jueves, 6 de junio de 2024

Rawesome (Denali-Valdez)

Alaska es asombrosa, salvaje y cruda como los salmones que inundan sus ríos y dan de comer a sus osos. Basta con alejarse de Anchorage para darse cuenta de ello.



Empezábamos el día volviendo a Denali NP para hacer una última ruta antes de darle la espalda y alejarnos por la carretera. La ruta que decidimos conquistar era la que llevaba al mirador de Mount Healy. Según nos habían prevenido era una ruta exigente, por lo que íbamos preparados con agua y comida además de nuestro cascabel y spray pimienta. Nos dimos cuenta que eran totalmente innecesarios al cruzarnos con la segunda pareja de montañeros. Si había osos por la zona, no se acercarían con tanta gente por el camino.

Si bien es cierto que durante toda la ruta se está ascendiendo, calificarla de exigente nos pareció una exageración. En una hora larga estábamos en lo alto del mirador, con unas vistas del valle que no daban pie a exageraciones; merecían esta segunda visita al parque. Los que han estado siguiendo el viaje, podrán adivinar que el valle estaba rodeado por montañas nevadas confiriendo un toque salvaje al paisaje.

Cuando volvimos a la carretera no nos imaginábamos que íbamos a atravesar una de las carreteras más bonitas que hemos recorrido hasta el momento. Denali Highway une Cantwell con Paxson y antiguamente era la única manera de acceder al Parque Nacional, de ahí su nombre.

135 millas de carretera en la que el asfalto no es la regla general. Los paisajes y la necesidad de viajar lentamente para evitar meter la rueda en un bache que ponga fin a la conducción sí son reiteración.


Intentar definir tantos paisajes tan diversos es injusto, complicado y poco objetivo, pero en eso consisten estos diarios; en intentar acercar la realidad a través de palabras. Así que haremos el mejor esfuerzo por ser fieles a la realidad. Por este camino de grava y tierra se atraviesan lagos, ríos, bosques inundados de abetos y tundras desoladas. 

Las montañas protagonistas omnipresentes, se alzan poderosas. Por momentos a lo lejos, por momentos envolviendo el paisaje. Siempre agrestes y acicaladas de nieve. La caravana bamboleaba lentamente, en su interior, la música ponía la guinda a la experiencia, anclándonos al instante, haciéndonos adictos al asombro.

La magia la produjo un fenómeno natural bastante común pero no por ello menos asombroso; a lo lejos, una montaña parecía vestirse de morado y azulado. Conforme avanzábamos la refracción fue curvándose y tomando una forma más identificable. La música de La Sonrisa de Julia arrojaba “Arroyo claro” por los altavoces y el tiempo se alargaba pasando lentamente por la estación del presente (tan a menudo pasada de largo), dibujando un arco iris chato que nos hizo dar gracias por poder llenar la vida de pequeños milagros.

Parecía que la carretera ya no podía ofrecer nada más, cuando nos vimos rodeados de nieve como si estuviéramos en medio de los Alpes. Los lagos helados y las montañas blancas eran demasiado acogedores como para seguir ignorándolos, por lo que aparcamos la caravana y los convertimos en nuestra cama por un día abrigándonos con su cálida manta.

El día siguiente nos esperaba otra carretera de renombre por su belleza: La Richardson Highway que une Fairbanks con Valdez. No esperábamos mucho por seguir resacosos de la vivencia anterior. Sin embargo, aunque diferente, se entiende su fama. Ya de inicio, nos introducía las Wrangell mountains; una cadena montañosa que a lo lejos crea una sensación de irrealidad producida por la nieve que da pie a confundirla con nubes metamórficas.

Esta cadena montañosa recibe su nombre de uno de los volcanes activos más grandes de Norteamérica. Cuesta creer que este monte de más de 4000 metros de altura, conquistado por una capa de nieve que parece virgen, se trate de un dragón dormido que permite ser cubierto por una manta hasta que decida rugir y derretirlo todo alrededor.

Más adelante, la carretera asciende hasta el puerto de Thompson, este paso, es la entrada a la ciudad de Valdez. Este trozo de la carretera imbuye al pasajero en una sensación de visitar los escenarios de “La Sociedad de la nieve” que es inevitable. La nieve no invade la carretera de milagro. 

Y sin embargo, descendiendo unas 20 millas carretera abajo, el escenario cambia por completo y se llena de cascadas que navegan por la hierba verde y te transporta al “Señor de los anillos”. En este estado, el verde y el blanco conviven en una armonía alucinante.
Descendiendo 10 millas, la carretera acaba y desemboca en Valdez, una ciudad portuaria que parece haber invocado la mala suerte, personificada en las diferentes catástrofes sufridas en su corta historia. Las más conocidas son el terremoto que se llevó consigo la antigua ciudad, reubicada hoy en día más al oeste; y la desgracia del vertido de petróleo de la compañía Exxon. Se puede aprender más sobre estas catástrofes, y a la vez instruirse en otras historias locales, maquetas y recreaciones, en el más que aconsejable Museo de la ciudad que visitamos antes de rematar el día, paseando por el puerto y llenando nuestros pulmones de aire fresco, puro, y con aroma a pescado crudo.  

