sábado, 19 de agosto de 2017

Stairway to heaven (Shenzhen-Zhangjiajie)

Dicen que para llegar al cielo hay que pasar por el infierno. No afirmaré que experimentamos tremenda hipérbole, sin embargo sí que puedo asegurar que la vuelta al hard seat fue muy dura (nunca mejor dicho). Esta vez teníamos sitio asegurado, pero el problema es el dolor del culo, de tortícolis al día siguiente y sobre todo sufrir los individualismos de algunos chinos que deciden hablar levantado la voz o poner la música en el móvil para compartirla con el vagón de madrugada, cuando menos te lo esperas.
Pasamos la noche entre cabezadas y dos trenes para llegar a Zhangjiajie desde Shenzhen.
Esta ciudad de difícil acceso tiene cerca la zona paisajística de Wulingyuan, declarada patrimonio mundial por la UNESCO. A este increíble lugar se accede por el Parque Nacional de Zhangjiajie a unos 30 km de la ciudad.
Llegamos agotados como se podrá entender y descansamos hasta la comida, que al ser de calle resultó extremadamente barata, a la par que buena. Como no daba tiempo a ir al Parque Nacional fuimos a Tianshan, una montaña que no estaba en nuestras guías y ¡qué gran acierto!

Un bus nos subió a las puertas de la imponente montaña. De camino puso a prueba nuestra capacidad de aguantar el mareo, mientras subía temerario por una carretera que serpenteaba como si de una anaconda reptando se tratase.
Tras el viajecito y con la cabeza dándonos vueltas todavía, pensamos que las escaleras que teníamos ante nosotros, se trataba de un espejismo: 

Incontables escalones subían escalando la montaña.
Los subimos con la idea firme de no mirar hacia atrás por si el vértigo nos visitaba para complicar la ascensión. Al llegar arriba, vimos como las escaleras que acabábamos de subir, daban el relevo a una serie de escaleras mecánicas que parecían querer rivalizar con la longitud de la carretera.
Tardamos unos 20 minutos para llegar a la cima sin ningún esfuerzo y gozamos de unas vistas inmejorables. La carretera parecía ahora un ciempiés retorciéndose y las escaleras que tanto nos había costado subir, no eran más inofensivas que piezas de lego
.
La niebla apareció cubriendo la montaña por un velo que le daba un toque misterioso, pero poco a poco este velo se tornó opaco negándonos las vistas y nos encontrábamos en medio de la nube, así que al rato decidimos volver.
Si el paisaje del Tianshan nos pareció espectacular, al día siguiente, descubriríamos que no podía rivalizar con el de Wulingyuan con sus frondosos bosques y sus escarpadas formaciones kársticas que sirvieron de inspiración a James Cameron para los paisajes de Avatar.

Recorrimos casi todo a pie, disfrutando no sólo del paisaje, sino de los divertidos monos que lo habitan, que aunque dóciles, se han acostumbrado a que la gente les dé de comer y en ocasiones se abalanzaban. A una mujer le tiraron la bolsa al suelo y empezaron a robar la comida. Mientras unos abrían el envoltorio de los bollitos con la boca, y se ponían a comer, otro se apresuraba a acercarse a ver si quedaba algo. Mientras la mujer intentaba rescatar algo, su hija lloraba desconsolada y la abuela se encaraba con los simios.

Cogimos un bus para continuar nuestra excursión y nos dispusimos a subir el monte Tianzi cuándo vimos de nuevo…¡Escaleras! Así es, aquí en China las montañas se suben, fortaleciendo glúteos y subiendo muchos escalones.
Nos costó 2 horas subir a la cima y litros de sudor que fueron reconfortados por vistas panorámicas de postal.
Por el camino conocimos a dos valencianas y nos volvimos a encontrar con una pareja con la que ya nos habíamos cruzado en otras ciudades; ella de familia pakistaní pero nacida en Inglaterra lo cual quedaba clarísimo por su marcado acento, era extremadamente social. Antítesis de ella él, que ni nos saludó al cruzarse con nosotros. En los viajes, esto de cruzarse con la gente es algo común, pero claro, en los países tan grandes el azar juega un papel más importante y la alegría es mayor. Cuando te cruzas con viajeros conocidos se crea un vínculo especial nacido de la grata casualidad, el rostro  familiar, la comunión de ideas y la experiencia compartida. Si te cruzas más de dos veces, la alegría es enorme como si fuesen viejos conocidos y es inevitable no detenerse a intercambiar alguna batallita.

