lost in translation, o máster en mímica para sobrevivir en China (Chengdu-Leshan)

Con diferencia lo que más está costando en este viaje es la comunicación. No sólo porque no nos entendamos en nuestros idiomas, sino porque a veces, ni la expresión corporal es suficiente.

Nuestra primera noche en bus comenzaba el día 30 destino a Chengdu, con un hombre dándonos bolsitas por si vomitábamos. Por suerte el viaje fue tranquilo y sobre las 6 de la mañana bajábamos del bus abordados por chinos queriéndonos subir a su taxi. Haciendo caso omiso intentamos orientarnos en vano: No había ningún cartel que no hablase chino y hacerse entender con los locales era casi imposible. Así que tuvimos que ceder y subimos a un taxi que como podréis imaginar, no hablaba otra cosa que no fuera que chino. Nos pedía de inicio 30 yuanes (unos 4 euros) pero al negarnos, acepto poner el taxímetro. Imaginad todo esto como en una película de Chaplin, al piano suena “The Entertainer” y nosotros y el taxista gesticulamos mucho acompañándolo de sonidos incomprensibles. Tal que así fue en la realidad. Al llegar al hostel empenzó a hablarnos en chino y hacer ruidos raros mientras se reía; viendo la cuenta final (13 yuanes) dedujimos que tenía que ver con que no hubiésemos aceptado pagar los 30 iniciales.

Dejamos las mochilas, desayunamos y nos fuimos al Centro de investigación y cría de osos panda. La suerte nos sonrío y conseguimos llegar por nuestra cuenta subiendo a un bus que iba gratis. Supimos que habíamos llegado cuando vimos a una cantidad importante de vendedores con toda clase de artilugios basados en este carismático animal. Este centro es el más grande del mundo y aloja a pandas rojos y osos panda con el objetivo de que se reproduzcan.

Volvía a llover y los osos se escondían. El tiempo cambió una hora más tarde y el sol exigió protagonismo por ser su estación del año, pero los pandas prefieren el frío así que se quedaron en el interior. Aún así pudimos ver pandas rojos, que parecen un mix entre oso panda y zorro. 

Antes de abandonar el centro, visitamos la enfermería donde pudimos ver a dos bebés panda. Las crías de panda son 100 veces más pequeñas que la estatura en edad adulta por lo que parecen ratas, pero todo el mundo se rinde a sus encantos y cada movimiento producía admiración entre los espectadores. 

Ya de vuelta a la ciudad nos perdimos por sus calles que inexplicablemente cambiaban de nombre a cada rato como si de las escaleras de Hogwarts se tratara. Nos sentamos en un restaurante agotados para recibir una carta 100% chino.

Con los estómagos llenos volvimos a perdernos en las calles camaleónicas de Chengdu y ni los mapas que teníamos ni los locales se aclaraban. Cuatro horas después volvíamos al hotel sin haber visto ningún punto de interés, pero con la sensación de haber respirado el ambiente de la ciudad.

Al día siguiente no había transporte a nuestro siguiente destino, porque los chinos viajan mucho o porque son muchos y los pocos que viajan son nombrosos. Al caso es lo mismo, improvisar viajando a estas alturas del año, se hace tarea difícil. Así que alargamos la estancia un día y lo pasamos en Leshan.

En esta ciudad donde confluyen dos ríos, un monje decidió construir un buda enorme de unos 70 metros de altura para que calmase la bravura de las aguas. Viendo lo mansas que son hoy en día estas aguas parece que el buda de 1200 años de antigüedad consiguió su cometido. Las malas lenguas quitan mérito al coloso y explican que los restos de su creación son los que hicieron que las aguas se tranquilizaran. La visita la verdad es que nos hizo sentir muy pequeños al pasar por su cabeza con unas orejas de 7 metros.

Nos tocó hacer cola para bajar por las escarpadas y estrechas escaleras a los pies para empequeñecernos aún más, y sufrimos el choque cultural del concepto “estar la cola”, porque aquí la cola no es más que un método para evitar avalanchas y no para respetar el turno de llegada. 

Si hay un hueco y cabe un chino, chino que se mete sin la más mínima vergüenza. A este echo, se le sumó el ir esquivando paraguas, porque para el que no lo sepa, aquí el paraguas se usa casi más como protector solar que de lluvia. Aprovechamos estos momentos para trabajar la paciencia y nos ahorramos tener que gesticular o hacer aspavientos. A los pies del buda nos costó poco trabajo.

Para acabar el día de vuelta en Chengdu, paseamos en búsqueda y captura de un restaurante con buena pinta para ir a dormir como buenos pandas y el destino nos hizo entrar en un restaurante especializado en Hot pots que vienen a ser como fondues enormes con un caldo lleno de guindillas, en la que sumergen de todo para sacarlo bien picante. Nos costó un cuarto de hora hacernos entender, pues el camarero por no decir, no decía ni “Hello” en inglés. Ni los gestos ni señalar palabras en chino parecía funcionar. Vuelve a sonar “The Entertainer” y mientras gesticulamos y nos echamos las manos a la cara, Aparece uno en escena moviendo la boca exgaredamente y a continuación el título en pantalla negra “¿Hay alguien en la sala que hable inglés?” y allí estaba nuestro salvador, muy vergonzoso él, para que nos aclarásemos.

