martes, 19 de marzo de 2024

Dejarse llevar (Mauna Kea-Puna-Ka’u-Kailua)

Despertamos todavia de madrugada en el mismo lugar en el que lo dejamos: en medio de la nada en el hostel random. Estamos cubiertos por un manto de estrellas que nos sabe mal quitarnos de encima pero nos subimos al coche y conducimos hasta el amanecer para llegar al Visitor center del Mauna Kea. Tras los preparativos necesarios: desayuno para tener energía y hacer el check-in con los rangers; empezamos nuestra ascensión desde 2800 metros sobre el nivel del mar para conquistar la cima más alta de la isla. 

Las primeras millas son relativamente fáciles ya que, a pesar del gran desnivel, vamos pasito a pasito con calma. Las vistas nos van mostrando conforme ascendemos, todo el perfil de la isla con el mar a lo lejos. A partir de los 3800 metros, la cosa empieza a ponerse seria: el aire falta claramente y caminamos algo mareados. Las paradas, sin embargo, nos llenan de energía para empezar de nuevo. Paramos cada milla para beber, descansar y comer una barrita energética. 




Ya a 4000 metros disfrutamos de una panorámica de los observatorios de lo más fotogénica. El viento comienza a ser ensordecedor y la última milla se hace interminable. Por suerte, el camino se convierte en carretera y al menos avanzar por el terreno, es más estable.






Por fin, tras 5 horas de ascensión, llegamos al final del camino accesible a 4205 metros de altura, y es que la cima real del Mauna Kea es sagrada para los hawaianos y está prohibido llegar hasta ella. Descansamos agotados, resguardados del viento atronador, nos hacemos la foto de rigor y comenzamos a descender caminando derechos hacia el océano de nubes, con signos de mal de altura que se nos presenta con un dolor de cabeza que bombea nuestras sienes.

Si la última milla se había hecho larga, la bajada con 1400 metros de desnivel negativo, se hace eterna. A pesar de ello, hemos coronado la cumbre de la isla. Hemos llegado más alto que las nubes que ahora atravesamos y mojan nuestro rostro orgulloso y cansado. Por el camino, nos cruzamos con un ranger que nos pregunta si nos encontramos bien, antes de continuar camino hacia la cima. Hemos decidido bajar por la carretera para cambiar el paisaje y para evitar perdernos engañados por la niebla. Nos dejamos llevar paso a paso hasta llegar de nuevo al Visitor Center 8 horas más tarde. Satisfechos por el esfuerzo, avisamos a los rangers para hacer el check-out y les damos las gracias por asegurarse de que todos los que se aventuran, vuelven sin contratiempos serios. Con el mal de altura taladrando nuestras cabezas, nos ponemos en camino hacia nuestra nueva cama, en Volcano Village.




Al día siguiente, el dolor parece haber desaparecido casi por completo y nos alegra. Dedicamos la mañana a visitar una vez más el Volcanoes NP, admirando la belleza que quedó de la destrucción de las diferentes erupciones. 

La lluvia decidió ser nuestra compañera durante todo el día y nos encerró en el coche. Nos dejamos llevar por la carretera, alucinando con algunos caminos como la asalvajada Goverment Beach Road, de un solo carril, conquistada por una vegetación que no parecía contentarse con la primera fila y poco a poco, se iba apoderando del lugar. Comimos con vistas privilegiadas a una bahía en la que las olas reventaban con fuerza para lanzarse al aire y volar lo más lejos posible, regalándonos la frescura marina y la mejor banda sonora para serenar el alma.Tras la visita de varias playas con muy poca tregua de la lluvia, volvimos al Volcano Village para dejarnos llevar por los sueños y descansar nuestros cuerpos llenos de agujetas por la ascensión.

El penúltimo día lo dedicamos a explorar el sur de la isla. Empezamos disfrutando de un aromático café en el cafetal “Ka’u Coffee Mill”, nos compramos unos “malasadas” en la panadería más al sur de los Estados Unidos y nos dirigimos a la playa “Punalu’u”, pensando que sería una playa más de arena negra. Para nuestra sorpresa, después de desayunar, vimos  embobados cómo tres tortugas marinas tomaban el sol casi en estado comatoso, extasiadas de vitamina D. Lo mejor sin embargo, estaba por llegar. Nos pusimos las gafas de bucear con la esperanza de tener la oportunidad de ver a estos seres un poco más vivos y en su estado natural. 