Una vez en la cima, cogimos otro bus para intentar explorar otra zona del parque, pero era tarde y estábamos cansados, así que decidimos que era hora de volver.
Teníamos que bajar en funicular y pagar un precio por el que podríamos haber comido una semana (la entrada a Wulingyuan ya es desorbitante en sí), nos picaron los bolsillos solo hasta que subimos definitivamente a la cabina. Ante nosotros se abría un paisaje magnífico, que realmente recordaba a Avatar.

El funicular acristalado nos hacía sentir que viajábamos en pompas de jabón, sobrevolando uno de esos paisajes que parecen irreales de lo extraordinarios que son. El silencio reinaba en la cabina, a la que habíamos tenido que subir a empujones (como todos los lugares estrechos en China en los que hay cola), pero las vistas, el silencio y la música clásica que acompañaba el descenso, nos hacían intercambiar sonrisas espontáneas.

La noche cayó cuando estábamos en el bus, y como sucede cuando miras al sol, que puedes verlo al cerrar los ojos durante un largo periodo de tiempo; las vistas desde el funicular, todavía estaban grabadas en nuestras pupilas y ahí continuarían acompañándonos a la cama y deseándonos felices sueños.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Las entrañas de Bolivia (Potosí-Sucre-La Paz)

La ciudad que en su día fue la más rica del mundo, por el hallazgo de "los descubridores" de sus minas de plata (hecho a raíz del cuál nace la expresión "vale un Potosí"), nos daba la bienvenida celebrando la noche previa al 6 de agosto, Día de la Independencia Boliviana.

Teníamos pocas expectativas, pues le seguiría Sucre (de la que sí que nos habían hablado bien) y nos sorprendió el encanto colonial que mantiene su centro.

La marcha festiva colapsaba la Plaza 25 de Mayo repleta de gente curiosa, cholitas, vendedores y los ecos del locutor dando paso a las diferentes asociaciones y alabando las proezas históricas de la ciudad.

Dicen que merecen la pena sus museos, pero no tuvimos oportunidad de entrar en ellos pues estaban todos cerrados por festivo. De todas formas es agradable pasear por el centro con el Cerro Rico omnipresente casi desde cada rincón.

Al día siguiente nos adentramos en la mina. Empezaron vistiéndonos de mineros, yendo en furgoneta con toda la vestimenta encima y mascando coca para ponernos en situación. Nuestros guías serían un ex-minero y una ex-minera, aunque ella nos explicó que al ser mujer no pudo trabajar dentro de la mina; cuando le preguntamos por qué, justificó que en la mina uno se adentra en la Pachamama y esta se pondría celosa si hubiese dentro más mujeres además de ella.

Empezamos haciendo una ofrenda al Tío: primero le engalanan de hojas de coca, luego le encienden un cigarro, y seguidamente le rocían por diferentes partes del cuerpo con alcohol 96º potable; lo que sobra, para adentro, chute para trabajar. El Tío es una estatua del Diablo que preside la entrada de la mina; y es que los mineros son cristianos pero aquí deben olvidar su religión, pues como dicen, Dios protege sobre la Tierra, pero bajo ella manda el Tío. Tiene gracia el porqué del nombre, y es que en quechua no existe el sonido "d", por lo que "Dios" se convirtió en "tios" y de ahí a "Tío".