Al fin, conseguimos cenar con nuestro Hot pot acompañados por patatas, huevos, carne de ternera, y tripas e intestino de cerdo. Todo un manjar que ayudó a que nuestras fosas nasales se liberarán, nuestras glándulas sudoríparas se pusieran a trabajar y nuestros paladares viajaran con nosotros por este país donde el mandarín o la mímica son fundamentales para sobrevivir.

Para los que os iniciáis en este máster sabed que para decir “no” se realiza un gesto de saludo como el que hacemos a los niños. Abstenedse de sonreír en ese instante. Para la numeración, el signo surfer del “buen rollo” es un seis y la cruz como si alejásemos a Satanás, sirve para el diez. No olvidar nunca que si la comunicación se hace costosa, lo mejor es armarse de paciencia y de una buena sonrisa.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El cóndor pasa (Arequipa-Chivay-Cañón del Colca)

Juan Carlos, el dueño del hospedaje donde dormimos en Arequipa, nos facilitó la llegada. El bus hacía presencia en la ciudad a las 4:30 a.m. por lo que detalles sobre precios de taxi, distancia, etc. se hacían fundamentales para evitar esperar hasta que el sol iluminase y la ciudad pareciese más acogedora.

Llegados al hostal hicimos tiempo hasta que la luz aclaró el blanco de las piedras de la que está hecha la llamada "Ciudad Blanca" de Perú, pues el casco antiguo casi al completo fue construido con sillar.

Empezamos el recorrido en el mirador de Yanahuara con vistas a uno de los 7 volcanes que rodean Arequipa; el más impresionante por erigirse imponente ante la ciudad: el Misti. Desde allí el volcán aparece majestuoso, pero a contraluz, a primera hora de la mañana es difícil captar su belleza.

Retomamos nuestro paseo por el casco viejo en el claustro de la iglesia de la Compañía de Jesús donde el azul celeste contrastaba con el blanco casi impoluto del sillar, de la misma manera que ocurre en la Plaza de Armas con la Catedral.

Más adelante, en el mercado, solo contemplar la variedad de colores de las frutas hizo inevitable que se abriese el apetito, saciado en una cevichería que había a pocos metros.

El caer de la tarde estuvo a punto de encontrarnos perdiéndonos por la enorme ciudadela que contiene el Monasterio de Santa Catalina; un laberinto de celdas y claustros coloniales del s. XVI, donde los muros de los patios pintados de azul aciano y rojo coral, compiten por llevarse la instantánea con los geranios que los acompañan. 

Pero antes de que la golden hour tintase el ya de por sí colorido convento, buscamos un hueco en el puente Grau, para ver cómo el atardecer daba profundidad y relieve a los pliegues del Misti, que parecía abrazar la ciudad.

El siguiente día salimos rumbo a Chivay, que nos serviría de ciudad trampolín para visitar el Cañón del Colca (el cuarto más profundo del mundo, con hasta 3200 metros de profundidad).

De camino, el paisaje parecía extraterrestre; la única vegetación era el musgo de las piedras y unos arbustos que crecían espigados como si prendiesen el paisaje, plagado de pelos de Trolls; las llamas, las alpacas y las vicuñas por fin hacían su aparición en grupos reducidos.

En Chivay, fue muy rápido encontrar alojamiento. El pueblo es tranquilo y estábamos listos para acercarnos a la terminal de buses al día siguiente de madrugón. Había dos posibilidades de transporte para ir al mirador de la Cruz del Cóndor: a las 4 y a las 7'30 de la mañana. Según la guía se tardaba dos horas, y teniendo en cuenta que el cóndor empieza a volar con las primeras corrientes de aire caliente (sobre las 8h), decidimos coger la combi que salía a las 4h.

Problema número uno: nos encontramos con las puertas del hostal cerradas a cal y canto y aunque nos supiese mal, tuvimos que jugar al escondite buscando al responsable para que nos abriese ("¿Hola?", "Disculpe", "¿Buenos días?"). Al final tras una puerta se escucha un gruñido, seguido de un carraspeo, un "¿sí?", y por fin un "enseguida les abro".

Problema número dos: la guía había sido muy pesimista con la duración del trayecto y nos encontramos en pleno mirador a las 5h, en plena noche, a 3000 y pico metros de altura. Corría un viento gélido para el que no estábamos preparados, así que haciendo uso de los pijamas como parapeto y buscando una esquina donde resguardarnos, tratamos de matar el tiempo hasta que empezó a salir el sol. Consejo fundamental si alguien decide visitarlo: ¡Venid abrigados!