Nada más entrar en el agua, casi nos da un paro cardíaco al ver una tortuga enorme, llevada por la corriente a nuestros pies. Una vez dentro del agua, el avistamiento de las tortugas se normalizó, si algo tan fascinante se puede normalizar. Estos animales, se dejaban llevar por la corriente hasta tal punto que golpeaban sus cabezas y casi se remolcaban. Estos movimientos, sin embargo, los llevaban a cabo con un efectividad casi mágica en la que entregarse a la corriente no era una forma de abandono, sino de fluir efectiva, que aceptaba con humildad la inevitabilidad de la corriente, guardando su energía para seguir viviendo.

Después de este momento tan único, fuimos al punto más meridional de la isla y caminamos durante una hora siguiendo la costa hacia el noreste, en busca de otro lugar extraordinario: La playa de arena verde llamada Papakolea beach. 

Esta parte del litoral no sólo sorprende por el color de su arena, sino por encontrarse rodeada de un precipicio que parecía irse desconchando con una gracia natural que la embellecía todavía más.
Cerramos un día fantástico cenando en el “Hana Hou”, un local muy acogedor que parecía salido de una película americana. Uno de esos en los que te sirven café sin preguntar y te atiende una mujer mayor en delantal rosa, preguntando cómo va el día. No tomamos café, ni nos sirvieron con un delantal, pero la imagen mental seguro que os acerca a la realidad del lugar. Sumémosle música en directo de un hombre mayor con pintas de profesor de historia y añadamos las estupendas tartas caseras de cualquiera de estos locales cinematográficos. Bocado a bocado, saboreanos el cierre perfecto del viaje.   

El último día lo dedicamos a volver a Kailua, recorrer sus calles y digerir todo lo vivido. Se acababa la aventura y volvíamos a la corriente de la monotonía, deseando haber aprendido de las tortugas, que muy sabiamente disciernen cuándo toca dejarse llevar por la marea y cuándo nadar en su contra para llenar la vida de VIDA. 

Aloha!

(14 a 17 de marzo)

sábado, 16 de marzo de 2024

He viajado a lomos de la lava un volcán (Honokaa-Hilo-Volcanoes National Park)


Comenzamos rodeados de verde, en una casita muy acogedora en medio de la jungla hawaiana. La propietaria parece una mujer inglesa aunque no lo sea; elegante, algo distante y muy educada.
Estamos en la mesa preparados para desayunar junto a otras dos parejas más mayores. Podríamos encontrarnos perfectamente en un escenario de Agatha Christie. Incluso la conversación, educada y animada, es de película; se trata de una conversación demasiado cercana para tratarse de personas que no se conocen. Por fortuna, no hubo ningún cadáver. El desayuno estaba espectacular y nos sirvió para enterarnos que la ruta que pretendíamos hacer esa mañana estaba cerrada. 


Dejamos atrás el “Waipi’o Wayside B&B”, para visitar el valle de Waipi’o desde la distancia, conformándonos con el mirador desconsolados por no poder recorrerlo.




Fuimos bajando hacia el sur, parando primero en el Kalopa State Park, un bosque algo apartado del turismo pero cuya vegetación parecía imitar a un escenario de X-Files cuando se grababan en Vancouver. Pudimos recorrer un kilómetro adentrándonos en las entrañas del tranquilo bosque, antes de dirigirnos a las ‘Akaka Falls.




Estas cataratas están rodeadas por un paisaje de jungla tropical que incluye helechos gigantes, banianos (Ficus benghalensis) centenarios, bambús altísimos y unas plantas muy curiosas provistas de cinco nervios centrales.


Todavía era pronto para llegar a Hilo, donde íbamos a dormir, así que decidimos recorrer la carretera de 4 millas que une Pepeekeo con Papaikou. Si antes nos sentíamos en medio de la jungla, ahora nos habíamos convertido en Tarzán  y Jane detrás del volante del Chevrolet Malibú. Atravesamos túneles de árboles, fuimos escoltados por palmeras colonizadas por lo que parecían hojas de taro y atravesamos ríos idílicos despojados de los rayos del sol por el egoísmo de los árboles.

Una vez en Hilo, fuimos recibidos por Diana, la casera del Hawaiian Ohana Home. Diana paraba muy seca y sarcástica de primeras, pero pronto se cayó su escudo y nos regaló su sonrisa y hospitalidad. Gracias a ella, nos dimos cuenta que el plan de subir a la cumbre del Mauna Kea debería aplazarse por heladas y mal tiempo.
Compartimos escenario con un siciliano con el que coincidimos poco y por la noche, para cerrar el día de película se unirían dos personajes más: mientras cenábamos poke en la terraza, llegó un americano muy extraño que cojeaba porque según él había recibido un disparo. Nos dio la lata hasta altas horas de la noche hablando por teléfono y viendo la tele. El otro era un piloto inglés que llegó de madrugada y al que no vimos hasta el día siguiente…
Nos despertamos con la calma y lo primero que vemos al abrir la puerta es un hombre de unos sesenta años, entrado en carnes, con una venda en la cabeza y con la cara desfigurada por los hematomas. Antes de que pudiéramos siquiera preguntar, se presentó como el piloto inglés y se disculpó por las pintas. Dijo que se había caído recorriendo una ruta del Parque Nacional de los Volcanes. Las manos y la piedra volcánica no habían evitado que su cuerpo fuera frenado con la cara. A pesar de la desgracia, le llevaba importancia al asunto y reconocía que podía haber sido peor.

