miércoles, 19 de agosto de 2026

Tres pingüinos al rescate del espectáculo (Oamaru – Arthur’s Pass - Waipara)

Estamos en Oamaru esperando el gran momento en que los pingüinos azules vuelven a casa después de todo el día en el mar. Hacer fotos está prohibido para evitar distraerlos (siempre hay alguien que olvida quitar el flash y la lía), y que decidan que al día siguiente se largan con su hatillo en busca de un nuevo hogar. Hay que evitar que se den cuenta de nuestra presencia y tendremos que guardar silencio en cuanto aparezcan; es importante que el Show de Truman siga su curso. Creo que tenemos para largo, por lo que da tiempo a recapitular lo ocurrido durante el día. 

La primera parada ha sido en un terreno privado habitado por ovejas que pastaban plácidamente junto a las Elephant Rocks. Estas formaciones de roca caliza fueron utilizadas en la película de Las Crónicas de Narnia. Las rocas, más que elefantes, parecían un conjunto de boas dibujadas por el Principito, las mismas que los adultos confundían con dibujos de sombreros. Quizás la edad me impedía ver la manada de paquidermos rocosos. Quizás Emma sí era capaz de verlos y por eso movía sus manos al mismo tiempo que elevaba su cuerpecito en un subir y bajar para mostrar su excitación.

Son las 18:00 y los pingüinos no aparecen por ningún lado. Por fortuna, las focas dan juego y posan esperando ser fotografiadas. Nos dan indicaciones para que nos sentemos en las gradas a esperar a los responsables de que nos encontremos a la intemperie. Miramos al horizonte en busca de señales y seguimos esperando.

La segunda parada del día ha sido en el pueblo de Oamaru, capital del mundo del steampunk. Esta estética se basa en un universo paralelo en que la época de vapor y la victoriana, se entremezclan con la ciencia ficción y el toque futurista. Los inventos de Julio Verne o las novelas de H. G. Wells dibujan su realidad. 

Las calles llenas de edificios victorianos te transportan al pasado y para los faltos de imaginación, el Steampunk HQ, una galería de arte/museo interactivo, permite teletransportarse a este mundo con invenciones, relatos, y diferentes esculturas.

Es la hora de comer y decidimos hacerlo en la Scotts Brewery acompañados de una cata de cervezas junto a una comida deliciosa pero contundente. Tanto, que necesitamos dar una vuelta por el parque contiguo, cómo no, de estética steampuk.

¡Un momento! Acaba de aparecer el primer pingüino silencioso, ajeno a su exposición pública, con sus andares cómicos y laterales. Sin embargo, desde el primero que aparece solitario, hasta el primer grupo grande, pasa un rato. Aprovechemos para dar algunos datos sobre estos animales: Los pingüinos azules son los más pequeños del mundo, se les llama así por el aspecto del plumaje y al volver a casa tienen la costumbre de unirse en grupos numerosos a los se les llama balsas para volver a sus madrigueras, y es que esta especie de pingüino excava su hogar y no duerme a la intemperie. El primero en llegar obviamente, no ha querido ser un ejemplo de nada.

Rompamos la línea del tiempo, dejemos el espectáculo en pausa y adelantémonos al futuro. Es viernes y estamos en Kaiapoi donde estaremos un par de horas. ¿Qué hacemos allí? Nuestras cicatrices permiten que la piel cuente historias; pero en ocasiones decidimos que estas, se escriban con tinta para quedarse para siempre. Este proceso es lento, de ahí la espera. 

Previamente habíamos paseado por Christchurch, la segunda ciudad más grande del país, que recibe el nombre de “garden city”.  Visitamos el Hagley Park que nos recordaba a otros parques urbanos como Central Park en NY o Hyde Park en London. El graznido de un pato, me recordó al que hacen los pingüinos al llegar en las balsas.

Llega la primera balsa. Unos 20 ó 30 pingüinos remontan la rampa camino a sus madrigueras. Un grupo va directo a las gradas VIP. Han oído bien. Si se pagaba más dinero, se estaba más cerca del meollo; pero tranquilos que estos pingüinos son comunistas y la mitad, dando la espalda al capitalismo, se acercan a nosotros. El espectáculo ha empezado. Como pequeños enanos de La Palma avanzan, se tropiezan, caen al suelo, cambian de dirección. Todo disfrutado por la grada en silencio para no molestarles. Otra balsa más y nos empieza a dar pena no poder hacer fotos. En el mundo en que vivimos, que te prohíban hacer fotos se llega a agradecer porque te permite anclarte al presente. Sin embargo, la obsesión por inmortalizarlo todo, es contagiosa y adictiva. 

Viajemos en el tiempo, es sábado y caminamos por Castle Hills otras formaciones similares a las Elephant Rocks pero muchos más colosales, imponentes y laberínticas. Se puede caminar y perderse entre ellas y tienen unas vistas a las montañas que son envidiables. 