Por suerte los rayos de sol empezaron a clarear y calentar el ambiente y el cañón empezó a latir: un peruano nos señaló una especie de conejo que resultó ser una vizcacha, tres colibríes aparecieron volando intentando quitar protagonismo al cóndor, aún escondido, y las golondrinas comenzaron también a alardear de su vuelo ligero. 

Las vistas del cañón eran asombrosas y acompañados por los primeros rayos de luz, los cóndores empezaron a asomar a lo lejos. Tardaron casi una hora en acercarse, pero poco a poco, conforme el mirador se iba llenando de público, el cóndor iba rondando más y más cerca, planeando orgulloso y presumido. Por fin, hacia las 9h, algunos se atrevieron a sobrevolar nuestras cabezas, alardeando de sus tres metros de envergadura, acompasados por los gritos de admiración del púbico que trataba de seguirlos con sus cámaras ("OOOh", "hermoooso", "bendisióóón"). Estuvimos contemplando el espectáculo hasta las 10h, cuando retornamos a Chivay, para volver a Arequipa; desde allí viajaríamos hasta Puno y de aquí a Copacabana (Bolivia), así que nos despedimos de Perú por el momento viendo pasar a uno de sus símbolos nacionales, el ave más grande del mundo: el cóndor andino.


martes, 1 de agosto de 2017

Silencio sepulcral (Pingyao-Xi’an)

El tren entraba en Pingyao somnoliento pero se despejó poco a poco con la lluvia, que madrugadora, acaparaba todo alrededor. De tanto hablar de la marea en la última entrada, las nubes se nos pegaron cual lapas y nos pasamos los dos días siguientes bajo la sombra del paragüas.

Pingyao tuvo su apogeo en la época Qing, cuando los mercaderes crearon los primeros bancos y comenzaron a hacer uso de los cheques para posibilitar el flujo de plata en la ciudad. Y claro con la plata llega esplendor y la ciudad ha sabido parar el tiempo y conservarlo.

Esta ciudad mantiene su muralla y sus torres casi intactas y el casco antiguo en perfecto estado. Ni el agua fue capaz de evitar que exploráramos sus calles llenas de casas tradicionales y templos. La lluvia conseguía sin embargo acallar el silencio de los callejones vacíos y a esta guerra sonora, se sumaban los chinos. De todos es sabido que en España hablamos fuerte, pero los chinos no se quedan cortos en armar escándalo. Ni los chinos, ni los grillos; que pedían a gritos ser liberados de sus jaulas. Porque aquí señoras y señores, los grillos son mascotas enjauladas.
Empapados por la desesperación y soñando con nuestra litera de tren seca; abandonamos esta bonita ciudad, que ni el gris del cielo ni sus gotas penetrantes consiguieron empañar su belleza.

Xi’an esperaba tras el velo de la noche, con una muralla todavía más grande, pero sin poder presumir de parar el reloj como Pingyao. Al contrario, Xi’an había dejado correr el tiempo orgullosa de sí misma y así volvían las multitudes, los edificios que medían su valía comparando tamaño y el tráfico.

Haré un inciso en esto del tráfico porque es algo sorprendente. En China tiene preferencia el vehículo. Si está en verde para los coches, pasan ellos y si está en verde para el peatón, también pasan ellos si les apetece. Como además el pito se usa como medio de comunicación; te sientes atacado por diferentes cláxones mientras intentas cruzar en verde esquivando coches, motos y bicis. Pero es más, si vas por la acera también puedes ser invitado por el grito de un timbre o claxon a que te apartes para no ser atropellado. Y lo mejor es que si un vehículo está apunto de atropellar un peatón, ambos sonríen de manera nerviosa y siguen su camino.

El primer día en Xi’an, nos perdimos (literalmente) por sus calles. Aún así, nos encontramos para poder ver lo más destacado: Las murallas kilométricas que abrazan el centro con sus 14km de perímetro y el barrio musulmán que alberga a los hui (como podréis adivinar, los musulmanes chinos) desde antes incluso de la época Ming. Este barrio es como un Chinatown pero más auténtico por ser autóctono: Puestos de comida de los olores y texturas más extraños, tenderetes de venta de todos los productos que uno se pueda imaginar, desde mochilas y pañuelos, hasta relojes y grillos; calles estrechas y por supuesto, gente, mucha gente.

El último día en Xi’an, visitamos los famosos guerreros de terracota. Este ejercito fue descubierto en 1974 por unos campesinos y se ha convertido en uno de los yacimientos arqueológicos más conocidos.
Quin Shi Huang fue un déspota que reino hace 2000 años pero que como todos los déspotas tuvo sus aciertos: unificó China. Pues bien, queriendo huir de la soledad eterna y el olvido por sus acciones, mandó construir un ejercito entero de más de seis mil soldados que le acompañarían al más allá o como mínimo guardarían su tumba.


