lunes, 17 de agosto de 2026

Cuevas estrelladas, cementerios glaciares y espectáculos nocturnos (Te Anau - Milford Sound - Tekapo)

Nos encontramos en medio del lago Te Anau, en un barco camino a la segunda cueva de glow worms que visitamos durante el viaje. La calma del lago permite que el paisaje se vea reflejado. La quietud sólo es rota por pequeñas ondas concéntricas que se forman a nuestro paso, permitiéndonos distinguir entre la realidad y la ilusión; entre el espejo de agua y el cielo azul. 

Al llegar a las cuevas nos separan en grupos y nos adentramos en su negrura acompañados del ruido ensordecedor del agua que desesperada, pretende escapar de las tinieblas en busca de la luz. 

Al igual que en la última visita, tras un rato explorando la cueva a pie, llega el momento de la barquita. Guiados por una luz roja, nos sentimos transportados al pasado a punto de subir al tren de la bruja. La barca se adentra hacia el reino de Hades y como por arte de magia, se hace el silencio. El ruido atronador del río subterráneo se transforma en gotas de agua que toman turnos para tener el protagonismo generando ecos en la negrura absoluta. Y de nuevo aparecen ellos; un techo estrellado se refleja en las aguas mientras la barca se acerca más y más hasta que casi podemos tocar los puntitos luminosos que iluminan nuestros rostros. Emma guarda silencio, como hipnotizada. El guía, que no era tan místico como el anterior, con su mutismo, hechizó el ambiente usando el silencio de sus palabras para que los gusanos se pudieran comunicar con sus luces y su magnificencia.

Al salir de la cueva, el guía nos dio un paseo por el bosque dando nombre a los árboles que nos rodeaban y ayudándonos a volver a la realidad. También recibimos una explicación didáctica sobre los gusanos. Estas criaturas tan peculiares tienen el cuerpo casi translúcido pero consiguen resplandecer en el reino de las sombras para hacerse con el menú diario y catarlo a ciegas. 

El martes seguimos la carretera para adentramos en el parque nacional Fiordland y así llegar a Milford Sound. Mientras avanzábamos, seguíamos coleccionando más espejos de agua y bosques frondosos de árboles jurásicos. Fuimos víctimas de un intento fallido de abordaje de la motorhome por unos piratas con pico de loro. Estas criaturas autóctonas, son conocidos como kea o loros alpinos. 

Los bucaneros, intentaron hacerse con el interior de la caravana conquistando el techo primero, nada más aparcamos. Por suerte no lo consiguieron y continuamos el viaje solos los tres. 
Para llegar al destino, también tuvimos que cruzar un túnel. Pero no cualquier túnel; este, atraviesa una enorme pared vertical de la montaña como si se tratara de la puerta fortificada de un castillo. 

Y por fin, llegamos a Milford Sound, un fiordo desde el que salen cruceros llenos de turistas, entre los que nos encontraríamos nosotros en breve. Todos con los objetivos desenfundados, preparados para disparar y congelar la belleza del fiordo “in eternum”. 

Puede que alguno se esté preguntando qué es un fiordo, pues se trata de un valle esculpido por un glaciar que es conquistado por el mar. En otras palabras, un cementerio glaciar anegado por las lágrimas marinas.

Una vez más el buen tiempo nos sonreía y los rayos del sol bañaban el paisaje. Aún a riesgo de avergonzar a los piratas, abordamos el barco cambiando el machete entre los dientes por una entrada pagada religiosamente. Sonaba la banda sonora de Jurassic Park en nuestras cabezas mientras el barco se adentraba mar adentro; imponentes promontorios de frondosa vegetación, nos miraban impasibles mientras avanzábamos lentamente, dejándonos las cervicales. 
Navegamos bordeando el lado oeste hasta llegar prácticamente a la salida al mar abierto. Navegamos al lado de una foca que jugaba sola en el agua ignorando nuestra presencia, bordeamos acantilados y sorteamos el agua de alguna que otra cascada. 

De pronto, una ola nos escupió en la cara y zarandeó el barco anunciando que ese terreno era del mar y que si por lo que habíamos pagado era por un crucero en el fiordo, era momento de dar media vuelta y volver a la calma. 

Más acantilados, promontorios, montañas nevadas y una cascada impresionante, se sucedían en el lado este. Las palabras de agradecimiento se amontonaban en nuestros pensamientos por tener la suerte de grabar en nuestra retina todas estas maravillas. El broche final lo puso un pingüino que nadaba de vuelta a casa, rezagado y con tanta prisa, que fue visto y no visto. 

Al día siguiente el asfalto pidió paso para ser el protagonista. Tuvimos que conducir casi 6 horas hasta nuestro siguiente destino. Por suerte la isla no permite a la carretera que se vista de fea y disfrutamos atravesando montañas, lagos, ríos y hasta granjas de salmones para dar a parar a Tekapo. 

Este pueblo es dominado por un lago cuyas aguas azul turquesa casi le robaban el protagonismo a la cordillera de montañas blancas que se alzaban como telón de fondo. Por si esto fuera poco, la iglesia The Good Shepard, que más bien parece una capilla por su reducido tamaño, tenía un asiento de primera con vistas al lago. Su ubicación privilegiada la convertía en un jugoso cebo para las redes sociales. Con su humilde fachada de piedra nos recordaba que mirar de cara a la naturaleza, eleva más el espíritu que cualquier edificio adornado de oro y piedras preciosas; que son las cosas pequeñas, las que engrandecen el alma. 

Las nubes parecían haberse apuntado a admirar la belleza del lago y nos preocupaba de cara a la noche. Dormimos bajo techo en la caravana sí, pero nos habíamos acercado a Tekapo también, porque forma parte de la reserva Aoraki Mackenzie dark sky: uno de los mejores lugares del mundo para ver las estrellas. 

Aparcamos la motorhome y nos acomodamos en nuestra parcela con fecha de caducidad. Cuando la oscuridad invadió los alrededores, decidimos salir sin mucha esperanza, decididos a culpar a las nubes por nuestra mala suerte. Sin embargo, la fortuna o las bondadosas nubes, permitieron que el firmamento se mostrara orgulloso y más desnudo que nunca. El cielo era tan cristalino que la vía láctea se exhibía completamente definida. Como si Dios hubiese decidido parar el tiempo en el momento justo en que la leche se derramaba por el fluido estelar para evitar que se expandiera por completo conquistando todo el cosmos. Con tremendo espectáculo es inevitable no hacerse humilde y tomar consciencia de nuestra pequeñez. El cielo moteado demillones y millones de puntos, se reía de la comparativa que había hecho previamente con las cuevas de glow worms. Pasó una estrella fugaz y al rato, volvieron las nubes cerrando a función. Fue como cuando estás en el pub dándolo todo y te encienden las luces, pero no podíamos culparlas cuando nos habían permitido asistir al show aunque sólo fuera por unos instantes. Al ir a la cama cerré los ojos pensando en una frase del periodista y bloggero Robert Braul: “Disfruta de las pequeñas cosas, porque tal vez un día vuelvas la vista atrás y te des cuenta de que eran las grandes.” Tras las nubes la actuación estelar continuaba como cualquier otra noche más desde hace una eternidad. De la misma manera que seguirá ocurriendo, cuando nosotros nos convirtamos en polvo de estrellas y sólo queden las palabras.

(10 a 12 de agosto)


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