Pudimos comprobar de primera mano las penosas condiciones en las que trabajan: expuestos continuamente al polvo y a las posibles explosiones espontáneas de gases; sentimos el contraste de temperaturas conforme nos adentrábamos y el temblor de miedo de la tierra tras las explosiones de dinamita. Lo grave es que esas condiciones no están del todo recompensadas, pues solo ganan cuando extraen sufuciente material; pero aquí no existe planificación alguna: dividen la montaña en parcelas y cada minero se centra en la suya; cuando encuentran la vena de un mineral, van picando siguiendo el rumbo que esta marca hasta explotarlo lo suficiente, por lo que como dicen ellos, el interior del Cerro Rico es un queso lleno de agujeros. Ojalá que antes de que llegue el momento del derrumbe, el gobierno decida tomar las medidas oportunas. 

El siguiente destino fue la ciudad blanca boliviana: Sucre, nombrada así en honor a su primer presidente constitucional (Antonio José de Sucre), al igual que el país se lo debe a su primer presidente honorífico, el libertador Bolívar. Este Estado empezó llamándose República Bolivariana hasta que alguien planteó: si Colón dio nombre a Colombia, por qué no de Bolívar, Bolivia.

Aquí nació el país un 6 de agosto cuando se independizó de Perú, por lo que además de sus edificios blancos que recuerdan a los pueblos encalados de España, toca empaparse de museos y de historia boliviana.

Conforme visitábamos museos, los nombres de las calles por las que paseábamos comenzaban a tener rostro, una historia, empezaban a enmarcarse en un tiempo concreto y a adquirir un peso específico.

Quizás el museo en el que más aprendimos fue La Casa de la Libertad desde donde se firmó la independencia. Aquí supimos de la pérdida de Antofagasta (zona costera importante que hoy es parte de Chile) en la Guerra del Pacífico un día de carnaval, de ahí que los chilenos se burlasen "mientras Bolivia danza, Chile avanza". Esa es la razón por la que su escudo tiene hoy día diez estrellas: nueve destinadas una a cada departamento del país, y una extra por la esperanza de recuperar el territorio usurpado por Chile.

También supimos del significado de los colores de su bandera: rojo por la sangre de los caídos, amarillo por su riqueza mineral y verde por su riqueza natural.

Seguimos la visita con un paseo por el mercado, el más sugerente que hemos visto hasta ahora por lo grande que es y lo ordenado que está por secciones: frutas, verduras, zumos, restaurantes, especias, productos de limpieza y hasta una sección especial para las tartas. Terminamos el día con el atardecer desde el mirador de la Recoleta.

De vuelta a La Paz, desde donde había que planear los últimos días en Bolivia, nos acercamos hasta el Valle de la Luna. Esta zona debe su nombre a las erosiones provocadas en la tierra arcillosa, produciéndose así un paisaje extravagante y curioso de torreones que recuerdan a los castillos de arena que formábamos en la playa de pequeños dejando resbalar el barro por nuestros puños cerrados, para observar las figuras que resultaban de dejar unos trozos sobre otros.

Tras visitar las entrañas de la tierra boliviana en Potosí y las de su historia en Sucre y haber realizado  la misión lunar en La Paz, sólo quedaba reponer fuerzas para los cuatro últimos días en tierras bolivianas.

martes, 15 de agosto de 2017

Esto son un chino, un indio, un camerunés y dos españoles en un ascensor… (Shenzhen-Hong Kong)