Cada soldado se construyó a tamaño natural y todas sus caras son diferentes. Como todo ejercito tiene sus rangos y aquí están los soldados rasos, los arqueros, los de caballería y cómo no los caballos. Se visitan tres fosas a cada cual más grande. Siguiendo el consejo de la guía las visitamos al revés. En la fosa tres se respira una tranquilidad de ultratumba con sus guerreros casi a oscuras guardando el terreno. La fosa dos no está en tan buen estado pero hace que la tres parezca pequeña. 

La última (o la primera según se mire) es la que te deja sin aliento, por su magnitud (más de 100 metros de larga) y su majestuosidad (6000 guerreros en formación silenciosa sin mover una pestaña). Sólo hablaban los vivos y los flashes de las cámaras. Tras más de 2000 años ahí seguían en pie la mayoría. Unos pocos hacían cola en enfermería para ser recompuestos (el paso de los años es demoledor). Pero el resto, en formación y en silencio sepulcral.

Volviendo a la ciudad y antes de coger el bus nocturno a Chengdú, observé a la gente con los móviles. Aquí tanto la calidad del móvil como la adicción y su uso, juega en otra liga. La gran mayoría de móviles son de grandes marcas como Apple o Samsung, sin importar el aspecto económico del portador; la gente usa el móvil para pagar en las tiendas y supermercados e incluso cogen las bicis haciendo uso del código QR (acercan el móvil a la bici y arreglado). Quizás de esta necesidad vino la adicción o quizás la adicción creo la necesidad. Sea como fuere la gente anda por la calle y conduce sus vehículos, pendientes del móvil. Viendo este ensimismamiento, recordé a los guerreros, solemnes y callados, sonriendo al ver que el eco de su silencio sepulcral, se escuchaba todavía dos milenios después.


lunes, 31 de julio de 2017

Entre quechuas y aimaras (Puno-Isla de los Uros-Taquile)


El 23 cambiamos el paisaje costero por la montaña peruana. Como ya adelantamos, el bus duró más de lo esperado, pues la carretera a Arequipa estaba destrozada y en obras; así que el trayecto daba más vueltas que de normal para evitarla. ¡Y vaya vueltas! Como teníamos que ascender casi 4000 metros, no parábamos de dar giros. Algunas personas venían desde Lima por lo que estaban ya desesperadas, así que el panorama era el siguiente: niñas vomitando, mujeres rezando en voz alta para que se acabase el calvario (pues estando en el segundo piso, el movimiento era mayor y realmente incómodo) ¡y aún quedaban doce horas por delante! Un infierno, sobre todo la subida hasta Cuzco, porque después era más o menos línea recta; nuestros salvavidas fueron el e-reader y los paisajes andinos. Eso sí, fue un buen medio para ir aclimatándonos a la altura y evitar sufrir soroche (como llaman aquí al mal de altura) teniendo en cuenta que Puno está a 3800 metros sobre el nivel del mar. Llegamos de noche y la diferencia de temperatura era notable, pero estábamos derrotados y fue fácil conciliar el sueño.

Por la mañana repusimos fuerzas con un desayuno que incluía, cómo no, mate de coca. El día fue tranquilo. En Puno, los trajes de las mujeres recuerdan que estás en un pueblo de cordillera: mujeres con bombín, coloridos awayus (la tela que se atan a la espalda para cargar objetos o niños), anchas faldas, zapatos hechos con neumáticos, largas trenzas y unas arrugas que llevan escritas la experiencia de los años en el frío clima. 

El centro de Puno es pequeño y se condensa junto al lago Titicaca, por lo que las vistas desde el mirador Huajsapata daban de pleno con el legendario lago, donde cuenta la mitología inca que nacieron el Sol, Manco Cápac y Mama Ocllo (los hijos del Sol). El lago es además frontera para el idioma quechua y aimara. En la parte norte de Puno y en las islas flotantes predomina el aimara, mientras que en la sur y Taquile se habla quechua. Una reunión de culturas que solo podía conseguir el Sol.

Puno es entrañable y la zona de piedras del arco Deustua recuerda a algunos pueblos españoles. Comimos en un restaurante por 5 soles, los platos estrella de Perú: ceviche y chicharrón de pollo, raciones generosas y sabrosas. Una vez más, tuvimos la suerte de encontrar un local frecuentado únicamente por peruanos.

Que conste, no es que huyamos de ser calificados turistas, pues lo somos; pero para encontrar la mejor gastronomía local, un indicio bastante fiable es fijarse dónde comen los lugareños; además de ser una ayuda para meterse de lleno en la cultura del país y evitar las burbujas turísticas que nos creamos como protección a tanto cambio. Acabamos el día paseando por el lago dispuestos a visitarlo al día siguiente.

El 25 embarcamos temprano rumbo a las islas de los Uros. Estas son islas flotantes hechas de totora, una especie de juncos que crecen en las partes más superficiales del lago.

