Esta entrada no trata sobre platos de comida, pero marida a la perfección los dos paisajes que más polarizan las decisiones veraniegas. En tan solo una publicación visitaremos los dos para dejar a todo el mundo contento sin necesidad de enfrentamiento ¨¿Y tu qué prefieres?¨ Preparen sus bañadores, pero no olviden sus botas, gorro, chaqueta y guantes. Abríguense bien porque empezamos:
Iniciamos el día en Nelson, paseando por sus calles un sábado de invierno. Al ser fin de semana, aprovechamos y nos damos una vuelta por su mercado. No tenemos prisa, es un día tranquilo cuyo único fin es llenar los pulmones de olor a mar. Nos ponemos rumbo a Mapua donde paseamos un rato por el puerto disfrutando del sol y las temperaturas templadas. Dormiremos en Motueka al lado del mar para llegar a las puertas de Abel Tasman National Park.
Este Parque Nacional, es el más pequeño del país y, aun así, se tarda de 3 a 6 días en atravesarlo. Se trata de un frondoso bosque escarpado que mira de frente al mar de Tasmania, combinando a la perfección las palmeras de helechos con playas paradisíacas, de tierra beige.Para acceder hay que coger un Aqua Taxi; los turistas se sientan en una lancha que es arrastrada por un tractor, hasta que se llega a la rampa de desembarco. El tractor se deshace de la embarcación y empieza la ruta marítima. Se visita primero la “Split apple rock”. Una roca que como su nombre indica está partida en dos mitades perfectas y que se ha hecho famosa por formar parte de una campaña publicitaria turística. A continuación, se para en las playas de Torrent Bay y Bark Bay. En esta última iniciamos nuestra ruta de 4 horas.
Hacía un día espléndido que se había calzado el filtro solar. Sin embargo, los helechos parecían sombrillas de playa apiladas un agosto en Benidorm y su sombra era una alfombra que nos negaba la luz del día en gran parte del camino. Con Emma durmiendo en el porteo, atravesamos el bosque sintiendo que recorríamos el escenario de “Jurassic Park”, pero cada vez que un claro dejaba entrever el mar, cambiaba el escenario de la película por “Naufrago” y vuelta a empezar a la vuelta de la esquina. Un zapping en directo en el que la película la elegía el mismo parque. Estar caminando al lado de playas idílicas arropadas por un mar azul turquesa, mientras llevábamos gorro y guantes, parecía incongruente y casi reafirmaba la sospecha de caminar por un set de película. 13 kilómetros más allá de Bark Bay, se asomaba esplendorosa la playa de Anchorage, nuestro destino donde esperaríamos al Aqua Taxi de vuelta a la autocaravana.Mientras esperábamos, un weka se acercó a ver si conseguía algo. Estas aves tan comunes aquí, son como los monos. La comparativa no es por sus andares, más similares a un Velociraptor, sino por sus hábitos cleptómanos. Es por ello que hay que andar con cuidado, ya que el menor descuido es aprovechado por el weka para usar su pico en el arte de la prestidigitación.
Hemos prometido un maridaje y seguimos en la orilla así que dirijámonos a las montañas. Sólo un párrafo bastará para superar varias horas de carretera en las que hemos atravesado la isla sur de este a oeste siguiendo el Buller River. Hemos dormido en su regazo y le hemos acompañado hasta su desembocadura en Westport.
Es lunes por la mañana y empieza a diluviar mientras recorremos el camino hasta el mirador de la colonia de leones marinos del cabo Foulwind. El paisaje es tropical a un lado y oceánico al otro en una nueva incongruencia preciosa. A los leones marinos no parece importarles la lluvia y el viento, pero a nosotros estando con Emma sí, así que nos despedimos rápido de ellos y conducimos siguiendo la costa a las Pancake Rocks. Este trocito de litoral es realmente mágico. Su nombre se debe a la sensación de observar tortitas de roca, amontonadas una encima de la otra. Más que unas tortitas, parecen cartulinas apiladas que ha esculpido el viento usando el mar de cincel. El paisaje mejoraba porque había dejado de llover. El mar, sin embargo, continuaba rugiendo. Las olas expulsaban chorros de agua al chocar contra las rocas. Estas en cambio, nos dejaban escuchar los horribles alaridos del mar, esperando que nos pusiéramos de su lado por recibir tremenda paliza.El martes, al fin, llegamos a las prometidas montañas que complementan la dicotomía veraniega. Estamos en Franz Josef, pueblecito de montaña a tan solo 150 metros sobre el nivel del mar. El pueblo es conocido por tener de telón de fondo dos glaciares: El Franz Josef y el Fox Glacier. Aquí estaremos hasta el miércoles por la tarde que nos iremos camino a Wanaka.
Visitamos primero el West coast wildlife centre en el que se alojan tuataras (una especie de reptiles endémicos de tamaño medio), pingüinos azules, y kiwis rowi. Los pingüinos azules son de tamaño pequeño y espectacularmente hiperactivos. En la piscina iban de un lado a otro nadando a toda velocidad y teniendo loquita a Emma que veía seres cuya energía se equiparaba a la suya. En el refugio de kiwis no se podían sacar fotos ni hacer ruido. Era una sala oscura con luz roja en la que se alojaban dos especímenes de kiwi rowi, el kiwi más raro por su escasa población (actualmente sólo suman 700 ejemplares). Verlos de cerca en la oscuridad, haciendo ruiditos y buscando comida con su largo pico, ya valía la visita por sí sola. Ese mismo día visitamos el Sentinel Rock desde el que se podía observar la lengua del glaciar Franz Josef. Desgraciadamente más tímido cada año por culpa del calentamiento global. Si seguimos siendo tan poco responsables con la naturaleza, en poco tiempo guardará su lengua para siempre. El miércoles bien temprano fuimos al Peter Pool walk, un paseo de 15 minutos ida y vuelta que nos regaló un reflejo perfecto del glaciar. Pero para reflejos el que ofrece el Lago Matheson a media horita en coche. En él se miran orgullosos los Alpes Neozelandeses y se pavonea con especial prepotencia el Monte Cook, alzando su barbilla por encima del resto.Con esta postal cerramos la armonía comiendo ahora sí, un plato típico de por aquí que combinaba a la perfección con las bajas temperaturas: una deliciosa pierna de cordero que se deshacía en la boca y nos calentaba por dentro. Quedará como guinda del pastel y hará las veces de postre para esta entrada.
¨¿Y tu qué prefieres?¨
(1 a 5 de agosto)









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