En Lewis y Harris, isla perteneciente a las Hébridas Exteriores, la historia se mezclaba y conjugaba. Chvrches sonaba en la motorhome mientras recorríamos carreteras que sabían a remoto y olían a ocho siglos de sistemas de clanes en las Highlands. Los MacLeod, vinculados a la Isla de Skye, nos acompañaron hasta la tumba de Alasdair y algunos de sus descendientes, en St. Clement's Church, la iglesia medieval que se alza en una colina en la punta sur de Harris.

Por la tarde, 500 años hacia adelante en la historia, nos anclamos al presente en la playa de Luskentyre. Un filtro azul pálido, cercano a la tarde invernal, bañaba la arena blanca y nos distanciaba de la percepción de verano. Violeta había leído que al bajar la marea algunas estrellas de mar quedan al descubierto, por lo que se caló las anteojeras y empezó su búsqueda. Mientras Lara jugaba al pillapilla con las olas que tocaban "salvens", Pol experimentaba las texturas de la arena mojada y las algas. Violeta la exploradora era ya un lejano punto cuando fue consciente de hasta dónde le habían llevado sus pasos y dio media vuelta. Yo respiré profundamente el rumor de las olas, inspirando el silencio de las ataduras mentales del día a día laboral. La estrella de mar se nos mostró desandando camino hacia la motorhome, cuando ya habíamos perdido la esperanza del encuentro.
Extasiados por las vistas desde la carretera, buscando dónde parar a cada metro, nos dimos cuenta de que a Lara le faltaba una zapatilla; retrocedimos hasta el aparcamiento. Allí estaba, esperando ser encontrada, como un equinodermo, abandonada por la bajamar de nuestra atención.
Al día siguiente dimos un salto de casi 3000 años hasta el Neolítico en Callanish. Estos menhires distribuidos en círculo en torno a un monolito que destaca en el centro, y que a su vez son el núcleo de una cruz, son los mismos que inspiraron el escenario de la película de Brave.
El bagaje de los años recogido por el musgo y las capas de las piedras contrastó con la escena neopagana: un grupo de mujeres celebraba un rito esotérico. El único hombre (guardián de una especie de tambor chamánico, ataviado con ropa de montaña) empezó a sahumar el ambiente con música celta procedente de un altavoz Bluetooth. Las mujeres, en pleno éxtasis espiritual, abrazaban cada una de las piedras, sonrientes y con los ojos cerrados; abstraídas, miraban al cielo, acariciándolas, caminando descalzas; se apoyaban, casi frotándose en ellas, tratando de recibir la transferencia energética. Por turnos, alguna se apartaba a dejarse masajear el vientre y escuchar los susurros de una sanadora.
La caricatura de la escena no había hecho más que empezar, y la veneración cósmica de las brujas modernas dio paso a la irreverencia cómica de unos turistas asiáticos que se inmortalizaban emulando dar bocados a los menhires y posando orgullosos con gesto desafiante y los brazos cruzados.
Aquellos que conseguimos esperar pacientemente a que bajase la marea, encontramos nuestro hueco para pasear en calma por estos imanes de singularidad.
Acabamos el día en el broch de Dun Carloway, dando un segundo salto temporal de unos 2500 años, hasta la Edad de Hierro. Esta vez, las piedras apiladas servían de elementos de construcción para una torre de unos nueve metros que resistía sorprendentemente conservada a pesar de su mochila cargada de tiempo.
Al día siguiente, antes de tomar el ferry que nos llevaría a Ullapool, volvimos a desandar la historia hasta llegar a la época victoriana, en Lews Castle, reconvertido en hotel de lujo. Paseamos por el jardín, aprovechando las vistas privilegiadas del puerto de Stornoway; y ya subidos en el ferry, volvimos de nuevo al presente.
Dejando las Hébridas atrás, testigo de tantas épocas, me planteo si acaso nos equivocamos desde Occidente al entender el tiempo como una línea espacial, y no como un collage. Al fin y al cabo, ¿no lo definió Einstein como una dimensión, como un tejido elástico e interconectado con las otras dimensiones?, ¿acaso no somos nosotros mismos, al igual que esta isla, un mosaico de pasados (ecos de voces y experiencias) y futuros (proyecciones, sueños y deseos)?, ¿acaso los lugares no son paisajes cargados de capas, geografías emocionales que van marcando y atestiguando nuestros pasos?, ¿volverán nuestros hijos a desandar en su memoria hasta las huellas de los parajes infinitos en busca de las estrellas desnudas de Luskentyre?
Afectado por la gravedad, Chvrches ya rebajaba desde el primer párrafo: "We will take the best parts of ourselves and make them gold".
(16 a 18 agosto)
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