Creo que en el extranjero nunca había sentido de manera tan palpable que estaba en un parque de atracciones hasta que nos recibieron las mujeres de los Uros, ondeando los brazos y chillando en aimara: "Kamisaraki" para que todos los turistas contestásemos al unísono la palabra que nos habían enseñado previamente y tenían escrita detrás: "¡¡¡Waliky!!!" Perdón la comparación, pero entre los coloridos trajes y el momento "¿Cómo están ustedes?" uno no sabía si estaba ante el grupo Parchís peruano o ante una cámara oculta.

En la isla que visitamos vivían cinco familias; todas (al menos en ese momento) orquestadas para que los que estábamos nos dejásemos los soles: el jefe dedicado a pasear en barca a unos cuantos; las mujeres vendiendo artesanías; los niños, pulseras y la abuela posando a cámara.

Desde luego es recomendable visitarlos por su singularidad, pero (y quizás sea solo por cómo estaba organizado) uno se va más con la sensación de haber estado en Port Aventura que acercándose a una cultura indígena.

Taquile, sin embargo, parecía más natural. Antes de llegar al pueblo hay que subir una cuesta por un camino empedrado que no parece acabar. Claro, las vistas lo merecen: por orden de cercanía, las terrazas incas de la isla, Titicaca dominando y la cordillera detrás.

Al llegar a la plaza de Armas nos encontramos con el pueblo al completo de celebración y las bebidas (presumiblemente alcohólicas al percibir movimientos sospechosos en los bailes), no paraban de intercambiar de manos (incluyendo las más viejas).

Los colores casi fosforescentes de los trajes de los que bailaban inundaban la plaza en un caos multicolor celebrando las fiestas de San Santiago. Rodeados de trajes regionales, el guía nos buscó un lugar apartado para almorzar (comer) una sopa de quinoa riquísima y media trucha a la parrilla.

Afortunadamente no hizo falta hacer el mismo camino de ida, pues un camino cercano bajaba hasta el puerto donde los arcos que reciben al visitante nos despedían engalanados. Volvimos a Puno donde acabamos el día como de costumbre en la terminal de buses preparados para el nuevo destino: Arequipa.

viernes, 28 de julio de 2017

La marea (Beijing)

Pisábamos la capital China tras 12 horas de vuelo y de buena mañana. El cansancio se lastraba en nuestras mochilas y se aliaba con las dificultades de comunicación chinas para que llegáramos al Hostel tres horas después. Los primeros olores nos empalagaron nada más dejar el metro con una mezcla de tabaco y polución que se adhirieron a nuestras narices. Desde el inicio la marea de gente nos dejó sin aliento como una ola que rompe encima de ti de manera inesperada. Y es que aquí todos los días son día de mascletà.
Pretendimos descansar un rato y el Jet lag (hasta ahora un desconocido para mi) se rió en nuestra cara y nos arrastró a la deriva hasta que despertamos cinco horas más tarde en el océano de nuestra cama. De perdidos al río, decidimos dedicar el día a preparar las siguientes etapas del viaje.
El día siguiente no amanecía mucho mejor; el cielo gris pekinés hacía pucheros y rompió a llorar cuando entrábamos en la Plaza Tiananmen, la mayor plaza pública del mundo con 440.000 m², imaginaros todas las opciones que ofrece el lugar para cubrirse de la lluvia… exacto, ninguna en todos sus metros cuadrados.
La idea inicial era ir a la ciudad prohibida, pero verla con los ojos llorosos no nos pareció buena idea y volvimos al Hostel esperando que amainara. Allí nos volvió a picar el Jet lag y la cama nos engulló una vez más.
Decididos a luchar por nuestra cordura y salud, nadamos a contracorriente y salimos por la tarde a visitar el Templo del cielo, también llamado Tian Tan. Emocionado porque visitábamos su templo, el cielo se puso el traje de gala local de gris plomizo. Habían pasado apenas 24 horas y ya distinguíamos nuevos aromas en las calles, como el de la salsa de soja y el de los noodles de microondas.
En el templo disfrutamos viendo a los locales jugando a las cartas y estampándolas con fuerza contra la piedra con sus fonemas característicos, mientras otro grupo prefería jugar con un volante más grande que el de badminton a que no tocara el suelo mientras lo pateaban de maneras imposibles.

De Tian Tan destaca el “Templo de las rogativas por las buenas cosechas”; un templo que se posa sobre una plataforma de mármol y se compone por tres techados en forma de paraguas a modo de matrioska abierta. Como su nombre indica, aquí el emperador pedía por las buenas cosechas. Para proseguir nuestra adaptación, nos fuimos a cenar pato pekinés a un restaurante al lado del Hostel que por sus colas invitaba a sentarse y disfrutar de un buen manjar.

El tercer día ya ganada la batalla al cansancio y dejándonos llevar por la marea, visitamos al fin la ciudad prohibida. Antaño quien entrase sin invitación era ejecutado. Hoy en día esa invitación se compra con unos cuantos yuanes (la moneda nacional).