No es un chiste no, es una escena común de la Chumking Mansion, pero primero lleguemos a Hong Kong porque aún estamos en nuestra querida Hard Sleeper (litera dura) rumbo a Shenszhen, una ciudad fronteriza con Hong Kong.
Por si alguien se ha perdido, Hong Kong es una región administrativa independiente de China, por ello hay que cruzar la frontera. Y como podréis ver más adelante, esta frontera no es únicamente una separación física.
Pues bien, una vez bajamos del tren tuvimos que recorrer pasillos, escaleras mecánicas y más pasillos para conseguir salir de China y poder entrar en Hong Kong.
Cambiamos yuanes por dólares de Hong Kong y nos fuimos en busca del hostel. Al salir del metro nos sentíamos en “otro país”: El claxon de los coches se escondía tímido como con miedo a molestar, la mascarilla en la boca y nariz parecía la nueva moda, los mogotes de Yangshuo eran remplazados por gigantes de hierro y éramos abordados por piratas de diferentes nacionalidades que nos ofrecían alojamiento, trajes a medida o relojes ¡en inglés!
Lo más desconcertante fue entrar en la Chumking Mansion, donde estaba nuestro hostel. A este conjunto de edificios se accede por una laberíntica galería con puestos de comidas del mundo, relojes, cambio de divisas… añadid lo que se os ocurra; el crisol de nacionalidades es tan variado, que parece que hubieran ido sacando las bolas de la lotería con las nacionalidades, y tal cual leían la bola, plantaban esa persona en tan peculiar galería.
Comunica bloques de unos 10 pisos como mínimo, que albergan a dos o tres hostels por piso. Baratos todos, pero los que vimos, a cada cual más cutre y cochambroso. El blanco había desaparecido de la gama de colores colonizado por el amarillo o el marrón. Teníamos reserva en un hostel y nos recibió un africano, que nos puso en contacto con un chino. Este vino a cambiarnos de bloque y hostel para acabar en uno regentado por una india.
Se hace cola en el ascensor ya que son muy lentos y precarios. Mientras esperas en la cola te entretienes viendo la cámara del interior de los ascensores que suben y bajan. Cómo decía antes se juntan tantas nacionalidades, que subir en ascensor parece un chiste.
Después de instalarnos, decidimos dar un paseo por Kowloon que es el sur de la península. Salir de la Chumking Mansion al mundo exterior, fue un contraste: rascacielos que se alzaban imponentes, coches de lujo que ni siquiera conocíamos, tiendas de todas las marcas caras con el aire acondicionado al máximo… Hong Kong, Hong Kong.

Después de comer unos deliciosos dim sum (son como unas empanadillas de masa blanda y jugosas por dentro), paseamos por el Star Garden, que dedica a los célebres chinos, su paseo de la fama particular.
Nos quedamos sin ver el Museo de Historia al confundirlo con el de Ciencias, que estaba al lado. Pero nos contentamos jugando y experimentando en este museo interactivo, junto con los niños que iban de exposición en exposición tocándolo todo como si de hormigas buscando el camino se tratase. 

Al caer el día, fuimos al Victoria Harbour para ir tomando posición para ver el espectáculo de luces y música. Ya era de noche y enfrente nuestro, los rascacielos de la isla de Hong Kong, se vestían de gala con sus trajes de luces, orgullosos de su presencia.
Empezaba el espectáculo y a los 5 minutos, imitando al claxón de los coches, la megafonía quedó muda y nos tocó ver el insipido espectáculo sin música ni voz.
Para olvidarnos del chafón fuimos a Temple Street, conocida por su mercado nocturno, que como Chumkig Mansion tiene de todo, excepto el mix de nacionalidades: karaokes, adivinos, ropa, accesorios para el móvil, cuadros…

Al día siguiente cogíamos el mítico Star Ferry rumbo a la isla.
Hong Kong, Hong Kong recordaba un poco a la gran manzana. Eso sí en cuanto a relieve del terreno gana de goleada, es por eso que abundan las escaleras mecánicas en medio de la calle para evitar a sus transeúntes, sudar demasiado. Comenzamos en la tranquilidad del templo de Man Mo, que fue clave en el pasado de la isla cuando convivían colonos británicos y lugareños, separados por la “frontera” de Aberdeen Street.
No pudimos resistir volver a comer dim sum para olvidarnos del calor que abrasaba las calles. 
Hicimos la digestión dando un largo paseo por el Hong Kong Park, con sus lagos, cascadas, un aviario y 8 Hectáreas, que en definitiva dan para mucho; y acabamos el paseo poniéndonos en cola para subir al Victoria Peak.
Esta montaña de unos 500 metros, vigila Hong Kong desde lo alto, de día y de noche sin descanso. Los visitantes le podemos hacer compañía durante un buen rato; después de hacer una cola que ni las del Dragon Khan, para subir en el funicular.
Subimos al icónico funicular, tras dos horas de espera, y vimos como no era un mero transporte, sino que hacía las veces de show: sube en un ángulo tan acentuado que la gente que va de pie, se tiene que agarrar. Permitidme la exageración, pero a tramos se confundía con un ascensor de lo vertical que se ponía. Obviamente los gritos de asombro y las risas, algunas nerviosas, hacían de música ambiente