(2 de junio a 3 de junio)



miércoles, 5 de junio de 2024

Rituales (Palmer-Denali-Fairbanks)

Los rituales son una serie de acciones que se repiten siguiendo una secuencia. Dan seguridad por crear una sensación de control, y además llevan acompañado cierto simbolismo. En este viaje, nuestras mañanas y nuestras tardes tienen su propio ritual.

¡Buenos días! Como cada mañana, subimos el store, para dejarnos despertar siendo acariciados por los amables rayos del sol. Admiramos somnolientos las vistas que nos regala esta parte del mundo, desayunamos café recién hecho y un yogur con granola, recogemos la cama, nos vestimos y con todo recogido, nos ponemos al volante.

Tras el ritual, la carretera decide. En este jueves, la primera parada es el pueblecito de Palmer, rodeado por montañas nevadas como tantos otros, y embellecido por el verde que cubre downtown y coloniza las vías del tren abandonadas. No tiene mucho que visitar, pero no por ello deja de valer la pena; la belleza pocas veces se valora por lo cuantitativo.


Talkeetna, nuestra segunda parada, también es bonita pero muestra un estilo más montañero, llena de edificios de madera decorados con cornamentas de alce. Sin embargo, por lo que realmente merece la visita, es por sus vistas privilegiadas a Denali, la montaña más alta de Norteamérica con nada menos que 6190 metros de altura. 

Envolviendo el pueblo, el río Nenana pasaba caudaloso esa mañana, con una corriente tan poderosa que casi ganaba la partida al motor de una lancha que pretendía cruzarlo. Denali (llamado así por los nativos americanos), también conocido como Mount McKinley, se alzaba imponente. Su majestuosidad es poderosa, sobre todo teniendo en cuenta que su altura desde la base es de tan solo 609 metros por lo que mirarlo de frente, infunde humildad al más soberbio.

Empequeñecidos por “el alto, el grande” (traducción de Denali), pero no amedrentados, todavía seguiríamos conquistando millas por la tarde, antes de llegar a las puertas del Denali National Park, donde nos aparcaríamos para pasar la noche y estar preparados para madrugar al día siguiente.

Los rayos del sol parecían no haberse ido a descansar cuando nos sonó la alarma a las 3:30. El Parque Nacional tiene una única carretera de unas 90 millas y a partir de cierta distancia sólo es accesible contratando un tour, caminando o en bici. Nos inclinamos por el tour que iniciaba a las 4:50.

Subimos al autobús medio dormidos. Acostumbrados a la cultura americana, no nos sorprendió ver a un hombre mayor con un sombrero de oso que parecía sacado de Disney World, ni a una mujer de edad similar, dando la nota continuamente. Este es el país de la individualidad y no se avergüenzan de ello ni mucho menos.

A pesar de tener la sensación de ver la naturaleza desde detrás de la barrera, nos sentimos afortunados al ver dos puercoespines, un alce con su cría (que parecía que tenía más piernas que cuerpo) y varios caribús. 

El paisaje también era espectacular, aunque el monte Denali se escondiera detrás de las nubes. Toda la cordillera Alaska, lucía de lo más fotográfico en un día bastante despejado.



En un momento del tour, nos resultó curioso que el autobús dedicase bastante tiempo a admirar unas ovejas que aparecían como puntos blancos a lo lejos. El conductor explicó que las “ovejas Dall” fueron las responsables de la creación de este parque. Un tal Charles Sheldon, cazador y naturista, dedicó parte de su vida a observar a estos y otros animales. Alarmado por el peligro que corrían si no se protegía su habitat, decidió invertir energías en ayudar a su conservación promoviendo la creación de este parque nacional.

Tras el madrugón y las cuatro horas de tour, todavía sacamos fuerzas para hacer una ruta por el lago Horseshoe que también pasaba por el río Nenana, el mismo que habíamos visto el día anterior millas abajo, y que hace de frontera natural del Parque.


Antes de aparcar definitivamente nuestra casa, pasamos por una cervecería que se encuentra en Healy y que tiene una replica del “Magic bus”, que habitó Christopher McCandless, también conocido como Alexander Supertramp, cuyo viaje fue inmortalizado en el libro y la película homónima, “Into the wild”.

El propietario de la cervecería 49th State Brewing Company, adquirió esta réplica utilizada para la película, con la intención de facilitar a los turistas a la experiencia de entrar en el “Bus 142” sin arriesgar sus vidas, ya que la peregrinación al bus real había acabado en tragedia en varias ocasiones.