Pasamos el día de turismo por la ciudad de Hilo,  y entre otros lugares, visitamos el Museo del Tsunami, en donde una pareja de hombres mayores nos hizo una introducción muy didáctica de la historia coprotagonizada por la isla y estas catástrofes naturales. Tras la introducción pudimos saturarnos con la cantidad de documentos alrededor de estos fenómenos.
Comimos poke, disfrutando de la calma de Lili’uokalani, unos jardines japoneses que dan al océano. Paseamos acompañados de las olas y agraciados por el buen tiempo, que hasta el momento no había acompañado; por lo que decidimos ir a la playa. Apuramos el sol en “Richardson Ocean Park”, buceamos y volvimos a deslumbrarnos con la diversidad marina que ajena a nuestro asombro, relucía sus vestidos al sol mecida por la marea. Al salir a secarnos al sol, el día nos hizo un último regalo cuando entre las olas, avistamos una tortuga que sacaba partes de su cuerpo intermitentemente: la cabeza para respirar, el caparazón revolcado por las olas, las patas intentando recobrar el equilibrio… y en la fase de pendiente de la ola, el mar se convertía en un escaparate en el que se percibía el perfil de la tortuga.
Como el miércoles el Mauna Kea continuaba con malas condiciones climáticas, fuimos hacia el suroeste, para visitar el Volcanoes NP. Desgraciadamente, la imagen mental que tenía con la lava al rojo vivo y ardiendo, se enfrío al ver que, a día de hoy, las erupciones habían finalizado.

Paramos en varios lugares y empequeñecimos al ver la fuerza de la naturaleza y el rastro de destrucción que dejaba atrás el magma al visitar la superficie de la tierra. Recorrimos el Kilauea iki Trail, que descendía a un lago de lava sólida expulsada por el volcán Kilauea, para volver a subir y poder verlo desde la distancia.

Sentimos la actividad contínua de los volcanes que expulsaban vapor al cielo como si de un dragón dormido se tratara y nos adentramos en la casa de uno de estos monstruos alados, recorriendo el tubo de lava “Nahuku”. Descendimos la carretera, serpenteándola hasta el final, donde comimos con vistas al mar y avistamos un tiburón que impasible, cruzaba ante nuestros ojos, sacando la aleta como quien saca pecho. 


Acostumbrados a La Palma, el impacto del parque fue menor de lo que podría ser para alguien que nunca ha estado en tierra de volcanes. Sin embargo, la lava aquí toma formas sorprendentes: se presenta agresiva en forma de rocas que parecen cortar con sólo tocarlas; también se muestra mansa con formaciones que recuerdan al merengue o al brownie y otras en las que se observa cómo las ondas se han ido solidificando parsimoniosamente.


Satisfechos de haber podido disfrutar del parque aunque fuera en blanco y negro, condujimos hacia el sur, para pasar la tarde en un lugar bastante peculiar: el "Uncle Robert's Wednesday Night Market". 
En medio de un asentamiento pesquero, una construcción precaria al más puro estilo chabóla, acoge todos los miércoles esta reunión de gente de la región que celebran el miércoles junto a turistas y hippies. Para seguir con las situaciones randoms, fuimos a parar al 
hostel más  que he estado en mucho tiempo. Llegamos con la noche encima y lo encontramos a duras penas, en medio de la nada, con una construcción que recordaba a las “kasbahs” del Sahara disfrazadas de un estilo surfer. 
Poco importaba cómo fuera ya que el buen tiempo al fin, permitía que al día siguiente, nos aventuraramos a conquistar la cima del Mauna Kea. Así que ni siquiera llegaríamos a ver el hostel a la luz del sol.     

(11 a 13 de marzo) 

lunes, 11 de marzo de 2024

Aloha! (Kailua-South Kona-North Kona)

El deseado descanso de "Spring break"  aterrizaba al fin en el aeropuerto internacional de Kona. Un aeropuerto diferente a todo lo que hemos visto hasta ahora, en donde las terminales están expuestas al aire libre como si de cabañas se tratara al más puro estilo Port Aventura.