Arriba las vistas eran espectaculares. Hong Kong, Hong Kong.
La isla no dormía y parecía reviscolar después del día tan caluroso que habíamos sufrido, como si se hubiese puesto aftersun, echado la siesta y ya estuviera preparada para la fiesta. La gente se amontonaba y era difícil hacer fotos sin sacar a otras personas. El silencio que reinaba desde las alturas de aquel mirador, solo era roto por el sonido de las cámaras empeñadas en inmortalizar esa postal nocturna.
Entrada la noche volvíamos a hacer cola para volver a Kowloon, revivir los chistes de de ascensor y descansar.
Un escritor dijo de esta isla:”Es un espejismo de Manhatan emergiendo del mar de China”
(El apoteosis final de la canción de Frank Sinatra cierra estas líneas) 
It´s up to you Hong Kong, Hong Kooooong!.

domingo, 13 de agosto de 2017

Siguiendo la corriente (Guilin-Yangshuo)


Guilin tenía algo que la diferenciaba de otras ciudades; desde el primer momento nos dimos cuenta. Había policía controlando el tráfico y semáforos que se respetaban, mucha vegetación, formaciones kársticas y un río que como una apacible serpiente, reptaba por la ciudad. Siempre he pensado que las ciudades con río tienen algo especial.
Llegar a Guilin desde la estación sin embargo, nos costó lo suyo, ya que tuvimos que ignorar a unos chinos que negaban la existencia de bus urbano destino a la ciudad y se ofrecían a hacerlo ellos mismos por un módico precio diez veces mayor que el del bus.

El primer día exploramos la ciudad empezando desde la colina de la trompa de elefante. En esta colina (cómo no kárstica, que es la denominación de origen geológica de la provincia de Guanxi) cuenta la leyenda, que un elefante cansado se separó del convoy imperial. El emperador enfadado, lo mató clavándole un puñal por negarse a volver al convoy. 
Cosas de leyendas, el elefante quedó petrificado en el lugar y se convirtió en la colina más famosa de la ciudad. Desde su lomo se puede disfrutar de unas vistas maravillosas y rodeándolo se puede apreciar como se refresca en el río este animal gigante de 100 metros de altura.

Dimos un paseo perseguidos por un sol de justicia que insistía en hacernos de guía por los siguientes puntos de interés. Las Pagodas gemelas del sol y la luna nos invitaban a pasar de él y hacer un parón reponiendo fuerzas. Eso es lo que hicimos, aventurándonos en la cocina nacional y sus extraños sabores.
Cerramos la tarde yendo al palacio del príncipe, que es más antiguo que la ciudad prohibida pero sus remodelaciones han tenido el mismo efecto que los liftings en los famosos: No sólo enmascaran su edad, sino que les dan un toque artificial.
A pesar de ello, el pico de la belleza solitaria, que se imponía sobre el palacio presidiéndolo desde lo alto, bien valía la pena. Y acabamos el día a vista de pájaro.




El segundo día, abrumados por el misterioso origen del arroz tres delicias, fuimos de excursión a los bancales de arroz de la columna del dragón en la aldea de Dazhai.