Mientras tomábamos una cerveza, un canadiense nos empezó a dar conversación y a darnos “ideas” para hacer de nuestra aventura un negocio. Era uno de esos personajes que se quieren a sí mismos y opinan conocer la solución para “arreglar” la vida de cualquiera que les dé conversación. De esos que te intentan vender una historia, asegurando que a nadie se le ha ocurrido antes. Dejamos atrás el Magic bus y a nuestro canadiense que seguramente habrá tardado poco tiempo en entablar conversación con alguien más.

El tercer día de este relato amanece también siguiendo el ritual, pero esta vez la cosa cambia porque para poder reponer agua y vaciar las aguas fecales hemos dormido en un camping. Así pues, nos disponemos a dejar la RV como nueva. Sin embargo, los contratiempos inevitables de las aventuras, han decidido madrugar y la válvula que vacía el depósito de la ducha y el fregadero está bloqueada por lo que deberemos estar todo el día pendientes de que lo revise un hombre con el que tendremos que quedar.

Mientras tanto, aprovechamos y nos vamos por el camino de la estrella polar, hacia Fairbanks. Hacemos una parada en el Museo del Norte, cuya arquitectura peculiar marida perfectamente con una de sus exposiciones permanentes: “The Place where you go to listen”.
En esta exhibición, el compositor John Luther Adams, ha creado una banda sonora de la naturaleza, cambiante y con vida propia. En ella, la posición del sol, las etapas de la luna e incluso los fenómenos naturales como los terremotos o las auroras boreales, son los encargados de componer la música que en esta sala se puede escuchar. La naturaleza sin saberlo interpreta aquí una melodía variable a tiempo real y sin un principio ni un fin.

Salimos del museo y la persona responsable de revisar la caravana todavía no está disponible, por lo que viajamos una hora y media para visitar  Chena Hot Springs y relajarnos en sus aguas termales a 40 grados. La relajación a la que llevó a nuestros cuerpos, mereció la hora de trayecto.

Viendo la vida en slow motion, volvemos a Fairbanks para encontrarnos al fin con el mecánico. A pesar de todo, no consigue desatascar la válvula bloqueada, pero al menos nos enseñó un truco para poder seguir hacia delante hasta el final del viaje sin ser invadidos por las aguas residuales.

Y ahora sí, para acabar el día, dedicamos un rato a nuestro ritual vespertino. Empieza la búsqueda de un lugar con vistas de esas que quitan el hipo y te conectan con la naturaleza. Luego tocará la cerveza o el vino de rigor para brindar por un día más recorriendo rutas salvajes, cenaremos y haremos la cama.¡Buenas noches!

(31 de mayo a 1 de junio)

domingo, 2 de junio de 2024

Resurrection (Seward-Hope-Knik River)

Las expectativas suelen ser distorsionadoras de las experiencias; cuando tenemos muchas expectativas sobre algo, suele acabar decepcionándonos. Sin embargo, en muchas ocasiones, tener expectativas bajas, aumenta la posibilidad de mejorar la experiencia. Esto mismo nos ocurrió el miércoles.

Nos habíamos despertado con la tranquilidad veraniega del que no tiene prisa, ya que el tour que habíamos contratado comenzaba a mediodía y por la zona no había mucho más que hacer que no implicara pagar un ojo de la cara. Contextualicemos esto: Teníamos ganas de visitar el glaciar y Kenai Fjords NP en kayak, pero pagar 500 dólares por persona nos parecía abusivo y se salía con creces de nuestro presupuesto, por lo que nos contentamos con una excursión en barco por la “Resurrection Bay” que prometía ver ballenas. En la naturaleza, ya se sabe que no hay nada asegurado más que lo inesperado, por lo que las expectativas anteriormente mencionadas, eran bajitas.

Una vez en el barco, resguardados de las bajas temperaturas, vimos empequeñecer el puerto y los nudos fueron aumentando progresivamente poniendo agua de por medio. 


Decidimos abandonar el calor del interior para que la experiencia nos soplara en la cara y poder verlo todo sin necesidad de sentirnos en el zoológico, con un cristal de por medio. 

El primer encuentro no se hizo esperar. Fue con una nutria marina, que tomaba el sol en medio de la bahía, rascándose la nuca, panza al aire y con los pies cruzados, posando para los turistas que intentábamos inmortalizarla lo mejor posible. A continuación, un grupo de marsopas (unos mamíferos de la familia del delfín que parecen orcas enanas), se puso a jugar con las olas que creaba el barco a su paso.

El barco avanzaba, la lluvia aparecía intermitentemente y el frío era una realidad permanente que era mejor asumir cuánto antes. Cuando llevábamos una hora de tour, algo a lo lejos pulverizó el ambiente y nuestros corazones se aceleraron. El barco paró el motor y se quedó a la deriva. 

El show había empezado: Una ballena jorobada y su cría nadaban apaciblemente, expulsando el oxígeno cada vez que salían a respirar, arrancándonos exclamaciones a todo el barco. Se acercaron aparentemente impasibles y nos regalaron un momento inolvidable al sacar del agua la cabeza y medio cuerpo, lanzándose hacia atrás produciendo una ola expansiva de agua y aplausos silenciosos de todos los espectadores.