Llevábamos muchas horas de vuelo, así que dedicamos la tarde a recoger el coche de alquiler, hacer el checking en el Aeolian Ranch, que sería nuestra casa por dos días, y a saciar nuestros estómagos con delicioso poke y cerveza local.

El viernes nos dirigimos hacia el sur. Desayunamos en The Coffee Shack, donde probamos por primera vez el codiciado ¨Kona Coffee¨ endémico de la isla. Sorbito a sorbito disfrutamos del exquisito café, mientras nos deleitábamos con unas panorámicas de la isla, donde un mar de vegetación se adentraba en el océano azul.

La siguiente parada fue en la playa Two Step, en la que hacer buceo, parece transportarte a un mundo psicodélico en el que los blancos y negros son fagocitados por colores vivos y diversos. La cantidad de colores que se presencia, sólo es igualada en los platós de Bollywood. Los peces más ¨vulgares¨ son de un amarillo tan chillón que fuera del agua salta a la vista y los deja al descubierto. Sin embargo, esto sólo es el inicio de la paleta de posibilidades cromáticas: peces rosas y morados, negros con los ojos naranjas, peces arco iris…you name it. Por si fuera poco, la morfología de estos no deja de ser menos diversa: está la forma del tamboril, el estilo del pez luna, la forma triangular del pez mariposa, los cuerpos alargados del pez trompeta o el descomunal tamaño de un pez loro de un metro de largo. Sea como fuere, lo que parecía necesario en esta parte del océano era no pasar desapercibido y llevar mucho, pero que mucho maquillaje encima.

Avergonzados por nuestra simplicidad, salimos del agua para visitar el Pu´uhonua o Honaunau National Historical Park. Este lugar sagrado era un refugio para algunos hawaianos. Aquí venían a redimirse o morir los que quebrantaban el kapu (Las reglas sociales). Los que conseguían llegar sin perder la vida, eran remunerados con una segunda oportunidad. Después de una serie de rituales.

Imbuidos de historia, nos alejamos recorriendo el “Trail 1871” durante varias millas. No fuimos recompensados por grandes vistas pero el sol nos pegó un chapuzón que nos dejó los cuellos rojos y nos recordó que necesitábamos comprar crema solar.

El Sábado nos despedimos de nuestro rancho hawaiano desayunando con las vistas espectaculares que regalaban los ventanales del comedor. El paisaje tras los cristales, transpiraba una calma que parecía detener el tiempo mientras el vaho del café llenaba nuestros pulmones. Tras este momento zen, teníamos energía suficiente para dirigirnos hacia el norte de la isla. 

Después de algo más de una hora de carretera, llegó la primera parada del día para visitar el valle de Pololu. Un trekking relativamente corto pero muy recomendable, desciende hasta la rocosa playa en la que muere el rio Pololu. En la bravura del océano, el rio transforma su vida tranquila para unirse a la marea ante la mirada atenta de acantilados que, impasibles, recibían las embestidas de las olas.

La siguiente parada fue en el pueblecito de Hawi, cuyos edificios recordaban a la arquitectura del lejano oeste, sin llegar al glamour de Fort Worth. Nuestra idea era comer aquí pero el restaurante que buscábamos había pasado a mejor vida, por lo que  poco a poco fuimos bajando la costa de vuelta a Kailua.

Paramos en Mahukona beach park, donde un antiguo puerto ofrecía la calma perfecta para volver a sumergirse en los decorados de “La Sirenita” una vez más. Siguiendo hacia el sur, visitamos Spencer beach park, en la que un parque lleno de vida miraba hacia una playa llena de gente que recibía olas de sol. La penúltima parada fue en Hapuna beach, conocida por ser la playa de arena blanca más alargada de la isla. Aquí nos animamos a pegarnos un chapuzón y tumbarnos cual reptiles, en busca de vitamina D.


Acabamos el día en Kua Bay, disfrutando de cómo se funde el negro de la lava volcánica con el beige de la arena, los turquesas y los azules marinos del océano, entre ola y ola, junto a un cielo que comenzaba su incendio habitual, antes de apagarse como cada noche.


El domingo amanecimos tarde secuestrados por la comodidad de la cama en la “Bamboo House”, nuestro segundo hospedaje en Hawaii, que pedía a gritos fotos instagramer con su combinado de madera barnizada, jardín tropical y estilo yogui.

El día plomizo, empañó las visitas a la conocida playa Magic Sands y a la bahía de Kealakekua en la que el capitán Cook murió en 1779 después de cambiar el rumbio de la historia hawaiana por completo. 