Este complejo de edificaciones antiguas es todo un laberinto que deja sin aliento a cualquiera y asusta por su enormidad. Los amplios patios, las balaustradas de mármol y los tejados acampanados, te transportarían a la época de los emperadores si no fuera por los cientos de visitantes que te rodean como un día de rebajas.

Al mediodía subimos las empinadas escaleras de la torre del tambor para ver los hutongs (casas con patio tradicionales) desde arriba, con la suerte de asistir al toque de tambores (cuatro veces al día salen 5 personas y tocan los antiguos y enormes tambores de la dinastía Ming) y a un show que parecía salido de Humor amarillo, en el que un hombre hinchaba con su nariz un flotador con una voluntaria encima; el presentador cómo no, estaba emocionado y lo animaba de manera estridente.

Para acabar nuestra primera estancia en Beijing nos paseamos atónitos sin saber dónde mirar por Nanlougu Xiang y alrededores (dicen que ha perdido su alma y solo es un destello de lo que fue, pero para nosotros que estamos en periodo de adaptación a esta cultura era formar parte de una película en directo), casas tradicionales, tiendas de animales con toboganes, churros con nata con un torero publicitándolos…No sabíamos si estábamos en China o rodeados por frikismo japonés, pero al ser tan diferente nos alucinaba.
Como buenos chinos nos empezamos a dejar llevar por la marea y empezamos a acostumbrarnos a los escupitajos arrancados desde el alma; a los niños con el pantalón agujereado en el culo para poder hacer sus necesidades de manera efectiva si es necesario; a que la gente nos pare por la calle para hacerse una foto con nosotros; a los baños turcos que nos hacen sudar la gota gorda por el esfuerzo de la posición y el apuro de tener buena puntería mientras se aguanta la respiración…

Cerrando el día, un tren nocturno nos mecía hasta el sueño camino a Pingyao.

Los matices de la tierra (Ica-Huacachina-Paracas)

Por la ventana del autobús con rumbo a Ica se avistaba un paisaje desértico de pueblos apartados de la civilización, de casitas apretadas unas con otras y de polvo. La propaganda política se sucedía, pintada en los muros orientados a la carretera. Lo que nos llamó la atención fue la cantidad de pintadas exigiendo la libertad de Fujimori.

Contextualicemos: en las elecciones de 1990 vence a un Vargas Llosa que se postulaba a presidente; dos años después, da un autogolpe de estado; en 2000 se presenta a un tercer mandato (lo cual era inconstitucional) y sigue en el poder sin mayoría; ese mismo año se destapa una trama de corrupción en la que está implicado y huye de Perú, regresando arrestado en 2005 y siendo declarado culpable de violación de derechos humanos en 2009, año en que ingresa en prisión. 

Con todo este edulcorado resumen, sorprende que una parte de la población pida su libertad y que su hija Keiko haya estado a punto de ganar las elecciones de 2016; aunque hablando con nuestro guía en Paracas entendimos todo un poco mejor; pero dejemos la historia por el momento pues el bus ha llegado a Ica.

En el hostal nos enteramos que la carretera por la costa a Arequipa está cerrada, por lo que a la mañana siguiente hemos de replanificar. El GPS recalcula destino y nos envía a Puno, donde llegaríamos dos días después.

El mediodía nos sorprendió en la plaza de Armas regateando precios para la excursión a la Reserva Nacional de Paracas de la siguiente jornada. Por horarios del bus a Puno estábamos limitados a contratar una excursión privada, pues queríamos evitar las islas Ballestas que retrasarían nuestros planes. No pudimos haber tenido más suerte, pues esta decisión permitió que visitásemos Paracas casi en exclusiva mientras los tours grupales se entretenían en las islas.

Pero sigamos en el 21 de julio, donde un taxi nos lleva a Huacachina, un oasis en medio de las dunas. El oasis en sí se presenta con una estética más artificial que natural, pero las dunas que lo rodean son dignas de contemplar.

Comenzamos subiendo por una de ellas con el sol de frente y los pies hundiéndose a cada paso como si estuviésemos haciendo step. Nos llevó media hora llegar a lo alto de la montaña de arena desde donde el desierto nos deleitó con sus sinuosas jorobas de camello. Un mar de dunas se extendía ante nuestros ojos como estáticas olas de arena. Parece mentira pensar que esas curvas doradas tan perfectas sean formadas únicamente por el viento.

Las líneas de su espalda eran acariciadas por la brisa, que a su vez nos cubría silenciosa pero constantemente de fina arena, tomándonos por una parte más de la duna.

Bajamos dando saltos, recogiendo en nuestras botas parte de la arena que nos había sostenido en lo alto, para coger un buggy. Estos automóviles que recuerdan a los de la última película de Mad Max son la principal atracción de las dunas. Los areneros, 4x4 descapotables, desafían a las leyes de la gravedad subiendo casi hasta la cima de las dunas para girar en el último momento 180 grados redirigiéndose hacia la falda de las mismas en una suerte de barco pirata de las ferias. Así que en Huacachina el silencio del desierto es sustituido por los gritos de euforia de los turistas cuando el buggy hace una de sus piruetas.

