El castillo de Eilean Donan nos recibe a las puertas de las Islas Hébridas (las interiores). Varado en una isla mareal, en la confluencia de los lochs Duich, Long y Alsh, se alza señorial sobre un puente de piedra que conecta el buque del siglo XIII con tierra; rodeado de algas que tejen su kilt, y emanando un aroma a castle on the rocks previo a la lluvia, nos recuerda que la belleza es una esencia que se riega y que no marchita con el paso de los años.

El camino a Skye nos acoge pasado por agua: la llovizna cede el testigo a la lluvia, que entrega el relevo al viento hasta llegar al puente de Sligachan donde todo parece calmado. El tiempo da paso a una feroz bienvenida protagonizada por los midges, unas mosquitas milimétricas de aspecto tan inofensivo que uno espera deshacerse fácilmente de ellas en pocos movimientos, pero se organizan en un ataque salvaje más propio de los pictos y los vikingos. Estos insectos, que en lugar de picar como los mosquitos, muerden en agresivas manadas, convierten los erróneamente pronosticados aspavientos en manotazos limpios y continuos contra la cara tratando, inútilmente, de frenar la carnicería. Nos batimos en retirada mientras Pol pide clemencia: "¡Pica!, ¡pica!" La victoria rotunda ante los bárbaros en la batalla del puente de Sligachan, quedará inscrita en la memoria de estas pirañas voladoras.

Al día siguiente, untados y escudados en nuestro Smidges, el repelente local, llegamos a Neist Point, el punto más occidental de Skye: un saliente alfombrado, congelado en una ola de hierba, a punto de romper sobre el faro que la desafía. Ante el mismo, me resonaron ideas del libro "Breve atlas de los faros del fin del mundo"; símbolos de resistencia ante la adversidad, los faros son constancia de que parte de la humanidad persiste en iluminar desde los puntos más recónditos y alejados del mapa para acompañar y guiar a los desorientados.
En el lado opuesto de la isla, al este, una cascada desemboca al estrecho de Raasay, en el océano Atlántico, en una caída libre de 50 metros. Desde el mirador, la Mealt Falls precede al acantilado de la Kilt Rock, en la retaguardia, en una suerte de cortina de agua que abre la escena, como en las antiguas salas de cine.
Por su parte, en la vanguardia, cuando la lluvia hace su aparición, un chaval de 15 años, vestido con el atuendo nacional, decide dar batalla al mal tiempo; con el distintivo sporran entre las piernas, un ligero contrapposto para resaltar la estética, y la mirada fija en el infinito para mayor trascendencia, empieza a invocar los vientos de la costa con su gaita, reubicándolos en un odre y cuatro tubos para modular el aire y moldearlo en notas. La lluvia, interpelada, amaina, y las nubes se ahuecan momentáneamente para conceder una luz más desnuda.
Aprovechándola, nos dirigimos al norte; una carretera unidireccional de inclinación pronunciada conecta con el aparcamiento de Quiraing. Nos ponemos en cola, pues a pesar de los passing places, ensanchamientos puntuales para ceder el paso al coche que aparece en sentido contrario, la estrechez general es manifiesta, y un paso en falso puede resultar en una caída rodada por la cuesta.
La hilera de coches que queremos subir, esperamos nuestro turno, testigos de cómo otra fila desciende lentamente. Cuando el último coche a la vista ha pasado, ascendemos nosotros. A mitad camino, una caravana de las que esperaba en lo alto pierde la paciencia y arranca. Ocurre lo evidente: se produce un tapón y empieza la fiesta; un cara a cara en pendiente, un enfrentamiento de miradas, el cálculo de posibilidades; los sudores en las temerosas aproximaciones, la danza de neumáticos, el rugido de las revoluciones, el duelo de egos... Finalmente, la caravana consigue apartarse y llegamos al destino sanos y salvos. Nuestros caminos no volverían a cruzarse hasta esa noche, vecinos de parcela.

Como si la ola alfombrada de Neist Point se hubiera multiplicado, un océano de promontorios, montículos, laderas, y sombras verdes se descubre ante nuestros ojos en un paisaje hecho a retazos, en aleatorias capas de estática marejada. Una premonitoria niebla se atrinchera, acechante en la cima, esperando contraatacar.
Acabamos el día en Fairy Glen, una versión más serena del Quiraing, adaptada al tamaño y personalidad de las criaturas que habitan estos lares. Una ruta nos guía entre montañas cónicas engalanadas por ondas de hierba que las rodean como bancales en desniveles, círculos concéntricos de piedras que semejan las ondulaciones generadas por una gota en un lago en calma, y pequeñas puertecitas escondidas en raíces a los pies de algunos árboles que marcan el hogar de las hadas aquí empadronadas.
El sábado, nuestro último día en Skye, queríamos hacer la caminata hasta el mirador del Old Man of Storr, que ya habíamos aplazado. La ruta completa es de unas 3 horas, y a pesar de ser sencilla, la ida no deja de ser una subida cargando con los niños como sherpas. Al principio todo iba bien. Lara pidió ayuda brevemente, y luego fue subiendo por sí sola casi hasta la cima; pero conforme ascendíamos, el viento empezó a arreciar acompañado de lluvia; las temperaturas empezaron a bajar, y los ánimos de los peques descendieron con ellas; así que hice solo los últimos metros del tramo final.

Afortunadamente, pude tomar unas pocas fotos, pues mientras disfrutaba de las gratificantes vistas, la niebla ocupó la escena para presentar al Fog Man of Storr. Esperé unos 20 minutos, pero los pináculos más famosos de Skye no volvieron a salir del camerino. Confiando en que se disipase, un lienzo en blanco avivaba mi imaginación con la imagen deseada. Esta vez había que darse por vencido y aceptar una cortina opaca con alguna transparencia momentánea...
En Portree, la Royal National Lifeboat Institution, una ONG dedicada al rescate y salvamento marítimo, celebraba su evento anual para recaudar fondos; las noticias de los días posteriores aplaudían la recolección de más de 25.000£, un récord histórico para la organización. La ciudad se había volcado por la causa.
Como los faros, como el adolescente gaitero, incluso como los midges, la respuesta de los lugareños ante la tormenta fue la misma: salir al encuentro y resistir.
(13 a 15 agosto)
No hay comentarios:
Publicar un comentario