A pesar del mal tiempo, pudimos disfrutar de un tour gratuito a la Greenwell Farms. Una granja que desde 1850 produce café de Kona. Nos explicaron todo el proceso, nos dieron una vuelta por los alrededores y pudimos probar el delicioso café antes de ponernos en ruta hacia el valle de Waipio al otro lado de la isla transportados por el ukelele de Carlos Sadness preguntándose ¨¿Hay alguien ahí?¨

(7 a 10 de marzo) 

lunes, 4 de diciembre de 2023

Atardecer en el mundo perdido (Flores-Tikal-Ciudad de Guatemala)

Tras despedirnos del coche, nos dirigimos a la terminal del aeropuerto para volar a Flores. Esta isla rodeada por el lago Petén Itzá, es el campamento base de muchos turistas que visitan Tikal. Mientras esperábamos a embarcar, el destino nos hizo coincidir con unas españolas que también están en Austin con el programa PPVV. Poco antes habíamos visto por las redes que coincidíamos en el país pero nuestra ruta era diferente y no esperábamos juntarnos. El vuelo salió con una hora de retraso pero casi ni nos dimos cuenta mientras nos poníamos al día sobre nuestros respectivos viajes. 

Llegamos a Flores de noche, hicimos el check-in en el hostel y Bea y yo, fuimos a cenar recomendados por el de recepción a un restaurante a orillas del lago. Al principio todo parecía correcto: el lugar era bonito, la comida decente y la espera no fue muy larga. A media comida sin embargo, un ruido entre las hojas secas del techo, nos hizo levantar la cabeza y nos encontramos cara a cara con una rata que sin ningún pudor, miraba desde lo alto a los pocos que quedábamos en el restaurante. Intentamos ignorarla, aunque los camareros hacían mejor trabajo al respecto. Acabamos de comer y fuimos pronto a dormir, con el recordatorio animal, de que nos encontrábamos a las puertas de la selva.

Amanecimos tranquilamente, ya que hasta las 12:00 no nos íbamos a Tikal. Desayunamos con vistas al lago y dimos la vuelta a la isla un par de veces. Sus calles en algunos puntos, son conquistadas por el agua y los peces conducidos por las utopías, invaden las carreteras poniendo en duda el adjetivo imposible.

A las 14:30 la furgoneta que nos había recogido en Flores, al fin descansaba en Tikal. Nosotros esperábamos con ilusión comenzar la incursión en la selva, para adentrarnos en el pasado maya. Mientras esperábamos, unos rugidos provenientes de los árboles, nos pusieron en alerta. Al principio pensábamos que eran grabaciones, pero al ver a la gente mirar hacia los árboles, vimos que se trataba de monos aulladores. Los aullidos de estos simios, que se asemejan más a los rugidos de un Jaguar, sirven para marcar el territorio o avisar de algún peligro. Para nosotros fue el grito de bienvenida al yacimiento más famoso de Guatemala. 


El grupo inicial de unos 20 turistas, fue dividido en dos y así, junto a nuestro guía Tomás, oriundo de una de las pequeñas aldeas cercanas a Tikal, nos adentramos en el pasado. Tikal como Tomás insistía varias veces, es un parque mixto que combina el interés arqueológico con el de la naturaleza. La fauna y flora son tan importantes como el yacimiento y si no se han excavado ni el 20% de las ruinas es precisamente para no destrozar el hábitat de sus actuales habitantes.



Descubrimos la historia maya, rodeados por los sonidos de la jungla, acompañados de avistamientos de tucanes, monos araña y pizotes o coatíes, entre otros. Es inevitable no sentirse Indiana Jones caminando en medio de una selva colonizada por templos cubiertos de vegetación. A pesar de ser muy turístico, las ruinas se esparcen en los 575km cuadrados que recubre el Parque Nacional por lo que no es tan difícil hallarse solo por momentos.

La Gran Plaza está presidida por el fotogénico Templo I o Gran Jaguar y el Templo II o de las máscaras, al que se puede subir. Hay algunos lugares en el mundo que hemos visto tantas veces fotografiados que son viejos conocidos. Eso no cambia que estar de pie, viéndolos con los propios ojos y disfrutándolos con todos los sentidos, sea toda una experiencia.

Para cerrar el día Tomás nos guió hacia el Mundo Perdido. Este nombre tan inspirador, es el que se dió al complejo de 38 estructuras que se haya a unos 400 metros de la Gran Plaza y que por lo visto, tenía fines astronómicos. Hoy en día acoge a los turistas que quieren partir de Tikal, despidiéndose del sol. La empinada escalinata lleva a una estructura de madera donde se observa el atardecer de la selva. Para darle más misticismo nos pidieron estar callados. 