Subimos al coche camino a Arthur Pass. Este pase de montaña con su pueblo tocayo, forma parte de un parque nacional en el que pretendíamos dormir hasta que Google Maps nos indica con una voz alegre que parecía reírse de nosotros, borracha de ironía, que todavía quedaban 30 minutos para llegar. El camping que habíamos cogido estaba fuera del parque nacional. Superamos la carretera que tenía una inclinación vertiginosa y nos adentramos en Jackson. El camping era estilo montañero, con cuestas por todas partes y una vegetación alpina, por lo que cesamos nuestras quejas. La noche nos regaló un cielo desnudo y me aventuré al bosque solo. Mi motivación no se debía a un brote psicótico. Iba en busca de unos glow worms que aseguraban en recepción que lo habitaban. No puedo negar que también albergaba la esperanza de toparme con un kiwi. La oscuridad era tan absoluta, que no podría descartar haber pasado al lado del kiwi sin darme cuenta. Llegué a ver unas luces que confundí con otros estúpidos adentrándose en el bosque de noche. Obviamente el único insensato era yo; me encontraba delante de un grupito de “gusiluces”. 
El misticismo de las cuevas fue fagocitado por el miedo al caminar a oscuras y sólo por el bosque, acompañado únicamente por una luz roja que hacía que me sintiera parte de The Blair Witch Project. Aguanté unos 5 minutos más y di media vuelta, acelerando el paso por si aparecía alguna bruja en busca del tonto que se adentra para disfrutar de la naturaleza. Todavía vivo y calentito en la caravana, me arropé con la colcha llena de estrellas.

Ahí va la tercera balsa. No eramos conscientes pero acaban de llegar los protagonistas del evento. Mientras la mitad de integrantes rebeldes se dirigen a nuestra zona, un grupo de tres pingüinos parecen perdidos y no se contentan con acercarse a los que no hemos pagado extra, enfureciendo a la grada VIP, sino que se convierten en los payasos del circo. Se les ocurre desviarse y atravesar el camino en dirección a una foca que, todavía reposando su cuerpo en la roca, abre un ojo, levantando mucho la ceja con una mirada amenazadora. A nuestro grupo de intrépidos pingüinos no parece intimidarles y continúan su camino directos a ella. Esta, molesta al ver que la indirecta no ha sido entendida, levanta su pecho y lanza un ladrido. Ahora sí, el trío calavera, con las alas a los lados bien pegadas al cuerpo huye en desbandada. Uno de ellos intenta escaparse por debajo de la barandilla e intenta pasar desesperadamente mientras su trasero, decidido a hacerle pasar un mal trago por los peces de más que pescó este mes, continua al otro lado. El público rie en silencio pero al fin consiguen ponerse a salvo. Se reúnen los tres y parece que hablan entre ellos apresuradamente “Qué poquito ha faltado hermano” “¿Has visto la loca de la foca qué modales?” “Hoy en día la gente no aguanta nada.” 

Las focas se encargan de tomar el relevo del show. Rugen, ladran y dos empiezan a pelearse. Nuestros tres protagonistas andan cerca y uno de ellos alza el pecho, mostrando su valentía y avisando a sus compañeros que, si hay que ir a la batalla, lo llevan crudo las focas. Un estornudo de la foca vecina, derrumba su valor y se esconde detrás de los otros. 

Con una voz calmada, la trabajadora anuncia que es momento de abandonar el recinto. Nos despedimos de los tres mosqueteros que siguen decidiendo qué hacer si volver a casa o quedarse de parranda. Mientras salimos vemos a varios pingüinos, algunos en la entrada de casa confundidos, otros llegando, otros tomando la fresca mirando las estrellas y alguno perdido sin saber cuál es su portal.

Saltemos en el tiempo por última vez para llegar hasta el domingo. Por la mañana, tenemos una excursión a una catarata y durante toda la caminata, los copos de nieve caen intentando cubrirlo todo a su paso. Mientras varios nos enfrian la cara dulcemente, otros más agresivos, tratan de insertarse en nuestros ojos. Emma duerme plácidamente en el porteo, convirtiendo los copos que le caen en la cara, en gotitas de agua que se quedan como pequeños oasis. 

Es momento de volver a la carretera y la cosa pinta cada vez más peliaguda. Los copos se han reproducido como Gremlins y parecen una plaga. Conforme avanzamos, vemos que la nieve se va adentrando más y más en la carretera. Tanto es así que los coches, temerosos de empezar a patinar sobre ruedas, forman una procesión improvisada. Cuando el negro del asfalto se convierte en una anécdota, los nervios se apoderan de la motorhome. Por suerte, justo en el momento en que la carretera anuncia una rampa con inclinación del 12%, el negro se hace fuerte y consigue alejar la nieve fuera de su camino.

Llegamos al valle de Waipara sanos y salvos. Hacemos una visita a Pegasus Bay para catar y respiramos hondo. Los nombres de las referencias inspirados en la Ópera sirven de nana y sus vinos dulces son el postre perfecto justo antes de dormir. Esa noche tengo un sueño extraño en el que el grupo Tricicle se encarna en la piel de tres pequeños e hiperactivos pingüinos azules. 

(13 a 16 de agosto)


1 comentario:

  1. Jaja, lastima las fotos de los pinguinos, esos simpaticos mal llamados "pajaros bobos". Debe ser espectacular. No he entendido bien, te has hecho un tatuaje? Antes nos conformabamos con una pegatina o con un iman de nevera. Con los viajes que os haceis, te vas a llenar el cuerpo. Jaja, muchas gracias por compartir. Besos a las chicas.

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