El viaje en barco ya había valido la pena, pero no había llegado a su fin. Unos veinte minutos más tarde, unas orcas nos saludaban con su dorso, sacando del agua su piel moteada negra y blanca, tan característica.

Parece mentira, pero el espectáculo no había hecho más que empezar, por lo que aunque el frío está internado en nuestros huesos, me resisto a entrar al calor del interior y verlo todo desde la barrera. La situación merece estoicismo y los esfuerzos suelen ser recompensados. Ahora aparece un macho, con una aleta dorsal enorme y el grupo de orcas para nuestro deleite, se acerca al barco. Una de ellas saca la cabeza del agua como para saludar, y a continuación se sumergen y pasan por debajo del barco, asomando los colores a través del agua cristalina. Mi mandíbula está desencajada. 


Lo que hemos vivido es pura magia, así que cuando las orcas están ya conquistando el horizonte, entro a cubierto para intentar digerirlo todo. Resurrection Bay me ha matado.

Antes de volver al puerto, todavía vimos frailecillos y una colonia de leones de mar que gritaban escandalosos mientras secaban sus cuerpos en la roca. Lo de antes es insuperable pero la vida sigue y hay que resucitar y seguir disfrutando hasta de las cosas que parecen pequeñas.

Con el barco amarrado y el frío acompañándonos todavía, nos vamos al otro lado de la ciudad caminando hasta el “Alaska SeaLife Center”. En este centro de rehabilitación de animales marinos, pudimos seguir aprendiendo sobre las aves y peces del lugar acompañados de la comodidad del calor que se fue instalando de nuevo en nuestros cuerpos. No dejamos de aprovechar la ocasión de tocar anémonas, erizos, cangrejos y otros animales en un tanque preparado para ello. Además, disfrutamos viendo de cerca a los frailecillos, focas y leones marinos, que ajenos a las miradas, hacen lo mismo que harían si no les estuvieran viendo: se comportan como lo que son, ignorando lo que la gente pueda decir. ¡Cuántas cosas nos enseña la naturaleza!

Nuestra caravana da la espalda a Resurrection Bay y nos vamos en busca de un lugar donde aparcarla para pasar la noche. El día ha sido intenso y hay que descansar para que muera…

…Y resucite uno nuevo. 

Abrir los ojos, mirar por la ventana y ver montañas nevadas a los pies de un río, esto es impagable. Todavía más si tenemos en cuenta que las vistas de lujo, no han costado ni un dólar.

Desayunamos saboreando el momento, antes de ponernos en camino y visitar “Hope”, un pueblecito rodeado por montañas y ríos. Como casi todo aquí en Alaska. La mayoría de las casitas son de madera y la tranquilidad parece ser una habitante más. 

Nos cruzamos con un hombre que curioso, se pone a hablar con nosotros y nos cuenta entre otras cosas, que ni un terremoto sufrido hace muchos años, pudo con algunos de los edificios “emblemáticos” de Hope que aún se mantienen en pie. La esperanza efectivamente es lo último que se pierde.

Volvemos sobre nuestros pasos, de vuelta a Anchorage, de nuevo envolviendo el Turnagain Arm, bajo la supervisión de imponentes montañas y cuerpos de agua turquesa. Nos desviamos, sin embargo, para encarar el camino hacia Flattop Mountain. Esta montaña de 1070 metros, cuya cima es plana (de ahí su nombre), es un destino popular en la zona por las maravillosas vistas que regala al que la corona.

Nos costó aparcar la caravana y empezamos a caminar sobre las 13:00, pero como ya se ha visto anteriormente, por esta parte del mundo y en esta época del año, los días son eternos.

En hora y media, después de ser adelantados por gente con perros y runners de todas las edades, gozamos de unas panorámicas de escándalo. Anchorage a nuestros pies, a lo lejos Denali y de acompañantes, montañas vestidas de nieve y un viento helado, como si nos encontráramos a 4000 metros de altura.

Descendimos hasta nuestra casa con ruedas y el día todavía nos permitió unas horas de carretera. La suerte, nos brindó de nuevo, una cama con vistas al río y…así es, las montañas. Nos vamos a dormir que, aunque la luz se queda, el día muere. No os preocupéis, ya sabéis que mañana, resucita de nuevo.      

(29 a 30 de mayo)

jueves, 30 de mayo de 2024

Canciones para espantar a los osos feroces (Austin–Anchorage–Seward)

A las 6 de la mañana, todavía medio dormido, levanta el morro el avión con destino a Seattle. Nosotros con los ojos cerrados y la resaca de la despedida a nuestros queridos catalanes de Becker, dejamos que vuele el tiempo entre nubes, cabezadas y sueños.

De Seattle nos espera un nuevo vuelo, con destino al estado que será nuestra residencia durante las próximas dos semanas: Alaska. Gracias a la diferencia horario, llegamos a una hora prudente a Anchorage que nos permitía aprovechar el día a pesar del cansancio. Así que después de hacer el check-in del hotel, nos animamos a dar una vuelta.