Acabamos el día viendo atardecer desde lo alto de una de las dunas, después de una sesión light de sandboard, que es como el snowboard pero sobre arena como se puede  deducir.

A las 7:15 del 22 de julio, nos recogió en el hostal Carlos Hernández Hernández, nuestro chófer a Paracas. Como hemos adelantado, fue un acierto ir en tour privado. Entre otras razones, por la oportunidad de poder preguntar por la historia, la política, las costumbres... Así que en el camino hicimos un repaso a la historia política de Perú y comprendimos cúal es el denominador común de los dictadores que encuentran la conformidad del pueblo: el populismo. Acércate a los necesitados, dales seguridad y alimento y conseguirás que te defiendan; será más poderosa la imagen que construyas que lo que chirríen tus actos. Es un matiz importante.

Llegando a Paracas visitamos el Obelisco de la Independencia donde la leyenda cuenta que mientras José de San Martín descansaba en su empresa por liberar al Perú, pasaron unos flamencos volando y allí se fraguaron los colores de la bandera: en el blanco y rojo de los flamencos andinos que venían de Chile. Cerca del centro de interpretación, se reunía una colonia y pudimos observar sus extraños bailes y sus tortuosos cuellos de cisne. La siguiente parada fue visitar las playas rodeadas de escarpados acantilados de la reserva.

Primera parada: junto a la playa Supay, la Catedral; un saliente de roca que tras el terremoto de 2007 perdió la forma que le había dado nombre al verse amputado de la tierra a la que permanecía conectado. Frente a este peñasco, observando las manchas blancas que cubren la roca, Carlos nos habló de la Guerra del Guano, un abono natural que resultó ser 30 veces más potente que el de vaca y el motivo de guerra contra Chile a finales del siglo XIX. Menuda cagada...

Segunda parada: playa Yumaque, que en comparación con las siguientes no consiguió destacar.

Tercera parada: playa Roja. Con un lobo marino varado y rodeado de carroñeros nos recibía una de las playas más espectaculares; no tanto por su ubicación sino por la variedad de colores que visten sus tierras. El color granate oxidado de su orilla contrasta con las olas turquesas que lo bañan y con el ocre sulfuroso que cubre el acantilado que termina en ella. La naturaleza, pese a lo que algunos pensarán, no necesita filtros de Instagram para conseguir presumir de colores saturados. Disfrutar de esta maravilla sin estar rodeado de turistas es un privilegio.

Las tres playas que nos quedaban por ver (Lagunillas, la Mina y el Raspón) son un reclamo, más porque en ellas esté permitido el baño que porque puedan rivalizar con las anteriores.

Sin embargo, la primera ofrece la posibilidad de estar prácticamente cara a cara con el pelícano peruano que posó para nosotros durante un buen rato, orgulloso de su plumaje y ladeándose como buen modelo.

Volvimos sintiéndonos afortunados de haber podido disfrutar de la clase magistral de historia ante tales paisajes, prácticamente solos y con el tiempo que nos hizo (a pesar de que aquí es invierno). Pero como en el viaje siempre hay una de cal y otra de arena, y de arena ya íbamos sobrados, terminamos la jornada en la estación de bus, saliendo una hora y media más tarde de lo previsto y con un trayecto por delante que creíamos que era de 18 horas y acabó siendo de 28... pero eso es otra historia que merece ser contada frente a otros paisajes...

lunes, 24 de julio de 2017

Agujetas en las alas (Valencia-Ámsterdam-Lima)

Sucede que tras trece años del viaje iniciático en que se nos inyectó la sed de viajar y recorrer mundo, un virus programado para que quemen agujetas en las alas (como diría Ismael Serrano) cada cierto tiempo y despierte la morriña de explorar paisajes desconocidos, vuelvo con Violeta tras "los pasos perdidos" al continente del realismo mágico, donde Macondo se hace carne, y en especial al país causante de que este blog crezca cada año y de que unos servidores busquen saciar su necesidad intermitente de emigrar.

Pero antes de llegar al país de los incas, nuestro avión (versión modernizada de las carabelas) hacía una larga escala en Ámsterdam. Dieciocho horas dan para mucho, así que aprovechamos para pasear por el Barrio Rojo mientras las cortinas escondían en horario infantil su mayor reclamo.

Conforme el sol se fue poniendo y empezábamos a ubicarnos entre tanto canal, la marea de turistas comenzó a subir y se hicieron más habituales los golpes en los escaparates de las exhibicionistas, indignadas por quienes hacían caso omiso de los carteles que pedían no tomar fotos.

Las luces de neón inundaban la ciudad bipolar, dando paso a la personalidad nocturna que duerme durante el día, cual Jekyll & Hyde.