Tras una dura subida que algunos turistas optaban por hacer en funicular, llegamos a la cabeza del dragón y nos quedamos con la boca abierta viendo sus escamas que serpenteaban colina abajo. El dragón chino se compone de una cabeza de camello, con melena de león, cuernos de alce, patas de tigre y garras de halcón, cuerpo de serpiente, escamas de carpa y algún animal más que forma parte de este collage.
Bajamos acariciando sus escamas verdes que rozaban el fluorescente, seguros de que brillaban de noche iluminando la zona. Comimos arroz al llegar abajo, pero ni rastro del arroz tres delicias.Eso sí, curioso era un rato: Era arroz cocinado dentro de una caña de bambú y su consistencia era similar al del arroz al horno.
Cenamos con chinos (Parece bastante obvio, pero esta vez con “cenamos” quiero decir que interactuamos más allá del compartir un espacio común), ya que en el albergue montaban una barbacoa, y pudimos ver como cambian los conceptos de una cultura a otra. Por barbacoa, entendamos aquí, una plancha eléctrica en la que cocinan todo tipo de productos, desde la carne y los ajos tiernos, a tofu, pulpo y otras cosas difíciles de nombrar. De postre, fruta con mayonesa. Les encanta mezclar sabores ¿De ahí quizás el origen del dichoso arroz? Conocimos en esta cena a Black, un chico de Shanghai que como nosotros sedejaría llevar por la corriente del Li, con destino Yangshuo.

Al día siguiente pues, navegamos un buen trecho del río. Durante la excursión, Black nos acercó un poquito más a la cultura con sus explicaciones, y es que no se callaba ni debajo del agua. A pesar de que a ratos desesperaba, nos daba mucha información interesante del país. Disfrutamos del trayecto (intentando ignorar el ruido del motor y las numerosas barcas de bambú que se apelotonaban cual chinos en la cola) y de las formaciones kársticas que asomaban orgullosas por el camino.

En este río utilizan cormoranes como ayudantes de pesca, o más bien podríamos calificar a los cormoranes como pescadores y los humanos como amaestradores. Además de esta ayuda, como es muy fotogénico ver a los cormoranes en el palo y sin escaparse, se los encasquetan a los turístas para cobrar unos cuantos yuanes.
Al llegar a Yangshuo, comimos con nuestro nuevo amigo y otros extranjeros de los que se había hecho amigo. Caminamos al hostel, o bien podríamos decir que nos fuimos de excursión a este (por lo lejos que estaba), con nuestro fiel escudero Black, que se decía preocupado y no le importaba andar junto a nosotros.

Acabamos el día paseando por West Street, que es la calle más concurrida.
Aquí tuvimos uno de esos momentos surrealistas que ofrece China: Un grupo de niños y niñas que acababan el campamento con sus monitores, nos empezaron a pedir que les firmáramos la camiseta y nos hiciéramos fotos con ellos. No exagero cuando digo que nos pasamos cinco minutos entre autógrafos y fotos. Sin que se nos subiera el famoseo a la cabeza, volvimos al hostel alucinando por lo que acabábamos de vivir.
El segundo día en Yangshuo, alquilamos unas bicis por unos cinco euros los dos e inspeccionamos la zona, recordando nuestro viaje a Islandia en bici del año pasado y anhelando su temperatura.

Embadurnados en sudor, pedaleamos siguiendo una carretera bordeada por puestecitos de mil cosas diferentes (restaurantes, cuevas, puestos de flores, de escalada, de paseos a caballo, tiro con arco…) que bebían del turismo para calmar la sed.
Siguiendo a ratos el río y perdiéndolo en ocasiones, transcurría nuestro camino. Subimos a lo alto de la colina de la luna, con vistas panorámicas de la zona. 

Por la tarde nos perdimos cómo no, buscando un puente de 600 años de antigüedad. Empezó a llover y las nubes ducharon nuestro sudor con agua celestial. El puente a pesar de seguir fiel a sí mismo, había perdido toda su gracia por culpa de la fiebre del dinero y el río era inundado por una cantidad ingente de barcas de bambú, que lo secaban (al menos a la vista) con su atasco de sombrillas, que protegían de la lluvia a los turistas. Mirábamos entristecidos y mojados la escena, sorprendidos de hasta qué punto habían sido prostituidos tanto el río como el puente.