Bendecida por la luz intensa del norte dotada un brillo diferente, protegida por las montañas nevadas que la rodean, y afeada por sus edificios rectangulares que parecen inspirados en el estilo soviético. Anchorage nos daba la bienvenida con su autenticidad.

Iniciamos el paseo en el Anchorage Market, que parece más una feria de pueblo con sus atracciones humildes en tamaño, pero no por ello menos adrenalínicas.

Desde allí nos acercamos al Ship Creek Overlook, un mirador con vistas al río por el que en verano, los salmones luchan a contracorriente por cumplir su destino mientras los pescadores los tientan con abandonar su viaje. El paisaje era bucólico: montañas nevadas como decorado, un río que atraviesa la ciudad, conquistado por hombres con botas altas y cañas de pescar flexibles que imitan los movimientos del viento; un tren que pasa cercano, con el techo de cristal para que los pasajeros no se pierdan la belleza del viaje y para rematar, la brisa fresca de verano acariciando nuestras caras, recordándonos que estábamos de vacaciones.

Con este paseo, teníamos suficiente por hoy. Tened en cuenta que el viaje en avión había alargado nuestro día considerablemente; así que fuimos a cenar a un restaurante de buena cocina y precio ajustado al país y nos recogimos en nuestra cama, con el store bajado para resguardarnos de la luz diurna, perenne en verano por estos lares.   

El segundo día, dedicamos la mañana a recoger nuestra casa ambulante: Una autocaravana Minnie Winnie. Tras más de una hora viendo un vídeo didáctico, firmando papeles y revisando que nuestro nuevo hogar era funcional y estaba en condiciones, nos echamos al fin, a la carretera. El siguiente paso era llenarla de provisiones, pero al ser el día de los caídos CostCo estaba cerrado y reservamos la visita hasta el día siguiente. Así pues, nos dirigimos al norte hacia el Eklutna Lake para pasar el día y la noche.

Las primeras millas con la autocaravana vinieron acompañadas de la tensión responsable de conducir un vehículo de 8 metros con el que no se está familiarizado. Sin embargo, más pronto o más tarde, se puede asegurar que llegamos a nuestro destino del lago. Nos aseguramos un lugar en el camping y con la “cama” reservada, nos fuimos a pasear para admirar de cerca las aguas turquesas del Eklutna Lake. 

Sólo recorrimos una parte del lago, que tiene 14 kilómetros cuadrados y forma parte de Chugach State Park. Por el camino nos encontrábamos con gente que llevaba cascabeles para hacer ruido al caminar y varios además llevaban spray de pimienta en la cadera como el que lleva su revolver a pasear ¿El objetivo? Salir airosos ante el posible encuentro con un oso.

Todavía sin ninguna defensa anti osos feroces, nos pusimos a hablar en voz alta y a cantar para anunciar nuestra presencia. Caminamos unas dos horas antes de volver al camping para cenar la poca comida que nos quedaba del avión: cacahuetes y barritas. De postre, pedimos el deseo de llenar la despensa a la mañana siguiente.

¡Y vamos si lo hicimos! Dedicamos unas dos horas a empoderarnos como Escarlata O’Hara y asegurarnos de que no volveríamos a pasar hambre. Conduciendo en la abundancia, nos dirigimos a la península de Kenai, al sur de Anchorage.

La carretera es de lo más fotogénica, rodeando una vía fluvial interminable llamada “Turnagain Arm”. Las montañas vestidas de nieve, ven reflejadas en esta, sus rostros grandilocuentes, solo distorsionados y codificados (como sólo comprenderán los que vivieron la época de Canal +), por las ondulantes embestidas del viento . La carretera pasa también por aguas turquesa y por lagos de una quietud mágica, que los convierte en espejos que parecen poner a prueba la gravedad con sus reflejos invertidos.  

Maravillados por el viaje, llegamos a Seward, un pueblo pesquero que mira al Golfo de Alaska de frente, protegido por una serie de islas. Nos informamos en el Visitor Center de las opciones que teníamos para aprovechar el día, y nos fuimos hacia el Exit Glacier, que forma parte de Kenai Fjords National Park.

Empezamos recorriendo el Trail más largo posible. No sé por qué narices tenemos que empeñarnos siempre con lo más grande (No es casualidad que llevemos dos años viviendo en Texas). Nada más empezar, los carteles anunciaban probables encuentros con osos y aconsejaban tomar precauciones. Esta vez no nos pillarían desprevenidos, y con nuestro cascabel y spray de pimienta recién comprados, nos pusimos en camino.

El Trail se adentraba en un bosque que ascendía la montaña proporcionando escasa visibilidad, por lo que los sudores no tardaron en empaparnos la piel y el corazón se nos puso rápidamente en quinta. Nos esforzábamos por avanzar y a la vez ser muy ruidosos. Bea se puso a cantar y así caminábamos excepto cuando nos cruzábamos con gente; ya que, conscientes de lo patético de la escena, preferíamos sacar la dignidad del bolsillo y hondearla, hasta perder a las personas de vista.