Y por no alargar, daremos un salto en el tiempo de 24 horas desde que nos recibió el aeropuerto para acostarnos en los pocos sofás que encontramos sin posamanos (o antiviajeros haciendo escalas nocturnas) hasta el momento en que el avión aterrizó en Lima, pues todo lo demás es carne de olvido (tiempo de espera, de lectura, de paseos, de embarque...). Aunque he de decir, que esos tiempos muertos, inicios descargados de responsabilidades, son los que más se recuerdan durante el curso; sobre todo la voz de la máquina que más despierta el sentimiento de libertad y de tantos principios: "Please proceed to gate number..."

El caso es que todo estaba planificado para que al aterrizar nos llevase un taxi contratado hasta el hostal; sin embargo, nunca salen las cosas como se esperan, y tras pasar el control de inmigración, cuando solo quedaba la recogida de maletas (en el último paso de la burocracia migratoria), la cosa empezó a truncarse: no apareció la mochila, ni había taxi para recibirnos con nuestro nombre a la salida. Llamamos al hostal y nos reconocieron que habían olvidado avisar al conductor... Genial. Salimos del aeropuerto... Los taxistas son al turista lo que los periodistas a los famosos: se avalanchan con una única pregunta: "¿Taxi?" ¡Que empiece el regateo! En el hostal pagábamos 70 soles por la recogida y la negociación in situ empezaba en 135; se cerró en 60. ¡Viva el Perú!

A la mañana siguiente, por fin, visitamos Lima. La primera experiencia no fue un chapuzón en la nueva cultura, sino un "embutirse" para poder entrar en el bus metropolitano que nos llevaba a Lima Centro.

Empezamos paseando por la plaza San Martín, siguiendo por la calle Jirón de la Unión, una peatonal que desemboca en la Plaza de Armas: amplia y con una fuente protegida por policías, que aquí se hacen llamar "serenazgo". La plaza alberga palmeras, unos edificios coloniales de color mostaza, la catedral y el palacio de Gobierno.

Tirando hacia el noreste, a la neblina gris-cenizo que cubre toda la ciudad y esconde la luz del sol, las vistas del Cerro de San Cristóbal le sacaban los colores desde el Parque de las Murallas. Las casitas que se esparcen por las faldas, prácticamente unas encima de otras, maquillan y alegran el paisaje desértico y marrón grisáceo que domina Lima. El efecto difuminado recuerda a los dibujos hechos con tizas de colores sobre el suelo gris de un colegio.

Abrimos el apetito en el Mercado, donde el pescado tenía una pinta buenísima, todos ordenados y frescos; y es que ellos son el ingrediente principal del plato estrella peruano: el ceviche. Y rodeados de tanta comida, nos entraron las ganas de comprobar si la fama de la cocina peruana era la merecida, así que buscamos un restaurante donde comer en la Av. Tacna y nos topamos con uno en el que siendo los únicos extranjeros pudimos dejarnos aconsejar para empezar a deleitarnos con la cocina de aquí.

Por la tarde y ya aprovechando las últimas horas, pues al ser invierno anochece a las 18h, dimos un paseo por Barranco, el barrio bohemio de Lima. Cruzamos el Puente de los Suspiros, lugar predilecto de las jóvenes parejas peruanas para sus encuentros románticos, rodeados de nuevo por el color mostaza-colonial y acabamos el día en el mirador que se abre al océano.

El plan del día siguiente era todo una incógnita, pues queríamos salir hacia Paracas, pero dependíamos de la hora en que llegase el equipaje extraviado. Afortunadamente la mochila llegó a las 8h, cuando ya teníamos todo preparado. Durante estos días, en Perú se celebran las Fiestas Patrias, que aunque realmente son el 28 de julio comienzan la semana previa, así que antes de planificar la mañana, teníamos que comprar los billetes de bus para el siguiente destino. Ya no quedaban buses a Paracas, así que readaptamos la ruta para ir primero a Ica.

Nos despedimos de Lima visitando Miraflores, el barrio rico, buscando al Pichulita de Vargas Llosa por sus calles. La diferencia es tan grande que parece casi una ciudad diferente, más desarrollada pero menos auténtica. Eso sí, las vistas al océano desde el mirador de Larcomar, encima de los acantilados, son solo mejoradas cuando uno se acerca al Parque del Amor, subiendo por la costa.

Una escultura de una pareja de barro en pleno escarceo preside el parque, rodeados de bancos decorados con azulejos de colores a lo Gaudí. Los colores, los versos románticos escritos sobre ellos y la brisa oceánica animaban a quedarse allí más tiempo, pero este apremiaba y tuvimos que buscar el bus que nos llevase a la estación de Soyuz, desde donde saldríamos a Ica, una hora más tarde de lo previsto, pues nos lo habían reservado telefónicamente desde el hostal olvidando informarnos de que además de pagarlo, había que confirmar por Internet.

Pero no hay por qué molestarse. Al fin y al cabo, el tiempo no es tan objetivo como pensamos desde Europa, es una medida más que se adapta según culturas y países. Tomen asiento y sean bienvenidos al Perú.