sábado, 15 de agosto de 2026

Lento ternura (Barcelona-Edinburgh-Glasgow)

La bocina, insistente, que nos pisa los talones, adelanta furiosa a nuestra recién estrenada motorhome sin dejar atrás su rabia; se oye un mudo "FUCK OFF" en el gesto del anónimo conductor, que descarga su ira mientras se aleja en una estela de claxon y humo, manteniendo bien firme y visible su dedo corazón. En mi mente, a 20 millas por hora, en una carretera de doble sentido dirección Glasgow, solo se repite un mantra: "Recuerda conducir por la izquierda".

Disclaimer: Sacudidos por el ritmo que marcan dos niños de 1 y 4 años, estas entregas se irán dando más en diferido que de costumbre. Además, los reducidos intervalos de atención infantil, seguidos por intensos golpes de energía que brotan repentinos, a saltos cuánticos, tomarán la forma de estampas por las que iremos viajando; posiblemente con menos coherencia entre ellas de la acostumbrada, más que la que impone el fluir del presente.

El segundo día, el centro de Glasgow nos recibe con sus sangrantes diferencias, como una ciudad recién levantada de una resaca después de una pelea, con su mezcla de gente obrera, ciudadanos que disfrutan de las ventajas y servicios de una gran ciudad, y habitantes que viven despeinados y gritando a sus fantasmas con sus voces melladas, espolsándose el frío mientras piden una limosna.

Pese a todo, la disidencia se respira en su diversidad y en su historia. Sin ir más lejos, uno de los símbolos más irreverentes de la ciudad es la estatua del duque de Wellington que, desde la década de los 80 preside la Galería de Arte Moderno con un cono de tráfico en la cabeza que los residentes se han ido encargando de reponer cada vez que las autoridades lo hacían desaparecer; tres décadas de juego del gato y el ratón después, la campaña "Keep the Cone" consiguió que los gobernantes cediesen ante la presión popular y asumiesen el cono como parte indisoluble de la estatua.

Las calles y edificios sirven de lienzo para decenas de murales escondidos por la ciudad, donde artistas grafiteros de todo el mundo han ido dejando su huella efímera gracias a una iniciativa del ayuntamiento para revitalizar espacios grises y desnudos. 

En uno de ellos, de Smug, la delicadeza posa en el dedo de un barbudo reconocido por los locales como San Mungo, patrón y fundador de Glasgow, al que se le atribuye el milagro de haber resucitado un petirrojo (Here is the bird that never flew). La ternura en el gesto dibuja la belleza de la mirada del que cuida.

Ese mismo día por la tarde, suenan las gaitas en la necrópolis de Glasgow, con su lamento romántico y roto; suenan a la afinación previa, sin orden ni concierto, de una orquesta; llevan la cadencia de la música atrapada en miel, y en el tiempo, meciéndose en timbres que transportan pasado. Mientras, sopla un ligero viento, antes de que la lluvia empiece a caer, humedeciendo las tumbas, despertando a los vivos.

Callan las gaitas, suenan las gotas; un solo de tambores sobre papel. Un instante de pausa... 

El cielo se despeja; las gaitas reanudan su melancólica respiración y las gaviotas alzan sus quejidos salinos para acompañar nuestro paseo.

Al día siguiente, visitamos la Universidad de Glasgow, fundada cuatro siglos antes que la necrópolis, en 1451; un oasis de sosiego enclaustrado entre sus piedras. El paisaje sonoro se viste de campanadas con sabor universitario; las que huelen a examen, a cultura y privilegio, a ecos de pasos y de silencios decretados con mirada reprobatoria y un índice sobre los labios.

Otro mural, de Rogue-One, nos despide de la ciudad. Un bulldog francés desconcertado, a un lado del callejón, es rodeado de pompas de jabón por dos niñas que se divierten al otro lado. La niña que sopla concentra sus deseos mientras cierra los ojos, reteniendo su aliento infantil en cápsulas de colores que flotan oleosos en una fina capa sobre la superficie de las esferas de sueños que nacen.

(7 a 9 agosto)

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