Una hora después, no habíamos conseguido encontrar al oso feroz, pero tampoco las esperadas vistas del glaciar. Cansados de subir la montaña sin obtener del “Exit Glacier” (aunque no por ello menos espectaculares) y batallando por avanzar en la nieve, que en ese tramo del Trail estaba instalada; abandonamos la ascensión y dimos media vuelta sin dejar de cantar, con el spray preparado, como Lucky Luke lo está para desenfundar.

No nos resignamos a despedirnos del parque sin ver el glaciar, por lo que recorrimos un camino que llevaba a los pies de este y que era mucho más corto que el anterior. Con la adrenalina diluyéndose en nuestras venas y reconfortados con las vistas conseguidas al fin, volvimos a Seward para reservar un tour en barco para el día siguiente.

Con los deberes hechos, aparcamos la autocaravana en un mirador que nos ofrecía unas vistas espectaculares al glaciar desde nuestra cama. Tras lo que nos pareció un festín, después de varias comidas sin una dieta decente, nos dimos las buenas noches con el sol instalado en el cielo y unas panorámicas a nuestros pies de lo más Instagramer, aunque muy pero que muy reales.

(26 a 28 de mayo)

martes, 19 de marzo de 2024

Dejarse llevar (Mauna Kea-Puna-Ka’u-Kailua)

Despertamos todavia de madrugada en el mismo lugar en el que lo dejamos: en medio de la nada en el hostel random. Estamos cubiertos por un manto de estrellas que nos sabe mal quitarnos de encima pero nos subimos al coche y conducimos hasta el amanecer para llegar al Visitor center del Mauna Kea. Tras los preparativos necesarios: desayuno para tener energía y hacer el check-in con los rangers; empezamos nuestra ascensión desde 2800 metros sobre el nivel del mar para conquistar la cima más alta de la isla. 

Las primeras millas son relativamente fáciles ya que, a pesar del gran desnivel, vamos pasito a pasito con calma. Las vistas nos van mostrando conforme ascendemos, todo el perfil de la isla con el mar a lo lejos. A partir de los 3800 metros, la cosa empieza a ponerse seria: el aire falta claramente y caminamos algo mareados. Las paradas, sin embargo, nos llenan de energía para empezar de nuevo. Paramos cada milla para beber, descansar y comer una barrita energética. 




Ya a 4000 metros disfrutamos de una panorámica de los observatorios de lo más fotogénica. El viento comienza a ser ensordecedor y la última milla se hace interminable. Por suerte, el camino se convierte en carretera y al menos avanzar por el terreno, es más estable.






Por fin, tras 5 horas de ascensión, llegamos al final del camino accesible a 4205 metros de altura, y es que la cima real del Mauna Kea es sagrada para los hawaianos y está prohibido llegar hasta ella. Descansamos agotados, resguardados del viento atronador, nos hacemos la foto de rigor y comenzamos a descender caminando derechos hacia el océano de nubes, con signos de mal de altura que se nos presenta con un dolor de cabeza que bombea nuestras sienes.

Si la última milla se había hecho larga, la bajada con 1400 metros de desnivel negativo, se hace eterna. A pesar de ello, hemos coronado la cumbre de la isla. Hemos llegado más alto que las nubes que ahora atravesamos y mojan nuestro rostro orgulloso y cansado. Por el camino, nos cruzamos con un ranger que nos pregunta si nos encontramos bien, antes de continuar camino hacia la cima. Hemos decidido bajar por la carretera para cambiar el paisaje y para evitar perdernos engañados por la niebla. Nos dejamos llevar paso a paso hasta llegar de nuevo al Visitor Center 8 horas más tarde. Satisfechos por el esfuerzo, avisamos a los rangers para hacer el check-out y les damos las gracias por asegurarse de que todos los que se aventuran, vuelven sin contratiempos serios. Con el mal de altura taladrando nuestras cabezas, nos ponemos en camino hacia nuestra nueva cama, en Volcano Village.




Al día siguiente, el dolor parece haber desaparecido casi por completo y nos alegra. Dedicamos la mañana a visitar una vez más el Volcanoes NP, admirando la belleza que quedó de la destrucción de las diferentes erupciones. 

La lluvia decidió ser nuestra compañera durante todo el día y nos encerró en el coche. Nos dejamos llevar por la carretera, alucinando con algunos caminos como la asalvajada Goverment Beach Road, de un solo carril, conquistada por una vegetación que no parecía contentarse con la primera fila y poco a poco, se iba apoderando del lugar. Comimos con vistas privilegiadas a una bahía en la que las olas reventaban con fuerza para lanzarse al aire y volar lo más lejos posible, regalándonos la frescura marina y la mejor banda sonora para serenar el alma.Tras la visita de varias playas con muy poca tregua de la lluvia, volvimos al Volcano Village para dejarnos llevar por los sueños y descansar nuestros cuerpos llenos de agujetas por la ascensión.