De esta manera, mientras todo se coloreaba de naranja, los ruidos de la selva se hacían dueños del silencio. En un árbol dos monos miraban hacia el sol; en lo alto del Mundo perdido, varios afortunados, asistiamos mudos a la muerte de un día más en nuestras vidas acompañados de unas vistas excepcionales. Una muerte que permanecería viva en nuestras memorias.

Volvimos al bus cubiertos por la noche, pasando a oscuras por los lugares que habíamos visitado; dichosos de tener un guía que se conocía el parque al dedillo. Arropados por la selva poníamos punto final a nuestra aventura en Tikal. 

Ya en Flores, nos volvimos a juntar con el grupo de españolas PPVV, Alba, Mery, Rocío y Natalia que todavía se quedarían un día más por Guatemala para visitar las ruinas de Yaxhá. De nuevo pasó el tiempo volando compartiendo batallitas; y es que la cultura compartida nos conecta más de lo que nos damos cuenta.

El último día anduvimos de nuevo por las calles anegadas de Flores, transitadas por la vida acuática, y le dimos la espalda a la isla por última vez, montados en un Tuk Tuk. 

En Ciudad de Guatemala, vimos la metrópoli latir desde el taxi, despidiéndonos en la oscuridad, de Guatemala. Un país lleno de colores, naturaleza e historia, que sólo nuestros miedos pueden impedir que veamos.

(23 a 25 de noviembre)

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Ave Fénix (Antigua Guatemala)

El Fénix es un ave que forma parte de la mitología griega. Es un animal de larga vida que, tras morir, se regenera y nace de nuevo de sus cenizas.

Empecemos viajando al pasado, a finales de 1700, cuando la ciudad “Santiago de los Caballeros de Guatemala” era la capital del país durante más de 200 años. La historia da un vuelco cuando en 1773, una serie de terremotos la destruye. Al poco tiempo, se traslada el gobierno y la capital a unos 20km y nace Ciudad de Guatemala. De esta manera, “Santiago de los Caballeros de Guatemala”, destruida y ruinosa, se transforma en “Antigua Guatemala”.

Regresemos ahora al presente o mejor dicho el pasado perfecto, el que se purifica a través de la memoria. Venimos desde Panajachel en coche y ya estamos llegando a Antigua. Conforme entramos en sus calles adoquinadas llenas de coloridos edificios coloniales, sentimos la necesidad de pasear y descubrir sus entrañas. Aparcamos el coche, agarramos la habitación del hostel y nos echamos a sus brazos.

Nuestra primera visita nos lleva a las ruinas de la Ermita de San Jerónimo. Algunas piedras, testigos del pasado, descansan en el suelo mientras otras se mantienen de pie, orgullosas y altivas. Fuera de contexto, las ruinas no tienen mucho interés, aunque ofrecen buenas vistas al volcán del agua.


Continuamos explorando la ciudad, descubriendo sus cenizas en forma de iglesias, conventos y ermitas en ruinas. También observamos el resurgir, con edificios como la iglesia de la Merced, con su decoración sobrecargada, que contrasta el blanco sobre el amarillo.



Conjuntado con la fachada, se encuentra el arco de Santa Catalina que une los dos lados de la 5ª avenida. Es una de las fotos más típicas de la ciudad, pero el propósito del arco, además de decorativo, era hacer de pasadizo secreto. De esta manera, las monjas que habitaban el convento, ahora reconvertido en hotel, podían cumplir con su clausura.  


Seguimos descubriendo pequeños tesoros de la ciudad, como el mercado de Nim Po’t, el Parque Central o la Catedral de San José hasta que llega la noche. Nos recogemos pronto, ya que al día siguiente nos espera una buena caminata para subir a uno de los volcanes que abrazan Antigua. Y es que, la antigua capital, es vigilada por tres volcanes: el volcán del agua, el de fuego y el Acatenango.

Ya por la mañana desayunados, esperábamos que nos recogieran. Siempre tiene que haber un poco de emoción en el viaje, y al rato nos dimos cuenta que se habían olvidado de pasar por nuestro hotel. Por suerte, con ayuda de la propietaria, se solucionó rápido y entramos en la furgoneta camino a las faldas del Acatenango. El repartimento de ropa abrigada, que formaba parte del tour, fue un tanto surrealista y consistió en dejar un montón de guantes, gorros y chaquetas en el suelo para que de manera civilizada o no, fuéramos haciendo acopio del material. 