La lluvia amainó y cambiamos el río fluvial por un río de gente que rellenaba la calle peatonal de la curiosa West Street. Camino al hostel, nos dejamos llevar por la corriente. 

 

sábado, 12 de agosto de 2017

Belleza imposible (Salar de Uyuni-Reserva Eduardo Avaroa)

Nota previa: trataremos de aproximaros con palabras y metáforas la imagen de los paisajes descritos a continuación; sin embargo, el surrealismo de los mismos y la mezcla de colores imprevistos, conlleva que pese a la riqueza del lenguaje, será difícil que esta entrada no sea más que una aproximación a la belleza imposible de estos parajes. Basten las imágenes como acercamiento.

A las 5 de la mañana, antes de lo previsto, Uyuni nos daba un bofetón de frío gélido, en la calle y a oscuras, donde nos dejaba el bus, en mitad de la entumecida ciudad. Menos mal que una agencia cazaturistas ofrecía transporte gratuito hasta su café para desayunar y resguardarnos hasta que amaneciese. El día lo teníamos pensado para buscar agencias, regatear precios y descansar antes de salir con el tour, que duraría tres días. Como la organización y el día a día no reviste gran importancia, haremos un salto temporal para encontrarnos sentados en un jeep con cuatro compañeros más y el conductor. El trayecto estará lleno de paradas, por lo que les aconsejamos que se tomen su tiempo para investigar sobre cada lugar; Google puede ser un buen aliado. 

El primer descanso será en el Cementerio de Trenes de vapor, que se encuentra a 3km de la ciudad. Antiguas locomotoras, la mayoría sobre sus antiguos raíles, aguardan inconformistas a ser reparadas. Lo que comenzó siendo un basurero de trenes, un lugar donde dejar abandonada la chatarra, el turismo lo ha reconvertido en un espacio al aire libre donde la oxidada maquinaria posa para los curiosos, dejando que el turista escale sus caparazones y se imagine revisor, pasajero o conductor en un último viaje que nunca acaba.

Seguidamente, el jeep se adentra en uno de los paisajes más esperados de este viaje: el Salar; 12000 km2 de horizonte salado que obligan a achinar la vista para aguantar la mirada; pero así como la nieve suele tintarse de azul, la sal no deja que otro color se mezcle con su blanco brillante y solo permite que el azul del cielo marque la línea divisoria, que se camufla en época de lluvias, cuando una capa de agua cubre el suelo, transformándose en un inmenso espejo. 

Y es que aunque no haya agua sobre su superficie, a nadie le resultaría extraño que Alicia encontrase aquí su puerta a otros países maravillosos, pues lo onírico se mezcla con la realidad. Los llamados Ojos de Sal, son pequeños vestigios del lago que fue en el pasado, antes de evaporarse, y recuerdan en cierto modo a las fuentes termales de Yellowstone.

Un monumento al Rally Dakar, que pasa por Bolivia desde 2014 y está hecho con sal, acompaña al Hotel Playa Blanca (también de sal) donde pararemos a comer. Descansen, repongan fuerzas y para los que quieran pueden perderse más allá para hacer fotografías; salimos en 5 minutos.

Durante estos minutos, se les invita a jugar con las perspectivas. Si lo imposible y la fantasía se dan la mano en este territorio, ¿qué mejor lugar para engañar a la vista? El plano horizonte será el aliado perfecto para que puedan hacer los trucos visuales que deseen.

¿Listos? Sigamos desde la isla Incahuasi, repleta de cactus, a la que parece que se le hayan puesto los pelos de punta al comprobar que hace años dejó de ser "isla"; se quedó la "i" de los cactus y reestructuró la palabra para que fuese la "sal" la que dominase sus alrededores. Este promontorio alberga cactus gigantes, algunos de los cuales llegan a medir 10m, que crecen ondulantes, como serpientes hipnotizadas, inmóviles por el momento.