El penúltimo día lo dedicamos a explorar el sur de la isla. Empezamos disfrutando de un aromático café en el cafetal “Ka’u Coffee Mill”, nos compramos unos “malasadas” en la panadería más al sur de los Estados Unidos y nos dirigimos a la playa “Punalu’u”, pensando que sería una playa más de arena negra. Para nuestra sorpresa, después de desayunar, vimos  embobados cómo tres tortugas marinas tomaban el sol casi en estado comatoso, extasiadas de vitamina D. Lo mejor sin embargo, estaba por llegar. Nos pusimos las gafas de bucear con la esperanza de tener la oportunidad de ver a estos seres un poco más vivos y en su estado natural. 

Nada más entrar en el agua, casi nos da un paro cardíaco al ver una tortuga enorme, llevada por la corriente a nuestros pies. Una vez dentro del agua, el avistamiento de las tortugas se normalizó, si algo tan fascinante se puede normalizar. Estos animales, se dejaban llevar por la corriente hasta tal punto que golpeaban sus cabezas y casi se remolcaban. Estos movimientos, sin embargo, los llevaban a cabo con un efectividad casi mágica en la que entregarse a la corriente no era una forma de abandono, sino de fluir efectiva, que aceptaba con humildad la inevitabilidad de la corriente, guardando su energía para seguir viviendo.

Después de este momento tan único, fuimos al punto más meridional de la isla y caminamos durante una hora siguiendo la costa hacia el noreste, en busca de otro lugar extraordinario: La playa de arena verde llamada Papakolea beach. 

Esta parte del litoral no sólo sorprende por el color de su arena, sino por encontrarse rodeada de un precipicio que parecía irse desconchando con una gracia natural que la embellecía todavía más.
Cerramos un día fantástico cenando en el “Hana Hou”, un local muy acogedor que parecía salido de una película americana. Uno de esos en los que te sirven café sin preguntar y te atiende una mujer mayor en delantal rosa, preguntando cómo va el día. No tomamos café, ni nos sirvieron con un delantal, pero la imagen mental seguro que os acerca a la realidad del lugar. Sumémosle música en directo de un hombre mayor con pintas de profesor de historia y añadamos las estupendas tartas caseras de cualquiera de estos locales cinematográficos. Bocado a bocado, saboreanos el cierre perfecto del viaje.   

El último día lo dedicamos a volver a Kailua, recorrer sus calles y digerir todo lo vivido. Se acababa la aventura y volvíamos a la corriente de la monotonía, deseando haber aprendido de las tortugas, que muy sabiamente disciernen cuándo toca dejarse llevar por la marea y cuándo nadar en su contra para llenar la vida de VIDA. 

Aloha!

(14 a 17 de marzo)

sábado, 16 de marzo de 2024

He viajado a lomos de la lava un volcán (Honokaa-Hilo-Volcanoes National Park)


Comenzamos rodeados de verde, en una casita muy acogedora en medio de la jungla hawaiana. La propietaria parece una mujer inglesa aunque no lo sea; elegante, algo distante y muy educada.
Estamos en la mesa preparados para desayunar junto a otras dos parejas más mayores. Podríamos encontrarnos perfectamente en un escenario de Agatha Christie. Incluso la conversación, educada y animada, es de película; se trata de una conversación demasiado cercana para tratarse de personas que no se conocen. Por fortuna, no hubo ningún cadáver. El desayuno estaba espectacular y nos sirvió para enterarnos que la ruta que pretendíamos hacer esa mañana estaba cerrada. 


Dejamos atrás el “Waipi’o Wayside B&B”, para visitar el valle de Waipi’o desde la distancia, conformándonos con el mirador desconsolados por no poder recorrerlo.




Fuimos bajando hacia el sur, parando primero en el Kalopa State Park, un bosque algo apartado del turismo pero cuya vegetación parecía imitar a un escenario de X-Files cuando se grababan en Vancouver. Pudimos recorrer un kilómetro adentrándonos en las entrañas del tranquilo bosque, antes de dirigirnos a las ‘Akaka Falls.




Estas cataratas están rodeadas por un paisaje de jungla tropical que incluye helechos gigantes, banianos (Ficus benghalensis) centenarios, bambús altísimos y unas plantas muy curiosas provistas de cinco nervios centrales.


Todavía era pronto para llegar a Hilo, donde íbamos a dormir, así que decidimos recorrer la carretera de 4 millas que une Pepeekeo con Papaikou. Si antes nos sentíamos en medio de la jungla, ahora nos habíamos convertido en Tarzán  y Jane detrás del volante del Chevrolet Malibú. Atravesamos túneles de árboles, fuimos escoltados por palmeras colonizadas por lo que parecían hojas de taro y atravesamos ríos idílicos despojados de los rayos del sol por el egoísmo de los árboles.