Comenzamos a ascender al medio día y pronto descubrimos que el volcán no regalaría nada sin esfuerzo. El desnivel se ganaba abruptamente ofreciendo a las dos horas, vistas del volcán de agua, que domina Antigua. Comimos rodeados de gente que subía con la misma esperanza que nosotros: poder ver al volcán de fuego escupir lava en directo. Y es que, el Acatenango con sus 3970 metros de altura, es un volcán dormido que colinda con el volcán de fuego. Como su nombre da a entender, sigue activo y ofrece espectáculos improvisados de humo y fuego a los que tienen la suerte de encontrarse mirando, en el momento indicado.



Llegamos al campamento base tras 4 horas de ascensión, con la respiración acelerada y sudor en la frente. El campamento, formado por unas cabañas de latón y madera estilo chabola, ofrecía vistas espectaculares al volcán de fuego. 

Poco tardó en expulsar su primer aliento de cenizas y humo a la atmósfera, llenando el lugar de paparazis. Nos ofrecieron el “tour de fuego” por un extra de dinero, para acercarse al volcán, pero la guía dejaba claro la peligrosidad de la excursión y decidimos ser prudentes. Conforme atardecía, el frío se iba introduciendo en nuestros huesos. Mis guantes agujereados parecían los de un mendigo y permitían que el frío me invadiera; al caer el sol, nuestros temblores eran tan evidentes y espasmódicos, que decidimos entrar en la “tienda de campaña” para calentarnos un poco. Un emocionado “Wow” nos hizo saltar a abrir la puerta y nos encontramos con una explosión de lava iluminando el cielo oscuro. La ilusión no nos quitó el frío, pero nos animó a seguir con la puerta abierta para avistar más rápidamente las erupciones, atentos a los gritos de nuestros compañeros que parecían estar más preparados que nosotros para las bajas temperaturas.

Antes de cenar, pudimos disfrutar de dos erupciones más. La cena, la devoramos por hambre y ganas de entrar en el saco de dormir para hibernar. Justo antes de entrar por última vez, una estruendosa erupción, nos regaló por última vez una expulsión de rocas y lava que llenaron de rojo las laderas del volcán de fuego.

No podemos decir que descansáramos mucho y culparemos a varios factores: el viento aullador, algunas erupciones que rugieron especialmente fuertes, la vuelta de la expedición del tour de fuego y los ladridos de los perros. Sí, perros. Toda la ascensión, habíamos sido acompañados por estos mamíferos que normalmente tienen dueño, pero que aquí eran dueños de sí mismos. Seguían al turista de manera fiel con la esperanza de cariño y comida. En el campamento base, habitaban varios y defendían celosamente el territorio a base de ladridos. A las 3:30 nos levantamos para ascender los 300 metros que quedaban para la cima y así ver el amanecer desde lo alto.

Las nubes se habían adueñado del campamento por la noche, pero aún así, la mitad de la expedición que subimos, estábamos preparados para coronar el Acatenango aunque fuera invadidos por la niebla.

La ascensión fue dura y los 300 de desnivel, nos costaron una hora y media de caminata. Cada paso era un reto; el terreno resbaloso parecía requerir tres pasos para avanzar solo uno y notábamos la falta del oxígeno al que está acostumbrado nuestro cuerpo. Para más inri, la oscuridad, solo derrotada por la luz de tres frontales en todo el grupo, golpeaba las mentes cansadas. Uno de nuestro grupo abandonó antes de llegar a la cima, derrotado por el cansancio o por la lucha psicológica. El resto del grupo, conseguimos conquistar la cumbre, y disfrutar de los colores del amanecer. 



El sol y las vistas al volcán de fuego, nos fueron negados con celo por las nubes, pero no pudieron evitar que el viento gélido que golpeaba nuestros cuerpos y gritaba en nuestros oídos, nos regalara momentos intermitentes de clímax visual. El sol aunque casi invisible, volvía a salir un día más. Esta vez, casi a 4000 metros, y al lado de un dragón geológico que rugía y escupía cuando menos se esperaba.



La bajada nos fue calentando el cuerpo y cargando las rodillas, pero no pudo quitarnos la sonrisa. Ahora podíamos cantar la canción de Vetusta Morla con la imagen en nuestras retinas “he viajado a lomos de la lava de un volcán”.


Volvimos a Antigua sobre el medio día y pasamos en ella 24 horas más. Caminando y revisitando sus calles, conociendo nuevos lugares y visitando viejas ruinas. Cenizas de un pasado de las que había sabido renacer y convertirse en Antigua Guatemala, la antigua ciudad Santiago de los Caballeros de Guatemala. El volcán de fuego con sus erupciones, se encarga incansable de recordarnos con lava y cenizas, que el Ave Fénix sólo muere, para volver a renacer. 