Acabaremos viendo la puesta de sol, para comprobar una vez más cómo la luz tinta de rosa, violeta y naranja el horizonte, en un último tour de force contra la oscura noche. Como comprobarán, las temperaturas han bajado radicalmente y no será de extrañar si uno confunde ahora la sal con nieve.

¿Han descansado? Genial porque hoy el día será largo; acomódense bien y estén dispuestos a dejarse sorprender por el amplio espectro de colores que bombardearán sus miradas en pocos minutos. La primera montaña que tienen ante ustedes es el volcán Ollagüe, que como pueden comprobar está activo aunque no suponga amenaza. El blanco no nos abandona y empieza a unirse el verde a la escala de marrones.

En la laguna Cañapa, donde comeremos, se unen el amarillo y los flamencos (aunque por ahora haciendo una tímida aparición por la izquierda). Abríguense bien porque el frío empieza a hacerse notar; parte del lago está congelado. ¡Frótense bien las manos y sigan el camino de baldosas amarillas!

Aquí, en la Laguna Hedionda, la naturaleza realiza un doble salto mortal para inundar el azul celeste de sus aguas con el rosado más fucsia de los flamencos; añadimos también el negro de sus picos. Las plumas de las aves se unen cual pinceles para seguir inundando de tonos el paisaje.

En esta laguna, como en las siguientes, conviven tres de las seis especies de flamencos que existen: el flamenco andino, el chileno y el de James. Nuestro preferido, por el rojo de sus plumas traseras, el rosa chicle de su cuello y el amarillo de su pico, es el de James (el de la foto). Pueden escuchar sus graznidos, ver cómo levantan sus cabezas para volverlas a inundar en el lago buscando comida... La experiencia de verlos tan de cerca es la culpable del silencio que guardan todos los turistas mientras sonríen.

En la laguna Honda nos pasamos a los tonos pastel. El azul verdoso del agua y la nieve ya enfrían la temperatura suficiente como para hacer la foto y subir de nuevo al jeep. El viento se hace fuerte y seguirá así en la siguiente parada. ¡No salgan sin bufanda!

Notan la rasca, ¿verdad? Estamos en el Desierto de Siloli; la nieve ya nos rodea, aunque esparcida, y para aguantar las temperaturas hemos cambiado los tonos pastel por las pinceladas gruesas del óleo. Las montañas ya no se cortan y se convierten directamente en paletas de pintor, o en los botes de sal pintada que regalábamos de pequeños a nuestras madres.

Ante ustedes, el Árbol de Piedra, aguantando impasible las temperaturas, a las puertas de la Reserva Eduardo Avaroa. El viento y el agua se divierten jugando a ser alfareros, poniendo forma a las rocas que de otra manera serían olvidadas en medio del camino.

Y nos despedimos de las lagunas con la Colorada, la que da la nota de color más estrambótica por dejar que el rojo de las montañas cale en sus aguas. Su color rojizo, debido a las algas que la habitan, contrasta de nuevo con las colonias de flamencos que descansan aquí. Creo que por hoy hemos tenido suficientes colores y se agota el rango de vocabulario.

Despediremos el día en el punto más alto, 4850m, rodeados de fumarolas y aguas pantanosas hirviendo, que no consiguen calentar el ambiente ahora que el sol se pone. El olor a azufre inunda nuestros pulmones y despide un día marcado por los paisajes delirantes.

Nos despedimos de nuestros compañeros de viaje: Sonia y Laia (dos catalanas que cruzan ahora a Chile), y Dajo y Ane (una pareja belga que están recorriendo mundo durante dos años) con la Laguna Verde (que hasta que no se descongela por la tarde es blanca) y el volcán Licancabur como testigos, cerca de la frontera de Bolivia con Chile y Argentina. Solo queda una cosa para volver a Uyuni: golpeen sus talones juntos y utilicen su imaginación para retornar. Si lo que han visto existe, quizás signifique que los mundos imaginarios no sean más que paisajes de otros países esperando ser descubiertos por nuevas miradas. ¡Buen viaje de vuelta!