Una vez en Hilo, fuimos recibidos por Diana, la casera del Hawaiian Ohana Home. Diana paraba muy seca y sarcástica de primeras, pero pronto se cayó su escudo y nos regaló su sonrisa y hospitalidad. Gracias a ella, nos dimos cuenta que el plan de subir a la cumbre del Mauna Kea debería aplazarse por heladas y mal tiempo.
Compartimos escenario con un siciliano con el que coincidimos poco y por la noche, para cerrar el día de película se unirían dos personajes más: mientras cenábamos poke en la terraza, llegó un americano muy extraño que cojeaba porque según él había recibido un disparo. Nos dio la lata hasta altas horas de la noche hablando por teléfono y viendo la tele. El otro era un piloto inglés que llegó de madrugada y al que no vimos hasta el día siguiente…
Nos despertamos con la calma y lo primero que vemos al abrir la puerta es un hombre de unos sesenta años, entrado en carnes, con una venda en la cabeza y con la cara desfigurada por los hematomas. Antes de que pudiéramos siquiera preguntar, se presentó como el piloto inglés y se disculpó por las pintas. Dijo que se había caído recorriendo una ruta del Parque Nacional de los Volcanes. Las manos y la piedra volcánica no habían evitado que su cuerpo fuera frenado con la cara. A pesar de la desgracia, le llevaba importancia al asunto y reconocía que podía haber sido peor.

Pasamos el día de turismo por la ciudad de Hilo,  y entre otros lugares, visitamos el Museo del Tsunami, en donde una pareja de hombres mayores nos hizo una introducción muy didáctica de la historia coprotagonizada por la isla y estas catástrofes naturales. Tras la introducción pudimos saturarnos con la cantidad de documentos alrededor de estos fenómenos.
Comimos poke, disfrutando de la calma de Lili’uokalani, unos jardines japoneses que dan al océano. Paseamos acompañados de las olas y agraciados por el buen tiempo, que hasta el momento no había acompañado; por lo que decidimos ir a la playa. Apuramos el sol en “Richardson Ocean Park”, buceamos y volvimos a deslumbrarnos con la diversidad marina que ajena a nuestro asombro, relucía sus vestidos al sol mecida por la marea. Al salir a secarnos al sol, el día nos hizo un último regalo cuando entre las olas, avistamos una tortuga que sacaba partes de su cuerpo intermitentemente: la cabeza para respirar, el caparazón revolcado por las olas, las patas intentando recobrar el equilibrio… y en la fase de pendiente de la ola, el mar se convertía en un escaparate en el que se percibía el perfil de la tortuga.
Como el miércoles el Mauna Kea continuaba con malas condiciones climáticas, fuimos hacia el suroeste, para visitar el Volcanoes NP. Desgraciadamente, la imagen mental que tenía con la lava al rojo vivo y ardiendo, se enfrío al ver que, a día de hoy, las erupciones habían finalizado.

Paramos en varios lugares y empequeñecimos al ver la fuerza de la naturaleza y el rastro de destrucción que dejaba atrás el magma al visitar la superficie de la tierra. Recorrimos el Kilauea iki Trail, que descendía a un lago de lava sólida expulsada por el volcán Kilauea, para volver a subir y poder verlo desde la distancia.

Sentimos la actividad contínua de los volcanes que expulsaban vapor al cielo como si de un dragón dormido se tratara y nos adentramos en la casa de uno de estos monstruos alados, recorriendo el tubo de lava “Nahuku”. Descendimos la carretera, serpenteándola hasta el final, donde comimos con vistas al mar y avistamos un tiburón que impasible, cruzaba ante nuestros ojos, sacando la aleta como quien saca pecho. 


Acostumbrados a La Palma, el impacto del parque fue menor de lo que podría ser para alguien que nunca ha estado en tierra de volcanes. Sin embargo, la lava aquí toma formas sorprendentes: se presenta agresiva en forma de rocas que parecen cortar con sólo tocarlas; también se muestra mansa con formaciones que recuerdan al merengue o al brownie y otras en las que se observa cómo las ondas se han ido solidificando parsimoniosamente.


Satisfechos de haber podido disfrutar del parque aunque fuera en blanco y negro, condujimos hacia el sur, para pasar la tarde en un lugar bastante peculiar: el "Uncle Robert's Wednesday Night Market". 
En medio de un asentamiento pesquero, una construcción precaria al más puro estilo chabóla, acoge todos los miércoles esta reunión de gente de la región que celebran el miércoles junto a turistas y hippies. Para seguir con las situaciones randoms, fuimos a parar al 
hostel más  que he estado en mucho tiempo. Llegamos con la noche encima y lo encontramos a duras penas, en medio de la nada, con una construcción que recordaba a las “kasbahs” del Sahara disfrazadas de un estilo surfer. 
Poco importaba cómo fuera ya que el buen tiempo al fin, permitía que al día siguiente, nos aventuraramos a conquistar la cima del Mauna Kea. Así que ni siquiera llegaríamos a ver el hostel a la luz del sol.     

(11 a 13 de marzo)