(20 a 23 de noviembre)



 

sábado, 25 de noviembre de 2023

Pequeños milagros (Quetzaltenango-Almolonga-San Andrés Xecul-Lago Atitlán)

Un día más, el sol encendió el cielo antes incluso de sacar la cabeza. Vistió de amarillo la fachada de la iglesia de San Andrés Xecul, llenó de colores la ropa de las guatemaltecas que trabajaban desde bien temprano en el mercado de Almolonga, y fue bienvenido, como cada mañana, con cañonazos desde el lago Atitlán, a unos 90 kilómetros de Xela. Ajenos a todos estos milagros, despertábamos en nuestra cama del Hotel Kasa Kamelot.

Desayunamos en un patio con mucho encanto, alimentándonos a base de huevos, frijoles volteados y café para acabar de despertarnos y poder disfrutar de los pequeños regalos de la vida que pasan inadvertidos cuando viajamos día a día en modo avión. 

Subimos al coche con destino al mercado de la municipalidad de Almolonga, muy cerquita de Xela y conocido por sus zanahorias tamaño XXL. Llegamos a las 8:30 pero la mayoría de mercaderes que habían madrugado ya estaban recogiendo. Nos tuvimos que conformar con un pequeño aperitivo de lo que es en realidad. Aun así, disfrutamos de los ropajes locales y degustamos la sensación de caminar por lugares auténticos y poco influenciados por el turismo.

Nuestra siguiente parada era la pintoresca iglesia de San Andrés Xecul, con su fachada amarilla, cuyo color representa en la cultura maya, el alimento. Sus figuras, que recordaban a algunas Fallas humildes del Cabanyal o El Carmen, le conferían un aspecto muy curioso y una sensación de cóctel cultural.

Desde San Andrés Xecul, volvimos a la aventura de la carretera y sus sorpresas, con destino al lago Atitlán. Este lago es el más hondo de Centroamérica con una profundidad en algunos puntos de más de 300 metros. Está rodeado por volcanes y cordilleras, cafetales y aldeas mayas.

Nada más llegar, contratamos una lancha para poder descubrir algunos de sus recónditas aldeas. Parece ser que el lago también es visitado por unos vientos conocidos como "Xocomil". Estos, dificultan la navegación y se pueden sentir dolorosamente en el culo de los turistas. Cada vez que la lancha levantaba el morro, volvía a bajarlo fruto de la gravedad con una violenta sacudida que producía el consiguiente rebote de los tripulantes. Prueba empírica de que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma.

Tras 20 minutos de sacudidas llegamos a nuestra primera aldea: San Juan de la Laguna, que recibe al viajero con su calle principal Instagramer-friendly, decorada con paraguas que la cubren serpenteando ladera arriba. La aldea, a pesar de su humildad y pequeño tamaño, se ha adaptado muy bien al turismo. Las “guías” locales llevan al visitante a curiosear los negocios de interés, que suelen ser cooperativas. Cogiditos de la mano y todo “gratis” visitamos tiendas de textiles, café, chocolate, miel y pintura. En todas ellas explicaban los procesos de creación del producto y ofrecían catas y cómo no, la opción de comprar los artículos. Nos llamó especialemente la atención, la tienda de mieles que trabajaba con un tipo de abejas que no tienen aguijón ni pican y algunos eran del tamaño de una mosca.

Para llegar a San Pedro la Laguna, el trayecto fue mucho más agradable y calmado. La lancha llevaba  una velocidad que cuidaba la integridad de nuestros cuerpos. San Pedro la Laguna, a pesar de ser más grande que su vecina, parecía más humilde o al menos, había sabido aprovechar menos sus encantos. Sin embargo, nos tomamos un café con vistas de primera clase, al lago dejándonos imbuir por la tranquilidad y preparándonos sin saberlo para disfrutar de San Marcos la Laguna; la tercera y última aldea que visitaríamos. Este poblado se ha adaptado perfectamente al espíritu yogi y está llena de lugares de retiro, masajes, y todo lo relacionado con la vida slow. Un paraíso hippy en medio del lago.

Volvimos a sentir la teoría de la conservación de la energía mientras volvíamos a la ciudad de Panajachel, campo base de muchos visitantes para explorar Atitlán. Allí nos alojábamos y teníamos aparcado el coche. 

El resto del día organizamos el viaje y salimos a cenar, acompañados por la oscuridad jaspeada, colonizada intermitentemente por la iluminación de los puestecitos de comida, venta de recuerdos o de artesanías. Esa iluminación moteada tan característica de las ciudades que atraen tanto a los mochileros y regalan la maravilla de descubrir el mundo pedacito a pedacito. Sobre nosotros, el cielo salpicado de estrellas, concedía uno más de esos pequeños milagros que pasamos de largo cuando viajamos sonámbulos en la monotonía.

(19 de noviembre)